El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 14 de 29

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El emperador de los alquimistas

Capítulo Catorce

 

El espejo mágico

de Scotto

 

Las relaciones tempestuosas de Rodolfo con sus alquimistas han inspirado ficciones delirantes. Así como desaparece el tronco de un árbol bajo las abundantes ramas de la hiedra, así extravagantes relatos son parásitos de su historia. Las falsedades se adhieren al personaje y forman a su alrededor un extraño halo que también le pertenece. Oscura, confusamente, brotan inverosímiles relatos que enriquecen el retrato de Rodolfo, una forma de verdad-mentira que da cuenta, a su desviada manera, de lo que él fue. También después de su muerte Rodolfo liberó las quimeras, como si su vida no hubiese bastado para agotar el potencial de sueños en el cual se alimentaba, como si, llegado a los Infiernos, quisiera saborear todavía las extraordinarias aventuras que ocurren sobre la tierra.

 

Entre las fábulas más vívidas, pulularon en el siglo XIX las referidas a la callejuela del Oro, de la que se contaba que albergaba los laboratorios de los alquimistas que trabajaban como forzados, custodiados día y noche por el lansquenete de facción.

En realidad, la callejuela debe su nombre a los orfebres y batidores de oro que habían elegido vivir allí. Construida en la cresta de la muralla del castillo, por encima de la Fosa de los Ciervos, limitada por la Torre Blanca, donde iban a parar los charlatanes, y por la Torre Daliborka, era tan estrecha que se tocaban sus paredes al extender los brazos. Lamentablemente fue ensanchada, pero todavía basta levantar la mano para alcanzar el tejado de sus casas liliputienses. Hoy en día remendadas, pintadas de múltiples colores para alegrar a los alemanes que las visitan en tropel, eran, en el siglo XVI, oscuras y sobrecogedoras, pero más sucias por el humo de las estufas de la calefacción que por el de las transmutaciones.

Las fábulas tienen larga vida. La callejuela vibra todavía con los falsos relatos que circulan sobre ella y sobre sus habitantes, pues, aun maquillada para el turismo, respira extrañeza, segrega misterio. Se sienten fuerzas calladas que dormitan entre sus policromados muros, como el fuego retenido en el fondo de los volcanes que parecen extinguidos. Un mago, oculto detrás de una cortina, aguarda que un nuevo visitante viole su espacio para aniquilarlos a todos, devolver a ese lugar su alma, aunque fuese maléfica, y reencontrar a Rodolfo, sentado en su sillón mágico, presidiendo las sesiones de la academia alquímica. Basta entrar en una casita, mirar por las minúsculas ventanas la Fosa de los Ciervos, hacia abajo, para sentirse transportado a otro mundo y tentado de creer verdaderamente que Rodolfo instaló allí a su grey de barbudos. Bajo el techo demasiado bajo, se ve a un alquimista inclinado sobre su alambique, gesticulando envuelto en su larga túnica, ahogado en el humo, con las manos quemadas por el fuego y por los ácidos. Las retortas gorgotean. Una caldera explota por exceso de calor, y él, furioso entonces, con el ganchudo dedo levantado hacia las estrellas, acusa a los astros de su mala suerte. Y mientras repite los mismos gestos durante meses y años, y en las casas vecinas otros destiladores se dedican a la misma insensata labor, el lansquenete de facción, con la alabarda al hombro, continúa recorriendo la callejuela.

En la Fosa de los Ciervos se desarrollan las cacerías imperiales. Desde sus microscópicos laboratorios, los buscadores de oro, con la frente pegada a los ahumados cristales de sus ventanas, las observan detrás del follaje de los árboles plantados en la ríspida ladera, ven al emperador que galopa con sus invitados y su séquito. Piden permiso para ir a estirar las piernas al barranco. El emperador no responde a la intempestiva petición. En la Fosa de los Ciervos, donde él caza, no se autoriza a cualquiera a ir a espantar las presas. Los alquimistas insisten en vano, hacen huelga, se cortan sus barbas, rompen sus retortas, arrojan los pedazos a la Fosa y se cruzan de brazos. Ni un grano de oro más para el emperador.

Pero el emperador es el emperador. Es el sol alquímico, el león de Bohemia en su rugiente fuerza. ¿Los agitadores lo desafían y quieren ir a la Fosa? ¡Pues irán! Son capturados, llevados y suspendidos en jaulas colgadas de los pinos donde mueren de hambre. Saturno siempre devoró a sus hijos. Fue un error que los alquimistas lo olvidaran.

