Cuando la miel muere
Capítulo 37
Cracovia, Gobierno General de los territorios polacos ocupados, Polonia
DESDE VIENA, ALBRECHT y Déborah prosiguieron su viaje hacia Cracovia, en Polonia. Polonia era considerado ahora «país subordinado», es decir, desde octubre de 1939 estaba ocupado por los alemanes, pero no había sido incorporado al Reich. Se le denominó Gobierno General de los territorios polacos ocupados y se componía de cinco distritos: Cracovia, Lublin, Leópolis, Radom y Varsovia. En el año de la ocupación vivían allí aproximadamente unos doce millones de personas. En 1945, la población se habría reducido casi a la mitad.
PARA EL VIAJE a Cracovia, Albrecht ordenó a su chófer de Berlín que se desplazara a Viena.
El chófer no era muy alto y era ligeramente macizo. Tenía una cara blanda y redonda y un cráneo pelado que parecía pulido. Se llamaba Osman, y era mudo.
Durante el viaje, Déborah conoció por boca de Albrecht la historia de Osman. Antes de que la madre de Albrecht se casara con su padre, actuó en los escenarios durante algunos meses como cantante con un futuro muy prometedor. Un misterioso príncipe oriental la oyó cantar y se enamoró perdidamente de la joven cantante. Ardiendo de pasión por ella, le hacía entrega todos los días de un regalo principesco: frutas exóticas y animales exóticos, perlas perfectas y diamantes refulgentes, y por último, el regalo más valioso de todos: Osman, por aquel entonces un chico pequeño y asustadizo con unos ojos que no paraban de moverse.
Albrecht explicó a Déborah que Osman era un castrato y que en su día poseyó una maravillosa voz para el canto.
—¿Osman sabe cantar? —preguntó Déborah con emoción. Se le iluminaron los ojos de la alegría.
—En otros tiempos sí, ahora ya no.
—Pero ¿por qué no? Podríamos intentar un dúo. Por favor, ¿me dejas?
Su voz sonó afanosa como la de una niña pequeña.
—Osman no puede cantar, María. Le falta la lengua.
—¿La lengua? ¿Pero cómo puede faltarle la lengua?
—Porque mi padre se la cortó.
—¿Que le qué? ¡Qué horror! —La cara de Déborah expresaba una consternación absoluta—. ¡Pero… por Dios! ¿Por qué le hizo una cosa tan cruel?
—Porque cantó demasiado.
Albrecht lo dijo como de pasada, como si una reacción semejante fuera completamente normal.
Osman profirió un sonido que en realidad era más un suspiro, y en un tono tan bajo que solo lo percibió el oído sensible de Déborah, pero en ese sonido se concentraba todo el dolor y toda la melancolía de una persona decepcionada.
El corazón de Déborah voló hasta él con compasión.
—Tal vez tu madre debería haberse casado con ese príncipe extranjero en lugar de con tu padre —dijo con enfado.
—Estuvo a punto de hacerlo, pero entonces se enteró de que ese califa disponía ya de tres esposas y de una cifra nada insignificante de concubinas.
Déborah captó que Albrecht había contado ya esa historia con frecuencia y siempre con éxito. Albrecht se estiró ahora todo lo bien que pudo en el coche, y bostezó con ganas. Gracias al empeño de Déborah en la cama, le faltaban muchas horas de sueño esas últimas semanas.
También Déborah percibió cómo se apoderaba de ella el cansancio. Los largos trayectos en coche le producían siempre ese efecto. Todavía encolerizada, sucumbió de nuevo a uno de sus repentinos cambios de humor. De pronto se sintió demasiado apática para discutir, y cerró los ojos.
Acurrucada en el asiento trasero del coche, pasó durmiendo por los amenos campos verdes del paisaje y a través del ritmo sosegado de la lluvia que hizo acto de presencia poco después. No se despertó ya hasta que llegaron a Cracovia y pararon frente al imponente Grand Hotel situado en la Slawkowskaja. Se hallaba en el corazón del centro histórico de la ciudad de Cracovia, de quien muchos dicen que es la más bella de Europa.
