El emperador de los alquimistas
Capítulo Once
Un emperador
enfermo de reinar
La capital del imperio es Viena. Rodolfo reina primero allí durante siete años, antes de abandonarla por la ciudad mágica adonde lo llevan sus deseos.
Durante siete años espera a Praga y deja crecer su disgusto por Viena, donde las preocupaciones se abaten sobre él desde la apertura del testamento de su padre. Tradicionalmente, el emperador difunto repartía los territorios entre sus hijos. Maximiliano, que tenía seis, dejaba todo a Rodolfo, compensando a los demás con generosos resarcimientos financieros. Pero los otros, sobre todo Matías, el venenoso, que terminará por arrebatar la corona a su hermano, quieren reinar. Entonces los cinco, Ernesto, Matías, Maximiliano, Wenzel Ladislao y Alberto, reclaman, como si Rodolfo fuese su igual y no el emperador. Los archiduques se imaginan que pueden influir en Su Majestad Imperial y osan disputarle la herencia como verduleros. El imperio pertenece a Rodolfo, es indivisible y, en contra de sus hermanos, para empezar, él se afirma como emperador. Se niega a darles satisfacción. Al no acostumbrarse, como entre los turcos, a ejecutar a los pretendientes molestos, él parlamenta con su revoltosa parentela. Un pequeño golpe de suerte hace morir a Wenzel Ladislao, que vivía en la corte de Madrid con su hermana, la reina, y Felipe II.
Quedan cuatro hermanos vivos. Rodolfo nombra a Ernesto, su preferido después de los siete años compartidos en España, gobernador de la Baja Austria, y a Maximiliano gobernador de la Alta Austria. Matías y Alberto permanecen como desocupados imperiales.
Es una injusticia cronológica, no para Alberto que, siete años menor que Rodolfo, se resigna, sino para Matías, que esperaba ser considerado antes que Maximiliano, un año menor que él. Lo que ocurre es que Rodolfo desconfía de Matías, el beato, que atormentó a su padre agonizante suplicándole que se confesara y que sería capaz, si tuviese el poder, de instaurar una sangrienta Contrarreforma semejante a la que Felipe II practica en Flandes. Rodolfo no ha olvidado a los señores decapitados por quienes intercedió en vano, y no quiere que se trate con esa brutalidad a los pueblos que se encuentran bajo su cetro. Juzga a Matías severamente, lo cree impulsivo, vanidoso, intransigente, inmaduro, y no le confía ningún gobierno por temor a tener que reparar sus errores. Se imagina que así puede evitar problemas. De todas maneras los tendrá, y Matías, furioso, agrio, vengativo, no se lo perdonará jamás.
El testamento que tanto favorece al mayor, al punto de enfurecer a sus hermanos menores, pues lo que desean los archiduques no es dinero sino gobernar, tampoco contenta a Rodolfo, pues prevé un reparto de las colecciones —y Rodolfo no renuncia a ningún objeto del Tesoro sin experimentar un sufrimiento que nadie comprende, ni siquiera él. Separarse de una joya, de un cuadro, de una estatua, es un desgarramiento para ese soberano que recibe todo el imperio: sus tierras, sus ciudades, sus súbditos, y palacios repletos de obras de arte.
Sin embargo, no es de temperamento avaro. Pagar elevadas rentas a sus hermanos le conviene más que disgregar las colecciones. Contrariamente a los comerciantes y a los especuladores, acepta ceder dinero, pero no creaciones que son únicas. Por una obra que él desea, puede pagar diez veces, cien veces su valor.
Y aquí lo vemos, apenas coronado, obligado por las leyes dinásticas a renunciar a cierto número de objetos de arte, con los que mantiene una relación exclusiva de posesión. Forzado a distribuir con sus propias manos una parte del tesoro imperial, siente la violenta mordedura, en la que es imposible no reconocer lo más feroz del amor: la pasión. Tiene la sensación de que le arrancan la carne de encima de los
huesos cuando entrega a su tío, el archiduque Fernando de Tirol[24], las dos piezas fabulosas que corresponden al decano de la familia, según las leyes de la sucesión: un cuerno de unicornio, el ainkhurn, enorme defensa retorcida en tirabuzón de casi dos
metros, que parece un bastón de peregrino[25], y una fabulosa copa de ágata. El cuerno es el canino izquierdo del narval macho o unicornio de mar, gran mamífero cetáceo del Océano Glacial Ártico.
