El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 8 de 29

Páginas del PDF

El emperador de los alquimistas

Capítulo Ocho

 

¿Archiduque o infante?

 

El olor del auto de fe se ha llevado el recuerdo de los perfumes vieneses: frutillas de los bosques y pasteles con semillas de amapola.

Extranjero en ese país de costumbres extrañas, cuando no las encuentra atroces, sufriendo de celos hacia un hermano que ama, creyéndose despreciado por Dietrichstein, Rodolfo se encuentra sin apoyo. En su rostro tan estirado, que recuerda las largas deformaciones torturadas del Greco, la palidez se acentúa, su blancura rubia se convierte en transparencia, sus finas facciones se alargan y se marcan. Sus ojos saltones se hielan, evitan observar a su alrededor para sumergirse en las quimeras, crean una distancia cada vez más grande entre el mundo y él, y se hacen huidizos. Se le reprocha eso. Se corrige y examina a su interlocutor de frente, pero, como él busca en sí mismo más profundos repliegues para seguir escondiéndose; su fijeza resulta inquietante. Tiene a partir de entonces, en su postura tensa, su aire altivo y triste, su aspecto helado y su expresión desolada, una evidente similitud con Felipe II. Como en esa época es delgado, nada permite adivinar la terrible gordura y las deformaciones ulteriores de su cuerpo. Todo lo contrario: salvo, tal vez, el labio inferior ya hinchado, se puede falsamente augurar que seguirá siendo alto y delgado, como su tío.

Ni juventud ni alegría en ese joven a quien toda espontaneidad le está vedada. Ningún impulso: todo en él es estudiado, tenso y contenido. Rodolfo se mantiene tieso y disimula. Se oculta no solamente bajo sus ropajes de gala: jubón de mangas acuchilladas, calzas ajustadas a las pantorrillas y a los muslos, corta espada al costado, sino también en un papel con el que se cubre como con un traje de escena. Más tarde, pretenderá ser una figura mitológica. Por el momento, ensaya máscaras: la de archiduque se le resbala de la cara; retiene la del infante.

Ahora vive en España desde hace años y todavía ignora cuándo terminará el exilio. En 1564, fecha de su llegada y de la muerte de su abuelo, su padre se convirtió en emperador bajo el nombre de Maximiliano II. Sin embargo, Felipe no lo suelta. El rey de España necesita más que nunca asegurarse al heredero, única garantía del comportamiento del nuevo emperador.

 

Al principio de su permanencia en España, Rodolfo fingió ser el príncipe modelo que se le pedía ser, pero, refugiado en sus recuerdos, olvidaba el viento ardiente que pasa por la sierra para reencontrar el fuerte perfume de la resina que mana de los heridos pinos de Alemania. Veía, sobreimpresos en el paisaje árido de crestas encrespadas, de árboles torcidos, de olivos centenarios, en los enrojecidos campos de cebada, bajo un horizonte blanco que riela en la lejanía, los Alpes de crudo verdor y tiernas pasturas. Esas visiones se fueron consumiendo bajo el sol de España. Rodolfo olvida los paisajes austríacos que amaba. Sin los retratos, ya no se acordaría de sus padres.

Él, que se había prometido no cambiar, a fuerza de comportarse como un infante, se transforma en infante. Muros cada vez más gruesos se levantan entre su país y él, entre su padre y él. Felipe se enorgullece porque Rodolfo escribe a Maximiliano en latín, pero el pequeño archiduque aprendió a nombrar a su padre en alemán, y esas cartas latinas no son más que un intercambio oficial entre el emperador y su heredero.

También en latín los archiduques redactan sus deberes y comentan los temas de actualidad. Cuando se rebelan los moros de Granada, la personalidad de los dos hermanos ya está definida. En su copia, Ernesto, probando a su tío que ha asimilado perfectamente las lecciones de España, preconiza un castigo ejemplar. Rodolfo, en la suya, reclama la gracia para los moros. Todas las decisiones de su reinado confirmarán esa toma de posición. Tratará de evitar los derramamientos de sangre y de reinar por la conciliación y la dulzura. Pero la cuestión de los moros se ha planteado no solamente en España. Los turcos hostigan a la Hungría de Maximiliano.

