El jardín de la Oca
El final de la tierra
Los cinco ocupantes del pequeño piso de la ruela de Xerusalén se acostaron tarde aquel día. Eran muchas las emociones, mucho lo que tenían que contarse, y permanecieron despiertos hasta bien entrada la noche. No hablaron de Robert Lepetit, ni de los asesinados en la casa de labranza; no deseaban que nada entristeciera su reencuentro. Juntos se sentían fuertes, en especial los dos hombres mayores y la pareja de enamorados. Ugo los escuchaba sonriente, sin apenas intervenir, meditando sobre los azares de la vida que hacían que gentes tan diferentes llegaran a conocerse y a apreciarse. Allí, juntos, estaban un judío, un musulmán, un pagano y él mismo, un cristiano, compartiendo recuerdos y vivencias, ajenos al mundo que se agitaba en el exterior y a las diferencias religiosas que tanto dañaban la convivencia entre los seres humanos. En cuanto a la mujer… Sospechaba que era una cátara. Nadie, ni siquiera Garlande, había dicho nada al respecto, pero él provenía de los países catalanes y la secta de los buenos hombres y mujeres era conocida ya que familias enteras habían encontrado refugio en ellos al huir de las persecuciones de Ultrapuertos. En su momento, se había interesado por conocer algo más acerca de los llamados cátaros o albigenses, y algo sabía. Era extraño que una familia procedente del Languedoc hubiese ido a parar a un lugar remoto como era el Baigorri navarro, justo en el momento en que las tierras del conde Toulouse ardían con la bendición papal bajo la furia de los soldados del rey de Francia. Si Alazaïs era una cátara, no dejaba de resultar curioso que cinco personas con creencias tan dispares estuvieran reunidas bajo un mismo techo, y en una localidad alejada de sus respectivos lugares de origen. ¡A ver si el desgraciado hijo del diablo. Robert Lepetit, iba a tener
parte de razón y aquella tierra era la Nueva Jerusalén! ¿En qué otro lugar que no fuera Compostela, podía darse un hecho semejante?
—¿Y cómo va vuestro jardín de la oca? ¿Habéis avanzado en vuestra investigación?
La pregunta de Eder dirigida a sus amigos le hizo dejar de lado sus cavilaciones y prestar atención.
—¡Ya tenemos señaladas diez casillas! —exclamó Hadi.
—Sólo nos faltan tres, excluyendo la última, claro —intervino don Ezequiel—. Sin embargo, no estamos muy convencidos de haber acertado con todas ellas…
—¿Y qué habéis sacado en claro?
—¡Nada!
Los dos hombres se echaron a reír. Era cierto. Aunque lograran dar nombre a las tres o cuatro ocas restantes, no sacarían nada en claro. Si el
«jardín» ocultaba un plano secreto de los templarios, no serían ellos quienes lo descifrarían. Para eso era necesario conocer los secretos de la Orden, la clave del misterio, si es que había algún misterio que desentrañar.
—Mira, aquí está la lista que hemos elaborado —continuó Hadi embalado—. En cada uno de estos lugares existe algo especial, aunque también es verdad que podríamos haber señalado muchos más. No hay pueblo o región en el Camino que no posea algo singular.
—¿Como qué? —preguntó Alazaïs.
—En algunos sitios es una iglesia o un monasterio, pero en otros es un puente, un nombre, un río, una fuente, un monte sagrado, una imagen…
—¿Habéis señalado el Monsacro? —recordó de pronto Eder.
—¿Dónde está?
—En la vía que lleva a Oviedo.
Los dos hombres desplegaron su mapa y buscaron la ciudad mencionada.
—No está en el Camino…
—Pero hay una encomienda templaria, una Virgen Negra y un pozo.
¿No había un pozo en el tablero?
Hadi sacó el dibujo y todos, excepto Ugo, se inclinaron sobre él.
