El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 11 de 27

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El jardín de la Oca

El sirviente

Durante el viernes y la mayor parte del sábado, Robert Lepetit aguantó su impaciencia como pudo. El moro sabía interpretar el tablero. Le había dicho cosas sobre su vida pasada y presente que era imposible que un desconocido supiese. Le dio la impresión de saber más de lo que decía, pero no lo vio vacilar y ello era prueba suficiente de que conocía los arcanos del jardín de la oca. Estaba convencido de que su futuro se hallaba en el curioso dibujo que los patanes tomaban por un juego, ignorando su verdadera finalidad, y era fundamental prevenir las dificultades de la empresa que tenía en mente. Para gran contento de sus alumnos, acortó su última clase con un lacónico «continuaremos el lunes»

y, a media tarde, salió de la escuela catedralicia con ánimo de acercarse al pasaje del Brezo, pero el resolillo apuraba sus momentos postreros y había demasiada gente en la calle: ancianos en busca de un poco de calor para templar sus viejos huesos, niños correteando por doquier, mujeres de cháchara y comerciantes de verduras y carnes que animaban a gritos a los viandantes a fin de liquidar las existencias. Le molestaban los ruidos, la concurrencia vulgar, la proximidad de mendigos, de peregrinos desfallecidos que preguntaban por el Hospital del Rey o cualquier otro de los muchos que había en la ciudad, ricos mercaderes y sus mujeres cubiertos con mantos forrados de piel de zorro o nutria, judíos y moros, artesanos polvorientos, extranjeros que hablaban jergas ininteligibles, mujeres pintarrajeadas ocultas bajo chales de color naranja, indicativos de su oficio… En una palabra: le molestaba todo el mundo. Los nobles no se dejaban ver entre la plebe y pasaban la mayor parte del año en sus propiedades campestres, y los canónigos y demás maestros de la escuela

eran unos ignorantes o unos fatuos a quienes se les llenaba la boca hablando de la misión seráfica que Dios había encomendado a la Iglesia de Roma para la salvación del mundo. Estaba cansado de Burgos y deseaba emprender su particular peregrinaje, cuya meta no sería precisamente la tumba de un apóstol decapitado. Decidió entrar en La Viña y pedir un caldo que tomó sentado en el rincón más oscuro del local.

El atardecer declinó por fin; la temperatura descendió veloz y la escarcha hizo su aparición al mismo tiempo que los comerciantes echaban el cerrojo a sus negocios y los últimos viandantes corrían a refugiarse en sus hogares o en los mesones caldeados a base de braseros, chimeneas y humanidad. Se deslizó como una sombra pegada a la pared y se escabulló de la taberna aprovechando un conato de riña entre dos hombres por culpa de un empujón. El suelo de la calle, mezcla de piedrilla y tierra, empezaba a helarse, en especial en las zonas sombrías durante el día, y no podía caminar deprisa como deseaba; penetró en el pasaje del Brezo y buscó con la mirada la planta colocada junto a la puerta del herbolario. El candil que la iluminaba dos noches atrás estaba apagado y el callejón, ya de por sí oscuro, se hallaba envuelto en una completa oscuridad. Avanzó tanteando muros y puertas hasta tropezar con la maceta y soltó un juramento. ¡El maldito agareno podría haber encendido una luz conociendo su visita!

Golpeó la puerta con el dorso rígido de su mano derecha, pero nadie acudió a abrirle. Volvió a golpear una y otra vez durante un buen rato y tuvo que rendirse finalmente a la evidencia: el herbolario no se encontraba dentro.

Regresó al día siguiente, y al otro, y al otro: así durante toda la semana. Se presentaba en la tienda de hierbas a cualquier hora de la mañana o de la tarde, abandonando sus clases en medio de una lección y corriendo el riesgo de ser visto y reconocido, pero no tuvo éxito. El hombre había desaparecido. Incluso se sobrepuso a la natural repugnancia que sentía por los seguidores de Mahoma y preguntó en varias casas del pasaje. Todos los vecinos coincidieron en su respuesta: ignoraban su paradero y, que ellos supiesen, Hadi al-Suri no tenía familia, al menos en Burgos.

Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que su desaparición estaba motivada por algo que había visto en el tablero de

adivinación relacionado con su persona. Dicha certeza le quitaba el sueño y le sumía en una ira tan profunda como la que lo había llevado a lanzar las alcancías de brea ardiente al interior de la capilla de los templarios de Dorreaga, repleta de freires y campesinos, después de haber atrancado sus puertas. De todos modos, aquella contrariedad no modificaría sus planes y, por otra parte, se congratulaba satisfecho. Había hecho bien en no dejar su jardín en manos del despreciable moro cuando se lo pidió para estudiarlo, según afirmó. Encontraría a otro agorero, no aceptaría dilaciones y lo obligaría a leer su futuro aunque tuviese que atenazarle el cuello con sus garras.

El maestro Enrique estaba de nuevo en Burgos desde hacía un mes y su presencia paliaba en cierto modo su frustración. Todos los días comían juntos en La Viña y, a veces, incluso cenaban. Era bueno disponer de la confianza de un hombre respetado por todos, ricos y pobres. Creaba trabajo para éstos y era capaz de hacer realidad los sueños de aquéllos; sueños que poco tenían que ver con la piedad y sí mucho con la vanidad, sobre todo con la de los grandes comerciantes que costeaban las obras, orgullosos de igualarse, e incluso superar, a los nobles, ostentadores de rancios privilegios obtenidos siempre mediante las armas. Los poderosos burgueses castellanos querían catedrales que equipararan a sus ciudades con las más importantes de otras partes de Europa: París, Londres, Colonia, Reims, Florencia… y estaban dispuestos a contratar a los maestros constructores más afamados, a pagarles un tanto alzado por año, además de un jornal por día de trabajo, dos gratificaciones extraordinarias y una buena casa. También les proporcionaban leña para el fuego, gallinas, harina de trigo y leche, y costeaban un banquete para ellos y para los trabajadores al concluir una fase significativa de la construcción. Todo con tal de realizar monumentos grandiosos para la gloria de Dios, y la suya propia.

El arquitecto no dejaba de hablar de «su» catedral de León.

—No será grandiosa como la de Burgos, pero será bellísima, ¡ya lo es!

—aseguraba entusiasmado mostrándole algunos de los planos que siempre llevaba con él—. Si bien se inspira en la de Reims, hace unos meses hice un viaje a París y pude ver con mis propios ojos la Santa Capilla, un milagro

levantado por orden del buen rey Luis para cobijar la corona de espinas de Nuestro Señor, así como un pedazo de la cruz y otro de la lanza que le atravesó el costado. Será un relicario como no habrá otro en el mundo por la importancia de sus reliquias, pero un constructor también sabe apreciar otros aspectos de la obra. Sus vidrieras son magníficas, inigualables; inundan el recinto de claridad y uno tiene la impresión de hallarse en el propio Paraíso. Quiero que mi catedral de León sea la catedral de la luz y he proyectado para ella setecientas treinta y siete vidrieras, tres rosetones de unos veinticinco pies de diámetro, treinta y un ventanales de treinta y ocho pies de altura. Además, preveo unas cinco decenas de huecos de diversos tamaños. La luz del sol se desplazará por el interior a lo largo del día e iluminará los grandes hechos y a los santos del cristianismo. Será como si el propio Dios narrase la historia de su Iglesia.

—¿Por qué exactamente setecientas treinta y siete vidrieras? —

interrogó el bugre.

Sus sentidos se habían aguzado desde que los dos judíos de Nájera le habían hablado de la interpretación de los números, y había emprendido el estudio de las tablas pitagóricas con igual afán que el Libro de la Revelación. Había encontrado un par de tratados en la biblioteca de la escuela catedralicia que, también, tenían que ver con cifras y significados, y los había sustraído con toda tranquilidad.

—Ah… —el maestro Enrique sonrió—. Todo tiene una razón de ser en el Universo y nosotros formamos parte de él. Llevo mi vida dedicado a la construcción, sigo los pasos de mi padre como él siguió los del suyo. A lo largo de generaciones, mis antepasados construyeron y transmitieron sus saberes a sus descendientes.

