Cuando la miel muere
Capítulo 19
ELISABETH PASÓ DOS días más en el infierno de la incertidumbre, dos días en los que ella, como teledirigida, desarrolló diversas actividades porque cualquier cosa era mejor que estar sentada esperando.
Realizó un sinnúmero de llamadas telefónicas, tan desesperadas como infructuosas a Paul, el hermano de Gustav, no durmió apenas, y comió y bebió solo lo suficiente para no desmoronarse por completo.
Volvió a encontrarse una vez más con Göring en la Cancillería del Reich y dinamitó en ella su última esperanza en la carrera con Goebbels por la copa Elisabeth; telefoneó a Furtwängler y a Martha Dodd así como al antiguo director de la Cámara de Música del Reich, Richard Strauss, quien, sin embargo, se comportaba de forma discreta con la batuta porque tenía una nuera judía. De todas maneras le prometió que intentaría estar al tanto de lo que se decía, de la misma manera que todos los demás también le dieron apoyo y ánimos.
Su situación presente parecía también una venganza por el hecho de que desde su única actuación en Bayreuth en 1931 y la detención de Gustav al año siguiente mientras investigaba la desaparición de Ottilie, solo había actuado en escasas ocasiones en Alemania y su carrera se había concentrado exclusivamente en otros países de Europa. Sus contactos, que en otro tiempo tenía a montones, ahora escaseaban y se habían distanciado en parte de ella.
QUIZÁ POR ESTA razón, el 17 de junio, día en el que Déborah cumplía catorce años, no rechazó la invitación del señor Brunnmann a cenar, a pesar de que en lo que menos pensaba era en pasar una tarde con compañía. El señor Brunnmann resultó ser un anfitrión extremadamente cultivado y discreto, que al final se ofreció compasivamente a realizar a título personal las pesquisas necesarias sobre el paradero de los hijos de la señora Malpran.
Elisabeth se lo agradeció con toda sinceridad porque creyó haber percibido que él estaba interesado en efecto en ayudarla, aun cuando aquel hombre era un enigma debido a su impenetrabilidad. También creía haberse topado con él en otro momento, y cuando ella formuló esta suposición, él replicó:
—Por supuesto que ya he tenido el placer de encontrármela a usted anteriormente. Pude admirarla en el ejercicio de su arte en Roma, en París y en Bruselas, pero allí yo solo era uno más entre muchos en la platea. Sin embargo, sin duda se acordará usted de que nos encontramos hace dos días en la Cancillería del Reich, ¿verdad?
Elisabeth contestó con elegancia y con toda sinceridad que lamentablemente había olvidado ese momento, pero se disculpó aduciendo que aquel día tenía fiebre y se encontraba muy alterada, y que solo guardaba en su memoria retazos de los sucesos de todo aquel día.
Durante la noche estuvo dando vueltas en un duermevela inquieto. Soñó con Gustav saliendo a su encuentro desde un largo pasillo de luz. Pero en el momento en que se encontraba directamente ante ella, no era Gustav, sino Albrecht Brunnmann. Y allí donde debían encontrarse los ojos de él, se abrían dos agujeros profundos y oscuros.
Elisabeth despertó profiriendo un grito terrible y con temblores en todo el cuerpo.
MR. LOCHNER SE convirtió en un auténtico amigo durante esos días terribles. Tomó sus propias iniciativas y contactó con periodistas amigos de todo el Reich que le prometieron, todos sin excepción, que mantendrían los ojos abiertos y aguzarían los oídos para investigar tanto sobre la ruta de viaje de los niños como sobre la de Gustav Berchinger.
Pero todos los esfuerzos se estrellaron contra los poderosos molinos nazis. No fue sino más tarde cuando Elisabeth comprendería que se había topado aquí con el arma más efectiva del régimen nacionalsocialista, su única y verdadera arma milagrosa: la facultad de devorar personas por completo y de hacerlas desaparecer para siempre en las tierras bajas del mal.
Pese a haber llegado al límite de sus fuerzas, Elisabeth se levantaba de nuevo una y otra vez con la energía de una madre, daba vueltas sin descanso a nuevas ideas y hasta había puesto un parte de desaparición en la policía. Para el día siguiente planeó alquilar un coche con chófer y realizar el trayecto hasta la frontera franco-alemana que sus hijos habían hecho en tren.