—El pozo está en la casilla treinta y uno, y le hemos adjudicado a León la casilla treinta y seis…
—Pues yo creo que deberíais adjudicar también una al Monsacro. Allí hay un pozo, en el que apareció la imagen de la Virgen Negra, y los lugareños cogen tierra de él porque la consideran milagrosa —Eder soltó una bolsita que llevaba atada al cinto y se la mostró—. Yo también cogí un poco para frotar con ella a nuestro niño cuando nazca.
Alazaïs y él se miraron y sonrieron.
—Aun así, ese monte no está en el Camino —insistió el herbolario.
—Sí lo está —afirmó Ugo interviniendo en la conversación—. Muchos peregrinos se desvían para ir a venerar las Santas Reliquias que se guardaban en el Monsacro y ahora están en la catedral de Oviedo. Y
recordad que antes el Camino transcurría por esas tierras y que, mucho antes de que se descubriese la tumba del apóstol, las gentes ya recorrían la ruta de las estrellas —añadió pensativo.
Se habían olvidado de él y, de pronto, don Ezequiel cayó en la cuenta de que también era un freire, poco ortodoxo, pero templario a fin de cuentas.
El médico y su amigo intercambiaron una mirada preocupada no sabiendo qué hacer, si recoger sus documentos o no darse por aludidos.
—A los reyes y a la Iglesia les vino muy bien el descubrimiento milagroso del ermitaño Pelaio para reinventar el Camino y desviarlo, tiempo después, a fin de controlar a los caminantes —prosiguió el soldado meditando en voz alta—. Y las gentes, necesitadas de creer, se dejaron llevar. Pero en el Camino, en el verdadero Camino no hay iglesias ni monasterios, burgos ni pueblos, hospederías ni hospitales…
—¿Qué hay entonces? —le preguntó Alazaïs que lo escuchaba boquiabierta.
—Fe.
—La de Roma, claro… —añadió la joven con amargura recordando la cruzada en su país de origen que había obligado a huir a miles de los suyos.
—La fe no tiene procedencia, nombre, color o lengua; no puede decretarse por ley, ni enseñarse. Nace de dentro, de la propia necesidad humana de creer.
—Sin embargo —terció Hadi—, los creyentes necesitan de guías espirituales…
—Os equivocáis. No los necesitan, pero es más cómodo que alguien les diga lo que deben o no hacer, lo que es bueno o malo, en qué tienen que creer, a quién tienen que obedecer… Les evita tener que pensar.
~¿Estáis diciendo que la religión no es necesaria? —el herbolario estaba realmente escandalizado.
—Depende de a qué llaméis religión… Si sólo se trata de normas, ritos, plegarias y procesiones, no.
—¿No?
—No.
—Me llama la atención que un freire templario piense de una manera tan… ¿herética? —Don Ezequiel había seguido con interés el diálogo entre los dos hombres.
—¡Pues no soy el único! —rió Ugo—. Y volviendo al Camino, ¿qué es eso del jardín de la oca y de una lista de lugares especiales?
Los dos hombres volvieron a mirarse y no dijeron nada.
—Nuestros amigos creen que es un tablero de adivinación —intervino Eder— y también un plano templario.
Había permanecido callado durante la conversación pues era poco lo que él podía aportar. No entendía a qué se referían sus compañeros al hablar de fe y de religiones. Para él, como para su padre y sus antepasados, únicamente existía una creencia: la armonía natural creada por la Diosa.
Cualquier persona que la dañara era indigna y sería castigada, pues nada pertenecía a los seres humanos, ellos sólo eran una parte de la Naturaleza, y no la más grande.
—¿El plano de un tesoro? —preguntó Ugo en su tono irónico habitual, y el médico recordó que su querido Yucé Tob había preguntado lo mismo
—. ¿Creéis que los templarios guardan un tesoro maravilloso escondido en algún lugar del Camino? ¿Habéis quizás oído decir que son los guardianes del Arca de la Alianza encontrada bajo los muros del mismo templo de Salomón… y del Santo Grial, la copa en la que bebió el mismo Jesucristo en su Última Cena…?
