El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 10 de 27

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El jardín de la Oca

Los maestros de la madera

Los Ximenat acogieron a Eder Bozat como uno de los suyos, y así se sintió él en su compañía. Tenía la impresión de que los conocía desde siempre, a ellos y al resto de los pobladores de San Pedro. Al contrario que él, eran buenos cristianos y acudían a la iglesia todos los domingos, vísperas y fiestas; eran generosos con sus limosnas, pero vivían apartados, fuera de las murallas, y raramente se mezclaban con otros artesanos y, menos aún, con quienes no lo eran. Sin embargo, nadie los insultaba o atacaba, nadie los llamaba leprosos o les prohibía moverse con libertad y no se les obligaba a matrimoniar con los de su «clase», cualquiera que ésta fuera.

—Pero en nuestra tierra, sí que sufríamos la diferencia —le informó Ximen—, por eso la abandonamos con harto dolor, si bien no podemos quejamos de cómo nos ha ido. Nunca nos ha faltado trabajo gracias a los freires.

—¿Los freires?

—Sí, los monjes soldado, los templarios y los hospitalarios, sobre todo los primeros. Son grandes constructores y emprenden obras en los lugares donde se establecen: caminos, puentes, encomiendas, granjas, fortalezas…

Lo sabía muy bien. Había visto la encomienda de Gares y la granja de Dorreaga; había vivido entre ellos tan sólo tres inviernos atrás, aunque aquella época le pareciera ahora tan lejana.

—Pero vosotros trabajáis en las obras de la catedral… ¿También la construyen los templarios?

—No, pero el maestro Enrique tiene una relación estrecha con la Orden, consulta a los freires cuando precisa carpinteros y canteros, y ellos nos

mandan recado para que acudamos a donde se nos necesita. Los nuestros están allí donde se construyen obras, grandes o pequeñas. Si te hallas perdido, pregunta por un maestro de la madera y encontrarás a un amigo.

No le pasó desapercibido aquel «los nuestros», dicho en el mismo tono que había utilizado el otro Ximenat, el de Balmaseda. Cualquier tipo de reticencia hacia su persona por parte de sus anfitriones desapareció al poco de su llegada, en el momento en que les informó que procedía de la montaña navarra y demostró su oficio tallando para su pequeña hija un caballito, su animal favorito, una de las representaciones de la Diosa. No dejaba de sorprenderle que, siendo un desconocido, lo acogieran con tanta familiaridad, que lo tratasen como a un pariente. Después recordó que la hospitalidad era sagrada entre los suyos.

—Pero sólo para quienes vienen con buenas intenciones —afirmaba la tía Elaia al colocar encima de la mesa una escudilla de sopa caliente para un forastero—. A los que buscan algo, menosprecian a sus semejantes y hacen distinciones: ¡ni un cuscurro de pan!

No obstante, había algo más en su trato con él, una complicidad expresa que iba más allá de la simple acogida al visitante. Era como si entre ellos existiese un secreto, como si formaran parte de una misma hermandad. De todos modos, y por si acaso, no se atrevió a mencionar el calificativo con el que los «otros» los denominaban y que su padre tenía expresamente prohibido decir en su presencia. La palabra «agote» era un insulto, una humillación que sufrían muy a su pesar, y la única forma de defenderse era ignorándola. Además, no estaba seguro de que los Ximenat lo fueran. Lo que de verdad diferenciaba al pueblo del bosque del resto era la creencia en la Diosa y, tras varias jornadas en compañía de sus nuevos amigos, todavía no la había oído mencionar, ni siquiera veladamente. También le resultaba muy extraño el individuo con quien compartía la cabaña vecina.

—Es nuestro médico —le informó Ximen—, un buen hombre. No hay sitio para uno más en nuestra casa y él ha aceptado acogerte en la suya ya que sólo vas a quedarte aquí unos días. Es judío.

Había oído hablar de los judíos en Pamplona y en Estella, si bien no había conocido a ninguno, al menos que él supiese. Pensaba que vestirían

de manera diferente, que se les notaría en la cara, pero lo cierto era que aquel hombre de cabellos y barba sembrados de canas, sonrisa agradable y mirada bondadosa, en nada se diferenciaba de cualquier cristiano de parecidas características. Es más, incluso le recordó a su maestro Bisol.