—No os entiendo…

—Tampoco es algo que pueda explicarse en dos palabras. Son necesarios muchos años de estudio para llegar a comprender una ínfima parte del misterio. Basta con que sepáis que el Universo es matemática pura; y lo son los latidos del corazón, las estrellas, el movimiento del sol y de la luna, y la arquitectura. Las medidas y el emplazamiento para la construcción de mis catedrales y, naturalmente, las de todos los maestros

constructores del pasado y del presente tienen un motivo. Ambas, la de Burgos y la de León, por ejemplo, están siendo levantadas sobre antiguos templos, que, a su vez, lo fueron sobre otros y éstos, sobre otros… así, hasta llegar a un tiempo remoto del que nada sabemos, pero en el que, al igual que hoy, el ser humano se cuestionaba el misterio de la existencia.

—¿Habláis de los paganos?

—Y de los egipcios, griegos, romanos, cristianos, judíos, musulmanes… El ser humano ha tenido siempre la misma preocupación: saber de dónde viene y adónde va. Una cuestión cuya respuesta es ciertamente complicada. De todos modos, ¿por qué los antiguos pobladores de estas tierras construyeron un templo a su divinidad, cualquiera que fuese, y después los romanos hicieron otro tanto, y los musulmanes, y los cristianos… siempre en la misma ubicación.

—Decídmelo vos.

—No es una certeza científica y, en el fondo, lo ignoro, pero pienso que los antiguos conocían mejor que nosotros la ruta de las estrellas y situaron sus tabernáculos en lugares propicios a los prodigios. De todos modos, tened clara una cosa: nada ocurre por casualidad.

—¿Y el número de las vidrieras? —Lepetit retomó su pregunta inicial.

—El siete, el tres y el siete, juntos suman diecisiete y uno más siete son ocho, el número infinito sin principio ni fin, que se divide en dos partes iguales de cuatro, y éstas, en dos doses que se dividen en dos unos.

Significa el equilibrio sin el cual no hay belleza, ni tampoco seguridad. Si añadimos a las vidrieras los tres rosetones, obtendremos el número veinte, es decir, dos más cero, igual a dos, la dualidad, el principio femenino, el Bien y el Mal, la luz y la oscuridad… y podemos continuar de la misma manera con el resto de los ventanales, las columnas, los arcos… todo se reduce a los números y a su interpretación, naturalmente.

Le entretenían las conversaciones con el constructor, si bien también le cansaban. Sabía mucho de números, de planos y edificaciones, pero ignoraba todo acerca del alma humana y el futuro de los hombres. Él quería respuestas claras a sus preguntas; necesitaba a alguien prosaico que le hablase en su mismo lenguaje, como el condenado herbolario que había

acercado la miel a sus labios para no dejársela catar, y no se atrevía a iniciar su misión sin estar seguro de que los astros le eran favorables.

Un mediodía, al salir de sus clases y pasar por delante de la fábrica catedralicia, descubrió al constructor parado delante de la llamada Puerta del Sarmental, situada en la fachada sur del edificio. Se hallaba en compañía de otros hombres, admirando el rosetón compuesto por dos coronas de veinte pétalos y otros dos de diez cuyos vidrios coloreados acababan de ser colocados. Los observó entrar y salir un par de veces y supo, por sus gestos y rostros sonrientes, que estaban muy satisfechos con el resultado. Se acercó, incitado por la curiosidad. El maestro Enrique lo vio llegar y lo invitó a acompañarlos al interior del templo. Los rayos del sol penetraban a través del rosetón iluminando la cabecera del crucero y proyectando sobre los muros y el suelo luces de tonalidades irisadas que dotaban al espacio de una atmósfera mística, a pesar de los cuerpos sudorosos y los juramentos de unos obreros que jalaban de una gruesa maroma para alzar un bloque de piedra hasta la tercera altura de la construcción.

Un hombre los estaba esperando cuando salieron. El arquitecto lo saludo con verdadero afecto y le propinó unas palmadas en el hombro.

—¡Maestro Ximenat! No te había visto desde mi llegada…

—Hemos estado talando los árboles y preparando los puntales que habíais solicitado, pero, si lo permitís, estoy aquí para pediros un favor…

—¿Algún problema?

