El jardín de la Oca
El médico y el herbolario
La judería de Burgos ocupaba una amplia zona del oeste de la ciudad y lindaba con la morería, habitada por los llamados mudayyin, o mudéjares, musulmanes a quienes se había permitido quedarse en las tierras reconquistadas por los ejércitos cristianos. Ambas comunidades compartían dos particularidades: el pago de un impuesto especial para poder practicar sus ritos religiosos y su pericia casi exclusiva en determinados oficios como la medicina en el caso de los judíos y la farmacia en el de los musulmanes. Estos últimos, asimismo, se distinguían por su buen hacer como constructores y eran tejedores muy solicitados de paños de colores vivos e imaginativos diseños. Nada les impedía vivir en cualquier parte de la ciudad, pero amistades, relaciones y modos de vida habían fomentado la aproximación natural de cada grupo y las dos aljamas mantenían una buena relación entre ellas y los cristianos. A fin de cuentas, todos se necesitaban y el beneficio de unos siempre redundaba en el de los demás; de ahí la preocupación de los judíos burgaleses al saberse que el papa Inocencio, cuarto de su nombre, exigía a los obispos castellanos el cumplimiento de las disposiciones emitidas por el último gran Concilio de Letrán que les atañían: alejamiento de los cargos públicos, separación de barrios, marcas distintivas en las ropas… No era la primera vez, generalmente para su desgracia, que Roma se ocupaba de ellos. Veinte años atrás don Fernando había solicitado y conseguido del entonces papa Honorio la supresión de la disposición sobre las ropas especiales para los judíos de su reino, pero un rey cristiano debía obediencia al Sumo Pontífice y uno nunca sabía con seguridad a qué atenerse.
—No creo que deba preocupamos demasiado.
—Siempre debe preocupamos que se hable de nosotros.
—Ocurrirá como siempre: mucho ruido al principio y, luego, nada.
Contamos con la protección del rey y de los nobles.
—Hasta que dejamos de contar con ella, como sucedió con el abuelo del rey actual, el de las Navas, que mandó quemar el castro de los judíos de León y esclavizó a los supervivientes.
—Eso no ocurrirá ahora; don Fernando y su hijo, don Alfonso, son amigos de los judíos.
—¿Pero en qué mundo vives, Mosse? Los reyes no son amigos de nadie; velan por sus intereses y únicamente nos protegerán mientras sirvamos a sus propósitos.
Don Ezequiel oía sin escuchar la discusión entre Samuel y su suegro, Mosse Gil, dueño de un lavadero de lana y de una tintorería, situados cerca de la Puerta de Santa Gadea, junto al cauce del riachuelo que atravesaba la zona de los mercados e iba a desembocar por el oeste al Arlanzón. Tres años atrás, el tintorero y su hija habían visitado a unos parientes de Nájera y se habían vuelto a Burgos con yerno y marido respectivamente. Aunque no quería reconocerlo, sentía una pequeña animosidad hacia ellos debido precisamente a este hecho. Samuel era su hijo pequeño y el más parecido a él. En su opinión, aquel matrimonio precipitado había malogrado la esperanza de que el muchacho se convirtiese en un buen médico, al igual que lo era su hermano mayor. En lugar de ello, había aprendido el oficio de orfebre y trabajaba para un tío de su mujer, quien le había prometido dejarle el negocio cuando decidiera retirarse. Lo observaba trabajar y se maravillaba de su precisión con el cincel al reproducir en el metal una filigrana, como un encaje, diseñada por él mismo y no podía evitar pensar en el magnífico cirujano que habría podido llegar a ser.
Llevaba en la ciudad varias semanas y no acababa de acostumbrarse a vivir de prestado en casa de su hijo, pero ¿adónde si no podría ir? Había abandonado Nájera incapaz de mantener las miradas de sus vecinos que lo culpaban de la muerte del bueno de Yucé Tob. Él también se culpaba y no pasaba un día sin que acudiera a la sinagoga a orar por su alma, pero la cosa ya no tenía remedio. Se decía que tenía que tomar una decisión sobre qué
hacer con su vida, pero no tenía fuerzas para enfrentarse a sus demonios.
