El emperador de los alquimistas
Libro I
El nieto de Carlos V
Capítulo Uno
La muerte del león
En enero, el león cayó enfermo. Su estado se agravó súbitamente. Las crines perdieron su brillo; la mirada, su vivacidad. Cuando bosteza de agotamiento, aparecen los dientes, de un amarillo malsano. El animal gruñe débilmente, ya no ruge ni tiene apetito.
Sin embargo, es una mano imperial la que lo alimenta y acaricia.
El león reconoce a su amo, levanta la cabeza y tiende el hocico, pero sus ojos se velan. Un hilo de baba corre entre los belfos retraídos y desaparece en los pelos del hocico. Los labios se ablandan. Las temibles mandíbulas se cierran. Ya no atemorizarán a nadie más.
La mano del emperador, hundida entre las crines donde busca en vano retener la vida, se retira lentamente, y sus ojos saltones, en los que el iris parece flotar como un huevo frito en el blanco desorbitado, se enturbian con un humor amarillento, semejante al que oscurece los de su fiera familiar. Una luz azorada se enciende en su mirada.
¿Cómo olvidaría Su Majestad Imperial la predicción del siniestro Tycho Brahe? El astrólogo de la nariz de oro dijo a Rodolfo que su animal favorito lo precedería de cerca en la muerte. Y el león yace sin vida a sus pies —gran juguete de peluche inofensivo.
El emperador se incorpora penosamente. Sus riñones están enfermos. Le duele la espalda. ¡Y si sólo fuesen los riñones! Sus hinchadas articulaciones lo hacen sufrir. Con su mano de dedos amorcillados se asegura sobre la cara el mentón postizo, del que no puede prescindir desde que una osteítis le destruye los huesos.
Abandona la jaula retrocediendo y se escapa a través de los jardines, tan rápido como sus hinchadas piernas se lo permiten. Cegado por el horror de su fin cercano, no tiene una mirada para el profundo barranco de la Fosa de los Ciervos, cuyos árboles se adornaron con jaulas en las que hizo que murieran alquimistas charlatanes; ni para la catedral, al otro lado; ni para el castillo de Hradcany, donde reina su detestado hermano Matías, que lo ha desposeído.
Atraviesa el Jardín de Verano, despojado por el invierno. Él, que no volverá a ver florecer sus tulipanes y sus lilas porque en la primavera estará muerto, deja atrás penosamente la cantarina fuente, tropieza bajo la columnata italiana del Belvedere, pabellón real de recreo, y se desploma.
Acuden criados y chambelanes y lo llevan a su habitación.
Entra en agonía y muere el 20 de enero de 1612, en esa ciudad de Praga que él convirtió en la capital de su imperio.
Rodolfo II de Habsburgo, rey de Bohemia y de Hungría, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, fundado por Carlomagno y sobre el cual reinaron sus antepasados antes que él, ya no existe.
Afuera sopla el cierzo.
Praga se ahoga porque Rodolfo ha muerto.
El barrio de Malá Strana se acurruca al pie del castillo. En las calles tortuosas del Nuevo Mundo, aglomerado bajo los muros del convento de los capuchinos, gorgotean los alambiques. Inquietantes vapores, olores mefíticos, se arremolinan sobre los tejados donde gimen las ráfagas de enero. Se diría que los hechiceros, los astrólogos, los adivinos, los nigromantes, los magos, los vendedores de larga vida, todos los hacedores de eternidad, lloran en el viento negro que sopla entre las chimeneas.
En el extremo del cordón umbilical del puente Carlos, la ciudad vieja está de duelo.
En el gueto cercado de murallas, el reloj de la sinagoga cuenta el tiempo al revés, los árboles del cementerio judío, fantasmas inclinados y cuchicheantes, agitan sus troncos crujientes de frío por encima de los doce pisos de estelas apiladas que enarbolan sus muñones en la noche.
Las fachadas pintadas se envuelven en la bruma.
