El emperador de los alquimistas
Capítulo Veinticuatro
La trampa
Es Matías, por supuesto, quien hace saltar en pedazos el sueño de Rodolfo.
Matías, que desde hace treinta años aguarda a la sombra del trono imperial que éste se deshaga en migajas; Matías herido, frustrado, abominablemente decepcionado por el testamento de Maximiliano, comprende que su hora ha llegado. Sus hermanos se resignaron a aceptar la voluntad paterna y a mantener las promesas hechas a Rodolfo, pero no él; y se acerca el momento en que podrá recuperar por la fuerza lo que tendría que haberle correspondido por derecho. Se persuade de que restablecerá la justicia. Las coronas pueden repartirse. Eliminado Rodolfo, quedan tres hermanos y tres coronas. Es exactamente lo que su padre no quiso al morir: nada de reparto, un imperio entero, sólido, mantenido en un solo bloque y jamás dislocado entre hermanos enemigos. Pasado el tiempo, ya no es violar la voluntad paterna revocar una decisión tan arbitraria.
Carlomagno dividió su imperio. Matías también lo compartirá con Maximiliano y Alberto, que ha desposado a la novia de Rodolfo y gobierna con ella los Países Bajos. Sin su apoyo, él no puede hacer nada. Pero con los archiduques, se encuentra a la cabeza de una pequeña coalición a la que basta con darle credibilidad.
Todas las condiciones están dadas.
Rodolfo, sin hijos para sostenerlo y reclamar su herencia, se convierte en un monarca abstracto que pasa más tiempo con su león que con sus súbditos bienamados. El amo del imperio, que jamás tuvo la curiosidad de recorrerlo, ya no abandona el recinto del castillo, al punto de que los habitantes de Praga se preguntan si su emperador ha muerto. Ahora bien, ése es un momento en que debería visitar sus Estados en guerra, reconfortar a las poblaciones que combaten, dar a todos la imagen de un monarca vigilante. Es amado. Bastaría con que apareciese. Matías lo sabe, ¿pero qué es el amor del pueblo? Una veleta que un viento hace girar. Matías se siente capaz de orientar ese viento.
Ya tiene el apoyo de Khlesl, obispo de Viena. Éste desea combatir tanto a los protestantes como a los turcos. Basta halagarlo un poco, mientras que Rodolfo no halaga a nadie y ha infligido a Viena la imperdonable afrenta de desposeerla del rango de capital imperial. Ni Viena, ni los vieneses, ni Khlesl, lo perdonarán. El obispo, persuadido de que tiene una gran misión política que cumplir, ya se ve convertido en eminencia gris. Matías le sopla al oído que será suficiente cambiar de emperador, que él no se parece a su hermano, que es el hijo muy devoto y muy piadoso de la Iglesia romana, que ciertamente no será él quien deje a un poderoso hombre de Iglesia plantado frente a su puerta.
Matías encuentra otro apoyo, el del general Francesco Barbiano, conde di Belgiojoso, que dirige la campaña contra los turcos.
Un archiduque amargado, un obispo ambicioso y un general temerario van a destruir a Rodolfo.
La guerra quebranta la fe de los pueblos en su emperador y debilita el poder central. Es lo que da a Matías el impulso que le faltó hasta entonces. Por otra parte, la muerte ha barrido tan bien los obstáculos ante él, que ahora sólo Rodolfo lo separa del trono.