Había sido sincero con Samuel y le había relatado lo ocurrido nada más llegar. Tal y como esperaba, su hijo no le hizo reproches y le aseguró que su hogar también era el suyo, pero su jornal alcanzaba justo para mantenerlos a él y a su mujer; una boca más era una carga, bien lo sabía, y él tampoco podía ejercer. No tenía dinero para pagar la licencia, si es que se la concedían, y la vivienda era más bien un cuchitril con una cocina y una habitación y se veía obligado a dormir en un jergón, junto a las brasas.
Además, su nuera estaba grávida; no le quedaría más remedio que marcharse en cuanto la criatura hubiese nacido. Su consuegro no había mostrado intención alguna de echar una mano, a pesar de ser un hombre acomodado y de que Sol era su única hija. Decía, siempre que se le presentaba la ocasión, que él había logrado lo que tenía a base de esfuerzo y que todo hombre honrado debía hacer lo mismo. Pero los días pasaban.
Temprano, una mañana húmeda salió a dar un paseo. Anduvo sin prisa por la calle Tenebregosa, que dividía el barrio judío en dos y que, ciertamente, hacía honor a su nombre y estaba cubierta por la niebla a aquella hora. No se veía más allá de veinte pasos y estuvo a punto de ser arrollado por un jinete que pasó por su lado como una aparición. Poco después se hallaba fuera de la muralla, en un arrabal rodeado de bosque. La niebla comenzaba a levantar y la jornada se presentaba gélida, pero diáfana; se arrebujó en su capa y continuó andando. Le gustaban los árboles de troncos poderosos y ramajes entrelazados, aunque estuviesen desnudos como en aquel momento; estaban en el mundo antes que los hombres, sus raíces se adentraban en la tierra y sus ramas ascendían hacia el cielo; eran la unión entre lo divino y lo humano, el «árbol de la vida» de su religión, y también de la cristiana y de la musulmana, y el primer mito de la Creación.
No era de extrañar que los antiguos paganos se reuniesen para celebrar sus ritos bajo las copas frondosas de los árboles y que todavía perviviesen algunas de sus costumbres en las zonas rurales.
—Los pueblos del Cantábrico adoran a ciertos tipos de árboles, como el roble y el tejo —le había asegurado su querido Yucé—. Y tengo entendido
que otros pueblos, como los germanos y los habitantes de las frías tierras del Norte, los adoran igualmente.
—¡No digas simplezas! —respondió él—. Son cristianos.
—A lo mejor no lo son tanto como crees… ¿Sabías que los vizcaínos se reúnen bajo los robles para decidir sus leyes y elegir a sus representantes?
¿Y que en algunas zonas de la montaña navarra los leñadores piden perdón al árbol que van a talar?
No lo sabía y dudaba de que semejantes disparates fuesen ciertos, pero no podía asegurar que no lo fueran; a fin de cuentas su universo personal era muy reducido y sólo había viajado en una ocasión: a Toledo para estudiar medicina. Le entristeció el recuerdo de su amigo y se dispuso a regresar al burgo cuando se detuvo, alertado por unos gritos procedentes del arrabal. Se aproximó curioso y advirtió que varias personas rodeaban a un niño tirado en el suelo, cerca de una casa de madera, algo separada de las demás. Un simple vistazo le indicó que el muchacho sufría el «gran mal».
Había perdido la conciencia y sus cuatro extremidades se agitaban frenéticamente y sin control; la piel de su cara empezaba a amoratarse y le salía saliva por las comisuras de los labios. Buscó rápidamente un pedazo de leño y se lo colocó entre los dientes para impedir que se mordiera la lengua; lo forzó a colocarse de costado, puso su capa bajo su cabeza, a modo de almohada, le quitó la bufanda del cuello y le abrió la camisa.
Mientras, los presentes escupían sobre el enfermo.
—¡Bueno! ¡Basta ya! —gritó tras recibir un escupitajo en la cara.
