El emperador de los alquimistas
Capítulo Quince
La Gran Obra
o «Tú eres ceniza»
La época de Rodolfo, la era de Fausto, no distingue bien la ciencia de la magia. El mundo está por descubrirse todavía. Causa maravilla el funcionamiento del hombre, de la tierra y del cosmos. Todo parece posible para la inteligencia humana. La proliferación de conocimientos es tal en todos los dominios, y la frontera tan incierta entre la ciencia y los brebajes de Lucifer, que la Iglesia pone límites para establecer lo que autoriza y prohíbe.
Pero, en Praga, los muros rezuman maravillas y los silbidos del viento parecen las quejas de los niños muertos sin bautismo. La ciudad se convierte en el lugar de cita de lo extraño, puesto que el emperador ama las rarezas. Se encuentra toda clase de personas muy curiosas. Dos años antes de arder en la hoguera, Giordano Bruno atraviesa el puente Carlos. La ciudad expone a plena luz lo que en otras partes se esconde. En las rudimentarias casas de madera se venden píldoras purgativas de turbit, ruibarbo y hermodáctiles; ilusiones; magia blanca o negra. Los traficantes de esas casas no tienen la posibilidad de ir a dorarse al sol rodolfiano. Esperan, sin embargo, y sobreviven como pueden, siguiendo las huellas de los poderosos. Proliferan los pequeños falsificadores, al mismo tiempo que los delincuentes. Los ahorcados se balancean en los tres cadalsos y, todos los años, Bohemia envía unos cuarenta hombres a las galeras de Venecia. La amenaza no asusta a nadie. Hay mucho que ganar en esa Tierra Prometida.
Por otra parte, toda Europa hierve con extraños gérmenes de rareza. En Zurich y en Basilea, se estudia a los monstruos: hombres peces, niños reptiles, aves fabulosas, personajes de dos cabezas. En Inglaterra, en Flandes, en Alemania y en Dinamarca se producen terroríficas apariciones de cíclopes y centauros. Una mujer ve a Lutero en las llamas. Jamás hubo tantos visionarios.
Gran amante de lo extraordinario, Rodolfo se interesa por todas las anomalías de la naturaleza. Hace pintar varias veces, por Joris Hoefnagel, al hombre velludo y su familia. Esos seres inquietantes, de rostros y manos completamente cubiertos de pelos, parecidos a la Bestia de la película de Jean Cocteau, La Bella y la Bestia, visten magníficos ropajes y posan con orgullo. Los sabios consideran al padre, Petrus Gonsalus, originario de Tenerife, como un milagro de la naturaleza. Muy orgulloso de su extraordinaria pilosidad, él se hace llamar «barón de Munich». Pero las pequeñas hijas, tan bellamente adornadas, con sus rostros de animales, a los que ningún beso de príncipe volverá imberbes, inspiran malestar. Rodolfo coloca al Hombre velludo
Petrus Gonsalus y su esposa [35] y Los Hijos del hombre velludo Petrus Gonsalus,
actualmente en Washington, en la sección «Bestiario» de su Gabinete de las Maravillas del Arte y de las Curiosidades de la Naturaleza. Allí, en su kunstkammer, el hombre velludo está cerca de la Cabeza de ciervo de cornamenta monstruosa,
pintada por Hans Hoffmann, actualmente en Berlín[36]. Rodolfo no se contenta con eso y conserva, en frascos, monstruosos fetos.
Aun enmascarada bajo pretextos científicos, la curiosidad morbosa de Rodolfo revela una complacencia hacia el horror y un voyeurismo bastante malsano. Pero el universo del hombre velludo se sitúa en la frontera entre el mundo de las hadas y el de la alquimia. Ese rostro angustioso es una llamada a la metamorfosis, al regreso a las normas. Puede interpretarse como el producto de una transmutación fallida, de un milagro al revés, de una magia negra. Rodolfo no teme a los hechiceros, pero tropieza con las prohibiciones de la Iglesia.
