Cuando la miel muere
Capítulo 13
EL ARCA DE Noé se iba adentrando en los peligrosos remolinos de las mareas y flotaba sobre los agitados abismos de las tribulaciones.
Los pensamientos de los moradores del número 10 de la Prinzregentenplatz se iban volviendo cada vez más grávidos y desangelados. Gustav y Elisabeth se ocupaban de sus hijos y del futuro de estos. Magda tenía miedo de tener que regresar pronto otra vez a su anodina existencia en la granja paterna, si los señores acababan marchándose del país. Y Ottilie andaba inquieta y temerosa por la salud mental de su Hans, a quien solo veía ya de tanto en tanto.
Únicamente la cocinera seguía preocupándose como siempre del horno y de la cocina. Bertha iba derechita a los setenta. Sus mejillas otrora henchidas se habían vuelto flácidas porque su apetito había ido disminuyendo sin cesar, y los dientes, que cada vez se le movían más, abrían huecos en su dentadura que le dificultaban el habla. Ahora solía mascullar para sí misma y escupía repartiendo la saliva hacia todos los puntos cardinales ya que le faltaban la mayoría de los dientes que habrían podido detenerla. A nadie le gustaba pensar en ello, pero estaban seguros de que algo debía aterrizar sin duda en ollas y sartenes.
Ni Gustav ni Elisabeth tenían el coraje para despedir a Bertha. De ahí que desde entonces evitaran ir a verla a sus dominios en la cocina, porque a la paz interior le resultaba más soportable no verla para nada mientras cocinaba y mascullaba, de lo contrario se le quitaban a uno las ganas de comer, cosa de la que ya se había dado cuenta Elisabeth.
Biene, la perra salchicha de pelo duro, era la única que seguía haciendo compañía a Bertha en la nueva soledad de su cocina. No hacía distingos en los pormenores culinarios, y por esta razón tampoco le faltaban las correspondientes recompensas por tanta fidelidad y compañía, y Biene se puso bastante gorda en poco tiempo sobre sus patas cortas.
Un día que llegó a la mesa un cocido especialmente turbio y espeso, un plato sabroso que el doctor en otro tiempo atacaba sin mayor dilación, todos titubearon a la hora de servirse en un repentino y tácito acuerdo. Pero entonces, el doctor dijo encogiéndose deportivamente de hombros:
—¿Qué os ocurre, queridos? Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no es verdad? El cocido no sabe a nada cuando se enfría.
Agarró la cuchara y lo probó sin demora. Todos imitaron al cabeza de familia, y estaba sabroso, un sabor intenso y bien condimentado.
Después, Gustav le dijo a su inteligente hija Déborah, a quien estaba educando en los valores de la tolerancia y del humanitarismo:
—Presta atención, Déborah. Nuestro trato con… bueno, llamémosle el esputo de cocina de Bertha, es en el fondo una alegoría desenmascaradora sobre el pueblo alemán. Por desgracia, el pueblo alemán tampoco ve lo que no quiere ver, y tendrá que comerse la sopa a cucharadas hasta el amargo final.
Luego estuvieron todos sentados un buen rato en silencio.
Magda, que siempre absorbía las palabras del doctor, corrió hasta la biblioteca y hojeó en la enciclopedia Der Große Brockhaus. Quería enterarse de lo que significaba exactamente la palabra «alegoría», y encontró la explicación: «parábola». Y debajo, el ejemplo que le pareció preñado de desgracias: «La muerte como guadaña».
Esa noche, Magda dio muchas vueltas de desasosiego en la cama y soñó con el señor de la muerte. Y la imagen soñada se parecía completamente a la de un hombre pálido de mirada fanatizada y con un bigotito.
No fue sino hasta finales de 1936 cuando Elisabeth, tras muchas recaídas, volvió a sentirse lo suficientemente fuerte como para emprender otro intento de abandonar Alemania. Pero en enero de 1937 el pequeño Wolfgang se puso gravemente enfermo, y el doctor le diagnosticó tifus.
El tifus, igual que la tuberculosis, eran consideradas enfermedades como la lepra, y estaban proscritas del Reich de Hitler. El mismo führer las había proscrito. Ningún hospital habría atendido al pequeño Wolfgang. De ahí que el doctor cuidara a su hijo en casa. Volvió a pasar casi un año más hasta que Gustav pudo comunicarle por fin a Elisabeth poco antes de las Navidades, que Wolfgang había sanado y tenía la fortaleza suficiente para poder realizar el viaje.
Gustav lo planeó todo con minuciosidad, corrió a las oficinas, esperó durante meses los papeles y los sellos necesarios. Entonces, en marzo de 1938, se produjo la anexión de Austria, su «recuperación» para el Reich, tal como lo denominaron, y la familia tuvo que volver a cambiar sus planes.
