El emperador de los alquimistas
Capítulo Diez
El César germánico
El joven rey de Bohemia se aburre en Praga, intentando desenmarañar cuestiones religiosas que han arruinado la vida de sus padres, cuando el anuncio de la enfermedad de su padre lo saca de su castillo. Rodolfo, que aguardaba apaciblemente noticias de la Dieta y veía acercársele el imperio con toda tranquilidad, se da cuenta bruscamente de que Maximiliano va a morir antes de que lo elijan emperador.
Se separó de un padre fatigado, pero en buen estado de salud, y lo dejó partir sin inquietud. Maximiliano, que tampoco manifestó ningún temor al ponerse en camino, inexplicablemente cayó enfermo antes de llegar a Ratisbona. Sus seis médicos diagnosticaron unánimemente que el emperador había abusado demasiado del pescado. ¿Cómo creer que Maximiliano cometiera excesos en la mesa, cosa que no acostumbraba, al punto de comprometer su salud?
El emperador se restableció y llegó a Ratisbona. Presidió la Dieta, que lo satisfizo ampliamente pues el embajador de España leyó un mensaje de Felipe II pidiendo a los electores dar sus votos a Rodolfo «a quien él ama y estima como a su propio hijo». Y entonces, Maximiliano se desvaneció en medio de los debates. Los médicos, no pudiendo culpar de nuevo al pescado, acusaron al vino helado e hicieron comparecer peras y cerezas al banquillo de los acusados como presuntas asesinas, pues era fácil que Su Majestad Imperial muriese.
La emperatriz María envió a buscar a Rodolfo a toda prisa, tratando de mantener con vida al emperador.
Rodolfo tiene veinticuatro años cuando llega a la cabecera de su padre. Todavía no ha visto morir a ninguno de sus familiares cercanos. Asiste al desorden de la agonía. Los doctores administran áloe. Como el áloe no surte efecto, se llama a una curandera y a un astrólogo. Rodolfo no olvidará jamás que, para salvar al presunto defensor de la fe católica romana, se recurrió a esos poderes paralelos cuya eficacia se niega mientras un proceder racional pueda parecer capaz de extirpar el mal.
¡Qué diferencia con Carlos V, que recibía la extremaunción y reclamaba la santa comunión! Rodolfo se ha formado ya una pobre opinión de las querellas de religión; falta tiempo todavía para que dude de la fe, pero un temible veneno se instala en él cuando se va a buscar a Ulm a Magdalena Streicher, con sus frascos. Ella administra al enfermo un elixir milagroso. Se produce una mejoría, breve pero indiscutible. Rodolfo se interroga. Si esa mujer hubiese sido más versada en su ciencia, ¿no habría podido salvar la vida de Maximiliano? Los médicos son impotentes, los sacerdotes consuelan a los moribundos anunciándoles el reino de Dios. Magdalena ha obtenido un pequeño resultado. ¿Dónde termina y dónde comienza el poder de los elixires milagrosos?
Después de la maga, se convoca a un astrólogo, Tadeo Hájek. Amigo de ese Tycho Brahe, explorador de las estrellas y autor de la predicción sobre la muerte del león, a quien Rodolfo no conoce todavía, que es también alquimista y busca la salud de Maximiliano en la conjunción de los astros. Así se encuentra Rodolfo a la cabecera de un padre agonizante, con dos fuerzas que orientarán su vida, la alquimia y la astrología. Pero la hora de los magos no ha sonado todavía para él. Rechaza esa tentación. Resultaría extraño que el heredero del Sacro Imperio fuera a hacer hervir la marmita de los alquimistas, que el sobrino de Felipe II de España se inclinara al ocultismo. Renuncia fácilmente a esas tentaciones puesto que la hechicera y el alquimista fracasan en salvar a su padre.
Para Maximiliano, se precipita el fin. Carlos V tuvo tiempo de abdicar y de preparar su alma para comparecer ante su Creador. Maximiliano no puede terminar su obra en la Tierra ni ocuparse de su eternidad.
Le resta una última batalla por librar.
Le resta ganar su muerte.
Él, que ha vivido en la mentira, no cree poder morir en paz, sino atormentado, como por demonios infernales, por los seres que más amó, que lo torturan por su bien, persiguiendo cada uno lo que cree justo y bueno, y tratando de convencerlo.
Lo que se juega en ese último combate, para el cual ese moribundo de cuarenta y nueve años reúne sus fuerzas, es una confesión. Maximiliano, que engañó toda su vida, quiere morir como protestante. Esta vez, María no logra guardar el secreto. Ya se comenta en la ciudad que el sacro emperador rechaza los últimos sacramentos. Se derrumban las mentiras de una vida entera; la muerte revela la verdad.
La emperatriz María está de rodillas al pie de la cama de ese hombre al que ama tanto, a la vez esposo y primo. Le ha dado quince hijos. Lo mira. Él la ve en una bruma, la reconoce todavía. Ella tiene las facciones tensas, la pequeña boca inflamada, que se muerde para no llorar en su presencia. Con el cuello de encaje y la golilla que levanta aún más su largo cuello blanco, el busto estrechamente moldeado, las mangas y la falda hinchadas como velas, parece lista para emprender el vuelo. Aprieta contra su pecho su cruz cubierta de pedrerías. Suplica a Maximiliano que deje entrar al capellán y se confiese antes de comparecer ante su Creador. La muerte de un emperador romano debe ser ejemplar. Rodolfo asiste a ella, él, a quien ellos exiliaron siete años en España para convertirlo en un buen católico, sufrirá daños irreparables si ve a su padre morir fuera de la Iglesia romana. Por él, al menos, debe aceptar los sacramentos.
