Cuando la miel muere
Cuarta parte
María
Capítulo 32
ES UNA RARA particularidad de la vida que el ser humano sepa casi siempre cuándo se halla ante el bien, mientras que ese instinto le falla prácticamente todas las veces frente al mal.
¿Reside la explicación tal vez en el hecho de que la energía del bien se nos revela sin falsedad para compartir con todo el mundo la sustancia de la decencia, mientras que el mal se nos acerca hipócritamente, nos embauca con artimañas y trucos, hasta que nos damos cuenta demasiado tarde o nunca de que hemos quedado atrapados sin esperanza en sus redes?
—BUENO, HERMANITO, ¿CÓMO van a seguir ahora las cosas? ¿Cuáles son tus planes para el futuro? —preguntó Leopold en un tono coloquial que dio una impresión demasiado inofensiva para abrir esa conversación de sondeo.
Tras el funeral de Elisabeth, los dos hermanos se retiraron al antiguo salón de caballeros de Gustav, que ahora era de Albrecht. Llenaba el espacio el olor a los libros de Gustav. Albrecht estaba de pie, de espaldas a Leopold al lado de un carrito de servir que hacía las veces de bar. Eligió lo que le apetecía tomar entre los frascos llenos de diferentes líquidos, se sirvió con generosidad y solo entonces se dio la vuelta hacia su hermano.
Contempló a Leopold con aire malhumorado. Sabía que la pregunta de Leopold no perseguía conocer el estado de ánimo de un viudo en duelo, sino que su hermano mayor le había adivinado las intenciones… Una vez más. Albrecht percibía como una molesta carga lo bien que su hermano le conocía. Se ahorró la respuesta y en su lugar dio un sorbo a su copa. A su hermano no le ofreció nada.
Leopold entrecerró los ojos y pasó al ataque.
—Dime, ¿vas a reemplazar a la madre con la hija?
Albrecht se sobresaltó y derramó algunas gotas del valioso coñac francés sobre el parqué de roble. Aquella era una afirmación monstruosa, pero Leopold tenía claro que a Albrecht no le enfadaba esa imputación sino lo rápido que él le había descubierto las intenciones.
Desde su infancia común, Leopold era consciente de que los sentimientos y las emociones de su hermano no conocían ninguna otra manifestación profunda; todos sus afanes estaban marcados por una ambición casi insaciable que andaba royéndolo como un espíritu maligno. Era la némesis de Leopold, que tuvo que prometer en el lecho de muerte de su madre, quien conocía bien este déficit de Albrecht, que velaría por el hermano ocho años menor que él.
Leopold no se había equivocado del todo en su apreciación, pero un poco sí.
Albrecht, persona capaz de sentir emociones, había sentido realmente apego por Elisabeth. Ella había colmado todas sus expectativas. Poseerla le había procurado más satisfacción de la que habría esperado él mismo. Incluso los paladines más queridos de Hitler, Göring y Goebbels, le habían envidiado por Elisabeth. A través de su esposa se había ganado tanto el acceso a la sociedad culta como también su reconocimiento y había ascendido a los puestos directivos más selectos dentro de la Cancillería del Reich. Recientemente se le había encomendado una misión secreta muy especial que fue catalogada de decisiva para la guerra.
Elisabeth se había mostrado fascinante y afectuosa, una tierna mujer joven que nunca lo cuestionó, que lo aceptó sin condiciones y que estuvo entregada a él con una gratitud ilimitada por haber salvado a sus hijos. Ella nunca lo había decepcionado tampoco entre las sábanas. A veces, especialmente al principio, el temperamento y la pasión de ella incluso lo habían sorprendido y arrebatado. Sin duda, significaba una gran pérdida para él. Todavía no se había atrevido a abordar en serio ese pensamiento interesante que Leopold acababa de anticipar.
La hija de Elisabeth era, en efecto, muy prometedora y no le iba a su madre a la zaga en lo relativo a talento artístico, tal como la misma Elisabeth le había garantizado. También ella tenía una gran carrera por delante que podía ser de provecho para él. Además estaban su juventud y su aspecto exótico, a pesar de que no llegaba a igualar la belleza de su madre. Sin embargo había algo en los ojos de Déborah, algo profundo, provocador, que hacía tiempo que venía excitándole. Sí, seguramente sería una buena diversión amaestrar a esa potrilla. En cualquier caso, valía la pena ocuparse de esa posibilidad. Además podía darle a Leopold su merecida lección. Su hermano mayor le había tutelado ya durante demasiado tiempo.
