El emperador de los alquimistas
Capítulo Veintitrés
Cuatro novias para
el emperador
Las salpicaduras de una noche de locura dejan huellas profundas como surcos de vitriolo.
Rodolfo está convencido de que el primer ministro es el instigador de una conspiración que apunta a destronarlo, tal vez a matarlo. Lo que las alucinaciones de la noche le revelaron, el día no lo disipa. Por el contrario, todo concuerda y, de cualquier modo, él no puede tolerar en el castillo, en su Consejo, en su proximidad, a un hombre a quien quiso matar y que respira todavía, un hombre que ha visto a su emperador, cuando le quitaron el puñal con el que quería atravesarle el pecho, lanzarse hacia una ventana para cortarse la garganta.
Rodolfo ordena a Rumpf que abandone Praga, solución que es la más inteligente y la menos severa. Un consejero interviene en favor del ministro. El consejero es expulsado también. Pero el incidente prueba a Rodolfo que el criminal goza de apoyos en el gobierno. El aparato del Estado está contaminado. Rodolfo lo sustituye. Ha terminado el período de postración, que se resolvió en paroxismo.
La enfermedad, la vieja sífilis, congénita desde sus antepasados y agravada por la que contrajo él mismo, que le corroe la sangre, le ataca el cerebro, y lo convierte en ese enfermo que él detesta al punto de querer destruirlo, le da un respiro. Entonces se pone a trabajar el otro hombre que hay en él, el que quiere vivir y reinar por el bien de sus súbditos, pues Matías en el trono sería una calamidad: un archiduque que desde hace treinta años se atasca a las puertas del poder, un tonto, un sectario, no puede ser un buen monarca.
Rodolfo renueva a su personal. No envía a nadie ante la Justicia. No quiere sangre. Si hizo levantar patíbulos, fue para librar a Praga de los criminales que aterrorizaban a la población. Pero conmutó la pena de muerte del traidor Lobkovitz y, ahora, cuando está convencido de la existencia de una conspiración destinada a atentar contra su vida, se limita a apartar a los sospechosos sin que ningún ministro o consejero saque la lengua en el extremo de las cuerdas de las horcas.
En cambio, modifica por completo la administración, instala a desconocidos que espera que no estén involucrados en la conspiración y le sean fieles. Pero puede ocurrir que sus enemigos le envíen un asesino. Tycho ha dado prueba de una inconcebible ligereza al limitar a los hombres de Iglesia el campo de los asesinos potenciales. Cualquiera puede matar. No es una especialidad de los sacerdotes. Rodolfo cierra sus puertas a todo el mundo y hace vigilar sus aposentos privados día y noche por dos oficiales de su guardia.
Después del intenso trabajo desplegado para instaurar su nueva administración, cae en la apatía. La soledad, a la que se ve obligado para seguir viviendo, le resulta insoportable.
Bebe. El vino de Bohemia es bello dentro del cristal tallado; es bueno y cálido. Cuando ha bebido suficientemente y hasta el vino, su último recurso, le inspira desagrado, pasa las horas inmóvil, como muerto.
Le proponen el tradicional auxilio de los sacerdotes. Su reacción es imprevisible. ¡Ellos son los culpables! Hace echar a los capuchinos de la orden de San Francisco que han ido hasta las ventanas de su emperador a entregarse a insensatos sufrimientos, que se mortifican y se flagelan, prácticas detestables que no sirven a Dios, que contrarían al emperador y atraen la desgracia sobre el castillo. ¡Que se marchen! ¡Afuera, todo el mundo! Pero la exclusión incumbe al arzobispo, no al emperador. En vez de llamar a Berka, Rodolfo le escribe.
El arzobispo se niega a expulsar a los capuchinos.
Los sacerdotes se agitan. El nuncio Spinelli deja crecer en él esa calamitosa fibra profética que tanto dañó a Rodolfo. Moja su pluma en su tinta de inquisidor y denuncia al emperador ante el Papa una vez más. Ya no se puede dudar de que Su Majestad Imperial esté poseído pues alberga a espiritistas, astrólogos, magos, nigromantes; recoge en su castillo a herejes sacados de las prisiones del Santo Oficio y les permite vivir con toda tranquilidad; ha acordado también una audiencia secreta, de la que nunca se filtró nada, a Yehuda Löw ben Betsalel, el gran rabí Löw, el 16 de febrero de 1592, probablemente para ser iniciado en la Cábala; ¡y ha concebido el proyecto satánico de expulsar a los capuchinos! ¡Los piadosos monjes que en Viena conservan en su cripta los restos de los Habsburgo muertos!