Mr. Lochner le rindió una nueva visita la víspera, el segundo día desde la desaparición de sus hijos y el quinto desde la de Gustav.
Le conmovió el aspecto de su figura delicada y pálida. Había conseguido por fin persuadir a Elisabeth para que se tomara al menos una infusión y algunas cucharadas de un consomé ligero, cuando llamaron enérgicamente a la puerta. Alguien abrió sin esperar respuesta, y Elisabeth fue arrollada por un montón de brazos y piernas.
Aquello resultó ser demasiado para la pobre después de los agobios de los últimos días: se sumergió en una súbita negrura y procuró un susto de muerte tanto a la visita presente como a los recién llegados.
Cuando fue volviendo despacio en sí, percibió algo húmedo en la frente que resultó ser una manopla para el baño, algo pesado sobre las piernas que parecía ser un perro salchicha, y después de parpadear con cuidado —por temor a haber experimentado alegría únicamente en sueños— descubrió a su lado las caras temerosas pero tensas de expectación de sus hijos. Casi estuvo a punto de volver a caer desmayada si no hubiera estado ya tumbada.
¡Aquello sí que fue todo un júbilo! Y Mr. Lochner —con sombrero nuevo — tenía una sonrisa de oreja a oreja. Albrecht Brunnmann, que había traído a los niños, se mantenía discretamente en un segundo plano en aquella conmovedora fiesta del reencuentro.
Se encontraba tan rendida por la embriaguez de la alegría, que Elisabeth necesitó algún tiempo para ser plenamente consciente de la presencia allí de Brunnmann. También los niños, sobre todo el pequeño Wolfgang, estaban rebosantes de palabras y de lágrimas. Pero había algo en los ojos de su hija Déborah, una queja que tenía el efecto de un susto permanente.
Entonces fue cuando Elisabeth comprendió por qué la dicha no era completa, por qué Déborah titubeaba en la expresión de su alegría:
—Pero ¿qué ocurre con nuestra Magda, la joven institutriz de mis hijos? ¿Dónde está? ¿No está aquí?
Y todos en la habitación, incluida Biene, la perra salchicha, dirigieron las cabezas como en una sincronización estudiada hacia el señor Brunnmann. Él accedió a esta reclamación tácita, como si hubiera estado esperando su intervención:
—Su institutriz se encuentra todavía bajo arresto en Stuttgart, señora. La tomaron erróneamente por una ladrona ya que en su equipaje le encontraron una gran cantidad de joyas valiosas. Por desgracia todavía tengo que realizar algunas gestiones para su puesta en libertad.
—¡Pero santo cielo! ¿Qué disparate de historia es esa? ¡Magda no es ninguna ladrona! Se trata de mis propias joyas. Yo se las confié personalmente a Magda. Es inocente y hay que ponerla en libertad inmediatamente.
—Por supuesto, señora Malpran, y soy también muy optimista, pero se necesitan todavía uno o dos días hasta que estén resueltas todas las formalidades. Confiscaron las joyas como pruebas, pero ya me estoy ocupando de su devolución. Le propongo que disfrute ahora del encuentro con sus hijos y permítame que me ocupe yo de su institutriz. Mañana volveré a hacerle una visita. El equipaje de sus hijos se halla en el vestíbulo del hotel y se lo traerán a su suite en cuestión de unos pocos minutos. Yo me despido ahora, señora, y le deseo una agradable tarde rodeada de sus hijos.
Sus palabras habían sonado corteses, pero de alguna manera tenían también un tono determinante, como si el señor Brunnmann no previera contestar a más preguntas. Se dirigía ya a la puerta cuando Elisabeth reaccionó a tiempo:
—Disculpe, por favor, señor Brunnmann. Me he mostrado descortés con usted. Me trae a mis hijos y yo ni siquiera le he dado las gracias. No crea que no sé valorar sus esfuerzos, pero nuestra institutriz Magda lleva ya mucho tiempo con nosotros en casa. Para mí pertenece también a la familia. Es muy importante para mí que no le suceda nada malo. Por ello le ruego fervorosamente que haga todo por nuestra Magda, de la misma manera que ha intervenido usted en favor de mis hijos. Le quedaría muy agradecida.
