Cuando la miel muere
Primera parte
EL PRESENTE
Felicity
Capítulo 1
Seattle, Estado de Washington (Estados Unidos)
Mayo de 2012
—¿Y REALMENTE ESTÁS segura de que haces lo correcto? —preguntó Olivia a su amiga. Era la enésima vez que le hacía esa pregunta durante la última hora. La intensidad de su enojo se había reducido ya un tanto, casi en la misma proporción que el interés de su amiga Felicity por contestar.
Felicity estaba concentrada en llenar con sus pertenencias una maleta de dimensiones bíblicas, un regalo de su madre, una persona tan alejada de la realidad como poco práctica.
Olivia estaba echada boca abajo en la cama y mordisqueaba una manzana mientras seguía con gesto huraño el quehacer de su amiga.
Felicity presentía que Olivia no iba a cejar en su empeño. Y así fue, en efecto:
—No me entra en la cabeza para nada que me hagas esto. ¡Y que hayas urdido todo esto en secreto, a mis espaldas! Pero dime, ¿qué te piensas, eh?
Bien, así que ese era el verdadero quid de la cuestión. Felicity reprimió una sonrisa. Olivia no se sulfuraba por lo que estaba haciendo sino por el hecho de que había conseguido mantenerlo en secreto ante ella, su mejor amiga y, además, la persona más curiosa sobre la faz del planeta.
Felicity ignoró esta objeción, igual que todas las anteriores, y exclamó:
—¡Ya estoy lista! —dijo cerrando la maleta con brío. El sonido de la tapa al caer tuvo algo de definitivo, como de final de la discusión. Pero no fue así para Olivia.
—¿Has pensado, aunque solo haya sido un minuto, en Richard? — preguntó como si arrojara un naipe de triunfo sobre el tapete.
Felicity se dio la vuelta. Olivia había acertado plenamente en su punto débil. Richard. Un hombre de confianza, con talento y unas perspectivas brillantes y, además, de muy buena planta. El hermano de Olivia era diez años mayor que ella y ya era un cirujano de prestigio, mientras que en el caso de ellas dos apenas se había secado la tinta del diploma que habían obtenido recientemente por su carrera de Medicina. Él tenía a sus pies a todo el personal femenino del Hospital de Niños de Seattle, y ella, Felicity, estaba a punto de abandonarlo y de poner todo un continente de por medio entre él y ella.
—Él te ama de verdad, ¿lo sabes?
La voz de Olivia sonó muy dulce en ese instante.
—Lo sé.
Se lo había dicho ayer, al despedirse de él. Richard no quería que se fuera. Lo intentó todo para que se quedara, incluso le hizo una propuesta de matrimonio. Ahora no podía ni quería pensar en el rostro triste de Richard, en la decepción que vio en sus ojos cuando le dijo que no. Al separarse de él, sintió cómo casi se le hacía jirones el corazón, como si dentro de su pecho latiera una masa informe. No se entendía a sí misma, y sin embargo no podía hacer otra cosa. Siempre había sido así. Un desasosiego interior la impulsaba continuamente hacia delante y ella había acabado dudando de que eso fuera a cambiar ya algún día. Había confiado en escapar de esa coacción interna una vez lograda la gran meta de su vida de convertirse en médica, pero, a medida que se iban acercando el final de la carrera y los exámenes, se le fue haciendo más acuciante el apremio de dar un nuevo rumbo a su vida y de romper con el orden y el control que habían determinado el paso de sus días. Nada deseaba con mayor vehemencia que llegar a un sitio y conquistarse una plaza fija en la vida, y, sin embargo, actuaba siempre en la dirección opuesta, sometida a un desasosiego obsesivo que parecía provenir directamente de su alma. Era como si deseara ciertamente esa vida pero se viera forzada a llevar otra diferente, atrapada en un eterno examen de conciencia consigo misma. Una vez intentó explicárselo a Richard. Ahora bien, ¿cómo explicar algo que una misma no entiende del todo? Fracasó estrepitosamente en su intento y Richard acabó sin comprender de qué iba todo aquel asunto. Incapaz de indagar de dónde le venía ese impulso melancólico, pensó: «Jamás llegaré a pisar el territorio del amor». Ese impulso dejaba en ella una sensación de desamparo y el gusto desabrido del miedo.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Olivia mirando a su amiga con expresión de perplejidad.