Dicha constatación le hizo sentir una simpatía inmediata hacia su anfitrión.

Era un gran conversador y a él le gustaba escuchar. Por él supo algo sobre la tierra que pisaba, el reino de Castilla y de León, gobernado por el rey Alfonso, hijo de don Fernando, tercero de su nombre, piadoso y batallador, dos veces matrimoniado y padre de quince hijos.

—No quería descansar hasta conquistar todos los territorios administrados por los musulmanes. De hecho, se pasó la vida a caballo yendo de un lado a otro. No sé cuándo tuvo tiempo de hacer hijos —añadió don Ezequiel con ironía—. ¿Y tú? ¿Tienes mujer? —la pregunta lo pilló por sorpresa y negó bruscamente con la cabeza—. Pues deberías tenerla. No es bueno que el hombre esté solo. Lo dijo el Señor al crear el mundo.

Sonrió. No pensaba discutir sobre sus creencias con alguien mucho más viejo que él, ni intentar convencerlo de que no había sido el Señor, sino la Señora quien había creado el mundo. Esas cosas se sentían en lo más profundo o no se sentían y, por otra parte, daba igual. Su padre había afirmado que lo importante era discernir a las personas honradas de las que no lo eran, y aquél tenía aspecto de ser un hombre honrado.

Dos días después de su llegada, acompañó a Ximen y a otros moradores del barrio de San Pedro. Desde la noche de su llegada a Burgos, no había salido del barrio, pero no había perdido su interés por las construcciones.

Había visto las hogueras junto a las que se calentaban los vigilantes de la obra, pero era de noche y sólo apreció una enorme mole en la oscuridad.

Sentía curiosidad por comprobar si el edificio sobre el que su anfitrión hablaba con tanta pasión era, como éste aseguraba, la mayor maravilla del reino de Castilla.

—¡Vas a ver lo que es una construcción grandiosa! —le advirtió un Ximenat entusiasmado—. Tiene tres veces la altura de la antigua catedral y el interior es por lo menos cinco veces más grande.

Hacía tiempo que había perdido la costumbre de quedarse con la boca abierta cuando algo lo sorprendía, pero no pudo evitar una exclamación de asombro al contemplar la majestuosidad de la fábrica que se alzaba por encima de las casas que la rodeaban. Jamás había contemplado algo similar.

La primera imagen que le vino a la cabeza fue la del Basojaun, el mítico señor del bosque, más alto y más fuerte que él más alto y más fuerte de los robles de Baigorri: un gigante entre enanos. A Ximen le entró la risa al ver su gesto de incredulidad y le dio un empellón para que siguiera avanzando.

Pasó toda la mañana subido en el andamio ayudando a los carpinteros que construían el maderamen, el esqueleto de una parte del triforio, el pasadizo estrecho con arquerías situado sobre las arcadas de las naves laterales. Más tarde se encaramó a una de las torres, asomó la cabeza por un vano y permaneció allí un rato, contemplando extasiado el mundo diminuto que se agitaba abajo. Aquello era lo que el maestro Bisol imaginaba cuando trazaba plano tras plano las noches que el recuerdo de su mujer asesinada desvelaba su sueño. Al mediodía compartió la comida de los carpinteros, les oyó contar historias exageradas de tareas imposibles que le hicieron sonreír, repartirse el trabajo y discutir sobre las ordenanzas de su cofradía, la de San Pedro, que agrupaba a maestros del muro y de la madera.

—¿Qué es una cofradía? —preguntó.

Lo miraron como quien mira a un bicho raro y se echaron a reír.

—Pero… ¿tú no trabajabas para un maestro constructor francés? —

inquirió Ximen, a quien él le había relatado algo sobre sus años de aprendizaje.