Maximiliano, en la actitud de un yacente, pálido, con los delgados dedos posados sobre la sábana, responde que el padre que lo confesará está en el Cielo y que está en paz con él.
Sus allegados lo apremian.
Su hermana, Ana de Austria, duquesa de Baviera, une sus súplicas a las de la emperatriz. El emperador hace salir a su mujer y a su hermana.
Matías, su séptimo hijo, viene igualmente a implorarle que se confiese. Hace salir también a Matías.
El embajador de España lo reemplaza. El imperio no soportará enterarse de que su jefe era protestante; toda la familia se verá afectada; no pueden violarse las promesas hechas a Felipe. Hace salir al embajador.
Interviene el legado del Papa. Se trata de la eternidad y de juramentos prestados no a los hombres sino ante el trono de Dios. Hace salir al legado.
Rodolfo no recrimina la libertad de conciencia de su padre.
Maximiliano muere como un buen protestante, el 25 de junio de 1576.
Maximiliano deseaba reposar en San Guido.
Rodolfo se pone en camino cubierto de velos negros de luto, para conducir el cortejo fúnebre a lo largo de la vía real, desde la torre del Polvorín hasta el castillo. Detrás del catafalco, rodeado de los dignatarios que llevan las insignias imperiales, Rodolfo recorre las calles bordeadas de palacios góticos y del Renacimiento, y penetra en el puente Carlos. Los gritos de las gaviotas, que se disputan ásperamente los peces, son acallados por los lacerantes sones del toque de difuntos. Rodolfo avanza por el puente. Frente a él, sobre su peñasco, las campanas de San Guido doblan lúgubremente. Rodolfo camina con el paso lento de las procesiones fúnebres cuando, al final del cortejo, se produce un remolino que se transforma en pánico. Las campanas suenan evocando a las de San Bartolomé, cuatro años atrás. Los funerales han traído a la ciudad gran cantidad de católicos; el momento sería oportuno para liquidar a los reformados. Éstos sienten miedo. En un instante estalla el terror. Hombres respetables se refugian corriendo bajo los pórticos de las casas y golpean las puertas cerradas con todas sus fuerzas mientras el pueblo se pisotea al correr en espantoso desorden. El pánico, originado en la ciudad vieja, sube a lo largo del cortejo y llega hasta el puente Carlos. Rodolfo oye los gritos, y ve a los dignatarios imperiales huir dejando caer emblemas, estandartes y joyas.
Elegido emperador el 27 de octubre de 1576, Rodolfo se toma el tiempo justo para hacer venir de Nuremberg las insignias del imperio, donde están depositadas desde 1424, y se hace consagrar precipitadamente.
El pueblo murmura que se apresura demasiado, que debería haber dejado pasar el período de duelo, sin contar con que el 1 de noviembre, el mes de los muertos, no es de buen augurio. Sus partidarios responden que, al apresurarse, cumple la última voluntad de su padre.
El 1 de noviembre de 1576, las campanas, que apenas han terminado con el toque de difuntos, anuncian al mundo la coronación de Rodolfo II de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Mal salido todavía de su duelo, Rodolfo avanza hacia su última oportunidad de sentirse monarca cristiano. La multitud, que viene a asistir a la consagración tan poco tiempo después de la desbandada de los funerales, tiembla con temor supersticioso. Receptivo a todas las señales, Rodolfo percibe esa ansiedad y lo invade el tormento en el camino de la coronación.
Sin embargo, allí está su consagración, la que debería volver irrisorias a las otras. Ahora, de inmediato, Rodolfo se convierte en el sucesor de Carlomagno, coronado en la Navidad del año 800. La emoción que tanto esperaba nace al fin, provocada por la perfección celestial de los cánticos, la magnificencia de los ornamentos sacerdotales. Es muy intensa, muy viva, pero proviene de la contemplación de las obras de arte religioso; es de orden estético y sensual, nada más. Nada más. Es un placer profano el que lo colma, sin transfigurarlo, en el cual busca en vano una resonancia sagrada. Se resigna. Después de todo, probablemente los otros emperadores no hayan sentido otra cosa. Tal vez la consagración no sea más que un artificio. De todos modos, tendrá que contentarse con esa investidura. Lo esencial es ceñir la corona de Carlomagno, que el pueblo entero la vea sobre la cabeza a la que estaba destinada, y que el mundo lo sepa.
Sobre los hombros de Rodolfo pesa el fabuloso manto que Federico II eligió, en 1220, en el tesoro de los reyes de Sicilia, bordado con un león que domina a un
camello, símbolo del poder real, y con una palmera, símbolo del árbol de la vida[21].
Sobre su cabeza, resplandece la corona octogonal del emperador Otón II, símbolo
de la Jerusalén celestial[22].
En su mano pesa el globo, coronado por una cruz, símbolo de la soberanía
cristiana sobre el mundo[23].
Cerca de él, la espada imperial del siglo XI, en cuya hoja están esculpidos catorce rostros de reyes.
Como su padre, su abuelo, como todos los emperadores que se han sucedido antes de él, Rodolfo presta juramento con la mano derecha posada sobre el evangeliario carolingio de pergamino púrpura. Es emperador. No falta un signo exterior de ese reconocimiento, ni uno solo. Y él sigue esperando una revelación que no se produce. Repican las campanas, resuenan los aplausos y los vítores. Él detesta el ruido.
Los príncipes le prestan juramento. Pero él, ¿en qué es más emperador que la víspera?
Cuando el nuevo César germánico abandona la catedral, las gárgolas, muecas del diablo inscritas en la piedra, ríen burlonamente por encima de él.