Mientras Ernesto vivió, Matías no pensaba tan ardientemente en despojar a Rodolfo, pues no podía esperar desembarazarse de dos obstáculos a la vez. Pero Ernesto ha muerto, tres años después que Isabel, efímera esposa del rey de Francia, quien, por ser mujer, no contaba. ¡Dios se apiade de sus almas! Ernesto murió a los cuarenta y dos años, en 1595. Desde entonces, Matías es el heredero legítimo. Pero Rodolfo sólo le lleva cinco años y Matías corre el riesgo de no reinar jamás, sobre todo porque la muerte golpea al azar y nunca se sabe quién será el siguiente. Wenzel Ladislao, que era gran prior de la Orden de San Juan de Castilla y no molestaba a nadie, ha desaparecido en 1578. Queda todavía una hermana viva, una mujer, la clarisa que estuvo a punto de desposar a Felipe II, Margarita, la poco agraciada. Morirá en 1645 en su convento, veintiséis años después que Matías, a la venerable edad de setenta y ocho años, aún mayor que su madre, como si el convento favoreciera la longevidad y la lucha desenfrenada por el poder desgastara y matara.
Ahora Matías sólo tiene dos intereses que cuidar: sus hermanos, Maximiliano y Alberto, respectivamente uno y dos años menores que él, escasa diferencia cuando se llega a la cincuentena. Los tres se unen, pues, contra Rodolfo, su emperador y hermano mayor. Matías no es un homicida y no piensa en delegar asesinos: solamente reivindica las coronas abusivamente amontonadas sobre la cabeza de Rodolfo. Las quiere en la legitimidad. Ya no cesará de acosar a su hermano.
La reciente tentativa de matrimonio de Rodolfo lo ha asustado. Una paternidad de su hermano esfumaría sus esperanzas. Pero Rodolfo ha dejado pasar su última oportunidad. Matías tuvo tanto miedo, que quiere asegurar su propia descendencia sin más tardar. Aprovecha el momento en que su posición se refuerza, pues va a presidir la Dieta húngara en Presburgo, mientras que la de Rodolfo se debilita a causa de la guerra con los turcos, que se expande, y de las matanzas de Transilvania, donde Basta masacra a todo el que resiste, momento para hacer que Maximiliano escriba a Rodolfo en su favor. Maximiliano explica que Matías no está hecho para el celibato.
Rodolfo no responde, pues ¿qué mujer codicia ese malvado hermano? ¡Ana! Ana, la hija de Fernando del Tirol, una de las novias de Rodolfo, ¡una de las cuatro, cuyo retrato adorna sus paredes! ¡Matías quiere robarle a Ana! Ésa es la prueba, si es que hacía falta, de que, junto con la novia, quiere el lugar de su hermano. Matías abusa de lo que no es una formal prohibición para anunciar su compromiso. Rodolfo no reacciona. El compromiso no es el matrimonio; bien lo sabe él, que prolongó el suyo durante veinticinco años antes de romperlo.
Pero está Ana.
El emperador detesta a Matías, pero siente ternura por las cuatro jóvenes novias entre las que habría podido elegir a la emperatriz. Le envía el más bello obsequio que hizo jamás: un aderezo de diamantes y rubíes digno de una emperatriz. Ana llevará un collar de lamentos y, en brazos de Matías, sabrá que perdió a un emperador. ¡Adiós, Ana!
La guerra entre los hermanos prosigue en un destello de rubíes.
Durante la Dieta de Presburgo, Rodolfo permanece postrado en su castillo, que hierve de personas pagadas por sus hermanos, pero donde él tiene sus amadas costumbres y sus consuelos. Envía a la Dieta un texto de veintidós artículos, resumiendo su voluntad de reunir a los católicos romanos a la vez contra los turcos y contra los herejes. Ese texto, redactado para tranquilizar al Papa y obtener más crédito, atiza las inquietudes de los protestantes. Sin su apoyo, Rodolfo no habría obtenido el dinero para la guerra en 1594, y Belgiojoso es tan feroz con ellos como los turcos.
Matías no trata de apaciguar la cólera que se incuba; todo lo contrario. Con un poco de suerte, Belgiojoso va a liberarlo de los turcos, de los herejes y de su hermano. ¿La revolución se cierne sobre Hungría? ¡Pues que estalle! Cuando la autoridad de Rodolfo caiga, Matías recogerá el país como un fruto maduro. Pues, esta vez, su hermano no está presente para defenderse y arreglar la situación, como hizo cuando atacó el príncipe Lobkovitz.
