El emperador de los alquimistas
Libro II
El mago de Praga
Capítulo Nueve
Dos reinos
para Rodolfo
El 28 de mayo de 1571, Rodolfo se despide de ese tío convertido ahora en su cuñado, de su hermana Ana, la reina de España, y de sus dos hermanos menores. La alegría del reencuentro ha sido corta, tras una separación de siete años. Hermanos y hermana no han tenido tiempo de aprender a conocerse, pero a Rodolfo no le disgusta separarse de la anormal pareja formada por su hermana y su tío y alejarse de una novia niña con la que nada tiene en común.
Durante el viaje de regreso se cree liberado de las obligaciones que lo agobiaban en Madrid. No tardará en descubrir que no es fácil desprenderse de un aprendizaje español.
En Viena, se reencuentra con sus padres. Su ausencia ha creado distancias infranqueables. Ya no se siente en su casa en esa corte que lo vio nacer, sino extranjero, como siete años antes al desembarcar en España. Pero, esta vez, está desterrado en la casa de su padre.
El peso del imperio ha desgastado a Maximiliano. Tiene las facciones hundidas, está agobiado, su largo rostro surcado de arrugas acusa la fatiga. No reconoce a sus hijos. Partieron dos niños; regresan adultos.
Rodolfo, sobre todo, se ha convertido en un desconocido, un infante de cabellos rubios, cejas bien trazadas, rasgos finos que hacen olvidar la nariz prominente y el mentón de los Habsburgo, marca de familia, que pasea un aire de hidalgo presuntuoso y altivo. Habla poco y lentamente, como si pesara cada palabra. No obstante, es culto, conoce varios idiomas: alemán, español, latín, francés, un poco de bohemio y se interesa en las artes. Pero es de una seriedad imperturbable. Pocas veces sonríe, no ríe jamás y, completamente cerrado a las bromas, detesta hasta tal punto las farsas y payasadas que expulsará a los bufones de su corte. En cuanto a saber qué piensa o cuáles son sus gustos, él no se confía y no manifiesta ninguna inclinación particular. Caza, baila y monta a caballo de manera irreprochable sin el menor placer aparente.
En la corte de su padre, donde reina cierta libertad, donde la alegría no es considerada un pecado, su afectación sorprende a los embajadores que se quejan al emperador de la frialdad y el orgullo de su hijo. Maximiliano teme que España haya sentado demasiado bien a Rodolfo. Los vieneses estiman a sus archiduques, no a los infantes. María, que representa a España en la Hofburg, no es amada. Si Rodolfo adopta la misma actitud que su madre, corre el riesgo de comprometer los proyectos que su padre ha concebido para él.
Maximiliano, que no comprende que hasta el alambre se rompe torciéndolo hacia todos lados, invita a su hijo a mostrarse más sencillo y más amable. No es lo que Rodolfo aprendió en Madrid. Escucha los consejos de un padre que le reprocha haber sido escrupulosamente receptivo a la enseñanza que le hizo dar, promete tenerlos en cuenta y no logra recuperar esa naturalidad alemana que ha perdido al lado de Felipe II, a no ser que se niegue a hacer un esfuerzo tan contrario al que se le exigió durante siete años.
Si Maximiliano se siente decepcionado por Rodolfo, María, radiante al observar en su hijo mayor, el futuro César germánico, las cualidades españolas a las que está tan aferrada, está exultante. Desde hace años, ella desempeña junto a Maximiliano el papel poco gratificante de perro guardián. Mientras comparte la vida de un hereje, impide la divulgación de esa catástrofe que probablemente desencadenaría la guerra civil. Por su parte, Maximiliano, para salvar la paz, miente a sus pueblos haciéndoles creer que sigue siendo católico, impostura fortalecida por la presencia junto a él de la hija del gran Carlos V.
El regreso de Rodolfo colma de felicidad a María. Ella imagina que la sombra de su padre tiende la mano a su hijo y, llevada por su deseo de verle encarnar su ideal, se persuade de que el nieto se parece al abuelo.
Ni Maximiliano ni María comprenden que un hijo no puede convertirse en la prenda de las voluntades antinómicas de sus padres sin sufrir severas consecuencias. Importunado por las aspiraciones contradictorias de ellos, Rodolfo permanece a la defensiva, conserva las distancias y no toma partido mientras no se vea formalmente obligado a hacerlo. Sin embargo, hará conocer sus preferencias sin equívocos, pero dando rodeos, técnica que practicará durante todo su reinado. Mientras tanto, se protege tanto como puede, antes de hacer su entrada al baile de los emperadores noveles.