Felicity no estaba segura de haber pronunciado la frase en voz alta. De pronto fue consciente de qué, o mejor dicho, quién se la había inspirado. Se la había dicho hacía muchos años su abuela, poco antes de que enfermara de alzhéimer. Resultaba curioso que se le pasara por la cabeza esa frase precisamente ahora. Pero, por otra parte, tampoco era tan extraño: su abuela había fallecido hacía seis días, a la edad de 87 años. Su muerte había sido una liberación, no solo para la enferma sino también para toda la familia.
Debido al entierro, Felicity había postergado su vuelo a Kabul, en donde iba a trabajar para la organización humanitaria Médicos del Mundo.
El móvil de Felicity sonó. Debía de ser Martha, su madre. En realidad hacía ya un buen rato que debía haber aparecido por allí. Su madre había insistido en llevarla en coche al aeropuerto.
Felicity suspiró. Se horrorizó al pensar en el trayecto de casi una hora durante el cual su madre aprovecharía con toda seguridad para intentar disuadirla de su propósito. «¡Por Dios, y nada menos que a Afganistán! Debes de estar loca, Felicity, te lo digo de verdad. ¿Para eso has estudiado tantos años, para irte a continuación al fin del mundo a deambular por todas partes con un velo? Pero ¿cómo te atreves? Y no hablemos de los talibán que andan a todas horas inmolándose. ¡Qué horror!».
Al otro lado de la línea no estaba su madre, sino su padre. Desde el derrame cerebral que había sufrido hacía un año, se movía en silla de ruedas. Sin embargo, se había recuperado bastante bien y pronto dejaría de depender de la silla.
—Hola, pequeña —la saludó—. Dime, ¿está mamá contigo en casa?
—Hola, papá. No, la verdad es que iba a llamaros ahora para preguntar por qué mamá está tardando tanto en venir. ¿Cuándo dices que salió?
—Eso es lo más extraño de todo. Parece no haber regresado a casa anoche. Y eso es algo que no había hecho nunca. Yo esperaba que estuviera en tu casa.
—¿Cómo dices? ¿Mamá no regresó a casa anoche?
Felicity no podía creérselo. Su madre podía tener sus puntos débiles, pero era la formalidad en persona y con toda seguridad no dejaría a su padre solo toda la noche y menos desde el ictus que sufrió.
—¿Podría ser que te hubiera llamado y que tú no hubieras oído el teléfono tal vez?
—No, ya he escuchado el contestador automático. No había ni llamadas ni recados. Y también ha desconectado su teléfono móvil. ¿Dónde estará? ¿Adónde quería ir ella ayer? ¿A una sesión del comité tal vez? Seguramente habrá allí un teléfono para llamar, ¿no? —Su madre colaboraba en varias asociaciones benéficas, el sentido de su vida era preocuparse por la de los demás. «Pero no por su propia familia —se le pasó a Felicity por la cabeza—. ¡Basta, no seas injusta!», se reprendió a sí misma para sus adentros. En los últimos años las cosas habían mejorado mucho con ella.
—No, no estuvo en ninguna reunión. Tu madre recibió ayer al mediodía una llamada de la residencia. Le pidieron que se pasara a retirar las cosas que tenía tu abuela porque necesitaban la habitación para otra paciente.
—¿Has llamado allí?
—Pues claro. Me dijeron que como mucho estuvo allí media hora por la tarde y que luego se fue. Un enfermero afirma haberla visto irse a toda prisa de allí con una caja bajo el brazo, pero eso no puede ser verdad.
—¿Que se fue corriendo? ¿Mamá? Eso no es muy propio de ella, la verdad.
—No, y tampoco lo es no dar noticias de su paradero. ¿Crees que le puede haber sucedido algo? ¿Un accidente con el coche tal vez?
Felicity percibió el nerviosismo en la voz de su padre.
