El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 8 de 27

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El jardín de la Oca

La iglesia oculta

Tras abrazar a cada uno de los miembros de su pequeña familia, Eder partió una madrugada, cuando las hojas se desprendían de las ramas y cubrían el suelo de colores. Tomó el camino de Doneztebe para ganar al puente de Sunbilla y, de allí, dirigirse hacia la costa, siguiendo el curso del río Baztan hasta su desembocadura. Su hermano Donat había afirmado con rotundidad que el pueblo llamado León se hallaba cerca del mar.

Se quedó desconcertado al llegar a la población de Irún-Uranzu al día siguiente, tras haber dormido en una chabola deshabitada, y ser informado de que el lugar que buscaba se hallaba muy lejos y, desde luego, no cerca del mar.

—Alguno de ésos que cruzan el Bidasoa se dirigirán a la población que buscas.

Su informante señaló a un grupo de peregrinos que atravesaban el puentecillo de madera que unía las dos orillas de la desembocadura del río.

Podía jurar que no se había separado en ningún momento de la orilla de

«su» río Baztan, pero no quiso discutir. Su única preocupación era encontrar un sitio para comer y dormir, y enterarse de por dónde se iba al dichoso León. Encontró acomodo en la casa de acogida para caminantes y pobres; recobró las fuerzas gracias a una espesa sopa de ajos, un pedazo de pan y un pote de vino y durmió apretujado entre dos hombres después de rezar con los monjes que les habían dado de comer. Él no sabía nada de oraciones, así que bajó la cabeza y movió los labios durante el tiempo que duró el rezo para no llamar la atención. No pasó frío, pero le costó dormirse a pesar del cansancio, debido al olor y a los soplidos de sus compañeros de jergón. Se

arrepentía de haber iniciado un viaje hacia tierras extrañas y todavía más, cuando el monje, después de la oración, les animó a proseguir su camino

«hasta el fin del mundo», asegurándoles que allí encontrarían la dicha de los bienaventurados. Creyó no haber entendido bien, pues el monje se expresaba en francés, lengua que llevaba tiempo sin practicar, pero luego preguntó a uno de los viajeros, un individuo de cabellos largos y sucios y barba de igual aspecto, qué era aquello del «fin del mundo».

—El Finis Terrae —le respondió el hombre en un batiburrillo, mezcla de francés, navarro, romance y latín—, allí donde acaba la tierra conocida y comienza la mar tenebrosa que no tiene término, habitada por monstruos marinos capaces de engullir una nave entera y por seres mitad mujeres, mitad peces, que encandilan a los marineros con sus cantos para que encallen sus naves y así poder chuparles la sangre.

—¿Y tú vas a ir hasta allí? —preguntó atónito.

—Ya he hecho la peregrinación completa en cuatro ocasiones; ésta será la quinta —afirmó el hombre orgulloso—. Es una forma como otra cualquiera de pasar la vida para alguien como yo, sin familia, bienes, ni oficio. Me dan cama y comida de balde, me cuidan si enfermo y conozco gente. Me detengo acá o allá, según las épocas del año; ayudo a los campesinos en la siembra o en la recogida a cambio de alguna moneda, pieles o lo que sea, e hiberno como los osos en cualquier pueblo del Camino cuando llegan las nieves. Hay muchos que hacen lo mismo que yo.

—Creía que ibais a ver la tumba de un hombre santo…

—¡Y vamos! Y besamos el suelo del templo que guarda sus restos.

Siempre es bueno tener a los santos del lado de uno por lo que pudiera pasar.

—¿Conoces una ciudad llamada León?

—¡Naturalmente! Está a medio camino entre Burgos y Compostela; es un buen sitio para pasar el invierno.

—¿Y otro que se llama Ponteferrato?

—Sí, claro. Está más allá de León.

Quería seguir preguntando, pero el peregrino de oficio no parecía tener ganas de proseguir la conversación; se envolvió en la manta prestada por

los monjes sin siquiera quitarse la esclavina y el abrigo y comenzó a roncar de inmediato. Antes de quedarse, por fin, dormido, Eder decidió que se uniría al grupo. Aquel hombre conocía bien la ruta y él estaba dispuesto a aguantar su olor a suciedad con tal de no perderse.

Al día siguiente se pusieron en marcha nada más clarear porque, según le informó el hombre, que dijo llamarse Ugo, cuanto antes echasen a andar, mejor. El frío y la nieve podían matar a un ser humano con la misma facilidad que el acero más afilado —aseguró—, y era preciso hallarse en lugar poblado antes de que comenzaran las grandes heladas. Enseguida dejaban atrás al resto del grupo y caminaban sin hablar, controlando la respiración para ahorrar fuerzas. Seis jornadas más tarde entraban en Balmaseda, activa villa a medio fortificar y paso obligado entre los pueblos costeros y la meseta castellana, rodeada de una vegetación exuberante de bosques, huertas y viñas que cubrían las laderas del cerro sobre cuya cima se estaba construyendo un castillo. La población era un hervidero de gentes, comerciantes, artesanos, mesoneros, ferrones y viajeros repartidos por tres calles y varios cantones edificados a sus pies, a orillas de un río caudaloso y nombre atractivo, el Cadagua. También había hombres de armas dispuestos a mediar en las disputas y a desenvainar las espadas a nada que las riñas tuviesen visos de acabar en trifulcas.