Era cierto, aunque no recordaba haber oído hablar nunca acerca de algo parecido. Le costó entender lo de las normas que debían acatarse para evitar ser expulsado o verse obligado a pagar una multa, elaboradas para proteger a sus miembros, defender el derecho al trabajo y, de paso, impedir la competencia. Quizás las cofradías eran cosa de las grandes ciudades. Las obras de su maestro en Baztan no precisaban de tal cantidad de mano de obra y, en todo caso, siempre habían sido los Bozat y gentes como ellos quienes se habían encargado de llevarlas a cabo. No necesitaban leyes para trabajar. El padre reunía a los hombres y repartía las ganancias. Dispuestos

a instruir al recién llegado, los artesanos se lanzaron a darle mil y una explicaciones sobre los deberes de los maestros del muro y de la madera, oficiales y aprendices; los años que necesitaba un oficial para convertirse en maestro y la casi nula posibilidad de los aprendices para llegar a ser oficiales; la obligación de asistir a las reuniones y cumplir con los deberes religiosos, el pago de una cantidad al año para sus miembros enfermos, los ancianos, las viudas y los huérfanos, así como para cirios y misas por los difuntos… En total, según le informaron sin llegar a detallarlas todas, eran más de sesenta ordenanzas. Eder los escuchaba atónito.

—¿Y si uno no pertenece a una cofradía? —preguntó temiéndose la respuesta.

—Entonces, mejor que se vuelva al campo y destripe terrones para un propietario o un noble —respondió un hombre musculoso a quien había visto introducir los clavos en la madera de un solo golpe de maza.

—O para un monasterio —apostilló otro.

—O que lleve las vacas a pastar —añadió un tercero— porque, al menos aquí, no podrá trabajar en este u otro oficio por mucho que se empeñe.

No insistió. Estaba claro que tendría que continuar su viaje. Los dineros se le acababan y, de acuerdo con lo escuchado, le sería imposible encontrar trabajo en Burgos. Los aprendices se hallaban en la escala más baja del oficio y eran contratados por los maestros por un periodo no menor a catorce años. No tenía intención alguna de ser criado de nadie. Él no habría pasado el examen, pero dominaba el arte igual o mejor que muchos maestros de la madera a los que había observado trabajar durante la mañana y, además, era un buen tallista. Dicha comprobación enfrió su ánimo y desistió de acompañarlos también por la tarde. Iba a abandonar el grupo cuando vio a un individuo a quien reconocería en cualquier parte por muy alejada de su tierra que estuviese, y se quedó pegado al suelo. ¿Cómo podía ser? ¿Qué hacía allí el asesino de su tía y de su maestro? Bertrand de Garlande le había asegurado que el malnacido había sido ejecutado en una fortaleza del rey Teobaldo de Navarra. Cruzó por delante sin dignarse dirigir una mirada a los artesanos y penetró en un edificio cercano. Le costó

levantarse y, cuando finalmente lo consiguió, se despidió de Ximen y de los otros con un gesto de cabeza y salió corriendo hacia el barrio de San Pedro.

Entró en la cabaña y permaneció largo rato con la espalda apoyada en la puerta, intentando recobrar el aliento.

—¿Ocurre algo?

Don Ezequiel estaba a punto de salir, como cada tarde, para ir a reunirse con el herbolario del pasaje del Brezo.

—¿Creéis en los espíritus malignos? —le preguntó él a su vez.

—Imagino que sí, ¿porqué?

—Acabo de ver a uno.

—¿Tiene nombre tu espectro?

Necesitaba confiarse a alguien y el tono amable del médico invitaba a las confidencias.

—Se llama, o se llamaba, Robert Lepetit, también conocido por Robert de Reims y por «el bugre». Asesinó a mi tía Elaia, a la mujer de mi maestro y al propio maestro. Lo apresaron y lo ejecutaron hace tres inviernos o algo más, pero o logró escapar o es su espíritu el que acabo de ver pasar a un palmo de mí —recitó de corrido.

Don Ezequiel abrió los ojos interesado. Así que él no era el único en conocer la identidad del maligno personaje con quien había tenido la desdicha de toparse.

—Cuéntame…

A grandes rasgos, Eder le narró su historia. Le habló de Geoffroi Bisol, cuya esposa había sido ejecutada en algún pueblo del norte de Francia, acusada de hereje por aquel criminal; del robo de un pergamino que su maestro le había confiado; del ataque sufrido por el constructor y de la presencia del infausto personaje en su funeral.

—Creía que estaba muerto… —concluyó desalentado.

—Para nuestra desdicha, no es así.

—¿Acaso vos también lo conocéis?

—En efecto.

Fue el tumo del médico de relatar su encuentro con el bugre en el monasterio de Nájera y de las consecuencias de tan aciago azar del destino.

