El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 15 de 27

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El jardín de la Oca

La Virgen Blanca

Rememorando escenas presenciadas en su niñez y presa de terribles temores, Alazaïs Gauti corrió tan deprisa como sus piernas se lo permitieron y no detuvo la carrera hasta hallarse en el pequeño cuarto que ocupaba en la trasera de la imponente mansión del ricohombre Lázaro Gaífer, en la zona reservada a la servidumbre. No había llorado desde hacía tres años; desde el día que despertó y supo que Eder se había marchado para no volver. Entonces juró no derramar una lágrima nunca más, pero la visión de unas personas a las que apreciaba maltratadas, arrastradas por las calles como vulgares criminales y cuyo futuro era la cárcel, o la hoguera en el peor de los casos, abrió las viejas heridas nunca cicatrizadas por completo. Lloró, con la cara escondida en la almohada para que nadie escuchara sus gemidos, por sus parientes y vecinos asesinados allá en Occitania cuando ella era una niña; por el dolor de sus padres, obligados a abandonar la tierra que amaban, por el suyo propio, pobre criatura aterrorizada que no entendía lo que ocurría; lloró por su amor malogrado sin haber dado fruto, por su soledad y la de todos los seres solitarios que no dejaban huella de su paso por la vida. Y su llanto únicamente se calmó cuando el cansancio pudo más que su pena y se quedó dormida.

Despertó temprano, asió la jarra y llenó la palangana; se desnudó y procedió a lavarse el cuerpo. El agua estaba helada, pero siempre lo estaba.

Sólo los señores y sus invitados tenían derecho a agua caliente. No obstante, la señora exigía que sus sirvientes mostrasen en todo momento caras y manos limpias, y ropas impolutas. Más de uno había sido despedido por no ser lo suficientemente aseado. A ella le gustaba sentirse limpia y no

le asustaba el agua fría, ni siquiera en invierno. Le traía recuerdos a la memoria, ríos de aguas transparentes cortantes como hojas de cuchillo que amorataban la piel, ropas mojadas al intentar pescar truchas con las manos, risas y chapuzones. Tenía que regresar; echaba en falta a sus padres y a sus amigos, los bosques y las praderas de hierba siempre verde, el olor del aire, el sonido de la rueca de la madre, las historias del padre, las noches junto al hogar…; y lo haría, pero todavía no. No tenía valor para enfrentarse a los suyos. Más adelante quizás… Sacó del arcón su otra falda, una camisa limpia, una chaquetilla de paño y un par de medias; se recogió el cabello en un moño prieto, se colocó el pañuelo en la cabeza y salió del cuarto con la ropa que no se había quitado al quedarse dormida para lavarla y plancharla.

En la cocina, la guisandera y su ayudante llevaban ya un buen rato trabajando. Habían puesto a calentar una olla repleta de agua para el aseo de los señores y mientras la una amasaba la pasta para el pan, el otro se encargaba de pelar las habas que llenaban un cesto enorme. La joven bebió un cuenco de leche y mordisqueó un pedazo de bollo, sobrante del día anterior, y fue a preparar la mesa para el desayuno de los señores.

—¿Quién te dio permiso para salir ayer por la noche? —fue el saludo de la señora cuando, algo más tarde, entró en la sala de las comidas con el jarro de leche caliente.

—Vos misma —respondió sin alterarse.

Estaba acostumbrada a las salidas de tono de la mujer a quien conocía desde que ambas eran niñas. El padre de ella la había enviado a educarse con las monjas y no habían vuelto a verse hasta muchos años después, cuando ambas eran ya mozas y suspiraban por el mismo hombre. La señora había sido la afortunada, pero ¿quién podría compararse a ella? La miró con la misma admiración con la que contemplaba un bello objeto de arte, una arqueta labrada, una joya exquisita. Su apariencia era perfecta; la piel blanca, los cabellos rubios naturales trenzados y recogidos en una redecilla de hilos de oro y perlas, el brial de talle alto, del mismo color azul que sus ojos, rebordeado con pasamanería. A su lado, cualquier mujer desmerecía y ella misma parecía una pobre aldeana.

—La niña tosió y te recuerdo que tu obligación es cuidar de ella.

—Dijisteis que no me necesitabais y que podía hacer lo que bien me pareciese —replicó en un tono neutro de voz.

—Pues la niña tosió —insistió la señora.

—Los niños tosen y no pasa nada.

