El emperador de los alquimistas
Capítulo Veintiséis
Rodolfo, el desposeído
El último acto es patético, cuyo preludio se desarrolla entre un emperador desposeído en más de tres cuartas partes, y un joven de veintitrés años, la edad a la que murió don Giulio.
Desbordante de vida, de ambición y de acometividad, Leopoldo, joven primo de Rodolfo, sueña con desempeñar a su lado el papel que el obispo de Viena realiza junto a Matías: está dispuesto a ponerse la coraza encima de la sobrepelliz y a cubrir su anillo de obispo con el guantelete de hierro de jefe de guerra. Pero hace falta una ocasión propicia para ejercer tan valientes disposiciones. Ésta se presenta a la muerte de Juan Guillermo el Bueno, duque de Clèves, de Juliers y de Berg, conde de Ufrak y de Revensherg, señor de Ravestein. Esos territorios, tan minúsculos que hace falta inclinarse sobre el mapa para estar seguro de delimitarlos sin error, son uno de los puntos neurálgicos del equilibrio europeo, vital para Francia que, desde Atila, siempre vio precipitarse invasiones por la frontera del Rin y que desea que esas pequeñas posiciones no pertenezcan a los Habsburgo, ya instalados en España y en los Países Bajos.
Leopoldo quiere apoderarse de ese ducado. Ya se ve penetrando a caballo en los Estados de Clèves, con las banderas desplegadas al toque atronador de las trompetas. Suplica a Rodolfo que le dé los medios para cumplir esa hazaña y demostrarle que es el mejor modo de restablecer su prestigio.
Por el contrario, Rodolfo está persuadido de que sería una peligrosa locura, en un momento en que Enrique IV reúne su ejército, convencido de que los disturbios religiosos que estallan en el territorio alemán anticipan un gran movimiento nacionalista destinado a reafirmar la todopoderosa hegemonía de los Habsburgo en Europa. Se niega a escuchar a Leopoldo. Éste se arroja a sus pies, le ofrece derramar su sangre por él, promete devolverle su pasada grandeza, irradiar de nuevo su gloria perdida. Leopoldo ofrece a Rodolfo las fuerzas que la edad le ha quitado. Le da su juventud. Rodolfo se ablanda ante ese joven que podría ser su hijo y que le habla de fidelidad y de pasión. Ya no lo ve como es, un obispo ambicioso y cabeza hueca. Cede al sueño. El futuro se le antoja radiante bajo los rasgos de ese maravilloso joven que tal vez logre liberarlo de Matías. Le concede subsidios.
Leopoldo levanta un pequeño ejército y entra en Juliers.
Enrique IV reúne sus tropas.
Rodolfo comprende demasiado tarde lo que sabe desde siempre: la empresa del bello Leopoldo es una locura suicida que puede provocar la guerra, como el mercurio precipita el agua magna de la transmutación. Envía inmediatamente al conde de Hohenzollern a afirmar al rey de Francia que no alimenta ningún proyecto belicista. Enrique IV se declara convencido, pero continúa reuniendo a su ejército, mientras se cierne sobre Europa el gran silencio agobiante que precede a la guerra. Nadie la quiere, pero todo el mundo la prepara. Sully predice «una guerra muy larga y llena de diversos accidentes, en la que al final se encontrarán envueltos todos los príncipes de la cristiandad».
El duque de Bouillon, comandante de la vanguardia francesa, marcha sobre Clèves. Enrique IV concentra el Ejército del Norte en Châlons, veinte mil hombres y cuatro mil caballos, al que Inglaterra, el 20 de marzo de 1610, decide apoyar enviando cuatro mil hombres.
El 22 de marzo, Enrique IV celebra un consejo de guerra en el Arsenal.
Rodolfo convoca a sus últimos fieles y busca con ellos la manera de detener al rey de Francia por la diplomacia, pues él no se encuentra en condiciones de resistirle por las armas.
Enrique IV anuncia que se pone a la cabeza del ejército y que lanzará el ataque el 19 de mayo de 1610.
El 14, el rey de Francia es apuñalado por Ravaillac, resultado de la trama urdida por los españoles de los Habsburgo. La muerte del rey detiene la marcha de su ejército. Pero las fuerzas de la Unión Evangélica atacan a Leopoldo.