Y, una vez más, se preguntó, aunque no lo expresó en voz alta, por qué el Señor, en su infinita justicia y misericordia, había permitido que un individuo execrable mancillase su casa y apareciese de nuevo en su vida.

Luego observó al joven meditabundo que apretaba los labios con fuerza y tenía fija la mirada en un punto que no veía. No se lo había preguntado, pero sospechaba que era un agote; sólo así podía entenderse que Ximen Ximenat lo hubiese aceptado entre ellos, pero recapacitó. Él no lo era, y también había sido aceptado. Algo unía a las personas que sufrían una marginación del tipo que fuese: religiosa, civil, de raza, de clase… De alguna manera, se buscaban y encontraban para hacer frente a situaciones que únicamente se explicaban debido a la natural fragilidad de los seres humanos, temerosos de los cambios, de lo desconocido, de las minorías.

Cual rebaño de ovejas, seguían a un mismo pastor y no aceptaban a quienes no eran sus iguales, tenían otro color de piel, otras creencias o costumbres.

Su huésped era más o menos de la edad de Samuel y podría ser su hijo, pero era reservado y había sido herido en lo más profundo; captaba su dolor con sólo mirarlo. En los días que llevaba cohabitando bajo su mismo techo, no había podido sonsacarle mucho respecto a su familia y, sobre todo, a las razones que lo habían llevado tan lejos de su hogar, pero estaba convencido de que existía un motivo, que quizás tuviese que ver con Robert de Reims, o Lepetit, o lo que fuese.

—El pergamino que te había confiado tu maestro, el que el hijo del Diablo te robó, ¿cómo era? —le preguntó por fin.

—Por una cara estaba escrita una declaración que lo acusaba de un homicidio y, por la otra, aparecía un dibujo extraño…

—¿Cómo era?

—Una especie de… —Eder trazó unos círculos en el aire.

—¿Una espiral? ¿Como una escalera de caracol?

—Sí. ¿Cómo lo sabéis?

Don Ezequiel sonrió, extrajo de un cartapacio de cuero la copia que Yucé y él habían realizado del jardín de la oca y se lo tendió.

—¿Era así?

—En efecto… sólo que aquel tenía colores y los animales estaban mejor dibujados, pero también tenía números como éste. ¿Qué es?

—Un amigo mío sostiene que es un tablero de adivinación.

—¿Un tablero de qué?

—De adivinación. Los hombres siempre han querido conocer lo que el futuro les depara y creen averiguarlo por medio de los tableros, los dados, los huesos, leyendo las piedras, las hojas de té, observando el vuelo de los pájaros o escuchando el sonido del viento… Existen muchos modos diferentes.

—Los míos creen que alguien morirá si los cuervos vuelan tres veces alrededor de una casa o si se escucha el ulular de la lechuza… Y ese dibujo… ¿funciona?

—Primero hay que creer que funciona… Pienso que nuestro adversario común lo cree, y nosotros debemos averiguar qué pretende.

—Tengo pensado marcharme mañana en cuanto amanezca. Los dineros se me están acabando y me esperan en otro sitio.

—¿No te gustaría descubrir lo que está tramando el tal Robert Lepetit?

—¿Para qué?

¿Para qué intentarlo? Era un enemigo poderoso, demasiado poderoso para un viejo judío y un artesano sin medios. Lo vio en Baigorri, arrogante, acompañado por una docena de seguidores, persiguiendo a los suyos, asesinando a una mujer indefensa; lo vio en Pamplona, predicando a las masas que lo seguían con fervor; en Gares, tras el funeral del maestro, amenazándolo con su mirada de depredador. Tenía dominio sobre los demás, estaba claro, y más valía no correr el riesgo de ponerse a su alcance.

—Para evitar que vuelva a matar —oyó decir a don Ezequiel— y conseguir que pague por lo que les hizo a tus seres queridos y a mi buen amigo Yucé Tob.

—No sé qué podríamos hacer vos y yo —se resistió—. Nadie nos hará caso.

—Pero habrá más… habrá otras personas que tengan cuentas pendientes con él.

