El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 12 de 27

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El jardín de la Oca

León, año 1254

El grupo llegó a León a media tarde del quinto día. No había duda de que el maestro y sus acompañantes estaban acostumbrados a recorrer las cerca de novecientas leguas que separaban la ciudad castellana de la leonesa. Cabalgaron sin detenerse más de lo necesario, iban ligeros de equipaje y el criado portaba una talega con pan, queso, jamón y un par de botas de vino que apuraron sin apearse de las caballerías. Además de encargarse de las vituallas, el sirviente iba bien pertrechado con un arco pequeño y su correspondiente carcaj repleto de flechas, así como con una daga de buen tamaño y un hacha franca de una mano. Los dos aprendices también portaban dagas en previsión de un asalto por parte de una de las numerosas partidas de malhechores que se ganaban la vida atracando a viajeros y peregrinos. Robert intercambió una mirada con Ferrán y éste abrió su sobrevesta con disimulo y le mostró una gumia, un cuchillo sarraceno de hoja curva. Dejaron las mulas en la caballeriza situada junto a Nuestra Señora del Mercado y el antiguo vigilante se despidió para no levantar sospechas. Afirmó que iba a casa de sus supuestos parientes y prometió pasarse por las obras; se alejó unos pasos, lo suficiente para que no se apercibiese su presencia, y los siguió a una distancia prudencial hasta un mesón en la rúa de los Francos. El local era una casa de dos plantas construida en piedra y ladrillo. Las dos antorchas encendidas encima de la puerta, una a cada lado de un cartel, el bullicio que se escuchaba dentro y el olor a comida que llegaba a la calle mostraban que aquél era un ámbito muy frecuentado.

—Dormiréis aquí esta noche, maese Robert —oyó decir al maestro Enrique—. Es un lugar acogedor, la pitanza es de lo mejor y los dueños son

amigos. Mañana os buscaré un alojamiento más tranquilo. Ignoraba que me acompañaríais en este viaje y no he tenido tiempo de enviar un mensajero para que mi mujer se encargase de vuestro hospedaje.

—Seguro que estaré bien —respondió el bugre—, no os preocupéis por mí.

—Mañana enviaré a mi criado para que os escolte hasta la catedral.

—Sabré ir solo…

—Insisto.

Ferrán vio entrar a los dos hombres mientras los aprendices y el criado esperaban fuera. Poco después salía el maestro Enrique y los cuatro desaparecieron en la oscuridad de la noche. Entró en el mesón. Su patrón estaba sentado a una mesa en la sala de comidas, esperando a que le sirvieran, y le hizo una seña para que se acercara y tomara asiento a su lado.

Cenaron en silencio y a continuación subieron a la habitación, Robert por delante y Ferrán tras él cargando con la bolsa de viaje del primero; él sólo tenía lo que llevaba puesto. El cuarto era pequeño, pero estaba caldeado con un brasero, disponía de una buena cama con dosel y cortinas, sábanas limpias, edredón y sobrecama, palangana y jarra con agua y lienzos para el aseo. El sirviente desvistió al señor y no se le movió un solo músculo de la cara cuando le quitó los guantes y contempló sus manos descamadas, pasó el calientacamas sobre el colchón y esperó a que se acostara para cerrar las cortinas y tumbarse él a ras de suelo, con la cabeza apoyada en su brazo derecho.

Al día siguiente, antes de ir a encontrarse con el constructor, su criado acompañó a Lepetit a la vivienda de don Marcelo Íñiguez, un canónigo ya anciano, situada frente a las obras. El clérigo estaba dispuesto a cederle una amplia habitación debido a la gran amistad que lo unía al maestro Enrique, le informó al recibirlo en su casa. Estaba asimismo presto a recibir a sus sirvientes, si es que los tenía, ya que la cocina era espaciosa y podían compartirla con sus propios criados. Cerca del mediodía, el bugre se dirigió a la fábrica de la nueva catedral y se quedó atónito. Sólo se habían levantado los cimientos y poco más. El nuevo obispo, Martín Fernández, amigo del también recién coronado rey Alfonso, estaba dispuesto a relanzar

los trabajos que languidecían desde su mismo inicio, cincuenta años atrás.