En cuanto a la copa de ágata de la Casa de Austria, la tradición asegura que se trata del Grial de los relatos de la Mesa Redonda, en el que José de Arimatea recogió la preciosa sangre de Jesucristo. Conservado en Constantinopla, robado por los cruzados latinos durante el saqueo de 1204, el Grial pasó a ser propiedad de los duques de Borgoña y fue transmitido a los Habsburgo por la hija de Carlos el Temerario.
Rodolfo, dividido entre la fe y la superstición, entre Dios y la leyenda, atribuye a ambos objetos el poder sobrenatural de conceder la felicidad y se persuade de que su tío Femando, ya propietario de fabulosas colecciones, no los necesita.
Él no había nacido cuando Fernando ya reunía sus colecciones, primero en Praga donde vivió hasta la muerte de su padre, el emperador Fernando I, luego en Innsbruck y finalmente en el castillo de Ambras, extraordinaria morada encaramada en una cima, rodeada de fortificaciones, con explanadas, jardines a la francesa y un pequeño templo circular. En ese castillo de cuento de hadas, en el que se suceden bailes y torneos, el buen tío Femando come en las cerámicas de Christoph Gantner, bebe en huevos de avestruz cuyo pie está formado por ramas de coral engarzadas en oro y pasea a su perro con una traílla cuyo extremo es de oro macizo, mientras amontona, con las telas y las esculturas que componen el fondo de sus galerías, cristales de los maestros vidrieros de su fábrica de Hall, minerales de Joachimstal, en los Erzgebirge, y de Schwarz en el Tirol, relojes de complejos mecanismos, autómatas, moluscos nautilos, un neceser de aseo de nácar, además de un escritorio de plata firmado por Wenzel Hamnitzer.
Lo más extraordinario son probablemente las cuarenta y ocho fabulosas
armaduras de torneo que reunió con toda su pasión de amante de las justas[26].
Y Femando posee, además, ofrecidos por el rey de Francia, Carlos IX, en 1570, no sólo el cubilete de Michael, con incrustaciones de diamantes, el vaso de cristal de roca del duque Felipe el Bueno de Borgoña, un aguamanil de ónix esmaltado en oro, una copa de oro, sino una pieza más famosa que todas las demás porque el artista jamás hizo nada equivalente: el salero de Benvenuto Cellini, ejecutado entre 1540 y 1543, para Francisco I, que representa a Neptuno sentado frente a la Tierra, ambos desnudos, como lo están las divinidades de la Antigüedad.
Al poseedor de esos tesoros únicos en el mundo, Rodolfo se ve obligado a entregarle el Grial y el cuerno del unicornio. De inmediato inicia gestiones para recuperarlos. Fernando cree contentar a ese sobrino, veintitrés años menor que él, cuya pasión de coleccionista es muy nueva todavía, ofreciéndole confiarle en calidad de préstamo el Grial y el ainkhurn. Rodolfo se niega: quiere poseer como propias las cosas que ambiciona.
Para consolarse de una pérdida irreparable, se encierra en la cámara del Tesoro, a solas con las más bellas colecciones de Europa, las de Borgoña que, desde la boda de Maximiliano I con María de Borgoña, se han sumado a las alemanas.
Apenas superada esa pérdida, Rodolfo se enfrenta a un escándalo político provocado por Matías.
