El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 16 de 29

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El emperador de los alquimistas

Capítulo Dieciséis

 

El festín de Midas

 

Tadeas Hajek z Hajku, arquitecto de Rodolfo, está encargado de desenmascarar a los impostores que codician un puesto de alquimista imperial. Ante él, los timadores tienen que vérselas con un temible adversario. Él conoce los trucos que atrapan a los curiosos en las barracas de feria, y los de los sutiles manipuladores que engañan a los iniciados en sus castillos.

Antes de dejar operar a un candidato, pasa sus instrumentos por el cedazo. Suele encontrar crisoles y copelas trucadas, dobles fondos de arcilla conteniendo polvo de oro o de plata, espátulas ahuecadas llenas de polvo de oro y cerradas con cera y bastoncillos llenos de limadura de oro o de plata. Inspecciona hasta el carbón de los hornos, busca las balas de cañón agujereadas, rellenas como bollos de pastelería con limadura de oro, cubierto el orificio con cera negra bien espesa. Descubre aguafuertes traficadas a las que se les ha agregado oro, plata y plomo llenos de granalla de oro. Esas picardías, que hacen reaparecer el oro y la plata después de la calcinación en copelas, persuaden a los incautos de que la transmutación se ha logrado.

Cualquier manipulador experimentado puede hacer gran cantidad de trucos fáciles. Son ejercicios de química elemental. Si un timador expone una laminilla u «oropel» de cobre a vapores de arsénico, el metal puede confundirse con la plata. El farsante lo presenta entonces a los espectadores, ambientado en la decoración del laboratorio oscuro donde se enrojece el horno y prima la certeza de que se realizan actividades ilícitas; cita astutamente a Santo Tomás de Aquino, no la Suma Teológica sino el Tratado sobre la esencia de los metales: «Si proyectáis sobre el cobre arsénico blanco sublimado, veréis al cobre blanquearse. Si agregáis entonces una mitad de plata pura, transformaréis todo el cobre en plata verdadera».

Pero el objetivo de la transmutación es la fabricación del oro, no de la plata. Ingeniosos falsificadores pasan mercurio sobre el cobre, o tratan los oropeles de cobre con cadmio, hollín verdoso que se adhiere a las paredes interiores de los hornos y que los adeptos llaman tucía, y el resultado se asemeja al oro. Los más capaces colocan en un crisol cobre, que contiene un poco de agua, mercurio y vitriolo de cobre. La sal de cobre se disuelve, el hierro la reduce a estado metálico, el metal se combina con el mercurio y forma una amalgama espesa que toma el color y el aspecto del oro. El único riesgo es calentar demasiado la amalgama, porque se descompone.

Tadeo elimina a muchos timadores. Pero quedan algunos que se deslizan hasta el emperador.

 

Dentro del grupo que se encuentra en el castillo, dos de los más curiosos son el par de ingleses John Dee y Edward Kelley, que han eliminado a Scotto y su espejo mágico. Antes de llegar a Praga, han estado en Polonia, inquietante país de bisontes, de bosques oscuros, cuya corona ha rozado la cabeza de Ernesto, territorio objeto de la codicia de sus poderosos vecinos, antes de convertirse en terreno de todos los repartos.

John Dee o John Devus, nacido en Londres en 1527, comenzó su carrera en Mortlake, donde adquirió la reputación de un auténtico sabio. Astrólogo, también él utilizaba un espejo mágico, un globo de cuarzo ahumado con el que convocaba a los espíritus, su gran especialidad. Los curiosos comenzaron a afluir a Mortlake, atraídos por su fama, que llegó a oídos de la reina Isabel.

El 22 de noviembre de 1582, no es un allegado de la reina quien llama a su puerta, sino un individuo más que sospechoso, que viaja bajo un falso nombre y al que sus biógrafos califican de Jahrmarktsdoktor, doctor de feria, de impostor, de hipócrita, de charlatán aventurero que, según Josef Svatek «merece más un lugar en el Pitaval de Bohemia que en el panteón de los sabios de la era rodolfiana».