 

A su cabeza se halla un enemigo legendario que habrá muerto cuando a Rodolfo le toque a su vez afrontar el peligro: Solimán II, que acampó frente a Viena en tiempos de Carlos V, Solimán, a quien su pueblo llama Kanuni, el legislador, y al que Occidente apoda el Magnífico. La primera vez que invadió Hungría fue en abril de 1526, a petición de Francisco I, prisionero de Carlos V. El Papa llamó entonces a todos los cristianos a resistir a los musulmanes. Lutero declaró que los príncipes protestantes no debían intervenir en la guerra, que las masacres perpetradas por los turcos eran una prueba enviada por Dios; que resistir al invasor era oponerse a la voluntad divina. Lutero aplaudió la derrota de los húngaros en la batalla de Mohács y se regocijó cuando Solimán, ya amo de Egipto, de África del Norte, de Asia Menor, de Palestina, de Siria, de los Balcanes y de una parte de Hungría, preparaba la conquista de Europa.

Después de dejar a trescientas concubinas en sus palacios de Constantinopla, montado en su caballo bayo, vestido de terciopelo carmesí bordado en oro, tocado con un turbante adornado con un granate, el sultán había partido al frente de doscientos mil soldados arrastrando ciento veinte cañones, una guardia selecta de ochocientos jenízaros, dos mil jinetes cargados con el estandarte sagrado y el águila del profeta, mil camellos, que transportaban las provisiones, y miles de cristianos cautivos a los que obligaba a combatir con sus tropas, como los mongoles forzaban a sus prisioneros a ir al asalto de sus propias ciudades. A la cabeza de ese despliegue, marchó sobre Viena, donde lo esperaba Carlos V con apenas setenta mil hombres. El ejército musulmán se detuvo entonces durante tres semanas frente a la plaza fuerte de Güns que, hambrienta y en harapos, rehusaba rendirse. Once veces los turcos tomaron la ciudad por asalto y abrieron brechas en sus murallas. Once veces los defensores los rechazaron. Mientras tanto, Carlos fortificaba Viena y cuando el sultán llegó finalmente ante la capital, el emperador lo rechazó, salvando así al resto de Europa.

Pero el combate nunca había terminado. Femando I se vio obligado a firmar la paz de Praga, por la cual reconocía la soberanía de Solimán sobre Moldavia y consentía pagar, como los príncipes rusos lo hacían a los mongoles, un tributo de treinta mil ducados anuales, más un atraso de noventa mil ducados.

 

Heredero de esa obligación, Maximiliano se niega a pagar.

Ahora Solimán es un anciano de más de setenta años, que se ha visto envuelto en una maraña de intrigas palaciegas, que ha ordenado matar a dos de sus hijos y a seis de sus nietos, que ha conocido un primer revés militar, derrotado frente a Malta. Pero si deja que Maximiliano se salga con la suya, el Habsburgo es capaz de recuperar los territorios húngaros.

Entonces, el viejo sultán prepara una nueva ofensiva y entra en campaña. Al principio victorioso, se apodera de Sofía, Nish y Belgrado. Pero Szigetvar resiste. Frente a la ciudadela empecinada en defenderse, pierde treinta mil soldados. Se debilita. Sus fuerzas declinan y, en la noche del 5 al 6 de septiembre de 1566, muere de pie, en su tienda, como Vespasiano.

Y el ejército lleva de regreso sus despojos a Constantinopla.

Rodolfo no se mezcla en la lucha contra los musulmanes, pero Maximiliano le pide que intervenga ante su tío después de la rebelión de los Países Bajos. Esta vez, ya no se trata de un deber de escolar, sino de salvar cabezas.

Cuando abandonó Flandes en 1559, Felipe confió la regencia a su hermanastra, Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos. Ante los progresos del protestantismo, Felipe pide a su hermanastra que active seriamente la Contrarreforma.

Margarita no puede practicar en Flandes esa política española que culminará en el desmembramiento de las diecisiete provincias de Carlos V y en el asesinato del príncipe de Orange, Guillermo Nassau. La situación de los Países Bajos es frágil. Allí la Inquisición da resultados desastrosos. No solamente se repudia el auto de fe, el pueblo no comprende la lección y manifiesta ruidosamente su desaprobación y disgusto, sino que la Inquisición empuja hacia la Reforma a católicos que no pensaban convertirse.