La Iglesia, desde luego, reprueba las transacciones que convierten a Praga en la capital de la hechicería. Considera diabólico el orgullo del hombre, que trata de sustituir a Dios, el único Creador; condena la pretensión de fabricar metales, de crear otros hombres en el laboratorio, y prohíbe la búsqueda de la inmortalidad. El hombre ha sido expulsado del jardín del Edén. Es mortal y no puede escapar de su condición. «Tú eres ceniza», dice la Escritura.
Pero la Iglesia no consigue apartar a Rodolfo de sus proyectos. Persuadido de que, en medio de una banda de estafadores y de impostores, los verdaderos alquimistas saben cambiar el vil plomo en oro y poseen los secretos de la longevidad, él transgrede las prohibiciones religiosas y quiere averiguar por sí mismo el misterio que rodea a las transmutaciones, conocer el lenguaje criptográfico de los adeptos, que preservan celosamente sus secretos para impedir que cualquiera se ponga a fabricar oro. Sumergido en esa espiral del secreto, aprende que la transmutación consiste en fabricar un cuerpo nuevo uniendo los dos principios antagónicos, lejano y cercano, de que está formada la materia. La materia prima lejana, proporcionada por las hierbas, es portadora de un espíritu metálico venido de la madre tierra; eso es lo que el alquimista debe transformar en materia prima cercana. El adepto recoge ese espíritu cuando las simientes de Saturno lo fecundan, en tiempos de lluvia o de tormenta, de preferencia en el mes de abril, cuando el Sol pasa de Aries a Tauro, o en octubre, cuando penetra en Escorpio con la Luna en Capricornio. Todo ello se integra a la perfección en la lógica rodolfiana.
Nada desanima a Rodolfo en las fases interminables de la Obra. Él, que es capaz de esperar un cuadro durante años, admite la importancia de la investigación, comprende que la precipitación puede hacer fracasar años de trabajo. No le preocupa enterarse de que los alquimistas utilizan hierbas que sirven igualmente a los hechiceros, a los boticarios y a los médicos, y que la recolección de plantas de nombres extraños, el secado y la conservación se acompañan de un ritual. Le agrada que plantas destinadas a la Obra exijan acercarse a ellas con un infinito ceremonial. Dudaría de su poder si hierbas destinadas a la búsqueda de la piedra filosofal se dejaran cosechar como la manzanilla de las infusiones vespertinas. La relación de las hierbas con las estrellas, los nombres que llevan, todo lo persuade de la autenticidad de la búsqueda. Ya no podrá cabalgar en el futuro por un prado sin temer pisotear por descuido la grande o la pequeña lunaria, lunaria major y lunaria minor, que desempeñan un papel predominante en la alquimia operatoria, y a la que también se llama moneda del Papa o hierba de los extraviados, porque el que la aplasta está condenado a perderse. El decimocuarto día de la luna nueva, envía a sus alquimistas a cosechar las gruesas espigas amarillas de la hierba de la luna o la hierba de serpiente. Guardada en una vasija de arcilla bien tapada, se entierra la hierba en el suelo, se desentierra al cabo de varios meses y se destila en un alambique de cobre para obtener la indispensable saturnia, que permite preparar el aceite de sol y el polvo metálico o polvo de proyección, necesario para la transmutación.
Al comienzo de las dos preparaciones, hay que calcinar oro fino, pues no se fabrica oro sin oro. El oro calcinado y reducido a escoria, es triturado y tamizado. Luego el alquimista vierte sobre el polvo el jugo de las lunarias y coloca la preparación dentro de un alambique a fuego suave, sin remover. La destilación produce un licor que se expone al sol todo un verano en un frasco herméticamente cerrado. Así es como se obtiene el aceite de sol.
Para fabricar el polvo metálico, el alquimista pone el oro calcinado en un papel virgen, envuelve el papel en un lienzo, coloca el lienzo dentro de un cesto y entierra todo el séptimo día de la luna nueva. Quince días más tarde, desentierra el polvo, lo trasvasa a un frasco de vidrio, lo recubre de jugos de lunaria y lo expone al sol para que se seque. Luego lo moja con aceite de sol y lo deja secar nuevamente. Por tercera vez moja su polvo con agua magna, mezcla de oro, de salitre y de vitriolo quemado.