Sabe que todo lo que lo acerca a una madre poco amada, lo aleja de los pueblos sobre los que está destinado a reinar. Pero cuando elige a su confesor, decisión religiosa y política mediante la cual el heredero se compromete, designa, contrariamente al deseo general, a Juan Espinosa, director de conciencia de la emperatriz, su madre, un franciscano español a quien se acusa de ejercer espionaje en la corte de Austria por cuenta de Felipe II.
Tan enorme torpeza no puede ser involuntaria. Rodolfo se adhiere al bando materno y se une al clan español en momentos en que la victoria de Lepanto impide a su padre protestar, pues nadie escucharía sus quejas cuando todas las mentes se encuentran ocupadas por la noticia de una victoria que abre a los cristianos las puertas de Constantinopla, que los musulmanes les han usurpado.
Es don Juan de España, almirante de veinticuatro años, hermanastro de Felipe, bastardo de Carlos V, quien ha dado a la cristiandad, el 5 de octubre de 1571, su más bella victoria desde Poitiers. Don Juan ya ha probado su valor en Granada contra los moros, pero en Lepanto se superó y, en ese enclave marino muy cercano a Actium, donde planea la sombra de la vencida Cleopatra, envió al fondo del mar las doscientas galeras del sultán Selim II.
Cuando se enteró de ese triunfo, el papa Pío V exclamó: «Hubo un hombre enviado de Dios, y ese hombre se llamaba Juan».
Ahora, don Juan aguarda la orden de su hermanastro sin la cual no puede aprovechar su ventaja. Europa tiene los ojos fijos en él. España entera está enamorada de ese príncipe rubio de ojos azules (dos ventajas en los países del sur), que se ha convertido en un héroe europeo de un día para otro. Ese arcángel es un gran almirante que brinda a Felipe una ocasión que nunca tuvo Carlos V: recuperar la segunda Roma de manos de los infieles. Toda la cristiandad espera esa reconquista y ya ve levantarse de nuevo la cruz sobre las cúpulas de Santa Sofía.
Pero la orden no llega.
Celoso de su poder, Felipe teme que semejante victoria brinde demasiada gloria a ese hermanastro bastardo, ya tan adulado.
Constantinopla permanece en manos de los infieles.
Once meses más tarde la sangre se derrama en París, y es sangre cristiana.
En la noche del 23 al 24 de agosto de 1572, el toque a rebato de Saint-Germain-l’Auxerrois anuncia la masacre de San Bartolomé.
Maximiliano es suegro del rey de Francia, ya que su segunda hija, Isabel, se ha casado con Carlos IX. Nadie sabe todavía que la masacre, que sucedió a varios asesinatos premeditados, fue espontánea, al punto de que también muchos católicos fueron atrapados. Maximiliano teme que los protestantes lo acusen de complicidad y desaten una masacre de católicos. Escribe inmediatamente al elector de Sajonia, luterano convencido, para tranquilizarlo:
«Esto es atroz y contrario a toda fe cristiana… Las cuestiones religiosas no pueden arreglarse con la espada, sino con la palabra divina y con un justo entendimiento entre los cristianos.»
Pero logra apenas, por escaso margen, proteger a sus súbditos católicos del furor de los reformados. Ese esfuerzo, que sucede a tantos otros, lo agota. A los cuarenta y cinco años, desea liberarse de la carga del reinado. Ha hecho regresar a sus hijos mayores para transmitirles el poder y, a fin de asegurar la estabilidad del reinado siguiente, proyecta que se elija a Rodolfo, emperador y a Ernesto, rey de Polonia.
Será un duro combate. Sus hijos no son populares y no puede contar con ningún movimiento espontáneo a su favor. Necesitará convencer a los siete príncipes electores de poner a Rodolfo a la cabeza de la Casa de Austria y persuadir a la Dieta de Polonia de que Ernesto es el mejor candidato. Se prepara, pues, a prometer, agasajar, mentir, conquistar, persuadir, seducir a católicos y protestantes, a dar seguridades a todo el mundo, y luego, como siempre, a mantener o no sus promesas electorales.