Éste huye a Passau. De allí, regresa junto a Rodolfo y le demuestra que todo el mal proviene de que carece de un ejército. Hay que reclutar uno. Rodolfo no tiene los medios. Leopoldo conoce dos capitanes dispuestos a enrolar hombres: La Ramée y Athlan. Son mercenarios que el emperador, con su general Rosswurm, echó unos años antes. A Leopoldo no le importa: son soldados; se les paga y ellos combaten. Pero cuando estiman que no están bien pagados, saquean el territorio. Son verdades que Rodolfo conoce. Leopoldo se las hace olvidar. Le asegura que si puede concentrar tropas en Bohemia, Matías no se atreverá a entrar. Rodolfo autoriza a Leopoldo a reclutar.
En Passau, La Ramée reúne doce mil mercenarios.
Los protestantes no han olvidado que Belgiojoso, en Hungría, masacraba igualmente a herejes y a musulmanes. Y Belgiojoso no era obispo. Por una vez de acuerdo con Matías, suplican al emperador que despida a los mercenarios. Leopoldo se empecina en probar a Rodolfo que ellos constituyen su única protección. Rodolfo, que toda su vida se preservó de las influencias exteriores, cegado por Leopoldo, encarnación del hijo providencial, se aferra a esa última quimera y se lanza a la fatal locura que precipitará el fin de una agonía. Cede.
Los Estados de Bohemia niegan al ejército la autorización de entrar en el territorio y el duque de Brunswick obtiene el permiso para licenciarlo. La Ramée responde que licenciará a sus hombres cuando se le pague. El emperador no tiene dinero. Mientras se lo busca, las tropas se agitan y La Ramée, exasperado, las conduce a Austria, donde comete actos de pillaje.
Matías acusa a Rodolfo de hacerle la guerra sin haberla declarado y amenaza con marchar sobre Praga. Para evitar la guerra, los Estados dejan entrar a los mercenarios y, en febrero de 1611, La Ramée acampa frente a Praga, en la Montaña Blanca, donde se reúne con Leopoldo. Hasta Rodolfo ya no duda de que el ambicioso obispo está intrigando con los mercenarios para obtener su coronación como rey de Bohemia. Desde el castillo, observa el campamento. Allí están, pues, esas bandas cuyo reclutamiento ha permitido y que vienen a intimidarlo hasta debajo de sus ventanas.
También en la ciudad, los protestantes observan los movimientos de los soldados con creciente inquietud. Desde que tienen conocimiento de ella, están convencidos de que va a sonar la temible noche de San Bartolomé. El emperador ya no puede hacer nada para protegerlos: les ha concedido una Carta de Majestad en 1609, les ha otorgado la libertad de culto, pero es él quien ha reunido un ejército de forajidos liderado por un mercenario codicioso y un obispo fanático. Recluido en su castillo, amenazado también él, ya no tiene el poder de defenderlos.
Los protestantes toman las armas. Los católicos se encierran en sus casas.
Suena el toque de rebato.
La Ramée se prepara para el asalto.
Los representantes de los Estados suben al castillo, suplican y conminan al emperador a que despida a La Ramée. Rodolfo accede.
Demasiado tarde.
Los mercenarios ya no obedecen a los Estados ni al emperador. Se ponen sus armaduras, abandonan el campamento y descienden para asaltar la torre que guarda el puente, en la margen izquierda del Moldava. Los protestantes la defienden con furor y repelen a los asaltantes, pero varios de ellos son heridos. Se vengan, atacan los monasterios, asesinan a los monjes del convento Santa María de las Nieves, queman y saquean las iglesias. En el aire helado de febrero, ascienden volutas de humo en las colinas alrededor del castillo.
Rodolfo oye los gritos, ve girar antorchas negras y aspira el olor a quemado. Todo lo que logró evitar a su capital durante su vida entera, ahora se produce ante sus ojos porque quiso dar realidad a un sueño más.
Después de la batalla, Leopoldo sube al Hradcany. Afirma que Praga caerá pronto en su poder y que es necesario abrir a los mercenarios las puertas de la ciudad vieja para evitar un derramamiento de sangre. Rodolfo se niega. Los Estados ofrecen pagar a La Ramée para que se lleve a sus hombres. La Ramée no quiere marcharse. Praga es una bella ciudad, rica y floreciente. Para proceder con rectitud, propone quemar la ciudad vieja. Rodolfo, fuera de sí de cólera y de impotencia, lo echa y, toda la noche, sin saber cómo salir de la trampa en la que él mismo se ha precipitado, mira la ciudad que ama, con el corazón apretado, sintiendo llegar su propio fin.
