El emperador de los alquimistas

Jacqueline Dauxois · Capítulo 18 de 29

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El emperador de los alquimistas

Capítulo Dieciocho

 

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Las cabezas de los cristianos ruedan desde Topkapi, chocan contra los cascos de los barcos anclados y se hunden en las aguas azuladas del Bósforo. Rodolfo, tembloroso, con la frente perlada de sudor y las manos heladas, se sienta en la cama. Sus ojos, desorbitados, miran desaparecer seiscientas cabezas cortadas en el fondo del mar. Ha gritado. El grito, que lo ha despertado, atrae a criados y chambelanes. Se halla todavía en Topkapi, y se pretende que en unos segundos se encuentre en el Hradcany. Sus servidores lo miran como si delirara. Si pierde la razón, no será el primero a quien un trono ha vuelto loco. Lo que lo asombra, es que pueda reinar y conservar la razón… O entonces habría que ser un bruto y no un Habsburgo refinado. Despide a sus servidores, celosos, malos, que lo engañan, lo traicionan y sólo piensan en robarle.

Emerge del horror, impide que sus manos tiemblen. Le enjugan la frente, le cambian las sábanas. Él se levanta. El castillo duerme, animal de grueso lomo acurrucado sobre la ciudad y el Moldava, que se desliza en silencio, impulsando las ruedas de los molinos. Y él, temblando aún, no corre al encuentro de Catarina. El tiempo lo ha desgastado; prefiere de nuevo a las mujeres imperiales. Pero ahora tampoco las busca. Tiene necesidad de la inmortal belleza de las cosas inanimadas. Sus colecciones jamás lo han engañado, decepcionado. Se le hacen más y más indispensables. Les consagra su vida. Ellas reúnen lo que hay de más bello en las artes y constituyen una verdadera enciclopedia, la suma de la belleza y de los conocimientos de la época. Las quiere como a su propia carne. Representan el refugio donde su espíritu atormentado, enfermo, cada vez más atormentado y enfermo a medida que se hacen sentir las consecuencias de la sífilis y de los ungüentos de mercurio que ha utilizado para combatirla, a medida que la edad hace pesar sobre él las secuelas heredadas de una cascada de matrimonios consanguíneos, a medida que los turcos se vuelven más hostigadores, que ve crecer la amenaza de guerras que pondrán en peligro todo lo que ama.

En plena noche, para disipar sus pesadillas, abre sus Vitrinas de las Maravillas, contempla las piedras preciosas, los fabulosos cristales de Bohemia, hojea los incunables, admira las joyas, las copas de plata dorada y de ágata, acaricia sus estatuas, apoya su frente ardiente sobre rodillas de mármol, aplasta en ellas sus labios, y olvida el mundo de violencia y de sangre que lo rodea, a él, que desearía que el universo entero fuese un templo dedicado al conocimiento y a la belleza. Al menos mientras él reina, evita los horrores de la guerra a sus artesanos y sabios: les hace encargos y les preserva en Praga un Edén, donde pueden crear en paz.

Hay treinta y nueve pintores y escultores trabajando para él al mismo tiempo, alemanes, holandeses, italianos, alrededor de Giuseppe Arcimboldo, pintor oficial de la corte. Bartholomäus Spranger ha llegado en 1581, Hans von Aachen en 1582. Y Adriaen de Vries, Johann Hofmann, Josef Heintz, Daniel Froeschl, Roelant Savery de Courtrai, Matthäus Gundelach, Georges Hoefnagel… Rodolfo espera desde hace años a Jean Brueghel de Velours que terminará por acudir a su invitación.

Hans von Aachen se especializa en mitología y representa a Rodolfo bajo el aspecto de un león en la alegoría La Victoria de la Verdad bajo la protección de la Justicia.

Savery de Courtrai y Pierre Stevens de Malinas pintan paisajes del Tirol y de Bohemia para su amo, que detesta desplazarse y quiere conocer, sin embargo, sus Estados. La visión de éstos es tan lírica, que parece inspirada menos por la realidad que por el encantamiento de un mundo fantástico. Cuando ve las comarcas tan maravillosas sobre las cuales reina, Rodolfo sabe que nunca tendrá corazón para librarlas a la guerra.