Talbot, nacido en Worcester en 1555, también llamado Edward Kelley, comienza a ser conocido en Lancaster, donde es sorprendido por falsificación de actas notariales. Los jueces lo condenan a que se le corten las orejas. El verdugo lo amputa. Con la cabeza envuelta en un enorme vendaje, la nariz ganchuda puesta en evidencia por la ausencia de orejas y con sus ojillos grises de rata, huye, cambia de nombre y se deja crecer el cabello para ocultar una cabeza digna de figurar en la galería de los monstruos rodolfianos. Yerra en esa Inglaterra tan dura para los pobres desgraciados, va de ciudad en ciudad, sigue a las ferias, vive del cuento, de pequeños trabajos y de limosnas.

El pordiosero de orejas cortadas, cabellos largos, gorros hundidos hasta los ojos, arrastra esa existencia miserable hasta el día en que, en una posada del país de Gales, oye contar la historia portentosa de un manuscrito y de dos ampollas, una que contenía un polvo rojo y la otra un polvo blanco, encontrados en la tumba de un monje hechicero. Kelley vislumbra la oportunidad y se procura ampollas y manuscrito. Pero el texto, que no estaba redactado en ningún lenguaje conocido, resulta indescifrable. Eso no desalienta al aventurero; todo lo contrario.

A los veintisiete años, está convencido de que ahora la suerte va estar de su lado. Pero si ella no ha cambiado todavía, él, astuto como un mono, la ayudará. Puesto que nadie puede descifrar su manuscrito, ésa es la prueba de que ha echado mano de un tesoro inestimable, ¿y qué tesoro puede descubrirse junto a los huesos de un monje hechicero, sino la fórmula de la piedra filosofal? Seguro de que su suerte está echada si encuentra el medio de comprender esos jeroglíficos de ultratumba, va a ver a John Dee.

El astrólogo de la reina, por entonces de cincuenta y cinco años, casado, padre de un hijo, Arthur, frecuenta a grandes señores y a espíritus selectos. Haría falta mucho más para intimidar a Talbot. Ya no tiene orejas, pero le sobra osadía, y Dee posee un espejo gracias al cual convoca a los espíritus y dialoga con los ángeles. Dee podría interrogar al monje difunto y obtener la traducción del galimatías. Tabot-Kelley trueca su personaje lamentable de vagabundo en busca de una fructuosa aventura, por el de un joven sabio que reclama el apoyo de otro mayor que él.

Lejos de despedir al hombre de las orejas cortadas, John Dee recibe a ese joven de veintiocho años y lo toma como asistente. Ahora son dos para practicar los exorcismos, conocer la ciencia de los ángeles, entregarse a operaciones de transmutación y conversar con los espíritus celestiales.

En junio de 1583, un prestigioso adepto, el palatino de Sieradz, Olbracht Laski, hace un alto en Mortlake, y un día en que los tres hombres se entregan a sus experiencias, un espíritu anuncia al polaco que, a la muerte de Esteban Bathory, él subirá al trono de los Jagellon. Transportado de felicidad, el palatino invita a los dos magos a Polonia. Dee apenas vacila. Con su familia —con Kelley y el palatino—, abandona Inglaterra, donde sin embargo prosperaba, para ir a Polonia donde le espera una mayor prosperidad.

Kelley se frota las manos. No se ha equivocado al ir a Mortlake. Su fortuna está ligada a la de Dee; son los ángeles anunciadores de un trono. Si Laski llega a ser rey, pueden esperar un porvenir deslumbrante.

El rey de Polonia, Esteban Bathory, gran amante de los horóscopos y la astrología, reclama a los ingleses. Su Majestad ignora naturalmente que los dos compinches han arreglado, un poco antes de la hora de su muerte, el problema siempre delicado de su sucesión. Dee y Kelley, que no pueden negarse a la convocatoria real, sudan frío. En una situación que podría resultar mortal, los mensajeros celestiales los sacan del apuro, se aparecen cortésmente a Su Majestad y le dan agradables seguridades.

Pero, para evitar abusar de la red de auxilio de las brigadas celestiales, los ingleses cierran su equipaje a toda prisa y se van a ese país de Jauja donde hay, más interesante que un rey amante de la astrología, un emperador alquimista.

Llegan a Praga en agosto de 1584.