El señor Brunnmann soltó el pomo de la puerta y regresó. Realizó una reverencia ante Elisabeth y tomó la punta de los dedos que ella le ofreció con su característico e inimitable donaire. Ejecutó el besamanos con toda formalidad, sin que sus labios tocaran el dorso de la mano de Elisabeth. A continuación se irguió e indagó durante unos breves instantes en el rostro de Elisabeth, como si buscara en él una confirmación de sus últimas palabras antes de abandonar la habitación con largos pasos silenciosos.
Elisabeth lo siguió con la mirada. Nunca antes se había encontrado con un hombre de esa estatura que se moviera con esa tranquila agilidad. Pero había notado algo en las profundidades de sus ojos que la desconcertó brevemente. No obstante, estaba demasiado distraída con sus hijos como para poder darle más vueltas a esa percepción.
Mr. Lochner también se despidió de ella. Las siguientes horas, Elisabeth iba a estar absorbida por completo por sus hijos.
El pequeño Wolfgang y Déborah, pero también Biene, necesitaban urgentemente un baño, y pronto estuvieron todos en el agua. La espuma, para alegría de Wolfgang, sobresalía por el borde de la bañera; no era de extrañar pues había echado en ella un frasco entero de gel de baño.
Entretanto habían traído las maletas, y los niños estaban sentados en el sofá con los pijamas limpios. Elisabeth mandó que les trajeran una cena abundante, y Wolfgang la atacó de inmediato. Elisabeth se puso contenta con su sano apetito porque demostraba que su hijo había salido ileso de la experiencia vivida. Al menos parecía no haberle afectado al estómago.
Con Déborah, las cosas eran diferentes. Fue picando de todo un poco y decía que no tenía hambre. Elisabeth contemplaba a su hija con gesto de preocupación. Déborah daba la impresión de estar agitada. ¿Se debía a que Magda había tenido que quedarse en la cárcel, o había algo más detrás?
A Elisabeth se le pasaron por la cabeza miles de cosas terribles que podían sucederle en la cárcel a una chica joven e inocente como Déborah. Únicamente con el mayor autodominio consiguió luchar contra el horror que iba apoderándose de ella. A pesar de temer por la respuesta, le preguntó ahora:
—¿Qué tienes, Déborah? ¿No me vas a contar lo que sucedió?
Déborah negó con la cabeza y señaló a su hermano que estaba masticando con los carrillos llenos.
—Luego, mamá, cuando duerma Wolfgang.
Pero el pequeño estaba demasiado animado como para pensar ahora en dormir. Le rebosaba precisamente la necesidad de comunicar y ya era la tercera vez que relataba la historia de su detención por la policía en la estación de Stuttgart, cómo los habían separado de Magda, cómo Biene mordió a un policía en la pantorrilla, y cómo él, Wolfgang, le había gritado «¡córre, Biene!» y cómo la perra salchicha se largó de allí rápidamente justo cuando el policía desenfundaba su pistola. Para el pequeño Wolfgang, la experiencia vivida existía más bien en la forma de una aventura excitante, tal como debían existir sus héroes de los libros de Karl May. Si lo habían tratado con rudeza, o si había pasado hambre y frío, eso tenía que ser así porque en una aventura de verdad debía haber también un poco de sufrimiento. ¿Cómo lo iban a festejar después como a un héroe si no?
Puede que su lógica fuera conmovedoramente infantil, pero en este caso había cumplido su cometido y le había protegido de la conmoción que sí había experimentado su hermana Déborah.
El pequeño Wolfgang había pasado la mayor parte del tiempo al cobijo de los brazos de su hermana mayor. Tal vez residía aquí la explicación del agotamiento tanto físico como mental de Déborah, ya que se había propuesto que su hermano no sufriera ningún temor, le dio calor, le entregó su propia ración escasa de comida, veló su sueño y le espantó todo bicho reptante.
Finalmente se le cerraron los ojos al pequeño. Justo acababa de decir algo y un instante después hundía su cabeza sobre el hombro de Elisabeth. Ella besó su tierna frente, lo levantó en brazos y lo llevó a la cama.