Las cien torres de la ciudad, la torre Blanca, con sus mazmorras, la Negra, que fue dorada antes del incendio de 1541 que la devoró, la torre Daliborka, la torre del Puente, la del Polvorín, con sus agujas de agudos dientes, finas como alfileres, puntiagudas como dardos, las torres de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, ampliada con la extraña casa del Unicornio Blanco pegada a ella, las torres inconclusas de San Guido y las de todas las iglesias que erizan la ciudad, se desvanecen en una niebla opaca en la que la gente humilde ve el humo del diablo.
Los campanarios de los monasterios de los premonstratenses y de los capuchinos, diseminados en las colinas, se cubren de hielo.
Las cuerdas que sujetan las campanas se tienden entre los dedos enrojecidos de los sacerdotes que tocan el tañido fúnebre imperial, pues Rodolfo, rey de los adivinos y hacedores de horóscopos, emperador de los alquimistas, quirománticos y nigromantes, tendrá un entierro católico romano como el gran Carlos V, su abuelo materno.
Rodolfo vivió como quiso. La Iglesia va a sepultarlo como debe serlo un emperador del Sacro Imperio.
Un vapor opaco flota sobre el río, se demora entre los pesados arcos del puente y sube hacia el castillo.
La Fosa de los Ciervos se convierte en un abismo lleno de algodón blanco.
En el Hradcany, dentro de las murallas que encierran la enorme masa del castillo,
se agitan los fantasmas. En la callejuela del Oro[1], espantados por el lansquenete de guardia que va y viene entre las casitas haciendo rechinar su armadura, no son todavía los espectros de madame de Tebas, quiromántica que predecirá la caída de Hitler en el n.º 4, y el de Kafka, ocupante del n.º 22, los que se atropellan en un rayo de luna, sino los de los caballeros decapitados y las mujeres descuartizadas.
En la tempestad de la muerte de Rodolfo, los fantasmas se agitan, los conocidos y los desconocidos, los ahorcados, los devorados por los osos, los torturados en las prisiones, los decapitados con el hacha. Olda, el barbero ebrio, es el primero en acercarse. Desde que los guardias del zoológico lo arrojaron para que el león de Rodolfo lo devorara vivo, regresa durante las noches de tormenta, cuando ruge el trueno. Toma como rehenes a los transeúntes que se niegan a pagarle un trago y los obliga a aparecerse con él en el castillo.
Después de Olda, viene el caballero Dalibor z Kozojed, que toca el violín en la
torre donde murió casi de hambre antes de ser conducido ante el verdugo[2]. Las noches en que silba el viento, arranca desgarradoras quejas a su instrumento y hace danzar a la condesa ardiente, la coqueta que Satanás llevó a bailar a los patios del castillo, con las piernas impúdicamente desnudas para atraer mejor a sus amantes, y los pies dentro de llameantes escarpines para castigarla por su lujuria.
La zarabanda termina cuando Brigita, su cadáver semicorrompido, escapa de la cripta de la basílica de San Jorge. Brigita era la prometida de un escultor, Michal, quien, loco de celos, incapaz de creer que su bella le fuese fiel, aunque él la había traicionado, la estranguló. Antes de hacerlo llevar al suplicio, Rodolfo condenó al asesino a esculpir los restos de su amante, encontrada semicorrompida en la Fosa de los Ciervos. Y las noches de tormenta, Brigita, con el cuerpo hormigueante de sapos y serpientes, salta sobre los transeúntes y besa sus labios en los que busca el sabor de
la boca de su amante[3].
Rodolfo, con las manos piadosamente unidas sobre el pecho, ya no conoce el miedo en este mundo.
Ahora es Matías quien tiembla.
Matías, su hermano menor y futuro emperador, que le ha robado sus coronas en vida, vaga por los aposentos de los que lo ha expulsado y no logra alegrarse ante una muerte tan esperada. Tiembla mirando, al otro lado de la Fosa de los Ciervos, las luces del Belvedere.
