Cuando la miel muere

Hanni Münzer · Capítulo 31 de 64

Páginas del PDF

Cuando la miel muere

Capítulo 28

 

NO FUE SINO mucho más tarde cuando Déborah fue capaz de ilustrar el transcurso de los acontecimientos de esa noche terrible y de confiarlos a su diario: el aporreo de la puerta, la resistencia de Magda, la muerte de Biene, el transporte en un angosto vagón de mercancías, embutidos con muchísimas otras personas acongojadas.

LLEGARON A ESO de las nueve de la noche, eran hombres con uniformes de las SS. Pudimos oírlos antes, durante un buen rato, cómo subían precipitadamente escaleras arriba con sus pesadas botas. Vi a Magda a mi lado que se ponía completamente pálida y se llevaba una mano al corazón. Seguramente pensó en lo que había vivido en Stuttgart. Pero ella es la mujer más valiente que una puede imaginarse, y les abrió la puerta al tiempo que me decía: «Mejor así, antes de que nos la echen abajo».

Luego, todo sucedió con una rapidez terrible. Magda se colocó delante de nosotros, protegiéndonos, pero los hombres la apartaron simplemente como si se tratara de una mosca molesta. Mi hermano gritó. Uno de los hombres lo agarró y le tapó la boca: «¡Cállate, mocoso judío!». Entonces se abalanzó Biene sobre el tumulto mostrando los dientes. Yo grité: «¡Biene! ¡No!». Dos hombres desenfundaron sus pistolas y dispararon por turnos a la perra. Se reían. Wolfgang se quedó completamente quieto y aplatanado en las manos del hombre. Sus ojos enmudecieron.

Sé que desde entonces sueña con esa escena porque yo también sueño con ella. Se nos llevaron a los dos, a Magda la dejaron tirada en el suelo entre lamentos. Pero luego corrió detrás de nosotros e insistió en no dejarnos solos. Entonces se la llevaron también a ella.

Abajo esperaba un camión con una lona. Nos arrojaron adentro como si fuéramos paquetes. Recuerdo la estrechez, éramos tantísimos, y sin embargo quedaba suficiente sitio para el miedo. Magda y yo pusimos a mi hermano en medio, y nos acurrucamos los tres abrazados. El viaje no duró mucho. Nos condujeron a la estación de mercancías de Milbertshofen, y supimos entonces que íbamos a ir de viaje. Llegaron aún más camiones con más paquetes humanos.

Nosotros estábamos entre todos los demás. Yo tenía a mi hermano sujeto de la mano. Tuvimos que caminar bastante a lo largo de las vías, y muchos tropezaban. Para Wolfgang, con su pierna corta, aquello fue una tortura. Los demás nos empujaban constantemente. Todo tenía que ir a buen paso, como si quisieran librarse de nosotros rápidamente. Teníamos que desfilar en silencio. Pegaban a quien se echaba a llorar. Creo que los otros se sentían importunados con nuestros lamentos. Teníamos que sufrir en silencio, sin pronunciar palabra, y así debíamos morir también.

Entonces se produjeron unos ruidos de pronto. Yo no podía ver, ocurría muy por delante de nosotros. Unos gritos y unas súplicas, y luego ¡disparos! Wolfgang se estremeció con cada uno de ellos. Entonces llegó hasta nosotros un gimoteo atroz, desde delante de todo venía una noticia desplazándose hacia las filas posteriores como una ola inquietante que dejaba un poso de miedo y de terror en todo aquel que tocaba, un terrible correo boca a boca: ¡están separando a las familias!

Entonces nos llegó el turno a Wolfgang y a mí, y me arrancaron de mí a mi hermano. Grité y batallé y entonces alguien me agarró entre risas y me sacó de allí. Magda peleó a su vez, pero también se la llevaron de allí. Yo sentía un odio terrible y sin embargo me encontraba impotente y débil, menos que la nada. Desde esa noche percibo esas notas crueles dentro de mí. No puede oírlas nadie excepto yo. Zarandean en mi alma, disonantes y estridentes, como si yo fuera un instrumento desafinado. Me desgarra el pecho. Desde aquella noche cargo en mi interior esa lejana tonalidad de la muerte y me pregunto: ¿puede una morirse por el tormento de las notas interiores?

LA JOVEN ALMA de Déborah, cuya canción de vida sonaba prometedora unos pocos días atrás, quedó reventada aquella noche en un grito de tristeza y de odio. El odio era como sentía Déborah el presente, una mutación de amargura y sufrimiento.

EL SEÑOR ALBRECHT Brunnmann volvió a revelarse como el salvador en los momentos más dramáticos.

Después de enviar a su chófer para que fuera a buscar al doctor Strelitz, quien casualmente se encontraba en Múnich, para la señora Malpran, se quedó velando junto a Elisabeth hasta que esta recuperó la conciencia, y le prometió firmemente traer de vuelta a casa a sus hijos. No dejó a Elisabeth hasta que llegó el doctor Strelitz y le administró un calmante.

Brunnmann se cuidó también de que quedaran eliminadas todas las huellas de los sucesos de aquella noche funesta. Regresó al mediodía. Con él estaban Déborah y Wolfgang.

No había podido hacer nada por Magda. Oficialmente constaba como desaparecida, pero el señor Brunnmann se había enterado de que habían disparado sobre ella al intentar huir.

Wolfgang se encontraba bajo los efectos de la conmoción. No hablaba y dejó que su madre lo abrazara como a una muñeca desprovista de alma.

Déborah se arrojó en los brazos de su madre, pero no lloró.

DON ALBRECHT BRUNNMANN y doña Elisabeth Malpran se casaban cuatro semanas más tarde, después de que las autoridades declararan oficialmente muerto a Gustav. A partir de ese momento, Elisabeth y sus hijos quedaban bajo el amparo personal de Brunnmann.

El matrimonio de su madre con el señor Brunnmann sería para Déborah un enigma sin solución. Puede que existiera entre los dos una cierta atracción física, aunque esto era para Déborah, en la edad de la adolescencia, más una suposición que una comprensión real. Pero Albrecht Brunnmann era un hombre de muy buena planta y con su aspecto elegante y tranquilo recordaba en cierto modo al padre de Déborah. Y trataba a Elisabeth como un perfecto caballero, con exquisita cordialidad y manifiesto orgullo de dueño.

No obstante, el nuevo matrimonio de su madre tenía para Déborah algo perturbador en sí mismo: nunca pudo observar, con excepción de un beso en la mano, que ambos intercambiaran caricias.

En cambio, su madre y su padre habían mostrado abiertamente su amor y su fascinación mutua. Hasta donde llegaba la memoria de Déborah, siempre hubo entre ellos susurros secretos y miradas intensas.

Había soñado siempre con un amor así para ella misma. Sabía que un día se toparía con ese amor.