En la fase preparatoria, los elementos constitutivos de la Obra cambian de naturaleza: las plantas se convierten en polvo, los polvos aprenden a beber y a volver a ser polvos. Rodolfo cree ahora que los pequeños granos de oro calcinados al comienzo de la operación pueden crear oro en profusión y, fascinado por ese complejo universo en el que se mezclan los reinos vegetal y mineral, descubre la planta más enigmática y la más repugnante, para la cual se han inventado una cantidad de nombres: escupitajo de luna, flor del cielo, vitriolo vegetal, manteca mágica, espuma primaveral, grasa de rocío, purga de las estrellas, esmeralda de los filósofos.
Los adeptos afirman que el escupitajo de luna contiene el espíritu universal y de ella extraen un espíritu suave que emplean como solvente del oro. Para conseguirlo, hay que cosechar la planta antes de la salida del sol, tocarla solamente con madera o vidrio, jamás con un metal, lavarla cuidadosamente de todos los restos de tierra o de vegetales que pudieran ensuciarla. Es una masa viscosa, verde, llena de rocío, porosa como una esponja, semejante a la gelatina de carne podrida. Pero lo que impresiona al emperador, novel alquimista, es saber que a los primeros rayos del sol desaparece sin dejar rastros de su paso por la tierra, que conserva una frialdad muy grande, aun durante las más altas temperaturas, que no se disuelve en vinagre ni en el espíritu de vino; pero que, si se introduce en un frasco bien tapado, se destruye a sí misma y exhala, cuando se destapa el frasco, un hedor de excrementos. Al comienzo de la disolución, produce un agua que se pone celeste, violeta, púrpura, y luego se aclara hasta el amarillo oro. La película flota durante mucho tiempo antes de secarse para formar un polvo blanco. La existencia de semejante planta, tan extraña, parece ser la garantía de que, a fin de cuentas, se puede fabricar oro. Es repugnante; eso es natural. Hay que pudrirse para resucitar. Rodolfo lo sabe. En el momento en que llega al punto más curioso de su iniciación, está convencido de ello. Reencuentra sin sorpresa el proceso de putrefacción con el salitre, del que hacen gran uso los adeptos. Éstos consideran esa sal, compuesta de ácido nitroso y de álcali fijo vegetal, que arde y detona en un frasco cerrado, como un compuesto de fuego y de aire concentrados con una pequeña cantidad de agua y de tierra exaltadas por la fermentación pútrida y el profundo trabajo de la vida animal y vegetal.
La putrefacción es la primera fase, la primera Gran Obra: la Obra Negra, seguida por la Obra Blanca y la Obra Roja. Se necesitan más de cuarenta días para esperar lograr la Obra Negra, cuya receta es sospechosa de herejía. Se roza la muerte, en lo que tiene de más horrendo. El polvo verde se fabrica con los musgos recogidos al borde de las tumbas o sobre el cráneo de los ahorcados, que curan las heridas y que barberos y cirujanos compran a precio de oro. El alquimista mezcla ese musgo funerario, ese liquen, con la mumia, ungüento utilizado antaño por los saladores para embalsamar los cuerpos, le agrega sangre humana y manteca, grasa de cerdo fundida, aceite de lino, aceite de rosa, trementina, que mana de los pinos, y ocre armenio o arcilla roja. Puede incorporar otros ingredientes rojos: lombrices lavadas en vino tinto y secadas al horno, hematites o piedra de hierro, sándalo rojo.
Rodolfo, santo emperador, no siente ninguna repulsión. Por el contrario, ahora descifra su vida privada con los anteojos de los magos.