Rodolfo los recibe con honores. Ambos compinches prosperan hasta el día en que los espíritus, que ellos siguen convocando con tanto fervor, tienen una laguna en su memoria y prometen el trono de Polonia a otro alquimista, Vilem z Rozmberka, señor de Krumlov y margrave del reino de Bohemia. Palatino y margrave se ven ahora ambos en el trono. Ninguno de los dos imagina que, cuando se abra la sucesión, Rodolfo intentará obtener la corona para uno de sus hermanos, y que no tienen posibilidades de ganarle a un archiduque. Se embarcan en un sueño sin fronteras entre lo imaginario y lo real. El milagro les parece accesible. Es verdad que en Krumlov la razón está ausente de un castillo tan extraordinario que incita a todo menos a la prudencia, surgiendo, como un esbozo de Victor Hugo, como un sueño descabellado, sobre su peñasco. Vilem ha transformado su dominio, uno de los más antiguos y poderosos de Bohemia, en una cumbre de la alquimia que compite con Praga. Allí reúne a taumaturgos, adivinos y destiladores. Los alambiques gorgotean, los adivinos predicen, los espíritus se manifiestan. Allí los ingleses se encuentran a sus anchas. Pululan bribones y estafadores.

El señor de Rozmberk ama la metamorfosis. Mientras sus alquimistas activan el fuego, él cambia una fortaleza medieval, tenebrosa y lúgubre, en una morada del Renacimiento. Los trabajos le resultan tan ruinosos que espera ansiosamente el oro de la transmutación en las copelas. Como no consigue nada, un mago le reclama ochenta florines de oro para hacerlos brotar en el jardín. Es una buena fortuna, aun para un Rozmberk, pero los astros son formales: un florín de más, y sobre todo uno de menos, comprometerían la empresa. Vilem da los florines, el mago los planta y, para facilitar la germinación, los riega con una mixtura de su fabricación. Un niño podría haber predicho el fin de la historia, pero no Vilem, enardecido por su locura espagírica, que considera los metales como organismos vivos capaces de crecer, y que, loco de impaciencia, se estremece al borde del milagro, esperando la germinación. Aguarda durante demasiado tiempo y, una noche, el cultivador de los florines desentierra el dinero escondido y desaparece.

Ya que el oro se empeña en no germinar, Rozmberk pone a John Dee en el laboratorio, con la orden de buscar la piedra filosofal por su exclusiva cuenta.

 

Rodolfo también quiere la piedra, y para él solo. Reclama a Dee y a Kelley.

La presencia de los ingleses, sobre todo la de John Dee, en el entorno del emperador, provoca vigorosas protestas. En Bohemia, el nuncio y los católicos se inquietan. En Roma, el Papa se alarma. Dee es sospechoso de dedicarse a la nigromancia y de mantener tratos con Satanás. Rodolfo no se arriesga a defender una reputación y actividades indefendibles, y, como un niño, opta por el partido más simple para tener paz: finge desterrar al astrólogo, se despide públicamente de él, y lo oculta en el castillo de Trebon con la orden de proseguir sus investigaciones.

Rodolfo no tiene ninguna intención de echar al hombre que le ha ofrecido una piedra mágica, gracias a la cual él entra en comunicación con los espíritus y pasa noches enteras convocando a desaparecidos, sus antepasados, sus parientes, sus amigos y algunos de sus enemigos, para aprender de ellos el futuro, violando muy antiguas prohibiciones que se remontan a la ley de Moisés, arguyendo que esa práctica existía entre los hebreos, que se encuentra también entre los griegos, donde el encantamiento se hacía con huesos, aceite, harina, miel, sangre, donde se realizaba una comida en común entre vivos y difuntos. Pero el cristianismo prohíbe esas acciones, la Edad Media las persiguió, el Papa las reprueba. El emperador del Sacro Imperio no debería siquiera pensar en entregarse a ellas.

Otros rumores circulan sobre John Dee, probablemente un agente de la reina Isabel de Inglaterra, encargado de debilitar a la poderosa Casa de los Habsburgo, y que ha hecho de Rodolfo un perfecto nigromante.

