Cuando la miel muere
Capítulo 3
NO RESULTÓ NECESARIO hacer copias de la fotografía.
Mientras Gino les estaba sirviendo el café exprés, la compañía de la tarjeta de crédito telefoneó a Felicity y le facilitó el nombre del hotel en el que su madre se había alojado. El padre Simone y Felicity se pusieron inmediatamente de camino a la dirección señalada en la Via della Conciliazione.
En recepción Felicity se identificó como la hija de Martha Benedict. Según la recepcionista, su madre se encontraba en la habitación, pues la tarjeta necesaria para el suministro eléctrico estaba activada. Sin embargo, Martha no reaccionó a la llamada telefónica.
—Tal vez la señora Benedict se esté duchando en estos momentos o se esté secando el pelo y no oye el timbre del teléfono —dijo la empleada del hotel.
Felicity reprimió su impaciencia.
—Bien, entonces esperaremos diez minutos y volveremos a intentarlo. Si mi madre sigue sin contestar a la llamada, ¿podríamos ir a echar un vistazo? Solo para asegurarnos de que todo está bien, ¿no le parece?
—Por supuesto.
En ese momento se abrió la puerta del ascensor, y una mujer asiática ataviada con un mono de limpieza empujó su carro de servicio en dirección a la recepción. Habló con la joven y se entabló una breve conversación de la que Felicity solo pudo entender el apellido de su madre. Miró con gesto inquisitivo al padre Simone.
—Al parecer, su madre tiene colgado el letrero de «por favor, no molesten» desde anoche en la puerta de la habitación. —Se dirigió a la joven de la recepción y dijo con determinación—: Pienso que deberíamos ir inmediatamente a echar un vistazo. Puede que la señora esté enferma y que necesite de la asistencia de un médico, ¿verdad?
La empleada del hotel asintió con la cabeza, llamó a una colega suya que trabajaba en el despacho para que la sustituyera, y los condujo al ascensor.
Poco después se encontraban frente a la puerta con el número 212 y llamaron. Ninguna reacción. Felicity gritó su nombre. Nada.
—¿Puede abrirnos la puerta, por favor?
Felicity se estaba impacientando.
La empleada ya no titubeó un instante más, sino que abrió la puerta con la llave maestra. Felicity fue la primera en entrar en la habitación y se quedó mirando con sorpresa el inesperado caos que se le ofreció a los ojos. Toda la superficie imaginable de la habitación estaba cubierta por artículos de periódicos y notas de papel. La mayoría estaban desgarrados y algunos estaban pegados de nuevo. Aquello parecía un gigantesco puzzle. Su madre estaba de rodillas encima de la cama, que también estaba cubierta de notas de papel, y estaba pasando las hojas de un pequeño diario. El pelo le caía revuelto en la cara, daba la impresión de estar totalmente ausente. Ni siquiera se había apercibido de que alguien había entrado en la habitación, y no reaccionó hasta que su hija le tocó el brazo. Profirió entonces un grito por el susto.
—¡Mamá! ¡Soy yo, Felicity!
Martha se quedó mirando fijamente a su hija como si fuera una extraña. Luego suspiró y se pasó las dos manos por la cara con gesto de cansancio. Finalmente dijo en voz baja:
—¿Qué haces aquí, Felicity?
—He venido a buscarte. Papá y yo estábamos tremendamente preocupados por ti. Te fuiste así, sin decir nada. Pero ¿qué se te pasó por la cabeza? ¿Por qué no llamaste a papá al menos? ¿Y qué estás haciendo aquí, dime? ¿Qué papeles son estos?
A pesar de que Felicity se sentía aliviada por haber encontrado con tanta rapidez a su madre, se le advertía un tono de reproche en la voz.
Su madre miró a su alrededor como si fuera consciente en ese momento del caos que la rodeaba. En lugar de responder a la pregunta de Felicity, se pasó las manos por el cabello despeinado.
—Debo de tener una pinta terrible.
—Eso no es lo importante ahora. Lo principal es que estás bien. Porque estás bien, ¿verdad?
—Por supuesto.
La madre de Felicity se bajó de la cama con torpeza. Dio uno, dos pasos inseguros, se tambaleó y estuvo a punto de caerse. El padre Simone la interceptó y la ayudó a sentarse de nuevo en la cama. Felicity agarró la mano de su madre y le tomó el pulso.
—Tienes la tensión demasiado baja. ¿Cuándo fue la última vez que comiste, mamá?
—No lo sé —fue la respuesta incierta—. ¿Ayer por la mañana tal vez?
Atentamente, el padre Simone había llenado un vaso con agua y se lo había tendido a la madre de Felicity.
La recepcionista se hallaba en la habitación sin saber qué hacer.
—¿Sería posible que le trajeran a mi madre una comida ligera aquí, a la habitación? Una sopa o tal vez una tortilla —preguntó Felicity dirigiéndose a ella. La empleada del hotel asintió y salió diligentemente del cuarto.
