El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 21 de 29

Páginas del PDF

El emperador de los alquimistas

Capítulo Veintiuno

 

«¡Soy un hombre pecador!»

 

Lleva una armadura de caballero, saca el pecho, su barba es puntiaguda, el rostro oval; apoya la diestra en una esfera armilar, la siniestra empuña una espada. Ya no se ve la juntura de la nariz de oro, que reemplaza a la de carne, cortada en un duelo por una mujer. Tycho Brahe ya no se mueve. Esculpido en mármol rojo de Slivenec, vela por la eternidad sobre su lápida sepulcral en la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, en Praga.

Su epitafio podría ser: «Por una mujer le cortaron la nariz, murió por no haber orinado». Sería demasiado breve, pues fue uno de los más grandes descubridores de planetas de su tiempo y, contrariamente a los demás astrónomos, vivió rico, mimado y, en dos cortes de Europa, en Dinamarca y en Praga, rodeado a su vez, de unos pocos seguidores.

 

Cuando Tycho parte a Praga, en 1599, revienta de suficiencia, su vanidad es insoportable. Pero ha descubierto y explicado la variación de la ecuación anual de la Luna y determinado la desigualdad principal de la órbita lunar con referencia al plano de la eclíptica. Sitúa todavía a la Tierra en el centro del mundo, pero concibe que los planetas giran alrededor del Sol, satélite de la Tierra. Ha calculado que la distancia que separa a las estrellas fijas de la Tierra debe de ser tres mil cuatrocientas cincuenta y ocho veces la de la Tierra al Sol. No ha quedado tranquilo con sus cálculos: Dios no puede haber creado tales inmensidades que no sirven para nada.

Cuando el emperador, que sigue sus trabajos desde hace años, le escribió para invitarlo, Tycho prefirió permanecer en Dinamarca, en Uranienburgo, su observatorio, en el islote de Hveen, en el 0resund. Pero a la muerte de Federico de Dinamarca, se vio privado de parte de sus ingresos y se cuestionaron sus trabajos. Corrió el riesgo de ser enviado ante los tribunales de la Inquisición. Si en ese momento no se decidió a aceptar la invitación imperial, fue porque los horóscopos le predecían un desastre en Bohemia. Obligado a dejar Dinamarca, su situación se volvió insostenible. Entonces, envió a su hijo para entregar al emperador un libro, en el que determinaba la posición de setecientas setenta y siete estrellas, y una súplica explicándole que, refugiado en Alemania, en el castillo de Wandbeck, cerca de Hamburgo, era desdichado y reclamaba ayuda y protección.

El emperador recibe al mago de la bóveda celeste, descubierto, como a un monarca, y le da la bienvenida en latín. Con ningún alquimista ha tenido semejantes miramientos. Tycho Brahe es astrólogo y matemático, y las matemáticas tranquilizan a un monarca arrastrado de la exaltación a la depresión, impulsado a mórbidas ensoñaciones, que se debate contra una eterna melancolía. La química es engañadora —Rodolfo ha sentido esa decepcionante experiencia—, no así las matemáticas. Tycho explora un registro que se basa en datos científicos rigurosos y que exalta la imaginación de Rodolfo, convencido de que las estrellas pertenecen a los sueños de los hombres —desde los Reyes Magos, guiados en la noche hacia el pesebre de Belén — y de que el cielo esconde más secretos, más magia, más infinito terreno para la ensoñación y las ciencias que el alambique donde gorgotea la Obra. El emperador da al astrónomo la casa del ex canciller Curtius. El último piso se organiza como observatorio. Tycho transporta allí sus instrumentos. Rodolfo lo visita a menudo. Tycho se queja de no poder trabajar con la suficiente concentración mental. El emperador le ofrece un pabellón de caza en Bohemia oriental, Benatky, y lo transforma en un observatorio que rivaliza con el de Uranienburgo. ¿Tycho está satisfecho? No del todo. Su familia se aburre en el campo, y él trabaja mal en Praga. Antes de agotar la paciencia del emperador, se decide a repartir su tiempo entre sus dos residencias.

Con Tycho Brahe, Rodolfo inaugura una nueva manera de buscar la eternidad. Se siente atraído por el cosmos. Los sabios de su tiempo están descubriendo y explorando, solamente con sus cálculos, la inmensidad celestial. Rodolfo brinda un apoyo total a sus investigaciones. Sus artistas producen belleza, sus alquimistas le prometen oro y longevidad. Matemáticos y astrónomos son descubridores puros. El producto de sus esfuerzos es una abstracción: un arduo enfoque del conocimiento del mundo. Rodolfo, apasionado, les proporciona enormes medios.