Eso el emperador lo sabe. Se acuerda de Viena, de la siniestra vieja Hofburg, de la lúgubre cripta de los capuchinos, de bóvedas muy bajas, donde se respira a todo pulmón ese olor desagradable hasta el asco que se forma de la acumulación de tumbas. Rodolfo ha recorrido en su juventud el circuito de la muerte vienesa. Ha visto las urnas de plata que encierran los corazones de los Habsburgo en la iglesia de los Agustinos, las catacumbas de la catedral San Esteban y de la Iglesia San Miguel, el cementerio central. Ha seguido los fastuosos convoyes de las exequias imperiales, contemplado los cuerpos ficticios esculpidos en cera y expuestos a la mirada del público. Conoce el ritual de la entrada en la cripta, cuando los despojos del monarca difunto aguardan detrás de la puerta cerrada que no quiere abrirse: ¿Quién llama? ¡Su Majestad Imperial! ¡No la conozco! ¿Quién llama? ¡El emperador! ¡No lo conozco! ¿Quién llama y quiere entrar al recinto de los muertos? ¡Es Rodolfo, un pobre muerto, un cristiano como todos los otros, un desventurado cadáver que pide esperar entre los suyos el día de la Resurrección de la carne! ¡Ah, cómo se horroriza Rodolfo ante la idea de su muerte y cuánta repulsión le inspira esa cripta familiar! Ningún gran chambelán llamará por él a la entrada de la cripta hasta que un horrible capuchino, con su feo hábito y sus miserables sandalias, abra la puerta a su catafalco. Él permanecerá en Praga, con su padre Maximiliano, en San Guido. Nunca abandonará el castillo. Deja la cripta de Viena a Matías, que irá a reunirse con el otro Matías, el del siglo XII. De aquí a entonces, su detestado hermano se habrá hecho coronar y en su tumba se grabará «Kaiser Matías», con las fechas. Por el momento, Rodolfo sólo conoce la primera: 1552. La otra, 1612, se inscribe detrás en punteado, para la posteridad.
Con personalidad muy diferente de Spinelli, el arzobispo de Praga no tiene los mismos intereses que el nuncio. Más respetuoso hacia el emperador y menos sujeto a agradar al Papa, presiente un trastorno trágico en Rodolfo, una desesperación, una locura ansiosa, un terror inconfesable. Le preocupa enterarse de que Su Majestad Imperial se encierra y no recibe a nadie. Si el emperador está poseído, como lo clama a gritos el nuncio, vale más evitar dar tanta publicidad a una catástrofe que prueba hasta qué punto la Iglesia ha sido insuficiente en el cumplimiento de su misión hacia el más valioso de sus hijos. El arzobispo no ignora ninguna de las circunstancias en que el papado se ha esforzado en perjudicar al emperador, en debilitar su poder y atentar contra su majestad. Ahora bien, el emperador, en sus peores desvaríos, cuando convocaba a los espíritus de los muertos y discutía más gustosamente con los súcubos e íncubos que con su confesor, no rompió con la Iglesia, sino que conservó una puerta entreabierta por la cual deslizarse si sentía de nuevo la necesidad de volver hacia Dios. Esa puerta, Spinelli la cerró violentamente. Si Su Majestad Imperial se encierra ahora como un animal herido de muerte, es después de su encuentro con el nuncio. Su Majestad Imperial probablemente tiene buenas razones para encerrarse.
Sin embargo, ninguna de esas consideraciones autoriza al arzobispo a expulsar a santos religiosos. Berka redacta una carta comprensiva y tranquilizadora en la que se esfuerza en demostrar que los capuchinos no han faltado a la obediencia, que oran a Dios, respetan sus votos de pobreza y castidad y socorren a los pobres.
