El emperador de los alquimistas
Capítulo Doce
El moscovita
Puesto que los turcos asolan los países limítrofes, el emperador convoca a la Dieta imperial en Augsburgo para obtener la renovación del impuesto sobre la defensa del territorio. Es la primera Dieta que reúne. Los curiosos se amontonan. Las posadas se llenan. La nobleza acude a la ciudad y los embajadores llegan unos tras otros. Uno de ellos provoca una viva curiosidad: un moscovita, extraño personaje.
Rodolfo nunca ha soportado el barullo y el tumulto. Desde su enfermedad, esa aprensión ha adquirido un carácter patológico; dicta una ordenanza que invita a los habitantes a mostrarse «afables y gratos» con los extranjeros, pero los insta a evitar cánticos, gritos y todo ruido que pudiera incomodar a los visitantes. Que se diviertan en silencio.
El 27 de junio de 1582, el emperador hace su entrada solemne en Augsburgo. El 12 de julio, después de la misa y de la procesión, inaugura la Dieta. El obispo de Wurzburg se refiere a los peligros que hacen correr a la patria alemana, los infieles que hostigan las fronteras y, en nombre del emperador, reclama los medios para proteger el imperio.
Entonces, comienzan esas transacciones que Rodolfo encuentra insoportables, no sin razón, y que debió padecer toda su vida. Como su padre y sus abuelos lo hicieron antes que él, se sirve de los católicos contra los protestantes, después de los protestantes contra los católicos, pero, a medida que pasen los años, va a encontrarse en la peligrosa situación de un equilibrista haciendo cabriolas sobre la cuerda tensa, tratando de mantener un equilibrio siempre precario. No es libre de actuar como él piensa; depende de la buena voluntad de los príncipes electores y sólo conserva la paz al precio de negociaciones permanentes, arrancando a unos y a otros los apoyos indispensables para poder gobernar, prometiendo sin cesar, pero negándose a confirmar sus promesas por escrito, siguiendo al pie de la letra la política de Maximiliano, hasta que el castillo de naipes se derrumbe.
Por el momento, los príncipes electores protestantes negocian sus votos. Pero varios obispados ya han pasado a la Reforma; que otro se convierta también y serán mayoría. Aterrorizados por esa perspectiva, los católicos se niegan a cederles nada. Los protestantes bloquean la negociación. A ellos no les aflige una invasión turca. Si Dios la permite, es para castigar a la Iglesia de Roma, que lo merece. Rodolfo replica que, si se deja entrar a los turcos en el imperio, éstos no harán diferencia alguna: violarán, degollarán, incendiarán a católicos y a protestantes. Conmovido por esos argumentos, el elector de Sajonia vota los créditos militares con los católicos.
El emperador puede ahora apasionarse por la controversia que agita a la Dieta. Ya no se trata de molestas necesidades, sino del paso del tiempo.
El cardenal Madruzzo, legado del papa Gregorio XIII, propone modificar el calendario, incongruencia que provoca tumultuosas reacciones. El prelado responde con un breve historial seguido de un curso de astronomía.
El calendario se remonta a Julio César. Pero el siglo XVI ha aprendido a medir el tiempo con más precisión que la Antigüedad. Existe, pues, una diferencia entre la posición del sol y la medida oficial del tiempo. Esa diferencia se acentúa con el correr de los siglos y, si no se rectifica el calendario juliano, Navidad va a caer en julio. Su Santidad, aconsejada por su astrónomo Lilio, se propone retrasar en diez días el calendario en uso, para adecuarlo a los términos solares.
Esta propuesta desata una tempestad de furor y de burlas. Los pesimistas encuentran inútil perturbar el tiempo en un mundo condenado a un inminente apocalipsis. Los protestantes declaran que esa innovación blasfema aporta una nueva confirmación de que el Papa es el Anticristo, de lo que hace mucho tiempo están convencidos. Afirman que ninguna de sus iglesias soportará semejante dictadura: un calendario que convenía al gran Julio César los satisface por completo. Hasta el elector de Sajonia apoya esa idea.
El moscovita no dice nada. En su país, no se tiene muy buena opinión de los papas que predicaron la cruzada contra los ortodoxos y lanzaron a los caballeros teutónicos al asalto de la Rusia de Alejandro Nevsky. Los rusos miden el tiempo
como ellos piensan que debe ser medido[28].
Cautivado por una discusión que debate problemas cósmicos, y no esos horrores que impulsan a los cristianos a matarse mutuamente desde que un monje rompió sus votos y desposó a la monja Catharina von Bora, de gorda cara redonda y común, nariz como una patata, a juzgar por el retrato de Lucas Cranach conservado en el Museo Poldi Pezzoli de Milán, Rodolfo examina los argumentos del legado. Es cuestión de penetrar en los secretos del cosmos, de ponerse de acuerdo con los ciclos de los planetas.