Entretanto, Déborah había interiorizado su rol de dama de mundo y encajó con absoluta naturalidad este nuevo lujo del hotel de cinco estrellas. Los impresionantes muros de un metro de grosor, el mobiliario histórico así como las innumerables chimeneas testimoniaban que el Grand Hotel fue en su día un palacio medieval.
Mientras dos camareras del hotel extraían de las maletas el extensísimo vestuario de Déborah y mientras Albrecht realizaba algunas llamadas telefónicas, Déborah, tras explorar brevemente su suite, se fue a pasear sola por el hotel. En la denominada Sala de los Espejos encontró lo que buscaba: el piano de cola que no podía faltar en un hotel de prestigio. También había una cafetería vienesa y un café-bar Strauss, y Déborah se sintió casi como en casa.
Justo la primera noche tuvo lugar en la Sala de los Espejos del hotel una opípara cena de gala. Era la primera vez que Déborah coincidía con camaradas de Albrecht miembros de las SS, entre ellos estaba Richard Wendler, a quien Albrecht presentó como al recientemente nombrado gobernador de Cracovia, y el alto y corpulento comandante de Plaszow, Amon Göth, un austríaco natural de Viena. Albrecht la presentó ante ellos como la cantante María Malpran.
En el transcurso de la velada, Déborah se quedó asombrada de la resistencia al alcohol de los asistentes masculinos a la cena de gala, como también de las escasas mujeres presentes que pronto comenzaron a soltar risitas y a comportarse de una manera bastante estúpida. Ella daba únicamente sorbos a su copa de champán. El alcohol no le sentaba nada bien, y ese breve placer lo pagaba cada vez más con dolores de cabeza. No le pareció que fuera un buen trueque y por esa razón prefería abstenerse de beber alcohol.
Cuanto más tarde se iba haciendo, más ruidosa se volvió la mesa y tanto más a disgusto se iba encontrando Déborah. De ahí que sintiera algo más que alivio cuando Albrecht, alegando como disculpa el largo viaje realizado, fue el primero en despedirse del grupo fiel.
Durante la noche saciaron su hambre respectiva en el otro. Déborah dio un fuerte mordisco a Albrecht en la lengua hasta que pudo degustar la sangre de él, cálida y de sabor metálico. Su amante se limitó a ponerla boca abajo y se vengó de ella sin contemplaciones.
DOS NOCHES DESPUÉS participaron en una recepción en la casa de Hans Frank, el gobernador general de Polonia, ubicada en el castillo de Wawel.
Este castillo del siglo XIII, erigido sobre una pequeña colina, dominaba sobre el río Vístula y ofrecía un aspecto espectacular a la luz de los centenares de antorchas prendidas. Ese castillo había sido desde siempre el domicilio principal de los reyes polacos, y Hans Frank y su esposa Brigitte residían en él también como un matrimonio de soberanos feudales. Consciente de su clase social, el matrimonio empleaba a todo un ejército de criados que ellos denominaban su «séquito».
Albrecht, quien frente a Déborah no escatimaba ninguna anécdota, le susurró al oído que al feudo de Hans Frank se le denominaba en círculos internos «Frank-Reich».
Albrecht continuó confesándole que el gobernador general había sido ministro del Reich en Baviera hasta hacía unos pocos años y que había defendido al führer como abogado personal suyo en más de cuarenta juicios. Déborah, en un nuevo ataque de sarcasmo, pensó que Frank seguramente debió de hacer bien su trabajo, de lo contrario no podría mantener hoy su estilo de vida feudal en su adornado castillo.
La otra cara, la cara infame de Frank permaneció oculta a Déborah. Para ella, él no era nada más que un anfitrión encantador y un pianista versado, un aficionado a la ópera y un filósofo al que le gustaba citar a Nietzsche, igual que lo hacía su padre en otros tiempos.
Los Frank acogieron con agrado en su selecto círculo a la talentosa hija de la famosa artista Elisabeth Malpran. Doña Brigitte no dejó de presumir cómo hacía dos años había estado en la Ópera de Berlín, en el palco del führer, y cómo este había vitoreado la salida a escena de Elisabeth Malpran.