A pesar del barullo, a Eder le dio la impresión de ser una localidad segura. Estaba muy cansado, tenía heridas en los pies que precisaban de un poco de reposo y esperaba que su compañero de viaje no tuviese demasiada prisa por reanudar la marcha. No cabía duda de que era un caminante avezado, insensible a la fatiga, a la lluvia y, también, a la belleza. Los días se acortaban al final del otoño. En su primera jornada de viaje, se habían detenido a pasar la noche en San Sebastián, un monasterio que Ugo conocía bien y donde, además de los consabidos rezos, cenaron un guisado excelente, del que, incluso, pudieron repetir. Su asombro no tuvo límites a la mañana siguiente, al disponerse a partir y encontrarse de golpe con la mar. El monasterio se hallaba encaramado en un promontorio, a poca distancia de un poblado de pescadores, y sobre un arenal que las olas batían sin cesar. Permaneció alelado durante un largo rato, el rostro azotado por el

viento con sabor a sal. Su compañero se rió de él, echó a andar y le advirtió que la mar era siempre igual y que acabaría harto. Le costó un gran esfuerzo mover las piernas, pero lo hizo sin despegar sus ojos del agua hasta que la visión desapareció tras una colina para reaparecer más adelante y ocultarse de nuevo. Y así cuatro jornadas, durante las cuales no se alejaron de la costa y se detuvieron en pequeños pueblos de pescadores, compartiendo la comida de sus habitantes y durmiendo arrullados por el sonido de las olas.

Al llegar a una aldea de nombre Lekeitio, tomaron una vereda hacia el interior. Anduvieron durante otros dos días más por valles y montes de una belleza extraordinaria hasta una puebla de nombre Bilbao, situada a orillas del estuario de un río que iba a parar a la mar, aunque ya no fue lo mismo.

Durante un trecho los acompañaron las gaviotas, pero sus graznidos fueron haciéndose más lejanos hasta que dejaron de oírlos. Se prometió que, a su regreso, realizaría el mismo recorrido, y contemplaría de nuevo la mar.

Había disfrutado tanto como cuando ascendía a los montes de su tierra y en cada ocasión descubría un paisaje diferente. Llegaron a la villa de Balmaseda tras dejar atrás aldeas y caseríos dispersos. Ugo le informó de que no se alojarían en el hospital para pobres y caminantes, un antro inhóspito incluso para él —afirmó muy serio—, ni tampoco en alguna de las hospederías de la localidad, porque les tomarían por peregrinos y les cobrarían más de lo debido. Lo hicieron por un par de monedas, pagadas por adelantado, en el hogar de un matrimonio anciano a quien conocía de sus otros viajes. La pequeña ventana de su minúscula habitación bajo el tejado se abría al Cadagua y el ruido de sus aguas palió de algún modo la añoranza que, de pronto, sentía por la inmensidad que acababa de conocer, y de perder casi al mismo tiempo.

Para alivio de sus pies heridos, su compañero no dio muestras de tener prisa por proseguir la ruta mostrada hasta entonces. Conocía a varias personas de la localidad, en especial al propietario del Zubia, el puente, un garito situado en el otro extremo de la villa, en la calle Vieja, a un tiro de piedra del puente de tres arcos recién construido que había reemplazado al viejo y enlazaba con el camino de Burgos. Ugo acudía al local a mediodía a jugar a los dados y no lo abandonaba hasta la hora del cierre. Eder

sospechaba que él y el tabernero compartían las ganancias del juego, pues su extraño camarada ganaba con mucha soltura, demasiada. Si algún otro jugador ponía en duda su fortuna, era inmediatamente arrojado fuera de la taberna por el propio dueño, un hombrachón con quien más valía tener buenas relaciones, alentado por la tabernera, una mujer pequeña y redonda de voz chillona. El primer día lo acompañó, pero se cansó pronto. Él apenas bebía y, además de estar prohibido, no le gustaba el juego; era absurdo jugarse los dineros a la suerte. Guardaba los suyos en el saquillo interior de sus calzones y no pensaba malgastarlos. Aún le quedaba un largo camino por recorrer y no estaba dispuesto a mendigar como un pordiosero.

Mientras Ugo jugaba, él recorría las calles, se detenía ante los puestos de los artesanos y contemplaba la habilidad de los cesteros que trenzaban cañas a gran velocidad y confeccionaban cestos para el transporte de piedras y mineral de hierro; la de los albarderos que, además de albardas, producían arneses y sillas de montar, o la de los herreros que forjaban herrajes y fabricaban herramientas, clavos, cerraduras con sus respectivas llaves, armas y aperos de labranza. Pero era, sobre todo, la labor de los carpinteros la que más le interesaba. El ruido de serruchos y azuelas, mazos y gubias, el olor de resinas y barnices lo atraían como el néctar a las abejas.

La actividad era continua y los artesanos apenas cerraban para descansar unas horas. La villa estaba creciendo. Las obras del castillo y de la muralla precisaban manos; los artesanos y sus familias necesitaban casas donde vivir, y los señores solariegos que abandonaban el campo ordenaban construir torres como muestra de su poder y de su riqueza. Había trabajo, y eso se notaba.