Dee se oculta en Trebon. Kelley lo visita. La ciudad, circundada por murallas, con su larga plaza central, su iglesia, sus calles de pequeñas casas pintadas, acoge gustosa a los alquimistas. Allí se respira una falsa paz, una inquietante dulzura y una atmósfera que recuerda a la de la callejuela del Oro. Un alegre río corre a lo largo de las murallas y, de pronto, se vuelve tenebroso. Largas algas oscuras se agitan en los remolinos, donde una piedra sumergida hace muecas debajo de la espuma. Trebon es la imagen de ese río, clara y oscura a la vez, inquietante, propicia para los alquimistas.

Durante las visitas de Kelley, ambos discuten sobre sus trabajos y gozan de la campiña. Pasean por los alrededores, pescan la carpa nacional en las lagunas, las más grandes de Bohemia, y cazan en los bosques poblados de animales, hasta el día en que, al regresar de uno de sus paseos, un cochero ebrio los precipita a un barranco, a menos que el cochero hubiese sido pagado para liberar a Bohemia de estos ingleses, a los que fue muy difícil extraer del barranco.

 

En 1586, muere Esteban Bathory, el rey de Polonia.

El archiduque Maximiliano, tercer hermano de Rodolfo, de veintiocho años entonces, propone su candidatura. Teóricamente apoyado por el Papa y el emperador, no podría perder el trono. Pero Rodolfo es tan celoso del poder, que la perspectiva de ver reinar a su hermano le inspira más desconfianza que satisfacción. En cuanto al apoyo del papa, Sixto V, es muy ilusorio, pues Antonio Possevino, que dirige la política exterior de la Santa Sede, desconfía del hermano de un emperador nigromante. La tibieza de Rodolfo en apoyar a su hermano alienta al jesuita a proponer un candidato que le inspira más confianza: el príncipe sueco Segismundo Vasa, sobrino del último Jagellon.

Es así como, al término de negociaciones secretas y tortuosas, el 19 de febrero de 1587, Segismundo es elegido por mayoría.

Tres días más tarde, Maximiliano es elegido rey por minoría.

Rodolfo se halla todavía bajo el impacto de esa doble elección desastrosa que amenaza la paz, cuando llega la noticia de que Zamoiski, canciller y mariscal de la Corona, ha hecho prisionero a Maximiliano. Rodolfo tiene conciencia de que, a través de su hermano, Zamoiski lo ataca a él y busca quebrantar su autoridad. Experimenta una humillación más violenta todavía que cuando la hazaña de Matías en los Países Bajos y siente de una manera más hiriente la afrenta hecha a la persona imperial. Hace saber a los polacos y al Papa que hará todo lo necesario para liberar a su hermano. Después de mostrar así los dientes, cuando oye murmurar que las actividades de John Dee tal vez no sean ajenas a la confusión que reina en Polonia y a la pérdida del trono que la Casa de Austria sufre de generación en generación, el león de Bohemia hace oídos sordos.

Entonces Dee toma una decisión aparentemente inexplicable: se marcha. Sin embargo, no tiene que temer venganza alguna de los dos postulantes a quienes prometió el trono polaco. Laski está lejos y Rozmberk, que sueña con conquistas más apasionantes que un trono, sólo alimenta el deseo de llevárselo con él, a Krumlov. En el momento en que el emperador y el más poderoso gran señor de Bohemia se disputan el privilegio de mimarlo, Dee se va.

Aparentemente, es una locura para él regresar a Inglaterra, donde se sospecha que practica brujería y donde el populacho ha quemado su casa y su biblioteca. A los sesenta años, cuando puede elegir entre varios castillos de Bohemia, prefiere un montón de escombros en Inglaterra. Hay que pensar que tuvo buenas razones para volver, a pesar de todo, a encontrar sus bienes convertidos en cenizas y a enfrentarse a compatriotas hostiles.

Nada lo persuade de quedarse. Tiene una familia que proteger y teme al emperador porque el asunto polaco sigue de mal en peor. Maximiliano no es liberado, y en Praga circulan persistentes rumores sobre el papel desempeñado por Dee, agente de Isabel de Inglaterra, en el fracaso de los Habsburgo en su intento de conquistar la corona polaca que, esta vez, parecía no poder escapárseles.

El emperador no tiene en cuenta esos rumores porque él espera otra cosa. Quiere el oro y el elixir de la longevidad. Es paciente, en la esperanza de detentar un día esos dos poderes, que lo convertirán en el amo del mundo. A quien le procure ese poder, él le perdonará todo, incluso el espionaje para una potencia extranjera.