Esa respuesta sume a Rodolfo en el tormento. Se arroja sobre la pluma y el papel y, en un patético texto, confiesa al arzobispo que no encontrará descanso mientras los capuchinos permanezcan en su convento, que lo enferma que estén tan próximos a él.
Durante esos intercambios epistolares en los que se decide su suerte, los pobres capuchinos, muy conmocionados, se preguntan qué delito han cometido y cómo han podido ofender a un emperador por quien ruegan todos los días. Como no son tontos, pronto se dan cuenta de que es en vano plantearse la pregunta en esos términos y hacen inmediatamente lo que hacían los judíos cuando se sentían amenazados en sus guetos: un obsequio. Están un poco amargados, pues ellos no son judíos y, además, Rodolfo II nunca agredió a esa comunidad. De todos modos, es extraño que un emperador católico los amenace. No importa. Han tomado su decisión. Hacen venir apresuradamente de Venecia a Cosmus de Castelfranco y le encargan una Adoración de los Santos Reyes. El emperador, enamorado de las estrellas, es muy afecto a esa fiesta que celebra la marcha de los Reyes Magos, guiados por la estrella hasta el pesebre donde acababa de encarnarse Dios.
Cuando recibe el cuadro, las prevenciones de Rodolfo se desvanecen. Ya posee tres mil cuadros, pero capuchinos capaces de hacer pintar para su emperador una obra de semejante belleza, con un tema tan inteligentemente elegido, son seguramente buenos monjes. Rodolfo los conserva.
A pesar de todo, en el arzobispado de Praga y en Roma ha cundido la alarma.
Clemente VIII comprende que ha errado al mandar ante un emperador sensible y enfermo a ese estruendoso Spinelli, que no para de decir que Rodolfo está poseído por Satanás. Son demasiadas tonterías y tan peligrosas, a fin de cuentas, como los caprichos del emperador. Clemente no quiere a Rodolfo y Rodolfo detesta a Clemente, eso es sabido, pero Spinelli ha fracasado.
El Papa lo eligió para perturbar al emperador, asustarlo, dominarlo; tal vez hasta para hacer de él un asesino o un suicida. Pero nada de eso ha ocurrido, y no es el caso de declarar que el emperador está loco para hacerlo encerrar como a su bisabuela, Juana la Loca. Tanto más, porque él se defiende con notable inteligencia poniéndose fuera del alcance del terrorismo verbal del nuncio. Atrincherado en sus aposentos, como en un campamento militar, imposible de desalojar, el emperador escapa de todo el mundo, y también de la Iglesia. Su Santidad no puede formular ninguna protesta especial, pues la consigna no apunta al nuncio en particular. Nadie entra en los aposentos de Su Majestad Imperial, cuyo acceso está prohibido. Spinelli, en esas condiciones, ya no es de ninguna utilidad. Clemente VIII lo llama y saca de la manga al hombre que hace falta. Un sacerdote inteligente y sensible, que ha sido luterano y calvinista antes de encontrar la verdad en la Iglesia romana y que sabrá convencer a un soberano no muy católico de reanudar el diálogo entre el imperio y la Santa Sede.
Rodolfo se entiende inmediatamente con el padre Juan Pistorius, médico, jurista y teólogo, que escribe al Papa una carta en la que afirma que el emperador no tiene nada de poseso, pero «no niega que espíritus malvados se sirvan de sus sufrimientos para inducirlo a error».
En contacto con el padre Pistorius, que perdona tantos pecados que Spinelli condenaba sin remisión, Rodolfo recupera el equilibrio. Ahora que ya no está amenazado, no se encierra más, no tiembla más, no bebe más. Duerme por las noches. Ya no se despierta gritando. En la espantosa soledad del poder, ha encontrado al fin a un hombre que no ha venido a despedazarlo vivo, sino a ayudarlo. Como Spinelli, el nuevo nuncio habla también de Dios. Parece que no es el mismo Dios el que ambos tienen en la boca.
Rodolfo había sorprendido a todo el mundo asistiendo a la misa en momentos de la invasión turca. Esta vez, abandona los atajos y vuelve a Dios por el único medio posible: sin ser obligado por nadie, simplemente ayudado por un hombre notable. En la Semana Santa de 1601, apenas unos meses después de su intento de asesinato y de suicidio, se confiesa y comulga el día de Pascua por primera vez después de largos años.