Pensó de inmediato en Bertrand de Garlande. Estaba sólo a unas jornadas de viaje desde Burgos y le interesaría saber que el hombre a quien creía ejecutado continuaba vivo. Si alguien tenía en su mano detener al criminal, ése era el monje soldado.

—Conozco a un amigo con poder, un comendador de la Orden del Temple que lo detuvo y lo metió en prisión. Es él a quien voy a ver en el Ponteferrato.

El médico miró con curiosidad a su compañero de alojamiento y de tristezas. No es que los templarios viviesen aislados del resto de los mortales, pero no era habitual que un joven artesano tuviese amistad íntima con ellos, y menos aún con un comendador. Su actitud solía ser distante, si bien, todo había que decirlo, mostraban hacia judíos, musulmanes y otros grupos marginados una disposición poco corriente entre los cristianos. Su consuegro, el tintorero, le había hablado de la rica aljama del Ponteferrato, simada justo al lado de la fortaleza templaria, la mayor del reino de Castilla y de León, y de las buenas relaciones existentes entre los hebreos y los monjes soldado. Asimismo, había escuchado decir que compartían saberes con los sabios musulmanes y que habían acogido en sus encomiendas hispanas a los herejes cátaros huidos de las persecuciones en el sur de Francia. Y Ximen Ximenat le había asegurado que los templarios se valían de carpinteros y canteros agotes para la realización de sus obras. Quizás no era tan extraño que su huésped mantuviese amistad con uno de ellos.

—¿Podría acompañarte? —le preguntó.

—Sois…

—¿Viejo?

—Quería decir que sois el médico de San Pedro y que los carpinteros os necesitan…

—Sólo me ausentaría durante unas jornadas, las suficientes para testimoniar ante el comendador del que me has hablado. De paso, visitaré a mi hijo mayor, Isaías, que vive en León y a quien hace mucho que no veo.

¡Ni siquiera conozco a sus hijas! Pero, antes, quiero que vengas conmigo a visitar a un amigo.

Poco después, ambos se hallaban en la trastienda de la herbolería.

Tras haber bebido la consabida tisana de hierbas, los dos hombres desplegaron los documentos sobre la mesa en la que Hadi elaboraba sus preparados y permanecieron en silencio, absortos en su contemplación, cotejando nombres, lugares, elucubrando mentalmente las diversas posibilidades. Al principio, Eder los observó intrigado. Nunca había conocido una pareja tan antagónica y, al mismo tiempo, tan próxima. No sabía mucho acerca de los judíos, pero todavía menos acerca de los musulmanes, sólo lo que Bisol había comentado cuando proyectaba el castillo de Tiebas para el rey de Navarra. El recuerdo ensombreció sus ojos.

Fue el primero de los grandes proyectos con los que soñaba su maestro desde su llegada a las tierras de Teobaldo, y el último. No pudo verlo siquiera empezado.

—Los montañeses son buenos canteros —le había dicho en aquella ocasión— y mejores carpinteros, pero los mudéjares son, sin duda, los mejores alarifes. Construyen con ladrillo y azulejo y no hay quien los supere en rapidez.

—¿Mudéjares?

—Sí, los musulmanes a quienes se ha permitido la permanencia en territorios cristianos tras su conquista. Están autorizados, como los hebreos, a practicar su religión a cambio del pago de un impuesto especial.

—¿Y en qué creen? —le había preguntado él.

—En lo mismo que los cristianos y los judíos: en la existencia de un solo Dios, creador del Universo.

—Y si todos creen en lo mismo, ¿por qué se hacen diferencias entre ellos?

El maestro no respondió a su pregunta porque no quiso, o porque no supo.

Los dos hombres continuaban pensativos y él empezaba a cansarse de estar allí, sin participar en lo que fuera que tanto los atraía. Echó una mirada al esbozo numerado que ya conocía y sonrió divertido. Las ocas dibujadas, en unos casos más grandes que en otros, no tenían los cuerpos proporcionados y recordaban más a patos que a gansos, si bien estaban lejos de asimilarse a los unos y a los otros, excepto por sus picos y patas

palmeadas. De forma inconsciente comenzó a contar las casillas que las separaban y se alternaban en cadencias de cinco y cuatro, y las que separaban a las grandes de las pequeñas. Luego sus ojos recorrieron la lista de las encomiendas templarias que don Ezequiel había colocado entre su amigo y él, para que ambos pudieran consultarla sin molestarse. Y volvió a examinar el dibujo.