—No, imagino que no… Nuestro médico, ¿lo recordáis? Vos mismo solicitasteis la licencia para que pudiera ejercer en San Pedro…

—Lo recuerdo.

—Se marchó hace unos días sin decir nada, pero dejó esta nota. El problema es que ninguno de nosotros sabe leer más de algunas letras, y esta escritura es difícil de desentrañar…

El maestro Enrique tomó el pedazo de papel de lino que el carpintero le tendía y le echó un vistazo.

—Me parece, querido Ximenat, que has ido a consultar a la persona equivocada. ¡No hay quien entienda este galimatías! Pero quizás mi amigo,

aquí presente, pueda echarte una mano. ¿No es así, maestro Roben? Seguro que estáis acostumbrado a descifrar escritos enrevesados.

—Lo estoy, en efecto. Dejadme ver…

El constructor colocó el papel a la altura de los ojos del bugre.

—Quien esto escribe…

—Don Ezequiel Falaquera de Nájera —se apresuró a informarle Ximen.

—Deja dicho que ha ido a la cabecera de su nuera, que está de parto, pero que regresará en cuanto todo se solucione. Dice también que un tal Eder…

—Eder Bozat —volvió a informarle el artesano.

—Lo acompañará en el viaje para evitar los peligros del camino…

—Ah, me quedo más tranquilo —afirmó Ximen al tiempo que recuperaba la nota, la arrugaba y la tiraba al suelo—. Probablemente recibió aviso y no tuvo tiempo de informarnos. Es un médico excelente —añadió dirigiéndose al constructor— y los míos y yo le tenemos en gran aprecio.

—Me alegra saberlo. Y al otro, ¿lo conozco?

—No. Llegó hace unas semanas procedente de Navarra estando vos ausente.

—¿Es también maestro de la madera?

—Es tallista, y bueno, pero no pertenece a la cofradía. Ya sabéis que aquí no se puede trabajar sin pertenecer a una y hay que comenzar desde abajo. De todos modos, no creo que pensara quedarse durante mucho tiempo. Dijo que se dirigía al Ponteferrato.

—No obstante, si vuelve, le haré una prueba y ya me encargaré yo de que lo acepten si es tan bueno como aseguras.

Los dos hombres se habían alejado mientras hablaban, dejando atrás al bugre que permanecía inmóvil con los ojos puestos en el papel arrugado tirado al suelo. Al principio, no había prestado atención a los nombres mencionados por el artesano, pero antes de acabar de leer la nota sabía de sobra a quiénes se estaba refiriendo. ¿Qué hacían el médico judío y el maldito pagano juntos en Burgos? No lograba ordenar sus pensamientos.

Era imposible que supiesen que él se hallaba en la ciudad.

—¿Nos acompañáis?

El maestro constructor se dirigía hacia La Viña asiendo por el hombro al carpintero.

—¡Os sigo! —le gritó.

Se agachó como para arreglarse el calzado, recogió el papel manchándose los guantes con el barro del suelo, y lo guardó en la limosnera; después, se encaminó a la taberna.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño, intentando pensar. No había querido, durante la comida con el maestro Enrique y el llamado Ximenat, mostrar su desazón, pero tenía que saber algo más sobre las dos únicas personas, además de un templario hijo de mala madre, que podían reconocerlo y denunciarlo. Aunque no los creyeran, se abriría una investigación y las cosas podrían ponerse muy feas. Durante la comida, y sin aparentar un interés especial, preguntó al artesano por su médico y, de paso, mostró su extrañeza por el hecho de que los carpinteros pudieran disponer de uno sólo para ellos. El hombre no era un gran conversador, pero, con la ayuda del constructor y un pote de orujo, logró sonsacarle algo de información. El galeno había aparecido un buen día en el barrio y había sanado a su hijo. En los días sucesivos atendió a otros vecinos y por esa razón decidieron pedirle que se quedara con ellos. Sí, tenía parientes en la judería, pero, al parecer, su hijo y su nuera habían tenido familia y no había sitio en la casa para uno más. En cuanto al otro, el joven navarro, había llegado a San Pedro con un recado de su hermano, el que vivía en Balmaseda, decía ser artesano de la madera y había demostrado su oficio tallando un precioso caballo para su hija pequeña, pero, como ya había comentado, únicamente estaba de paso por Burgos.