—¿Y no es cierto?
Una risa alegre brotó de la garganta del aspirante a freire al escuchar la pregunta de la joven.
—No creas todo lo que oigas, querida. Si fuera cierto lo que se dice, la Orden poseería dos de los iconos religiosos más importantes de la humanidad y te aseguro que habría un templario sentado en el solio pontificio, y las cosas serían muy otras. ¡Dejadme ver esa lista!
Repasó la relación que don Ezequiel le alargó muy a su pesar y asintió a medida que leía los nombres escritos en ella.
—No está mal…
—¿Entonces, vamos bien? —preguntó Hadi esperanzado.
—Tendréis que llegar al final para averiguarlo.
—¿Tú conoces el secreto? —inquirió Eder.
—No existe ningún secreto, amigo mío, cuando está a la vista.
No pudieron sonsacarle nada más y se retiraron a descansar. Ugo lo hizo sobre un colchón tirado en el suelo de la cocina puesto que sólo había dos habitaciones, una ocupada por los dos mayores y la otra por la pareja. Había sido una jornada intensa, llena de tensión; minutos después, el silencio se adueñaba de la pequeña vivienda.
La irrupción de la Santa Milicia fue tan inesperada como brusca y ni siquiera el soldado, acostumbrado a dormir siempre alerta, tuvo tiempo de reaccionar, intentó asir su espada, pero lo dejó inconsciente un golpe en la sien causado por un palo manejado con tanta destreza que ni se percató del impacto. Cuatro milites entraron a la vez en cada uno de los dos cuartos. En el primero encontraron a don Ezequiel y a Hadi profundamente dormidos.
Los amordazaron a los dos y ataron al primero, que se debatía con sus pocas fuerzas; al segundo lo cubrieron con una capa negra, cabeza incluida, y lo sacaron en volandas asiéndolo con fuerza por debajo de los sobacos. La sorpresa de quienes entraron en el cuarto donde dormían Eder y Alazaïs, una en brazos del otro, detuvo su avance durante unos instantes. El señor había ordenado apresar a un viejo, pero no había dicho nada sobre la Dama.
Su vacilación duró un breve instante y se lanzaron sobre ambos. El artesano no pudo levantarse de la cama; fue golpeado con saña hasta perder el
sentido por los milites de cuya vigilancia la joven se había escurrido.
Todavía sentían en sus espaldas el dolor de los latigazos recibidos por su culpa. Los otros dos se apoderaron de ella, le taparon la boca y cubrieron su desnudez con una camisa sobre la que echaron una capa y, al igual que al herbolario, ocultaron su rostro bajo el capuz. Todo ocurrió en un santiamén.
Los milites de Robert Lepetit desaparecieron con la misma celeridad que habían aparecido y sólo una persona los vio enfilar por la ruela y perderse tras la esquina de la Acibechería.
El sastre no se atrevió a subir al piso para enterarse de lo ocurrido; permaneció acurrucado en un rincón de su taller sin dejar de temblar y allí fue donde Bertrand de Garlande, vestido de nuevo con su uniforme de monje soldado, lo halló a media mañana, al personarse en la casa tal y como había prometido a sus protegidos que haría. Él y su compañero encontraron la puerta del piso abierta y descubrieron el cuerpo inerte de Ugo a quien consiguieron reanimar echándole encima el agua de un cubo, si bien el hombre tardó un buen rato en recuperarse. La cabeza le daba vueltas y no conseguía encontrar el equilibrio. Don Ezequiel estaba conmocionado, aún bajo la impresión recibida, pero olvidó su pesadumbre al enterarse por el comendador de que su muchacho necesitaba cuidados y se apresuró a su lado. Eder había sufrido un fuerte castigo; tenía la mejilla hinchada, no podía abrir el ojo derecho, y le habían roto un par de costillas; además mostraba hematomas en varias partes del cuerpo. Había recuperado el sentido, pero permaneció con la mirada clavada en el techo de la habitación, sin proferir una queja, mientras el médico vendaba su torso con tiras desgarradas de una sábana y aplicaba aceite de hipérico en las zonas golpeadas. Se levantó con dificultad una vez finalizada la cura, a pesar del consejo de su amigo de que permaneciera acostado, y miró al comendador.