La tercera noche de su estancia en Balmaseda, su compañero no apareció a la hora acostumbrada y fue a buscarlo. Llovía a mares. La taberna estaba cerrada y no se veía un alma transitando por las calles y menos en aquella zona, algo alejada del centro de la población y todavía poco habitada. Golpeó en la puerta del local pensando que quizás se encontraría dentro jugando una de sus interminables partidas de dados, pero nadie respondió. Los golpes resonaron en el silencio y temió ser interceptado por una de las patrullas de vigilancia que hacían la ronda, así

que decidió regresar a su alojamiento por la calle del Medio. Muchos artesanos mantenían taller en dicha calle y trabajaban hasta muy tarde alumbrándose con hachones y lámparas de aceite, a pesar de la prohibición de hacerlo, entre otros motivos, por la posibilidad de provocar incendios o realizar mal los trabajos encargados. Había menos peligro de toparse con gente peligrosa transitando por ella. La lluvia continuaba cayendo en forma de chaparrón y echó a correr, al tiempo que escuchaba el chapoteo de sus propias pisadas y maldecía su ocurrencia de salir en busca de su compañero con un tiempo tan malo. Tropezó con un hombre que, al igual que él, corría con la cabeza baja, y ambos fueron a parar al suelo.

—Lo siento —se disculpó—. No te había visto.

—Yo tampoco —le respondió el otro.

Se miraron y se echaron a reír al contemplarse sentados en medio de un charco inmenso en plena noche.

Poco después se hallaban en la bajera de una casa, envueltos en sendas mantas mientras las ropas se secaban junto al fuego y abroncados por igual por la mujer del hombre que no dejaba de repetir que tenían la cabeza en los pies por salir con semejante temporal, sobre todo su marido. Entre reproche y reproche, entre cazo y cazo de una sopa espesa que Eder no se atrevió a preguntar de qué estaba hecha, la mujer también repetía una frase que llamó su atención.

—Señora, que el río no se desborde…

—¿Puede desbordarse el río? —acabó por preguntar.

—Puede. No será la primera vez… —respondió su anfitrión—. Ya veo que no eres de por aquí, ¿de dónde eres?

—Vengo de Navarra.

—¿Y hacia dónde te diriges?

—A un lugar llamado Ponteferrato… Me han dicho que está cerca de León, pero, si he de decir la verdad, no tengo ni idea dónde están ninguno de los dos.

—¿Eres peregrino?

—No… busco… trabajo —no quería dar explicaciones y menos a unos desconocidos—. Soy carpintero.

No le pasó desapercibido el intercambio de miradas que se cruzó la pareja; fue sólo un guiño, un destello en el oscuro habitáculo iluminado por las llamas del hogar.

—¿De qué parte de Navarra dices que vienes? —preguntó el hombre.

No lo había dicho y notó una sensación molesta.

—De… Pamplona.

—Cualquiera diría, por tu aspecto, que eres montañés. Nosotros vinimos aquí hace años, procedentes de la montaña aragonesa que linda con la navarra… —el hombre hizo una pausa antes de continuar— y también somos carpinteros.

No supo cómo interpretar sus palabras y permaneció callado.

—Éste no es un mal sitio —prosiguió el hombre—. Hay trabajo y a nadie le importa demasiado de dónde sean los demás, aunque, claro, nunca se sabe y es mejor ser discretos.

—La Señora vela… —añadió la mujer.

Ambos le sonreían, pero él seguía sintiendo una comezón molesta en la nuca, como una advertencia.

—Es ya muy tarde y tengo que marcharme —dijo, levantándose y poniéndose su ropa, aún húmeda—. Gracias por la sopa.

—Tengo un hermano en la ciudad de Burgos —el hombre no se había movido de su sitio—, o allí estaba hace unos años. Uno de los nuestros me informó que trabajaba en la fábrica de la nueva catedral. Puede que pases por Burgos para ir a León. Si es así, y no te es mucha molestia, ve al barrio de los carpinteros y salúdale, a él y a su familia, de nuestra parte.

—Así lo haré…

—Recuerda: pregunta por el barrio de los carpinteros —insistió el hombre—. Busca a los nuestros allí donde se construyen grandes obras.

—La Señora vela —añadió de nuevo la mujer—. Siempre vela por su pueblo.

—Sí… bueno, me voy —definitivamente, no se sentía a gusto—. Os reitero mi agradecimiento por vuestra hospitalidad.

A punto de salir por la puerta, se giró.

—¿Y por quién tengo que preguntar? —inquirió.

—Por Ximen Ximenat.

Aturdido, recorrió la distancia hasta la casa junto al río y ni siquiera se dio cuenta de que pasaba por delante del sayón de la villa y de otros dos hombres armados, quienes se le quedaron mirando vigilantes hasta que penetró en la vivienda. ¿Eran imaginaciones suyas o acababa de compartir una sopa de vete tú a saber qué con gentes como él? ¿A qué venía aquello de «los nuestros» que el hombre había repetido dos veces? ¿Y lo de la Señora que vela? ¿Qué Señora? ¿Acaso le habían querido decir que ellos también eran parte del pueblo del bosque? Subió al cuarto y se quitó la ropa. Sentía frío y no tenía otra para cambiarse; incluso tenía agua dentro de las abarcas. Se enrolló en su manta y cogió la de su compañero para cubrirse. No había vuelto y por él podía irse al infierno del que hablaban los curas. Le costó conciliar el sueño, pero decidió que al día siguiente iría a ver al hermano del hombre llamado Ximen Ximenat y le preguntaría si ellos también eran… eran…

—¡Despierta! ¡Despierta!

Un hombre vestido con un sayo negro y calzas del mismo color lo sacudía con fuerza. Tenía la cabeza cubierta con una capucha y portaba en la mano una antorcha pequeña. Ni en la peor de sus pesadillas habría imaginado encontrarse cara a cara con la muerte en persona, con el asesino de su tía Elaia y de su maestro Bisol, el cuervo negro con ojos de alimaña.

—¿Vienes a matarme? —preguntó intentando despejarse y mostrarse valeroso.