Como dos marionetas cuyos hilos maneja su padre, los archiduques esperan las noticias. Su inercia oculta sus dudas. No es la primera vez que Rodolfo se interroga sobre su capacidad, pero no existe alternativa alguna para escapar del reinado, de esa tarea hereditaria, agobiante y fastidiosa, que no le atrae, asumida por su padre antes que él, por sus dos abuelos antes que su padre y por todos sus antepasados hasta Carlomagno. Espera el resultado de una espantosa carrera al cabo de la cual su padre, que ha decidido transmitirle la antorcha, encontrará la muerte.
Maximiliano gana la primera batalla.
Rodolfo es coronado rey de Hungría el 26 de octubre de 1572, en Stuhlweissenburg. Pero no es Hungría la que conduce al imperio. Es Bohemia. El rey de Bohemia se convierte en rey de los romanos y luego en emperador. Hungría no es más que un aperitivo del imperio. Al recibir su primera corona, Rodolfo espera las demás. Esa consagración no es la única; ni siquiera la más importante.
No obstante, la nave está decorada con estandartes, banderas, oriflamas, y el altar, cubierto de ricas telas, resplandece con el llamear de los cirios. Arde el incienso, perturbando a las filas y exhalando un perfume oriental. Los cánticos resuenan en su esplendor primitivo. La concurrencia, compuesta por la familia imperial, nobles y altos dignatarios, se recoge. Rodolfo avanza hacia el clero, que lo aguarda, vestido con ornamentos rutilantes de oro y de pedrerías. Pero el joven rey, en medio de la púrpura, consciente de que esa coronación no es más que el ensayo general de otra más grandiosa que lo hará emperador, pierde el sentido sagrado.
El soplo que pasa por los tronos y que proviene de Dios, al caer sobre el príncipe no emociona a Rodolfo y, en el momento en que recibe la corona de San Esteban, piensa en la siguiente, la de San Venceslao, que recibirá en Praga.
Los óleos sagrados lo marcan con el sello de los reyes. Pero él sigue siendo el mismo hombre de antes.
Entretanto, Polonia no quiere a Ernesto, que sin embargo parece ser el candidato ideal y cuyo celo romano nadie discute. La Dieta polaca, que no duda de sus cualidades, elige, no obstante, a Enrique de Valois, duque de Anjou, hermano y heredero del rey de Francia, Carlos IX. Enrique, que ha estado mezclado en el asesinato de Coligny, debería haber tropezado con la hostilidad de los protestantes, liderados por el príncipe Ludovico de Nassau, hermano del príncipe de Orange, amigo y confidente de Coligny. Pero Nassau se inclina por Valois; bella victoria de la diplomacia de Catalina de Médicis.
La personalidad de los dos candidatos hace el resto. Frente a Enrique, bello, heroico, enamorado y galante, Ernesto, afectado y rígido por su educación española, parece atún en escabeche.
Enrique se convierte en rey de Polonia.
Pronto la muerte de Carlos IX complica el tablero de los tronos. El nuevo rey de Polonia hereda el hermoso reino de Francia. Enrique no puede reinar sobre los dos países a la vez. Los polacos no quieren dejarlo partir y, para ir a Francia, el futuro Enrique III debe ocultar su partida a sus súbditos.
Camino de París, se detiene en Viena el 23 de junio de 1574. Es la primera vez que un emperador del Sacro Imperio recibe a un rey de Francia. La nobleza parte de sus castillos para asistir a los desfiles. La multitud se agolpa en las calles. Sin manifestar rencor hacia quien le ha arrebatado el trono de Polonia a su hijo para renunciar a él casi enseguida, Maximiliano recibe a Enrique con magnificencia. Es que espera casar al nuevo rey con la viuda del anterior, su hija Isabel, de apenas veinte años. El proyecto choca en principio con una prohibición religiosa importante: Isabel es cuñada de Enrique. Pero el Papa ya ha otorgado tan a menudo dispensas para permitir a los Habsburgo contraer enlaces consanguíneos, que Maximiliano no duda de que la Santa Sede sabrá quitar el obstáculo.
El impedimento viene de otra parte. Enrique no tiene ninguna intención de desposar a la viuda de su hermano.
Viena se entusiasma con el joven soberano de veintitrés años, de encanto ambiguo, vencedor de las batallas de Jarnac y de Moncontour, campeón de la Iglesia, elegido por los polacos y rey de Francia. Su belleza, sus victorias en los campos de batalla, el amor desgraciado que siente por la princesa de Condé, lo revisten de irresistibles atractivos. La gente se empuja para verlo pasar detrás de los músicos, los estandartes, los soldados con uniformes de gala, en la carroza de oro, tirada no por caballos sino por grandes ciervos de cornamentas doradas. Se aclama ese mágico carruaje desde donde el sucesor de Carlomagno y heredero de San Luis responde a los vítores.