Georges Hoefnagel le compone un bestiario en cuatro volúmenes, colección prodigiosa, única, mágica, de una innegable realidad. Cada pelo, cada pluma está representado con una precisión meticulosa. Pero lejos de lograr un realismo decepcionante y puntilloso, el bestiario alcanza la poesía pura y encanta a Rodolfo, que ama a los animales en todas sus formas, tanto pintados como de carne y hueso; prueba de ello son sus caballos de raza, albergados en cuadras decoradas con frescos o su zoológico. Los ama cuando los caza y los mata; los ama embalsamados o reducidos a esqueletos, que hace colgar de las arañas, donde navegan, inmóviles, de un sueño a otro y nadan en medio de las quimeras.

Es que los animales constituyen una soberbia introducción a la mitología grecorromana, el verdadero universo del emperador, que no es ateo como se lo figura el nuncio, ese tonto. Rodolfo es un pagano. En osmosis con los dioses de la Antigüedad, penetra, al mismo nivel que ellos, en un universo fabuloso donde se encuentran centauros, mitad hombres y mitad caballos, donde Júpiter se metamorfosea en lluvia de oro o en cisne según la mujer que quiere seducir, donde los humanos y los dioses se comunican libremente, donde el mundo animado está en simbiosis con el inanimado, donde las plantas tienen alma, donde las fuentes y los bosques son sagrados.

Rodolfo ama a los unicornios, que pertenecen a esas familias de animales mitológicos; los hace pintar mientras espera la sucesión de Ambras sin demasiada impaciencia, evaluando sin embargo de qué tesoro va a enriquecerse el suyo cuando recupere el famoso ainkhurn y la copa de ágata que Fernando se ha negado a darle, triste presagio que oscureció los primeros años de su reinado. No es matar a su bienamado tío calcular que, dada su edad, puede morir.

La proliferación de obras de arte suscitada por Rodolfo pone en evidencia las dos artes que no ama: la música y la literatura. No es que desdeñe a los músicos; los instala en los bosquecillos del castillo para que toquen a su paso, pero detesta el ruido y se contenta con las melodías que ya existen, sin buscar nuevos compositores. Más despreciada todavía por un monarca que nació el mismo año que Agrippa d’Aubigné, es la escritura, de la que desconfía, ya que puede convertirse en el corruptor universal. Jamás olvidará que el drama de su reinado comenzó mucho antes de su nacimiento, con un escrito: ¡las malditas Tesis expuestas por ese condenado monje, Lutero!

 

Decididamente, lo que él prefiere son las obras que se gozan de una sola mirada, que no requieren tiempo para invadirlo con su poderosa belleza, que lo arrancan de un solo golpe de sus terrores y lo apaciguan abriéndole las puertas de lo incognoscible.

La mayoría de los cuadros de Pieter Brueghel el Viejo le pertenecen y posee nueve obras maestras de Durero, que es, para él, el genio puro. Negoció durante un año con la ciudad de Nuremberg la compra del Retablo de todos los Santos. Pidió un préstamo de trece mil escudos al banquero Fugger, cuyo antepasado financiaba a Carlos V, para pagar La Retirada de los diez mil, pero ¿cómo vivir sin esa prodigiosa obra? Hans von Aachen le descubrió en Venecia Das Rosenkranzfest, la Fiesta del Rosario, que franqueó los Alpes a hombros de servidores.

Rodolfo se tranquiliza mirando la sublime Dama del armiño de Leonardo, Los amorcillos del Correggio o el extraordinario Autorretrato en un espejo convexo del Parmegianino, que hunde sus raíces en lo más secreto de la creación y transfigura la

estúpida realidad[39].

Amontona obras de Cranach, de Tiziano; más de tres mil lienzos, casi otras tantas esculturas. Los contempla hasta la saciedad, aunque ésta no se produzca jamás. La belleza lo hace feliz constantemente cuando, solo, por la noche, en sus galerías, con una antorcha en la mano, dialoga con sus obras maestras. Su adquisición lo arrastra a gastos tan enormes como los de una guerra. Es su propia guerra, la que realiza para mantener a artistas y no a espadachines y hacer florecer las artes en vez de ensangrentar sus Estados y reducir a sus súbditos a la desesperación.