—Los encontraremos, te lo juro —prometió el freire.
El sastre les contó lo poco que sabía: que oyó ruidos y que, luego, vio salir de la casa a unos cuantos hombres. Ante el apremio de Bertrand para que recordara cualquier cosa anómala percibida en las jornadas previas, también les informó acerca de la extraña visita de la tarde del día anterior, la
de un guardia episcopal y un hombre a quien tomó por un juez y que lo amenazó si hablaba a alguien de su visita.
—¿Cómo era ese hombre?
—Alto y delgado.
—¿Tenía las manos atrofiadas?
—No sé, no me fijé…
Tras la marcha del comendador y de sus acompañantes, el sastre metió unas pocas ropas en una bolsa, cerró la puerta y se marchó. Los últimos acontecimientos habían reafirmado su decisión: prefería morir de viejo en Ribadabia que de un susto en Compostela.
El comendador y sus acompañantes se dirigieron sin perder un minuto al palacio Xélmirez y pidieron ver al arzobispo en persona. El prelado estaba comiendo, les informó uno de los secretarios y, además, no habían sido convocados. Bertrand susurró algo a su oído, el escribano empalideció y los acompañó de inmediato a presencia de don Juan Arias, pero sólo el freire penetró en el aposento del arzobispo mientras los demás aguardaban en la antesala. Salió al rato y abandonó la sede seguido por los tres amigos.
El otro templario permaneció en el edificio a la espera de noticias.
—Todos los guardias episcopales han sido puestos en estado de alerta, van a registrar la ciudad entera y se ha enviado orden a las puertas para que se extreme la vigilancia —les informó una vez afuera—. Además, don Juan Arias ha ordenado que se indague sobre los turnos para saber qué guardias estaban libres de servicio ayer por la tarde. Don Juan está muy preocupado.
Ha recibido una carta del arzobispo de Astorga previniéndolo acerca de unos sectarios dirigidos por un asesino convicto que invadieron una propiedad del arzobispado en la región del Bierzo y quienes, según su información, desaparecieron y pueden estar en Compostela. Al parecer, el párroco de Peñalba se tomó en serio nuestra advertencia.
—¿Y qué hacemos nosotros? —inquirió Ugo, ya repuesto del golpe.
—Esperar, ya que no tenemos potestad para entrar en las casas ni para interrogar a los vecinos. Por otra parte, sería imposible descubrir a Lepetit y a sus sicarios si, como afirmáis, se han desprendido de sus ropones negros.
—¿Qué le habéis dicho al secretario para que os permita entrar a hablar con el arzobispo? —preguntó curioso.
—Que traía un mensaje personal del Papa y que era urgente.
—¿Y os ha creído?
—No se pone en duda la palabra de un miembro de la Orden del Temple.
—Pero habéis mentido…
—Ya me confesaré.
Decidieron esperar noticias en la casa de la rúa do Franco. A pesar de su deseo de continuar buscando, Eder apenas podía andar y tenía que ser sujetado por Ugo y don Ezequiel. En su preocupación, no se fijaron en la mujer que había salido del palacio detrás de ellos y tomaba su misma dirección.
Dominga los adelantó y pasó por su lado con paso ligero, cubriéndose la cara con el barboquejo de su toca. Estaba intranquila porque Ferrán no había ido a verla, como había prometido, y había reconocido al freire que se había presentado en la casa de labranza en compañía del alguacil mayor de León y los soldados. Le había tocado servir la mesa del arzobispo y había escuchado el nombre de su antiguo patrón y las órdenes dadas por don Juan Arias. Tenía que avisar a su hombre, advertirle de que coma peligro si permanecía junto a aquella cuadrilla de locos. Llegó sofocada por las prisas e intentó entrar en su casa. Varios sujetos custodiaban el edificio y sus alrededores, y otros dos, plantados delante de la puerta, le impidieron el acceso.