No solamente se había encargado de contratar al maestro, sino que también estaba dispuesto a pagar los trabajos con su fortuna personal, cuantiosa por otra parte. Después de haber oído al arquitecto hablar tanto y repetidamente sobre su bellísima obra, imaginaba que estaría al menos igual de avanzada que la de Burgos y no era ése el caso. Sin embargo, el entusiasmo del constructor era genuino: le mostró los planos, lo obligó a acompañarlo en un recorrido por el perímetro ya edificado y el que estaba por edificar: las fachadas porticadas, repletas de imágenes, las torres, el amplio crucero, la girola y sus cinco capillas poligonales… y la luz que entraría a raudales.

Alzaba los brazos y señalaba los muros aún por levantar, altos y ligeros, meros soportes de los cientos de vidrieras y de los rosetones que ya estaban siendo fabricados en los talleres de los maestros vidrieros. Su mirada brillaba ilusionada. Una vez finalizada, la catedral consagrada a Santa María de la Regla sería sin duda alguna única en su estilo, hermosa, diáfana, luminosa; una maravilla para la vista y para los sentidos; una comunión perfecta con la divinidad. Él no estaba interesado en el edificio y aprovechó que los trabajos de la cabecera requerían toda la atención del arquitecto y que éste era solicitado casi de continuo y se marchó con la disculpa de ir a conocer la ciudad, si bien al despedirse prometió regresar a media tarde para acompañarlo a visitar a su familia. Ferrán lo esperaba, disimulado detrás de una pila de traviesas, y lo siguió caminando media docena de pasos detrás de él.

Durante el trayecto desde Burgos no había podido dedicarse a buscar a los dos infieles y al pagano. Las tierras que atravesaron estaban en su mayoría dedicadas al cultivo del trigo y la cebada, pero aún no había comenzado a brotar la simiente y se veían yermas; los pueblos se hallaban distanciados unos de otros y la ventisca golpeaba con furia a los caminantes. No eran muchos los peregrinos que se aventuraban por los caminos en pleno invierno, pero alguno había. Envueltos en sus esclavinas, con los sombreros calados hasta las orejas, tapabocas y guantes de lana, asiendo con ambas manos sus bordones, luchaban contra el viento y el frío e intentaban llegar cuanto antes al hospital más próximo. Ellos no se

detuvieron en los albergues para pobres y caminantes. El maestro y sus hombres conocían los mejores establecimientos para pernoctar y reponer las fuerzas. En Hontanas, pasado Castrojeriz, se detuvieron en el Mesón de los Franceses que, como bien indicaba su nombre, estaba regentado por una familia de allende los Pirineos. El local disponía de un establo para los peregrinos pobres, a quienes los monjes del monasterio de San Antón ya habían dado la sopa de caridad, y de habitaciones para quienes disponían de dineros para pagarlas. El dueño conocía muy bien al constructor puesto que siempre se detenía en su mesón y le cobraba lo justo, algo que no hacía con los desconocidos, a quienes, por lo general, exigía de más. El maestro, un hombre generoso, insistió en abonar el alojamiento de todos, y lo mismo hizo durante el resto del viaje en los lugares en los que se detuvieron para dormir y comer. Robert hizo amago de protestar, pero sin demasiado empeño. No estaba por la labor de agotar tontamente los dineros logrados gracias a las clases. Si el constructor quería costear los gastos del viaje, que lo hiciese. Su única preocupación era encontrar a los tres hombres que podían poner su misión en peligro. Escudriñaba los rostros de los caminantes que dejaban atrás e, incluso, de los que caminaban en dirección contraria, y también de aquéllos con quienes compartían mesa y a veces habitación, pero no había hallado rastro de ellos y tampoco podía preguntar sin llamar la atención de sus acompañantes. Calculó que, aunque fueran a pie, habrían tenido tiempo de sobra para llegar a León. A pesar de la existencia de juderías y morerías en Castrojeriz, Frómista, Sahagún, Carrión y en casi todos los pueblos del Camino, un sexto sentido le decía que se encontraban bajo el mismo cielo que él o que, al menos, lo habían estado.

León era una ciudad pequeña. Dicha constatación lo defraudó y alegró a partes iguales. Se había hecho a la idea de que sería poco más o menos como Burgos, quizás por las alabanzas que de ella hacía de manera continuada el maestro constructor y por su renombre como cuna, corte y enterramiento de reyes. Sin embargo, era bastante más reducida y podía patearse en un santiamén lo que, al mismo tiempo, facilitaba su búsqueda.