No se ha enfriado el cuerpo todavía, cuando un ladrón se acerca. Una mano impaciente se desliza por la abertura de la camisa, toma el cordón de seda que el difunto lleva alrededor del cuello y arranca no una cruz, sino un frasquito de plata envuelto en terciopelo negro. El cadáver se sobresalta. El chambelán Kaspar Zrucky z Rudz se apodera del elixir de larga vida, el amuleto que el defensor de una Iglesia católica maltratada por los golpes de los protestantes y de los turcos guardaba contra su corazón, la promesa de la juventud y la longevidad.
Antes de llevarse ese néctar a los labios, Kaspar está ebrio. Tiene el más preciado de los tesoros de Rodolfo, la fuente de la vida. Abre el frasquito, sin decirse que eso no sirve para nada. Ha asistido, sin embargo, al fin miserable del emperador despojado, burlado, humillado en su propio castillo. Lo ha visto ansioso, atormentado por mil demonios, desconfiando del Papa, del nuncio y de toda la curia, entrando en trance ante un crucifijo, temblando ante todos los que llevaran sotana desde que un horóscopo le advirtió que terminaría, como Enrique III de Francia, asesinado por un hombre de Iglesia. Vio a ese monarca de sesenta años volverse temeroso como un niño, supersticioso como una vieja, enfermo, frágil, inquieto, negando el socorro de la religión sobre la que se asentaba su trono, y entregándose a los charlatanes. Lo ha visto postrado por negros humores, presa de una irreprimible melancolía, de visiones aterradoras y de sueños mórbidos, sufriendo con todo su cuerpo que se descomponía, pues los apósitos, depurativos, tinturas de sal tartárica, los ojos de cangrejo y los cuernos de ciervo molidos no lo calmaban. Ha visto al emperador, con el cuerpo y el alma enfermos, declinar ante sus ojos, y arriesga su vida por un elixir cuya ineficacia ha podido comprobar.
Bebe. Se imagina que traga la inmortalidad. Una fuerza nueva se agranda en su pecho, una sangre nueva irriga sus venas. ¿Pero de qué sirve la juventud sin fortuna? Ahora bien, el palacio rebosa de objetos muy valiosos, pinturas, joyas. Rodolfo ha convertido su castillo en un arca gigantesca, un colosal estuche que contiene un cúmulo de riquezas inimaginables conseguidas en todas partes del mundo. Jamás monarca alguno reunió colecciones semejantes.
¿Quién se dará cuenta si Kaspar se lleva algo de esa mezcolanza fabulosa y barroca de obras de arte, objetos preciosos, insólitos o maléficos? Esos tesoros son tal vez los del demonio. Los alquimistas del emperador quizás hayan descubierto la piedra filosofal que transmuta los vulgares metales en oro puro. El coito contra natura del azufre y del mercurio pudo producir lingotes. ¿Cómo saberlo? En la espera, Kaspar, que posee la llave de las vitrinas de cristal con cajones secretos, extrae algunas de las maravillas que el emperador acumulaba en ellos. Ya en vida de Rodolfo, sustraía piezas raras para revenderlas y guardarse las comisiones. Arriesgaba su cabeza. Nunca fue descubierto. Ahora que ha tomado el elixir, está inmunizado contra la muerte.
El recuerdo del chambelán Philip Lang von Langenfels no lo detiene.
Langenfels, alquimista y ladrón, robaba monedas antiguas, joyas, vasos de jaspe y rarezas indias. Descubierto y encarcelado el 7 de mayo de 1608 en la torre Blanca, se ahorcó un año después.
Pero eso era en vida de Rodolfo. Y Langenfels no había bebido el elixir de la eternidad.
Ahora, es en vida de Matías, el futuro emperador.