—Entonces, créeme, ya nos lo habrían comunicado. ¿Sabes, papá? Voy a ir ahora a tu casa y desde allí vamos a llamar a los socios de las diferentes asociaciones. Ya verás que habrá una explicación inocente para su conducta. Tal vez esté metida en uno de sus típicos maratones de expiación y se haya olvidado de todo lo demás. «O tal vez sea la nueva estrategia de mamá para disuadirme de tomar el avión a Kabul».
—Pero ¿qué pasa con tu vuelo? —preguntó su padre acto seguido.
—No pasa nada, puedo cambiarlo para otro día. No empiezo a trabajar hasta dentro de una semana. En media hora estoy contigo. Entretanto puedes tratar de dar con mamá a través del móvil. Hasta ahora mismo, papá.
—¿He oído bien? ¿Ha desaparecido tu madre? —preguntó Olivia en tono incrédulo.
—Sí, al parecer desde ayer por la tarde, o por lo menos desde entonces no se ha comunicado con mi padre. Los dos duermen en habitaciones separadas desde que él tuvo el ictus. Mi padre suele acostarse temprano porque le adormecen los muchos medicamentos que tiene que tomar. Quizá por esta razón no se haya enterado de su ausencia hasta esta mañana.
Olivia saltó de la cama y tiró a la basura la manzana mordisqueada.
—Vamos, yo te llevo. También siento mucha curiosidad por saber qué ha sucedido con tu madre.
De camino, dijo Olivia en tono reflexivo:
—Antes has mencionado los maratones de expiación de Martha. ¿Temes que haya vuelto a las andadas? —Las dos amigas se conocían desde la guardería, de ahí que Olivia tuviera conocimiento desde hacía muchos años de los raros ataques de devoción que le entraban a la madre de Felicity—. Dime, ¿cuándo fue la última vez exactamente? De eso hace ahora mucho tiempo, ¿verdad? —siguió preguntando Olivia.
Felicity se puso a calcular que debían de haber pasado unos ocho años desde que Martha Benedict, que en otro tiempo fue monja, se encerró por última vez durante algunos días para impetrar perdón a Dios por haberlo decepcionado. Anteriormente lo había hecho en intervalos regulares de unos seis meses aproximadamente. Por primera vez era verdaderamente consciente de que la devoción de su madre, que antiguamente tenía rasgos fanáticos, se había ido mitigando con el paso de los años. Felicity frunció el ceño. Ese cambio positivo de su madre se produjo cuando su abuela María tuvo que ir a la residencia debido al empeoramiento progresivo de la enfermedad de alzhéimer. Esto fue lo que le contestó Olivia ahora, y añadió:
—Sería posible que la muerte de la abuela haya provocado en ella una recaída, pero espero fervientemente que no tenga nada que ver con ese asunto. Para mi padre sería muy duro y no haría más que reabrir antiguas heridas. Siempre lo percibe como si él hubiera defraudado a mamá en la vida.
—Bueno, en realidad es vuestra madre la que os ha defraudado a los dos. Si he de ser sincera, os he admirado siempre a ti y a tu papá por cómo habéis aguantado los dos sus manías. Me sigue zumbando en los oídos su mea culpa, mea maxima culpa. Martha es por lo menos dos veces más devota que mi hermano Fred. Y eso que él es jesuita.
Olivia no había tenido nunca pelos en la lengua.
Felicity torció el gesto. No era la primera vez que su amiga tocaba ese tema. Era cierto que su padre se lo perdonaba todo a su madre porque la idolatraba. Él era quince años mayor que ella y los dos se habían casado tarde. Felicity seguía siendo hija única. Su madre había rebasado ya los cuarenta cuando se quedó embarazada de ella. Tanto la madre como la hija estuvieron a punto de morir en el parto, y Felicity tuvo que permanecer varios meses en el hospital. Martha Benedict consideró también esto como un castigo de Dios por haberse salido en su día de la orden de los franciscanos para casarse con Arthur, su padre. Felicity puso todas sus esperanzas en que hubiera otro motivo para la desaparición de su madre que una recaída en ese antiguo esquema de arrepentimientos.