La piedra filosofal es el fruto de la unión forzada del azufre, solar y masculino, con el mercurio, lunar y femenino. Los adeptos representan esa operación como una ceremonia nupcial celebrada por un sacerdote que une a un rey, vestido de rojo, con una reina, vestida de blanco. Pero ¡cuántos trabajos, dificultades, pruebas rituales que superar, antes de lograr esa unión contra natural! Rodolfo comprende muy bien las dificultades con que tropiezan los alquimistas, él, que ha asistido a los esfuerzos realizados en vano por su madre para casarlo. Él es un metal rebelde, no quiere nada con la infanta. Hay que reconocer que el mercurio rechaza al azufre, escapando él también de esa alianza forzada, y que el crisol de los buscadores de oro está tan vacío como el lecho de la infanta.
Podemos llevar más lejos la analogía entre la vida privada de Rodolfo y la alquimia. Un día, a las mujeres imperiales, que constituyen el fondo de su harén, como los polvos hechos con hierbas secas forman la base indispensable de la transmutación, agrega a la preciosa Katerina Stradova o Catarina da Strada, flor de sol o flor de luna, hija de uno de los hombres que le proveen sus colecciones, el constructor del castillo de Bucovice.
Tiziano pintó al padre de Catarina, Jakub o Jacopo da Strada, en 1567, dieciocho años antes de que se convirtiera en el abuelo del primer bastardo de Rodolfo. Con porte soberbio, mirada inteligente, se encuentra en una habitación poblada de obras de arte. La parte baja del rostro está disimulada por una barba; un amplio bigote le oculta la boca. La nariz es aguileña, la frente muy alta y despoblada. Ese príncipe de las artes viste pieles y ricas telas: pesadas sedas y gruesos terciopelos de colores apagados, los marrones y púrpura a los que es afecto Tiziano. Sólo las mangas, que emergen del jubón, y la triple cadena de oro alrededor de su cuello, iluminan los tonos rojizos oscuros que impregnan la tela. Jacopo sostiene con ambas manos una estatuilla de Venus, como para tenderla a un interlocutor situado fuera del cuadro. Con ese gesto, captado en pleno movimiento, la vida sale del marco.
Dieciocho años más tarde, Jacopo, con los cabellos casi ralos, un poco agobiado, más rico y siempre elegante, ha cambiado poco. Sus hijos han crecido. Catarina y Ottavio, tan parecidos, tan hermosos, tan tiernos, son modelos como los pintores no se atreven a soñar. Una sola perfección compartida por dos seres. La piel lechosa, deslumbrante, tersa, el óvalo robado a un camafeo clásico, los labios y las mejillas simultáneamente arrebolados. Los ojos sombreados por tupidas y sedosas pestañas. Ella, ceñida en un vestido que parece sostenerse solo; la apretada blusa abierta, como una corola desplegada en una golilla de encaje; él, en su estrecho jubón; ambos mostrando las suntuosas telas y las joyas con que su padre los adorna.
El emperador descubre esa flor doble y única, esos dos seres tan parecidos, dignos de adornar sus colecciones con su carne palpitante. Codicia esa obra de arte encarnada con el frenesí que lo habita cuando quiere verdaderamente poseer algo. Por primera y única vez en su vida, ese deseo apasionado no se manifiesta por un objeto inanimado sino por una criatura o dos, hermano y hermana, hermano o hermana. Ottavio, con sus almendrados ojos de terciopelo, en los cuales se demora el pincel de Tiziano, es tentador también, pero no más que Catarina, y Rodolfo transgrede bastantes tabúes. Se acerca a ella. ¡Es igual de hermosa que los tesoros que le procura Jacopo! El viejo anticuario ha traído al mundo una maravilla que eclipsa a las venus de sus colecciones. El emperador experimenta una tentación que no ha conocido nunca, que ninguna de sus mujeres imperiales, ninguna mujer jamás, ningún ser humano le ha inspirado. Catarina es dulce y tierna, dócil, siempre contenta con lo que se le da y sin buscar jamás apoderarse de nada. Obra de arte ella misma, ha crecido en medio de obras de arte, y no ocupa más lugar que ellas. Rodolfo prevé que después de gozarla, no irá a unirse al rebaño. Es única. Él ya ve, bajo los pesados pliegues de la falda virgen, redondearse el vientre, pero, lejos de sentirse afectado por la alteración de una belleza perfecta, experimenta un intenso júbilo. Más curioso todavía: él desea también la inocencia de Catarina, su pudor, su virtud. Todo lo que no aspira a recibir de la infanta.
