El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 22 de 29

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El emperador de los alquimistas

Capítulo Veintidós

 

El 25 de septiembre

de 1600

 

El emperador ha envejecido. El nuncio ha vencido a su ministro y lo acosa todavía. El emperador le hace esperar en antesalas, pero se verá obligado a recibirlo. Tiembla de ansiedad. A veces, el pánico no espera la oscuridad. El día y la noche se mezclan y forman un magma en el cual él se debate, viejo, solo, inquieto. Crisis de angustia lo abaten. Quisiera huir. El gobierno podría prescindir de él; la pesada máquina funciona sola: Consejo Secreto, Cancillería Imperial, Cámara de la Corte y Consejo Imperial de Guerra.

La guerra dura.

Los turcos amenazan Viena. Rodolfo ya no duerme. Además, bebe. Después, vuelve a caer en sus pesadillas. Es como para preguntarse cómo logra todavía realizar su trabajo de emperador. Pero lo hace.

 

En julio de 1600, recibe una embajada proveniente de Francia, aunque él prefiere no pensar en Francia desde que Enrique III fue asesinado por el monje dominico Jacques Clément, el 1 de agosto de 1589, once años antes. El monje fue descuartizado. Y él, el emperador, ¿terminará también bajo el cuchillo de un clérigo?

Francia ha sido asolada durante cuarenta años por una guerra de religión. Rodolfo se ha guardado de tomar partido. Hasta intentó disuadir a los mercenarios alemanes de mezclarse en ella, pero ellos intervinieron en los dos bandos y se mataron los unos a los otros sin problemas de conciencia, por dinero y por el salvaje placer del pillaje. La abjuración solemne de Enrique IV, el 25 de julio de 1593, en la abadía de Saint-Denis, puso fin a cuarenta años de matanzas. Curiosa conversión, que el Papa no se apresuró a aceptar, y que podría haberse producido inmediatamente después de la noche de San Bartolomé, en 1572. Rodolfo tenía entonces veinte años. Lo recuerda bien.

Habitualmente, recibe lo menos posible y durante el menor tiempo necesario, pero esta vez conversa más de una hora con los embajadores de Enrique IV. Lo hace con segundas intenciones: necesita la neutralidad de Francia en la guerra contra los turcos. La primera audiencia satisface a todo el mundo.

La segunda se desarrolla menos bien. Rodolfo, irritado al enterarse de la próxima boda del rey de Francia con María de Médicis, que lo ha rechazado tiempo atrás, observa con mirada crítica a la delegación emperifollada y charlatana que ya ha adquirido en la ciudad una reputación de avidez y de frivolidad, y abrevia la entrevista. Los franceses se declaran encantados con Rodolfo. Lo encuentran noble, expresándose como un emperador (¿de qué otra manera podría expresarse?), y no comprenden que la volubilidad de ellos ha producido una impresión detestable en un monarca cerrado y misterioso.

A pesar de todo, esa embajada fue una distracción en medio de las preocupaciones del reinado.

Transilvania no es una de las menores. Rodolfo deseó siempre unir ese territorio a sus Estados, única manera de hacerlo gobernable. Alienta todavía algunas ilusiones con respecto al joven príncipe Segismundo Bathory, que le ofrece su alianza y se reconoce su vasallo.

Para sellar ese trato, Segismundo obtiene en matrimonio a la muy joven archiduquesa María Cristina de Estiria. Aterrorizada de ser entregada a un salvaje transilvano, que reina en un país de gente feroz, mitad turcos, asesinos y violadores, la princesa llora. Sus allegados la persuaden de que, gracias a su sacrificio, los turcos serán expulsados de Moldavia y de Valaquia. María Cristina se resigna, parte a Transilvania, desposa al salvaje y ya no entiende nada. Lejos de ser un violador, Segismundo, incapaz de consumar el matrimonio, siente mucho miedo por su mujer y su principado. Envía a María Cristina al convento de las damas nobles de Halle donde la abandona y, en 1597, da Transilvania a Rodolfo a cambio de dos ducados, de una renta y de la formal promesa de que el emperador intervendrá ante el Papa para obtener la anulación de su matrimonio. Unos meses más tarde, Segismundo, que se arrepiente de haber renunciado, no a su mujer sino a su principado, recluta tropas. Derrotado por las de Rodolfo, se refugia en Polonia.

Transilvania recae en su primo, el cardenal Andrés Bathory. El cardenal no dura mucho.

Es asesinado por el vaivoda Miguel, que se apodera de Moldavia y de Valaquia, formando, con tres siglos de anticipación, la gran Rumanía de 1919. Pero reina por el terror y los transilvanos recurren al emperador. Rodolfo les envía a Basta de Szathamar, que expulsa al vaivoda Miguel e instaura un régimen más pacífico que tranquiliza a Rodolfo momentáneamente, pues ninguna paz es duradera en esa atormentada región donde la Historia reitera matanzas y atrocidades.