Pero Dee, que no ha logrado la transmutación y no cree que la logrará pronto, encuentra peligroso continuar hostigando al león, aunque no sea más que a través de los barrotes de la jaula. Un zarpazo, y la fiera le cortará la cabeza. En Praga hay prisiones, mazmorras en las torres de las murallas, caballetes donde se tortura y patíbulos donde se balancean los alquimistas traidores. Nada hace reconsiderar su decisión al viejo espiritista. No sólo se pone en camino, sino que aconseja a Kelley hacer otro tanto.

 

Kelley se queda. Desde 1586, fecha del destierro de John Dee a Tremon, ya casi no abandona la capital, a pesar de las instancias de Vilem z Rozmberka, privado ya de uno de sus magos ingleses. Pero el hombre de las orejas cortadas encuentra más provechoso servir al emperador que al señor de Krumlov, dado que desde la partida de su compinche él goza solo de sus favores.

A los treinta y un años, mimado por la fortuna, tiene la impresión de que el mundo le pertenece porque se cree capaz de descubrir sus secretos. ¿Por qué habría de dudar de sí mismo, cuando el monarca más grande lo halaga y lo enriquece? Kelley se hace indispensable cuidando al emperador, quien, exasperado por el encarcelamiento de su hermano, se muestra de un humor más extraño y variable que de costumbre. Kelley le administra ruibarbo. Aliviado por una prescripción al menos inofensiva, Rodolfo, en el límite de su paciencia, exige algo más.

Kelley ya no tiene opción. Intenta una transmutación. En el laboratorio, el fuego lanza una luz rojiza sobre los recipientes de formas extrañas, frascos cuyo cuello se enrosca sobre sí mismo como el de una serpiente, tubos y vasos sin pie, hornos circulares coronados por tapas convexas, pinzas, que hacen pensar en la conjugación de las torturas y del amor.

Rodolfo, con la frente perlada de gotitas de sudor, mira brillar, en la penumbra púrpura, esas formas que evocan interminables copulaciones. Probetas que representan sexos masculinos de todas las dimensiones, globos de vidrio relucientes como vientres distendidos, copelas redondeadas como senos hinchados. Al resplandor de los guiños del hogar donde Kelley activa el fuego, los recipientes parecen entregarse a gesticulaciones lascivas: torsiones de caderas, contracciones, brazos que se enlazan, se buscan, se anudan, penetración de órganos genitales femeninos por sexos ardientes, incansable emanación de simiente puntuada por gorgoteos de placer y suspiros de éxtasis. ¿Cómo Arcimboldo desdeñó este tema? Él, que pintaba al Bibliotecario y al Jurista, ¿no pensó en el alquimista? ¿No tuvo deseos de componer un rostro fantástico con retortas y probetas, o tuvo miedo del tema y lo consideró inabordable?

En el centro del laboratorio, el atanor, el horno circular, cuyo hogar debe proporcionar cuatro gradaciones de calor: la primera, por debajo de la ebullición del agua; la segunda, entre la ebullición del agua y la fusión del azufre; la tercera, inferior a la fusión del estaño; la cuarta, en el límite de la fusión del plomo.

Sobre el hogar, el horno, cuyas paredes cerradas por cristales permiten ver lo que se gesta en su interior, está coronado por tres salientes triangulares que sostienen la copela cubierta con su mufla y el huevo filosofal; el matraz, globo de vidrio sin pie terminado en un largo tubo abierto llamado pelícano; alambique del que salen dos boquillas opuestas que vuelven a entrar lateralmente en el recipiente inferior, de modo que el líquido que se pone allí circula constantemente. En el huevo se prepara la mezcla que debe trascender en piedra filosofal. En la parte alta del atanor, el reverbero, cúpula de vidrio opaco, muy grueso, refleja el calor sobre la materia que se debe calentar.

El emperador sigue el trabajo del alquimista. La fiebre de la excitación da lugar al opresivo silencio de la espera de un milagro programado. Sólo se oye el crepitar del fuego.