En el trajín de la muerte, el ladrón se imagina que puede pasar inadvertido, ya que cada uno salda sus cuentas a su manera. Se revelan viejos rencores; el ejemplo del odio viene de arriba, estalla la locura. Los embalsamadores retiran las entrañas, el cerebro y el corazón, cuando Chinski, otro chambelán, salta, los aparta, les arranca de las manos el corazón y golpea con él el cadáver. ¿Qué es el robo al lado de esa profanación? ¿Y acaso el más grande de los ladrones no está instalado en el castillo, donde reina como amo soberano? Kaspar sigue pues apoderándose de los tesoros de Rodolfo. Aprovechando el desorden, se desliza en medio de una cohorte de llorones y de sacerdotes que no tendrá tiempo de corromper, de pagar, de seducir, que son indiferentes a su título y a su notoriedad y que no vacilarán en denunciarlo si lo sorprenden.
Y lo atrapan.
Arrestado, encerrado en la torre Blanca, Kaspar, entre esas cuatro paredes sórdidas, no puede escapar a las campanadas opacas y lacerantes del toque de difuntos. Los cien campanarios de Praga resuenan en su mazmorra, pues en todas las iglesias, mientras que el prisionero aguarda la sentencia, el clero hipócrita recita plegarias por el emperador mago que detestaba los padrenuestros, ya no se confesaba, no celebraba la Pascua, vivía como un pagano y murió como un impío. El Papa está demasiado contento de verse libre de semejante emperador. Pero Praga llora a su «buen Señor», y toda Bohemia está de duelo. El verdadero ladrón de Rodolfo será coronado emperador, y Kaspar, ejecutado. Es su toque de difuntos el que suena. Los jueces no le concederán gracia. Se ha condenado traicionando a un amo generoso, bebiendo una diabólica mixtura. Pero es caer demasiado bajo, después de una vida de lujo y de placeres, encontrarse prisionero en una celda sórdida como un animal destinado al descuartizamiento. Condenado por condenado, es inútil esperar para reunirse con Judas. Kaspar desata el cordel de seda que le sirve de cinturón, forma un lazo corredizo en un extremo, sujeta sólidamente el otro a un barrote de la ventana.
Y se cuelga.
El catafalco imperial se levanta en la pequeña capilla contigua al salón Venceslao, tan grande que en él se realizaban torneos a caballo.
Rodolfo permanecerá expuesto durante ocho meses antes de ser sepultado el 1 de octubre de 1612.
Matías no parece llorarlo.
La mujer de Matías, durante largo tiempo prometida de Rodolfo antes de que él decidiera no desposarla, reza durante horas en la capilla ardiente.
El verdugo arroja al ahorcado en una carretilla y se lo lleva, bamboleándose, por la colina gemela del castillo, hasta la puerta del monasterio de Strabov. Pero no entra. La tierra bendita les está vedada a los suicidas. En un lado, una fosa se destina a esos secuaces del infierno. El verdugo tira el cuerpo a la tierra y lo despedaza. Corta la cabeza. Sierra los brazos y las piernas. Le arranca el corazón y lo presiona contra la boca muerta. Descuartiza el tronco y lanza los pedazos al hoyo lleno de cal viva.
Pero el fantasma de Kaspar se aparece en la ciudad en un carro de fuego, atraviesa las callejuelas, se arremolina por encima de los alambiques de la torre del Polvorín Mihulkar de Vikarska, donde trajinaban los alquimistas, persigue a los transeúntes sobre los puentes, entra a las casas cuando es noche cerrada, gira alrededor de la de Fausto, patalea ante la de los siete diablos, penetra en las iglesias donde los fieles oran por el alma de su emperador difunto, se pelea con el Golem, criatura de arcilla creada por el rabí Löw y atormenta a Matías.
Matías no bromea con los aparecidos y da las órdenes pertinentes.
En el mayor secreto, el verdugo desentierra los pedazos del cadáver, los quema y arroja las cenizas al Vltava (el Moldava), técnica infalible para terminar con los fantasmas.