Entretanto, el padre Simone sobrevoló con la vista los recortes diseminados por todas partes. No fue capaz de reconocer así, a primera vista, qué contenían, pero le parecieron en parte muy viejos. A juzgar por la vestimenta en una de las fotografías recompuestas, era posible que procedieran de los años veinte. Encima de un sillón descubrió un portafolios verde de papel con un número de registro encima. ¿Actas procesales? Su mirada fue a parar entonces al diario que la señora estaba hojeando cuando entraron ellos en la habitación. Había resbalado antes hasta el suelo, cuando ella hizo el intento de levantarse. Estaba abierto ahora por la última página encima de la alfombra. Lo alzó y reconoció la escritura.
—¿Hebreo? —dijo en tono de sorpresa. Al final solo había una palabra. MET. La palabra hebrea para muerto, muerta. ¿Qué significaba aquello?
—¿Sabe usted leerlo? —preguntó la madre de Felicity fijando su mirada en él. De repente reapareció la vida en sus ojos.
—¿Eh? Sí. Es hebreo.
—¿Sabe usted hebreo?
—Sí, lo he estudiado.
—¿Puede usted traducírmelo, por favor?
—Es un poco demasiado, así, de golpe.
El padre Simone pasó rápidamente las hojas del libro.
—Por favor, es muy importante. Tengo que saber lo que contiene.
—¿Quién lo escribió? —quiso saber Felicity, que había seguido el intercambio de frases.
—Supongo que es de tu abuela.
—¿La abuela sabía hebreo?
—Eso parece.
—¿Lo sabías?
—No, nunca lo mencionó. Además no era italiana, sino alemana, y no vino a Roma hasta después de la guerra. Por eso estoy aquí. Nos tuvo engañados a tu padre y a mí toda su vida. Lo condujo a la muerte. Lo sé.
—¿Qué? —exclamó Felicity con la mirada clavada en su madre—. ¿Te has vuelto loca? ¿Qué estás diciendo?
—La verdad. Mi madre es culpable de la muerte de tu abuelo.
—¡Pero si siempre se ha dicho en casa que el abuelo había tenido un accidente de coche en 1960!
—Sí, pero solo porque poco antes ella se había peleado con él y lo había echado de casa. Él se subió a su coche y lo estrelló contra un árbol. Creo que lo hizo a propósito.
—¿Cómo puedes decir eso, madre? ¿Y cómo lo sabes? ¡Tú eras todavía una niña por aquel entonces!
—¡Tenía catorce años, una edad más que suficiente! Me he vuelto a acordar otra vez de los sucesos del día de la muerte de tu abuelo cuando encontré en la habitación de la abuela la cajita con el poema. Probablemente había mantenido todo eso reprimido en mi mente. Pero en el momento en el que leí el poema dedicado a tu abuela, todo reapareció ante mí de repente. Mira —su madre extrajo del bolso un trozo de papel muy doblado—, lee esto. Tiene puesta la fecha en el reverso. Lo escribió tu abuelo dos días antes de su muerte.
—Cuando la miel muere —pronunció Felicity con un murmullo después de haber leído el poema hasta el final—. Suena melancólico y muy triste.
—Y lo es, sí. Aquella disputa no era la primera, llevaban así ya varios días. Y eso que tu abuelo no gritaba nunca. Era un hombre plácido, y hasta entonces nunca le había oído levantarle la voz a mi madre. La adoraba y la trataba como a una reina, y así la llamaba también, «mi abeja reina». Las peleas de entonces giraban en torno al mismo asunto. Ella le echaba en cara a gritos que la había engañado y que aquel hombre no había muerto, y así la había tenido engañada sobre la consumación de su venganza. Por esa razón estaba completamente histérica. Mi padre se defendía una y otra vez diciendo que su obligación era pensar en la criatura en primer lugar. Lo que no deseaba de ninguna manera era que mi madre tomara un avión a Israel. Aún me acuerdo de que el asunto giraba en torno a un proceso en el que ella quería estar presente a toda costa para declarar. Mi padre, en cambio, afirmaba que lo que ella deseaba no era realizar una declaración sino que lo único que le importaba era matar a aquel hombre.
—¿A qué hombre?
—No lo sé, pero estoy aquí para averiguarlo.
Conmocionada, Felicity se arrellanó junto a su madre encima de la cama. ¿Su abuela había planeado matar a alguien y su abuelo había tratado de impedírselo? Todo aquello no tenía ningún sentido para ella.
—¿Y qué te hace estar tan segura de que vas a encontrar respuestas a tus preguntas precisamente aquí en Italia?
—Porque todo comenzó en Roma. Aquí es donde se conocieron tu abuelo y tu abuela poco después de la guerra. No en Seattle, como siempre afirmaron. Otra mentira más.
Felicity miró a su madre con incredulidad.