Quiere a Catarina. Trata su sífilis untándose con ungüentos de mercurio, insidioso recuerdo de sus prácticas alquimistas en esos momentos íntimos en que intenta curar un mal que va a destruirlo hasta los huesos. El mercurio le provoca una enfermedad renal irreversible, pero que todavía no se manifiesta.
Mira a Catarina nuevamente. Si toca esa maravilla, siente la tibieza de un cuerpo humano, no la fría textura de la tela, del mármol o de la madera que tantas veces ha acariciado. Ese viejo Jacopo le ha ocultado la más radiante de sus posesiones, una belleza recién salida de la infancia, una mujer apenas florecida, blanca, rosada, sensual, que se abrirá en los brazos de un amante. El padre ha ocultado esa flor para hacerla aparecer mejor, llegado el momento. Con ella, el emperador poseerá una carne que representa sus sueños del eterno femenino.
El padre observa a su hija con tristeza: Su Majestad Imperial codicia un objeto perfecto, lo poseerá y lo apartará, etiquetado, en su justo lugar en sus galerías. Y cuando ya no use a una Catarina envejecida o deformada por una gravidez que la pequeña será incapaz de evitar, o cuando una boda imperial termine por concretarse, ¿qué destino le estará reservado?
El emperador tiene la costumbre de comprar cuadros y mármoles. Compra a Catarina. Todos conocen el precio de la belleza: el padre pasa a ser superintendente de las colecciones imperiales. A su muerte, Ottavio lo sustituirá.
Transportada la adquisición al castillo, el emperador toma posesión de ella, goza de ella, y confina a su amante, no al fondo de su harén, sino a aposentos de los que, como favorita, casi nunca sale. Es exactamente como Rodolfo la ha soñado: sumisa y pendiente de su placer, sin mezclarse jamás en sus asuntos, sin pedir siquiera que se la cuide cuando está enferma. Lo colma de felicidad. Es todo lo contrario de la infanta María, su madre, que ha intentado dirigir su vida.
Después de apartar a la mujer que debería haber desposado para asegurar la continuidad del imperio, Rodolfo se alegra de ser padre de un niño que no lo desposeerá de un trono sobre el cual no tendrá jamás ningún derecho. Sin contar con que un hijo tenido fuera de los circuitos tradicionales, que exigen el matrimonio consanguíneo como garantía de que el Estado será bien administrado, tiene algunas posibilidades de librarse de las taras familiares. No tendrá el imperio, pero evitará tal vez la mandíbula pesada, la melancolía, la hipocondría y la esquizofrenia hereditarias. El propio gran Carlos V, en su bastardo don Juan, el vencedor de Lepanto, tan bello y victorioso en plena juventud, tuvo a un ser mejor logrado que el fastidioso Felipe que reina en España. Catarina va a despertar a la vieja sangre de los Habsburgo, a rejuvenecerla, sanearla, quitarle sus miasmas, darle esa fuerza clara y franca que irriga su cuerpo, transmitir a sus vástagos su sólido vigor. Dará a Rodolfo hijos fuertes como plebeyos acunados por un emperador. Pobre ilusión que irá a reunirse a los pertrechos de los atanores de las decepciones.
El primer hijo de Rodolfo es un varón. Transportado de alegría, el emperador lo llama Julio César, don Giulio, don Julius, ese hijo despojado antes de su concepción.
Rodolfo tendrá seis hijos de Catarina, tres niñas y tres varones. Ella le procura placeres semejantes a los que ofrece la alquimia al adepto: es el polvo que Rodolfo deja secar antes de regarlo con su simiente para que engorde. Favorita titular, le sirve de simulacro de emperatriz, como los charlatanes simulan la transmutación de los viles metales en oro puro. Rodolfo puede exigir todo de ella, incluso el placer para gozar y para dar, lo que casi no habría podido reclamar a una emperatriz. Tal es la alianza de Rodolfo, que, parecida a la del azufre y el mercurio, prescinde de los curas.