Su orden produjo el efecto deseado y los escupitajos cesaron. Sabía que era una vieja superstición pensar que los salivazos evitaban el contagio y que la gente creía que el gran mal era cosa de maleficio o castigo para el pecador. También en Nájera había atendido a dos pacientes del mismo mal y se las había tenido que ver con familiares y vecinos para hacerles entender que sólo se trataba de una dolencia y que ni los exorcismos ni los rezos a San Valentín solucionaban nada. Había tenido que desdecirse en público sobre lo de los rezos porque el propio abad de Santa María lo había amenazado con dar parte al obispo si no lo hacía, y ello podría acarrearle complicaciones en el ejercicio de su profesión. Los espasmos disminuyeron
y, poco después, el niño abrió los ojos, jadeante y agotado, y lo ayudó a ponerse en pie.
—¿Es familiar de alguno de vosotros? —preguntó, encarándose al grupo.
—Yo soy su padre —afirmó un hombre casi sin despegar los labios—.
Me llamo Ximen Ximenat.
—Tu hijo no está maldito, ni es un pecador, ¿lo entiendes? —el hombre asintió con la cabeza—. Tiene una enfermedad, como otros nacen ciegos o sordos o mudos, sólo que ésta se puede tratar. Además, es un niño y en ocasiones los ataques desaparecen con la edad.
—¿Eres médico?
Dudó si responder. Sin licencia para ejercer de físico en la ciudad, podría ser denunciado.
—Algo sé…
—¿Aceptas comida y bebida?
Observó miradas expectantes, tímidas sonrisas y el deseo de agradecer su intervención. No había comido nada desde la víspera y aceptó.
—El aceite de la raíz de la valeriana es un buen tranquilizante que puede evitar los ataques. Existen otras hierbas, como la mandrágora, pero no os la aconsejo; puede intoxicarse y sufrir alucinaciones…
Se hallaba sentado junto a un buen fuego, con un pedazo de queso de oveja en una mano y un trozo de pan en la otra, rodeado de una familia extraña, o así se lo pareció a él. Hablaban entre ellos en una lengua que no entendía; eran fuertes y casi todos tenían los cabellos claros, sin llegar a ser rubios, y los ojos entre grises y azules. «Extranjeros», pensó. Llegaban todos los días; algunos solicitados por los maestros constructores; otros, para huir del hambre y de las guerras. Algo llamó de pronto su atención. El padre del muchacho llevaba una chamarra de piel, vieja y sobada, pero, a la altura del hombro izquierdo, podía verse con claridad una pata de ánade marcada como si antes hubiese estado cosido allí un distintivo.
—¿De dónde venís? —preguntó picado por la curiosidad.
—De las montañas —respondió una mujer todavía joven que debía ser la madre del niño, aunque no lo había dicho.
—¿De los montes de Oca? —preguntó esperanzado.
—No. De más lejos.
—¿Del reino de Navarra?
—Del de Aragón. De una población llamada Jaca.
—¿Y qué hacéis aquí?
—Somos talladores —respondió con un deje de orgullo el chiquillo, ya recuperado del ataque.
—¿Talladores?
—Sí, tallamos la madera para las obras de la nueva catedral.
—Somos carpinteros de obra, como casi todos los que vivimos en este barrio; construimos los andamios para levantar los arcos y las bóvedas de los edificios, una labor imprescindible que precisa de gran destreza —
intervino el padre sin disimular su satisfacción—, porque un mal cálculo, un error y la obra de piedra se viene abajo al retirar la armadura de madera.
—Y somos talladores —insistió el niño.
El hombre esbozó una sonrisa y atusó con su manaza el cabello revuelto de su hijo.
—También tallamos vigas, figuras, sillerías…
Al decir esto, abarcó el interior con un gesto del brazo y don Ezequiel cayó en la cuenta de que no estaba en una vivienda al uso. La cabaña, bastante amplia, sólo tenía una pieza y más de la mitad era un taller de ebanistería, con mesas de caballete, herramientas, serrines y piezas a medio trabajar. El resto servía para cocinar, comer y dormir.
Regresó rodeando la muralla y entró en la ciudad por la Puerta de los Judíos para no tener que dar explicaciones a los guardias que cobraban el peaje a los viajeros que penetraban por la de San Martín. No fue a la casa de su hijo, sino que se dirigió a la morería y preguntó por un herbolario. Había prometido volver al arrabal con las hierbas para el niño enfermo. Un anciano le indicó una calleja sombría y se adentró por ella sin muchas esperanzas de encontrar lo que buscaba, pero, a media altura, descubrió una maceta delante de una portezuela de madera, y se detuvo maravillado ante un hermoso brezo cuyas flores violetas transformaban un lóbrego rincón en una explosión de color. No lo dudó y llamó a la puerta.
