El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 19 de 27

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El jardín de la Oca

El Monsacro, año 1257

Habían transcurrido dos inviernos desde su salida de León en busca del fin de la Tierra y no lo había encontrado, ni tenía ningún interés en encontrarlo. No era un final, sino un principio lo que él había descubierto en aquel paraje perdido, parecido y, a la vez, diferente de su añorada tierra donde, por fin, había recuperado la paz. Aislados la mayor parte del año del resto del mundo debido a las nieves, lo duro del trayecto y los barrizales que se formaban en las épocas de las lluvias, había momentos en los que creía que los únicos seres vivos eran los animales y los pocos osados que habitaban en las laderas del monte sagrado y en las pequeñas brañas de los alrededores. A veces, en los días claros, ausente la casi sempiterna niebla que envolvía el enclave y lo ocultaba de miradas extrañas, ascendía desde la foz hasta la cumbre y permanecía en lo alto, arrobado en la contemplación del mar que adivinaba al norte y la inmensa belleza de los montes que se extendían al sur. Se sentía fuerte allí, de pie, acariciado por el viento que le susurraba palabras de amor infinito hacia lo que le rodeaba, hacia la vida que crecía libre por doquier: los bosques de robles, hayas, abedules y tejos, de castaños y manzanos en las faldas del monte; los arbustos de acebos, enebros, helechos y las hierbas que cubrían el suelo rocoso; el jabalí y el lobo, animales sagrados de los antiguos, el zorro y la liebre que en muchas ocasiones se cruzaban en su camino y apenas le dirigían una mirada. Aquélla también era la morada de la Madre y este hecho lo maravillaba y sosegaba su espíritu atormentado. Había llegado a pensar que sólo su pueblo, el pueblo del bosque, mantenía las viejas creencias, pero, a la vista estaba, no era el único. Los moradores de las humildes cabañas de techos de paja agrupadas en pequeños núcleos, cuya

ocupación era la cría de ganado vacuno y de algunas ovejas, veneraban también a una Diosa de tez y manos negras. Era gente reservada, poco dada a las confidencias y recelosa de los extraños, muy similar a la suya propia, y a él mismo. Pocas veces intercambiaban algo más que un saludo, y aunque hablaban lenguas diferentes, lograban entenderse porque las palabras sobraban cuando las miradas se entendían.

Encendió fuego y el humo se elevó hacia el techo. Desaparecida la primera humarada, colocó unas piedras sobre los leños para calentar la leche que esperaba en un cuenco de madera y contempló las llamas. El fuego era parte de su memoria, pero hacía meses que procuraba no pensar en el pasado.

—¿Te vas ya?

Giró la cabeza y sonrió; se puso en pie y se aproximó al lecho de madera fabricado por él. Era sencillo: cuatro travesaños y cuatro patas, pero había tallado pájaros, espirales y estrellas en la cabecera, de modo que los escasos visitantes que alguna que otra vez aparecían por la cabaña se asombraban de encontrar en ella un mueble tan lujoso. Ella alargó los brazos y él se introdujo bajo el grueso cobertor de piel de oveja. Había prometido acudir a la capilla de arriba a primera hora de la mañana para colocar la nueva puerta, pero los freires podían esperar; él no. La acarició; besó sus labios, su cuello, sus pechos, el vientre ligeramente abombado, cada recoveco de aquel cuerpo siempre cálido y dispuesto al amor, incrédulo de saberlo suyo y maravillado de su fortuna. Ni en sus mejores fantasías habría sido capaz de imaginar un placer semejante al de dos cuerpos, dos voluntades unidas por el deseo del otro, entregándose sin condiciones, ni limitaciones. Hicieron el amor sin prisas, como si nada aparte de ellos existiera, alargando al máximo los prolegómenos antes del goce final para disfrutarlo juntos y permaneciendo después abrazados, uno dentro del otro, durante largo rato, a fin de no romper el hechizo de una unión perfecta.

—Se te hará tarde…

Alzó la cabeza y la contempló arrobado.

—Te amo.

—Yo también a ti —rió ella—, pero tienes que subir o no acabarás hoy.

Se levantó muy a su pesar y se vistió; se lavó la cara con agua helada del cubo que había llenado de nieve la víspera, asió con unas tenazas dos de las piedras colocadas en el fuego y las introdujo en la leche antes de servirla en dos tazones y acercar uno de ellos a la cama.

—¿Y tú? ¿Piensas quedarte ahí todo el día? —preguntó con sorna tendiéndole el tazón.

—Sabes que no, pero esperaré a que te vayas para asearme. Hay cosas que una mujer ha de hacer en la intimidad.

Le tendió el cuenco vacío; él lo dejó en el suelo y se inclinó sobre ella para besarla y acariciar una vez más sus pechos desnudos.

—¡Eder Bozat! ¿Nunca te cansas?