Kelley, con el rostro iluminado de rojo, ha depositado sobre el atanor un recipiente de cobre con agua. Vierte en él dos saquitos de polvo, los jugos de las plantas lunares. Mientras se calienta la mezcla, él toma dos frascos. Inclina el primero, que contiene mercurio filosofal, hacia el segundo, lleno de agua magna transparente. Algunas gotas de mercurio caen en el agua, que se enturbia y adquiere el color del anís mezclado con agua. En el horno, los jugos de las plantas lunares tiemblan en su recipiente de cobre. Kelley mezcla las dos preparaciones. Al primer hervor, las retira del fuego.

Rodolfo le tiende una vasija de cobre llena de agua fría. Kelley vierte en ella su preparación y la hace evaporar hasta que obtiene un residuo parduzco: el polvo de proyección que deberá exponer al sol; pero, como Su Majestad Imperial no tiene tiempo de esperar, el alquimista, temeroso de producir plata en vez de oro, la seca sobre el atanor.

Rodolfo observa ese lodo pardo que le procurará, tal vez, lingotes.

El lodo se seca y se convierte en polvo. Kelley lo aparta, toma un trozo de plomo, lo deposita en un crisol y lo funde lentamente. Luego vierte una gota del aceite de sol, licor rojizo que conserva en un frasquito, y una pizca del polvo pardo que ha preparado un momento antes. Cubre el crisol con una copela llena de carbones encendidos, se enjuga el rostro y se vuelve hacia el emperador. Durante una hora, hay que mantener el fuego, y esperar.

Una hora, en la cual un sueño de riqueza y de poder ilimitado gorgotea en el atanor. Rodolfo se ve como el monarca más afortunado del universo, más rico que Carlos V en el momento de la conquista del Nuevo Mundo y del descubrimiento de los fabulosos tesoros de los incas, más poderoso que ningún emperador antes que él. Ya nunca más necesitará convocar la Dieta para obtener el permiso de cobrar impuestos. Reconciliará a sus súbditos fratricidas. Sus pueblos conocerán un bienestar que hará del imperio un nuevo Edén. Las artes brillarán como nunca desde la Antigüedad. Y mientras olvida al rey Midas muriendo de hambre ante un festín de oro, Kelley no mide la amplitud del sueño de Rodolfo.

Un sueño de emperador.

Kelley no puede imaginar nada igual. Pero si él es capaz de fabricar la piedra filosofal, posee un poder que supera al del monarca. Se crea entre ambos hombres, uno de los cuales es una nulidad, y el otro el emperador romano, una extraña inversión de poderes. La nulidad no comprende que se está arriesgando a pagar con su vida una decepción imperial. Delante del atanor, Rodolfo, con el rostro tenso en la misma espera que el alquimista, los ojos achicados por la misma pasión, tiene el pecho oprimido por la misma desmesurada esperanza.

Al cabo de una hora, Kelley retira la copela llena de carbones encendidos y revuelve la preparación con un sarmiento de vid. La pasta se ablanda. El polvo de proyección y el aceite de sol han fijado el metal. Kelley continúa revolviendo.

Rodolfo, con la cara manchada de rojo, siente correr gotas por las arrugas marcadas a lo largo de sus mejillas, en las comisuras de la boca.

Cuando Kelley, con la muñeca dolorida y la mano acalambrada, revuelve en el vacío, se apodera de unas pinzas, toma el crisol y lo deposita sobre una piedra. En el fondo del crisol, brilla un licor, como de oro. Kelley olvida sus orejas cortadas y echa hacia atrás sus cabellos empapados.

Con sudor en los ojos, el emperador ve montañas de oro levantándose hasta el cielo. En el fondo del crisol, el licor se espesa, se coagula, se endurece. Rodolfo toma las pinzas, extrae una porción todavía candente y la examina. Es oro.

 

Rodolfo colma al inglés de obsequios y de honores. Lo nombra consejero imperial y en 1588 lo hace caballero de Bohemia, rytir z Imany, pues él afirma descender de gentileshombres irlandeses. Dos años apenas después de la partida de John Dee, su favor sigue creciendo. El señor de Rozmberk, que se obstina en disputárselo al emperador, le ofrece dos feudos cerca de Jilové.