Hadi al-Suri resultó ser un doble de su añorado Yucé, incluso se le parecía en el físico: pequeño de estatura, sonriente, la barba bien recortada y los ojos amables. Los dos hombres simpatizaron nada más conocerse y el médico supo que aquel encuentro inesperado no se debía a la casualidad. Su amigo le enviaba una señal para tranquilizar su espíritu: alguien con quien hablar para aliviar su soledad. Para empezar, el herbolario le proporcionó un frasquito con un gotero para que su joven paciente tomara una gota diaria de un compuesto elaborado, entre otros ingredientes, con aceite de valeriana, tilo y cáñamo. Le sorprendió el uso de este último, el kalamo de Salomón mencionado en el Libro Sagrado, conocido como hashish entre los árabes, ya que su uso estaba prohibido tanto en los reinos de España como en Francia por sus efectos hipnóticos y por ser, según los poderes eclesiásticos, el bebedizo de magos y brujas.
—Es cierto que puede producir fantasías e, incluso, la locura si se abusa de él, pero, no te preocupes, no ocurrirá nada de eso en este caso porque la cantidad utilizada es irrisoria —afirmó el herbolario al hacerle él partícipe de sus dudas—. Con el cáñamo ocurre igual que con otras drogas: su uso controlado puede curar y el desmedido, matar.
Al cabo de un par de horas, ambos tenían la impresión de haberse conocido desde siempre, tal era su entendimiento. Los dos habían sobrepasado con creces la madurez, eran hombres de ciencia, afables y curiosos por aprender, y estaban solos. En algún momento, a don Ezequiel se le pasó por la cabeza el pensamiento de que sería feliz viviendo en aquel cuchitril, en compañía de un hombre tan parecido a él mismo, inmersos los dos en la experimentación y el aprendizaje, pero desechó la idea rápidamente. Sus respectivas comunidades no lo aprobarían y era muy duro verse rechazado por las propias gentes. No obstante, nada impedía que fueran amigos y que él acudiera a visitarlo.
—¿Qué sabes de los que viven en el arrabal que está al otro lado de la Puerta de San Martín? —le preguntó más tarde mientras bebían una tisana de romero con granos de anís en la trastienda, un espacio repleto de tarros de semillas, raíces y hojas secas en donde no faltaba un pequeño alambique
de cobre para destilar mezclas de líquidos para la elaboración de medicinas y perfumes.
—¿Los de San Pedro? Son leñadores y carpinteros, y se ocupan de los trabajos del maderamen para las obras de la catedral. Son tallistas hábiles y muy solicitados por los maestros constructores…
—Me han dicho que proceden del reino de Aragón…
—Proceden de la Jacetanía, las zonas montañosas vecinas al reino de Navarra, y no están bien vistos por los cristianos viejos.
—¿Por qué?
—Por las mismas razones que no lo estamos tú y yo.
—No te entiendo…
—Por motivos religiosos, querido amigo —el herbolario sorbió su tisana antes de proseguir—. He oído decir que sus antepasados eran paganos.
—¿Y los de quién no?
—Pero éstos lo han sido durante más tiempo y, aunque ahora son cristianos, existe una reticencia hacia ellos como hacia los conversos de nuestras dos religiones. Ya conoces el tema —el médico asintió—, pero a mí me parece buena gente.
De vuelta a la casa de su hijo, don Ezequiel no dejó de pensar en las casualidades de la vida. Había salido por la mañana con el ánimo decaído, deseoso de meditar sobre su futuro, y sus pasos lo habían llevado al bosque, y de éste al arrabal de los carpinteros, y de allí al callejón del herbolario.
Había tenido oportunidad de conocer a unas personas completamente diferentes y, desde luego, muy peculiares, pero él no creía en el azar; las cosas ocurrían siempre por alguna razón.