—Nunca, querida, nunca.

—Te esperan arriba.

—Que esperen…

—Tienes que ir. Se nos están acabando las provisiones.

Bastó el recordatorio para que dejara de acariciarla, bebiera sin respirar el contenido de su tazón y saliera de la cabaña, no sin antes lanzarle un beso con la punta de los dedos.

El invierno llegaba a su fin, si bien aún coleaba y sorprendía a los habitantes del concejo de Morcin, día sí y día no, con heladas y copiosas neviscas. Había nevado durante la noche, pero no lo suficiente para imposibilitar la subida. Conocía el camino, aunque era preciso estar atento puesto que con un solo mal paso uno podía rodar ladera abajo al igual que una piedrecilla de las muchas que se desprendían de las moles rocosas.

Llegó con la respiración entrecortada a la primera capilla, a cuya vera se alzaba una casa de piedra y techo de paja similar a las cabañas de la breña, pero de dimensiones mucho más amplias. Saludó con la mano a unos hombres que se afanaban llevando piedras para construir un corral, pero no se detuvo y prosiguió el ascenso hasta alcanzar la segunda capilla, una construcción muy diferente a la anterior y con forma octogonal.

—El octógono es la unión entre la Tierra y el Cielo: el cuadrado y el círculo —le explicó su maestro en una ocasión—. El cuadrado representa

los cuatro puntos cardinales de la Tierra y el círculo es el elemento geométrico perfecto, sin principio ni fin, representación de lo celestial y de lo femenino.

—¿Lo femenino? —preguntó.

—Así es; representa la vida que fluye eternamente.

Sonrió. Su maestro reposaba en la capilla de Onate, allá en Navarra, una construcción también octogonal. No había podido llevarse su cuerpo para incinerarlo en una noche de luna y enterrarlo en Izpegi junto a su madre y su tía, como le habría gustado, pero estaba convencido de que la Madre que presidía la capilla funeraria velaba por el espíritu de su querido mentor.

—Te esperábamos hace rato —fue el saludo de un hombre de rostro severo, envuelto en una capa de piel de oveja.

—Lo siento —respondió él sin dar más explicaciones.

Poco después, y con la ayuda de otros dos hombres, desmontaban la vieja puerta roída por el tiempo y colocaban la nueva que él había fabricado y esperaba en el suelo cubierta de nieve. Ninguno de los cuatro habló sino para indicar hacia dónde debían dirigirse los esfuerzos. El trabajo les llevó toda la mañana. Acabaron en el momento en que, proveniente de la capilla de abajo, se escuchó el tañido de una campana que resonó en el silencio de la montaña.

—Acompáñanos —ordenó más que invitó el primer hombre—. Hay alguien que desea hablar contigo.

Los tres comenzaron el descenso, pero él entró en la iglesia para comprobar que la puerta cerraba sin problemas y, de paso, acercarse al pedestal de piedra sobre el que se hallaba la Diosa, una preciosa figurilla de rostro y manos negras con un niño en su regazo. Lo hacía siempre que tenía oportunidad y la acarició, como también hacía siempre que no había nadie más dentro del recinto. Los lugareños sentían una gran devoción por la imagen. Se decía que había sido encontrada por el buey de un vaqueiro en un pozo oculto bajo el altar, en el pozo llamado de Santo Toribio a partir de entonces. Él no creía en hechos sobrenaturales, en apariciones o curaciones prodigiosas porque nunca había presenciado ninguno, ni tampoco creía en reliquias milagrosas a las que tan aficionados era los «otros». El freire

encargado de las obras de la capilla le había informado de que allí había sido depositada una arqueta con reliquias maravillosas, cuyo resplandor dejaría ciego a quien osara abrirla y que fue, posteriormente, trasladada a la ciudad de Oviedo. Adorar un pedazo de hueso, los dientes o cabellos de un muerto le parecía horrendo: reverenciar un pedazo de madera de la cruz utilizada para matar a un ser humano, algo incomprensible; y macabro, mantener a la vista de todos el esqueleto recubierto de piel de una persona.

Su pueblo incineraba los cadáveres y enterraba sus cenizas a fin de que el espíritu, libre de su caparazón, absorbiese el poder regenerador de la Tierra y volviese a nacer. Había visto en el monte sagrado casas de la Diosa construidas con enormes lascas y túmulos de piedras, iguales a los que guardaban las cenizas de sus antepasados, si bien nunca había contemplado, en el tiempo que llevaba allí, el humo de una pira ascendiendo hacia el cielo en las noches de luna llena y sí el enterramiento de varios difuntos en la capilla de abajo. Acarició una vez más la imagen y recogió un par de puñados de la arena del pozo, que metió en su bolsa de herramientas. Las gentes de la zona aseguraban que tenía propiedades mágicas y en eso sí creía, porque la tierra era la propia Diosa. La vertería con suavidad sobre el cuerpecito de su hijo recién nacido y colgaría sobre la cuna un ramillete de cardos para protegerlo contra el Mal y la adversidad. Echó una última ojeada al recinto recubierto de símbolos y figuras pintadas cuyo significado desconocía, salió al exterior y cerró la puerta con cuidado para no romper el silencio de la morada divina.