—No sé por qué te mantengo a mi lado; eres una desagradecida. Ve a despertar a mi hija.

No respondió. Vertió la leche en el cuenco, cortó una rebanada de pan recién hecho, lo untó con mantequilla y miel, hizo una ligera reverencia y salió de la sala de comidas, preguntándose una vez más por qué razón permanecía en aquella casa, aunque de sobra conocía la respuesta. Subió a la habitación de la niña y descorrió las cortinas. La pequeña dormía abrazada a la muñeca de trapo que ella misma había confeccionado con unos retales. Se acostó a su lado y le susurró al oído que era hora de despertar, de abrir los ojos a un nuevo día repleto de sorpresas y cosas buenas. Se acercarían al río y cogerían flores para trenzar coronas de princesas; luego irían al convento de las monjas a por las yemas de santo que tanto le gustaban al señor Gaífer, y pasarían a visitar a maese Lucien para comprobar si ya había acabado de esculpir los ángeles de la catedral.

Maddi abrió unos ojos llenos de sueño, la miró y ella se perdió en su mirada gris, diferente a la de su madre, igual a la de su padre. Era el fruto de un amor que debería haber sido suyo y el único motivo por el que permanecía lejos de sus prados y montes, lejos de las personas que amaba. Algún día, cuando fuera mayor, le diría que su padre no era el rico Lázaro Gaífer, sino un hombre humilde, un artesano capaz de soplar vida a la piedra y a la madera, igual que Dios se la había soplado a un pedazo de barro.

Fueron, en efecto, a la orilla del río. El frío era todavía intenso, sobre todo por la noche, y los jacintos y lirios silvestres apenas asomaban cuatro dedos de altura, pero hicieron anillos y pulseras urdidos con tallos de ajos salvajes y acudieron después al convento de las monjas. A la niña le encantaba tocar la campanilla, esperar a que se abriera la tronera defendida por una reja y asomara el rostro de la hermana portera para decirle que venían a por yemas de santo. Colocaban entonces en el torno la canastilla con una pieza de plata dentro y el cesto y la moneda desaparecían. Al rato,

aparecía el cesto sin la moneda, pero lleno de yemas. Maddi reía y aplaudía encantada como cuando por la fiesta de San Froilán, el santo patrono, contemplaba maravillada los juegos malabares de los cómicos en la plaza del Mercado. Y Alazaïs reía con ella. Aquellos momentos, a solas con la niña, escuchando su risa y viendo la alegría en sus ojos, compensaban su falta de libertad y su añoranza. A continuación, pasaron por un puesto de especias y compraron media onza de canela, un ochavo de clavo, otro de pimienta y un saquito de hierbas mezcladas: tomillo, ajedrea, mejorana y orégano, encargados por la guisandera. A los señores les gustaban los alimentos bien especiados, aunque la mujer opinaba que el ajo era lo mejor y el único condimento necesario, además de que, todo el mundo lo sabía, alejaba la peste. Finalmente, se dirigieron a la obra de la catedral, un secreto que las dos compartían. La señora Gaífer les había prohibido volver por allí cuando, tras la primera visita, la pequeña le habló entusiasmada de las flores, los animales, los ángeles que brotaban de la piedra. Aquel lugar —

afirmó recriminando a la nodriza—, lleno de polvo y barro, de rudos menestrales, groseros y malhablados, no era el apropiado para su hija quien, algún día, heredaría la inmensa fortuna de su padrastro. La hija del maestro Bisol renegaba de sus orígenes, se avergonzaba del oficio que había dado renombre a su padre y le había permitido matrimoniar por dos veces y, en ambas, con hombres acaudalados. Nunca hablaba de él y había adoptado el apellido de su marido, pero Maddi era nieta e hija de constructores y, a la vista estaba, tenía una imaginación desbordante. Le encantaba dibujar con su lápiz de grafito, «construir» casas con la pasta de harina y agua que le preparaba la cocinera, con la tierra del huerto o con la arena que el maestro Lucien le había regalado en una bolsa de tela.