Rodolfo, joven rey de Hungría, espía al joven rey de Francia. Las aclamaciones de la multitud no le están destinadas. Él no ha logrado ninguna victoria sobre el enemigo, ignora las bellas historias de amor desventurado que ganan la compasión del pueblo, frecuenta a las mujeres imperiales que le enseñan los placeres de los sentidos, lo ayudan a pasar el tiempo mientras espera que crezca la pequeña infanta que la razón de Estado le destina, y le contagian la sífilis.
Una vez desatados los ciervos, calmada su sed y alimentados, guardada la carroza dorada, Maximiliano, decepcionado por el rechazo de su propuesta matrimonial, calcula el esfuerzo que le resta cumplir para llevar a Rodolfo al imperio.
En ese hijo orgulloso, presiente cóleras contenidas y agobiantes melancolías, heredadas de una sangre mezclada a sí misma con demasiada frecuencia. Sobre el rostro de óvalo alargado, se dibuja una mueca, un pliegue descendente se esboza en los ángulos de la boca. Pero la prestancia y la apostura, en esa época en que Rodolfo conserva la esbeltez de la juventud, son las de un monarca. ¿De dónde proviene, entonces, esa impresión de que basta con tocarle el pecho para que éste suene hueco? Los observadores más perspicaces, los embajadores de mirada acerada, temen que la fachada oculte a un personaje inquietante y adivinan lo que se descompone detrás de la noble apariencia.
Maximiliano también conoce las faltas del carácter de su hijo. Sin embargo, Rodolfo, con el disimulo de su personalidad y la exagerada importancia que otorga a la apariencia, desempeña muy bien su papel de rey. Si Maximiliano logra hacer de él un emperador, Rodolfo mantendrá la pose de la misma manera. Tal vez baste parecerlo para ser emperador. Él mismo, Maximiliano, da la impresión de que es católico y todos están satisfechos con la mentira.
El 22 de febrero de 1575, Maximiliano convoca la Dieta imperial en Praga.
Quiere la corona de Bohemia para Rodolfo. La situación religiosa está allí más embrollada que en ninguna otra parte y Maximiliano trata de sacar partido de la anarquía. Pero, por consideración al nuncio, se ve obligado a negar a Bohemia lo que concedió a Austria: la Confesión de Augsburgo, que autoriza a los príncipes a elegir su religión. Los protestantes preparan entonces un documento destinado a restablecer la unidad entre sus facciones: la Confesión bohemia. El nuncio se indigna: si el emperador reconoce la Confesión, los esfuerzos de los jesuitas quedarán anulados. Maximiliano, agotado, suspende la Dieta.
Sin haber descansado pero dispuesto a todo para lograr su propósito, vuelve a abrirla el 18 de agosto, multiplica las promesas a los protestantes y a los católicos, da a todos seguridades imposibles de cumplir, y, utilizando el método que dio resultado a Carlos V antes que a él, esgrimiendo su evidente mala salud y su descalabro físico, prometiendo, rogando, jurando, suplicando, ordenando, termina cediendo la Dieta.
El 7 de septiembre de 1575, Rodolfo es proclamado rey de Bohemia. Apremiado por la muerte, Maximiliano apresura la consagración que tiene lugar el 22 del mismo mes.
En Praga, el camino de las coronaciones pasa por el puente Carlos, que une la vieja ciudad gótica con el barrio de Malá Strana franqueando el Vltava, el Moldava para los alemanes. Al pie del castillo, el puente cruza un brazo estrecho del río, la Certovka, la diablesa, donde giran las ruedas de los molinos. Tal vez, al mirar los chapoteos de la diablesa, Rodolfo escuche el llamado de la Obra Negra, que resonará tan fuertemente en él.