Él y Ferrán encontraron enseguida el barrio judío, y también el musulmán, pues ambos se entremezclaban en algunas de las calles de forma que una de

las sinagogas se hallaba en la cal de Moros, y el callejón ocupado en parte por la madrasa, la escuela coránica, desembocaba en la cal Silvana, nombre de la rica familia judía de los Silván que poseía casi todos los inmuebles de la misma. Siempre escoltado por su hombre, que no le perdía ojo, el bugre anduvo arriba y abajo por calles y callejuelas: Platerías, la Azabachería, Zapaterías… más atento a los rostros de las personas con quienes se cruzaban que a la actividad, los comercios y general animación que llenaban los rincones de ruidos y voces. Acabaron en la plaza de San Martín, en una taberna donde servían un plato único todos los días del año, tal y como afirmó orgulloso el tabernero: liebre con judías, acompañado de un pedazo de pan, otro de queso de cabra y un pote de vino joven elaborado con las uvas de las cepas de los monjes benitos, quienes —según el hombre

—, detentaban el monopolio de los caldos de la región. Los viernes y durante la Cuaresma, las judías se servían solas y la liebre se transformaba en trucha.

Robert apenas probó bocado. Su proceder no era digno de su inteligencia —se dijo. Había sido una locura echar a andar por las calles sin un plan previo y sin tomar precauciones. Corría el riesgo de ser visto por el pagano y los otros dos, y que él no los viese a ellos. Debía elaborar rápidamente un plan. A su lado, Ferrán atacaba el segundo plato de liebre con judías con el apetito propio de un muerto de hambre. Intentó recordar sin conseguirlo el nombre del hijo que don Ezequiel tenía en León.

¿Zacarías? ¿Elías? ¿Jeremías? ¿Cómo diablos se llamaba? No era preciso ser demasiado espabilado para imaginar que el viejo acudiría a su casa en cuanto llegara a la ciudad.

—Vuelve a las calles de los judíos y pregunta por un médico de nombre Falaquera —ordenó al sirviente—. No hace falta que hables con él, únicamente entérate dónde vive y si su padre está con él. Luego date una vuelta por las de los moros e infórmate sobre un herbolario de nombre Hadi al-Suri, a ver si alguien lo conoce. Nos veremos en la casa del canónigo a la puesta del sol.

La orden no admitía demora. Ferrán se levantó y miró con tristeza el plato recién empezado: él sí había apreciado el exquisito condumio

preparado a fuego lento por manos expertas. Era un crimen dejarlo apenas comenzado, pero no tenía más remedio y salió a cumplir el encargo llevándose el pedazo de queso que le correspondía. El bugre había recobrado súbitamente el apetito; su ración se había quedado fría y no tuvo reparo alguno en comerse la de su sirviente. Un rato más tarde se hallaba en el hogar del maestro Enrique, una vivienda diseñada y construida por él mismo a su llegada a la ciudad y situada a pocos pasos de la fábrica catedralicia, en la calle de los Serradores y cercana a uno de los cubos de la muralla. Por fuera mostraba una apariencia sobria, muy conforme al estilo leonés, pero su interior era completamente francés: sobre las paredes podía apreciarse una capa de estuco o tierra cocida y barnizada; las ventanas, más grandes de lo habitual, estaban provistas de vidrios coloreados y las maderas de los techos estaban pintadas con dorados, verdes, azules y rojos, al modo de las casas ricas que él recordaba haber visitado en París. La cocina estaba separada de la sala de comer en la que había una gran mesa de madera con sus correspondientes sillas y una enorme chimenea que ocupaba gran parte del muro, con asientos de piedra a los lados. Dos confortables sillones fraileros de cuero enfrente del fuego encendido completaban el conjunto. El ama de la casa, una champenoise de mejillas sonrosadas y cuerpo relleno, todavía tentador para los asuntos del lecho, sus tres hijos, la mujer del mayor y tres criados atendían solícitos al padre de familia que, en aquel rincón del mundo, había creado su pequeña corte. No era de extrañar que el hombre se sintiese a gusto en León y desease regresar cuanto antes siempre que sus obligaciones lo llevaban a Burgos. Tenía un rincón acogedor para vivir, una familia encantadora, el aprecio de nobles, así como de clérigos y trabajadores, y dinero suficiente para mostrarse generoso. Robert experimentó verdadera envidia. Había sentido por el constructor tanto aprecio como era capaz, que no era mucho, pero dejó de sentirlo a la vista de su buena fortuna Una vez más, el Dios a quien había entregado los mejores años de su vida le mostraba que sus favores estaban destinados a otros.

Ferrán lo esperaba delante de la puerta de la casa del canónigo.