Había sido tal la sorpresa al encontrarse cara a cara con el cantero que, en un principio, creyó haberse confundido de persona. ¿Qué hacía en León el antiguo oficial del maestro Bisol? Lo había conocido después de que los Bozat se hubieran trasladado a Baztan y sus padres y ella se hubieran instalado en su cabaña de San Esteban de Baigorri. El hombre acudía a verlos a menudo porque necesitaba hablar con alguien con quien tuviese algo en común, y en su propia lengua. Por él supieron la triste historia de la

esposa del constructor, una cátara juzgada y quemada viva en el norte de Francia, y también la no menos triste de Elaia Bozat, una agote ahogada en el río durante la estancia en la región de un personaje siniestro, un antiguo inquisidor dominico, el mismo que había ordenado la ejecución de la mujer de Bisol: Robert Lepetit, llamado «el bugre», culpable asimismo, como después supo, de la muerte del constructor. Ella era entonces muy joven, pero lo escuchó con atención y sus palabras quedaron grabadas en su memoria, porque aquella mujer, Elaia, era la tía de Eder, el muchacho que le había salvado la vida, a quien había jurado seguir como los lobos al jefe de la manada y a quien había amado, y amaba, con todas sus fuerzas desde que tuvo edad para comprender lo que era el amor. Él la quería como a una hermana, pero eligió a otra para amar como mujer y le hizo el regalo de la preciosa criatura que ella cuidaba desde su nacimiento. Maddi era lo más cerca que podía estar de él, era su carne y su sangre, y apuraba cada instante que pasaba a su lado porque no sabía cuánto tiempo más podría hacerlo. Su madre pensaba enviarla a un convento de monjas para que se educara hasta que fuera hora de matrimoniarla. Esperaba entonces tener el ánimo suficiente para despedirse de ella a sabiendas de que nunca más volvería a verla, pero así era la vida. El encuentro con el maestro Lucien había supuesto un pequeño rayo de luz, una vuelta a su pasado, pero únicamente podía estar con él cuando salía de paseo con la niña y esto no ocurría a menudo. Entonces, mientras la niña admiraba las figuras e intentaba imitarlas golpeando un pedazo de piedra con un mazo y un cincel pequeños, especiales para los detalles que requerían precisión y aptos para sus pequeñas manos, ella hablaba con el viejo maestro de la piedra y juntos evocaban la tierra que los había acogido a ambos en su huida desesperada, lejos de la maldad.

Apresuraron el paso al ver al hombre bajo el tejado de paja del cobertizo, concentrado en su trabajo, pero el corazón le dio un vuelco; se le cortó la respiración y tuvo que detenerse. Cerró los ojos y volvió a abrirlos para cerciorarse de que no sufría una alucinación. Allí, en el banco de cantero, estaba Eder Bozat con un pañuelo anudado a la frente sujetándole el cabello que le llegaba a los hombros y la barba espesa. Habían

transcurrido más de cuatro años desde la última vez que lo había visto, pero habría podido reconocerlo aunque hubiese pasado una eternidad. Asió con fuerza la mano de Maddi, que ya se dirigía hacia él, y regresaron a casa en medio de las protestas de la niña que no entendía por qué no la había dejado ver a los ángeles del maestro Lucien. Pasó el resto del día distraída, incapaz de centrarse en sus tareas; salió al huerto trasero en cuanto acostó a la niña y no volvió a entrar hasta que ya era noche cerrada. No dejaba de darle vueltas a la cabeza, pero no podía pensar. Tenía que verlo para cerciorarse, aunque fuera en la distancia. Había estado pensando en él con tanta intensidad aquel día que, quizás, la imaginación le había jugado una mala pasada. De todos modos, transcurrirían varias jornadas antes de que la señora le permitiera una nueva salida.

El día siguiente amaneció con un cielo gris y con aspecto de ir a descargar una buena tromba en cualquier momento. La señora la envió a la calle de las Zapaterías a por un par de borceguíes que tenía encargado.

Cogió su manto de lana, se cubrió la cabeza y parte de la cara con él y salió disparada ante la sorpresa de la patrona, poco acostumbrada a ser obedecida con la suficiente premura. En más de una ocasión, la joven había dejado claro que ella era la nodriza de la niña, no una sirvienta. Corrió hacia el barrio judío y recogió el calzado; después, dio un pequeño rodeo para pasar por delante del taller del tejedor. Estaba cerrado y la puerta había sido precintada con el sello del obispo. Sintió un escalofrío al imaginar lo que él y los demás detenidos estarían sufriendo en la cárcel episcopal. De todos ellos, sólo Diego Díaz sabía su nombre, pero ignoraba dónde vivía y, de todos modos, dudaba de que el hombre hablara. Era un buen cristiano convencido de que la muerte era únicamente la puerta de entrada a la Gloria y soportaría el martirio sin delatar a los compañeros que no habían sido hechos presos. Lo había conocido de manera fortuita al acompañar a los señores a encargar una alfombra. Una frase dirigida a un aparente cliente, un intercambio de gestos entre él y uno de sus operarios mientras ella y la niña admiraban la habilidad de los tejedores evocaron en su memoria un tiempo casi olvidado. Volvió al taller en la primera oportunidad que se le

presentó y, en dicha ocasión, fue ella quien dijo la frase e hizo el gesto.