A la vista de la mesa con mantel de damasco y cubiertos de plata fulgente y las cantidades ingentes de platos de cocina refinada servidos por criados en relucientes bandejas, y contemplando también aquel grupo de personas distinguidas ataviadas con esmoquin y vestidos de noche, que comía a dos carrillos y que se divertía como si no hubiera un mañana, a nadie se le pasaría por la mente que muy pronto iban a ser ya tres los años que Alemania se encontraba en guerra con media Europa.
Cada vez que Déborah se topaba casualmente con la mirada de Hans Frank, le sobrevenía un ligero escalofrío, como si sintiera en la nuca el hálito del peligro. Casi era capaz de degustar esa excitación en la lengua, similar al cosquilleo de las burbujas de champán. Le gustaba esa sensación extraña porque creía que le proporcionaba un poder sobre ese hombre desconocido que la deseaba, aunque no ella a él.
Pero como Déborah era una absoluta inexperta en este nuevo juego, tampoco conocía su regla más importante, esto es, que el poder siempre obedece a la ley del más fuerte.
—Bien, teniente coronel de las SS Brunnmann —Hans Frank acentuó el rango de su vecino de mesa como si fuera muy importante para él destacar la diferencia respecto de su propio rango—, por lo visto ha estado usted extremadamente ajetreado en estos últimos meses desde lo de Wannsee, según las noticias que llegan de Berlín. Justo ayer llegó un telegrama desde la Oficina Central de Seguridad del Reich que contenía otras medidas que hay que adoptar. Supongo que usted está de viaje de servicio para inspeccionar en persona los progresos en nuestro trabajo, ¿verdad? ¿Quién lo envía? ¿El camarada mariscal de campo de las SS o el jefe?
Frank y el líder supremo de las SS en el Reich alemán, Heinrich Himmler, eran enemigos enconados desde siempre y libraban continuamente una guerra privada por las competencias en el Gobierno General de los territorios polacos ocupados. En cambio, Reinhard Heydrich, en calidad de director de la Oficina Central de Seguridad del Reich y superior directo de Albrecht Brunnmann, a Frank le parecía el menor de los males. Todos sus colaboradores le llamaban simplemente «el jefe», de ahí la alusión de Frank.
El sensible oído de Déborah captó que había algo como al acecho en la pregunta. El motivo se le escapaba porque no tenía ni la menor idea de hacia dónde apuntaba la alusión de Frank; sin embargo, le llamó la atención que otros invitados también giraran las cabezas hacia donde estaban sentados ellos. Las conversaciones de la mesa fueron silenciándose una tras otra hasta que finalmente quedó invadida la sala por un silencio tenso.
Albrecht continuaba siendo el sosiego en persona. Con toda la calma del mundo eligió un puro habano del humidificador que le ofrecieron en ese momento y se lo encendió con mano tranquila. Dio varias caladas con fruición hasta que la punta mostró un amarillo candente, y respondió entonces:
—Estoy aquí en calidad de jefe de la Sección IV y, efectivamente, solo estoy realizando mi trabajo. Nada más ni tampoco nada menos, señor gobernador general.
—Bueno, parece usted no haber olvidado sus placeres en la labor, teniente coronel de las SS.
Frank se recostó en su asiento de una manera desenvuelta, entrecruzó las manos por encima de su incipiente barriga y se quedó mirando fijamente a Déborah.
—Bien, eso cuenta entre los privilegios de nuestro gobierno, ¿no es verdad, señor gobernador general?
La mirada de Albrecht abarcó el castillo, la mesa y la servidumbre.
—Muy bien. ¿Qué tal si su encantadora acompañante nos ofreciera una muestra de sus facultades de las que usted nos ha informado de una manera tan encomiástica?
Por lo visto, Frank había llegado a la conclusión de que no merecía la pena desencadenar esa noche una discusión política. Déborah accedió con agrado a la propuesta de Frank y se dirigió al piano de cola que estaba situado al final de la sala sobre un pequeño estrado. Cantó y tocó el piano durante más de una hora y se convirtió en el centro radiante del interés de todos los asistentes a la velada.
Para una muchacha de ni siquiera dieciocho años, en el umbral de ser mujer, aquel era un mundo completamente nuevo, un maravilloso mundo paralelo lleno de brillo y apariencias, y Déborah se sumergió durante un rato en él permitiendo que la deslumbrara.