Cuando la miel muere
Capítulo 22
DOS SEMANAS DESPUÉS, llamó por teléfono el señor Albrecht Brunnmann a la vivienda de la Prinzregentenplatz para anunciar su visita a la señora Elisabeth Malpran.
Elisabeth se había reestablecido lo suficiente como para poder iniciar sus primeros ejercicios de voz para el compromiso en la Staatsoper de Berlín que había confirmado recientemente. Recibió al señor Brunnmann en su salón de música en el que había un nuevo piano de cola, todavía sin pagar porque el anterior había sufrido daños irreparables provocados por verdaderos catetos en materia artística fieles al gobierno.
El señor Brunnmann trajo un regalo tan inesperado como bienvenido: las joyas confiscadas de Elisabeth. La colección estaba completa y totalmente incólume. Elisabeth se quedó asombrada porque después de todo lo vivido contaba justamente con lo contrario.
Como es natural, no dejó traslucir sus pensamientos, al menos no ante un representante de alto rango del régimen. Sin embargo, cuando ella levantó la cabeza descubrió en los ojos del señor Brunnmann que le había adivinado los pensamientos.
El señor Albrecht Brunnmann no era muy propenso a emplear demasiadas palabras, y mucho menos cuando se trataba de su propia persona. De todas formas, ese día se enteró Elisabeth de que él era en realidad ingeniero mecánico y que hasta la toma del poder de los nacionalsocialistas había trabajado en la filial alemana de una compañía petrolera estadounidense.
Elisabeth no se enteró, ni tampoco le preguntó, a qué se dedicaba desde comienzos de 1933 embutido en su uniforme de las SS cortado a medida y viajando constantemente en una limusina de la casa Mercedes, negra y siempre brillante, con chófer y estandarte.
Nunca se lo confesó a sí misma, pero temía saberlo. Al fin y al cabo había salvado a sus hijos, había librado a Magda de la acusación de robo y le había devuelto sus joyas. A ella le correspondía ahora un poco de agradecimiento ciego.
Por desgracia, la devolución de sus joyas resultó ser para Elisabeth un negocio de trueque desventajoso, muy típico de aquellos tiempos.
Y es que el señor Brunnmann, además de sus alhajas le trajo también una confirmación oficial de la confiscación del «inmueble situado en el número 10 de la Prinzregentenplatz». Gustav estaba registrado como propietario del inmueble. Sin embargo, el esposo de Elisabeth era considerado ahora por el régimen prácticamente como un fugitivo judío, y todo lo que por derecho le había correspondido en su día, pertenecía ahora al Gran Reich alemán y a su führer.
Se trataba de otro golpe doloroso para Elisabeth, que perdía por consiguiente su hogar. Pero el previsor señor Brunnmann tenía preparada ya una solución: él mismo había adquirido el inmueble de manera legal y le ofrecía ahora a Elisabeth que se quedara a vivir en él con sus hijos el tiempo que ella estimara conveniente. Extrajo un montón de papeles de su cartera y le presentó un contrato de alquiler ya listo en el que figuraba el nombre de ella.
El importe del alquiler era, en efecto, extremadamente atento. Elisabeth, confusa y todavía bajo el shock de la deprimente noticia de la expropiación, firmó de inmediato sin tan siquiera reflexionar al respecto. Con ello quedaba asegurado el hogar de los niños, y Elisabeth sintió alivio. Aseguró al señor Brunnmann varias veces en el transcurso de ese encuentro que su intención era adquirir de él la propiedad del inmueble, inmediatamente, en cuanto dispusiera de los medios necesarios.
Volvió a rogarle su ayuda en las investigaciones sobre el paradero de su esposo Gustav, cosa que él le prometió. Elisabeth realizó ella misma varias veces el trayecto hasta la frontera suiza, mostró por todas partes la fotografía de Gustav y preguntó a todos los que la alojaron. Todas esas iniciativas eran como una promesa a sí misma de que Gustav seguía estando en su corazón y de que nunca quedaría olvidado.
Pasaban las semanas y los meses en el país, y con cada día se alejaba un trocito más la esperanza de un buen final; sin embargo, el amor de Elisabeth por Gustav permanecía constante.
EN NOVIEMBRE DE 1938, tras cinco meses de diferentes compromisos en ciudades del Reich alemán, Elisabeth cayó por primera vez en la cuenta de que hasta el momento no le había llegado ni siquiera una oferta de actuación en los grandes escenarios europeos libres de París, Londres o Bruselas. Únicamente tenía delante una oferta procedente de la Roma fascista.
Preguntó desconfiada a su mánager austríaco, quien, tras algún que otro rodeo, acabó confesándole que le habían pedido desde las altas instancias que hiciera caso omiso de tales ofertas a la soprano Elisabeth Malpran.
Elisabeth comprendió entonces que la tenían como a una rehén en su propio país. Primero se puso hecha una furia y luego muy lúcida y decidida. ¿Así que la tenían por una persona de poco fiar? Vale, si la consideraban una persona de la que no podían fiarse, ella no iba a decepcionar al régimen de ninguna de las maneras.
Y fue así como Elisabeth comenzó en el mes de noviembre de 1938 a planear por segunda vez una huida de Alemania.