Tenía poco en común con aquellas personas que se reunían alrededor del evangelio de San Juan y rezaban el Padrenuestro, pero le recordaban a sus padres y, a su lado, se sentía en paz. Se arrebujó en el manto y se encaminó con paso rápido hacia la catedral. La lluvia cayó de pronto obligando a los viandantes a refugiarse en los portales y soportales, pero ella continuó andando. Había un hombre trabajando en el banco del maestro Lucien, pero estaba de espaldas y no podía verle el rostro. Mantuvo el aliento y se aproximó al cobertizo a pesar del barrizal en que se había convertido la plaza en pocos minutos y de que se hundía en los charcos hasta los tobillos.

El hombre se giró.

—¡Alazaïs! ¡Por Dios bendito! ¡Te estás empapando!

Lucien Maurice la agarró por un brazo y la obligó a cobijarse bajo el tejadillo de madera y paja.

—¿Se puede saber qué haces aquí con esta lluvia?

—He ido a recoger un encargo…

Le mostró el envoltorio de tela; chorreaba agua y no quiso ni pensar en qué estado se hallarían los borceguíes. Miró a su alrededor esperando verlo, pero allí sólo estaban ellos dos, y suspiró aliviada. El artesano que había visto la víspera sería uno de los ayudantes del cantero, tenía que serlo.

—¿Te acuerdas de Eder, el hijo del viejo Manex Bozat, el que te salvó de caer por el precipicio?

La pregunta la pilló desprevenida y fue incapaz de responder.

—Pues, adivina qué —prosiguió Lucien—: Está en León. Apareció hace unos días, dándome una buena sorpresa. Viaja hacia el Ponteferrato, pero puede que se quede hasta que haya acabado un trabajo que le he encargado.

Al decir esto, el hombre señaló con el dedo la imagen femenina con un niño sentado en su brazo izquierdo en la que ella lo había visto trabajar, sólo que ahora tenía rostro. De forma instintiva, la joven alargó la mano y acarició la piedra. Sonrió. Así que él había vuelto a tallar; había cogido de nuevo los útiles abandonados a raíz del incendio y de su herida en el hombro, aunque, en el fondo, estaba convencida de que la razón para negar

su arte se debía a la decepción y al desamor. Quizás había olvidado a la madre de su hija, tal vez todavía quedaba un resquicio a la esperanza.

Aunque… aquel rostro inacabado…

—¿Le habéis dicho que yo también vivo aquí?

—La verdad es que no he tenido la oportunidad. Los hombres, ya sabes, somos distraídos, pero si esperas, tú misma se lo dirás. No tardará en llegar; ha ido al almacén a por piedra de lija.

—Sí…

Sonrió, el corazón acelerado como el de la novia ilusionada que espera la llegada del amante. Le saludaría como si tal cosa…, no le diría nada…, se le quedaría mirando y esperaría a que él la reconociese… Un pensamiento cruzó por su cabeza y borró su sonrisa. No debía saber que ella vivía en León, que la hija del maestro Bisol vivía en León.

—¡He de irme! —exclamó.

—¿No puedes esperar un poco?

—No, no. Y, maestro Lucien, por favor no le digáis a Eder nada sobre mí, ni… sobre la dama Gaífer.

—¿Por qué?

—Ya os lo explicaré otro día, pero prometedme que no le diréis nada, os lo ruego, por él y… por mí.

—¿Hubo amores entre vosotros? —preguntó el hombre en tono divertido.

—¡Juradme que no le diréis que nos hallamos en la ciudad!

—Lo juro, ve tranquila, pero me debes una explicación.

Lucien la vio salir corriendo, chapoteando en los charcos y manchándose las sayas de barro. Para él era una hija, una sobrina, alguien muy cercano, y envidiaba su juventud; le quedaban muchos años por delante, tantos como a él empezaban a faltarle, y deseaba que fuera feliz.