El amor y la ternura la vencieron casi con una sensación dolorosa al acomodar en los brazos el peso cálido de su hijito. Lo acostó y le tapó con sumo cuidado, como si el niño fuera frágil. Le resultó difícil apartarse de la visión sosegada de su hijo por la felicidad que le deparaba el simple hecho de poder mirarlo dormir. Durante más de dos días había implorado ese momento, y ahora estaba allí.
Al mismo tiempo sentía la presencia inquieta de su hija, percibía su horror secreto, un asunto sobre el que debía hablar con ella en calidad de madre. Elisabeth temía ahora conocer la verdad, igual que le asustaba la responsabilidad que Déborah iba a trasladar ahora sobre ella. Esperó fervorosamente estar a la altura de las circunstancias en su papel de madre, de modo que Gustav pudiera estar orgulloso de ella. Pero sobre todo rezaba por encontrar las palabras correctas para infundirle consuelo y fortaleza y procurar un alivio al ánimo vulnerado de Déborah.
Elisabeth se sentó a su lado y tomó las manos frías de su hija entre las suyas. Se las frotó con un gesto familiar, tal como solía hacerlo cuando Déborah se quejaba de que tenía las manos frías. Las manos de Déborah eran bonitas, delgadas y gráciles, y ágiles por el hábito de tocar el piano.
Déborah comenzó ahora su relato de lo sucedido, que era muy diferente al que había realizado el pequeño Wolfgang. Mientras madre e hija mantenían las manos unidas y compartían su calor, ella contó cómo dos policías entraron en su compartimento del tren en la estación central de Stuttgart, les pidieron la documentación y acto seguido afirmaron que había algo que no estaba bien en los papeles y que por esa razón debían acompañarlos, de cómo Magda se les encaró con valentía y enseguida les ofreció que telefonearan a la señora Elisabeth Malpran, la cantante famosa que estaba alojada en el hotel Adlon de Berlín, la capital del Reich, y que ella confirmaría la validez de sus datos.
Pero aquellos hombres no quisieron hacer caso a Magda; en su lugar la agarraron y la sacaron del compartimento tirándole del pelo. El pequeño Wolfgang comenzó a llorar, pero Magda se dirigió a él diciéndole que todo aquello era solo una broma y que no dolía nada. Puede que Wolfgang se lo creyera, pero no así Biene, que mostrando los dientes se abalanzó sobre la pierna de uno de los policías. El otro desenfundó su arma, el pequeño Wolfgang gritó «¡corre, Biene!» y Magda imploró: «¡Por Dios, caballeros! No irán ustedes a disparar a niños pequeños y a perros. Ya está bien. Iremos con ustedes».
Biene pudo escapar de aquel tumulto general.
Se los llevaron de allí en un camión y los arrojaron en la celda de una cárcel. A Magda la vinieron a buscar al poco tiempo, y Déborah no la había vuelto a ver desde entonces.
Déborah y el pequeño Wolfgang pasaron dos días solos en la cárcel. Había poca comida, no había nada para asearse, y para sus necesidades disponían de un cubo de hojalata abollado con una simple tapa. Déborah intentó una y otra vez iniciar una conversación con la vigilante amargada, pero esta era o estúpida o muda, o presumiblemente ambas cosas a la vez. Finalmente empleó todas sus fuerzas en ocuparse del pequeño Wolfgang, le contó todas las historias que había leído y le cantó todas las canciones que había aprendido para protegerlo del aburrimiento o del miedo.
Elisabeth dio las gracias a Dios por tener aquella hija, y en ese mismo instante lo inculpó: ¿Cómo podía permitir Él las acciones de personas así? ¿Qué bestias eran aquellas que podían hacer semejantes cosas a niños inocentes?
Pero los días pasados en la cárcel no eran el horror de Déborah propiamente dicho. Este no se manifestó hasta el momento en el que contó a su madre cómo el señor Brunnmann llegó y los liberó de la celda de la cárcel.
El señor Brunnmann armó primeramente un buen escándalo porque «allí se había cometido el craso error judicial de encerrar sin motivo a los hijos de la famosa cantante Elisabeth Malpran a quien el führer tiene en mucho aprecio».