Leopold no le había quitado los ojos de encima a su hermano, mientras este reflexionaba. Acababa de enterrar sus últimas esperanzas sobre el posible error de apreciación por su parte.
—Así que es verdad entonces. Albrecht, Albrecht, eres un chico malo de verdad. Nada es capaz de pararte los pies, ¿no? Primero los bienes del médico, luego la esposa y ahora la hija. Ya sé que no puedo domarte, así que tendré que seguir vigilándote, a ti y a tus demonios para que estos no salgan disparados para llevarte con ellos. ¡Pero te voy a avisar! En esa muchacha no hay nada dulce a pesar de parecerlo por fuera. Tiene demasiada dignidad y está muy mayor y desarrollada para sus diecisiete años. Aprende rápidamente, su mente es osada y afilada como una cuchilla. Te cortarás en ella, créeme. Así que déjala en paz. Piensa mejor en que ahora tienes responsabilidad, y nada menos que sobre dos niños. Yo me voy ahora. —Se levantó.
—¡No, quédate! —le sorprendió Albrecht con su ruego. Acababa de ocurrírsele una idea brillante—. Dime, ¿qué me aconsejarías tú para los niños, Leopold?
La pregunta, y especialmente la manera de formularla, hizo aparecer la desconfianza en Leopold. Presintió de inmediato que su hermano estaba tramando algo contra él.
—Bueno, conociéndote como te conozco, Albrecht, estoy seguro de que continuarás tu carrera y que no derrocharás el tiempo en ocuparte de los hijos de tu difunta esposa. Como ya sabes, los he visitado con frecuencia en estos últimos dos años y me he familiarizado con ellos. Los dos son algo especiales, el chico también tiene un elevado grado de inteligencia, es una criatura vivaz y despierta y tiene interés en muchos campos. Por esta razón deberías seguir invirtiendo en la formación de ambos. Yo mismo me pondré a su disposición y me ocuparé del bienestar de los dos durante tus frecuentes ausencias.
Solo por la forma de recostarse en el sillón con desenfadada autoconfianza, le demostraba a Leopold que no se había equivocado. Su hermano parecía seguir en efecto un claro propósito. Albrecht tomó otro sorbo de su copa y replicó:
—Por supuesto que me ocuparé de los dos niños de la forma exacta en la que tú me digas, hermano, pero solo si me ayudas a ganarme a Déborah.
—¡Por Dios! ¿Cómo voy a hacer yo eso? Soy cura y no un asesor matrimonial.
Leopold dijo esto con aparente calma exterior, pero sintió cómo se formaba en él una tensión subliminal, como siempre le ocurría cuando creía tener que obrar contra alguna nueva diablura de su hermano.
—Es un maravilloso antagonismo, Leopold. Por cierto, han llegado a mis oídos algunas noticias negativas acerca del clero en estos últimos tiempos. Pero el debate no es este ahora, ¿verdad? ¿No te pavoneabas hace unos instantes de conocer bien a Déborah? Entonces dime, ¿cómo lo hago? Como es natural, también podría ganármela con violencia, ¿sabes?
Se puso a jugar con la copa de coñac deslizando el dedo índice por el borde de cristal.
Leopold mantuvo la compostura. Se trataba únicamente de un juego que su hermano llevaba jugando desde la infancia con él. La cuestión que se escondía detrás era: ¿hasta dónde iba a llegar Albrecht esta vez? ¿Y qué haría él, Leopold, para mantenerlo a raya? No obstante, la apuesta nunca había sido tan elevada como la de hoy. Se trataba de una persona, de una muchacha de alma bella y pura. Leopold tenía absolutamente claro que no servía de nada sermonear a su hermano con la decencia ni con la moral; esos conceptos no tenían ningún significado ni importancia en la escala de valores de Albrecht.
Por este motivo lo intentó con una táctica que había demostrado su eficacia hasta entonces entre ellos, con el cinismo y con la burla, pues apenas había otra cosa que su hermano Albrecht temiera más que exponerse al ridículo. En sus reflexiones, Leopold confiaba salir ganador por la falta de una auténtica seguridad en sí mismo de Albrecht.
Su enérgica prestancia era consecuencia únicamente de una férrea autodisciplina que él ya había mostrado cuando era un niño, resultado de la educación de su padre déspota. A ello había que añadir un autocontrol casi patológico, un logro considerable porque Albrecht siempre se había ocupado hasta entonces de mantener engañado a todo su entorno, exceptuando a su hermano mayor.