El ya viejo Peugeot de Olivia dobló ahora por Richmond Beach Drive y se detuvo frente a la casa de ladrillos de los padres de Felicity. Su padre la esperaba de pie en la puerta abierta de la casa. Sostenido con dificultad sobre dos muletas, estaba apoyado en el marco de la puerta. No llevaba chaqueta a pesar de la fría brisa costera que le levantaba los cabellos canos. La casa quedaba directamente en la Puget Sound, solo separada del Pacífico por una estrecha franja de tierra. Cuando Felicity le vio la mueca de preocupación en la cara, se ahorró la amonestación de que así solo iba a pescar un buen resfriado.
Lo condujo de vuelta a casa, y su padre puso al corriente a las dos jóvenes. Sin embargo, no había mucho más que contar. La madre de Felicity seguía sin dar señales de vida, su teléfono móvil continuaba desconectado, y tampoco habían dado ningún resultado las llamadas a los diferentes socios de los comités que su padre había realizado entretanto. Felicity comprobó otra vez el contestador automático. No había quedado registrada ninguna llamada. Su padre no tenía móvil.
Llamó de nuevo a la residencia Woodhill para informarse por sí misma y recibió la misma información que le habían proporcionado a su padre. Su madre había estado allí como mucho media hora y luego se marchó sin despedirse.
—Ese enfermero que vio a mi madre por última vez… ¿podría hablar un momentito con él? Quizá le haya dicho ella alguna cosa…
—No —respondió con sequedad la directora suplente de la residencia—. El señor González está ocupado en estos momentos, pero sé que se fijó en su madre precisamente porque casi lo atropella corriendo y a él se le cayó la bandeja que llevaba. Dígame, ¿qué ocurre con la habitación de su abuela? Si no retiran ustedes las cosas que hay antes de mañana al mediodía, tendremos que añadir otro mes a la factura.
Felicity puso los ojos en blanco y se esforzó por responder en un tono sosegado:
—De acuerdo, ya me ocupo yo de eso.
Colgó el teléfono con aire meditabundo.
—¿Y ahora qué? Tu madre tiene que estar en alguna parte. ¿Y si le ha sucedido algo? —preguntó su padre, cuyas arrugas de preocupación iban marcándosele en el rostro. Felicity le tomó la mano y se la estrechó.
—Voy a llamar ahora a los servicios de urgencias de los hospitales de esta zona. Entonces lo sabremos con seguridad. ¿De acuerdo, papá?
—Eso puedo hacerlo yo, Felicity. Mejor llama a la compañía telefónica. Ellos te podrán dar la localización de la última llamada de tu madre desde su teléfono móvil —propuso Olivia, y se puso de inmediato manos a la obra. Por suerte, las pesquisas de Olivia en los diferentes hospitales dieron como resultado que no habían ingresado en ninguno de ellos a una tal Martha Benedict. La llamada de Felicity a la compañía telefónica fue también reveladora. Después de identificarse contestando a bastantes preguntas que le formularon, le comunicaron para gran sorpresa suya que el móvil de su madre había dado señal por última vez la víspera desde el aeropuerto de Seattle/Tacoma.
—¿Qué hacía mamá en el aeropuerto? —preguntó Felicity con asombro y pasando la vista desde Olivia hasta su padre.
—¿Podría ser que se confundiera y pensara que tú tenías el vuelo ayer? — dijo su padre. Al mismo tiempo, movió la cabeza como si él mismo no creyera en tal cosa.
—Eso no puedo ni imaginármelo. Además no tiene ningún sentido. Su intención era ir a buscarme para llevarme al aeropuerto.
—¿Es posible que haya decidido espontáneamente hacer un viaje?
Esto vino de Olivia.
—Pero solo llevaba consigo el bolso de mano. ¿Quién se va de viaje sin equipaje? —objetó el padre de Felicity.
—Te sorprenderías de la cantidad de gente, tío Arthur —replicó Olivia, que le llamaba «tío» desde siempre—. Pero tengo una idea: ¿qué tal si preguntamos por los movimientos de su tarjeta de crédito? ¡Hay que seguir la pista del dinero!
—¿Cómo dices? ¿Qué significa eso? —Se la quedó mirando confuso.