Como Déborah se negó en firme a salir de allí sin Magda, fue testigo de la conversación entre el señor Brunnmann y el director de la cárcel a través de las paredes finas de la habitación contigua en la que les mandaron esperar a ella y al pequeño Wolfgang. Oyó cómo el director señalaba que el interrogatorio de la sospechosa no había aportado más datos a la luz del día, pero que sí, en cambio, había ocasionado daños físicos.
—Lamentablemente —dijo el director sin el menor atisbo de lamento— nuestro hombre puso excesivo empeño en el cumplimiento de sus funciones. La mujer no se encuentra en buen estado. Un transporte podría arruinarla definitivamente.
Déborah entendió de inmediato que esa conversación solo podía significar una cosa: que habían maltratado de mala manera a Magda en los dos últimos días.
De todas formas también oyó cómo el señor Brunnmann ordenaba los mejores cuidados médicos para Magda y quería estar informado de inmediato cuando la mujer estuviera de nuevo recuperada para poder realizar el viaje de vuelta a Múnich.
Salieron de la cárcel bajo una lluvia torrencial. Cuando se acercaban a la limusina negra de Brunnmann, tuvieron la primera sorpresa agradable de los últimos días: a juzgar por su aspecto sucio y su estado semihambriento, la fiel Biene se había pasado todo el tiempo de guardia frente a la cárcel. Ahora se precipitaba a ellos gimiendo.
El señor Brunnmann aceptó sin pestañear que la perra completamente calada se subiera a su coche bien cuidado. Fue ese un momento en el que se ganó la confianza de Déborah.
Al final de su informe, Déborah se echó a llorar con el cuerpo temblando y la cabeza recostada en el hombro de Elisabeth. En algún momento, mucho más tarde, alzó su rostro hinchado y preguntó a su madre:
—Mamá, es terrible lo que le han hecho a Magda. ¿Cómo puede una persona torturar a otra voluntariamente y hacerle tanto daño que esté a punto de morir? ¿Y dónde está papá? ¿Qué ha sucedido con él? Si lo detuvieron, ¿le habrán hecho el mismo daño que a Magda? Tengo mucho miedo, mamá.
Elisabeth mantuvo a su hija toda la noche en brazos, después de haber llorado las dos juntas hasta quedarse dormidas. Elisabeth se propuso firmemente pedirle al día siguiente al señor Brunnmann que organizara todo lo necesario para poder viajar ella en persona a Stuttgart. Tal vez podría viajar con ella también el Dr. Strelitz. Era ciertamente un hombre de las SS, pero no parecía ser un médico sin talento en lo que ella era capaz de juzgar si lo comparaba con las habilidades de su marido.
Magda debía saber que se estaban preocupando por ella, que no la habían dejado sola en el sufrimiento que le habían infligido unas personas vulgares y sin sentimientos.
POCO DESPUÉS DE las cinco de la madrugada sonó el teléfono en la suite. Elisabeth se despertó asustada de sus sueños disparatados y pensó que solo había soñado el regreso de sus hijos.
Entonces percibió a derecha e izquierda la calidez de los familiares cuerpos de Déborah y de Wolfgang, pegados a su costado. Asustados por el timbre del teléfono, los dos hermanos se movieron aturdidos, pero solo llegó a despertarse Déborah. El pequeño Wolfgang se dio la vuelta resoplando suavemente y volvió a quedarse dormido con el pulgar dentro de la boca.
En la habitación reinaba una completa oscuridad. Elisabeth había corrido por la noche las pesadas cortinas de damasco y necesitó de algún tiempo para orientarse. Por fin dio con el interruptor de la luz. El teléfono enmudeció en el mismo instante en que se encendía la bombilla de la lámpara de la mesita de noche.
Elisabeth y Déborah se miraron y sintieron un alivio compartido. Ambas habían percibido la estridencia del aparato como algo ominoso, un sonido agorero que ponía a vibrar sus miedos secretos. Ahora pensaron que se trataba de una equivocación, que probablemente alguien había marcado mal el número de teléfono. Justo cuando las dos, ya relajadas, se dejaron caer de nuevo en las almohadas, volvió el sonido estridente del teléfono. Elisabeth descolgó el auricular profiriendo un suspiro.
Así fue como se enteró de la siguiente catástrofe, cuya portadora era Ottilie esta vez.