Al día siguiente recorrió el mismo camino. Llevó la medicina para el niño y volvió a compartir la comida de los artesanos; después fue a visitar a Hadi al-Suri y bebió una tisana de hierbas en su compañía. Y lo mismo hizo en las jornadas que siguieron. Ni su hijo ni su nuera mostraban echarlo en falta aunque dejó de presentarse a la hora de las comidas. Tampoco parecieron sorprenderse el día que les comunicó que se mudaba a una vivienda del arrabal de San Pedro, ni le preguntaron cómo la había
conseguido y de qué iba a vivir a partir de entonces. De hecho, creyó percibir una sensación de alivio en el rostro de Samuel y una alegría contenida en el de Sol. Su presencia durante aquellas semanas les había hurtado intimidad, y lo entendía. Prometió visitarles y les pidió que le comunicaran la noticia del nacimiento de la criatura en cuanto éste tuviera lugar. El arrabal no era grande y lo encontrarían sin problemas. Cogió su bolsa y se marchó con el corazón alegre. La vida le estaba dando una nueva oportunidad y no era cuestión de desaprovecharla.
Se instaló en una cabaña pequeña, colindante con la de la familia Ximenat, que ésta y otras habían adecentado para que él viviese en ella y le proveyeron de los muebles más esenciales: una cama, un arcón y una mesa, así como utensilios para cocinar y comer. También le aseguraron que nunca le faltaría leña para calentarse, ni caza y pesca para alimentarse. Se sintió plenamente feliz la primera noche que pasó en su nuevo alojamiento, contemplando desde su lecho el cielo estrellado a través del ventanuco por el que también entraba el frío. Disponía de postigo, pero quiso dejarlo abierto al menos aquella primera vez.
—¿Por qué no te quedas con nosotros ya que vienes todos los días a visitarnos? —le había preguntado Ximen Ximenat una semana antes mientras comían un guisado de liebre—. Mi hijo no tiene ataques desde que te ocupas de él, has curado ya varias heridas y la vieja Norma no ha vuelto a sentir ahogos desde que le diste el jarabe. Nuestras mujeres saben de hierbas, pero aquí no se dan las mismas que en nuestra tierra y necesitamos un sanador.
—No tengo licencia para ejercer en Burgos…
—El maestro Enrique, nuestro patrón, te la conseguirá.
—Tengo familia…
—¡Y poca memoria! —Rió el tallista—. ¿Ya no te acuerdas? Nos dijiste que tendrías que marcharte de su casa en cuanto naciera el hijo de tu hijo.
Era cierto. La buena compañía soltaba la lengua y él había hablado demasiado sobre asuntos que no interesaban a los extraños.
—Soy judío…
—Y a nosotros nos llaman agotes.
—¿Y eso qué es?
—Una de las razones por las que aceptamos la oferta del maestro Enrique ¡y ya llevamos con él veinte inviernos!
—¿Tiene algo que ver con esa marca? —preguntó señalando la señal en forma de pata de ánade de la chamarra.
Se mordió la lengua. No tenía por qué haberlo preguntado; ¿a él qué le importaba? Y sus amigos podían sentirse ofendidos, pero Ximen sonrió.
—Si te quedas con nosotros lo sabrás —respondió haciéndole un guiño
—. No pienses que somos criminales o algo por el estilo.
—No lo pienso.
—Entonces, ¡hecho! Arreglaremos la cabañuela de al lado y podrás trasladarte a ella cuando quieras.
Todavía se preguntaba por qué razón había aceptado la oferta. La principal, probablemente, era porque se sentía a gusto entre unas gentes que lo habían aceptado entre ellos sin hacer preguntas, hasta el punto de ofrecerle un sitio a su lado. Les había tomado cariño. Asimismo estaba el hecho de que en breve tendría que dejar la casa de Samuel y no sabía adónde ir. La comunidad no lo habría abandonado y le habría encontrado un sitio, pero no quería recibir la ayuda que la aljama destinaba a las viudas, los huérfanos y los pobres. Además, había notado sobre él miradas de recelo tras la llegada de un grupo de judíos procedentes de La Rioja. A buen seguro habían contado lo acontecido y su súbita desaparición. Nadie le preguntó nada, pero advertía cierta frialdad hacia él cuando acudía a la sinagoga. Y luego estaba el asunto aquel de la pata de ánade. No había vuelto a consultar sus notas sobre el jardín de la oca desde su marcha de Nájera. Había sido la causa de la muerte de Yucé Tob y había perdido el interés por él, pero ahora sentía de nuevo el gusanillo de la curiosidad y en la pequeña cabaña, rodeada de árboles, podría volver a empezar, o continuar con su investigación. Tardó en conocer el significado de la señal que Ximen lucía en su chamarra.