Rodolfo, que se considera un monarca solar, sabe que ese astro desempeña un papel determinante en la búsqueda alquímica. Por otra parte, tiene conciencia de que tocar el tiempo, la hora o el calendario, es tocar a la muerte. Por eso el debate es tan violento. ¿Pero por qué los protestantes mezclan con un simple cálculo matemático imprecaciones religiosas? ¿De dónde viene esa confusión? El Papa no es el Anticristo porque sepa medir el tiempo. ¿Por qué razón cálculos, aun tan complejos, pueden provocar semejante motín? ¿Cómo personas, que no son tontas, razonan de una manera obtusa?
Ante el estupor general, y para alegría del nuncio, el emperador declara que el funcionamiento de los astros no tiene relación alguna con las querellas religiosas que preocupan a sus súbditos y que el calendario del Papa es el correcto. Los católicos que, como los protestantes, tampoco comprenden nada, lo adoptan porque es del Papa. Por la misma razón, los protestantes declaran que por nada del mundo lo adoptarán.
La tercera cuestión planteada en esa Dieta, probablemente la más decisiva para el porvenir del imperio, es la petición del moscovita, Chevreguin.
No es la primera vez que Rodolfo recibe a una delegación rusa. Ya hizo oídos sordos cuando el zar Iván IV, el Terrible, que buscaba aliados contra sus tres enemigos tradicionales, Polonia, Lituania y Suecia, le envió a embajadores para estudiar un reparto de Polonia. Esta vez, Iván ofrece una alianza contra el enemigo común turco-tártaro, en momentos en que Rodolfo acaba de obtener los medios para iniciar una acción militar contra los turcos.
En esa época, dos años antes de su muerte, Iván tiene cincuenta y dos años.
Treinta años antes, vencedor de la Horda de Oro, puso fin al dominio tártaro en Rusia apoderándose de Kazán, último bastión de los kanes. La propuesta del zar es espléndida. Rodolfo vacila; está en su carácter hacerlo.
Precipitar a los cristianos contra el infiel constituye evidentemente la única posibilidad de unir a católicos y protestantes en un combate común, y tal vez hasta de unirse con los ortodoxos. Ganada o perdida, vale más lanzar al Sacro Imperio a una cruzada que dejar que la lepra lo pudra. Sin contar con que combatir al Turco permitirá a Rodolfo liberarse de la humillante obligación del tributo. Los rusos lo pagaron a los tártaros, desde Alejandro Nevsky hasta Iván III, que rompió el último yarlik de los kanes. Rusia se ha liberado de un yugo que el imperio de los Habsburgo soporta todavía. Rodolfo tiene la posibilidad de convertirse, con Iván, en unificador de la cristiandad. Donde los papas fracasaron, el zar de la santa Rusia y el sacro emperador pueden triunfar, y el anciano zar imagina que la aventura es digna del joven emperador.
Pero Rodolfo, impresionado por la amplitud de la empresa, se acobarda. No tiene la costumbre de las perspectivas rusas; lo acomete el vértigo ante la inmensidad de la visión de Iván. Un acceso de melancolía lo mina, una inercia mortífera anula en él toda veleidad de acción, dado que ha elaborado otro proyecto en el mayor secreto. Aliarse al zar en esos momentos significaría renunciar a ese propósito confidencial, elegir el combate y alejarse, tal vez de manera definitiva, de los alambiques y de las brumosas especulaciones intelectuales, filosóficas, religiosas y cabalísticas a las que sueña dedicarse, él, poco tentado por las perspectivas guerreras.
Chevreguin espera una respuesta favorable. El emperador aguarda para anunciar que ha resuelto no decidir nada. No es que carezca de curiosidad por Rusia, su zar, su embajador; todo lo contrario. Pero, al informarse ante el moscovita, que le trae fabulosos obsequios, descubre nuevos motivos de inquietud. La santa Rusia es ortodoxa, poblada por otra variedad de cristianos. Chevreguin está rodeado de sacerdotes de pobladas barbas que celebran deslumbrantes liturgias, besan iconos, arremolinan incienso, pronuncian con la boca, los labios, la lengua y todo el cuerpo, las palabras sagradas de un Dios llameante y atronador, que de pronto pueden convertirse en fuente de una dulzura y una ternura desgarradoras.