Confía en Tycho como astrólogo (un hombre capaz de calcular la posición de las estrellas debe poder leer en ellas el futuro), y como médico. Tycho prepara un brebaje que contiene melaza, tintura de coral y oro potable, con el que Rodolfo está muy contento. Satisfecho con el elixir, confía en las predicciones. Tycho las hace en cantidad. Muchas son falsas. Varias resultan acertadas. Todas son nocivas.

Tycho dice a Rodolfo que morirá asesinado por un hombre de Iglesia, como Enrique III de Francia. Falso. Le predice que morirá poco después que su león. Correcto. Pero, contrariamente a las apariencias, los tantos no son uno contra uno, pues predecir a un emperador ansioso que terminará asesinado, es aumentar sus angustias, agudizar sus terrores y hacerle la vida infernal. En una época en que la religión ocupa un lugar determinante en la vida cotidiana, en que los sacerdotes están muy presentes, en que sus ropajes los señalan y en que Rodolfo los frecuenta inevitablemente, es convertir su existencia en una pesadilla y hacer de él un hombre frágil. Los delirios ulteriores de Rodolfo sobre los capuchinos, cuyos campanarios se ven desde el castillo, y sus campanas escucha repicar, no tienen más origen que el miedo provocado y alentado por Tycho, que asegura así su poder sobre el emperador. Todavía hoy se cuenta en Praga que el astrólogo podría haber exacerbado esa obsesión en Rodolfo porque el ruido de las campanas le molestaba.

Independientemente de semejante bajeza, y aunque Rodolfo no lo admita, Tycho ejerce una influencia desastrosa en él, pues agrava sus defectos. Tycho tiene supersticiones de mujer vieja: si ve una liebre o un gato negro, entra en trance, huye a su casa y no sale en todo el día. En vez de luchar contra esa debilidad, cuenta a Rodolfo que, ciertos días, todas las decisiones que se toman son nefastas y que, durante períodos enteros, hay que abstenerse de cualquier iniciativa. Muy pronto, el hombre de la nariz de oro pasa por ser el genio malo del emperador.

 

En febrero de 1600, Tycho Brahe invita a Johannes Kepler unos días. Este último escribe:

«Hay que creer que el emperador posee cierto arte arquimediano del movimiento. Ese movimiento es por el momento tan poco perceptible que no se tiene conciencia de él, pero finalmente hace mover las masas. Este príncipe está en Praga, no conoce nada de las cosas de la guerra, carece de autoridad en el sentido en que se entiende esta palabra, y realiza milagros. Los señores se le someten, hace a los príncipes tratables, detiene al sultán que ha hecho reinar el terror, lo desgasta lentamente con una pequeña guerra que poco lo perjudica a él mismo».

Tycho Brahe ha invitado a Kepler porque la primera publicación del joven matemático de veintinueve años ha llamado la atención de todos los matemáticos. Tycho quiere conocerlo y asume el riesgo calculado de que lo conozca el emperador. A los cincuenta y cuatro años, goza de una prestigiosa posición oficial de matemático, astrónomo y médico. Su Majestad Imperial, seis años más joven que él, se acerca a la inquietante cincuentena y podría encapricharse con Kepler, si su carácter no lo inclinara más a la fidelidad que al cambio. Al ser el instigador de un encuentro que, puede apostarlo, hubiera tenido lugar de cualquier modo, pues Rodolfo no hubiese resistido a la tentación de llamar junto a él al más brillante representante de la nueva generación de astrónomos, Tycho espera beneficiarse con ello. Tanto más porque, después de su visita a Praga, el joven sabio regresará a su casa.

 

Pobre y protestante, Kepler fue educado gratuitamente en el seminario de Tubingia. Los sacerdotes no lo obligaron a convertirse y le dieron un oficio. Profesor de matemáticas, ejerce en Graz, adonde regresa tras su visita a Praga. Le ha agradado el emperador, pero se sintió turbado por las resonancias maléficas que lo rodean. Todavía inquieto por lo que ha visto en Praga, Kepler, expuesto a los avances de la Contrarreforma y amenazado con perder su trabajo, tiene un movimiento reflejo rodolfiano: cae enfermo. En su infortunio, solicita la protección de un emperador que reacciona a los tormentos de la vida del mismo modo que él, al que respeta al punto de llamarlo Caesar, que no quema a los herejes, ennoblece a los artistas, apoya a los astrónomos y no le sorprende aprender que la Tierra gira. La respuesta del emperador devuelve a Kepler la salud. Abandona Graz por Praga con la esperanza «de alcanzar a Dios con las manos». Pero, en Praga, Brahe se apresta a taparlo, a fin de conservar para él solo, no la gloria, que se resignaría a compartir con Kepler, sino los enormes beneficios materiales que saca de su situación.