Para cuando entró en el refectorio de los freires, éstos casi habían acabado de tomar el espeso potaje en que consistía su comida. A una seña del monje que presidía la mesa, se sentó al extremo y, sin mirar a nadie, hundió la cuchara en el cuenco. Le resultaba incómodo compartir el almuerzo con los silenciosos caballeros que, estaba claro, cumplían la regla a rajatabla y únicamente abrían la boca para alimentarse y, en todo caso, para expresarse en caso de necesidad absoluta. No es que él fuera un dechado de oratoria, pero le gustaba escuchar conversaciones, sentir que las personas que lo rodeaban tenían algo que decir. Acabó el potaje y alzó la vista. Estuvo a punto de soltar una exclamación, pero lo detuvo el gesto

para que permaneciera callado del hombre sentado justo enfrente de él.

Todos los presentes se pusieron en pie y recitaron un Padrenuestro y unas letanías a la Virgen María antes de salir y dejarlos solos.

Ugo lo observaba con sus ojos burlones y una mueca indescriptible en la boca al advertir su confusión, y no era para menos. Hacía dos inviernos que no había vuelto a ver al sorprendente personaje que emergía en su vida de tiempo en tiempo desde que había dejado su hogar, aunque descubrirlo vestido con el hábito blanco de los templarios, la cabeza rapada y la barba crecida, superaba cualquier idea que se hubiese formado sobre la verdadera personalidad del peregrino de oficio que él creía que era. Cierto que en su último encuentro había trocado su indumentaria de peregrinar por la de un soldado mercenario. No sería la primera vez que un hombre en la flor de la edad decidiese alistarse en el ejército real o en una mesnada señorial, pero de eso a aparecer con los hábitos de los monjes soldado, había un trecho.

Caminaba sin rumbo fijo, tras el incendio, con la mente puesta en su imagen destrozada por unas manos criminales. Y ya era la segunda. No sabía si el culpable había sido Robert Lepetit o algún otro, pero sí que aquélla sería la última Diosa que tallase. Los acontecimientos habían resultado aciagos para él y para las personas que amaba cada vez que lo había intentado. Tenía la impresión de que Ella no deseaba ser representada, ya fuera en madera o en piedra; que nadie estaba autorizado a darle una apariencia humana, porque

¿qué aspecto tenía la brisa que mecía las hojas de los árboles, la lluvia que regaba los campos, el agua que bajaba de las montañas, el trino de las aves o la risa de una criatura? ¿Cómo esculpir el arco iris? ¿Cómo cincelar una nube? Echó a andar sin fijarse en la dirección que sus pies tomaban; quería alejarse cuanto antes de la ciudad, regresar a su casa o encaminarse hacia el fin de la Tierra; no lo tenía claro y tampoco le importaba. Anduvo durante varios días, durmiendo bajo los árboles, o en alguna chabola de pastores, o al raso cuando el cansancio no le permitía dar un paso más; bebiendo de las aguas del río que lo acompañaba desde su salida de León y masticando hierbas para engañar al hambre. En varias ocasiones se sintió perdido, solo en medio de las montañas, con el cielo como único techo y el frío

agarrotando sus músculos. Arrastraba los pies hinchados y repletos de llagas y esperaba ansioso la llegada de la noche para buscar la estrella que marcaba el norte y así, al menos, seguir en la misma dirección. A punto de desfallecer, un pastor de vacas se apiadó de él y lo albergó en su cabaña.

Acababa de ascender y descender por una vereda que no tenía fin y no llevaba a ninguna parte, y se derrumbó al aparecer de la nada un vaqueiro que conducía una docena de reses. Aferrado al cuello de uno de los animales, reconfortado por el calor de su cuerpo, llegó a la humilde vivienda del hombre y apenas tuvo fuerzas para entrar en ella. Bebió un gran tazón de leche, comió sin ganas unos pedazos de queso y se dejó caer sobre el suelo sembrado de paja.