Sobre ese fondo inagotable de lo maravilloso, Gustav Meyrink, en su novela El ángel en la ventana de Occidente, escribe que los osos de la Fosa vivían de la carne de los iniciados.

 

En el límite entre lo falso y lo verdadero, la historia de Scotto lanza sobre Rodolfo ramificaciones desordenadas, se imbrica en la política y perturba el equilibrio del imperio. Según los unos, Hieronymus Scotus, llamado Scotto (aunque también es llamado Gerónimo o Alessandro o Giovanni Scoto o Scotta o Scota) habría venido de Viena a Praga con Rodolfo; otros aseguran que llegó a Praga el 14

de agosto de 1590[34]. Nadie duda, pues, de que llegara, y con él se penetra en un universo tan perturbador (magia, vampiros, disecciones, atanores), que la fábula unida a la historia se asemeja a una hechicera aferrada a la escoba de la realidad, donde cabalga alocadamente, o a una ostra de valvas tan bien soldadas que el novelista historiador que quiera abrirlas debe hacerlo sin lastimar la carne suculenta con astillas indigestas.

Juicios lapidarios llueven sobre Scotto: campeón de los aventureros, crápula, rufián, mago italiano, agente secreto, servidor de Francia y del partido protestante. La literatura de Praga ha depositado sobre él tantos sedimentos que ya no se sabe con certeza si nació realmente en Parma. Se sabe, en cambio, que cruzó Alemania, entregándose a engaños financieros y galantes gracias a la magia de su arte diabólico, aprendido bajo un nogal donde se reunían las brujas, y que se inició en Colonia, como un mago ordinario, donde fabricaba amuletos y figuras de cera, y practicaba hechizos, los comienzos del arte. Pero su espejo mágico se mezcla en la política y estará a punto de provocar una guerra, porque Scotto frecuenta a los grandes y les propone juegos peligrosos.

El embajador de España, que desearía tener noticias de su soberano, ve en el espejo a Felipe escribiendo una carta, y Scotto susurra al oído de Su Excelencia que, si lo desea, puede leer el texto. El embajador se estremece. La tentación de violar la correspondencia real es grande, pero sucumbir a ella pondría al indiscreto en peligro de muerte. Su Excelencia, que no desea proporcionar al mago semejante medio de chantajearle, declina la tentadora propuesta y, por prudencia, en adelante se mantiene apartado de él.

Entonces, Scotto comienza a rondar al arzobispo elector de Colonia, Gebhard, muy mujeriego a pesar de su sotana, y le propone admirar a la mujer más bella de la ciudad. El arzobispo acepta. Scotto hace aparecer a la condesa Inés de Mansfeld. Imposible describir la belleza de ese ser que, en su exilio inglés, aunque desacreditada por su vergonzoso casamiento, logrará seducir a un favorito de la reina Isabel. De una sola mirada al espejo, el arzobispo queda hechizado. Pronto Inés cede, tiene dotes innatas de cortesana, y su familia protestante la ha aleccionado: la posesión del objeto de su deseo no debe calmar la pasión del prelado. Inés sucumbe con tantos remordimientos, tanto placer, sufrimiento, piadosos desgarramientos, fingidos o sinceros, que su episcopal amante se aferra en cuerpo y alma a la pequeña hechicera extraída del espejo encantado. Soberbia excusa: ¿cómo resistir a la magia aun siendo un arzobispo?

La misión de Inés no ha terminado. Gebhard, evidentemente, oculta a una amante protestante. Inés se ofende, el arzobispo la muestra. Ella se convierte públicamente en su concubina. Los Mansfeld, que no esperaban otra cosa, se quejan del escándalo y reclaman inmediata reparación: so pena de muerte exigen la boda, es decir, la conversión.

La trampa ha funcionado bien. De siete arzobispados, tres han pasado a ser protestantes: Magdeburgo, Bremen y Lubeck.

Rodolfo sigue la aventura de Colonia con la mayor inquietud. Si Colonia se convierte, la reparación del ultraje al honor de Inés dará la mayoría al sector protestante y el próximo emperador será protestante, el catolicismo se destruirá en Alemania, la Casa de Austria perderá la corona. Los católicos tomarán las armas y los Estados alemanes serán presa de una guerra de religión. ¿Qué espera el Papa para hacer entrar en razón a su arzobispo?

Rodolfo no puede ceder Colonia a los protestantes, pero la guerra le repugna demasiado. Envía a su canciller, Jaime Kurz de Senftenau, que propone a Gebhard una enorme indemnización financiera a cambio de su dimisión.