A los veinte años, sin cerebro y con el corazón roído por el rencor, Matías es la presa soñada de los conspiradores. Un emisario clandestino viene a verle desde los Países Bajos, donde católicos y protestantes, siempre entre dos masacres, necesitan un negociador capaz de dirigirse a la vez a Felipe II y a Guillermo de Orange. Por lealtad, Matías debería informar a Rodolfo. Por el contrario, él busca su revancha y, sin preguntarse si tiene envergadura para arreglar un problema en el que fracasaron Carlos V y Felipe II, se siente capaz de desempeñar ese papel providencial. Como está dispuesto a todo y a hacer lo que sea, el 3 de octubre de 1577, en plena noche, salta en camisón por la ventana de su dormitorio en el segundo piso de la Vieja Hofburg. Desciende por la fachada y, al llegar abajo, se pinta la cara de negro, se pone ropas de criado, burla la vigilancia de los centinelas, y se evade de su propio castillo.
Al enterarse de la llegada a Bruselas de ese joven sin experiencia ni capacidad, que pretende intervenir en un conflicto inextricable, Guillermo de Orange, para contrarrestar la influencia del Habsburgo, recurre a Francisco de Anjou, hermano del rey de Francia. Francisco, leal a Enrique III, su hermano y su rey, le informa acerca de la proposición. Enrique lo disuade de intervenir. Matías ha arrastrado al emperador al avispero de Flandes; no es cuestión de implicar en él a Francia.
Rodolfo está fuera de sí y es demasiado inteligente para equivocarse: esa aventura irreflexiva es una declaración de guerra. Pero, así como un general tapa las faltas de sus subordinados, él se pone en el papel de jefe de la Casa de Austria y envía fondos para repatriar a Matías que, al término de su hazaña, se encuentra sin un céntimo.
Matías embolsa el dinero, se pone en camino y se detiene en Linz, donde declara que no irá más lejos si su hermano no le da un gobierno.
Ese chantaje marca el comienzo de un pulso de varios años. Rodolfo no perdona la traición de Matías, no cede a sus demandas y hasta le impedirá casarse contando que es impotente.
Él, que no lo es, olvida en compañía de las mujeres imperiales la existencia de la pequeña novia dejada en España. Su madre se la recuerda. Rodolfo hace oídos sordos: la infanta es una niña. ¿Acaso tiene la impertinencia de crecer? ¡Pues bien, que crezca todavía un poco más!
María se preocupa. La reticencia de Rodolfo se convierte en resistencia pasiva, suficiente para inquietar a cualquier madre. En su juventud, Maximiliano no desdeñaba los placeres, pero se casó para asegurar la dinastía. Quince hijos recompensaron esa unión, probando que el deber, y tal vez el placer, fue cumplido puntualmente. María no comprende que la pareja que ella formó con Maximiliano y que le parece envidiable, aterrorice a Rodolfo. Éste vio morir a su padre acosado por su madre, que le suplicaba recibir los sacramentos. Cuando le llegue su hora, Rodolfo quiere morir sin que una esposa amante pese sobre su conciencia.
Mientras tanto, desea vivir a su gusto, no forzosamente dentro de la órbita de los católicos romanos. Ahora bien, su novia y prima, la pequeña Isabel Clara Eugenia, es una infanta, como su madre, la emperatriz viuda. La hija de Felipe II tal vez posea ya una energía tan belicosa como la de María, hija de Carlos V. En tal caso, Rodolfo corre el riesgo, si no de dejarse dominar por su mujer, al menos de verse obligado a luchar constantemente para actuar como mejor le plazca. Su madre desea introducir en el palacio, es decir en su lecho, a una auténtica infanta que lo vigilará noche y día, a la que no se le podrá impedir mantener correspondencia con su padre. Si Rodolfo consiente, tendrá una espía en su casa y la impresión de que su tío Felipe controla todo lo que él hace, hasta en su propia cama.
¿Y quién es esa novia? Rodolfo dejó a una niña de cinco años. Ya no se acuerda de ella. ¿Bonita? Tal vez. ¿Devota? Ciertamente. ¿Sujeta a su padre? Evidentemente. De todas maneras, él la ha olvidado. Felipe se la recuerda. Cuando la infanta cumple trece años, hace público el compromiso. Rodolfo despierta bruscamente de una espera que imaginaba interminable y se da cuenta de que su boda corre el riesgo de concretarse.