Sin presentirlo siquiera, Leopold erró fatalmente esta vez en su apreciación. Y es que Albrecht, entretanto, había perfeccionado un método que le permitía desarrollar realmente la conciencia de sí mismo, un método que la autoproclamada raza superior cultivaba con infamia, y que consistía en humillar a otras personas y torturarlas hasta la muerte. Y les era posible hacerlo porque se les había despojado jurídicamente de su humanidad. Los asesinatos de esas no-personas no solo no se sancionaban, sino que se deseaban, se trataba de un asesinato en masa planificado.
Aquí era donde la cruel psicología del régimen desplegaba toda su perversa obra. Era un sistema pérfido en el que las personas de carácter deficitario ganaban en fortaleza tan solo porque podían jugar a hacer uso de una violencia sádica en calidad de raza superior a todas las demás.
Como Leopold necesitaría todavía unos instantes hasta comprender el alcance de toda esa infamia atroz, siguió el guion que le marcaba su hermano y se vio obligado a recurrir a la ideología nacionalsocialista que tanto detestaba:
—Albrecht, Albrecht, mira bien lo que dices. Es la hija de tu esposa, tiene veinte años menos que tú y además es la hija de un judío, ¿no? Tú lo sabrás seguramente mejor que yo, y si no, dime, ¿no está prohibido por ley la unión entre un ario y una persona de sangre judía? ¿No te gritarán los de tu gremio a pleno pulmón el atentado ignominioso que cometes contra la raza pura? No me creo que estés planeando en serio estrellarte en el momento más elevado de tu carrera, ¿verdad?
—Leopold, Leopold —contestó Albrecht imitando a su hermano con suficiencia—. ¿Quién ha afirmado aquí que voy a hacerlo oficial y que me voy a casar con ella?
—¿Vas a convertir a esa pobre muchacha en tu querida?
Leopold tuvo que hacer grandes esfuerzos para no salirse de su sotana. Al mismo tiempo buscaba febrilmente una nueva táctica, pero no quería ocurrírsele ninguna debido a la intensidad con la que se le cruzaban los pensamientos en el cerebro.
Albrecht no se molestó en ocultar lo contento que le ponía haberle quitado el habla a su hermano. Apuró su copa con placer.
—Bien, veo que lo has comprendido. Así que dime, ¿cómo hago para conseguir a la chica?
—Olvídalo, no voy a ayudarte en eso. Tienes que quitártelo de la cabeza, Albrecht.
Se dio cuenta del tono suplicante de su voz. Reconoció su craso error en el modo en que la expresión expectante del rostro de su hermano se convertía en un ademán de satisfacción. Le había enseñado sus cartas a Albrecht al revelarle lo mucho que le importaba el destino de los dos niños.
—Pero está claro que vas a ayudarme, hermanote. Por cierto, ¿conoces el T4?
—No, ¿qué es? ¿Un tanque nuevo?
Leopold intentó simular impasibilidad, mientras se le tensaban simultáneamente todos los músculos.
—Eso, querido mío, es el programa de eutanasia forzosa de nuestro führer. Lleva en vigor desde octubre de 1939. Ese decreto prevé que las vidas sin valor sean aniquiladas para que no puedan reproducirse. Servirá para mantener pura nuestra sangre y para proteger nuestra raza. Debería tal vez mencionar que el programa T4 no distingue entre incapacidad física o psíquica.
Esa explicación y la alusión oculta en ella a la cojera del pequeño Wolfgang eran tan infames y tan repugnantes en su frialdad que el mismo Leopold, que creía conocer las profundidades abisales de su hermano, jamás se lo habría esperado de él.
La ira sagrada enrojeció el rostro de Leopold. Solo con el esfuerzo más extremo consiguió mantener las riendas de su temperamento. Le habría gustado propinarle de inmediato a su hermano un puñetazo en esa nariz de autocomplacencia para ver brotar de ella la sangre pura. Leopold era capaz de controlar sus acciones, pero no sus palabras. Replicó con muy mal humor:
—Anda, entonces os habéis pasado por alto completamente a vuestro doctor Goebbels con su pie contrahecho, ¿eh? Con la de chiquillos que debe de estar fabricando ese…
—Leopold, ¿qué mosca te ha picado ahora? Justamente tú, un hombre de la iglesia, ¿consideras que nuestro doctor Goebbels cojito es una vida sin valor? Tengo que decir que ya no te reconozco.
Por lo visto, a Albrecht pareció regocijarle su respuesta.
—Solo estoy repasando la infamia de esa ideología vuestra, Albrecht, que hace que el astuto mal surja arrastrándose desde cualquier rincón. Pero tienes razón, no considero a Goebbels una vida sin valor a causa de su pie, porque Dios sabe de muchas razas y formas de vida. No, lo digo más bien por los temas que defiende y propaga. Tal vez deberían practicarle un examen psiquiátrico, ¿no te parece?