Por toda respuesta, el arzobispo desposa a su amante.

El Papa ha tenido hasta entonces una paciencia extraordinaria, fingiendo durante mucho tiempo no saber nada. Pero Su Santidad no puede dejar de excomulgar a un arzobispo casado. Lo excomulga.

Gebhard arma un ejército mientras estallan las habituales querellas para apoderarse de su sucesión. El hermano del duque de Baviera, el obispo Ernesto, marcha hacia Colonia, facilita la fuga a Gebhard y se hace elegir en su lugar: Ernesto acaba de comerle el peón al cardenal Andrés, hijo del archiduque Fernando, candidato de Rodolfo. Toda Europa interviene: los Países Bajos, Inglaterra, los protestantes franceses impulsados por Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, que espera romper la Liga católica y terminar con el Papa y el emperador.

Rodolfo, en este embrollo donde el amor ya no interviene, descontenta a los católicos, que le reprochan no comprometerse en la Liga y lo acusan de una tolerancia insensata hacia los herejes, sin satisfacer tampoco a los protestantes, furiosos porque el emperador, por una vez de acuerdo con el Papa, excluye a Gebhard del imperio. Nadie reconoce que el emperador actúa con la más extremada prudencia, con lentitud tal vez, pero para el bien de sus súbditos, para evitarles los desastres de una guerra, buscando las soluciones menos injustas, las menos dolorosas, las menos trágicas, tratando de encontrar un arreglo aceptable, haciendo todas las concesiones posibles.

Rodolfo espera. Está convencido de que Guillermo de Orange no tomará las armas para defender a los fugitivos, a los que ha dado asilo. Sabe también que los hugonotes franceses, a pesar de los esfuerzos del bearnés y de Ségur, que alienta a los príncipes protestantes a romper con el Papa y el emperador, carecen de los medios para iniciar operaciones militares y que ningún elector protestante desea un conflicto armado con los católicos. Como Rodolfo inspira respeto a sus súbditos, hasta a los príncipes y a los herejes, los persuade de que una política alentada hasta ese punto por Francia es perjudicial para el imperio. Pero las aquiescencias tardan en manifestarse y Su Majestad, a su astuta manera, con rodeos, perdiendo el tiempo, poniendo a los luteranos contra los calvinistas, rompe suavemente la unidad protestante. De modo que Ségur no encuentra frente a él más que facciones divididas. Ségur comprende que el emperador lo ha burlado.

 

Abandonado por el fugado arzobispo, Scotto, asustado y a la deriva, llega a Praga. El 14 de agosto de 1590 entra en la ciudad con tres carrozas tapizadas en terciopelo rojo, escoltado por cuarenta servidores a caballo. Hundido entre los almohadones, con un sombrero ocultando su frente, sus afilados bigotes aguzándole la cara, los praguenses lo entrevén a través de las portezuelas ensuciadas por el largo camino. Pero si, al levantar la mirada hacia el Hradcany, donde reside el emperador de los magos, Scotto piensa que ha llegado al término de una vida de aventura, no imagina que su ruidosa aparición se ha notado, tal vez, demasiado.

En el castillo, ya son varios los que consiguen buenos puestos a la sombra del trono y, mientras Scotto se instala en una posada de la ciudad vieja, sus rivales consideran su intrusión con el mayor disgusto, dos ingleses sobre todo. Edward Kelley y John Dee, llegados a Praga en 1584, apenas un año después de la instalación de Rodolfo, gozan de una buena posición y no están dispuestos a facilitar la carrera de un competidor.

Kelley, alquimista oficial de Su Majestad Imperial, que cuece elixires de vida de los que el emperador se digna mostrarse satisfecho, defiende sus privilegios contra el «honorable caballero italiano», con una determinación tan virulenta que lo arruina en tres años. En 1593, Scotto, relegado a una miserable casucha de la ciudad vieja, sobrevive vendiendo lastimosos ungüentos, gelatina de cuerno de buey y vitriolo.