—¡No digas sandeces! ¡Tenemos que marcharnos de aquí cuanto antes o nos cuelgan! ¡Levántate y vístete, maldita sea!

Por fin reconoció al espectro y se levantó rápidamente. Miró a través del ventanuco; seguía siendo de noche. El hombre debía de estar loco; o borracho, pero no preguntó y se vistió con un gesto de desagrado; la ropa no se había secado y las abarcas tampoco. Juró que se compraría una muda y calzado en la primera ocasión que se le presentase y siguió a Ugo escaleras abajo. Nada más salir a la calle, éste apagó el hachón, le recomendó que no abriese la boca y lo condujo por el borde de la muralla hasta el portillo de los atrancos que daba paso a una pasarela de piedras colocadas en el río

para unir las dos márgenes. No podían atravesarlo por el puente porque allí siempre había centinelas que vigilaban las entradas y las salidas, y harían preguntas. Un par de veces estuvo a punto de caer al agua, pero su acompañante lo sujetaba con fuerza por un brazo y no lo soltó, aunque escupió más de un juramento. Tras alcanzar la otra orilla, caminaron entre zarzas y escollos un trecho en la oscuridad hasta dar con un caminejo que enlazaba con otro suficientemente ancho para las carretas y continuaron en silencio. Había dejado de llover, pero Eder no las tenía todas consigo; reconocía el olor de la lluvia en el aire y no tardaría en caer una buena chaparrada. Antes de que esto ocurriera, habían encontrado cobijo en la iglesia de una aldea de cuatro casas. Comenzaba a amanecer. Para su sorpresa, Ugo le tendió una manta y él se arrebujó en otra. A punto de quedarse dormido sobre el suelo de piedra de la iglesia, con la cabeza apoyada en su bolsa de viaje, se dio cuenta de que las mantas eran las de su hospedaje en Balmaseda. Su compañero las había afanado. Sólo descansaron un par de horas y reemprendieron el camino antes de que el sol, que aparecía y desaparecía jugando entre las nubes, estuviese sobre sus cabezas. Al mediodía se hallaban en Villasana, población del hermoso valle de Mena, tierra de bosques tupidos, praderas y agua.

Al igual que había ocurrido en Balmaseda, Ugo parecía conocer muy bien el lugar y pasó sin detenerse por delante de una casa en la que, sentados delante de la puerta, pudieron ver a unos peregrinos de rostros rubicundos y aire desorientado.

—Son extranjeros —informó a Eder—, ingleses o franceses que van a Compostela. Llegan por el puerto de Castro y se dirigen tierra adentro sin saber ni una palabra de la lengua, sin tener idea de adónde van y la cantidad de peligros que corren, cuando deberían encaminarse por la costa que es más rápido, aunque haya menos albergues.

—¿Y nosotros? ¿Por qué no hemos ido por la costa?

—Porque ese recorrido únicamente lo he hecho una sola vez y no conozco a nadie. Y porque tú quieres ir al Ponteferrato ¿no?

Lo miró con atención. Se había quitado la capucha y parecía otro: ni greñas, ni barba. Se había rapado, y estaba limpio. Se acercó a él y lo olió

como un perro rastreador husmeando la pieza.

—Pero ¿qué haces? —el hombre le dio un empujón y se echó para atrás.

—Quería saber si mis ojos no me engañaban y si es verdad que te has quitado la peste que llevabas encima desde que nos encontramos.

—¿Tan mal olía?

—Peor.

—¡Pues hoy te toca a ti!

Se echó a reír y le dio un manotazo que a poco lo tira al suelo. Al rato se hallaban alojados en la única posada de la localidad, propiedad de una viuda de buen ver, de nombre Justina, que los recibió rodeada de niños y con una sonrisa de oreja a oreja dirigida a Ugo. El hombre respondió dándole una palmada en el trasero y besándola después en los labios con tanta intensidad que Eder se sintió incómodo. Las efusiones amorosas eran cosa de la intimidad, no para demostrar ante extraños. Recordó otros besos, otras caricias y se humedeció los labios. No había tenido ninguna relación con mujer alguna desde entonces, a pesar del tiempo transcurrido y de la natural necesidad que, en ocasiones, aguijoneaba su cuerpo con tanta fuerza que lo obligaba a aliviarse para no volverse loco. Sin embargo, nunca se le había pasado por la cabeza ir en busca de una hembra en dichas ocasiones. No quería engendrar otra criatura a la que no podría ver crecer.

La posada de la viuda resultaba un buen negocio. El trasiego entre la meseta y la costa era continuo: arrieros, mercaderes, repobladores, todo tipo de gentes iban y venían durante todo el año, excepto en pleno invierno en que la nieve hacía intransitables los caminos y los lobos bajaban de los montes a por comida. Se contaban pavorosas historias de viajeros que habían sido atacados por manadas enteras que no habían dejado de ellos sino cabellos y dientes. No era ése el caso y la posada tenía ocupadas todas sus camas: diez camastros, instalados en lo que antaño, cuando la viuda todavía no lo era, había sido el establo, más dos lechos en una habitación cuyo precio, por supuesto, era cuatro veces más elevado. Aquella noche, Eder fue instalado en ella con un comerciante en lanas que había llegado la víspera y a cuyo criado enviaron a dormir al antiguo establo.

—¿Y tú? —preguntó a Ugo.

—Estaré bien, no te preocupes —respondió éste guiñándole un ojo.

—¿Por qué hemos salido tan precipitadamente de Balmaseda? —

preguntó de nuevo cuando el otro se marchaba para entrar en la habitación contigua, la de la viuda.