 

Rodolfo sigue negándose a recibir al nuncio, pero se resigna a conceder una audiencia al conde de Olivares, condestable de Castilla. El conde le anuncia el acceso de Felipe III al trono, y aprovecha para abordar el detestable tema de la sucesión. Los españoles apoyan al archiduque Alberto, marido de la infanta, pero el primer ministro de Rodolfo, Segismundo Rumpf, marqués de Wulross, prefiere a Matías. Rodolfo detesta a sus dos hermanos y no soporta que lo acosen para obligarlo a designar él mismo a quien lo despojará de todo. Desde hace años lo atormentan con el tema. ¡Él no quiere sucesor, ni heredero, ni nadie después de él!

Naturalmente, el Papa se inmiscuye, con su maldito nuncio. Roma y Madrid se entienden bien, y coinciden en perseguir al emperador. Sobre todo, porque entre el Papa y el emperador el tiempo ha solidificado un viejo rencor. El Papa siempre elige, para enviar a Rodolfo, a los peores de sus cardenales y ha instalado en Praga una comunidad de capuchinos, dirigida por Lorenzo da Brindisi, predicador que hace temblar los vitrales en sus juntas de plomo, cuyo confesado propósito es alejar al emperador de la influencia de los magos. Como el arzobispo de Praga, Berka, un hombre, sin embargo, inteligente y bueno, no los ha desaprobado, el padre Lorenzo se ha propuesto expulsar al diablo del cuerpo del emperador. Rodolfo lo echa sin miramientos.

Pero Spinelli lo reemplaza en su objetivo. El emperador no puede echar al nuncio como a un simple capuchino. Un día u otro, se verá forzado a conceder una entrevista a quien, habiendo vencido a Zelinsky, lo ha privado de un admirable servidor. Lo hace esperar durante meses, y el nuncio, hirviendo de rabia y de humillación, no se rinde. La situación resulta insostenible, pero Rodolfo demora todavía la cita. Es débil, incapaz de soportar violentas presiones. Su única energía es el rechazo, la escapatoria. ¿De dónde sacaría suficiente belicosidad para enfrentarse a ese nuncio abominable que, ya una vez, lo obligó a inclinarse? Es incapaz de soportar de nuevo los métodos de ese mal sacerdote que envía al Papa informes venenosos, deplora hipócritamente no poder disimular la atroz verdad a Su Santidad, denuncia al emperador diciendo que ya no asiste a misa, tiembla al penetrar en la capilla, ordena a su capellán evitar las señales de la cruz y habla del Santo Padre en términos tan injuriosos que no pueden repetirse.

Finalmente, Rodolfo fija una fecha, el 25 de septiembre de 1600. Está enfermo de angustia a la espera del fatídico día. Como todos los que lo atormentan, el nuncio exigirá también que designe a su heredero, él que ha engendrado en Catarina hijos que no vendrán a devorarle en vida las entrañas. El nuncio es malvado. Rodolfo le teme.

El 25 de septiembre se encuentra en un estado de tensión insoportable. Por su parte, Spinelli ha tenido demasiado tiempo para preparar ese encuentro. Convencido de que volverán a pasar muchos meses antes de que consiga otra entrevista, levanta contra Rodolfo un acta de acusación. Osa recordarle que, inducido por hacedores de horóscopos, se ha negado a dar al mundo herederos legítimos, como era su primer deber, y que ahora no tiene la intención de arreglar la cuestión, fundamental para el porvenir de la cristiandad, de su propia sucesión. ¿Qué es un emperador del Sacro Imperio, aferrado a la existencia terrenal como si el más allá estuviese vacío o poblado de hechiceros y no iluminado por la gracia infinita del verdadero Dios?

Antes, Spinelli usaba la suavidad. Ya no es hora de tener paciencia. El tiempo pasa demasiado rápido. Ya se está en 1600, bella cifra redonda. El siglo XVII que comienza verá morir a todos los que están vivos por el momento y el emperador debe cumplir las tareas sagradas que le incumben.

Rodolfo detesta a esa sotana que viene a despertar sus terrores en su propio castillo, que atruena con los acentos de Torquemada y de Savonarola, y las palabras de fuego de los profetas del Antiguo Testamento. Vuelve a ver Toledo, oye los gritos de la muchedumbre, los apasionados juramentos; sigue la procesión lastimosa de los condenados, torturados y ensangrentados; retrocede ante los cuerpos fuertemente amarrados sobre las hogueras, que se retuercen en las llamas, y ante los que penden, ya muertos; respira el hedor de los cadáveres quemados y se debate en medio de los torbellinos de humo, con su garganta cerrada por las pestilencias de la muerte. Agita las manos delante de su rostro.

Spinelli no se calla y esgrime la herencia de Carlos V.

Rodolfo vuelve a ver las fabulosas ceremonias fúnebres de su abuelo que marcaron su primera infancia, pero evoca, con más fuerza todavía, la formidable desbandada del cortejo de Maximiliano, sobre el puente Carlos, cuando, joven monarca conduciendo el duelo, atrapado en un torbellino demencial, no pudo detener el movimiento de pánico que ganaba a la multitud y, refugiado junto al catafalco de su padre, vio a los dignatarios arrojar las insignias imperiales para huir más rápido.