Ahora que posee tierras y aldeas, y que ha desposado a una rica heredera a la que no asustan los ojillos relucientes ni las cicatrices que marcan el emplazamiento de las orejas, Kelley compra un molino, algunas casas, y adquiere el monopolio de los víveres en la región. Nunca satisfecho, nunca saciado, siempre ávido, especula despiadadamente con los precios y se hace odiar por los campesinos y los habitantes de los pueblos, a los que reduce a la miseria.

Adquiere dos casas en Praga, en la ciudad nueva. Una de las dos, situada en uno de los lugares satánicos de Praga, Dobyci trh, el Mercado del Ganado, se llena inmediatamente de leyendas. Dobyci trh es el barrio de los patíbulos. Los sótanos inspiran terror; la gente los imagina poblados de prisiones secretas, de antros de conjuros y suplicios, de sepulturas de enterrados vivos.

Una de las dos casas es la de Fausto, la Faustuv Dum. En cuanto Kelley se instala en ella, proliferan las leyendas, mostrando al sabio checo, experto en magia negra, sobrevolando Europa a horcajadas de la grupa de Mefistófeles convertido en caballo alado.

En su triunfante treintena, el imprudente no se da cuenta de que su fortuna crece demasiado rápido, de que el emperador, seducido por una transmutación, aguarda otras maravillas de su arte, que éstas tardan, y que es peligroso hacer esperar demasiado a un emperador. Desde luego, Rodolfo es imaginativo, mas cabalga mucho tiempo sobre sus propias quimeras. Kelley lo ha hecho soñar delante de una copela llena de briznas de oro. Eso no era más que una muestra. Su Majestad Imperial cuenta ahora con poseer oro, pero oro en profusión y la inmortalidad, mientras que Kelley, persuadido de que ha conquistado su favor hasta el fin de sus días, se imagina por encima de las leyes y ya no se toma el trabajo de respetarlas.

En 1591, el año en que Rodolfo recibe el Vertumne de Giuseppe Arcimboldo, Kelley mata en duelo a Jiri Hunkler. Los duelos están prohibidos, so pena de muerte. Rodolfo recuerda que Hunkler es un cortesano de origen noble, descendiente de una antigua familia, desde tiempo atrás conocido y asiduo concurrente del castillo, y Kelley, aventurero desvergonzado, espía de la reina Isabel, ha hartado la mansedumbre imperial. El emperador promulga una orden de arresto.

Enfrentado a un drama que sus espíritus no le han anunciado y que él no tuvo la prudencia de prever, Kelley actúa con unos reflejos que creía olvidados: se precipita a un carruaje, sin hacerse ilusiones ni perder el tiempo en reflexionar. Huye. Parte a Krumlov, fortaleza erigida sobre un espolón por encima del río de aguas turbulentas que domina una aldea de pequeñas casas; Krumlov, el castillo infranqueable, con sus sótanos que se hunden en las entrañas de la tierra, que se multiplican en laberintos; Krumlov, donde se esconderá al abrigo de las persecuciones de la justicia imperial.

Allí será recibido con los brazos abiertos por el señor de Rozmberk y proseguirá sus investigaciones en los subterráneos, donde nadie lo encontrará. Doce pisos de sótanos donde se guarda el vino en toneles y se ponen a madurar los quesos; doce pisos de cavernas, de pasadizos, de tragaluces, de grutas, de antros, húmedos tal vez pero muy seguros, que ofrecen un espacio desmesurado en el cual él montará sus laboratorios.

Asomado a la portezuela, ordena al cochero apurar a los caballos. El látigo vuela. El fugitivo ya imagina la torre de Krumlov, erguida por encima de las murallas medievales como un clavo apuntando al cielo, los patios cerrados por muros, como puños apretados para defenderlo, el tercer patio, con sus pinturas a la italiana, amarillas y negras, su atmósfera angustiosa, cargada de inquietud y de terror.

Hay una posta en Sobeslav donde hacen alto para cambiar los caballos. Kelley desciende del carruaje y apremia a sus servidores, cuando ve llegar a los soldados. Desenvaina la espada, pero sucumbe ante su número.