Las ratas abandonan el barco. El nuncio y el embajador de España dejan con sus séquitos sus palacios para unirse a Matías. La Ramée comprende que Leopoldo nunca será rey. ¡No importa! Acaba de cobrar el dinero de las tropas. Lo guarda todo y huye con su caballería el 8 de marzo de 1611. El 10, Leopoldo se marcha a su vez, llevándose al resto de los soldados.
Tras la partida del ejército de Passau, la población arregla sus cuentas con los horrores habituales de las depuraciones, cuando nadie está presente para detener las represalias. El emperador está allí, pero no ha impedido las batallas y no puede evitar las salvajes venganzas.
Ya no tiene poder. Todos lo han abandonado.
Bebe.
Matías se pone a la cabeza de sus tropas.
El duque de Brunswick se esfuerza en detenerlo hablándole del respeto debido al emperador.
El nuncio y el embajador de España se alían a Matías.
Rodolfo ya no tiene apoyos.
Matías marcha sobre Praga.
Comienza el calvario del emperador.
Está solo. En una soledad que nunca conoció. Las inmensas salas del palacio están desiertas. Todos han huido, ministros, embajadores, todos. Piensa en abandonar Praga también él.
Pero allí está Kepler, y Hans von Aachen, y un puñado de artistas y de astrólogos que no saben lo que pasa o lo comprenden demasiado bien. Están destronando a su emperador. ¿Qué será de ellos? Rodolfo siempre los colmó de benevolencia. Les permitió ejercer su arte, les hizo incesantes encargos, los defendió, sin cansarse jamás, contra sus enemigos políticos y religiosos. Ningún monarca los trató jamás como él los ha tratado. No desean que termine su reinado.
Rodolfo tampoco. Los cortesanos, aduladores y delatores, se han marchado. Quedan junto a él los únicos hombres que ama. Es todavía el soberano de unos pocos pintores y de un matemático genial.
Yergue su carne pesada y fatigada, se acomoda el mentón postizo que lo humilla, se pasa una mano de dedos deformados por su horrible copete, mueve sus ojos saltones y tranquiliza a los artistas. No los abandona. Él se queda en Praga con ellos. No dejará una ciudad que ha elegido entre todas. Sin contar con que su león, en el Belvedere, moriría de desesperación sin él.
Matías entra en Bohemia.
Matías acampa frente a Praga.
Rodolfo no está en condiciones de oponerle ninguna resistencia. Ya que no puede conservar lo que su hermano quiere arrebatarle, envía a su escudero para invitarlo a entrar en Praga.
Matías no responde. Como si el emperador ya no existiese, recibe el homenaje de los Estados y hace su entrada solemne el 24 de marzo de 1611, con ropa escarlata, a la húngara. Suenan las fanfarrias. La multitud lo aclama.
Encerrado en sus aposentos, Rodolfo oye las trompetas que suenan en la ciudad y que se acercan. Sigue el progreso del desfile por el puente Carlos y la subida hacia el castillo. Escondido como un animal acorralado, ve a la brillante escolta tomar el Hradcany, recorrer los jardines, los patios, los edificios.
Matías coloca soldados de facción en todos los puntos estratégicos y hace vigilar como a un prisionero a ese hermano que de nuevo muestra el coraje de la desesperación, puesto de manifiesto al invitarlo, y que ahora propone cederle gentilmente la corona de Bohemia. Tanta nobleza y dignidad frente a la grosería de Matías provocan un cambio en la opinión pública. Matías aparece como un patán que, no contento con vencer al emperador a quien debe por lo menos cortesía, lo humilla. Los que aplaudieron tan fuerte su entrada triunfal, ahora lo lamentan.
En ese renacer de simpatías, Rodolfo acaricia una última ilusión. Se ha visto obligado a convocar de nuevo la Dieta, y se persuade de que ésta se negará una vez más a dar la corona a Matías. La nobleza es fiel. ¡Resistirá, porque el rey de Bohemia es él, Rodolfo!
El 12 de abril la Dieta delibera en su ausencia y reconoce a Matías como rey.
Rodolfo cae en un coma profundo.