—¿Has averiguado algo?

—Nada, señor.

—¿Falaquera?

—Isaías Falaquera vive en la calle de la Azabachería, con su mujer y dos hijas, y no ha recibido ninguna visita en las últimas jornadas.

—¿Estás seguro?

—He hablado con el azabachero que tiene taller en los bajos de su casa mientras regateaba con él por una higa.

—¿Una qué?

—Una higa, señor.

El hombre sacó de su bolsillo un colgante de azabache: el puño de una mano derecha cuyo pulgar asomaba entre el índice y el dedo corazón.

—Es un amuleto contra el mal de ojo —le explicó.

—Es paganismo e idolatría y más si viene de un judío —le atajó el bugre arrancándole la higa de la mano y tirándola lejos de ellos—. ¿Y qué hay sobre el moro?

—Nadie ha oído hablar de él. He estado en la cal de Moros y he preguntado a un par de herbolarios. Me han asegurado que allí todo el mundo se conoce y que ellos sabrían de la llegada de cualquier forastero, incluso si estuviese de paso, y más siendo del oficio.

Quizás se estaba haciendo mala sangre sin motivo; quizás sus tres adversarios no habían llegado a León, ni pensaban hacerlo. Lo más probable es que hubieran huido a esconderse en algún pueblo cercano a Burgos al conocer su presencia en la ciudad. Recordaba la mirada aterrorizada del pagano al toparse con él en el Puente de la Reina, tras el funeral de Bisol. Allí tenía a los templarios para protegerlo, pero ahora estaba solo y no querría enfrentarse a él a sabiendas de que tenía todas las de perder. Por su parte, el viejo judío no era adversario suficiente para él, y lo sabía. En cuanto al moro, seguro que los otros dos le habían metido el miedo en el cuerpo y había preferido desaparecer antes que vérselas con él.

Dejó a Ferrán en la cocina, en compañía de los dos sirvientes del canónigo, un hombre y una mujer, y se dirigió al escritorio de don Marcelo con la intención de darle las buenas noches y retirarse a descansar. El

clérigo se hallaba sentado junto a un brasero y tenía un libro en las manos.

Se había quedado adormilado, pero se despabiló en cuanto lo oyó entrar.

—Siento haberos importunado… —se disculpó.

—No, no, pasad. Me gusta mantener una conversación antes de acostarme y, desgraciadamente, no ocurre a menudo. Sentaos, os lo ruego.

No tenía ganas de hablar con un anciano, cuya única conversación giraría en torno a su experiencia de religioso, pero tampoco podía desairarlo. A fin de cuentas, lo había acogido en su domicilio sin cobrarle por el alojamiento y no sabía cuánto tiempo permanecería en él, porque una cosa tenía clara: no regresaría a Burgos. León era, acaso, una ciudad mejor que aquélla para iniciar su proyecto.

—Estabais leyendo… —dijo por decir algo, al tiempo que señalaba el libro que reposaba sobre el regazo del clérigo.

—Sí. Gracias a Dios conservo una buena visión y la lectura es mi mayor placer, ahora que no sirvo para mucho más. Es una obra de Lucas de Tuy,

¿habéis oído hablar de él? Murió hace un par de años, pero yo tuve el honor de conocerlo cuando ambos éramos jóvenes. Fue canónigo de San Isidoro y luego obispo de Tuy, en Galicia, tierra de paganos como no hay otra.

Compartimos muy buenos momentos y, también, muchas preocupaciones y un mismo temor: que la herejía se instalase aquí mismo, en nuestra ciudad, cosa que ha ocurrido como mucho nos temíamos.

—¿Herejía?

La palabra despertó su interés. Ya casi había olvidado que él mismo había sido azote de herejes y había emprendido una cruzada contra los cátaros del norte de Francia. Gracias a él, cientos de ellos perecieron en las llamas y la región se vio libre de la plaga, pero su valiente y decidida dedicación sólo le acarreó desgracias y sinsabores. Fue traicionado por sus hermanos en religión, los Domini Canis, los perros guardianes de Dios, los dominicos; fue expulsado de la Orden y anatemizado por el obispo de Roma. Nunca se lo perdonaría ni a los unos ni al otro, aunque el trono pontificio cambiara de dueño.

—En efecto —prosiguió don Marcelo—. Mi buen amigo don Lucas, a quien también se llamó «el Tudense», aunque hubiera sido más lógico

llamarlo «el Leonés» puesto que era nacido en esta tierra, sentía una gran preocupación por este asunto y dejó escrito este libro que leo y releo sin cansarme: De altera vita fideique controversiis adversus Albigensium errores.