El verdadero problema es la presencia de soldados españoles. El Compromiso de los nobles de Jean de Marnix contra la política de Felipe, pone a todo el mundo de acuerdo y, el 5 de abril de 1566, doscientos cincuenta gentileshombres, católicos y protestantes, decididos a poner fin a la presencia española, caracolean en las calles de Bruselas. Concurren al palacio para hacer aprobar el Compromiso por la regente.

Margarita, dividida entre sus propios deseos y las órdenes de Felipe, que no se atreve a transgredir, deja correr lágrimas de impotencia. El conde de Berlaymont le pregunta por qué enrojecen sus ojos por unos gueux, unos pordioseros. ¡Gueux! La palabra se convierte en el grito de unión contra España.

Estalla la rebelión.

En agosto de 1566, protestantes escupen a imágenes de la Virgen, asesinan a católicos e incendian iglesias. Al enterarse de esos crímenes, Felipe, ya que su hermana es incapaz de hacerlo, ordena a don Femando Álvarez de Toledo, duque de Alba, que pacifique la región. Margarita sabe lo que pacificar significa: masacres y el país librado a la soldadesca. Se niega a garantizar la violencia, solicita su revocación y la obtiene.

Comienza la represión.

El duque de Alba arresta al conde de Egmont y al conde de Horn, el mismo que en 1557 había derrotado a los franceses en San Quintín, al frente de la caballería de Felipe, abriendo a los españoles el camino de París (sólo la falta de dinero impidió a Felipe II proseguir la conquista), y que, vencedor del mariscal de Thermes en Gravelines, era considerado en los Países Bajos como un héroe.

 

A Maximiliano le aterran esos arrestos, sobre todo porque en su territorio la anarquía religiosa toma extraños giros sin que él se oponga: los sacerdotes católicos se casan, los protestantes se dividen en innumerables sectas peligrosas que se detestan y celebran cultos diferentes de una aldea a otra. Todo ello mientras los Estados de la Baja Austria exigen la abolición del catolicismo.

El rey católico, que nada ignora de la situación en el imperio de su primo, en vez de quejarse, emprende en sus tierras, en los Países Bajos, una resonante acción ejemplificadora. Condena a muerte a los condes prisioneros. Es una dura llamada de atención para Maximiliano. Sin embargo, así como Felipe no osa protestar por lo que ocurre en el imperio, Maximiliano no se inmiscuye en la cuestión de los Países Bajos. Pero es en ese momento cuando pide a su hijo que interceda.

Rodolfo, a los catorce años, se sumerge en las contradicciones de la política de su tiempo. Su padre, que lo ha enviado a España a fortalecer su fe católica, le pide interceder por los protestantes. Rodolfo reclama la gracia de los prisioneros, dos vidas caras a su padre y por las cuales no es el único en suplicar. El duque de Alba admira a esos héroes que ha capturado y defiende su causa. El conde de Egmont es padre de once hijos.

Habrá pues once huérfanos.

Los condes de Egmont y de Horn son decapitados.

La primera misión de que se ha visto investido Rodolfo es un fracaso.

Maximiliano responde extendiendo a toda Austria los privilegios de la Confesión de Augsburgo: a condición de no molestar a los sacerdotes católicos, los príncipes podrán elegir libremente su religión.

El Papa y Felipe II elevan vehementes protestas.

 

Entonces, a semejanza de las perturbaciones que conmueven a la cristiandad, la tragedia irrumpe en la corte española. Sin embargo, todo parece feliz en 1556: la reina va a dar a luz un hijo.

Felipe quiere un varón.

Isabel de Francia, de veinte años, así lo espera. Su misión es dar un heredero a la dinastía.

Rodolfo también desea el nacimiento de un infante que pueda incitar a Felipe a dejarlo partir.

El 12 de agosto de 1566, nace una infanta: Isabel Clara Eugenia, a quien Felipe llamará más tarde la luz de sus ojos. La decepción es general.

Rodolfo se queda en España.