—¿Está aquí Ferrán? —preguntó a uno de ellos—. ¡Tengo que decirle algo importante!
El milite negó con la cabeza y cruzó los brazos en el pecho en un ademán definitivo.
—¡Ferrán! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Ferrán!
La puerta se entreabrió y asomó por el resquicio el rostro preocupado de su hombre indicándole por medio de gestos que guardara silencio.
—¡Les buscan! —gritó sin atender sus señas.
Esta vez la puerta se abrió del todo y la mujer entró en la casa.
—¿Quién busca a quién?
Había olvidado la sobrecogedora figura de maese Robert y, más aún, su voz de ultratumba. Se quedó paralizada al verlo delante de ella y sintió un tembleque en sus piernas, ahora que lo sabía un asesino perseguido por la justicia. Tragó saliva y le informó sobre lo escuchado en el palacio Xélmirez y la orden del arzobispo de buscarlo casa por casa hasta dar con él y con sus hombres. Lo uno por lo otro, tal vez le entrara el miedo —
reflexionó— y se fuera con sus locos a otra parte, dejándolos a ellos de una vez tranquilos. Observó su perfil de aguilucho meditando la decisión a tomar y echó una mirada a su alrededor. Reconoció a los cuatro que, al igual que estatuas, se mantenían rígidos en las cuatro esquinas de su cocina; reparó en la mujer y en el viejo amordazado sentado en el suelo y lanzó una mirada interrogante a Ferrán que no obtuvo respuesta.
—Nos vamos —dijo por fin el bugre.
—Las puertas estarán vigiladas —le recordó uno de los milites.
—No existe vigilancia que detenga la mano del destino.
Salieron por separado por las dos puertas que conducían al condado de la Trastámara y a la costa del mar Tenebroso: la de Faxeiras y la de Trinidad, también llamada «del Santo Peregrino», pues era la que atravesaban los caminantes que deseaban llegar hasta el Finisterre. Lo hicieron de manera individual o en parejas, unos vestidos con sus hábitos negros, otros de peregrinos y otros de campesinos. Unos explicaron a los centinelas que se dirigían al monasterio de San Xiao de Moraime, otros que acudían en peregrinación al santuario de la Virgen de la Barca de Muxía y otros, simplemente, que iban a la recogida del cereal. Y todos salieron de la ciudad sin contratiempos, a pesar de que era visible el reforzamiento de la vigilancia y de que los centinelas estaban más atentos que de costumbre.
Por su parte, Robert, tres de sus hombres, los prisioneros, Ferrán y Dominga salieron por la de Mazarelos. Antes, el criado se había personado en una caballeriza y había requisado un caballo para el amo y una mula para él con sus guarnicionerías «por orden del arzobispo don Juan Arias», firmando un pagaré con su nombre, lo único capaz de escribir. Adecuaron la carreta y revistieron su suelo y laterales con la magnífica colcha bordada
adquirida por Dominga con su primer sueldo y orgullo de su dueña. A la mujer se le saltaron las lágrimas al verla pisoteada por las botas embarradas de los milites que subieron a la joven y al viejo al vehículo. Éstos y ella se acomodaron lo mejor que pudieron en el pequeño espacio dejado libre por los bultos y víveres amontonados, mientras uno de los hombres asía las riendas y los otros dos se colocaban detrás del carro con la clara intención de no perder de vista a los retenidos y evitar posibles fugas.
—¡ O señor Roberto de Brión da casa condal de Altamira! —anunció Ferrán al llegar a la puerta de la muralla.
El uniforme de guardia episcopal del vocero y el rimbombante nombre del supuesto señor de mirada altiva que cabalgaba a lomos de un caballo bien pertrechado impresionaron a los centinelas, que los dejaron pasar sin preguntarles el motivo de su viaje ni osar registrar la carreta, según las órdenes recibidas.