—¿Albigenses?

—Sí, o valdenses, o cátaros, como mejor os parezca. Son todos de la misma ralea. Propagan ideas heréticas y ponen en peligro la fe de las buenas gentes que creen en sus mentiras y arriesgan la salvación eterna de sus almas.

—¿Hay cátaros en León? —la sorpresa de Robert Lepetit no era fingida.

—Así es. Llegaron huyendo de las persecuciones en el reino de Francia.

Predican la pobreza, la comunión de bienes y la piedad evangélica, pero, en el fondo, intentan soliviantar a la plebe en contra de la Iglesia y de sus señores naturales. Niegan la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y la virginidad de su Santísima Madre; denuncian cualquier expresión de riqueza, incluidos los ornamentos religiosos y los objetos de culto. ¿Podéis imaginar mayor ultraje?

—¿Y no se hace nada para acabar con ellos?

—Las autoridades eclesiásticas y civiles conocen sus movimientos y a sus cabecillas, pero no los arrestan. El buen rey don Fernando, que Dios tenga en su Gloria, decretó la confiscación de sus bienes, el destierro y una marca en la cara grabada a hierro candente para que pudieran ser reconocidos en todo el reino. Incluso ahorcó a unos cuantos y ordenó cocer a otros en calderas de agua hirviendo, pero, que yo sepa, ya no se les persigue. Su hijo, don Alfonso, no es igual de piadoso e, incluso, muestra su aprecio a judíos y musulmanes. En cuanto a la secta de los herejes, sus adeptos son campesinos y artesanos. Aquí, el Señor sea loado, no ha ocurrido como en las tierras del conde de Toulouse y no hay gente de importancia entre ellos, únicamente unos cuantos mezquinos que irán a parar directamente al Infierno en cuanto mueran.

Durante los siguientes días, Robert mantuvo largas conversaciones con su anfitrión. El religioso disfrutaba enormemente con la compañía de su atento oyente. Imposibilitado para andar, no tenía familia ni con quién

entretenerse, a excepción de su administrador, Juan de Mansilla, un personaje envarado que llegaba todas las mañanas puntualmente con un cartapacio bajo el brazo y le rendía las cuentas. Así supo que el anciano, antiguo mayordomo de fábrica, es decir, encargado de las obras de la catedral, pertenecía a una noble familia leonesa y que, además de la casa en la que vivía, poseía otras dos, varias huertas y una buena cantidad de doblas de oro, monedas en plata y pagarés en un cofre árabe de madera y marfil, regalo del rey Fernando de León a su padre en agradecimiento por su bravo comportamiento durante la batalla de Alburquerque contra los almohades.

Tenía dos cerraduras y la llave de una de ellas colgaba de su cuello, junto a una cruz de oro bueno. La otra la tenía el administrador en un aro de hierro con copias de las demás llaves de la casa: la de la puerta de entrada, la de la bodega, la de la despensa… El bugre no aparecía por el escritorio del canónigo mientras el hombre se hallaba en él; esperaba pacientemente, observando desde la ventana de su habitación el trabajo de los menestrales, a que la enjuta figura vestida con un largo ropón de color oscuro atravesara la plaza y doblase la esquina de la parte derecha de la catedral. Entonces, acudía raudo al lado del canónigo y ambos permanecían juntos hasta la hora de comer; se reunía con él después de la siesta y no lo abandonaba hasta la hora de acostarse. No había vuelto a salir de la casa, a pesar de que el maestro Enrique le había enviado recado en varias ocasiones. Alegó no hallarse bien y pidió disculpas. Enviaba a Ferrán todos los días sin faltar uno a averiguar si sus tres adversarios habían finalmente llegado a la ciudad. No había señales de ellos y dicha constatación tranquilizaba su ánimo y le permitía centrarse en su nueva tarea: ganarse la confianza del canónigo Íñiguez.

El hombre era un erudito, disponía de una biblioteca de cerca de veinte tomos encuadernados —« la mejor biblioteca privada de la ciudad», afirmó orgulloso—, un buen número de rollos y decenas de páginas manuscritas de su puño y letra. En su madurez había adquirido fama de buen teólogo y había viajado a París y a otros lugares, si bien la experiencia más emocionante de su vida había ocurrido en Roma, durante el cuarto Concilio

de Letrán, cuando le fue permitido besar la zapatilla del Sumo Pontífice Inocencio, el tercero de su nombre.