Rodolfo ya no sabe el precio de la belleza ni el del deseo. El dinero carece de interés; sólo las obras de arte cuentan. Paga diez mil ducados por Ilioneus, estatua helénica que representa a Níobe, la hija de Tántalo, que Zeus convirtió en roca pero que, al no poder secar sus lágrimas, éstas formaron un manantial. Gozar de tal perfección a ese precio, hace pensar al emperador que todavía es él quien ha realizado

un buen negocio[40].

Posee el más célebre de los camafeos romanos, la Gemma Augustea, del primer

siglo antes de Cristo[41]. Esa apoteosis de Augusto sobre ónix es una proeza, pues el artista esculpió el camafeo con la misma libertad que un bloque de mármol: diecisiete personajes, un carruaje y un caballo, encuadrados por detrás en una reducción que prefigura las búsquedas de perspectiva de los artistas del Renacimiento, celebran el triunfo de Augusto, sentado de perfil, con el torso desnudo, sosteniendo un largo cetro, coronado por las alegorías de la Victoria y de la Inmortalidad, tal como Rodolfo se imagina ya, pues él también tendrá su triunfo.

Él es emperador, mago y alquimista. A su contacto, todo se convierte en arte y belleza. Transfigura lo cotidiano, lo trivial, lo insólito. Todo lo que toca, todo lo que le rodea debe ser hermoso; quiere que nada choque a su mirada por su fealdad o mediocridad. Lo exige con inquieto frenesí, con una avidez que crece a medida que él mismo se afea más y más, que envejece, engorda, como se le ve en los bustos de Adriaen de Vries, escultor oficial de la corte. La parte baja del rostro se deforma, el perfil, liso al principio, se hunde, cóncavo y no convexo, como una hoz. El labio de sibarita se acusa con la edad. El bronce colado se asemeja a una materia blanda, la de la carne de Rodolfo. El párpado cae sobre el ojo, la nariz se alarga sobre la fláccida cara rubicunda, y es imposible disimular el doble mentón con las golillas, cuellos y alzacuellos de las armaduras. Se afea tanto, que encuentra más razón para hacer mágico el universo.

Sus enviados le traen curiosidades del fin del mundo. Él las metamorfosea en maravillas. Para transformar un coco de las Seychelles, rareza en esa época, en un fabuloso aguamanil, trae a orfebres de Augsburgo y de Nuremberg. Con un cuerno de rinoceronte, Anton Schweinberger le fabrica una copa con el pie de plata dorada y

reborde de nácar[42]. El orfebre Paulus van Vianen moldea la tapa, el asa y el pie de una jarra tallada por Ottavio Miseroni en un bloque de jaspe. Rodolfo ha hecho venir a Miseroni de Milán, como experto y conservador. Tallador de piedras preciosas y escultor de camafeos, trabaja ocasionalmente con un compatriota, maestro de glíptica en la corte de Praga, Alessandro Masnago, que realiza verdaderos cuadros con piedras duras, composiciones florales y paisajes de tanta fineza que parecen pintados.

Rodolfo, que atribuye virtudes a las piedras, las amontona, talladas o en bruto, en sus Vitrinas de Artes y de Maravillas. Le gusta acariciar su mesa de piedra dura, cuya parte superior de granates, ágatas y calcedonias, representa el castillo tras sus murallas, para sentir bajo sus dedos esa textura infinitamente curiosa, fría pero sedosa, rígida pero aterciopelada, que tiene una influencia benéfica en él.

En una época en que el cálculo del tiempo ha perturbado tanto a una Dieta, Rodolfo hace fabricar extraordinarios relojes de pie por David Attemstetter y por el suizo Jost Bürgi. Uno de ellos es de cristal, otro, el reloj de los planetas, muestra la rotación de los astros.

Encarga un globo celeste a Georg Roll, una esfera armilar y multitud de instrumentos de medición.

Las armas del emperador que, a falta de ser un guerrero es un cazador, son joyas: armas de caza, de gala, de tiro, alabardas y cuchillos, sin un centímetro que no esté esculpido, grabado, dibujado con líneas entrecruzadas, incrustado de nácar, de esmalte, de oro o de plata, representando escenas de caza, de guerra, alegorías y motivos ornamentales. Con cada objeto poseído, Rodolfo llega a la suprema perfección.