—Porque pagué en la casa de baños con una moneda de plata desbastada, y ya sabes que, si te pillan, te cuelgan —repitió.

—¿Qué es una casa de baños?

—¿Nunca has estado en una?

—No. Y ¿qué es una moneda desbastada?

Ugo desanduvo los pasos dados y lo miró con atención.

—¿Qué edad tienes?

—No sé… menos de treinta desde luego.

—¿Y de dónde has salido?

Cayó en la cuenta de que ninguno sabía apenas nada del otro. No habían hablado sobre sus respectivas vidas, familias u orígenes en las jornadas que llevaban juntos.

—Soy navarro.

—¿Y acaso en Navarra los hombres no juegan, ni beben, ni fornican, ni saben desbastar monedas?

No respondió, entró en el cuarto y cerró la puerta. El comerciante en lanas roncaba a pierna suelta, pero estaba tan cansado que enseguida se quedó dormido y no se enteró de los ronquidos, ni de los ruidos, gritos y jadeos que, procedentes de la habitación de al lado, llenaban la casa y desvelaban a sus ocupantes.

A la mañana siguiente no se levantó; temblaba de pies a cabeza, no podía abrir los ojos, le dolía el estómago y tenía mucha fiebre y la impresión de que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento. El comerciante alertó a la viuda y enseguida ella y Ugo se apresuraban a su cabecera. Durante muchos días los sintió revolotear a su alrededor. Oía sus voces, pero no distinguía sus palabras; notó que lo desnudaban y frotaban su cuerpo con paños húmedos; que lo obligaban a abrir la boca y le hacían beber agua, tisanas con sabor a verbena, manzanilla y menta y algo más que su paladar no supo discernir. Luego supo que se trataba de propóleo, una

sustancia utilizada por las abejas para recubrir las paredes de los panales y usada por los lugareños para combatir las infecciones. Se sentía indefenso y, en su estado de semi inconsciencia, era incapaz de poner en orden sus pensamientos. La visión del espectro negro se mezclaba con la de la sopa que había tomado antes de caer enfermo, las imágenes del padre y de los tíos sentados delante de la cabaña de Xuhitoa, la de la talla de una mujer embarazada envuelta en llamas y la de él mismo colgando de un precipicio.

Por fin las fiebres desaparecieron y una inmensa lasitud se adueñó de su cuerpo. Había perdido peso y no tenía fuerzas para sostener un cubilete ni para levantarse sin ayuda. Continuó unas cuantas semanas en el lecho. Ugo le informó que, debido a su calentura, causada sin duda alguna por la mojadura de aquella noche de perros en Balmaseda, se veían obligados a posponer el viaje, ya que las nieves no tardarían en caer y no era juicioso echarse a los caminos hasta pasado el invierno. No parecía lamentarlo.

Dormían en el mismo cuarto, pero se escabullía a menudo cuando lo creía dormido y, poco después, escuchaba ruidos y jadeos al otro lado de la pared.

Una mañana se despertó y supo, sin entender muy bien cómo, que ya podía levantarse solo; sus piernas debilitadas soportarían su peso y no le daría vueltas la cabeza al ponerse de pie. Todo estaba allí; la bolsa de viaje con sus herramientas, la ropa e, incluso, sus monedas, apiladas en dos montoncitos. Se vistió los calzones y la camisa que esperaban lavados y planchados encima de un arcón y el sayo de cuero oscurecido forrado de piel de oveja, heredado del padre: introdujo sus pies en unas gruesas medias de lana áspera y se calzó las abarcas, que una mano amiga había limpiado de barro y frotado con sebo y saltó de la habitación. Amanecía y la casa estaba silenciosa. Sonrió. Al igual que en Bozate, los maneses no tenían prisa por comenzar la jornada en los meses fríos; la Naturaleza descansaba y ellos también. Una ráfaga de aire frío llenó sus pulmones al abrir la puerta, pero no se amilanó y salió.

La alberguería se hallaba en una calle bordeada por casas construidas con tejados de dos aguas y entramado de madera relleno con piedras y adobes. Aunque había un par de ellas de buena piedra, todas eran muy

similares en apariencia, como si fuesen de nueva construcción. Dio una vuelta y observó que se estaba levantando una muralla para abarcar tanto las viviendas como las huertas que se veían detrás de ellas y también una torre de buenas proporciones en uno de los ángulos. Fuera del recinto, en un alto, se alzaba una iglesia con varias casas a su alrededor y supuso que se trataba del burgo viejo. Lo había visto en otros lugares: las viejas construcciones daban paso a otras, mejor edificadas, para albergar a nuevos pobladores. Regresó sobre sus pasos y se dirigió al otro extremo. Caminó durante largo rato sin sentir cansancio. Los árboles habían perdido las hojas, pero él no necesitaba verlas para imaginar las montañas repletas de robles, hayas, fresnos o castaños. Eran parte de su vida, había nacido y crecido entre ellos, los conocía con los ojos cerrados con tan sólo acariciar su corteza, palpar sus hojas u oler su madera. Se abrazó a un enorme roble que se alzaba majestuoso al borde del camino y recordó las palabras de la tía Elaia:

—Recuerda, Eder, que eres parte del pueblo del bosque. Cuando te sientas débil, abraza el tronco de un árbol; su savia es como nuestra sangre y sentirás su fuerza penetrar en ti.