Kepler pronto se da cuenta de que depende en todo, no del emperador, sino de Tycho Brahe. Trabaja bajo su dirección, le da cuenta de sus investigaciones, es remunerado por él. Es decir, que se encuentra en la miseria mientras que Brahe, rico, próspero y mundano, de sórdida avaricia, no le comunica el resultado de sus trabajos y no le da con qué vivir. En pleno invierno, Kepler no tiene leña para calentarse. Su mujer, inestable, que terminará loca, tiembla de frío, empalidece, adelgaza, echa de menos Graz y teme las trampas de Praga. Kepler se dirige al emperador, que lo saca de la pobreza.

 

La animosidad de Tycho Brahe hacia Johannes Kepler proviene de unos celos exasperados por la edad y de una divergencia esencial sobre la manera de abordar el mundo y Dios. Esa oposición, que se lee en sus rostros, consolida la desconfianza y el odio entre los dos hombres.

Mundano y muy cuidado en su persona, Tycho Brahe posee una cara de óvalo clásico y ojos claros, pero el derecho, en el retrato conservado en el convento de Strahov, se ve velado por un humor opaco. Una barba corta acusa suavemente la punta del mentón. Sus bigotes se abaten como dos alas sobre una lujosa golilla rizada que le tapa el cuello. Su capa de corte se entreabre sobre un rico jubón sobre el que brillan varias hileras de cadenas y una gran medalla redonda.

Como el reverso de esa redondez decidida, el rostro atormentado y ardiente de Johannes Kepler es devorado por los inmensos ojos de un negro carbonoso, enmarcados por tupidas cejas debajo de una gran frente rectangular, casi caricaturesca. Una nariz huesuda desafía a un bigote y a una barba colgantes, cortados de cualquier manera, sin la meticulosa aplicación de las tijeras y del peine de Tycho Brahe. Kepler tiene las mejillas afeitadas, hundidas, las orejas separadas. Él no se preocupa y no utiliza ningún artificio para atenuar las características osadas de sus facciones austeras, que hacen juego con sus ropas. Un cuello blanco tieso, bordeado de un fino encaje, evoca el almidón, el jabón y el olor que deja el planchado, más que el discreto perfume que parece aspirarse alrededor de Tycho Brahe.

Frente a la gracia amable de Tycho, Kepler encarna una pasión devoradora. Dedica a su apariencia el tiempo necesario y suficiente, ni un minuto más. Se halla constantemente absorbido por sus trabajos y sólo vive para ellos. Todo arde en el interior de ese hombre que no se preocupa por la apariencia.

Sus trabajos podrían acercar a los dos matemáticos, si sus conclusiones no los opusieran. En esa época, matemáticos y astrónomos descubren que la Tierra gira, pero no tienen los medios para demostrarlo. Esa afirmación, hoy elemental, en ese entonces parece tan estúpida, contraria al sentido común y blasfema hacia la Creación de Dios, que hasta los sabios se dividen en dos campos: los seguidores de Copérnico y los demás.

Los demás, y Tycho Brahe con ellos, se equivocan.

Por su parte, Kepler está persuadido de que el sistema de Nicolás Copérnico, astrónomo polaco, nacido en Thorn en 1473, es correcto. Copérnico demuestra, solamente con sus cálculos, sin ningún instrumento pues el primer anteojo astronómico será inventado después de él por Galileo, el doble movimiento de los planetas: sobre sí mismos y alrededor del Sol. Kepler ha leído De revolutionibus orbium caelestum libri VI. Copérnico murió justo después de su publicación, en 1543, sin dar al Santo Oficio, que se toma el tiempo de investigar sus legajos, el placer de perseguirlo. La Inquisición esperará hasta 1616, setenta y tres años después de la muerte del polaco, para condenar sus teorías. En esa fecha también Tycho ha muerto con la conciencia en paz, después de haber hecho todo lo posible para impedir que la perturbadora Tierra gire, y los problemas se abaten sobre la generación siguiente. Galileo Galilei, físico y astrónomo italiano, llamado Galileo, después de publicar, en 1632, todas las pruebas de la verdad del sistema de Copérnico, es obligado a abjurar de rodillas frente a la Inquisición. Pero él se marcha, musitando entre su gran barba la frase que, auténtica o no, atravesó los siglos: ¡E pur si muove! ¡Y sin embargo se mueve! En esa época, Johannes Kepler, siete años menor que él y persuadido igualmente, ya había muerto tres años antes.