El embajador asegura que el clero ruso es más fiel que Roma a la tradición de la Iglesia y de los Padres. Varios años antes de hacerse explicar los misterios de la Cábala por el rabino de Praga Jehuda Löw bon Betsalel, rabí Löw, Rodolfo descubre
la ortodoxia[29]. Aprende que un papa del siglo IX, Nicolás I, exigió la preeminencia sobre los patriarcas, que dio al papado su forma monárquica, que lo convirtió en una potencia temporal, y que alteró, por primera vez, el funcionamiento de la Iglesia de Cristo. Dos siglos más tarde, habiendo modificado Roma el texto consagrado del Credo y reafirmado los patriarcas su indefectible fidelidad a la Iglesia original, las dos Iglesias se lanzaron mutuamente el anatema. La cristiandad se separaba por primera vez. Y si, después del cisma de 1054, la Iglesia de Oriente sigue unificada, la de Occidente no cesa de fragmentarse.
Rodolfo descubre perspectivas inextricables. No se puede cambiar nada en la palabra de Dios, afirman los católicos a los protestantes, pero el embajador parece decir: ¿no sois vosotros, los católicos, los primeros reformadores de la ortodoxia, los modificadores de una palabra que no puede reformarse? ¿No habéis hecho, en el siglo IX, lo que los protestantes hicieron en el XV? Se despierta la desconfianza de Rodolfo. Los ortodoxos pueden traerle nuevas complicaciones.
Sin contar con que una cruzada provocaría un derramamiento de sangre. Pero esa sangre correrá, se derramará de todos modos y manará a torrentes después de Rodolfo, vaciando sus Estados a la mitad de su población. Al aplazar el derramamiento de sangre, Rodolfo dejó progresar la podredumbre, y su imperio se desgranará después de él como un hormiguero abandonado al que se le da un puntapié. La cruzada contra los turcos-tártaros era la amputación para evitar la proliferación del mal. Pero Rodolfo no ve el futuro. No tiene la menor idea de lo que será la generación siguiente y poco le importa, porque le da miedo desde que una predicción le anunció que sería derrocado del trono por su heredero legítimo. A la inversa de los grandes monarcas que construyen para la posteridad, sólo quiere tener bastardos, sin derecho alguno a pretender su sucesión, y él, apasionado por la historia romana, se asombra de que Agripina respondiera cuando le anunciaron que Nerón la asesinaría: «¡Que me mate, pero que reine!». Rodolfo desea todo lo contrario: anular la generación siguiente que lo amenaza.
Es el Papa quien se interesa en la propuesta del zar. Gregorio XIII piensa que dar su nombre al nuevo calendario es una hermosa manera de perdurar a través de los siglos, pero que existen otras. Su Santidad contempla sin disgusto la perspectiva de una guerra contra el Islam, pues está lejos el tiempo en que sus predecesores lanzaban la cruzada perpetua contra la ortodoxia. Y el estandarte de la cristiandad se llena de polvo en los armarios mientras que el Islam gana terreno.
Gregorio no ignora los abominables relatos que circulan sobre Iván el Terrible, narrados en la biografía de Guagnini El Ogro Moscovita. El Papa no tiene indulgencia para los pecados que no la merecen, pero la crueldad es el defecto de la época, de todas las épocas tal vez, y, en cuanto a masacres, católicos y protestantes las realizan alegremente. Sin ir hasta Moscovia, en Occidente también se asan niños en parrillas, se viola, se degüella, se ahorca, se descuartiza, se clava al enemigo en picas. El propio Gregorio iluminó Roma al anuncio de la noche de San Bartolomé. Pensándolo bien, ¿no es eso peor que las acciones de ese zar que, desde hace más de treinta años, se afirma como el soberano más grande de Europa Oriental?
En Iván IV, el bien y el mal se enfrentan constantemente. El zar es un mal cristiano, un cristiano maldito quizá. Pero un cristiano. Jefe de los ortodoxos, «el servidor de Dios Iván», antes de partir a luchar contra Kazán, oró ante el icono de Rubloff en el monasterio de la Trinidad San Sergio. Obtuvo la victoria el sábado 1 de octubre, día de la Intercesión de la Virgen. En honor de esa victoria sobre la Horda de Oro, hizo construir en la Plaza Roja de Moscú la catedral de la Intercesión —que luego será San Basilio—, con el torbellino de sus nueve bulbos. Arquitectura bárbara a los ojos de un italiano, ¡pero qué formidable impulso de fe!
El Papa no se hace ilusiones sobre los proyectos de Rodolfo. Ese hijo de un protestante no construirá ningún monumento en homenaje a la Madre de Dios. Si alguna vez construye, será en última instancia un palacio y, más seguramente, un laboratorio de alquimista.
El zares cruel, violento, sacrílego; lidera a su opritchina, verdadera banda de salteadores; toma mujeres y las repudia; roba, mata. Unos meses antes, el 21 de noviembre de 1581, llegó al colmo en esa vida de enloquecidos desarreglos, asesinando a uno de sus hijos. Pero tiene otros. Ha asegurado su descendencia. Ha derramado mucha sangre, pero, antes que nada, la de los enemigos. Entonces Su Santidad llega a plantearse el interrogante de saber quién es más provechoso para la gloria de Dios: ¿el zar infanticida, constructor de San Basilio, o el emperador que vive como un turco con sus concubinas y alimenta a una corte de hechiceros?