En adelante, todos los años, Rodolfo comulga en Pascua. Lo hará mientras viva el padre Pistorius. Se confiesa sin terror a ese sacerdote inteligente y generoso, verdadero peldaño hacia Dios, dotado de una paciencia angelical. Pues aun en esa época de paz, Rodolfo sigue con una sensibilidad de desollado vivo. En una ocasión, cuando acaba de confesarse, el padre Pistorius, después de absolverlo, posa por un instante la mano sobre la cabeza del monarca arrodillado. Ese gesto, tradicional en la ortodoxia, pero inusitado entre los católicos, sume a Rodolfo en terrible angustia. Necesita varios días para calmar su aprensión y admitir que no había en ello rastros de maleficio sino el deseo de confirmar el perdón y dar la paz.
Un año después de la llegada del padre Pistorius, en 1602, Rodolfo tiene cincuenta años. Reina desde hace treinta. Para celebrar brillantemente esos aniversarios, encarga una corona a sus talleres del Hradcany. Rodolfo ya ha llevado varias: la de San Esteban cuando se convirtió en rey de Hungría, hace exactamente treinta años; la de San Venceslao, cuando fue rey de Bohemia, hace veintisiete, y la del Sacro Imperio, cuando pasó a ser el César germánico veintisiete años atrás. Quiere la suya. Símbolo de su ya largo reinado, que va a durar todavía; invocación que aparta el temor de ser desposeído. Ella proclama la grandeza imperial y materializa el deseo de eterna belleza en una obra de arte que todo contribuye a hacer suntuosa: los relieves de oro que muestran el triunfo de Rodolfo, el esplendor y la cantidad de las piedras preciosas y de las perlas que la cubren, el incomparable trabajo del esmalte.
La forma es la de las coronas imperiales privadas: una diadema sostiene una mitra, pues el emperador es el único laico autorizado a llevar un ornamento de
obispo[50]. Pero, curiosamente, la mitra esquiva firmemente la alusión religiosa y toma el aspecto de un casco, demasiado fabuloso para evocar la guerra que el emperador no librará jamás, pero digno de los héroes y de los dioses que pueblan el universo rodolfiano.
El deseo de evitar toda referencia a lo sagrado se confirma con la miniaturización de la cruz. En las coronas que Rodolfo ha llevado, lo que atrae las miradas es la cruz. Situada delante del arco central, dominando la diadema con su cuerpo o situada en la cima, marca la pertenencia del monarca a Dios, indica que el soberano obtiene su poder de Dios y debe rendirle cuentas del gobierno de los pueblos. Rodolfo no la suprime, pero, más insultante aún, la escamotea, la hace invisible, la humilla, la reduce al papel insignificante de soporte. La cruz debería brillar en la cima de esa deslumbrante construcción o irradiarse por delante de la diadema. En la parte frontal de la diadema hay una flor de lis de oro y perlas. Un enorme rubí a guisa de corazón, disputa el primer lugar a la extraordinaria pera azul que resplandece en lo alto de la mágica corona. La cruz está allí, minúscula, debajo de la enorme pera azul, aplastada y literalmente tragada por el poderoso arco de oro y de piedras preciosas, que desciende hasta la diadema y se engancha a la flor de lis.
Libre de la alusión a lo divino, de los símbolos de la responsabilidad del soberano ante Dios y ante sus súbditos, Rodolfo puede, al fin, hacer decir a su corona lo que él quiere. Ella canta su gloria, nada más. Deslumbra por su esplendor. La flor de lis que se abre al pie del arco no es la única; son cuatro del mismo tamaño y magnificencia, para marcar las cuatro direcciones sobre las que el emperador debe reinar simbólicamente. En los intervalos, se levantan otras cuatro, más pequeñas.
El nombre de Rodolfo está inscrito en el arco. Los flancos de oro celebran su triunfo con cuatro relieves que describen el sueño y la realidad del reinado: la consagración, la campaña contra los turcos, la coronación de laureles y la marcha triunfal. Cada escena, en la que Rodolfo está representado tal como él quiere verse, como un soberano mítico, digno descendiente de los emperadores de la antigua Roma, está subrayada por una delgada banda de esmalte decorado con tanta fineza con aves, flores, emblemas de colores sobre fondo blanco, que parece una cinta bordada o una miniatura pintada.