 

Contrariamente a Tycho, aterrorizado ante la idea de quebrantar certezas siempre aceptadas, cuanto más calcula Kepler, menos duda de una rotación que se pretende sacrílega.

Tycho suele entrever, en medio de un espantoso tormento, lo que Kepler distingue tan claramente. Pero en Dinamarca estuvo a punto de tener serios problemas, él restableció brillantemente su posición, ahora goza de un puesto excepcional y no quiere contrariar al Santo Oficio bajo ningún pretexto.

Kepler, que no pierde de vista a Dios en sus investigaciones y cuyo genio es capaz de abarcar las certezas científicas y divinas, estima que la Inquisición carece de competencia para decidir el movimiento de los astros. Sus cálculos herejes desmienten la visión aristotélica del mundo y perturban las creencias de su tiempo. Kepler acepta ese sistema que ha puesto a todo el mundo de acuerdo en su contra, desde Lutero hasta la Inquisición, porque altera el equilibrio del mundo y quebranta las bases sobre las cuales las autoridades religiosas y científicas lo creen asentado desde la Antigüedad.

Hasta el siglo XVI, se piensa que el mundo es pequeño, enteramente organizado alrededor de la Tierra, concebida por Dios para el hombre. Dios está arriba, en el Cielo, y el diablo abajo, en el Infierno. Admitir que la Tierra gira es aventurado; suponer que no es el centro del universo es una blasfemia, pasible de los tribunales de la Inquisición. Ya, Kepler es hereje. Como buen protestante, él conoce la Biblia y no encuentra en ella nada que impida girar a la Tierra, sino una explicación tan poética que es imposible extraer de ella una conclusión científica. Dios ha creado un mundo estable, dice el Salmista, pero no se trata «de una especulación sobre las causas físicas». Para el astrónomo, no hay ninguna incompatibilidad entre su fe cristiana y el ordenamiento del cosmos. El dios en el cual cree no teme el movimiento de los astros ni el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo.

Tycho rechaza esa evolución. Ya soporta que Dios haya creado distancias inútiles y completamente exageradas, tolera también que los planetas giren, pero ¡que la Tierra al menos siga siendo el centro del universo! Dios no se habría permitido crear el mundo de otro modo.

A Kepler no le molesta la idea de un Dios infinito, creador de un universo infinito. Descubre, justamente, que el mundo es infinito, que Marte deriva sobre una órbita elíptica uno de cuyos focos ocupa el Sol, que su velocidad varía según su distancia con respecto de ese astro.

Tycho encuentra ese cálculo hereje. Ahora tiene sesenta y cuatro años. Colmado de favores por Rodolfo, lleva la espada al costado, participa en la vida de la corte, y asiste a continuos banquetes. Uno de tantos. El 13 de octubre de 1601, en casa de Pedro de Rosenberg, come mucho, bebe más aún. Pero como la fiesta es ofrecida en su honor, no osa eclipsarse discretamente, se sacrifica en el altar de la perfecta urbanidad y permanece cortés hasta la muerte. Estalla su vejiga. Transportado a su casa, agoniza durante diez días en medio de grandes sufrimientos.

Antes de comparecer ante el Creador lo embarga el miedo. Él es responsable de los descubrimientos de Kepler, pues permitió que se hicieran y Kepler trabaja a sus órdenes. En el momento de cruzar el gran puente que separa a los vivos de los muertos, el moribundo llama a Kepler.

Ahora están frente a frente, el uno en su lecho de muerte, el otro ansioso por regresar a sus cálculos. Dos sabios, cada uno de ellos seguro de estar en la verdad. Se enfrentan. El que muere pide al otro que mienta y oculte el resultado de sus trabajos para no alterar al mundo, para no quebrantarlo, romperlo, quitarle sus convicciones cristianas. La boca tiembla en la cara redonda donde se graba el sufrimiento. Tycho ve la muerte, y a las generaciones venideras arrastradas en un torbellino en el que ha muerto Dios.