Era una suerte —pensó Ferrán al hallarse fuera— que hubiese aprendido algunas palabras en gallego y oído hablar del tal conde de Altamira; había resultado muy convincente. Por un momento, tuvo la tentación de gritar a los soldados que maese Robert no era un noble, sino el prófugo acusado de asesinato y perseguido por los caballeros templarios a quien el arzobispo había ordenado arrestar, pero no lo hizo. Se lo impidió por una parte la mirada suplicante de Dominga, quien adivinó sus intenciones, y, por otra, el convencimiento de que sus vidas estarían en peligro para el resto de sus días si traicionaba a la Santa Milicia. Sus miembros los perseguirían allá adonde fuesen. En mala hora se le había ocurrido a su mujer ir a la casa. El señor y sus secuaces habrían sido apresados y ahora ellos serían libres. En lugar de eso, viajaban hacia un destino desconocido y eran cómplices del secuestro de la joven cátara y del musulmán que sabía leer el futuro. Desconocía las intenciones de maese Robert, pero no auguraban nada bueno. La fiera se revolvía al verse acosada, y él lo estaba, cada vez más. Había oído decir que los monjes soldado nunca cejaban en su empeño cualquiera que fuese su objetivo; en este caso, apresar a su amo. Y no sólo a causa del incendio de León.
Barruntaba que la persecución del comendador templario había comenzado
mucho antes de que él entrase a trabajar para el hombre cuya mirada sentía clavada en su espalda. Por su bien, y por el de Dominga, tenía que encontrar un medio para huir de su indeseable compañía. La presencia del resto de los milites que los esperaban en el primer cruce de caminos le hizo caer en la cuenta de que ellos tan sólo eran un par de animalillos indefensos en medio de una jauría de lobos.
El bugre no tenía la mirada clavada en la espalda de su sirviente, sino en el horizonte. Seguían la dirección del sol hacia poniente y en tres o cuatro jornadas llegarían al lugar donde tendría lugar el mayor evento de la historia de la humanidad, un hecho profetizado que cambiaría la faz de la Tierra. Él sería el primer testigo y dejaría testimonio por escrito de su clarividencia para entender el mensaje del profeta. Cuando la lucha contra el Dragón y las fuerzas del Mal hubiese concluido, él escribiría la continuación del Libro de la Revelación a la que titularía «Via stellarum».
Narraría los lances de su vida, su propia revelación y el desenlace dichoso del acontecimiento que el mundo esperaba desde hacía más de un milenio.
Sonrió satisfecho por la ocurrencia y echó una ojeada al carro. Veía el perfil de la Dama. Buscaría un lugar especial donde diera a luz y después se desharía de ella. A fin de cuentas, sólo era un vientre gestatorio y no le sería de ninguna utilidad una vez cumplida su misión. ¿Qué decía el texto juanista? Que el recién nacido sería arrebatado para Dios —eso estaba claro, él se encargaría— y ella enviada al desierto. Que él supiese, no había desiertos en aquella región, pero, por lo que aparecía ante sus ojos, sí despoblados y tierras boscosas, sin cultivar. Aunque también cabía la posibilidad de lanzarla en una chalupa a la mar, el gran desierto acuoso. Si el señor San Yago había atravesado el Mar de la Muerte en una barca sin timón ni velas, ella, la madre del segundo Mesías, podría hacer otro tanto.
No le extrañó hallarla en la vivienda de Ferrán. Su huida no le había preocupado, pues sabía que volverían a encontrarse ya que sus vidas estaban unidas por el destino. No obstante, tenía que reconocer que sí le había sorprendido descubrir que su verdadero nombre era Alazaïs Gauti y no aquel María de Belena, sospechosamente apropiado. Alazaïs era un nombre insólito para la madre del nuevo Mesías, aunque tal vez no tanto.
