Cuando la miel muere
Capítulo 4
CINCO DÍAS DESPUÉS, el padre Simone llamó por teléfono a Felicity. Su voz sonó trasnochada. Había dejado estar todo lo demás para dedicarse por entero a la traducción y prácticamente había trabajado en ella sin interrupción.
—¿Está su madre cerca de usted? —preguntó casi entre susurros.
—No, ha bajado un ratito porque quería hacer algunas compras. — Felicity se había quedado sorprendida por la pregunta.
—Muy bien. He terminado la traducción. Y tengo que confesar que esas líneas me han conmovido profundamente. No estaba preparado para una cosa semejante, signorina Felicity. Pero no puedo ni quiero anticipar nada de esta historia. Tiene que leerla usted misma, entonces entenderá lo que estoy diciéndole. Las notas son, efectivamente, de su abuela, tal como había supuesto su madre. ¿Tiene usted un ordenador portátil ahí?
—Sí.
—Bien, entonces deme su dirección de correo electrónico, por favor. Le enviaré la traducción como documento adjunto. Permítame que le dé un consejo: léalo antes de que lo haga su madre y llámeme cuando haya acabado la lectura. Entonces me pasaré con la traducción en papel y se la entregaremos juntos a su madre. Va bene?
Felicity dijo que sí a todo y no hizo ninguna pregunta a pesar de estar un poco sorprendida por la conducta críptica del padre Simone. También ella sentía temor ahora por la historia de su abuela. ¿Qué podía contener para haber trastornado de aquella manera al sacerdote?
En aquellos últimos días, ella y su madre apenas habían podido hacer avances con los documentos que contenía la caja. Dejando a un lado algunos paseos breves que Felicity había obligado más o menos a hacer a su madre, no habían tenido tiempo siquiera de explorar Roma, y en lugar de eso se habían dedicado casi ininterrumpidamente a examinar con atención los recortes de periódicos.
—Hay una cosa que no entiendo, mamá —le había dicho Felicity a su madre muy al comienzo—. ¿Por qué rompió en pedazos la abuela todo esto solo para guardar los trozos después en una caja? ¿Por qué no tiró inmediatamente todas estas cosas?
Su madre admitió, avergonzada, que había sido ella quien había roto en pedazos el contenido de la caja en su aturdimiento inicial. Profiriendo un suspiro, Felicity se puso primeramente a clasificar aquellos innumerables jirones de papel. Se trataba exclusivamente de recortes de periódico, no había cartas ni otros documentos. Todos estaban redactados en alemán o en italiano, unos cuantos estaban en hebreo, en idiomas que no dominaban la madre ni la hija.
El intento de Felicity de traducir algunos textos con ayuda de un programa de traducción asequible en internet solo había dado un resultado calamitoso, lo cual podía deberse en parte al hecho de que los textos tenían más de setenta años. Se pasaron muchas horas buscando palabras sueltas en el diccionario. El resultado fue igual de deficiente. Al final se quedaron igual que cuando empezaron.
El resultado positivo de esos días que pasaron juntas fue que la madre y la hija se habían acercado efectivamente la una a la otra, menos a través de la palabra que mediante una sutil transformación ambiental. Ese cambio en su relación seguía siendo para Felicity poco comprensible. Se trataba de un acercamiento tímido y prudente, como si los sentimientos entre ellas fueran frágiles, como la porcelana más fina.
Durante esos días y en diversas ocasiones, Felicity había tratado de romper el silencio que había ensombrecido su infancia. Ahora bien, ¿de qué habría podido hablarle a su madre? ¿Preguntarle acaso por qué tenía la sensación de que entre las dos existía una distancia que ella no podía explicarse? ¿Una distancia que no debería existir realmente entre una madre y su hija? De niña la había aceptado porque no conocía otra cosa; ella percibía a su madre en calidad de madre, no como a una persona.
Sin embargo, cuando se fue haciendo mayor, fue comprendiendo paulatinamente que le había faltado siempre algo. Al mismo tiempo fue surgiendo en su interior un reproche silencioso contra sí misma. ¿Por qué no había tratado en todos aquellos años de superar por ella misma ese muro invisible? Pensó en las palabras de Richard al despedirse. Le había echado en cara que ella tenía miedo de los sentimientos demasiado profundos y que huía de ellos en toda regla. Ella consideró un tópico ese reproche, le pareció demasiado general. Ahora se preguntaba si Richard no estaría quizá en lo cierto.
¿Era ella una cobarde? ¿Se lo montaba de una manera demasiado simple y prefería herirlo en lugar de enfrentarse a sus propias deficiencias? Ahora bien, si su conducta desconsiderada era un síntoma, ¿dónde residía entonces la causa? ¿Y si la clave de todo estuviera en su abuela fallecida? Por primera vez se le pasaba a Felicity por la mente el pensamiento de que ellas tres, la abuela, la madre y la nieta, compartían el mismo desasosiego compulsivo, arrastradas por el mar de la vida.
Felicity podía percibir que a su madre le sucedía lo mismo que a ella; sin embargo, las dos titubeaban a la hora de dar el paso decisivo. Y así pasaron aquellos días juntas las dos, atrapadas por una atmósfera extraña, metidas en algún lugar a mitad de camino entre la espera y la expectativa.
De todas formas, su madre había alcanzado uno de sus objetivos. Felicity no había tomado el avión a Kabul. Hoy era el día en que ella debía haber comenzado su servicio allí. En lugar de eso, puso en marcha su portátil. El correo del padre Simone figuraba ya en la bandeja de entrada de su correo.
Felicity abrió el documento adjunto y comenzó a leer.