Pero surge alguien que altera los planes de un archiduque capaz de apostar por la desesperación de los pueblos, reducidos a la hambruna y al saqueo, para conseguir una corona. István Bocksay reúne a las bandas de campesinos protestantes convertidos en saqueadores, se pone a su cabeza, se proclama príncipe soberano de Hungría y de Transilvania y firma un tratado con el sultán. Luego, expulsa a los imperiales. Belgiojoso retrocede. Los turcos avanzan. Los campos de batalla se extienden a Austria, Estiria, Moravia. Los países son asolados. Después de Hungría, Austria, a su vez, está al borde del levantamiento, y Bocksay, a cambio de una corona que le promete el sultán, se compromete a combatir contra la Casa de Austria durante diez años, sin descanso.
El emperador, petrificado por las noticias que anuncian su próxima caída, se sume en una mortal apatía, hacia sí mismo, hacia sus Estados, sus coronas, sus tierras devastadas, sus súbditos, a los que toda su vida supo evitarles la guerra y a los que ahora se masacra sin que él encuentre la energía de la réplica. Para que su triunfo contra los turcos no sea solamente un relieve de oro en su fabulosa corona, debe ponerse a la cabeza de sus tropas, como anunció años atrás. Es el único medio de vencer al turco, desalentar al bearnés de aliarse con la Sublime Puerta y de obligar a Bocksay a ceder. El emperador está tan acurrucado en la concha de su castillo que se le cree muerto. ¡Que lo desmienta, que marche con su ejército y sus enemigos serán aniquilados!
La perspectiva de semejante esfuerzo agota a Rodolfo. Está demasiado viejo y cansado para combatir. Soportar el insufrible estruendo de una batalla, escuchar los cañonazos, los gritos, los aullidos de las cargas, ver la sangre, las casas incendiadas, los cadáveres amontonados, los heridos, los lisiados, enfrentarse a los horrores de la guerra, separarse de sus obras de arte, abandonar el refugio de belleza que ha creado en un mundo sumido en la demencia, alejarse de sus galerías, renunciar a sus Vitrinas de las Maravillas, es una empresa que está por encima de sus fuerzas.
¿Qué puede hacer si el turco le arrebata Hungría y se la da a Bocksay, y si Matías intenta destronarlo al amparo de una guerra de religión? La herencia paterna lucha contra la herencia materna. Una parte de Rodolfo destruye a la otra y, mientras todo el mundo tiene los ojos fijos en él, el emperador se encoge como un gato viejo frente a una tormenta.
El mal que lo aniquila está agazapado en su interior, lo roe desde hace veinticinco años. La sífilis llega a su etapa terciaria: después del chancro y del collar de Venus, afecciones neurológicas y articulares. ¿Cómo podría montar a caballo en ese estado? Necesitaría un aparejo para izarlo a su montura. Eso no detenía a Carlos V; pero, en Rodolfo, lo que está paralizado es su interior. Al cuerpo siempre se le puede vencer; Rodolfo tiene afectada su cabeza. Ésta lo bloquea. No puede hacer nada contra esa depresión que el abuso del alcohol agrava.
Matías, como si necesitara constantemente un pararrayos, se sirve nuevamente de Maximiliano para convocar el consejo de familia, que debe vencer las resistencias de Rodolfo.
No es el caso de agruparse alrededor del mayor, de apoyarlo, de aportarle nuevas fuerzas, energía y esperanza. No; lo que deciden los archiduques es ir en delegación (juntos tienen menos miedo) a exigir que el emperador entregue a Matías el gobierno de Hungría y lo designe como sucesor.
Así comenzará el despojo.