Rodolfo yace en el salón Venceslao. Kaspar ya no es siquiera un fantasma. Su ejemplo no retiene a nadie. Los allegados al emperador se sirven de sus riquezas sin vergüenza alguna. En la prisión, donde purga una pena por corrupción, Jeronym Makovsky obtiene su libertad revelando a sus carceleros el emplazamiento de varios escondites amurallados. Acostumbraba hacerse pasar por el emperador y recibía en la penumbra de las caballerizas, decoradas con una riqueza que rivalizaba con la del palacio, en medio de los caballos de raza, cepillados, rizados, acicalados como cortesanas, que comían su avena en pesebres de mármol. Jefe del guardarropa, no le costaba procurarse la ropa de su amo y se hacía pagar el placer de una entrevista con golosinas para comenzar.
Esas rapiñas privadas no hacen mayor mella en uno de los tesoros más fabulosos que se hayan reunido jamás, pero son el signo precursor de uno de los más gigantescos saqueos de la Historia.
Durante siglos, las colecciones que Rodolfo acumuló en Praga serán destruidas o diseminadas. Como si el oro quitado a los incas dos generaciones antes, se vengara. Como si los dioses del Nuevo Mundo asesinados, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca saborearan una interminable venganza. Como si Cortés hubiese matado por nada. La sangre de Moctezuma, el oro de la serpiente emplumada, encontrado en la tumba de Tenochtitlán (fundido en lingotes cuyo valor comercial alcanzó a seiscientos mil pesos de oro) y el del pillaje del tesoro de Axayacatlzin, se reducen a nada.
Para evitar que le robaran, y sabía que lo hacía, Rodolfo nunca se decidió a establecer inventarios. Como si los números, las etiquetas, pudieran arruinarle su sueño e, inmovilizándolo, le impidieran proseguirlo.
El primer inventario data de 1619, siete años después de su muerte, época en que los estragos apenas habían comenzado. Se censan entonces tres mil cuadros, de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rafael, Giorgione, Durero, Holbein, Cranach, Brueghel, Tiziano, Tintoretto, Veronese, Rubens; dos mil quinientas esculturas, miles de objetos valorados en una suma considerada inimaginable en esa época: diecisiete millones de florines.
Rodolfo sentía curiosidad por todas las actividades humanas y deseaba vivir rodeado de belleza. Las ciencias lo atraían tanto como las artes, y las artes tanto como las extravagancias de la naturaleza. Quería poseerlo todo. Estatuas y telas de los más grandes maestros que eternizan la belleza en todas sus formas, pero también joyas, vajillas, armas, instrumentos de medición, esferas, curiosidades. Quería hacer producir obras y, al mismo tiempo, enviaba emisarios a todas partes del mundo. Praga se convirtió en la capital de la creación.
Sus deseos no tenían límites. Encontraba que la guerra contra los turcos era una ruina, pero jamás le pareció pagar demasiado caro por una obra o un objeto, por mantener una corte de alquimistas, de artistas y artesanos. Así su nombre está impreso en el arte y, a falta de dejar el recuerdo de un gran emperador, deja el de un excepcional mecenas. No construyó nada (aparte de las cloacas de Praga que pasan por debajo del Moldava) y los creadores que atrajo a su corte no eran esos genios indiscutibles cuyos nombres atraviesan el tiempo y la memoria de los hombres. La escuela de Praga, manierista y preciosista, inspira más curiosidad que admiración. Rodolfo no suscitó un Renacimiento.
Su pasión de coleccionista estaba muy cerca de ser enfermiza, extraña, exclusiva, obsesionante y mórbida. Se interesaba hasta por las monstruosidades.
Hizo montar un bezoar (concreción calcárea bastante repugnante, formada en el estómago de un mamífero grande, a menudo una cabra montés, que puede ser muy voluminosa), sobre un pie con incrustaciones de oro y esmalte y adornado con una tapa cuyos motivos florales alternan con aves fabulosas. En los talleres imperiales, un coco de las Seychelles se convirtió en una prodigiosa cafetera sostenida por dos dioses marinos de plata dorada adosados el uno al otro. El coco, enteramente grabado, está coronado por una tapa de plata dorada en la que un Neptuno triunfante cabalga sobre un monstruo marino de patas palmeadas. El asa representa a una
sirena[4].