—Significa que Olivia ha visto demasiadas series policíacas en la tele — dijo Felicity—. Pero tiene razón. Merece la pena intentarlo. Voy a llamar a la compañía de la tarjeta de crédito. Quizá haya utilizado mi madre su tarjeta recientemente.
Siguió otra tanda de preguntas para probar la identidad de la persona, pero como el padre de Felicity se sabía la clave de seguridad, Felicity acabó recibiendo la información deseada. En efecto, su madre había reservado ayer a última hora de la tarde un vuelo a Roma-Fiumicino.
—Bueno, ya tenemos algo. ¿A quién conoce tu madre en Italia? — preguntó Olivia.
—A nadie —respondieron Felicity y su padre casi al unísono y se miraron el uno al otro con cara de sorpresa.
—Entonces se trata de una recaída, ¿verdad?
—¿Por qué piensas eso?
—Roma, el Papa, el jefe de la Iglesia católica. ¿Eh, te suena eso? ¿Te suena el mea culpa? ¿No había expresado tu madre alguna vez ya su intención de ir a pedir perdón ante la suprema instancia de Dios en la Tierra?
—¡Oh, Dios mío! —se les escapó a Felicity y a su padre de nuevo al mismo tiempo.
—Amén —añadió Olivia en un tono seco.
AL MEDIODÍA SIGUIENTE Felicity se hallaba en la terminal de salidas del aeropuerto de Seattle-Tacoma. En lugar de un billete a Kabul, sostenía en la mano uno con destino a Roma.
Ya entonces sabía que su madre no había sufrido ninguna recaída en sus antiguos ataques de arrepentimiento. No. Martha Benedict había emprendido un viaje hacia el pasado de su difunta madre.
DESPUÉS DE ESTAR en casa de su padre, Felicity se dirigió con Olivia en coche a Woodhill. Algo la atraía hacia ese lugar, le decía que allí encontraría respuestas.
Olivia y ella volvieron a registrar a fondo la habitación de su abuela y no encontraron nada. Los pensamientos de Felicity giraban cada vez más en torno a la misteriosa caja con la que, al parecer, su madre había salido atropelladamente de la residencia de ancianos. ¿Tenía algo que ver el contenido de la caja con la enigmática desaparición de su madre? Un rato después pudo hablar brevemente con el enfermero, un mexicano ya entrado en años.
Su descripción de los hechos no contribuyó en nada a calmarla. Su madre tenía el aspecto de alguien que tiene rozándole los talones al mismísimo diablo, le contó el enfermero, que extrajo del bolsillo de su bata un trozo de papel arrugado.
—Tenga usted, esto es lo que mantenía su abuela apretado en el puño cuando murió. Se lo quise dar ayer a su madre, pero ya ve que no tuve ocasión de hacerlo.
Felicity alisó el papel que resultó ser un recorte de periódico. En él se mostraba la escena de un juicio. Al parecer se trataba del acusado. Por desgracia habían recortado la fotografía sin la leyenda. Sin embargo, a Felicity no le interesaba tanto aquel hombre como la mujer que se veía en un segundo plano de la foto. Reconoció en ella a su abuela. Estaba sentada en la primera fila del público asistente y mantenía la mirada clavada en el acusado. Felicity no había visto nunca tanto odio en un rostro. A juzgar por la vestimenta del hombre y por la edad de su abuela, el recorte de periódico debía ser de los años sesenta. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué estaba su abuela interesada en él? El reverso de la ilustración no le proporcionó ninguna información más. El recorte parecía formar parte de una necrológica, pero redactada en un idioma de signos que no conocía. Supuso que era hebreo. Si era así en realidad, ¿cómo había llegado su abuela a obtener una fotografía de un periódico israelí?
FELICITY SABÍA QUE tenía muy poco sentido dirigirse a la policía. Su madre era una mujer adulta y podía viajar adonde quisiera y cuando quisiera. De ahí que decidiera sin más dilación seguirla y buscarla ella misma. Como es natural, estaba preocupada por su madre, pero también le guardaba rencor por haber dejado a su padre en la estacada y haber desaparecido sin decir palabra. Su padre no tendría un minuto más de calma hasta que recibiera noticias de ella. Olivia prometió a Felicity que se ocuparía de él durante su ausencia. No hubo ningún problema para cambiar la fecha de su vuelo a Kabul.