Pero el imperio no se halla desmembrado todavía. Los astrólogos han anunciado a Rodolfo que se pretende quitarle su corona. Retiene en el campo a la delegación familiar. Prohíbe a sus hermanos entrar en el castillo, acercarse, mostrarse en Praga. Les ordena aguardar la decisión imperial, pues los astros son funestos. Las estrellas son astutas, o lo es Rodolfo, pues nada es comparable a dejar a los archiduques esperando en una morada agreste donde se aburren y tienen tiempo para interrogarse sobre la legitimidad de su empresa.
Cuando, por fin, el emperador recibe a sus hermanos, los hace introducir en una antecámara, apenas los saluda, les anuncia, sin examinarlas, que todas sus peticiones son rechazadas, y les dice adiós. Los archiduques, que no pudieron decir una palabra, se dejan despedir sin osar protestar.
Esa visita libera en Rodolfo el mecanismo de la réplica. Los miserables han creído que estaba acabado. ¡Que se cuiden, no está muerto el león de Bohemia! Agita su melena, saca sus formidables garras, bosteza, se despierta, muestra los dientes. Como siempre que actúa, Rodolfo, lúcido, inteligente, toma las medidas que invierten la situación. Envía al exilio, no a la horca, a los espías de Matías que pululan en el castillo, y elige, para servirlo, a hombres competentes y fieles. Ya procedió a esa limpieza unos años antes; ahora la reinicia. El entorno imperial es como una alfombra; la suciedad se incrusta si no se sacude con energía.
Liberado el castillo de esa gentuza, Rodolfo se ocupa de ese Belgiojoso responsable de la derrota. Hace arrestar al italiano, gran amigo de Matías, y lo sustituye, a la cabeza del ejército, por el mariscal imperial Herman Krystof Rosswurm, hombre de acción franco y recto, incapaz de servilismo, fiel a Rodolfo, imposible de sobornar, que sólo tiene un defecto: no es cortesano y no le gustan los chambelanes. Dice lo que piensa, lo que le procura muchos enemigos. Temible espadachín, soluciona sus querellas de manera expeditiva, y no se resiste a un duelo cuando se trata de lavar su puntilloso honor. El nuevo general en jefe comparte la opinión de su emperador sobre el ejército: lo quiere moderno, permanente, alemán, libre de mercenarios.
Mientras su general reorganiza el ejército, el emperador retoma el proyecto de Iván el Terrible para constituir una alianza contra los turcos con Inglaterra, España, los Estados italianos, Persia, Polonia y Rusia, único medio de salvar a Viena de la
invasión[52].
Los horóscopos son favorables. La situación política también. El nuevo Papa, Pablo V Borghese, desea la reconstitución de una fuerza marítima capaz de inquietar a los turcos en el Mediterráneo. Persia envía una embajada a Praga, Rodolfo expide otras a Inglaterra y Rusia, donde el zar Bons Godunov ha sido asesinado. El falso Dmitri, que le sucede, es apoyado por Polonia, que Rodolfo espera reconciliar con Rusia para vencer a los turcos.
En medio de esa efervescencia diplomática, los turcos vuelven a apoderarse de Gran el 8 de octubre de 1605. Los cristianos, hambrientos, resistieron con el estómago vacío, comiendo ratas y raíces. Cuando ya no hubo ratas ni raíces y los infieles tomaron la ciudad, masacraron a los supervivientes con los habituales destripamientos, violaciones, castraciones, niños asados o arrojados desde las murallas.
Rodolfo escucha esos espantosos relatos sin decaer. Una ciudad se ha perdido, no la guerra. El nuncio admira el coraje con que el emperador hace frente. Pero el Papa abandona al emperador. Decreta que las sumas gastadas en esa guerra no han servido de nada, reduce su participación financiera. Rodolfo, que ya carece de dinero para pagar a los mercenarios, lucha contra la depresión y encuentra fuerzas para resistir a Matías, que lo acosa para que firme un tratado con los turcos.