La diadema, que sostiene la extraña mitra, es de oro, ribeteado por una doble hilera de perlas apretadas como en un collar y constelada de piedras preciosas.
En cuanto sale de los talleres imperiales, la corona de Rodolfo es reconocida
como una obra maestra[51]. Su esplendor le evitará ser fundida y, en 1804, cuando Austria se convierta en un imperio, será la corona imperial austríaca oficial.
En posesión de ese signo tangible de su poder, símbolo indiscutible de su grandeza, Rodolfo adquiere nueva seguridad: es su triunfo el que está representado en las placas de oro del casco; es su nombre el inscripto en el arco; es él el emperador. ¿Quién se atrevería a destronar a un monarca, elegido y consagrado, cuando una joya tan fabulosa afirma su poder de manera deslumbrante?
Pero al levantar la mano contra su ministro y contra sí mismo, Rodolfo ha desatado un mecanismo infernal. Las palabras locura y posesión han sido pronunciadas. Seis años después de la renovación de la administración, cuatro de la creación de la corona, sus enemigos se han infiltrado de nuevo en su entorno y hacen correr el rumor de que está loco. Vive rodeado de soplones sin llegar a saber quién lo traiciona. Ha cometido actos de locura, pero no está loco. Está ansioso, atormentado, solitario en exceso; agobiantes responsabilidades pesan sobre él, suele ser abatido por terribles crisis, pero en ese período de su vida en que ha recuperado su equilibrio, sólo para perjudicarlo los espías cuentan que está hechizado. Esas calumnias, lanzadas y alimentadas para desacreditarlo, se abren camino en el pueblo, que sospecha que las concubinas, el alimentador de la estufa y el ayuda de cámara, el bueno de Makowsky de Machau, lo han embrujado.
Los malvados no pueden acusar a ningún otro, salvo que tomen en cuenta al león, con quien Rodolfo mantiene mejores relaciones que con la especie humana, pues carece de íntimos y su soledad se asemeja a la de los emperadores romanos. Pesa mucho más cuando se perfila el espectro de la vejez, cuando Rodolfo cuenta los años y mira hacia atrás en qué momento la muerte se llevó a los suyos.
Carlos V, su abuelo materno, muerto a los cincuenta y ocho años.
Fernando I, su abuelo paterno, fallecido a los sesenta y un años.
Maximiliano II, su padre, muerto a los cuarenta y nueve años.
Rodolfo ha doblado el cabo de la cincuentena. A su edad, su padre ya había fallecido. Y él, a la edad de ser abuelo, se entera de la muerte de su madre, ocurrida el 26 de febrero de 1603, en el convento de las clarisas, a los setenta y cinco años. Hacía mucho tiempo que Rodolfo no la veía, pero la sabía viva en alguna parte, en un convento de España, donde rezaba por la salvación de su hijo emperador, y tal vez también por la de sus otros hijos.
Toda la generación que precede a Rodolfo ha desaparecido; ya no tiene padre ni madre, ni tampoco hijo reconocido. Falta el eslabón siguiente. Durante mucho tiempo eso lo alegró; ahora lo hace sufrir. No tiene un hijo que interponer en el camino que sus hermanos se abren hacia el trono. Ha pensado a veces en legitimar a don Giulio, pero los horóscopos realizados el día del nacimiento de su hijo mayor se cuentan entre los más catastróficos que se hayan estudiado. El tiempo confirmó lo que tenían de peor. La sangre de Catarina fue demasiado débil para contrarrestar los poderosos fermentos de la de los Habsburgo. Don Giulio padece el sagrado mal desde su más tierna infancia. Al crecer, el epiléptico se hizo maléfico y perverso. Rodolfo ya no sabe qué hacer con él. Habría una solución, la que preconizaba su madre: que el emperador se case. Pero entonces, no hay que perder tiempo y traer al mundo sin tardanza hijos legítimos para que todo recomience.
Rodolfo juega tanto con esa idea que llega a creer en ella.