Nunca lo había hecho porque nunca se había sentido débil, excepto después del incendio que había inutilizado su hombro derecho, pero entonces tenía otras cosas en que pensar y no se acordó de los consejos de la tía. Por otra parte, no estaba muy seguro de creer en todo lo que ella decía. A fin de cuentas, era una mujer. ¿Qué podía saber una mujer de las pesadumbres de un hombre? Permaneció largo rato abrazado al árbol, con la mejilla apoyada en el tronco, la mente vacía y los ojos cerrados, pero no sintió nada especial. Se separó de pronto con un sentimiento de vergüenza.

Esperaba que nadie lo hubiese visto; iría a contárselo a Ugo y éste se reiría de él. No había olvidado las palabras que le había dirigido antes de caer enfermo y su mirada irónica al decirlas. No volvería a preguntarle nada y ya se enteraría por sí mismo de lo que eran una casa de baños y una moneda desbastada. Regresó con la idea de continuar explorando la región en los días sucesivos. Algo más lejos se percibía una iglesia, y sentía curiosidad por comprobar si sus muros custodiaban una imagen de la Diosa. No había

tenido tiempo de visitar las iglesias de los pueblos que habían atravesado, ni tampoco las ermitas encaramadas en cerros y colinas, porque su compañero de viaje sólo se detenía para comer y dormir y él no quería perder a su guía.

No encontró a Amari en Balmaseda, pero ahora, sin embargo, tenía el convencimiento de que la hallaría en aquel paraje donde la Naturaleza desbordante señoreaba sobre todos los seres vivos, al igual que en la tierra de sus padres.

—¿Dónde diablos te habías metido? —fue el saludo de Ugo al verlo llegar—. ¡Te hemos buscado por todas partes!

Estaba apilando leños, estorbado por media docena de críos que corrían y chillaban a su alrededor y a quienes perseguía gritando que se los iba a comer. Eder sonrió. Su compañero —todavía no se atrevía a llamarlo amigo

— era un personaje extraño que no dejaba de sorprenderle.

—¡Si ya estás bien para vagabundear, también lo estás para echar una mano! —le gritó mientras agarraba a uno de los chiquillos, se lo echaba al hombro y daba vueltas entre grandes risas—. ¡Hay que pagar el alojamiento!

Las nieves llegaron antes de lo previsto. Una mañana, la villa, los campos y montes que encerraban el valle aparecieron cubiertos por una espesa capa de copos helados; los ganados permanecieron a resguardo y los meneses hicieron otro tanto. Eder, sin embargo, salió de la casa como cada mañana, nada más clarear. Tenía un trabajo que hacer. Unas semanas antes, siguiendo el curso de un riachuelo, sus paseos lo habían llevado hasta un caserío algo apartado. Lo componían un par de casas de madera más bien modestas y unas chabolas. No vio a nadie por los alrededores, pero le llamó la atención la presencia, en un enclave aislado y poco habitado como era aquél, de una iglesia de piedra que se alzaba sobre un promontorio. Subió la pequeña pendiente y empujó la puerta, no estaba cerrada y entró. La luz del levante penetraba por cuatro ventanas que se abrían en el ábside e iluminaban un espacio sagrado, incluso para los no creyentes. Sonrió. Allí estaba ella, la Madre con el niño en su regazo.

No había dos capillas iguales, ni dos arcos ni dos capiteles que mostrasen el mismo dibujo. Los rayos de luz iluminaban hipogrifos con

piedras en sus picos, perros, demonios, serpientes, toros y leones alados, hojas, cabezas humanas barbadas, conchas, caballeros armados, piñas, monstruos, flores, orlas, círculos, dientes de sierra, santos y santas. Era tal la profusión de figuras que Eder no sabía hacia dónde mirar, pero, sobre todo, quería entender su mensaje, seguro de que algo significaban. Tan ensimismado estaba que no oyó abrirse la puerta ni el sonido de pasos que se acercaban a él, y se llevó un susto de muerte cuando una mano se apoyó sobre su hombro. Se giró con brusquedad. Un hombre mayor que él, de cabeza rapada y barba espesa, le sonreía. Por un momento, creyó que era el comendador templario y estuvo a punto de preguntarle qué hacía allí.

—¿Te gusta nuestra Santa María de Siones? —preguntó el hombre con un tono aflautado de voz, impropio de su aparente edad.

—La puerta estaba abierta y…

—No te disculpes; la casa de Dios no tiene cerrajas y todos somos bienvenidos en ella. ¿Eres peregrino?

—No.

—Pero tampoco eres de por aquí…

—Soy navarro.

—¿Y qué hace un navarro tan lejos de su tierra?

—Me dirijo a Ponteferrato. Soy escultor. Bueno, algo parecido…

Se sentía obligado a dar explicaciones al desconocido. Había algo en él, en su modo de mirarle, que lo atraía.

—En realidad, tampoco soy escultor —continuó—. Soy un pequeño constructor y a veces tallo madera, piedra, imágenes…

—¿Por eso estabas tan absorto contemplando los muros de nuestra iglesia?

—Me preguntaba si las figuras quieren decir algo.

—Naturalmente que sí. Ahí, por ejemplo, vemos al Señor tentado por el demonio —el hombre señaló la figura— y, más allá, la lucha entre David y Goliath; y ahí tienes a María enfrentada a Satanás, a quien doblega con la ayuda del Espíritu Santo… Todas representan lo mismo: la lucha del Bien contra el Mal. Son un libro para quien sabe y quiere leerlo.

Aquellos nombres no le decían nada, y no era capaz de leer su mensaje, pero el hombre parecía muy seguro de sus palabras, así que sería cierto.