El zar se arrastró durante once días a la cabecera de su hijo moribundo. El hijo perdonó a su padre por haberle dado muerte. ¿Dios puede hacer menos que el hijo asesinado? ¿Y el Papa puede hacer menos? El zar excomulgado por faltas demasiado graves y crímenes insostenibles, anciano y enfermo, cargado de remordimientos, desesperado por estar excluido, asiste a las liturgias en un minúsculo oratorio aledaño a la iglesia donde ya no tiene el derecho de entrar. El zar, con la espalda curvada, las vértebras anquilosadas, se inclina hasta el suelo en su propio Kremlin para prosternarse ante Dios, cuyas leyes ha violado, pero en el que cree tanto, mientras que el emperador alquimista reclama a sus brujos elixires de eternidad. ¿Entonces? Del zar y el emperador, ¿cuál de los dos, a fin de cuentas, vive como cristiano, es decir como un pecador que reconoce cuando hace el mal, se confiesa y se arrepiente?
El Papa, que no dará curso al asunto, decide sin embargo, por el momento, enviar un embajador a Moscú, el jesuita Antonio Possevino.
Rodolfo no da su respuesta a Chevreguin. Quiere llevar a cabo primero ese proyecto que guarda en secreto: abandonar Viena e instalar la capital del imperio en Praga. Praga, corazón extraño de una ciudad habitada por las sombras, encrucijada de una compleja civilización que mezcla la herencia judía, checa y germana, donde las entrañas subterráneas de la ciudad abren pasajes hacia mundos diferentes. La ciudad gótica ha sido edificada sobre los escombros de la ciudad romana, demolida para levantar el nivel y evitar las inundaciones del Moldava. Debajo de las calles, hay una ciudad sumergida. Los cimientos se asientan en las calzadas romanas que forman un tejido enmarañado de subterráneos. Se puede descender, hundirse en las entrañas de piedra, comunicarse con fuerzas misteriosas, conocerlas y apropiarse de ellas. El mundo no es como se cuenta; Rodolfo lo ha descubierto llamando a las puertas de la muerte. Quiere explorar el otro lado. En Praga podrá hacerlo; en ninguna otra parte. Si la superficie de la ciudad está erizada de tantos campanarios, es porque Dios lucha en ella sin descanso contra el diablo. Praga es bella como una hechicera, como la muerte, como lo extraño y como el maleficio; se abre sobre esos espacios malditos en los cuales Rodolfo quiere penetrar.
Él no confiesa todavía esos oscuros deseos, pero ya reconoce que la ubicación del castillo, sobre un espolón rocoso que domina el paisaje de campanarios, de torres, de colinas y la dulce curva del río, le atrae. Se sentirá protegido en esa fortificación natural, ceñida de sólidas murallas y de torres, vulnerable por un solo lado, mientras que la Vieja Hofburg, morada aburrida y siniestra, edificada en la llanura, se encuentra en el camino de las invasiones de los turcos. Nada los detiene en esas extensiones llanas, sin contar con que la Hofburg medieval se yergue en plena ciudad y que Rodolfo se asfixia en medio de su pueblo.
Él ya se ve en su castillo de Praga, que contempla la ciudad y el río desde lo alto, aspira el aliento del moho de los campanarios, de las crestas de las torres y las gargantas de las calles umbrías donde se desarrollan fiestas más curiosas que en Viena, donde la gente sólo piensa en ser intempestivamente feliz. En Viena, hasta la muerte inspira un miedo razonable; los sacerdotes consuelan a los afligidos y nadie intenta vencerla. En Praga, en el otoño, cuando uno se sofoca en la bruma; en Praga, en el invierno, cuando el Moldava se hiela y las flechas de la ciudad parecen aguijones de escarcha, se realizan ceremonias secretas en las que se invoca a los espíritus, se deja el país de los vivos para llegar al de los muertos y regresar del dominio de los muertos hacia los vivos. En Praga, Rodolfo obtendrá de sus alquimistas la transmutación de los metales y la inmortalidad.
Ya no piensa más que en la partida y no responde al embajador ruso. Al no dar curso al proyecto de Iván el Terrible, sienta él mismo las bases de la pérdida de su corona. Su inercia le hace desaprovechar una ocasión que luego intentará en vano recuperar. Entonces, Rusia conocerá la Época de los Disturbios y el imperio será la presa de la guerra de los Treinta Años.
Pero algo impide a Rodolfo ir a Praga inmediatamente. Allí acaba de estallar la peste.