—¿Cómo sabes eso? ¿Y qué razón habrían tenido para mentirnos?
—¡En la cajita se hallaba también mi partida de nacimiento italiana! Sé el suficiente latín como para entender lo que es un certificato di nascita. En contra de la afirmación de mi madre, no nací en Estados Unidos, sino en Roma, ¡en una cárcel! Debió de obtener la partida de bautismo estadounidense durante el caos de la posguerra.
—¿Dices que la abuela te tuvo en una cárcel italiana?
Aquel asunto se estaba volviendo cada vez más disparatado. Felicity dirigió la vista al padre Simone en busca de auxilio. Este tenía las cejas enarcadas y mostraba el mismo aire de desconcierto que ella.
—Así es —reiteró la madre de Felicity—. Ayer mismo fui a la dirección que consta en la partida de nacimiento, pero allí hay ahora un bloque de viviendas. Hace tiempo que echaron abajo la cárcel. Mi madre debió de encontrarse con tu abuelo en ella porque trabajaba allí, bueno, al menos su nombre aparece en una lista de empleados en el archivo municipal de 1944. Y por lo visto, no era solo médico sino también sacerdote.
La voz de Martha Benedict sonó ahora conmovida, como si siguiera siendo incapaz de comprender sobre todo esto último.
—¿Pero de dónde has sacado todas esas informaciones tan detalladas, por el amor de Dios, mamá?
—De una estudiante aplicada que habla inglés muy bien y que está realizando sus prácticas en el archivo municipal. Por desgracia no pudo decirme por qué estaba mi madre en la cárcel, solo me informó de que debió de haber cometido algún delito intramuros de Ciudad del Vaticano. Por este motivo no disponía ella de las actas porque se encuentran en el archivo del Vaticano. Hay que presentar una solicitud para echarles un vistazo. Eso es lo que voy a hacer mañana mismo. Sin embargo, la joven pudo averiguar que el nombre correcto de tu abuelo era Raffael Valeriani y no Ralph Valerian. En mi partida de nacimiento italiana pone «padre desconocido». Eso significa que el hombre a quien yo había tenido hasta entonces por mi padre, no lo era en realidad. Los dos me engañaron. Tengo que averiguar quién fue mi verdadero padre. Él es la causa de que mi madre no me amara nunca, lo sé. Soy perfectamente consciente de que no debí haberme marchado de viaje con tanta precipitación, pero estaba hecha un lío y no podía pensar con claridad.
Felicity miró desconcertada a su madre. De pronto se le pasó por la cabeza el recorte de periódico que le había dado el enfermero y que ella guardaba en el bolso. El acusado de la fotografía, ¿se trataba del hombre que su abuela, conforme a las palabras de su abuelo, había querido matar en 1960? ¿Era posible que lo hubiera intentado incluso con anterioridad? Una terrible sospecha se apoderó de ella, y Felicity reflexionó si debía sacar el recorte y enseñárselo a su madre.
Sin embargo, esta ya había vuelto a apartar la mirada de ella y tenía la vista puesta con insistencia en el padre Simone.
—Y dígame, ¿puede usted traducirme ese texto?
En su mirada no había ninguna súplica sino más bien una reclamación, como si hacerlo fuera un deber para el religioso. De esta manera lo estaba poniendo ella en un aprieto. El padre Simone reflexionó sobre el número de obligaciones que le aguardaban en los siguientes días. Tenía que pasar algunos exámenes y entregar un trabajo científico, y el Teatro de los Jesuitas, del cual ostentaba la dirección, planeaba en breve una función de El sueño de una noche de verano de Shakespeare. Quedaba mucho trabajo por hacer en los bastidores, existían ciertas divergencias en la escenificación, el protagonista principal había pillado una perniciosa gripe veraniega, y él no había encontrado hasta el momento a ningún sustituto. No le sobraba ni un minuto libre para la traducción. Ya las pocas horas que se había tomado hoy amenazaban con dinamitar toda su agenda. No, imposible, no podía hacer ningún hueco para ninguna otra buena acción. Se le escuchó responder:
—Con mucho gusto, signora Benedict. Pero necesitaré algunos días. Entretanto, usted y su hija podrían recorrer un poco Roma, ¿de acuerdo? Me pondré en contacto con ustedes en cuanto haya terminado. Va bene?
Por dentro estaba renegando de sí mismo. La curiosidad era realmente su mayor vicio. El octavo pecado capital. Sin embargo, allí había algo que le había inducido a aceptar, algo que iba más allá de la pura curiosidad.
Él era un pastor de almas y hacía rato que se había apercibido de la fragilidad existente entre madre e hija. Había mucho no pronunciado entre ellas, como si se encontraran en los lados opuestos de un abismo. En el caso de que la incógnita de su conflicto residiera en el pasado de la abuela, él intentaría trazar un puente entre ambas ayudándolas a solucionar ese enigma.