Así pues, el maldito pagano no había muerto en Dorreaga, abrasado junto a la imagen idólatra de una Virgen preñada. El papel le quemó en la limosnera durante toda la tarde y corrió a su vivienda en cuanto acabó las clases. Leyó la nota varias veces, pero no había en ella ninguna pista que pudiera indicarle la dirección que habían tomado y a qué villorrio, pueblo o ciudad se habían dirigido. ¿Y si acaso uno u otro, o ambos, lo habían descubierto? ¿Y si habían ido a avisar a Bertrand de Garlande, el maldito templario? El carpintero del maestro Enrique no había mencionado los días

que el médico faltaba del barrio. Lo paralizó una sensación similar al pánico. Debía abandonar Burgos cuanto antes, desaparecer. Amanecía cuando finalmente se serenó. Según Ximenat, el pagano tenía la intención de ir al lugar llamado Ponteferrato, que estaba en dirección contraria al reino de Navarra, donde se encontraba el monje soldado. Era preciso mantener la calma y averiguar algo más antes de aventurarse por los caminos debido a una remota casualidad.

No perdió el tiempo y, en cuanto se levantó, se dispuso a investigar lo que pudiera sobre el médico riojano. Ximenat había hablado de un hijo en la ciudad, padre reciente. Acudió a la aljama y preguntó por la familia Falaquera a la primera persona con quien se topó. Encontró a Samuel a punto de salir para la orfebrería y a su mujer dando de mamar a la niña.

Ninguno de los dos ocultó su sorpresa, y temor, al verlo asomar por el quicio de la puerta a una hora intempestiva, porque los clérigos cristianos raramente aparecían por la judería y, mucho menos, por los domicilios particulares. El bugre esbozó una de sus raras sonrisas que, en lugar de confianza, provocaban todavía más desconfianza si cabía y preguntó por don Ezequiel, «el buen médico de quien le había hablado el maestro Enrique». Lo buscaba, les informó, porque un maestroescuela y varios estudiantes se hallaban enfermos sin que se supiera el origen de su mal.

—Todos los médicos de Burgos están siendo consultados por orden del arzobispo —añadió para dar más credibilidad a sus palabras— y vuestro padre es el último a quien recurrimos antes de enviar mensajeros a otros lugares. Esta ciudad es sitio de paso de gentes muy diversas que, en algunos casos, propagan graves enfermedades. No podemos arriesgarnos a sufrir una plaga.

Sol cubrió la cabeza de su niña con el mantón, como para ahuyentar la amenaza, y lanzó a su marido una mirada aterrorizada.

—Mi padre vive en el barrio de San Pedro…

—Así nos habían informado, pero hemos ido en su búsqueda y nos han dicho que ya no está allí.

La pareja mostró su desconcierto; estaba claro que ignoraban su paradero.

—Algún otro familiar…

—Sólo nos tiene a nosotros en Burgos —aseveró Samuel, todavía bajo la impresión causada por la noticia de la desaparición de su padre.

—Puede que haya vuelto a…

—¿A Nájera? No; habría venido a despedirse.

—¿Y no se os ocurre adónde ha podido ir?

—Quizás a visitar a Isaías… —apuntó Sol que continuaba ocultando a su hija bajo el mantón.

—Nos lo habría dicho… —afirmó Samuel convencido.

—¿Isaías?

—Mi hermano mayor. También es médico y vive en León.

—Bien… —Robert asintió con aire pensativo—, teníamos intención de enviar un mensajero a León para solicitar la opinión de los médicos de aquella ciudad. Con suerte, también recabaremos la de vuestro padre.

Quedad con Dios.

Salió de la casucha un poco más tranquilo. No era mucha la información obtenida, pero al menos era algo. La mente jugaba a veces malas pasadas y hacía creer en cosas que no eran reales. Casi podía asegurar que los dos hombres no habían regresado a Navarra. El judío tenía un hijo en León y el pagano había mencionado su intención de ir en aquella dirección; uno más uno, dos. Lo lógico era que ambos se hubieran encaminado hacia el oeste.