—¡Espera, Felicity! —oyó ahora a alguien que la llamaba a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio cómo Richard, su «casi» prometido, avanzaba hacia ella a paso rápido.
—¡Qué bien que aún he podido dar contigo, Felicity! —La abrazó y la besó largamente como saludo, como si no se hubieran despedido ayer. A continuación la soltó y la cubrió con la sonrisa que ella tanto adoraba en él—. Disculpa… Las viejas costumbres.
Richard no parecía estar azorado lo más mínimo a causa del beso, todo lo contrario que Felicity. Ella le había correspondido espontáneamente, y eso que se había propuesto decididamente no darle más esperanzas. Richard debía quedar libre para una nueva relación amorosa. Al parecer, el corazón de Felicity era mucho menos consecuente que su cabeza. ¿Por qué estaba él aquí? Ella no se sentía con fuerzas suficientes para una repetición de la escena de la víspera.
La presencia de Richard en aquel lugar quedó aclarada en la siguiente frase:
—Olivia me lo contó todo anoche. Me dijo que tu madre había tenido una especie de crisis de los cuarenta y que se había ido a Roma sin decir palabra, ¿es verdad? ¿Eso es todo? Me resulta extraño. La espontaneidad no es algo que asocie con la personalidad de Martha Benedict. Y tú has decidido ir tras sus pasos, ¿cierto?
«Gracias a Dios», pensó Felicity con alivio. Richard estaba allí por su madre y no porque quisiera disuadirla de emprender su viaje a Kabul.
—Sí, estoy preocupada por ella. Ya sabes cómo es a veces. Nunca ha estado en Europa, no habla italiano, a lo sumo habla un poco de latín, y, por lo que sé, tampoco conoce a nadie allí.
—¿Y qué planes tienes? ¿Cómo vas a dar con ella? Roma es muy grande.
—Si te he de ser sincera, no tengo la más mínima idea. Aunque seguramente no me va a servir de nada, lo primero que haré será dirigirme a la policía italiana. Sin embargo, tengo puestas más esperanzas en el banco y en la compañía de la tarjeta de crédito de mi madre. Hasta el momento se han mostrado muy serviciales y efectivos. Por ellos sé que mi madre sacó dinero en el aeropuerto de Roma. Al menos es una pista. Y sobre todo significa que llegó allí. Me informarán de nuevo cuando vuelva a utilizar su tarjeta de crédito.
—¡Mira, aquí tengo algo para ti, un nombre y un número de teléfono en Roma! —Richard le puso un papelito en la mano—. Esta mañana a primera hora he hablado con mi hermano Fred, y él me ha nombrado a un tal padre Lucas von Stetten. Fred estudió dos años con ese hombre en Múnich. El padre Lucas es jesuita y vive desde hace algunos meses en Roma. Anoche hablé con él por teléfono.
—¿Anoche, dices? Entonces habrás sacado de la cama a ese pobre hombre en mitad de la noche, ¿no?
Como para corroborar su afirmación, Felicity echó un vistazo a su reloj.
Richard volvió a exhibir su irresistible sonrisa.
—Fred dijo que no pasaba nada. Los sacerdotes están las veinticuatro horas del día al servicio de Dios. Y el padre Von Stetten confirmó que irá a buscarte al aeropuerto en Roma. Te ayudará en tu búsqueda.
—Gracias… La verdad es que no sé qué decir. Haces que me avergüence. Eres un encanto y yo…
No terminó la frase. En el fondo ya estaba todo dicho y no había nada que ella hubiera podido añadir y que sirviera para hacerles las cosas más llevaderas para ellos dos. En lugar de hablar, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Saluda a Fred de mi parte.
Richard la retuvo un momento y la estrechó contra él. A continuación la soltó abruptamente.
—Mucha suerte, y dame noticias tuyas, ¿vale?
—Por supuesto. —Echó a andar, pero se dio la vuelta enseguida—. ¿Cómo reconoceré al padre Von Stetten?
—Es muy sencillo —contestó Richard con una sonrisa pícara—. Estate atenta al hombre más atractivo que veas al cruzar la puerta de salida.