—Allí, en nuestra tierra, estábamos obligados a llevarla —le explicó el artesano un anochecer, cuando ambos permanecían junto al fuego mientras el resto de la familia, la mujer y los tres hijos, dormían desde hacía un rato
y él le recordó su promesa de hablarle de la huella de ánade que lo intrigaba
—. Era un pedazo de tela roja, que arranqué en cuanto salimos de Jaca.
—¿Por qué estabais obligados a llevarla?
—Para que se nos pudiese distinguir de los «otros»…
—¿De quiénes?
—De los cristianos de siempre.
—Pero… vosotros también sois cristianos.
—Lo somos, pero, al parecer, no lo suficiente.
Don Ezequiel notó un cierto deje de ironía, aunque también de tristeza en el tono de Ximen. No quería presionarlo; únicamente era locuaz al hablar de su trabajo. Permanecieron en silencio y estaba a punto de despedirse cuando el hombre comenzó a hablar con los ojos puestos en las llamas.
—Allí vivimos en un barrio separado de los demás; en la iglesia estamos obligados a mantenernos aparte, en el fondo, y se nos da de comulgar con unas pinzas de madera; no se nos permite participar en las fiestas, ni adquirir tierras o poseer ganados, ni unirnos con hombres o mujeres que no sean como nosotros; en los juicios la palabra de seis de los nuestros equivale a la de uno solo de los «otros», y nuestros difuntos son enterrados al borde de los caminos o en cementerios no consagrados, con los malhechores. Nos llaman leprosos, cretinos, mesillos y otros nombres parecidos, y dicen que tenemos rabo como los animales y que las manzanas se pudren cuando las tocamos.
El médico escuchaba estupefacto la lista de agravios que Ximen recitaba como una lección bien aprendida mientras manoseaba una manzana, lustrosa después de tanto frote, como queriendo demostrar el infundio que se les achacaba. Jamás había oído algo semejante entre cristianos. Claro que estaban los herejes, pero no era lo mismo. A los herejes se les perseguía y, en muchas ocasiones, se les ejecutaba, pero éstas no eran personas heréticas o renegadas puesto que asistían a la iglesia. ¿Por qué, entonces, una represión tan feroz contra sus propios correligionarios?
Ni judíos ni musulmanes sufrían un trato similar. Su padre le había hablado de las persecuciones en la época del visigodo Recaredo, que casi había acabado con todas las aljamas de la Península, y la posterior bonanza en
tiempos de los Abderramanes, que había finalizado bruscamente a la llegada de las hordas almohades, obligando a muchos de los suyos a huir a territorios cristianos. Desde entonces vivían en paz, a pesar de los impuestos especiales que gravaban a juderías y morerías y de los rumores que de ciento en viento se escuchaban en relación a ciertas leyes contra ellos. Y no eran pocos los hebreos médicos, científicos, secretarios y administradores que servían a los reyes, inclusive a los del reino de Aragón, de donde procedían los Ximenat. Los mudayyin, por su parte, aparte de ser excelentes alarifes y herbolarios, destacaban en la agricultura y en la confección de tejidos, y ambas comunidades podían adquirir tierras y casas en cualquier población del reino. No entendía, por tanto, que existiesen gentes, y por ende cristianas, a quienes se privaba de los mismos derechos.
—Y todo eso, ¿por qué? —preguntó sin saber qué otra cosa decir.
—Si he de serte sincero, lo ignoro, aunque intuyo que está relacionado con el hecho de que nuestros antepasados no muy lejanos fueran montañeses.
—¿Y qué tiene que ver que lo fueran?
Ximen esbozó un amago de sonrisa y le lanzó una mirada que no supo interpretar.