María sólo ve ventajas en el proyecto. La hija de su hermano se casará con su hijo. Ella también se casó con un primo. ¿Quién sabe si las dos ramas de los Habsburgo, a fuerza de unirse, no terminarán reuniendo de nuevo sus Estados y formando un inmenso imperio en Europa?
Todos los hijos de Felipe han muerto. No le queda más que uno: el infante don Felipe, de precaria salud. Si ese niño desapareciera, la novia de Rodolfo heredaría los veintitrés reinos de su padre.
Rodolfo no puede dejarla escapar. María intenta persuadirlo de no demorar la boda, de no hacer esperar a la infanta, de no contrariar a su tío, y de colocarse de inmediato, como sobrino y yerno de Felipe II, en el segundo puesto de la lista de sucesión.
Convencido por esos irrefutables argumentos, Rodolfo hace el esfuerzo de ceder. Felipe le envía el contrato matrimonial, que prevé diferir la consumación en razón de la temprana edad de la novia. El deseo más caro de María va a cumplirse. Su hijo asegurará la sucesión y su nieto será tal vez el amo de Europa.
También Rodolfo acaricia esa idea.
Pero, al contemplar el documento que ata su destino al de la infanta, con aire sombrío y la mirada perdida en el vacío, posterga su firma para más adelante. No hay ninguna razón para apresurarse. María insiste. Rodolfo escucha a su madre, aprueba sus observaciones, pero no devuelve el contrato firmado a su tío.
Entonces muere Ana, reina de España y hermana de Rodolfo, embarazada a los treinta y un años de su sexto hijo. Felipe II es viudo una vez más. Encara la posibilidad de desposar a otra de sus sobrinas, Isabel, la joven y bella viuda de Carlos IX de Francia, desdeñada por Enrique III. Isabel sustituirá a su hermana muerta en el lecho de su tío. La joven tiembla. Felipe es un viejo. Trae mala suerte a sus mujeres, que mueren todas en plena juventud.
Rodolfo conoce poco a esa hermana con la que no ha sido criado, pero es mujer y seductora, ha reinado en Francia y no le ha causado nunca el menor disgusto. La trata con el afecto de un hermano hacia su hermana y el respeto de un emperador hacia una reina. Entabla al fin, con un miembro de su familia, una relación que le satisface. No tiene la intención de obligar a su hermana a hacer lo que tanto le repugna a él mismo y encuentra un sólido argumento para conservarla cerca de él: viuda de un rey de Francia, no puede volver a casarse sino con otro rey de Francia.
Así, la juventud se impone a la razón de Estado y Rodolfo, actuando contra sus propios intereses, conmueve el sistema imperial implantado por Carlos V, que se basaba en los matrimonios consanguíneos.
Rodolfo cree zanjada la cuestión, pero María no admite que su hermano permanezca viudo y su hijo soltero, cuando se pueden concertar alianzas provechosas. Su hijo es rebelde al casamiento, sobre todo porque sus astrólogos le meten locas ideas en la cabeza, porque él confía más en ellos que en dejarse guiar por su madre, por el sentido común y el deber, pero Felipe ha probado repetidas veces su buena voluntad matrimonial. Rodolfo no consiente en entregar a Isabel a su tío. María tiene otra hija, la última, Margarita. Las malas lenguas la encuentran contrahecha, pero tiene quince años y es archiduquesa.