En la explanada del castillo, cuya oscura ala de ave de presa domina la ciudad, se yergue la catedral de San Guido, fundada por Carlos IV, que se ve a kilómetros a la redonda. Construida por Mateo de Arras según el modelo de las catedrales góticas francesas, no está aún terminada al ser consagrado Rodolfo, que contribuirá a su terminación y hará grabar una gran R dorada sobre una de las torres. Pero tal como está entonces, aún inconclusa, es el símbolo de Bohemia. Parece construida para Rodolfo, con sus arcos en declive, las lenguas de fuego de sus pináculos dentados, sus ventanas ojivales, sus vidrieras que filtran una luz policromada, los tres arcos de la Puerta de Oro adornados con mosaicos venecianos, la profusión de insignias y de reliquias que llenan la nave ojival. A la derecha, la capilla de San Venceslao, la más sagrada, la más preciosa, de paredes tapizadas con piedras de Bohemia: cornalinas, amatistas, calcedonias, jaspes, ágatas, crisopacios. Allí reposa el santo patrono del país, Venceslao, duque de Bohemia, asesinado por su hermano Boleslav en el año 929. Los habitantes de Praga aseguran que Venceslao reina eternamente sobre Bohemia, que delega en sus sucesores la corona que sigue perteneciéndole, y que si el Jefe del grupo superior de la SS para la protección del Reich, Reinhardt Heydrich, fue asesinado por la Resistencia en 1942, fue por haberla usurpado.
Rodolfo ceñirá esa corona durante treinta y seis años antes de ir a reposar, no como la mayoría de los Habsburgo en una cripta de los capuchinos de Viena, sino en la de San Guido, el corazón del corazón de Praga.
El 22 de septiembre de 1575, la estatua de San Venceslao, cuyo manto sujetan dos ángeles, mira entrar a Rodolfo.
Él se arrodilla. La corona de los reyes de Bohemia pesa sobre su cabeza. Cuatro enormes flores de lis de oro, tejiendo un corazón de piedras preciosas, forman la diadema coronada por una gran cruz. El manto de la consagración lo envuelve en púrpura. Sostiene el cetro de oro y el globo. A su lado, se ha depositado la espada de
ceremonia de Maximiliano I[19].
Rey y consagrado por segunda vez, Rodolfo no llega a vincular su reino con el de Dios.
Sin embargo, San Guido es un lugar muy santo, donde Carlos IV, que coleccionaba reliquias, reunió veinticinco esqueletos completos, sin contar los fragmentos, entre los cuales se cuenta la lengua de San Juan Nepomuceno, torturado y muerto por haberse negado a violar el secreto de la confesión.
Insensible a esa piadosa acumulación, Rodolfo presiente que fuerzas oscuras se mueven en esa ciudad misteriosa, que luchan las unas contra las otras, que él será el árbitro de un extraño combate. No ha llegado la hora todavía, y ya potencias maléficas recorren la catedral y perturban la consagración. Todavía de rodillas, Rodolfo ignora de qué manera va a ceder a los hechizos de Praga, pero ya sabe que no quiere resistirse. Praga, con sus venenos, sus brebajes emponzoñados; Praga, donde se cruzan charlatanes, místicos, espiritistas, brujos, rabinos, ángeles, astrólogos y nigromantes; Praga, erizada de torres, horadada por profundas callejuelas que se sumergen en criptas, llegan a los cementerios, desembocan en altas murallas; Praga, que deletrea el tiempo en relojes astronómicos, hechiza a su nuevo rey. En el momento en que debería ser investido, Rodolfo siente latir bajo la nave un pulso misterioso.
En diciembre, los polacos eligen a Maximiliano como rey. El viejo emperador, que aún no es cincuentón, les ha pedido en vano la corona para su hijo, pero se la ofrecen a él, ya agobiado bajo el peso de tantas cargas y anhelante de reposo. Se niega. Pero ni aun así los polacos se inclinan por Ernesto. Prefieren a Esteban Bathory.
Maximiliano convoca la Dieta imperial en Ratisbona para hacer elegir a Rodolfo como rey de los romanos, último paso por dar antes de conseguirle el imperio.
Rodolfo permanece en Praga mientras su padre, su madre y sus hermanos parten para Ratisbona.
Ya ciñe dos coronas, pero no ha sentido, en el fondo de sus entrañas, ese estremecimiento de todo el ser, del cuerpo, del corazón, del alma, ese transporte en el que esperaba revelarse a sí mismo. Dos veces ya, aunque tenía en sus manos los atributos de la monarquía, no se reconoció monarca. ¿Será que debe seguir esperando? Es rey de Hungría, es rey de Bohemia, y no conoce todavía esa culminación. Debe existir, sin embargo, en la consagración, un momento forzosamente diferente de todos los demás.