—¿Y qué hacíais vos en el Concilio? —le preguntó Robert con curiosidad.

—Iba en el séquito del arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, que duerme en la paz del Señor.

Don Marcelo pasó entonces a relatarle, entusiasmado, las maravillas de la ciudad del Tíber: la basílica que guardaba los restos de San Pedro a la que acudían miles de peregrinos llegados desde todos los rincones del orbe cristiano; las decenas de templos erigidos por doquier, repletos de reliquias de santos: los talleres de los artistas, pintores y escultores en su mayoría: los preciosos frescos que decoraban los muros de las iglesias y de los palacios de los cardenales. Todo en Roma era grandioso, como correspondía al centro de la cristiandad. Un año entero había durado el Concilio y en él se había condenado sin vacilaciones la herejía cátara. Se constituyeron tribunales inquisitoriales especiales y el primer inquisidor fue el burgalés Domingo de Guzmán.

—Habréis oído hablar de él, ¿no es cierto? —preguntó el clérigo cándidamente—. Fue el fundador de la Orden de los Predicadores, los dominicos, y canonizado sólo trece años después de su muerte…

—Lo sé, lo sé… —Robert evitó hacer un comentario sarcástico hacia el santo y sus frailes y retomó el tema que más le interesaba—: ¿Y los herejes de León?

—¡No es de extrañar que anden a sus anchas! —exclamó el anciano airado—. ¡Es inconcebible que en la ciudad no existan conventos de dominicos y franciscanos como en otras poblaciones de los reinos de Castilla y de León!

—Quizás no sean necesarios para perseguir a los heréticos…

—¿Qué queréis decir?

—Vos sois un teólogo reconocido, una persona respetada: el arzobispo, el gobernador, incluso el propio rey os escucharían…

—Nadie lo haría. Soy un pobre viejo sin movilidad en sus piernas y a quienes muchos tachan de obcecado en este asunto de la secta albigense y,

por otra parte, hace ya mucho que mi mano no es capaz de sostener el cálamo para elaborar las alegaciones pertinentes.

—Yo sólo soy un maestro de retórica, pero podría ser vuestras piernas, y también vuestra mano…

El hombre lo miró fijamente y, luego, se le iluminó el rostro como si acabase de comprender el alcance de sus palabras.

—¿Haríais eso por mí?

—Y por Nuestro Señor Jesucristo que dio su vida para salvarnos, por su Madre y por nuestra Santa Iglesia Católica y Apostólica que, como bien decís, se halla en peligro —respondió el bugre en el tono más humilde que fue capaz de adoptar.

A partir de aquel día, el canónigo dictó y Robert escribió. Don Marcelo insistió en contratarlo como escribiente y pagarle el sueldo de un amanuense real y él aceptó tras hacerse mucho de rogar. El anciano le habló de los herejes que habían llegado tras las grandes persecuciones en el sur de Francia, aunque confesó que no sabía cómo calificarlos porque no predicaban lo que él entendía por una doctrina, sino que únicamente se dedicaban a poner en ridículo a la Iglesia y sus enseñanzas, a reírse de la religiosidad de sus vecinos, de las procesiones y de las penitencias.

Asimismo hacían burla de la nobleza y de sus riquezas, aunque nunca se habían atrevido a atacar al rey. Le informó acerca de un tal Arnoldo, ya fallecido gracias a Dios, un francés, el primero que había logrado reunir a su alrededor un pequeño grupo de prosélitos. En su opinión, la secta pretendía socavar primero los cimientos de la fe verdadera para luego entregarse al «adversario» mencionado por San Juan en su Libro de la Revelación y que no podía ser otro que el Anticristo, que llegaría mil doscientos sesenta y seis años después del nacimiento de Jesús, es decir, faltaban sólo unos diez años para que tal hecho ocurriera. Los ojos de rapaz del bugre brillaron al escuchar dicha aseveración; no dijo nada y continuó escribiendo al dictado. El clérigo continuó hablando de los judíos y de los moros, en especial de los primeros, cuya presencia en León podía fecharse sin equívocos más de trescientos años atrás.