Ferrán le confirmó que se trataba de la joven que había salvado en León, una hereje, aunque la palabra «herejía» sólo significaba una opción distinta a los dogmas de la Iglesia católica, muy apropiada para la ocasión. Algo parecido había ocurrido en Palestina doce siglos atrás, donde los primeros cristianos no fueron otra cosa que hebreos herejes, disidentes de la religión judía. Además, el libro de los buenos hombres y mujeres era el Evangelio de San Juan, otra señal, a su parecer, de que no iba errado. Lo intranquilizaba mucho más que sus milites hubiesen encontrado a la Dama con un hombre en el lecho. Los muy estúpidos lo habían golpeado, pero eran incapaces de describirlo. De todos modos, tampoco tenía mayor importancia. También María estaba casada con José y eso no había sido óbice para que concibiera al primer Mesías de manera milagrosa. Esperaba, sin embargo, que fuera el llamado Ugo Ermengol y no el pagano navarro quien hubiera yacido con ella, puesto que sería inconcebible que la Elegida se hubiese amancebado con un idólatra, pese a que fuese un carpintero.
Llegaron a la puebla de Cee al atardecer de la segunda jornada de viaje.
Apenas tres leguas los separaban del fin del mundo y Robert sintió una comezón por todo el cuerpo. Un esfuerzo más y estarían en el lugar más misterioso de la Tierra. Decidió, no obstante, detenerse en la pequeña aldea rural que daba la espalda al mar, vista la cara de fatiga de todos los componentes del grupo, incluida la de la Dama, puesto que sólo habían descansado a ratos desde su salida de Compostela. Él no estaba cansado, nunca lo estaba, pero sería un error adentrarse a oscuras por un caminejo de mala muerte, que imaginó sobre el abismo. Dejó a su gente en el granero de unos campesinos —extraña construcción de piedra sobre pilones que ya había visto en otros lugares— porque no estaba por la labor de dormir hacinado junto a los demás y necesitaba meditar con tranquilidad. Se dirigió a una playa de arena, la primera que veía en su vida, y se sentó en una roca.
—Así pues, éste es el mar Tenebroso —dijo en voz alta— y aquéllo debe ser el Finis Terrae…
—En realidad es la ría de Corcubión —oyó decir a su lado— y aquella punta de tierra que veis es el cabo de Cee.
Se giró sobresaltado y descubrió a un clérigo sentado en una roca cercana de cuya presencia no se había percatado al no tener ojos sino para las aguas en calma, brillantes por la luz del ocaso.
—¿Cómo decís?
—Ésta es una entrada de la mar y la península de Finisterre no puede verse desde aquí.
—Tenía entendido que estaba sólo a unas tres leguas…
—Y así es, pero bordeando la costa hacia el oeste. Mi nombre es don Antoiño y soy el párroco —se presentó.
—Yo soy Robert de Reims, maestro de retórica en peregrinación a Compostela.
—Compostela queda atrás…
—Tenía curiosidad por contemplar estos lugares de los que tanto se habla…
—Hablillas de paganos, que otra cosa no son.
—¿Paganos?
—En efecto. Os halláis, mi buen amigo, en una tierra pagana como pocas. No os dejéis confundir por las ermitas, monasterios e iglesias de la región; por las procesiones, las ofrendas, los santiños y sus milagros. La Iglesia lleva siglos intentando adoctrinar a estas gentes, yo llevo casi toda mi vida, pero aún tendrá que transcurrir el tiempo para que la verdadera fe florezca en este rincón del mundo.
—Pero si no estamos ni a cuatro jornadas de Compostela, el tercer centro más importante de la cristiandad… —reflexionó el bugre.
—Cierto, pero ya os he dicho que no os dejéis engañar por las apariencias. Aquí las vírgenes milagrosas arriban en barcas de piedra, como la de Muxía; sobre las lápidas sepulcrales de los santos, como la de San Guillermo Festerrán, fornican las parejas para lograr descendencia y todavía hay quienes ascienden al monte Pindo para sacrificar animales a los ídolos de piedra.