Cuando sale de él, es de noche. Se arrastra hasta la ventana. Mira el paisaje familiar, impasible, los tejados, los campanarios, los colores únicos, ese gris, ese verde, ese verde grisáceo, esa frágil luz desgarrada por los trinos de los pájaros, ese crujido del follaje fresco, el deslizar del Moldava, la primavera estallando en la ironía, la de Rodolfo destronado. Fue en primavera también cuando eligió Praga como capital del imperio y franqueó el puente Carlos, saliendo al encuentro de la ciudad como un amante apasionado se acerca a su amada. ¡Y ahora Praga se engalana para Matías! Praga le arranca la más querida de sus coronas, la de San Venceslao que el tiempo ha soldado a sus sienes, que es una sola cosa con su cabeza, pues nada puede borrar el crisma de la consagración, nada puede hacer que él no sea el rey legítimo, el único autorizado por las leyes divinas y humanas para llevar esa corona, que lo convierte en el único depositario de la herencia de Bohemia.
Hay que matar a un rey para quitarle la corona.
Praga, al designar a un usurpador, mata a su soberano legítimo.
Rodolfo se aferra al marco de la ventana. Ahora odia con todas las fuerzas que le quedan a esa ciudad demasiado amada, como el amante que maldice a la mujer que lo abandona. Nadie ha querido a Praga como él, nadie la amará tanto jamás. Por ella, desposeyó a Viena, que destiló su resentimiento durante veintiocho años y acaba de vengarse. Viena, de donde surgió ese Khlesl, obispo maldito que predica la cruzada contra su emperador, y donde Matías reunió sus fuerzas. Viena se ha vengado de Rodolfo, y Praga lo traiciona.
Entonces, temblando de ira, levanta el puño y clama sobre Praga la cólera de Dios.
El 23 de mayo Matías recibe la corona. Ha elegido la fiesta de Pentecostés, que celebra cincuenta días después de Pascua la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
Enseguida, desposa a Ana de Tirol. ¿Lleva ella el aderezo ofrecido por el emperador para su compromiso?
Rodolfo no se muestra en ninguna festividad. Permanece recluido en sus aposentos. Ya no sale. No quiere asistir a su propia ejecución. Odia el ruido, y Matías, que ahora manda en el castillo, ha dado la orden grotesca y odiosa de señalar todos sus movimientos en los jardines disparando tiros de arcabuz. ¡Como si pudiera saltar el muro y huir! Rodolfo ya no pasea para evitar que los arcabuces lo ensordezcan. Sus músicos, que tocaban para él en los bosquecillos, han sido dispersados. No se oyen más que marchas militares, redobles de tambores, toques de trompetas y disparos. El Hradcany se ha convertido en cuartel. El emperador prisionero se refugia en la cámara del Tesoro. Ahora sólo reina en sus galerías. Quisiera hundirse en sus obras de arte, como cuando se corre una manta sobre la cabeza para no ver nada más.
La ascensión al calvario no ha terminado. Lo sabe. No obstante, ese niño grande se dice que, si se hace pequeño, su hermano se olvidará de exigirle el imperio. Como si algo pudiera impedir a Matías despedazar a su hermano vivo. Matías ordena que una Dieta preparatoria examine la legitimidad de su demanda. Todo el mundo encuentra bien que se reúna esa Dieta, pero Rodolfo se niega a designar a Matías como su sucesor, y cae gravemente enfermo ante la perspectiva de verse obligado. Sus articulaciones se hinchan, las rótulas de sus rodillas crujen, ya no puede doblarlas, sus dedos se deforman. Matías sabe que su hermano sufre las lesiones articulares de la tercera etapa de la sífilis, que tiene afectados gravemente los riñones, padece una osteítis incurable y no le queda mucho tiempo. ¡Esperará su muerte!
Matías ha esperado toda su vida. El odio lo devora. Exasperado por ese hermano que lo hace esperar nuevamente, lo acusa de tratar de embrujarlo, de entregarse a prácticas de magia negra para hechizarlo. Es que se siente incómodo en el castillo, donde todo le habla de su hermano, de sus gustos, sus opciones, de la vida que ha llevado allí durante años, de la que lleva ahora, recluido, sin mostrarse jamás, pero encerrado todo el tiempo en las galerías que construyó para albergar sus adquisiciones. ¿Acaso no se cuenta también que, en una gruta artificial del Patio Real, reunía una colección de otro orden, las hijas de sus chambelanes traídas por él de todas partes del mundo, y que las observaba, oculto detrás de cortinas de muselina, como un verdadero sátrapa oriental, mientras ellas retozaban, desnudas, en una piscina decorada con mosaicos? Matías odia también a ese Rodolfo amante del placer, aunque ya no exista.
Rodolfo no conoce ahora el descanso, el sueño, la tranquilidad. La obsesión de abrir él mismo la sesión donde lo van a despedazar vivo ocupa sus días y sus noches.