Isabel está de nuevo embarazada. El 17 de octubre de 1567 nace una segunda hija: Catalina Micaela, futura duquesa de Saboya.

 

El 18 de enero de 1568, a juzgar por la fecha de su tercer parto que se producirá el 3 de octubre de 1568, la reina está desde hace unos días encinta por tercera vez de un niño concebido en plena tragedia, pues ese día Felipe comunica a toda la familia que queda prohibido en adelante mantener la menor relación con el infante don Carlos. La víspera, ha escuchado la misa con él; al día siguiente hay que olvidar su existencia. El veredicto cae sin explicaciones.

La reina Isabel siente cariño por don Carlos, a quien se ha acostumbrado y al que trata como a un hijo. Pero, viviendo en España, cerca de ese marido demasiado viejo para ella, ha aprendido a comportarse como soberana española. Se calla.

Al no haber justificado el rey su decisión, circulan los rumores más antojadizos.

Se dice que el infante ha solicitado una absolución preventiva por un crimen abominable. ¿Qué crimen? ¡El peor! Un parricidio. El confesor ha salvado la vida del rey, lo que justifica que haya violado el secreto de confesión. Eso es falso, replican otros, el infante conspiraba con los Países Bajos. ¿Era protestante? ¿Se oponía a la política paterna?

Don Carlos, al principio confinado en su habitación, es encerrado luego en una torre de ventanas tapiadas.

Seis meses más tarde, el 28 de julio, se anuncia su muerte, siempre sin ninguna explicación.

¿Felipe II es un Iván el Terrible, un Pedro I anticipado? ¿Ha asesinado a su hijo? ¿El infante era anormal como se aseguró tantas veces? ¿Representaba un peligro para su padre, para la dinastía, para el Estado? Los interrogantes siguen planeando sobre esa muerte.

Isabel está tan trastornada que Felipe, preocupado por el niño que lleva en su vientre, le prohíbe llorar. Pero hasta un rey, por poderoso que sea, no puede impedir el sufrimiento de una reina. Y ese dolor, demasiado agudo, destruye el frágil equilibrio de dos vidas. Después de un aborto, la reina muere el 3 de octubre, a la edad de veintitrés años.

Rodolfo llora en los funerales. Llora y se preocupa. La muerte golpea demasiado a menudo y, uno tras otro, a seres jóvenes, situados muy cerca del trono. Se lleva al heredero del reino y a una reina que da a luz un niño muerto. ¿Quién será el próximo? Rodolfo se asfixia en esa corte de lágrimas y de desesperación. Quiere abandonar España, volver a Alemania, alejarse de Felipe que, dos veces viudo, pide ahora la mano de su sobrina. A los cuarenta y cuatro años, la vejez en esa época, pretende a la hermana de Rodolfo, la archiduquesa Ana, de veintiún años, rubia, sonrosada y alegre, a la que primero se había destinado a Carlos IX de Francia, y luego a don Carlos.

María entrega su hija a su hermano. ¿Se alegra en nombre de la dinastía? ¿No se le oprime el corazón? ¿O es que, con el corazón apretado, se alegra, sin embargo, pensando que su hija y su hermano, al convertirse en marido y mujer, serán rey y reina de España? Es la primera vez que Felipe trata de desposar a una de sus sobrinas bajo la mirada impotente de Rodolfo, por el momento sin posibilidades de impedir esa unión, pero que hará fracasar la tentativa siguiente. Mientras tanto, su hermana sucederá a Isabel en los brazos de su tío, con la aprobación de las dos ramas de los Habsburgo y la bendición de la Iglesia romana.

Ana parte a España con dos de sus hermanos: Alberto y Ladislao. A cambio de ellos, Felipe permitirá a Rodolfo y a Ernesto regresar a Austria.

El 12 de noviembre, se celebra la boda en Segovia. Pronto Ana espera un hijo y, el 28 de mayo de 1571, Felipe II se despide de Rodolfo y de Ernesto, después de haber comprometido a Rodolfo con su hija, la pequeña infanta Isabel Clara Eugenia, de cinco años.

Rodolfo no volverá a ver a su hermana viva. Menos de un año después de su boda, Felipe II, viudo por tercera vez, la sepultará.