—¿Ídolos de piedra?
—Los hay por todas partes y también multitud de signos grabados en las rocas.
—¿Qué tipo de signos?
—Laberintos, espirales, círculos, herraduras, animales, cabezas…
grabados por los salvajes en los tiempos anteriores a la civilización y que los lugareños consideran sagrados. Ya os digo que se encuentran en cualquier parte de esta región.
—¿Y las autoridades no hacen nada para evitarlo?
—¿Y qué podrían hacer? ¿Perseguir a los paganos? ¿Matarlos como se hace con los herejes? La Iglesia gallega prefiere otros métodos y ha instituido un culto católico en cada enclave de importancia idólatra. De esta manera, los campesiños acuden a venerar un ídolo, y se encuentran con una imagen de la Virgen o de algún santo. Es lento, pero los gallegos somos gentes tranquilas, sin prisas —añadió el párroco con una sonrisa.
—¿Y el Finis Terrae?
—Otro mito…
—¿No se acaba allí la Tierra?
—Puede… pero ¿qué más da? En algún lugar ha de acabarse.
La noche se había echado sobre la playa y la humedad se dejaba sentir.
Casi al unísono, los dos hombres se pusieron en pie y echaron a andar hacia la aldea.
—¿Hay templarios en esta región? —preguntó de pronto el bugre.
—¿Por qué os interesa saberlo? —inquirió don Antoiño con suspicacia.
—Curiosidad… Procedo de Francia, donde la Orden del Temple es poderosa y me da la impresión de que en los reinos de España no lo es tanto…
—Pues erráis. Tal vez su presencia no sea tan aparente como la de los santiaguistas o la de los hospitalarios, pero os aseguro que están muy presentes. Los condes de Traba, señores de Galicia, los favorecen con la excusa de que extirpan el paganismo de estas tierras, pero yo estoy convencido de que su fin es otro, aunque ignoro cuál. Tienen casas en Corcubión, en Noia, Muros, Muxía, Finisterre…
—¿En Finisterre? —Robert se detuvo, paralizado por la información.
—Sí. Construyeron la iglesia de Santa María y la han llenado con sus cruces; ésas que llaman «patés» y que ni son cruces, ni nada. También
tienen un conventuelo en el que residen media docena de freires y hace las veces de hospital para caminantes visionarios.
Continuaron andando en silencio. Robert intentaba pensar deprisa. Sus veinte milites no tendrían dificultad alguna para acabar con seis freires, pero no podían correr riesgos. Antes o después, la Orden conocería lo ocurrido y enviaría a cientos de ellos apoyados, sin duda, por los soldados de los condes de la región y del arzobispo de Compostela, el ejército del Anticristo. Estaba convencido de que, a la postre, la Santa Milicia saldría victoriosa, pero no quería equivocarse acerca del lugar exacto donde tendría lugar la última batalla. Y antes tenía que nacer el Mesías.
—Ese monte del que me habéis hablado…
—¿El Pindo? Está excomulgado por la Iglesia.
—¿El monte? —preguntó asombrado, sin saber si tomarse o no a guasa la aseveración del párroco.
—Sí, y ningún buen católico ha de poner los pies en él —le advirtió—.
Yo estuve una vez con los oleos de consagrar para exorcizar a los demonios y las brujas que lo habitan, y me volví a medio camino, si bien he de admitir que su emplazamiento es soberbio. Desde él se aprecia el Finisterre con perfecta claridad.
La aurora envuelta en tonalidades rosas y malvas pilló a los ocupantes del granero dispuestos para la marcha. Robert sacó de la cama al dueño del hórreo y le preguntó por el monte llamado Pindo. El hombre señaló hacia el sur, por la costa, y se santiguó, si bien, curiosamente, al bugre no le pareció que lo hiciera para conjurar a los malos espíritus.
OceanofPDF.com