Arrugó el entrecejo. No le agradaba que trabajara para la dama Gaífer. La criatura a quien su mujer y él habían cuidado mientras su madre era quemada en la hoguera, a la que él mismo había llevado en brazos durante el interminable viaje en busca de una nueva vida, en carro a través de Francia, se había convertido en una dama rica y altanera. Una sola vez

habían coincidido en León, el día que en compañía del obispo, el gobernador de la plaza y el maestro Enrique, ella y su marido había visitado las obras. Quedó paralizado al verla porque era fiel retrato de Madeleine, su madre, a quien nunca había olvidado, si bien aquélla tenía los cabellos rojos y ésta era rubia. El señor Gaífer la llamó por su nombre, Alix, para mostrarle la capilla que pensaba costear y las dudas se disiparon. Todos y cada uno de los días pensaba en el maestro Bisol. Sus vidas habían estado unidas durante la mitad de su existencia, resultaba imposible desligar una de la otra, y su hija era parte de ellas. Se aproximó emocionado, con los brazos extendidos, pero ella se limitó a mirarle con indiferencia cuando él le dijo en francés quién era.

—Sí, tu cara me resulta familiar —respondió en la misma lengua. Y

después miró hacia otro lado.

Quedó anonadado. Lo había tuteado como si él fuera un simple menestral; como si ella fuera una reina y él su vasallo. No la había vuelto a ver y tampoco sentía ningún deseo de hacerlo. Una persona que renegaba de su pasado, de su familia y de las gentes que bien la querían, no merecía el mínimo interés por su parte. Alazaïs, sin embargo, sí lo reconoció. Se hallaba algo apartada del grupo principal, en compañía de otros servidores, y llevaba a la pequeña Maddi en sus brazos. Al observar la displicencia de su señora, se le acercó y le tocó el brazo.

—Buenos días, querido maestro Lucien —le dijo—. Soy Alazaïs Gauti.

¿Os acordáis de mí?

Por ella supo de la muerte de Bisol, aunque no le dio detalles, y de su presencia en León como nodriza de su nieta. No pudieron hablar mucho porque la dama Gaífer le ordenó regresar a casa con la niña, pero, siempre que podía, aparecía por el cobertizo y juntos rememoraban otros tiempos, buenos y malos. Nunca, empero, hasta hoy había mencionado a Eder Bozat.

—¿Qué miráis con tanta atención?

Lo sobresaltó la voz del navarro a su espalda. Tenía la vista fija en el camino de barro en el que todavía estaban visibles las pisadas de la joven.

Un minuto antes y ella y su antiguo aprendiz se hubiesen encontrado…

—Pensaba… ¿Te acuerdas de aquella familia de cátaros a la que tú y los tuyos ayudasteis a llegar a Baigorri?

—¿Los Gauti? ¿Por qué se os ha ocurrido pensar ahora en ellos?

—Quién sabe… Uno se hace viejo y le vienen a la memoria recuerdos que creía olvidados… ¿Qué fue de ellos?

—Viven en Bozate, junto a mi familia.

—Creo recordar que tenían una hija…

Notó que el joven vacilaba antes de responder.

—Sí, Alazaïs.

—¿También está ella en Bozate?

—No.

No insistió. El tono cortante del montañés era muy significativo y ya habría ocasión de volver sobre el asunto. Lo vio atarse el pañuelo a la frente, colocarse el mandil, asir el mazo y el cincel y centrarse en el trabajo para ahuyentar un pensamiento que, estaba convencido, lo inquietaba.

El cantero cogió el dibujo realizado por Bisol años atrás. El maestro Enrique le había encargado dirigir los trabajos del portal central y elegir a los mejores artesanos para llevarlos a cabo. Había realizado él mismo los bocetos de la puerta, las arquivoltas, el tímpano y la imagen de María y el Niño que iría colocada en el parteluz, pero así como las demás figuras aparecían con todo tipo de detalles, la Virgen sólo estaba esbozada.

—No sé exactamente cómo la quiero —afirmó el arquitecto—. Quizás a ti se te ocurra algo.