Encarcelado en una celda de la torre Chuderka, en Krivoklat, golpea la puerta con sus puños, grita, patalea, hace todo el ruido posible y anuncia a sus carceleros que va a morir sin revelar sus secretos. Comienza una huelga de hambre total y llega a tal estado de debilidad, postrado en su camastro del que ya no tiene fuerzas para levantarse, que el alcaide de la prisión ordena avisar al emperador. El emperador envía a un médico. El médico fuerza al alquimista a alimentarse, pero no puede obligarlo a revelar sus secretos. El silencio representa la única posibilidad de Kelley. Mientras el emperador crea que sabe más de lo que quiere decir, no lo hará matar.

En efecto, el emperador no ordena ejecutarlo. Pero cuando Vilem de Rozmberk le solicita suavizar la suerte de un prisionero que tanto les interesa a ambos, Rodolfo, molesto por ese intento de influir en su conducta, ordena someter al alquimista al suplicio y arrancarle sus secretos.

En la España de su juventud, vio a los inquisidores torturar para extirpar la herejía; él, por su parte, tortura para arrancar los secretos del diablo, y, en su cólera por no obtenerlos, embarga la fortuna de Kelley. Los dos comisarios imperiales encargados de administrarla, roban hasta tal punto que su mujer se endeuda para alimentar a sus hijos.

Kelley se pudre en la cárcel dos años y medio. Todavía no se anuncia su proceso. Ya no puede esperar nada de Rodolfo: ni juicio ni gracia. Corrompe al guardián, fabrica una cuerda y, por la noche, se desliza a lo largo de la torre. La cuerda se rompe. Por la mañana descubren al prisionero desmayado, con una pierna fracturada por varias partes.

Rodolfo autoriza a la señora Edward Kelley a transportar al herido a Praga. Es demasiado tarde para salvarle la pierna. Las heridas están negras y la carne infectada. La gangrena se extiende. El cirujano corta la pierna y le pone una de madera. Rodolfo le restituye entonces, el resto de sus bienes, pero no le concede ni ayuda ni cargo alguno. En vez de admitir que la suerte le ha vuelto la espalda definitivamente y escapar con su pierna de palo, aun sin un céntimo, arrastrando a su mujer e hijos, para huir lo más rápidamente y lo más lejos posible, Kelley se queda. Alimenta la ilusión suicida de que puede volver a obtener gracia, a pesar de que ya no es recibido en el castillo, que el único protector que nunca lo abandonó, Vilem z Rozmberka ha partido a un mundo mejor en 1592, y que el heredero de Krumlov prefiere dilapidar su fortuna con mujeres, preferentemente exóticas, antes que con alquimistas. Para evitar las persecuciones y pagar sus deudas, Kelley vende el resto de sus bienes y su mujer se separa de sus últimas joyas. No basta. Quedan varios acreedores que satisfacer. Kelley es encerrado en el castillo de Most. Aleccionado por su primera permanencia en prisión, Kelley redacta para Rodolfo un tratado sobre la piedra filosofal: De lapide philosophorum, y se lo hace enviar con una carta en la que se proclama inocente.

El emperador no le responde.

En el verano de 1597, seis años después del primer encarcelamiento, la mujer de Kelley va a defender al castillo la causa de su marido. El emperador no la recibe. Un odioso chambelán amenaza a la desdichada con detenerla como cómplice y quitarle a sus hijos. Kelley decide huir nuevamente. No pudo hacerlo con dos piernas; con una sola repite su intento y todo ocurre como la primera vez. El problema es siempre la cuerda. Se rompe. La pierna de palo se hace astillas; la sana se fractura. Se encuentra al herido al alba y se le conduce nuevamente a su celda. Pero él ha previsto el fracaso y ha organizado su salida. Su mujer le ha procurado un veneno fulminante con el que se mata el 1 de noviembre de 1597, a los cuarenta y dos años.

 

De regreso en Mortlake, John Dee fue protegido al principio por la reina Isabel. A su muerte en 1603, Jacobo I, hijo de María Estuardo, le sucederá en el trono. El nuevo soberano no se interesó por los trabajos del mago. Los espíritus aconsejaron a Dee que partiera nuevamente. Tenía setenta años y se aprestaba a seguir esos consejos cuando murió, en 1607.

Tuvo tiempo de enterarse del fin lamentable de Kelley. Ninguno de los dos ingleses, mejores espías para Inglaterra que videntes de su propio futuro, supo predecir su propia muerte.