—Quienes esculpieron la piedra fueron, en verdad, grandes artesanos —

dijo impresionado.

—Todavía hay espacio para uno más.

El hombre señaló hacia tres columnas, en el lado norte del ábside, que soportaban dos arcos ciegos.

—Si las quieres, tuyas son.

—¿Me estás diciendo que puedo trabajar en esas columnas? ¿Y cómo sabes que sabré hacerlo, que mi trabajo no desmerecerá la obra de los canteros que edificaron este templo?

—Eres tú quien ha de saberlo…

El hombre sonrió, le palmeó suavemente en la espalda y salió de la iglesia dejándolo solo. Se aproximó a las columnas y acarició la que se encontraba en el centro y en cuyo capitel aparecían tres arpías, genios maléficos alados de afiladas garras. Había visto figuras similares, aunque no sabía dónde, pero sí que significaban algo malo. A él le recordaban a las lechuzas que, según su tía, anunciaban con su siseo una muerte o una enfermedad. Pensó en las palabras del hombre; eran un reto que no estaba seguro de querer aceptar. Llevaba tres inviernos sin manejar sus herramientas y, en todo caso, dominaba más la madera que la piedra. No obstante, el maestro Bisol le repetía a menudo que él poseía el don natural de los artesanos escultores para transformar un pedazo de madera, de piedra o de cualquier otro material en una obra de arte.

—No todo el mundo lo tiene, hijo, pero tú sí —le decía—. Y aunque no lo utilices, siempre hará parte de tu ser, al igual que tus sentimientos y tus angustias.

No volvió a Santa María durante varios días. Deambuló por otras zonas del valle: subió al nacedero del Cadagua, se adentró por espesuras boscosas entre encinares y hayedos, descubrió cascadas de pozas cristalinas en las que nadaban pececillos de plata, ascendió a varias de las cimas y contempló desde ellas un horizonte de montañas y ventores que, irremisiblemente, evocaban una tierra a la que ya había empezado a añorar. Pero la atracción

era demasiado fuerte, y el desafío también. Una mañana clara de luz, cogió el candil de aceite de la habitación y su bolsa de herramientas y se encaminó a la iglesia que parecía llamarlo desde su recóndito emplazamiento.

Trabajó sin descanso, invadido por un ansia febril que no había sentido desde hacía tres inviernos. No hizo un dibujo previo, no moldeó su idea en barro; no lo necesitaba. Sus manos trabajaban solas. Comenzó por la parte baja de la columna del centro, realizando una orla de espigas; desbastó la piedra con golpes rápidos y certeros ayudándose del puntero y continuó con el cincel y la gubia. A la orla le siguió el lateral derecho. Esculpió una cenefa vertical de hojas o, más bien, olas recogidas sobre sí mismas, como las que había visto en la costa, adentrándose las unas en las otras. Le siguió el lateral izquierdo: lazos entrelazados, remolinos, laberintos en forma de ocho, la figura infinita sin principio ni fin. Un ave, el único ser vivo capaz de andar, nadar y volar, guardián del tesoro, representación de la Diosa; una figura femenina de largos cabellos envuelta en nubes o, tal vez, en fuego, Amari en su morada de las profundidades, y un hombre y una mujer, la dualidad, lo masculino y lo femenino, ocuparon de arriba abajo la parte central del fuste, rodeados de laberintos y unidos, atados, por un cordón semejante a un largo ofidio. Labró el fuste de arriba abajo, sin dejar un espacio libre, y lamentó que no fuese más ancho para esculpir en él sus dudas y sus ansias. El maestro tenía razón, siempre la tenía: ni la madera ni la piedra tenían secretos para él, brotaban de la Tierra; eran creación de la Diosa, así como él.

No volvió a ver al hombre que lo había incitado a coger las herramientas, pero, a veces, sentía la presencia de alguien observándolo mientras trabajaba. Giraba la cabeza, pero no había nadie, y continuaba hasta que la luz natural desaparecía y la del candil no era suficiente para alumbrar su tarea. Regresaba entonces a Villasana y no respondía a las preguntas de su compañero cuando éste insistía en que le revelara dónde había estado durante la jornada y por qué volvía exhausto y cubierto de polvo hasta las cejas.

Un mediodía en que nevaba copiosamente, la puerta de la iglesia se abrió de pronto y Ugo apareció en el umbral.

—¿Pero qué diablos haces? —preguntó en un tono que no ocultaba su sorpresa.

Había dejado de trabajar al oír el ruido, pero recomenzó al reconocer al invasor de su secreto y no se detuvo ni siquiera cuando sintió su aliento en el cogote. Sólo había tallado la mitad central del fuste y continuó desbastando con el puntero la piedra virgen, ajeno a su presencia.

Transcurrió un rato antes de detenerse para limpiarse con un trapo las gotas de sudor de su frente y asir, después, la gubia.

—¿Esto lo has hecho tú solo?

Miró a Ugo y percibió en sus ojos estupor y admiración a partes iguales.

—¿Qué significa?

—No lo sé, aunque, imagino, tendrá algún significado para quienes acuden aquí a orar ante ella —respondió señalando la imagen de la Virgen.

A partir de entonces, Ugo aparecía por Santa María cuando menos lo esperaba. No decía nada; se sentaba en el suelo y miraba. Por lo general llegaba a media mañana con un cestillo en el que traía pan, queso y algo de embuchado. Comían sin apenas intercambiar palabra y regresaban a Villasana cuando la luz comenzaba a desaparecer y en la nieve brillaban las estrellas. Notó un cambio sustancial en su trato hacia él; se volvió más paciente y no volvió a mofarse de su ignorancia. A veces lo pillaba observándolo con atención, como si tratara de averiguar quién era en realidad, como si quisiera interpelarle. Clavaba entonces la mirada en sus manos de artesano y permanecía callado.