—¿Eres un hombre religioso?
La pregunta lo pilló por sorpresa. Suponía que sí, que era un creyente fiel, no especialmente devoto, pero que cumplía con sus obligaciones.
—Sí.
—¿Y por qué lo eres?
—¿Cómo que por qué lo soy? Porque así me lo enseñaron mis padres y a ellos, los suyos.
—Y si ellos hubieran nacido en un país sin frailes, ni curas, o lo que tengáis los judíos…
—Rabinos…
—Pues eso, sin rabinos que les enseñaran vuestra religión, ¿en qué habrían creído tus padres y los padres de tus padres?
—No sé adónde quieres ir a parar.
No le gustaban las conversaciones sobre la religión, ni sobre la suya, ni sobre las de los demás. Era un tema espinoso que no llevaba a ninguna parte puesto que cada cual estaba seguro de pertenecer a la única, verdadera y elegida religión. Por supuesto, él estaba convencido de que así era en su caso, pero jamás había intentado adoctrinar a nadie y no iba a empezar en aquel momento.
—Es muy sencillo, un hombre con tus conocimientos no debe tener dificultad alguna en comprenderlo —continuó el artesano—. Creerían en la tierra que pisaban, en los árboles, los montes y las cuevas, el sol y la luna, el día y la noche.
—Creados por Yahvé —aseveró don Ezequiel con solemnidad antes de añadir la oración que todo buen judío debía recitar dos veces cada día—:
« Oye. Israel, el señor es nuestro Dios, el señor es Uno».
—Creerían en lo único que les permitiría seguir existiendo —prosiguió el otro sin inmutarse.
—El Ser Supremo.
—La fertilidad.
—¿La fertilidad?
—De los campos regados por las lluvias y los ríos, de los animales y, naturalmente, de los seres humanos. Creerían en la Diosa Madre, vientre fértil, cobijo, dadora de alimentos, de medios para vestirse, para defenderse; dadora de vida.
Ximen lo observaba con los ojos entornados y aquella sonrisa que no llegaba a ser tal. Daba la impresión de que se divertía escandalizándolo.
—Eso es idolatría.
—Pues eso era en lo que nuestros predecesores creían y acaso sea la causa de que existan lugares en los que sus descendientes padecemos maltrato por parte de los cristianos viejos, aunque ni ellos ni nosotros conozcamos con precisión el motivo.
Así que Hadi tenía razón al decir que los carpinteros tenían antepasados paganos no muy lejanos. Y también Yucé, cuando aseguraba que todavía vivían gentiles paganos en las montañas.
—Pero… vosotros ya no creéis en esas cosas; quiero decir: en esa diosa de la que hablas…
—Nosotros somos buenos cristianos —reiteró el artesano. Y añadió con ironía—: ¡Qué remedio!
Esta última exclamación resonaba en los oídos de don Ezequiel mucho después de haberse metido en el lecho. Estaba fascinado. Ningún creyente fiel, fuese cual fuese su creencia, se expresaría de manera similar. Debía marcharse de allí sin falta antes de que el rayo divino cayera sobre él como sobre los pecadores que ofendían al Señor. Los paganos hacían magia y sacrificaban seres humanos; eran adoradores de Belial y Belcebú, estaban condenados al no-ser para toda la eternidad… y, no obstante… En las semanas que llevaba viviendo cerca de ellos, no había observado nada anómalo en los Ximenat ni en los demás habitantes del arrabal, todo lo contrario. Eran personas generosas y hospitalarias que trabajaban durante las horas de sol y se preocupaban por sus semejantes. Finalmente, decidió comentar sus dudas con el herbolario, y se quedó dormido a la hora en que sus vecinos iniciaban la jornada. Nada más despertarse, corrió a ver a su amigo y le confió lo que había descubierto la víspera.
—Todos los pueblos paganos han necesitado tiempo para convertirse, amigo mío. Unos más, otros menos, y cuanto más alejados de los demás han vivido, más han tardado. Puede que los carpinteros sean de estos últimos y todavía mantengan cierta forma de… pensar, heredada de sus mayores.