Ante la idea de que van a reiniciarse las negociaciones, Rodolfo enferma, sufre de ardores estomacales de los que no se curará jamás. Se tortura de inquietud, de melancolía, de indecisión, de megalomanía, de dudas de sí mismo, de soledad. Ya no confía en la religión de su padre ni en la de su madre. Busca otros caminos. En una crisis más violenta que las demás, sin tener en cuenta la desaprobación de su madre, llama en consulta al anciano Crato, que curaba a su padre y que ahora está tan decrépito y débil que no se sostiene solo. La enfermedad se alivia. Pero, en el otoño de 1580, Rodolfo sufre una recaída. Los presagios son desastrosos. Se aguarda el paso, siempre catastrófico, de un cometa. El anciano Crato ya no puede hacer nada por él. Rodolfo se encuentra tan mal, sufriendo en su cuerpo y en su alma, con las manos heladas, la frente ardiente, incapaz de levantarse, la respiración cortada, que los médicos pronostican el fin inminente de un paciente que se niega a seguir sus prescripciones, lo que los libera de responsabilidad.
Rodolfo los despide y convoca a sus astrólogos. Los emperadores romanos actuaban como él. Tiberio jamás consultó a un médico; nada más que a astrólogos, y murió a los setenta y siete años. Nerón se equivocó de horóscopo, pero no por haberse olvidado de consultarlos, y Nerva, de quien todo el mundo sabe que murió a la quinta hora como se lo había predicho un oráculo, en vida de Nerón, ocultaba las predicciones que le eran demasiado favorables. Sólo Domiciano echó a los astrólogos, pero su carácter lo impulsaba a perseguir a todo el mundo. Procedía al examen de la circuncisión en la vía pública y perseguía a los cristianos hasta en su familia, enviando al suplicio a su primo hermano y a su sobrina.
Rodolfo tiene veintiocho años y se siente morir. Exangüe, en la profundidad de una cama que ya no tiene fuerzas para abandonar, se niega a que se le practiquen nuevas sangrías y se prepara a morir. Los archiduques, sin esperar a que el cuerpo de su hermano mayor se enfríe, ya discuten por la sucesión.
Rodolfo los detesta tanto que se niega a morir para contrariarlos. Pero su interminable convalecencia lo deja agotado y su melancolía se agrava.
Tranquilizada a pesar de todo por la suerte de su hijo, que está fuera de peligro, María proyecta llevar a Margarita a España. Rodolfo, que ya no tiene fuerzas para resistir, las deja partir, sabiendo que no por ello tendrá paz. En efecto, su madre le escribe desde España para apremiarlo a fijar una fecha para su boda.
«El hombre forja su destino con su propio coraje. Si cae, será un milagro que vuelva a levantarse, ¿y quién lo respetará entonces?… Mientras esté en este mundo se verá agobiado por obstáculos y pruebas, pero Dios le da la inteligencia y la fuerza de carácter para superar esas dificultades. Vos también habéis recibido esos dones de Dios, y por eso debéis combatir como lo hicieron vuestros antepasados. ¿Teméis perder vuestros Estados y vuestros pueblos? ¿Quién podría ayudaros mejor a conservarlos que el Rey Católico, que nunca dejará a su hija en la desgracia? Vuestra madre y vuestro embajador han pedido en vuestro nombre la mano de la infanta. El rey os la ha concedido. ¿Qué imagen daríais vos ante Dios y ante el mundo si pagarais su bondad con un insulto y pusierais a vuestra madre en una situación intolerable? Temed que el rey dé su hija a otro y que su herencia se pierda para la Casa de Austria.»
Texto revelador que nos enseña que Rodolfo ya tiene miedo de perder sus Estados y en el cual María confiesa que hace falta valor para casarse.
Ahora bien, esto es lo que Carlos V escribía en su momento a Felipe:
«… me parece no solamente conveniente sino necesario que contraigáis un nuevo matrimonio, eligiendo, en la medida de lo posible, el partido más conveniente para el bien público, y asegurándoos así, con la gracia de Dios, una posteridad que favorezca la conservación de vuestros reinos y territorios. Os aconsejo pues, y os lo ruego de ser necesario, en consideración a mi cariño paternal y al afecto que siento por vuestros súbditos, aceptar el partido que os propongo.
»No quiero instaros a determinar vuestra elección hacia un lado o hacia el otro, y me limitaré a recordaros que en este asunto debéis observar principalmente el servicio de Dios, el bien general de la cristiandad y el de los Estados confiados a vuestro cuidado.