Antes de acudir a la escuela, pasó por el pasaje del Brezo, pero la puerta del herbolario continuaba cerrada. Una idea le vino de pronto a la cabeza: era improbable que él y don Ezequiel se conocieran, mas no imposible. A fin de cuentas, el uno era médico y el otro elaboraba compuestos y medicinas. Se humedeció los labios; tenía un mal presentimiento y llamó a la puerta del edificio contiguo. La vecina, una mujer vieja y arrugada, no pareció sorprenderse al abrir y encontrárselo parado delante de la puerta, lo cual le indicó que lo había visto merodear por allí en las otras ocasiones. Apenas le dio los buenos días y le preguntó directamente si conocía a Ezequiel Falaquera, un médico judío ya mayor, de barba y cabellos canos, amigo del herbolario.

—Ignoro si ése era su nombre y si era judío, pero un hombre de edad lo visitó todas las tardes durante varios meses. No lo he vuelto a ver por aquí desde que Hadi al-Suri se marchó.

Ni siquiera se despidió de la vieja, que observó con curiosidad cómo su pálido rostro se tornaba cadavérico. No podía ser una casualidad. El azar había hecho que tres sujetos coincidieran y la mala fortuna, que los tres lo conocieran. Algo tramaban; no era natural que hubiesen desaparecido al mismo tiempo. Tenía que encontrarlos y, esta vez, no dejaría cabos sueltos.

Estuvo dándole vueltas y más vueltas al asunto, intentando encontrar una solución ya que no era cuestión de ir tras su pista sin más. Necesitaba ayuda y hora era ya de poner en práctica su plan.

—¿Cuándo regresaréis a León? —preguntó al arquitecto mientras compartían un suculento asado de cordero lechal con una costra de cebollas y miel.

—De aquí en diez días. Hemos iniciado las obras de la cabecera y quiero estar presente por si hay problemas. Es muy fatigoso trabajar en dos construcciones al mismo tiempo —añadió—. Pierdo demasiado tiempo desplazándome de una a otra.

—Después de todo lo que me habéis contado, siento un gran deseo de visitar la fábrica de León.

—¡Venid conmigo entonces! —exclamó el maestro Enrique, impulsivo como de costumbre.

—Tentado estoy…

—Pues no lo penséis más y aprovechad la ocasión.

—Pero mis clases…

—Dejadlo en mis manos. Hablaré con el arzobispo; le diré que os necesito durante unos meses. No pondrá ningún inconveniente; nunca los pone cuando le pido un favor. Es una de las ventajas de ser un constructor solicitado —añadió con sorna.

La espera se le hizo muy larga. Cada jornada era una ventaja para los tres hombres que, estaba convencido, buscaban su perdición, pero debía tener paciencia. No malgastó, sin embargo, los días que todavía le quedaban en la ciudad de Burgos. Llevaba tiempo observando a un sujeto mal

encarado, apostado junto a la choza de las herramientas de los canteros.

Siempre lo veía en el mismo sitio cuando acudía a la escuela catedralicia, tanto por la mañana, como por la tarde, y se preguntaba, intrigado, cuál sería su cometido puesto que no trabajaba ni tenía aspecto de artesano.

—Es uno de los guardas pagados por los ricos comerciantes que sufragan las obras —le informó el maestro Enrique—. Están por todas partes y se encargan de vigilar que no haya ladrones ni trifulcas.

—No da la impresión de estar muy ocupado…

—Pues es una impresión falsa. Yo mismo lo he visto actuar con contundencia y enviar a más de uno al hospital.