En sus muchos años de trabajo, casi toda su vida, había aprendido el arte de la talla, pero conocía sus límites. Él nunca sería un creador; le bastaba con ser un buen imitador e intentar reproducir de la forma más perfecta posible los diseños de otros maestros tallistas más hábiles. Tenía guardados, como si de un tesoro extraordinario se tratara, algunos de los bocetos y planos de Bisol. Los llevaba siempre con él y no los había ojeado desde hacía tiempo, pero quizás en ellos encontraría una idea. No tardó en descubrir lo que buscaba. Después de la muerte de su mujer, el maestro había querido tallar su retrato para recordarla y, asimismo —en opinión de Lucien—, para vengarse. Su venganza consistiría en que la efigie de una

hereje cátara, víctima inocente de la crueldad, presidiese la entrada de uno de los templos levantados a la gloria de Dios por aquellos mismos hombres que enviaban a la hoguera o contemplaban arder vivos a sus semejantes olvidando el quinto de los Mandamientos. Lo había visto dibujar varios bocetos para romperlos a continuación, insatisfecho del resultado. El que tenía en las manos era el más perfecto de todos; incluso estaba coloreado.

También lo había roto, pero él lo había recogido del suelo, pegado y guardado a la espera de que el ánimo dolido del constructor se serenase, algo que nunca llegó a ocurrir.

—¡Es magnífico! —exclamó entusiasmado el maestro Enrique cuando él se lo mostró.

No preguntó si era obra suya o de dónde lo había sacado, o por qué se veía con claridad que había sido roto, y él tampoco se lo dijo. Sería un homenaje secreto a su difunto amigo, a él y a todos los mártires de la intolerancia religiosa. Jamás había realizado una figura semejante. Hizo un plano a tamaño natural con las medidas exactas, todos los detalles: los pliegues del vestido y de la túnica, la corona, el velo, el cabello rizado del rapaz… Presa de excitación, él mismo desbastó el bloque de alabastro traído desde el valle del Ebro, un material más blando que el mármol, pero también más quebradizo. No permitió que sus ayudantes realizaran una labor que cualquier buen cantero habría llevado a cabo sin mayores contratiempos, y le dio forma. Sin embargo, no se atrevió a tocar la parte superior y comenzó por la parte de abajo hasta acabar en la figura del Niño y las manos de su Madre, y se detuvo. Se sentía muy orgulloso; lo ya realizado se parecía como una gota a otra al dibujo, pero no prosiguió con el trabajo. Faltaba la cabeza coronada de la Madonna con el cabello oculto bajo un velo por el que asomaban unos mechones. Era demasiado hermosa; era Madeleine tal y como él la recordaba y temía no hacerlo bien, fallarle a su difunto amigo. La dejó apartada en un rincón y se dedicó a las arquivoltas, pero un día el maestro Enrique le urgió a acabar la imagen: quería verla terminada para mostrársela al obispo y a los benefactores de las obras, todos ricos comerciantes de la ciudad, y todavía faltaba encarnarla y policromarla. Ocurrió el día que Eder Bozat apareció vestido de

gentilhombre y no le cupo la menor duda de que era su querido Geoffroy Bisol quien lo enviaba para concluir la obra. Y había acertado. No bastaba con copiar un boceto y hacerlo exactamente igual; era preciso insuflarle vida. Eso era lo que diferenciaba a un verdadero artífice de un mero artesano. El joven navarro, cuyos ojos cambiaban de color según el estado de su alma, al igual que el cielo azul se volvía gris oscuro al aproximarse la tormenta, había transformado un pedazo de piedra en el más maravilloso rostro femenino que jamás había visto: su hermosura era tal que aprovechaba la ausencia del tallista para acariciarlo. Era Madeleine, sí; eran sus rasgos: el óvalo de la cara, la nariz recta, el mentón pequeño, la frente amplia, el cuello esbelto, la mirada amable… pero había algo más que no alcanzaba a discernir.

Observó a Eder que trabajaba en el cabello de la imagen y en el velo que lo enmarcaba, ajeno a todo lo que lo rodeaba: los ruidos de la obra, los gritos de los compañeros, las miradas de los curiosos, a él mismo. Llegaba en cuanto clareaba y no dejaba de trabajar hasta el atardecer, cuando la luz natural resultaba insuficiente. No habían vuelto a hablar largo y tendido desde su primer encuentro y tenía la impresión de que el joven se arrepentía de haberlo hecho partícipe de sus confidencias en un momento especialmente emotivo. La llegada inesperada del maestro Enrique interrumpió sus cavilaciones, no así el trabajo del joven que continuó golpeando la maza como si estuviese solo en el mundo. El constructor venía acompañado por el señor Gaífer a quien, al parecer, quería mostrar el avance de las tallas. El cobertizo era el de mayores dimensiones de los levantados en la plaza y en él trabajaban media docena de canteros tallistas.