—¿Qué tiene que ver esta lista de nombres con el dibujo? —preguntó

—. ¿Por qué aparece el Ponte Regina en ella?

Los dos, herbolario y médico, levantaron la cabeza al unísono y se le quedaron mirando.

—¿Sabes leer el latín? —inquirió el primero.

—Sí, y también escribirlo. Mi maestro me enseñó.

—¿Enseñó latín a su aprendiz? —interrogó el segundo, estupefacto.

—Sí, y también francés y romance.

—Debió de ser un hombre extraordinario…

—Lo era, pero no habéis respondido a mi pregunta…

—Se trata de una lista de las encomiendas del Temple en los reinos hispanos —le aclaró don Ezequiel—. Creemos que existe una relación entre ellas, el «jardín» y el Camino Francés, pero no sabemos por dónde empezar.

No coinciden en el número.

—Tenéis que comenzar en la de Gares.

—Aquí no está marcada —aseveró Hadi tras consultar los nombres.

—Es Ponte Regina, el Puente de la Reina.

—¿Y por qué tendríamos que empezar allí? Lo lógico sería hacerlo en Roncesvalles o Somport…

—Porque el comendador me dijo que, a partir de ese punto, los caminos eran uno. Por cierto, añadió que los tres caminos formaban una pata de oca y Gares era la canilla.

Un rápido intercambio de miradas y los dos hombres se lanzaron sobre el mapa. No era exactamente así y era preciso echar mano a la imaginación para apreciar una forma palmípeda en la maraña de líneas que lo cruzaban, pero una cosa era cierta: los tres caminos principales procedentes de Francia, al igual que tres dedos, se unían en la proximidad de la población

mencionada por su joven camarada. La encomienda del Puente de la Reina era, por otra parte, la más sobresaliente del reino de Navarra.

—Nada se pierde con probar… —adujo el herbolario, hombre más práctico que su amigo—. Adjudiquemos por tanto el número cinco, el de la primera oca, al Puente de la Reina y, si nuestro querido Ezequiel tiene razón, ahora tendremos que situar las encomiendas más influyentes en las demás casillas. Vayamos pues a la segunda, la que corresponde al número nueve.

Estaban tan ensimismados en la tarea que no se percataron de que las horas pasaban. En el tugurio, sin ventana e iluminado por un candil, siempre era de noche. Los sobresaltaron unos golpes en la puerta de la tienda.

—Es él —afirmó don Ezequiel con un ligero temblor en su voz.

—Probablemente —respondió el herbolario asiendo el candil y dejándolos a oscuras—. Permaneced aquí, quietos como los muertos.

—¿Quién…?

—No digas ni una palabra y no hagas el mínimo ruido —advirtió el médico a Eder.

Oyeron el ruido de la puerta y unas voces, más nítidas a medida que se aproximaban a la cortina que separaba los dos habitáculos. El montañés se estremeció al reconocer la del recién llegado —el tono bronco y el acento marcadamente francés, en especial la pronunciación de las erres y el siseo de las eses eran inconfundibles— y se aferró al brazo de don Ezequiel, quien colocó una mano sobre la de él para tranquilizarlo y, de paso, calmarse él también. Mantuvieron la respiración y aguzaron el oído.

A lo largo de una hora, que se les hizo una eternidad, escucharon el ruido del hueso al golpear la mesa y las explicaciones de Hadi. Robert Lepetit no hablaba, de forma que, de no haber sabido que el infame personaje se hallaba al otro lado de la cortina, hubiesen jurado que el herbolario hablaba solo. Ambos tuvieron un sobresalto al escuchar de nuevo su voz.

—Volveré mañana.

—Mañana es viernes —afirmó el herbolario—, un día inmenso para el Islam, jornada de intensidad espiritual para los musulmanes al igual que lo es el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos.

—El sábado entonces.

—De acuerdo, aquí estaré.

Todavía tuvieron que esperar un rato antes de oír cerrarse la puerta y de que el herbolario entrase en la trastienda.