 

Scotto figura en la literatura de Praga cargado de todos los pecados del infierno y de todas las desgracias de los hombres. En la novela de Josef Jifí Kilar, Pelka Zplozenci (Progenie Infernal), escrita en 1862, suprema cursilería del horror de Praga, Giovanni Scota, alquimista y médico, nigromante y alabardero del príncipe serenísimo y señor Satán, posee una señal demoníaca sobre la nariz: una verruga marrón en forma de una araña de jardín, que se enrojece en cuanto se despierta la concupiscencia de su propietario. Vive en una ahumada casucha, posee un atanor de oro y de cristal, raíces de la hierba Sidrikma —la hierba de las siete hierbas, el combustible del atanor—, veneno de sapos, aguijones de abejas reinas, baba de lobos hidrófobos, la piedra Anaquitis, destinada a captar los rayos de la constelación de las Pléyades, que ha robado un día a los guardianes del buey Apis en el templo de Isis y de Osiris, en las ruinas de Menfis. Una hechicera, que ya tiene dos hijos mellizos, Vilem y Jost, desposa a Scota en segundas nupcias y le da una hija, Lucrecia, la Bella Diablesa. Un chambelán de Rodolfo persigue a los mellizos y acusa a Vilem de matar a su hermano, cuando él es el verdadero asesino. Colgado el 25 de mayo de 1593, Vilem, a causa de una violenta tormenta, consigue descolgarse de la horca.

Con Rodolfo y Scota, vuelve al lugar del suplicio a buscar la mandrágora que crece al pie de los cadalsos. Scota se ha convencido de que ha encontrado la receta de la inmortalidad y quiere ensayarla en Vilem. Bastará con descuartizarlo y depositar sus miembros en el atanor. Éstos volverán a unirse y Vilem será inmortal. Vilem se instala sobre la mesa de disecciones. Su madre interviene para salvarlo con un haz de serpientes en la mano derecha y una mandrágora en la izquierda. En ese momento, su falda se desgarra: una de sus piernas es una prótesis de metal, la otra una pata de asno, prueba irrefutable de que pertenece a la familia de las brujas.

Esta novela gótica, extravagante y falsamente rodolfiana, es ridiculizada por Voskovec y Werich, quienes, en Golem, escrito en 1931, presentan a Jeronym Scotta como un anciano regularmente revigorizado por un elixir, que roba el shem en una sinagoga, estrangula con su larga barba a un astrólogo rival y lo cuelga de un patíbulo. Pero la cuerda se rompe y el colgado vive.

Astrolog, escrito entre 1890 y 1891 por Josef Svátek, muestra a un Alessandro Gerónimo Scotta, astuto y refinado, que utiliza un espejo catóptrico para mostrar a la bella que codicia su novio en brazos de otra mujer. Luego desentierra delante de Rodolfo una momia para probarle que en Bohemia vivían egipcios. Cansado, se le cae el cupón de expedición del vendedor a los pies de Rodolfo y Scotta es encerrado en prisión. Liberado al cabo de tres años, termina su lamentable existencia vendiendo jugos de plantas, borrajas y electuarios calmantes. Probablemente por eso, en Labyrint slavy, poema de Jan Erazim Vocel, escrito en 1846, el diablo se queja de haberse convertido en vendedor de ungüentos y se dice «maestro italiano».

Estos relatos burlescos aumentaron a Scotto a ultranza. Sin embargo, dan cuenta de un mundo en plena mutación, en el que lo fantástico y la ciencia se codean, donde se desentierran las mandrágoras, donde el doctor Jan Jessenius hace, en 1600, la primera autopsia pública narrada por Dacicky en sus Memorias: «En Praga, cierto doctor, médico extranjero, queriendo conocer perfectamente la naturaleza del hombre, pidió al tribunal que le entregara un criminal condenado a muerte. Después de envenenarlo, lo disecó, abrió todos los miembros y observó lo que había en el interior del cuerpo, especialmente las venas. Los médicos dieron a ese arte el nombre de anatomacia». Por más que este arte, distinto de los demás, sea de práctica corriente, la descripción impresiona, tan diferente es su tono del nuestro. El médico manda a su cobayo al otro mundo y lo abre con el escalpelo sin ningún escrúpulo.

Rodolfo no fue a arañar la tierra al pie de los cadalsos, bajo los cuerpos en descomposición de los ahorcados, pero autorizó oficialmente a sus magos a abastecerse al pie de las tres horcas levantadas en Praga para eliminar las bandas de asesinos italianos a sueldo que infestaban la ciudad. Sus alquimistas recogieron el moho de la putrefacción y buscaron la diabólica mandrágora, presente en los relatos de brujería desde la Antigüedad. Los griegos y los romanos preparaban con esa curiosa planta bifurcada, que se asemeja a un cuerpo humano de pie, y que, según la tradición rabínica, crece en el paraíso terrenal, filtros destinados a provocar el amor, a curar la esterilidad y a procurar riqueza. En la Edad Media, las brujas se cubrían de ungüentos de mandrágora antes del sabbat, y Rodolfo autoriza la cosecha de esa raíz, más cara que el oro.