[Propone alternativamente una unión con la hija del rey de Francia y con la princesa de Albert].
»Si ninguna de estas dos bodas pudiese concretarse, no veo por el momento otro partido que una de las hijas del rey de los romanos, mi hermano, o la infanta, hija de mi hermana, la reina viuda de Francia; pero como estas dos alianzas no agregarían nada al afecto ni al parentesco que ya existen entre las dos familias, más valdría pensar en establecer en otra parte nuevos vínculos de amistad. Además, os dejo plena libertad para elegir el partido que os convenga más, porque mi afecto por mis dos sobrinas es perfectamente igual; solamente ruego a Dios que os ayude para el mejor
éxito».[27]
De una carta a la otra, con una generación de intervalo, se afirma el mismo objetivo: triunfar con la ayuda de Dios. Y el consejo no ha cambiado: hay que casarse en la familia si no se puede hacer de otra manera. Carlos V pedía a su hijo que desposara a una de sus sobrinas. María da los mismos consejos a Rodolfo, prácticamente en los mismos términos.
Una vez más, impresionado por el tono de su madre y no sabiendo cómo escapar de la boda, Rodolfo finge aceptar. Pero pone una condición previa inaceptable: reclama los Países Bajos. Felipe II se niega. Rodolfo pide entonces posesiones españolas en Italia. Nuevo rechazo. Mientras tanto, Margarita, ante ese tío cincuentón que su madre se propone hacerle desposar, descubre en sí misma una irresistible vocación religiosa y se refugia en un convento antes que ascender al trono de España.
María ha vuelto a la España de su juventud con el fin de continuar la política de Carlos V, contribuyendo a dos bodas, la de su hermano, el rey Felipe II, y la de su hijo, el emperador Rodolfo II. Sus proyectos fracasan.
Lo peor es la negativa de Rodolfo. María, que sabe todo lo que una joven mujer puede obtener de su marido, había depositado inmensas esperanzas en la alianza de su hijo con una infanta. Ella misma logró mantener más o menos a Maximiliano dentro de la corriente del imperio, pero no consigue impedir que Rodolfo retroceda: la partida es demasiado desigual con un hijo que toma una dirección mucho más peligrosa que la elegida por su padre. Sólo habrían podido retenerlo fuerzas vivas, las de una esposa. La infanta habría alejado a Rodolfo de las mujeres imperiales, perjudiciales para su salud, y de los alquimistas, fatales para la salvación de su alma. Pues habría que ganar en esos dos terrenos, ya que Rodolfo no se confiesa más, con el pretexto de que encuentra indecente contar sus impurezas al padre Maggio, y tampoco comulga. Pero, contrariamente a su padre, él no lo hace por convertirse en protestante, sino por inclinarse hacia la alquimia, como si, de generación en generación, el imperio retrocediera hacia lo peor.
La emperatriz viuda ha luchado bastante. Ha mantenido bien su lugar en el mundo. Ahora, tiene ansias de Dios. Toma la misma decisión que su padre tan amado, el gran Carlos V, y más o menos a la misma edad que él, se retira a un convento de las clarisas.
Mientras tanto, la partida de su madre priva a Rodolfo de toda contención.
La enfermedad lo hace penetrar en otro mundo. Ha llegado hasta las puertas de la muerte y ha regresado. Ha entrevisto caminos que quiere transitar. En Viena, eso no sería posible. Entonces, en el mayor secreto, piensa abandonar su capital alemana, burguesa, sin imaginación, y marcharse a Praga, la ciudad mágica situada en la encrucijada de los caminos de Europa. En Praga, nada limitará sus deseos que, en Viena, siempre moverán a escándalo. Además, los vieneses no lo aman, le reprochan actitudes españolas. Pero es que, en Viena, Rodolfo no tiene ningún medio para ser él mismo. Necesita respirar otro aire. El de Austria ha estado a punto de matarlo.