La cara negra y maléfica del universo atraía al emperador alquimista. Conservaba monstruos de dos cabezas dentro de frascos. No trataba de reproducir un fabuloso libro de Dios, un orbis pictus, sino, por el contrario, apropiarse de los poderes de una fuerza sobrenatural, la huaca de los incas, la piedra filosofal y los filtros de eternidad.
Los estragos importantes en las colecciones comienzan con la segunda defenestración de Praga. Es una costumbre checa arrojar a los representantes del poder por las ventanas. El 23 de mayo de 1618, que marca el comienzo de una lucha encarnizada de treinta años entre católicos y protestantes, los enviados protestantes de los Estados, furiosos porque Fernando II (que sucedió a Matías, el sucesor de Rodolfo) no respetaba las libertades que les concedía la Carta de Majestad de Rodolfo, lanzaron por las ventanas a dos gobernadores imperiales, a quienes se les han construido pequeñas columnas conmemorativas aunque no se hicieron ningún daño al aterrizar sobre un montón de inmundicias y detritus. Pero todo sirve en la guerra y, con los gobernadores volaron por las ventanas objetos de arte, utilizados como vulgares proyectiles, estrellándose dieciséis metros más abajo.
Al año siguiente, se estableció el primer inventario. Y, como para dar la razón a Rodolfo que no había hecho ninguno, le sigue un formidable saqueo. Después de la batalla de la Montaña Blanca, el 17 de noviembre de 1620, el duque Maximiliano de Baviera, para pagarse la ayuda aportada a Fernando II, carga mil quinientas carretas con obras de arte y objetos preciosos.
Mil quinientas carretas abandonan el castillo, unas detrás de las otras, con los ejes curvándose bajo el peso de la carga. Desde el viaje de la reina de Saba llevando al rey Salomón los tesoros de Etiopía, jamás se había asistido a semejante transporte de maravillas.
Después de tal saqueo, se podría creer que ya se habían llevado todos los tesoros de Rodolfo.
Once años más tarde, en 1631, el príncipe elector de Sajonia se apoderó aun de cincuenta carros llenos por completo.
El 26 de julio de 1648, Königsmark tomó el castillo fabuloso, al que mil quinientas cincuenta carretas no habían despojado todavía de sus riquezas. Del botín que él destinó a la reina Cristina, se reservó cinco coches cargados de oro y plata.
Tras treinta años de guerra de religión, la comisión encargada de evaluar lo que restaba no encontró más que estatuas rotas, marcos vacíos y algunas telas deterioradas.
Es que la comisión trabajó demasiado rápido.
En 1749, María Teresa, cuando hizo reacondicionar el castillo, borrando irreparablemente el decorado en el cual vivió Rodolfo, vendió varias pinturas a la pinacoteca de Dresde.
Y María Teresa se olvidó del resto.
Hasta tal punto que, cuando Federico II de Prusia hizo batir a cañonazos el castillo, disparó sobre objetos preciosos. El personal, azorado, embaló todo lo que pudo y descendió los cajones a los subterráneos para ponerlos a salvo. El cañón atronaba. Las arañas temblaban. Las balas se abatían sobre la explanada. Los criados, en su torpe prisa, rompieron bastantes estatuas, porcelanas y cristales.
Pero faltaba lo peor.
Y lo peor fue José II.
El 13 y el 14 de mayo de 1782, decidió convertir el antiguo castillo, orgullo del pueblo checo, en regimiento de artillería. Para hacer sitio y amontonar municiones en los salones donde Rodolfo apilaba sus maravillas, organizó la subasta más sorprendente que se haya visto jamás.