Un día, Rodolfo sabrá lo que han sentido los soberanos que lo precedieron en los tronos, desde los faraones de Egipto, los emperadores romanos, hasta los monarcas contemporáneos de todos los países del mundo. La revelación se hará cuando se convierta en el César germánico. Entonces, se sentirá deslumbrado, llameante, transportado, ungido y consagrado, no desde el exterior por las manos del clero, sino desde dentro, por la gracia de Dios. Eso se producirá durante la verdadera coronación, la única a la que él aspira: la que lo llevará a la cima del poder, que hará de él la piedra angular de todo el edificio cristiano y le dará una autoridad sólo igualada por la del Papa.
Entonces recibirá la investidura auténtica, el reconocimiento, a sus propios ojos, de una legitimidad que supera la voluntad de los hombres. Hará el don de su persona al Rey de Reyes en el Cielo y, en la Tierra, a sus pueblos en la aceptación total de un destino situado por encima de todos los otros.
Tendrá que llegar ese momento que lo marcará como diferente de los demás hombres. Entonces, ya no necesitará encorsetarse, los papeles aprendidos caerán de él como una coraza que se desprende; se despojará de sus harapos de rey para convertirse en emperador. No necesitará representar serlo; lo será. De esa consagración, indiscutible ante sus propios ojos, surgirá el César germánico.
Mientras tanto, se pone a trabajar.
Solo por primera vez, enfrentado a la realidad del reino, es asaltado por las reivindicaciones religiosas. En Praga, a los odios tradicionales entre católicos y protestantes, reactivados por la instalación de los jesuitas en 1556, se suman las antiguas cuestiones creadas por las corrientes típicamente bohemias: husitas,
utraquistas[20] y hermanos moravos.
Rodolfo detesta las querellas religiosas y respira todavía asqueado el olor del auto de fe toledano. Sin embargo, estudia el problema que comenzó a complicarse en Bohemia un siglo antes de Lutero y que condujo a Juan de Hus a la hoguera el 6 de julio de 1415.
Juan de Hus, primer rector de la facultad de teología de la Universidad de Praga, predicaba en checo, no en latín, en la capilla de Belén y en los sínodos anuales de Bohemia. Reclamaba el regreso a las virtudes de la Iglesia primitiva, se encolerizaba con el antipapa Juan XXIII, que prometía indulgencias a quien interviniese en una cruzada contra Ladislao de Nápoles, protector de Gregorio XII.
Después de la ejecución de Juan de Hus, la aristocracia de Bohemia, de Moravia y de Silesia retomó sus ideas, que se propagaron entre los campesinos pobres de los pueblos. Miles de husitas se instalaron en Tabor para vivir según las enseñanzas de Cristo. Algunos de ellos fueron encarcelados. Una delegación se presentó en el castillo a pedir su liberación. Los consejeros reales la negaron. Los husitas los arrojaron por la ventana. Fue la primera defenestración de Praga. La crisis degeneró en guerra cuando Segismundo, emperador y rey de Hungría, en parte responsable de la condena de Juan de Hus, lanzó una cruzada contra los husitas. Ante el peligro que amenazaba al país, los dos grupos de husitas, los moderados de Praga o utraquistas y los intransigentes taboritas de Bohemia del Sur, se unieron para combatir a los imperiales, y enseguida redactaron los Cuatro Artículos de Praga, mediante los cuales reclamaban la libertad del sermón, la comunión bajo las dos formas, la pobreza de los eclesiásticos y el castigo de los pecados mortales por las autoridades civiles, principio de la Inquisición. La negativa del rey provocó una guerra que duró desde 1419 hasta 1436. Al cabo de ese tiempo, el país se hallaba agotado. Conversaciones iniciadas en el Concilio de Basilea y proseguidas en Praga, desembocaron en un acuerdo: los Compactatos, que autorizaban la comunión bajo las dos formas. Los taboritas intransigentes que rechazaban todo compromiso fueron vencidos en la batalla de Lipany, en 1434. La Dieta de Jihlava confirmó los Compactatos y la situación permaneció estable hasta el siglo XVI, cuando, al difundirse el luteranismo en Bohemia, numerosos husitas volvieron al catolicismo y los taboritas formaron la Unión de los Hermanos Moravos.
Rodolfo, que detesta todos los fanatismos, hereda esas querellas ancestrales y busca un compromiso con interlocutores que ya lo habían sido de su padre: el burgrave Guillermo de Rosenberg, a la cabeza del partido protestante de los Estados de Bohemia, y el jefe católico, el príncipe Zdenek de Lobkovitz.
Mientras tanto, en Ratisbona, Maximiliano continúa luchando para transmitirle el imperio.