 

Un mundo de belleza sólo es digno de ser habitado por un monarca que no aspira a nada más que a vivir dentro de un mágico decorado, cuyo único sueño de poder consiste en poseer la perfección y sumergirse en ella. Cuando está demasiado enfermo para moverse, Rodolfo enumera las maravillas que posee y en ello encuentra la paz, pues las palabras contienen una parcela de la magia de los objetos que nombran.

Con los ojos cerrados cuando lo taladran los dolores, inmóvil en la oscuridad, se imagina el palacio lleno, saturado, repleto de objetos preciosos: las galerías, las vitrinas, los salones, los subterráneos, los sótanos, los graneros.

Para ahuyentar el dolor entorna los párpados y hurga de memoria en los armarios, los cofres, los escondites, y contempla a sus autómatas, sus esculturas en huesos de cereza, en caracolas; sus dientes de escualos engarzados en oro; sus cristales, minerales, ámbares, piedras, camafeos; sus dos clavos del arca de Noé; los monstruos bicéfalos, el cocodrilo embalsamado, los bezoares; el cuchillo tragado por un campesino y extraído nueve meses después, en 1602, por maese Florian, barbero; una silla de hierro que se cierra aprisionando al que se sienta en ella; un grupo de gamuzas y de ciervos corriendo sobre una cima artificial; un órgano que ejecuta madrigales, avestruces embalsamados, cálices fabricados con cuernos de rinoceronte en los que se agita veneno; raíces de mandrágora, un medallón votivo de arcilla de Jerusalén, una mota de lodo del valle del Hebrón, donde Dios modeló a Adán; el báculo de Moisés.

Mira, mezclados en su cabeza, lagartos moldeados en yeso, animales de plata, caparazones de tortuga, nácares, cocos, muñecas de cera coloreadas, figurillas egipcias de arcilla, espejos de cristal y de acero, anteojos, corales, cajas, deslumbrantes plumas, vasos, torso de mujer en yeso color carne, tableros de ámbar y marfil, cráneos, cálices de oro, paisajes en jaspe de Bohemia, marco de plata montado sobre ébano, pintura sobre alabastro de Oriente, piedras pintadas, mosaicos, reclinatorio de plata, vasos de cristal tallado, garrafa de topacio ofrecida por un embajador moscovita, jarra de piedra estelar, copa de ágata de Bohemia adornada con asas de oro, recipiente de topacio en forma de león, cubiertos de oro y rubíes, vasos galorromanos guardados en sus estuches de terciopelo rojo, cofre de cristal de roca, cajita de ámbar, laúd de plata, placas de lapislázuli, cuernos de caza de marfil, porcelanas, mapamundis sobre hipogrifo, cristalería veneciana, esferas armilares, instrumentos de medida, cabeza antigua de plata de Polifemo, Deyanira y el Centauro, medallas, porcelanas polícromas, arneses, espuelas, bridas, palios, jubones tomados a los turcos, banderas, bozales, sables, copas hechas en huevos de avestruz, mosquetes, dagas, pistolas, espadas, estiletes, trabucos, cajas de música, relojes de pie y de bolsillo, granates de Bohemia, árboles de coral, plumas de colibrí, etcétera, etcétera.

 

Luego viene el momento en que la pasión, llevada al paroxismo, se desvía. Rodolfo lo sabe. No puede hacer nada contra ello. Hacen falta tales dones para amar lo ideal, comprenderlo, respetarlo. Sabe que es desastroso que esas cualidades se perviertan. Pero Rodolfo no siente las cosas de ese modo cuando lo embarga la necesidad del secreto, del ocultamiento, del escondite. Amuralla, entierra, cava, sella. Los tesoros ocultos están perdidos para él, para los demás, y tal vez para las generaciones venideras. Pero entonces se convierte en el amo soberano de las sombras. Reina sobre las murallas del castillo, sobre los subterráneos y los antros donde amontona sus grotescas figuras. Los tesoros amurallados sólo le pertenecen a él. Celebra así, con sus posesiones, bodas extrañas y rituales. Entrega sus tesoros a la tierra para reencontrarlos en ella cuando a su vez sea enterrado.

Puede morir ahora. Las colecciones, fabulosa apropiación del tiempo y de la historia, han sellado su destino.

 

Rodolfo ya no tiene fuerzas. No ve que, en medio de una acumulación fabulosa, se ha convertido en un emperador solitario embarcado hacia las maléficas riberas de la locura, del asesinato y del suicidio.