Comprobó la eficacia del vigilante con motivo de una riña entre dos aprendices, hombres hechos. Antes de que pasaran a las manos, los había acogotado y lanzado al suelo, a ambos al mismo tiempo. No dijo una palabra; se limitó a mirarles. Los aprendices permanecieron acoquinados durante unos segundos y, después, se levantaron y tomaron direcciones opuestas. Le hacía falta a su lado alguien como aquél y lo abordó de inmediato. Había tenido ocasión de admirar su fuerza y aplomo —le aseguró— y deseaba ofrecerle un acuerdo beneficioso para ambos, si bien antes debía responder a una serie de preguntas, pues tenía que estar seguro de que, en efecto, era la persona que buscaba. El hombre, que dijo llamarse Ferrán, vaciló. La inquietante apariencia de su interlocutor no le infundía confianza alguna y su mirada inquisitoria le hacía sentirse incómodo.

Estuvo a punto de dejarlo plantado allí mismo, no obstante… había algo en el individuo que le producía cierta fascinación. Estaba harto de lidiar con trabajadores toscos, canónigos arrogantes y comerciantes despectivos que lo consideraban un mero esbirro encargado de imponer el orden. Quizás el extraño sujeto le brindara la oportunidad de escapar de su miserable vida.

Asintió y se dispuso a responder al interrogatorio.

Procedía de una familia campesina originaria de Matalindo, un poblacho a unas ocho leguas de Burgos, perteneciente al alfoz de Santa Cruz de Juarros. Tenía mujer y cuatro hijos, pero no sabía nada de ellos.

Los había dejado en Matalindo cuando la última gran sequía, iba ya para unos cuantos años, con la idea de volver a por ellos en cuanto tuviese un

trabajo y una casa en la ciudad, pero no lo había hecho. En el campo estaban bien —adujo— y él nunca había dispuesto de dineros suficientes para cumplir su promesa; vivía en un cuchitril y saciaba sus necesidades viriles en la casa de una alcahueta ubicada en el Barrio Pobre. Por lo demás, no jugaba a los dados, bebía justo lo necesario, comía con mesura y asistía a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar como buen cristiano que era.

—Trabaja para mí —le dijo Robert, satisfecho con sus respuestas. El hombre era un bruto, pero no tonto; era del tipo que obedecía sin cuestionar las órdenes—. Tendrás dinero, conocerás otros lugares y ocuparás un puesto de importancia llegado el momento.

Fernán no entendió la última afirmación, pero tampoco tuvo interés en preguntar. Un quinto sentido le aconsejaba ser prudente.

—Vos mandáis —se limitó a decir.

El bugre le entregó varias piezas de plata para que se pagase un baño y una rapada de cabellos y comprase ropa nueva y «discreta» —le advirtió—.

Debía adquirir dos mulas y esperarlo al día siguiente, nada más clarear, en la puerta de San Martín. Viajarían en compañía del maestro Enrique y él explicaría su presencia alegando una visita a unos familiares de León. El maestro era un hombre confiado, pero ellos no tenían por qué informarle acerca de su acuerdo.

El hombre hizo lo que se le ordenó. Compró una camisa de lino, unas bragas de cuero hasta debajo de la rodilla, una sobrevesta de grueso paño negro forrado con piel de oveja, medias de lana también negras y unos zapatos, más bien botas, de segunda mano en bastante buen estado. No tenía tiempo de encargar al zapatero unos nuevos. No le gustaban los gorros, así que no compró ninguno, pero sí una larga bufanda que podía enrollarse alrededor de la cabeza y del cuello en los días más fríos. Fue a continuación a una casa de baños y se lavó con jabón, se dejó frotar con una esponja de esparto que le levantó la costra de mugre que recubría su piel, se cortó el pelo y se arregló la barba. Adquirió las dos mulas y ocupó una habitación para él solo en una hospedería de la calle Real, pero, antes, pasó por la mancebía del barrio de Santa Gadea. Por cinco maravedíes el servicio,

manta incluida, se desfogó a gusto y solicitó después otra mujer y otro servicio. Fue lo más cerca que jamás estuvo de lo que él suponía era la vida de los ricos.

A la mañana siguiente, nada más clarear, estaba esperando a su nuevo patrón junto a la puerta de San Martín. Robert Lepetit no tardó en llegar y aprobó con un gesto del mentón el aspecto de su sirviente. Poco después aparecía el maestro Enrique acompañado por un criado y dos aprendices y todos juntos emprendieron la ruta hacia León.

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