¡Y Spinelli osa evocar ante él la muerte del siguiente emperador del Sacro Imperio! ¡Pero el siguiente es él, Rodolfo II de Habsburgo! ¡El siguiente cadáver de emperador que será tendido en medio de cirios encendidos mientras los sacerdotes canten el servicio de difuntos con sus voces cavernosas, será él, Rodolfo!

De pronto, lo aturde una terrible verdad. Tycho le ha vaticinado que lo matará un hombre de Iglesia. Spinelli va a asesinarlo.

Rodolfo retrocede.

Spinelli camina hacia él. Sucesión, Herejía, Turcos. Herejía. Sucesión. Es mi muerte anunciada. Spinelli va a matarme.

Rodolfo sigue retrocediendo. Spinelli avanza.

El emperador, acorralado, siente la pared a sus espaldas. El nuncio está próximo a él, avanza sobre el aire que respira, se acerca como para tocarlo.

Rodolfo percibe su aliento. ¡El aliento! El camino por donde se exhala el alma. Antes de matarlo, Spinelli lo hechiza. Rodolfo se sofoca. Mira afuera, por la ventana, como si por allí pudiese huir, como un pájaro.

Finales de septiembre. El verano se aleja, la naturaleza se debate ante el anuncio de su próxima agonía, el otoño pesa ya sobre Praga y sus tejados verde grisáceos, allá abajo. La superficie del Moldava está erizada de crestas gris oscuro, color pizarra. Nubes violetas se amontonan en el cielo. Un relámpago desgarra la masa sombría, pero no hay truenos. O los hay tan lejos que no se oyen, o están ahogados por ese otro trueno, la voz de Spinelli, quien, más y más inspirado, no se da cuenta de que Rodolfo, paralizado en una extraña actitud, no muestra más que repulsión.

Los negros nubarrones ruedan los unos sobre los otros; el Moldava es un río de lava solidificada.

Rodolfo, aterrado, no sabe cómo se libró del nuncio. Spinelli se ha marchado, pero el terror continúa. Rodolfo cree respirar aún el fétido aliento. Teme volverse loco. Un instante más tarde, tiene la certeza de que nunca ha estado más lúcido: ha bastado un simple dominico para apuñalar a un rey de Francia; para abatir a un emperador, hace falta un nuncio. ¡Tantos monarcas han sido asesinados!… En la antigua Roma, uno de cada dos emperadores murió violentamente. Terminar sus días en una cama es una hazaña de la que Rodolfo no se siente capaz. Él será estrangulado. Spinelli no se ha atrevido a asestar el golpe él mismo. Será un allegado suyo quien haga la tarea. ¿Pero quién? ¡Tu quoque Brutus! Eso no. Sus hijos no tienen ningún interés en su muerte, él lo ha calculado prudentemente, y Catarina, en su harén, siempre ha estado muy tranquila. ¡Ni una intriga de serrallo en veinte años! ¿Entonces, quién va a asesinarlo?

En septiembre, la noche cae más temprano, los días se acortan. Las antorchas hacen danzar las sombras, organizando fantasmagorías. Los esqueletos de animales sujetos al techo parecen moverse. Las Vitrinas de Curiosidades, atestadas de tesoros, se agazapan contra los muros, los marcos de las pinturas lanzan al suelo grandes sombras y él, el emperador, recorre sus galerías enloquecido como un ave nocturna.

Spinelli lo ha hechizado. Esa noche, las colecciones no tranquilizan a Rodolfo. Las Vitrinas de las Maravillas están llenas de objetos muertos incapaces de devolverle la felicidad perdida. No le queda más que el vino, rojo sangre, como la suya que va a derramarse. Bebe. Después, tal vez dormirá.

Se acuesta. No encuentra descanso. El sueño huye. Suenan las horas. Se revuelve entre sus sábanas. En su cabeza retumban las imprecaciones del nuncio. De pronto, en esas tinieblas de espanto, el rayo de luz.

Incorporado a medias en su cama, Rodolfo comprende el mecanismo de la conspiración urdida contra él. Todo se aclara, se vuelve límpido hasta sofocarlo. ¿Cómo no lo pensó antes? Es el primer ministro, Segismundo Rumpf, quien va a ejecutar a su emperador; Rumpf, firme sostén de la candidatura de Matías, que ha desaconsejado a Rodolfo desposar a la infanta, y trama a sus espaldas para coronar a Matías. Es Rumpf quien le asestará el golpe mortal.

Son las tres de la mañana.

Rodolfo aparta las mantas, se levanta, ordena que vayan a buscar a su ministro y se viste apresuradamente.

Sacan a Rumpf de la cama, se lo llevan.

Rodolfo le grita que pagará con su vida su traición, se apodera de un puñal y se arroja sobre él.

Estalla un trueno. Una luz cegadora ilumina las ventanas. Rodolfo vuelve el puñal contra sí mismo. ¡Si no puede asesinar, se suicidará! Los servidores acuden presurosos; lo desarman.

Rodolfo se arroja contra una ventana, arranca un trozo de cristal para cortarse la garganta.

Por segunda vez, sus servidores lo dominan.

El emperador se desmaya.