Los dos hombres fijaron su atención en las arquivoltas, las tallas de los apóstoles y el tímpano, que se hallaba en sus preliminares. Únicamente al salir, se detuvieron ante la imagen de la Virgen, colocada junto a un vano por el que penetraban los rayos del mediodía y permanecieron mudos de admiración.

—¿No os había dicho, querido Gaífer, que era excepcional? —preguntó el constructor—. Había visto el boceto, pero la realización lo supera con creces.

—En efecto, es extraordinaria. Nunca he visto perfección semejante.

—Es obra del maestro Lucien Maurice, mi mano derecha y, a veces también la izquierda —rió el maestro Enrique satisfecho.

—La cabeza es obra de… mi ayudante —se vio éste en la obligación de aclarar—. El tallista más hábil que conozco.

—Nunca lo había visto por aquí…

El maestro Enrique observaba con curiosidad al artesano, quien continuaba trabajando, ajeno a la conversación.

—En realidad, está de paso. Nos conocemos hace muchos años; fue mi discípulo y ahora, tengo que reconocerlo, él es el maestro y yo el aprendiz.

—¿No le encontráis cierto parecido con mi esposa? —interrumpió Gaífer.

Se había aproximado al rostro de la imagen y lo examinaba con atención. A Lucien se le atragantó la saliva. ¿En qué había estado pensando? La mujer del mercader se parecía a su madre, aunque sus rasgos eran más duros y, desde luego, no tenía ni la mirada ni la sonrisa de Madeleine.

—A veces ocurre…

—Tengo que traerla para que lo vea. Seguro que le complacerá tener el rostro de una Virgen, aunque ella esté lejos de serlo —rió con grosería.

—Será un honor… traedla cuando os plazca, pero no os olvidéis de avisarme la víspera para que adecentemos un poco el taller. Está lleno de polvo y no es sitio para una dama…

Con un ademán imperceptible, el cantero había animado al caballero a salir del cobertizo. Debía evitar que mencionase el nombre de su mujer.

Alazaïs le había hecho prometer que Eder no sabría de la presencia de ninguna de las dos en León, pero Alix no era un nombre común en aquellas tierras y llamaría su atención.

—Ese tallista… —el maestro Enrique salió detrás de ellos—, ¿cómo se llama?

—Bozat, se llama Bozat.

—¿Es francés?

—Navarro.

—¿Y dices que está de paso? —Lucien asintió con la cabeza—. Tengo que hablar con él y rogarle que se quede por aquí algún tiempo. Pagaré generosamente su trabajo. Quiero qué talle otra Virgen.

—¿Otra?

—Sí, para la puerta de la fachada del lado norte. Así una verá el amanecer y la otra el anochecer.

—¡Bonita idea! —exclamó Gaífer—. ¿Y ésta? ¿Ya tiene nombre?

—Es una Virgen Blanca.

—¡Todas lo son!

—No todas, amigo mío, no todas…

El maestro Enrique guiñó un ojo a Lucien y condujo al comerciante al taller de los maestros de la madera.

—¿Quiénes eran?

La pregunta de Eder sorprendió al cantero.

—Creía que no te enterabas de nada cuando estabas a lo tuyo.

—Es difícil no enterarse si te echan el aliento en el cogote.

—Eran el maestro constructor Enrique, el responsable de toda la obra, y uno de los ricachones que la pagan.

—¿De verdad que era así?

El tallista tenía los ojos fijos en la imagen.

—¿Quién?

—La esposa del maestro.

—¿Cómo sabes que…?

—Recuerda que viví muchos años a su lado. Lo vi, obsesionado, realizando esbozo tras esbozo sin que ninguno llegase nunca a gustarle, y todos eran similares.

—Sí, se le parece bastante.

—Me alegra saberlo. También su hija… —el navarro enmudeció, cogió aire y continuó—: Podríais hacer otra figura que se pareciese a él… la que esté más cerca. Así, al menos, volverían a estar juntos.

—Hazla tú.

—No, yo he de proseguir mi viaje.

—¿Un viaje sin retorno?

—Quién sabe…

Se marchó a media tarde, luego de limpiar el cabello de la imagen con una brocha y su rostro con un paño impregnado en aceite de oliva. Lucien lo oyó silbar mientras se alejaba y sonrió. Desde su reencuentro, era la primera vez que lo veía contento.

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