—Antes ocupaban el enclave llamado Puente Castro, a las afueras de la ciudad, pero los reyes Alfonso el Sexto de Castilla y Pedro el Segundo de Aragón ordenaron su quema y esclavizaron a sus moradores. También hubo asaltos a las juderías del reino hace apenas veinte años, pero los deicidas son como la mala hierba: ¡se arranca y vuelve a crecer! —exclamó impetuoso—. Ahora han invadido el barrio de Santa Ana. Pienso que don Alfonso es demasiado permisivo. Ésta es tierra de cristianos, y entre los judíos, los moros y los herejes la están convirtiendo en una Babilonia pagana y no pasará mucho tiempo antes de que Dios descargue su furia sobre nosotros.

Robert hizo una mueca al escuchar los exabruptos. Su anfitrión habría sido un inquisidor digno de su nombre, mejor incluso que él.

—Volviendo a los sectarios…

—Se reúnen en casa de un tal Diego Díaz, un tejedor de la calle del Pozo.

—¿Cómo lo sabéis?

—Todo el mundo lo sabe. Ya os he dicho que no es ningún secreto. Un par de veces ha sido arrestado, acusado de revoltoso, pero sus compinches han pagado la multa y lo han dejado libre.

—¿Y los templarios?

—¿Qué ocurre con ellos?

—¿Poseen alguna casa en la ciudad?

—No que yo sepa. Ya las tienen en Astorga, Villasirga, Ponteferrato y muchos otros sitios. Aquí en León no se les ha permitido establecerse, pero me temo que sus espías anden por todas partes. No me fío de ellos.

Robert ocultó su satisfacción. Definitivamente, León era el sitio perfecto. La presencia de leprosos espirituales, es decir, de herejes, judíos, moros y demás calaña, y la ausencia de los frailes predicadores y de los templarios, lo hacía todo más fácil. Disponía de un refugio seguro, no corría riesgo de ser reconocido y podría organizarse con tranquilidad. Encomendó a Ferrán la búsqueda del tal Diego Díaz, el tejedor. Debía acecharlo y cerciorarse de que, en efecto, en su casa o en su taller tenían lugar reuniones sospechosas. El sirviente pasó todo el día siguiente fuera de la casa y

regresó ya de noche. En efecto, había podido comprobar que poco antes del crepúsculo varias personas, hombres y mujeres, entraban en el taller del tejedor y permanecían dentro hasta la hora del toque de queda. De los otros dos, el médico judío y el herbolario musulmán, seguía sin haber rastro.

Habían transcurrido cuatro semanas desde su salida de Burgos y ellos lo habían hecho antes. Estaba claro, por tanto, que su destino era otro. Más tranquilo, aunque sin bajar del todo la guardia, el bugre puso en marcha su plan. El estado de salud de don Marcelo se deterioraba cada día que pasaba.

Calculó que rondaría los ochenta, mucha edad, demasiada para cualquier ser humano. Podía sufrir un ataque en cualquier momento o, simplemente, dejar de respirar, y a él no le quedaría más remedio que buscarse otra guarida. El canónigo no tenía herederos y había hecho testamento a favor de la Iglesia: sus propiedades, muebles raíces, libros y dinero amonedado serían destinados a las obras de la nueva catedral, siguiendo el ejemplo del obispo Martín Rodríguez, excepto una cantidad generosa para que sus dos sirvientes pudieran vivir sin ahogos el resto de su vida.

Siguiendo sus instrucciones, Ferrán había logrado hacer amistad con el tal Diego Díaz. Lo había estado observando y sabía que todos los mediodías, después de comer, cogía el camino de la muralla, acudía al convento de San Marcos, situado extramuros, y llamaba a una de sus puertas. Al rato, la puerta se entreabría, el hombre asía un cuenquillo de barro, se lo llevaba a los labios y apuraba su contenido; devolvía el cuenco, sacaba lo que parecía una moneda del bolsillo, pagaba a la persona oculta al otro lado de la puerta, hacía una reverencia y regresaba a su taller. Supuso que el brebaje que el tejedor tomaba durante el extraño ritual era algún tipo de medicina elaborada por los freires santiaguistas, así que decidió hacerse el encontradizo con él y preguntarle si conocía algún sitio, un hospital o herbolería donde pudieran proporcionarle un medicamento contra el ardor de estómago que sufría siempre después de comer.

—Los freires disponen de una excelente botica —le explicó el artesano señalando hacia el convento—; pero se precisa una receta a fin de que os proporcionen los medicamentos si no estáis asilado en su hospital.

—¿Y dónde puedo encontrar a un médico?

—Yo sólo conozco a uno judío, que vive en la calle de la Azabachería.

Ferrán miró hacia derecha e izquierda, como si estuviese perdido.