—He tenido que acompañarlo con el candil hasta la salida del pasaje —

les explicó— porque ha dicho que no se fiaba, que éste era lugar de infieles, peligroso para andar de noche. Caiga sobre él la maldición de Allah —

añadió sin acalorarse, convencido de que su condena tendría el desenlace deseado.

—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó su amigo—. No hemos podido escuchar todo con claridad.

—Ese sujeto es una amenaza, un ser desequilibrado que continuará haciendo el mal a sus semejantes y no se detendrá hasta lograr sus fines. Lo he leído en el tablero.

—¿Te has atrevido a decírselo?

—Por supuesto que no. Las gentes interesadas en conocer su futuro sólo desean escuchar cosas favorables sobre ellas. Le he dicho que son necesarias dos consultas: la primera para dilucidar el presente del consultante y la segunda su futuro.

—¿Es cierto?

—No del todo, sólo cuando no se conoce a la persona. La lectura sería diferente para él que para ti, aunque ambos cayeseis en las mismas casillas; pero, en su caso y por lo que tú me has contado, sé lo suficiente sobre él para no necesitar una segunda interpretación.

—Y entonces… ¿por qué le has pedido que vuelva?

—Necesito tiempo para decidir qué hacer. « Del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad», es un proverbio árabe. Ignoro lo que se propone, pero su futuro está ya trazado, y es perverso.

—¿No me aseguraste que no creías en adivinaciones? —el médico estaba sorprendido, y asustado, por la seriedad que percibía en las palabras

de Hadi.

—No. Sólo dije que tenía mis dudas respecto a la posibilidad de cambiar el futuro ya trazado, porque…

—Hay que avisar a Bertrand de Garlande cuanto antes —lo interrumpió Eder.

Había permanecido callado durante el diálogo de los dos hombres. No entendía muy bien a qué aludían al hablar de futuros y adivinaciones, pero había decidido partir hacia el Ponteferrato sin esperar al día siguiente antes de que Lepetit abandonase la herbolería. Tener a dos pasos al causante de tantas desdichas le había provocado un sentimiento de terror que se había trocado en otro de ira mientras esperaba en la oscuridad y pensaba en su tía Elaia, en su maestro Bisol y en las personas desconocidas asesinadas por él.

En pocas palabras explicó al herbolario lo que sabía del infame personaje y quién era el comendador, el único que, a su parecer, podría apresarlo y llevarlo a juicio.

—No perdamos tiempo entonces —respondió Hadi, al tiempo que cogía una bolsa y metía en ella algunas cosas, la alfombrilla de los rezos entre otras—. Me voy con vosotros.

—¿Y eso? —inquirió don Ezequiel.

—Ese individuo no es de los que deja testigos; acuérdate de tu amigo.

Aun en el supuesto de que le mienta y le diga algo diferente a lo que he leído en su futuro, sabe que yo sé que posee el tablero y, peor todavía, que conozco su cara.

Salieron y avanzaron a paso rápido hacia la Puerta de los Judíos para no tener que dar explicaciones a los guardas de la de San Martín y evitar que alguien pudiera verlos. Nadie debía saber que el herbolario se había marchado de la ciudad, ni en qué dirección. Pasaron por la cabaña del barrio de San Pedro para recoger las bolsas de los otros dos y el médico escribió una nota dirigida a Ximen Ximenat. En ella aducía una necesidad perentoria para su marcha: su nuera estaba de parto y el niño venía mal. Acababa de recibir aviso para que acudiese urgentemente a su lecho y regresaría en cuanto todo hubiese acabado. El joven Eder Bozat se había ofrecido a acompañarlo vista su edad y los peligros que acechaban en el camino. Dejó

la nota encima de la mesita tocinera que igualmente le servía para comer que para estudiar. El carpintero no sabía leer, pero ya encontraría quien lo hiciese por él.

—¿Y cuál es el futuro de nuestro adversario? —preguntó a su amigo cuando ya llevaban un rato andado como tres sombras fugitivas.

—Servir a Al Dajjal.

—¿A quién?

—Al Impostor, al falso Mesías.

Era noche cerrada y hacía frío, pero no necesitaban luz para alumbrarse.

La luna llena iluminaba los campos y una línea blanquecina de estrellas señalaba el camino del oeste, la ruta peregrina que conducía hasta el Mar de los Muertos del que nadie regresaba: el Finis Terrae.

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