Kepler no quiere ser responsable del nacimiento de un mundo privado de Dios. Sin embargo, no puede ocultar el resultado de sus investigaciones.

Tycho Brahe le asegura que puede. Él ha hecho los mismos cálculos que el brillante joven, ha llegado a las mismas conclusiones. Sabe que Copérnico no se equivocó. Y justamente, porque tienen razón, deben callar y disimular ante los ignorantes, capaces de hacer el más catastrófico uso del resultado de investigaciones tan complejas. No todo el mundo puede escalar las mismas cimas.

Al borde de la cama, Kepler oye, de boca del hombre de la nariz cortada, a quien nunca quiso, una verdad que lo perturba y lo deslumbra. Acepta mentir para salvar una idea. Hace lo que Einstein y Oppenheimer lamentarán no haber hecho: consiente, en nombre de un ideal, en no divulgar sus conocimientos.

 

Ahora solo, Kepler penetra en el cosmos y lo explora. Sin nave espacial, sin telescopio astronómico, sin tabla de logaritmos, circula entre las estrellas y elabora para Rodolfo el mapa de miles de ellas.

Nueve años más tarde, convertido en astrónomo y matemático imperial, publica su Astronomía Nova o «Física de los cielos explorados sobre las bases de la ley de Causalidad y desarrollada analizando los movimientos de Marte, fundados en observaciones de Tycho Brahe».

En su introducción, afirma que nada, en su libro, está en contradicción con la Biblia «salvo el respeto que debo a los doctores de la Iglesia», y enuncia las dos primeras leyes que permitirán a Newton deducir el principio de la atracción universal:

1) Las órbitas planetarias son elipses, uno de cuyos focos ocupa el Sol.

2) Las áreas descritas por los rayos vectores, que van del centro del planeta al centro del Sol, son proporcionales a los tiempos empleados en describirlas.

La tercera ley: el cuadrado del período de revolución planetaria es proporcional al cubo del eje mayor de la órbita, se encuentra en Harmonía mundi, publicada después de la muerte de Rodolfo, que concluye con una impresionante profesión de fe:

«¡Oh, Tú, que despiertas en nosotros, por la luz de la naturaleza, el deseo de la luz de Tu gracia, a fin de transportarnos por ella a la luz de Tu gloria! Te doy gracias por lo que me has alegrado, ¡oh, Señor y Creador, con la contemplación de Tu creación, permitiéndome admirar en ella las obras de Tus manos! He aquí terminado el trabajo de mi vocación, ayudado por la inteligencia que Tú me has dado; he mostrado la gloria de Tus obras a los hombres que lean estas líneas, al menos en la medida en que mi mente limitada pudo comprender algo de Tu infinita majestad. He intentado pensar lo más justamente posible. Si yo, pobre gusano de la tierra, nacido y envejecido en el pecado, pude lanzar algo que no fuese digno de Ti, Te ruego me instruyas a fin de que pueda corregirlo. Y si la misma belleza de Tus obras tan admirables hubiese creado en mí alguna confusión, o aun si hubiese buscado mi propia gloria ante los hombres en la elaboración de una obra destinada sin embargo a Tu gloria, entonces, Señor, perdona mis faltas por Tu gloria y en Tu misericordia. Y concédeme finalmente la gracia de que esta obra sirva a Tu gloria y a la salvación de las almas y que no cause ningún mal».

Luego, Kepler escribe: «A fin de cuentas, me veo, como Pedro, obligado a exclamar: “Aléjate de mí, Señor, pues soy un hombre pecador”».

Es el jadeo desesperado del sabio visionario que asiste al desencadenamiento de la locura del mundo. La guerra de los turcos contra el imperio no cesa. Un emperador, ya enfermo, permite a Kepler proseguir sus investigaciones. ¿Pero qué uso se hará de su trabajo y del que éste posibilitará después de él? ¿A dónde conducirán a la humanidad esos descubrimientos tan exultantes que abren las puertas de un nuevo mundo? Los hombres del futuro no se le parecerán, y no trabajarán para la mayor gloria de Dios. Asaltado por lúgubres presentimientos, Kepler adivina que el camino que él abre a la ciencia conduce tanto a Dios como al demonio.

Tiene miedo del futuro, miedo de mirar en la dirección de la fisión del átomo, y comprende de pronto que las ciencias exactas son mortales. Es entonces cuando exclama:

«Aléjate de mí, Señor, pues soy un hombre pecador».