Entonces Matías lo traiciona. No obtendrá de otra manera el trono. Rodolfo es demasiado inteligente. Ha restablecido una situación que parecía desesperada. Mientras su nuevo general reorganiza el ejército, su diplomacia reúne a Europa contra el peligro musulmán. El único medio de hacer caer a Rodolfo, es abatir a Rosswurm. Privado de su mejor general, Rodolfo cederá ante los turcos y, cuando lo haya hecho, Matías, para comenzar, le quitará la corona de Hungría.
A fin de eliminar al mariscal que ha osado decir a Rodolfo, exasperado por sus hermanos, que había que tratarlos a la manera turca, Matías compra la complicidad del chambelán alquimista y ladrón, Philip Lang von Langenfels, a quien el insolente espadachín trata de canalla de salón. Preparan una trampa.
Belgiojoso, el general vencido, a quien Rosswurm cometió el gran error de no ordenar ejecutar, se pudre en prisión y mastica su rencor. Servirá de carnada. Que se le suelte, y los dos rivales se provocarán. Lamentablemente, el italiano, amigo de Matías, perderá la vida en la aventura, pues su adversario es un duelista excepcional, pero la amistad no es lo que detiene al archiduque cuando se trata de destruir a Rodolfo, y ése es el medio radical de eliminar a Rosswurm. Existen ordenanzas imperiales que prohíben, so pena de muerte, portar armas en Praga y batirse en duelo. La justicia de Rodolfo, que encuentra que ya basta con la guerra para derramar la sangre de sus súbditos, ejecuta a los contraventores.
No es muy complicado hacer liberar a un general en épocas de guerra. Rodolfo cede ante una camarilla de grandes señores. Belgiojoso sale de prisión y provoca a Rosswurm. Éste lo mata. Los esbirros apostados por Langenfels se apoderan de él. Es condenado a muerte, el 24 de julio de 1605.
Ninguna sentencia de muerte puede ejecutarse sin la firma del emperador, y nadie imagina que Su Majestad Imperial pueda firmarla. Rodolfo se propone dejar a Rosswurm meditar algún tiempo en prisión, pues es necesario respetar la ley antes de concederle la gracia. Pero la serpiente está al acecho. Langenfels insinúa que el prisionero es culpable de lesa majestad al llevar a su cama a mujeres imperiales. Delito de mujeriego. Rodolfo lo perdona.
Langenfels cuenta entonces que, en pleno tribunal, lejos de arrepentirse, el acusado se enorgulleció de haber enviado a mejor vida a quince hombres que lo habían desafiado.
Rodolfo declara que no es cuestión de privarse de un duelista tan excepcional.
Pasan las semanas. Langenfels vuelve a la carga y finge que el mariscal no corre riesgos porque posee un escudo mágico que lo protege. Rodolfo sigue sin firmar la sentencia de muerte. Matías se impacienta. Langenfels acosa a Rodolfo. El 29 de noviembre, para librarse de él y tener paz, el emperador, cansado de resistir, firma la condena de muerte del más fiel y competente de sus mariscales.
La tinta no se ha secado, cuando la serpiente se apodera del documento y desaparece. Inmediatamente Rodolfo se da cuenta de lo que acaba de hacer. Anula la orden de ejecución y ordena que vayan a buscar al condenado. Langenfels ya ha partido. El mensajero que lleva la gracia llega cuando el verdugo ha terminado su tarea. Repiten al emperador las últimas palabras de quien fue el más fiel de sus generales:
«No tengo esperanzas de que eluda la desgracia un príncipe que hace morir a su mejor servidor sin haberlo escuchado».
Aunque no proviene de un horóscopo, esa predicción trastorna a Rodolfo. Acaba de hacerle el juego a su hermano, su peor enemigo. Se sume en una desesperación como nunca conoció.
Ordena que le traigan el acta de abdicación de Carlos V.