Primeramente pensaron en Suiza como destino, lugar al que había ido a parar ya a comienzos de 1937 Bubi Putzinger, por ejemplo, quien acabó perdiendo las simpatías del régimen por su temperamento alborotador y excéntrico. También Franz Lehár, el primer mecenas de Elisabeth, se había alojado con su esposa judía en el hotel de lujo Baur au Lac en Zúrich.
Hitler, sin embargo, seguía extendiendo su poderoso brazo. El matrimonio se temía que Suiza pudiera quedar demasiado cerca para los ambiciosos planes de expansión del führer.
Mientras ponderaban destinos y posibilidades, Elisabeth, que había dejado dicho en el despacho de su empresario ducho en los negocios que estaba abierta a nuevas ofertas, recibió un sobre confeccionado con un papel de tina finísimo. Este ocultaba una invitación a Elisabeth para actuar en Londres, en el Covent Garden, en el papel de Reina de la Noche en La flauta mágica de Mozart.
Y Gustav dijo a Elisabeth:
—¿Lo ves, cariño? Cuando esperas o incluso te demoras el tiempo suficiente, al final acaban llegándote los destinos ellos solos.
Acordaron entonces que seguirían a Paul, el hermano de Gustav, y se mudarían a vivir a Londres. Solo quedaba pendiente la cuestión de si debían comunicar oficialmente su expatriación.
Ciertamente, los nacionalsocialistas veían con agrado que los conciudadanos judíos abandonaran los territorios de su dominio, siempre y cuando dejaran en el país la mayor parte de su fortuna, claro está. A las personas que deseaban emigrar se les practicaba el denominado «impuesto para judíos sobre sus bienes inmuebles» y se les infligía, adicionalmente, un «impuesto sobre la fuga de capitales del Reich».
El Ministerio de Hacienda actuaba en este sentido con diligencia, como en todas las épocas y con todos los gobiernos. «Esto no es nada más que un robo organizado y legalizado», renegaba Gustav con enojo. Elisabeth estableció contacto con la embajada británica y se citó con un agregado diplomático que resultó ser un gran admirador de sus dotes artísticas. Propuso bajo mano a la célebre cantante el siguiente procedimiento: Elisabeth Malpran debía registrar de manera oficial en la Cámara de Música del Reich su compromiso en Londres y solicitar también el permiso para llevarse con ella a sus dos hijos menores de edad, Déborah y Wolfgang, junto con la institutriz Magda, que entretanto había ascendido a ese puesto de gran responsabilidad. Sin embargo, debía emprender estos pasos de manera repentina, como si se hubiera decidido ya muy tarde a aceptar la invitación. Al mismo tiempo debía hacer correr la voz de que volvía a estar a disposición del Reich alemán para futuros compromisos.
Por contra, su esposo, unos días antes del viaje de Elisabeth a Londres, debía dirigirse con poco equipaje («para no despertar a los gigantes dormidos», en palabras del agregado diplomático) en tren desde Múnich a Zúrich. Si la señora Elisabeth partiera antes, entonces tal vez se dirigirían las miradas de desconfianza hacia el esposo, mientras que una ausencia de varios días de su marido anterior a su partida, apenas llamaría la atención de nadie.
El plan era que Gustav continuara después viaje desde Zúrich hasta Londres. Otra recomendación, también expresada bajo mano, era que el doctor debía encontrar de alguna manera la posibilidad de viajar en el interior de Alemania con documentos falsos.
Gustav comprendió de inmediato que los documentos necesarios iban a costarle una pequeña fortuna. Consultó a su asesor jurídico, el señor Von Meyerlinck, que entretanto se había vuelto un buen amigo suyo. Von Meyerlinck, cuyo bufete, como es sabido, estaba pegado al cuartel general del NSDAP, consiguió que le proporcionaran esos papeles gracias a diversos contactos con sus vecinos. Gustav viajaría como Peter Friehling.
La fiel Ottilie viajaría también en el mismo tren hasta Zúrich y llevaría consigo los verdaderos documentos de identidad del doctor. Gustav los necesitaba para su entrada legal en Inglaterra. El prudente agregado diplomático consideraba que era excesivamente peligroso que los llevara él mismo consigo, mientras que una señora mayor aria en un vagón de tercera clase no debía de temer ninguna sorpresa desagradable. Ottilie solo tenía cuarenta y un años, pero desde que le habían quitado a su Hans tenía un aspecto muy envejecido.
El doctor dejó la decisión al criterio de Ottilie porque, a su entender, seguía siendo una empresa arriesgada. Ella aceptó de inmediato y sin reservas la propuesta. ¡Los nazis le habían arrancado ya a su Hans, y ahora echaban del país también a sus señores! Por esta razón sentía como un deber sagrado ayudar a su patrón.