Las neviscas disminuyeron hasta desaparecer, los días se alargaron y el clima se atemperó; el deshielo llenó las cuencas del Cadagua y del Ordunte y, aunque las zonas sombrías y las cumbres permanecieron blancas, los caminos se despejaron, la hierba reverdeció en sus ribazos y en las ramas aparecieron los primeros brotes. Era hora de partir. Eder apenas tuvo tiempo de pasar la piedra, alisar las aristas de la talla y dar por concluido el trabajo.

Sintió pena por no poder realizar uno parecido en las otras dos columnas; quizás a su regreso… Le pesaba el ánimo el día que recogió sus útiles. Al

bajar la pendiente, echó una última mirada atrás y creyó ver al hombre que le había hecho el regalo de recuperar su arte olvidado agitando la mano en señal de despedida desde la colina, pero había desaparecido cuando de nuevo giró la cabeza.

Con harta pena por parte de Justina, que perdía un par de brazos fuertes y un amante diligente que le había calentado la cama durante casi tres meses, se despidieron y continuaron su viaje hacia Montija para, desde allí, proseguir hacia Burgos. Se encontraron frente a la puerta de San Gil el anochecer del segundo día. Estaba fuertemente custodiada al tratarse de una torre defensiva que guardaba la prisión de la ciudad y los soldados les ordenaron dirigirse a la del arrabal de San Juan, pero Ugo se aproximó al capitán y le habló al oído. Poco después penetraban en la ciudad.

—¿Qué le has dicho? —le interrogó Eder.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? ¡Al oficial de la guardia!

—Nada… Somos viejos conocidos, aunque no me había reconocido…

No le creyó, pero no insistió. A pesar de la intimidad establecida entre ellos durante sus meses de estancia en el valle de Mena, ninguno de los dos había roto su reserva respecto al otro.

—¿Y dónde vamos a dormir esta noche?

—Aquí nos despedimos, amigo mío. Tú querías llegar al camino que lleva al Ponteferrato y en él estás. No tienes más que seguir la ruta peregrina, cualquiera te dará razón. Ahora que lo peor del invierno ha pasado, encontrarás decenas de peregrinos que se dirigen a Compostela.

Únete a un grupo y no tendrás pérdida.

No supo qué decir. Se había acostumbrado a tenerlo cerca y, si bien Ugo nunca lo había mencionado, ni él se lo había preguntado, confiaba en que llegarían juntos al lugar donde lo esperaba el comendador Garlande.

—Tienes dineros para pagarte una cama esta noche —lo oyó decir— y mañana podrás proseguir tu viaje.

—Sí…

—Adiós. Cuídate.

Lo vio desaparecer por la primera calle de la derecha y todavía permaneció abstraído durante un rato. Aquélla tenía aspecto de ser una gran población, más grande aún que Pamplona, y él no se orientaba bien en las urbes. No tardaría en ser noche cerrada y la helada se dejaba sentir. Tenía que encontrar un sitio para pernoctar. Un nombre le vino a la mente e interpeló al primer viandante que encontró.

—¿Sabes dónde está el barrio de los carpinteros?

—En la otra punta de la ciudad —respondió el hombre sin dejar de andar al tiempo que se frotaba las manos para entrar en calor—. Sigue esta calle hasta el final.

Podía distinguir el relincho de una yegua del de un caballo, el graznido del ganso y el chillido de la liebre, pero había olvidado los ruidos nocturnos de una población grande, las sombras proyectadas por las antorchas en los muros, el vocerío que emergía de tabernas y garitos, las miradas desconfiadas de las gentes con quienes se cruzaba y echó a correr calle abajo, asiendo fuertemente su bolsa y sin mirar a derecha ni a izquierda.

Respiró aliviado al toparse al fin con un portal en medio de dos enormes cubos.

—¿Adónde vas con tantas prisas? —le gritó uno de los guardas.

—Al barrio de los carpinteros —resopló.

—¿Para qué?

—Tengo… mi hermano vive allí…

—¿Cómo se llama?

—Ximenat…

—¡A ver esas manos!

Obedeció como un ladrón cogido en falta, como un niño ladrón de manzanas, y mostró sus manos. El guarda les echó un vistazo y lo dejó pasar tras hacer un comentario sobre la miserable vida de los artesanos que trabajaban manualmente para ganarse el pan. No era un trabajo de hombres, le oyó farfullar. Llamó a la puerta de la primera casa, pero no vio el rostro de la mujer que la entreabrió en la oscuridad y le informó de que los Ximenat vivían en la última del sendero protegido por las ramas de los árboles a modo de arquería. ¿Y qué haría si no lo recibían? No podría

volver a entrar en la ciudad y tendría que buscar un refugio, pues corría el riesgo de convertirse en carámbano de hielo si pasaba la noche a la intemperie.

—¿Ximen Ximenat? —preguntó al hombre barbado que le abrió la puerta de la última casa.

—¿Quién pregunta por él?

—Le traigo saludos de su hermano que vive en Balmaseda, en Vizcaya.

Al rato se hallaba sentado junto a un fuego crepitante con un tazón de leche caliente entre las manos, rodeado por un hombre, una mujer y dos niños, quienes, por absurdo que pudiera parecerle, le recordaron a su hermano Donat y a su familia. Y se sintió en casa.

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