—Ya veo que eres forastero… Ven conmigo, vivo a poca distancia del médico.

Diego Díaz resultó ser una persona abierta y habladora y al burgalés no le costó ningún esfuerzo congeniar con él. Don Isaías Falaquera había salido a hacer unas visitas, según les explicó su mujer, y no regresaría hasta bien entrada la noche. Si querían verlo tendrían que volver otro día. Pasó la tarde en el taller del artesano, sorprendido por una actividad a la que nunca había prestado atención. Era una verdadera fábrica de alfombras y tapices en la que trabajaban nueve personas, hombres y mujeres, una de las cuales, la esposa del tejedor, y otra, su suegra, además de varios niños que ayudaban en las tareas menores. Había cuatro telares montados, dos de los llamados de «alto lizo» y otros dos más pequeños, los cuatro de diferentes anchuras y con dos maderos horizontales al suelo, uno en la parte superior que sostenía la urdimbre y otro en la parte baja donde se enrollaba el tejido ya realizado. Ferrán observaba, hipnotizado, la velocidad con la que los tejedores ataban de izquierda a derecha nudos de lana en los incontables hilos de lino previamente dispuestos. Sólo se detenían de vez en cuando para consultar una tabla pintada con el motivo que pretendían reproducir.

Por su parte, las mujeres se encargaban de hilar la lana que se acumulaba por tonalidades en grandes cestos y la enrollaban en madejas que depositaban en otros más pequeños y que los niños colocaban a los pies de los tejedores.

Anochecía cuando Diego Díaz le indicó que tenían que cerrar el taller y que esperaba verlo por allí algún que otro día. Le aconsejó que no olvidara acudir a la consulta de don Isaías porque uno nunca sabía lo que podía ocurrir si no se tomaban las debidas precauciones.

—La salud —añadió— es lo único sustancial que tenemos los pobres y hay que cuidarla.

Ferrán prometió visitar al médico y volver por el taller en otra ocasión, y salió despidiéndose con un gesto de la mano. Entró en un tabernucho abierto a pocos pasos y esperó bebiendo un pote de orujo gallego mientras

aguantaba a un borracho recitar el final de un largo poema llegado por el Camino desde tierras de Aragón y que gozaba de gran predicamento: Mi razón aqui la fino,

e mandat nos dar vino,

qui me scripsit scribat,

seper cum Domino bibat.

Estaba claro que el hombre no se sabía más que dicha estrofa y se empeñaba en repetirla, incluso la cantaba con voz aguardentosa y desafinada. Finalmente, el tabernero lo echó del local, y Ferrán pudo observar con tranquilidad la puerta del taller adonde, en parejas o de forma individual, iban llegando varias personas. Llamaban a la puerta y ésta se abría lo suficiente para dejarlos pasar, cerrándose a continuación. Regresó a la casa del canónigo satisfecho de sí mismo y jugueteando con la higa de azabache que, por supuesto, había recogido del suelo en cuanto su patrón se hubo encerrado con el viejo clérigo. Ignoraba lo que tramaba, pero tampoco le importaba: no carecía de dineros, vagaba a su aire durante toda la jornada y le estaba empezando a gustar su cometido. El oficio de espía era nuevo para él. Descubrir una trama o lo que fuera, seguir pistas, hacerse pasar por quien no era, resultaba una experiencia novedosa y atractiva. Tenía una excusa fácil para conocer al médico, quien le informaría sobre el paradero de su padre y, además, acabaría averiguando lo que se traía el tejedor entre manos.

Maese Robert pareció complacido con su informe, asintió con la cabeza cuando él le expuso los avances logrados en el asunto que le interesaba y sus labios esbozaron un rictus que quería ser una sonrisa. Tenía hambre y poco después asomó la cabeza por la cocina. La criada, Dominga, lo invitó a entrar y le sirvió los restos de la cena: un espeso puré de verduras acompañado por unas lonchas de cecina frita. Como quien no quiere la cosa, le informó de que Pascual, el otro criado, había ido a visitar a su familia en la zona de Sariegos y no regresaría hasta después de la Pascua de

Resurrección. Tenían, por tanto, la cocina para ellos dos solos durante varias semanas. La mujer ya no era una moza, más bien hacía tiempo que había dejado de serlo, pero conservaba las carnes prietas y tampoco era cuestión de hacerle ascos a la oferta. Aquella vez fue la primera ocasión en mucho tiempo que se acostó con una hembra sin pagar por ello.

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