—Basta ya, Leopold. Conozco tu propósito de sortear el tema que nos ocupa. Si Déborah se aviene a mí voluntariamente, eso será mucho mejor para todos que si me la tengo que llevar con violencia. En esto me darás la razón, ¿verdad, tío Poldi? Bueno, las cosas están así: tú me la amansas, y yo sigo manteniendo mi mano protectora sobre ambos niños. —Vio el gesto atormentado en la cara de Leopold, su rechazo y su repugnancia, y arrojó sobre el tapete su último triunfo. Fue como un puñetazo en el rostro del hermano mayor—: Y piensa también, padre Leopold, en la cantidad de acciones buenas que podrás seguir realizando, en la cantidad de personas a las que podrás seguir salvando en el futuro.
Leopold se quedó de piedra en su sillón de orejas, como si hubiera hecho diana en él la cólera de Dios. ¡Así que Albrecht lo sabía!
El terror sin nombre que le sobrevino al pensar en las muchas personas que lo ayudaban y que arriesgaban sus vidas escondiendo a conciudadanos judíos para poder llevarlos a salvo fuera del país, era mucho mayor de lo que él creía poder soportar. Y sin embargo, era precisamente en ese momento cuando más necesitaba mantener la cabeza clara. «¡Piensa, Leopold! ¡Encuentra una vía, una posibilidad de convencer a tu hermano de que yerra, de que no puede hacer eso!». Leopold alzó la cabeza para plantar cara, miró al rostro de su hermano y reconoció en él la malicia indisimulada.
Leopold comprendía demasiado tarde lo mucho que su hermano había estado esperando ese momento perfecto de la humillación, de lo mucho que había andado maquinando en ella. ¡Qué necio ciego había sido, un tonto soberbio convencido de su causa justa, mientras su hermano Albrecht hacía mucho tiempo ya que tenía todos los ases en la mano…!
Ahí estaba ahora de pie, de espaldas a la pared. Y cargó con la culpa y tomó una decisión que era funesta y terrible, una decisión que le cambiaría para siempre: se dejó enredar por las matemáticas del diablo. Y fue así como el sacerdote Leopold cambió en trueque un alma por muchas almas y fue consciente de que, a cambio, iba a perder la suya para siempre. Leopold dilató el silencio entre ellos para restarle a Satán algunos minutos de inocencia.
Albrecht le permitió que se tomara su tiempo. Hacía rato que sabía que su victoria era total.
La voz de Leopold, monótona y cansina, daba muestras de la conmoción que sentía en su interior al tener que sacrificar a la codicia de su hermano todo aquello que él defendía.
Y mientras hablaba, se iba resquebrajando con cada palabra un pedazo de sí mismo:
—Muéstrale que te duele la pérdida de su madre. La chica tiene un corazón compasivo; no te escatimará su consuelo. Simula tu soledad y dile lo difícil que te resulta vivir solo. No obstante, voy a advertírtelo una vez más, Albrecht, esa muchacha da la impresión de ser tranquila y serena, pero es como la música, está llena de vibraciones y de una entrega apasionada por aquello que adora y por aquello en lo que cree. Por este motivo, será muy difícil apagar su llama tanto en la ira como en el amor. Si le haces daño, te pagará con la misma moneda. Y dijo Pablo: lo que el ser humano siembre, eso será lo que coseche.
Leopold ocultó el rostro entre las manos, y sus hombros se estremecían. Lloraba por la inocencia, y por la traición y su sufrimiento futuro.
—Ya estaba empezando a extrañarme que no me arrojaras a los pies una de tus sentencias bíblicas como colofón, hermano —replicó Albrecht con grosería. Se levantó para mostrar a su hermano el tamaño de su culpa e indicarle que ahora ya podía marcharse.
Leopold se enjugó el rostro con la manga y se levantó pesadamente del sillón. Sus ágiles movimientos de hacía tan solo unos instantes se parecían ahora a los de un anciano.
—Dime, ¿por qué lo haces? —preguntó a su hermano.
Albrecht sonrió con malicia y respondió:
—Porque puedo.
Leopold se fue sin despedirse; era un hombre roto con el paso cansino.
Ese día se quebró definitivamente la alianza de su fraternidad. Leopold sabía que no podía enfrentarse por más tiempo a los demonios de Albrecht y que el camino de este desembocaba en el infierno.
—Perdóname, madre —dijo en un susurro.