Sin embargo, es viejo, feo, abotagado, tiene la cara hinchada, como aplastada, la boca abyecta, la nariz caída, los labios blandos, pero es el emperador y, decididamente, la vida no termina a los cincuenta años. Va a probarlo, y si su vida se hubiese detenido, va a ponerla nuevamente en marcha. Esa perspectiva le da nueva felicidad y actividad. La creación de la corona ha sido un gran momento, el comienzo de la renovación. Para el hijo que va a engendrar, Rodolfo encarga retratos de familia a Adriaen de Vries: un busto de Carlos V y el suyo propio. Hans von Aachen pinta a Rodolfo delante de esclavos encadenados que representan a los pueblos sometidos al infiel vencido. El hijo legítimo, el heredero del imperio, sabrá de qué familia proviene.
¿Pero quién será la madre?
Rodolfo va a pensarlo. Mientras tanto, da nuevo impulso a las artes. Su corazón rejuvenece. Saca a Paul de Vianen de las prisiones de la Inquisición para hacerlo trabajar. Kaspar Lehmann, especialista en el tallado de piedras preciosas, aplica su técnica al vidrio y da un incomparable impulso a la industria del cristal de Bohemia. Roelant Savery, que siempre pinta animales, leones, cóndores, unicornios y extraños caballos, representa a un ermitaño en un paisaje abrupto. El emperador se entusiasma: ese ermitaño es él en la soledad del poder, y ese paisaje maravilloso es el de las quimeras.
El jarro de los Triunfos, jaspe esculpido con tapa de oro cincelado, que representa el Triunfo de la Muerte, del Tiempo, de la Gloria y de la Verdad, data de esa época. El Triunfo de la Muerte muestra a ésta segando a los vivos. El Triunfo del Tiempo, es Cronos con un reloj de sol. El Triunfo de la Gloria está ilustrado con Rodolfo en un carro tirado por elefantes, símbolos del saber, precediendo a Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Petrarca, Dante, Durero, Tiziano, Ghiberti y Hans von Aachen. El Triunfo de la Verdad, muestra a genios que portan palmas y pasan por encima de una hoguera. La alusión es clara, viniendo de un emperador que mantiene a sabios y a artistas que, sin él, se arriesgan a la hoguera.
El milanés Ottavio Miseroni funda la escuela de glíptica de Praga. Su primo Alessandro y su hijo, Dionisio, continúan su obra, elaborando vasos de cristal y de oro, copas de oro y de ágata, aguamaniles de oro adornados con piedras preciosas, perlas, esmaltes. Una de sus calcedonias está expuesta en el Ermitage de San Petersburgo. Jost Bürgi, el matemático suizo, continúa fabricando relojes.
Ese nuevo impulso de actividad está destinado a la preparación de la boda. Todo está listo en Praga para recibir a la novia. Las cortes de Europa entran en efervescencia. ¿Quién será la emperatriz? ¿Qué piensa la infanta, prometida durante años a Rodolfo y ahora su cuñada, cuando se entera de que quien la desdeñó está eligiendo novia? Rodolfo ha enviado cuatro pintores a retratar a cuatro princesas casaderas: Julia d’Este, la archiduquesa Ana, hija del tío Femando de Tirol, la princesa de Wurtemberg y la princesa Margarita de Saboya.
Hans von Aachen ha regresado de Italia con el retrato de Julia d’Este. Interrogado por el emperador, describe con entusiasmo a una princesa llena de gracia, inteligente y culta. Pronto Rodolfo dispone de informaciones suplementarias: el cardenal Alejandro d’Este, tío de Julia, acude a Praga, tentado por la perspectiva de aliarse con la familia imperial. Encantado de conocer al vástago de una familia de grandes mecenas, Rodolfo trata magníficamente a ese cardenal licencioso que jura y se embriaga todos los días. Pero lo deja partir de regreso sin haberle revelado nada de sus intenciones matrimoniales.
En posesión de los retratos de cuatro princesas, a cada cual más exquisita, todas adorables, deseables, perfectas y educadas para grandes destinos, ¿por qué se privaría Rodolfo de la dicha de soñar con las cuatro eligiendo a una de ellas? Como a los veinticinco años, llegado a los cincuenta, no se decide. En cambio, mientras puede, porque sabe que esa boda tardía es su única oportunidad, alimenta esa ilusión.