—Es difícil creer que después de tantos siglos haya gente que todavía siga unas doctrinas erróneas…
—Vosotros, nosotros, los cristianos… hemos sido bendecidos por las enseñanzas del Libro. No obstante, y lo sabes muy bien, cada uno de nosotros cree que la suya es la verdadera fe, pero… puede que haya algo más.
—¿No me irás a decir que dudas de tus creencias?
—¡En el nombre de Allah, clemente y misericordioso, mi fe es firme!
—afirmó Hadi ofendido—. Sólo digo que Dios, en su infinita misericordia, se muestre, quizás, de diferentes maneras a diferentes personas. No todos
somos iguales; el color de nuestra piel no es idéntico, hablamos lenguas distintas, tenemos gustos dispares…
—Pero todos creemos en un Ser Supremo.
—También ellos… Y si lo piensas bien, la creencia en una Diosa Madre no es tan descabellada; resulta incluso natural. A fin de cuentas, vuestros profetas, nuestro Muhammad. Allah lo bendiga y le dé la paz, el Īsā de los cristianos… todos tuvieron una madre.
Dio un rodeo para dirigirse a la casa de Samuel. Había ido a buscarlo la víspera para invitarlo a comer y era todavía temprano. Iban a celebrar el nacimiento de su nieta, «una niña preciosa de grandes ojos asombrados», de acuerdo con la descripción del orgulloso padre. Había nacido el mismo día que había caído la primera nevada, un buen presagio. Pese al engorro que suponía para moverse y el frío en los pies, la nieve era un regalo del cielo: preparaba los campos para el cultivo, limpiaba el aire y producía los pozos de agua, tan necesarios durante el largo período del estío. Su hijo le informó que, después de mucho pensárselo y de haber consultado con el rabino, la madre y la abuela habían decidido ponerle un antiguo nombre hebreo, Anna, que significaba «la gracia de Dios». Él hubiese preferido Deborah, el nombre de su difunta mujer a la que, cuanto más viejo, más en falta echaba, pero no quiso inmiscuirse en la elección. Los hijos eran asunto de los padres y, especialmente, de la madre, transmisora del linaje y de la sangre en la tradición judía. Esto le llevó a pensar en Ximen y en su sorprendente afirmación sobre las creencias de sus antepasados. Había mencionado la fertilidad, el vientre de la diosa, dadora de vida… Puede que Hadi no estuviera descaminado al juzgar con benevolencia la fe de los antiguos paganos o… de los que todavía lo eran.
Ensimismado en sus cavilaciones, caminó un trecho sin fijarse en la dirección que tomaban sus piernas y fue a desembocar a las obras de la nueva catedral. Durante un buen rato, y junto a otros curiosos, contempló el trajín de canteros, albañiles, carpinteros, mozos de acarreo y demás trabajadores que se afanaban en la fábrica como hormigas en torno a un hormiguero antes de que el frío impidiese el trabajo. La nieve caída había trocado el piso en un barrizal que dificultaba la actividad y los trabajadores
llevaban pies y manos envueltos con paños. Iba ya para treinta años desde el comienzo de las obras y podía decirse que el templo no tardaría muchos más en ser consagrado. Los burgaleses estaban muy satisfechos del resultado; su catedral sería la más bella del reino. Comenzaba a no sentir los pies y decidió que era hora de conocer a su nieta. Echó una última mirada hacia el magnífico pórtico coronado por tres arquivoltas con figuras de músicos y ángeles, deteniéndose a continuación en la figura de Jesús, en las de los apóstoles y en la del obispo situado en el parteluz que dividía la puerta de entrada. Era una gran obra, en verdad, y sonrió al recordar las explicaciones de Ximen Ximenat sobre la importancia del trabajo de los carpinteros a la hora de construir el armazón sin el cual aquella maravilla no sería posible. La sonrisa se le heló en los labios. Allí, delante de la puerta, en conversación con un hombre cargado de planos, estaba el hombre que había destrozado su vida, le había robado la paz y el respeto de su comunidad, había mancillado su hospitalidad y asesinado a su mejor amigo.
La luz del sol proyectaba la sombra alargada de Robert de Reims en la puerta de la catedral y sintió un escalofrío que no supo si achacar al frío o a la visión de Azazel, el espíritu maligno, en persona.
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