La víspera, se ordenó a los criados pasar un trapo a lo que restaba de los tesoros de Rodolfo (estatuas antiguas milagrosamente intactas debajo de sus telas de araña, cuadros roídos por la humedad de los que nadie se ocupaba ya en esos salones varias veces devastados) y amontonar en bolsas, en baúles y en cestos todos los objetos estimados sin valor: innumerables estatuillas, monedas, conchillas, fósiles, medallas, piedras y moldes de yeso que se arrojaron como bolsas de basura desde el puente del Polvorín a la Fosa de los Ciervos. Y durante más de cincuenta años los pilluelos de Praga desenterraron hallazgos de ese montón.
El día de la venta, José II se desembarazó de las obras de arte como quien vacía un desván de su ropa vieja.
Pero lo que se liquidaba allí era un Durero. Das Rosenkranzfest, La Fiesta del Rosario, la obra maestra que Rodolfo había hecho cruzar los Alpes cargada sobre las espaldas de unos hombres como una santa reliquia, fue vendida por monedas. La Virgen bajo su palio, el Niño satisfecho que tiende una corona al Papa bajo la mirada de Santo Domingo, creador de la plegaria del rosario, el propio Durero que se ha representado al fondo, a la derecha, su mujer, a quien él le ha dado, en primer plano, el cuerpo y el rostro de un ángel músico, todos parecen llorar de desesperación. La estatua de Ilioneus, por la que Rodolfo había pagado diez mil ducados, se liquidó en treinta céntimos.
Esas devastaciones no lograron terminar con las colecciones pues, en 1876, un inspector enviado desde Viena encontró de nuevo telas y, a su vez, organizó discretas transferencias de una capital a otra.
Los ocupantes nazis se entregan a un último saqueo. Parten los cajones a Alemania y el Reichsprotektor SS Obergruppenführer Reinhard Heydrich hace emparedar la corona de Venceslao (Vaclav), santo protector de Bohemia, que pudo haber desaparecido para siempre en el sótano del antiguo palacio gótico si, durante su proceso, Karl Hermann Frank no hubiese revelado al tribunal que lo juzgaba después de la guerra el emplazamiento del escondite.
Todavía hoy, como después de un naufragio, asombrosos restos remontan a la superficie: cuadros y objetos emergen de los sótanos del castillo.
La verdadera muerte de Rodolfo es la interminable dispersión de sus tesoros, última transmutación de la sangre inca vertida por los conquistadores, maldición que persigue a un monarca que deja caer el cetro para poder reunir mejor maravillas, hoy dispersas en Viena, Dresde, Munich y Estocolmo. En Praga, sistemáticamente despojada, el palacio Sternberg alberga lo que se pudo reunir, pero nada, ni siquiera los ridículos intentos de los más prestigiosos museos para organizar exposiciones provisionales, puede dar una idea del fabuloso universo creado por Rodolfo y de la cantidad de tesoros que había acumulado con tal pasión, que tuvo que agrandar su palacio.
La sombra de Rodolfo II de Habsburgo flotó durante mucho tiempo en las desiertas galerías de su castillo saqueado hasta los huesos, alimentándose del fantasma de sus obras maestras. Así, un espectro se nutría de sombras y eso se parecía al sueño de una eternidad perdida. Era, a pesar de todo, una forma de sobrevivir.
A su vez, esta última huella se borra y desaparece como un negativo expuesto a la luz antes de ser fijado. Los pasos de los turistas en tropel destruyen hasta a los fantasmas. Los salones donde resonaba el pesado paso de Rodolfo vivo, las galerías donde flotaba ligeramente su espectro, mueren actualmente, arrancadas al silencio de los mausoleos por la violación reiterada de los guías acreditados.
Así es la última profanación de Rodolfo, príncipe del escarnio. Él, que amaba la belleza, la soledad y la paz, es destruido por el más vulgar de los maleficios inventados por el agonizante siglo XX: las hordas del turismo organizado.