Despertó en un catre al cabo de varios días, cubierto por una manta de lana. Su mirada enturbiada distinguió a un hombre desconocido que le sonreía con una boca a la que le faltaban varios dientes. Y a su lado estaba Ugo, vestido de soldado. Y al lado de Ugo, estaba ella. Cerró los ojos y volvió a abrirlos al sentir el roce de una mano cálida en su mejilla. Ella continuaba allí, Alazaïs, su amor imposible, le sonreía con los ojos empañados por las lágrimas. Al día siguiente, todavía débil, se despidió del vaqueiro, hijo de un pueblo despreciado al igual que el suyo, como luego supo, y los tres prosiguieron el viaje hasta llegar a las estribaciones del monte sagrado. Ugo los dejó en una cabaña de la pequeña braña a la que llamaban «la Foz» y desapareció una vez más de su vida, no sin antes decirle que subiera a la encomienda de los freires en cuanto estuviera repuesto del todo. Ellos le proporcionarían trabajo y alimentos. Y así había sido durante los dos inviernos más maravillosos de su vida. Lo primero que hacía, cada mañana al despertar, era comprobar que no estaba soñando, que ella continuaba junto a él. Le angustiaban las horas transcurridas arriba, en el monte, trabajando para los freires, y regresaba al anochecer temiendo que hubiese vuelto a desaparecer, pero ella lo esperaba sonriente, con un buen puchero de cocido en la lumbre. A pesar de sus protestas, rechazaba la cena, la cogía en sus brazos y la llevaba al lecho para decirle una y mil veces que la amaba, que siempre la había amado; para pedirle perdón y adorarla; para entregarse a ella y hacerla suya hasta caer rendido.

—¿Sorprendido de verme? —preguntó Ugo al cabo de un rato.

No respondió. Tenía un mal presentimiento y temía preguntarle la razón de su presencia.

—He venido a buscarte… a buscaros, si es que ella sigue contigo —

añadió en tono mordaz.

Ugo hablaba en un perfecto romance que en nada recordaba a la mezcla de lenguas que él le había escuchado desde la primera vez que se habían encontrado en Irún.

—¿Para qué?

—El comendador te reclama.

—Esta vez no iré.

—Sí que vendrás.

—¿Y a qué viene esa ropa que llevas? —preguntó con ánimo de desviar la conversación hacia otros derroteros.

—Soy un freire templario, o casi.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tuve edad para serlo.

—¿Y acaso los freires beben, juegan, desbastan moneda y fornican?

—Soy un pecador, lo confieso —rió su amigo—, pero eso no cambia las cosas. También soy un freire, aunque no haya hecho los votos, sólo que mi ocupación difiere un tanto de la de mis hermanos.

—¿Y puede saberse cuál es?

—La de ver, escuchar e informar… y sacar de apuros a pardillos como tú.

—¿Eres un informador? —Eder no salía de su asombro.

—Alguien ha de serlo. La Orden tiene que estar al corriente de todo lo que ocurre, y no sólo acerca de los grandes personajes, también de los plebeyos, y de éstos me encargo yo. Recorro el Camino de este a oeste recabando todo tipo de informaciones, movimientos heréticos, quejas populares, intrigas políticas… Te asombraría saber la cantidad de cosas de las que se entera uno en tabernas, burdeles y mercados.

No era fácil pertenecer a la Orden sin serlo. Debía obediencia a sus superiores, pero estaba exento de rezos, penitencias y abstenciones sexuales cuando no se hallaba en una encomienda, puesto que, en realidad, él no era un verdadero templario. No había velado sus armas, ni jurado los votos. Ni siquiera era un novicio. Cuando fuese viejo, cuando su corazón no palpitase alocado a la vista de unos pechos de mujer, perdiese el gusto por el juego y el vino y no le hirviese la sangre al desafiar a un rufián, pediría ser admitido a todos los efectos pero, por ahora, debía conformarse con ser un informador, un vagabundo en busca de redención.

Había sido su fuerte carácter, el gusto por las cosas mundanas y la predisposición a no obedecer sin rechistar lo que había impedido su entrada en la más secreta de las comunidades. A pesar de su arrojo. A pesar de ser sobrino del maestre de Castilla y León, Guillén de Cardona. Desde pequeño había querido emular a su pariente y sus padres se mostraron orgullosos de que su tercer hijo, obligado por tradición a tomar los hábitos, hubiese elegido la Orden que deparaba honor y gloria a la nobleza de Ultrapuertos desde hacía siglo y medio. Ser admitido era un privilegio y no existía en el reino de Francia una familia noble que no deseara alardear de tener en ella a uno de sus miembros. En el reino de Aragón predominaba la influencia de los caballeros de San Juan de Jerusalén, los hospitalarios. Eran algo más antiguos, pero, a fin de cuentas, habían sido fundados por un grupo de comerciantes italianos, mientras que el Temple era noble desde sus inicios.

Fue expulsado tras ser encontrado en la cama con la hija de un campesino de la encomienda de su Tortosa natal, aunque, gracias a la intercesión del señor de Cardona, se le dio otra oportunidad, que desperdició cuando acabó con un ojo morado y varias costillas rotas tras una pelea con otro novicio por algún motivo que ya no recordaba. Los dos fueron expulsados, sin apelación posible. Sin embargo, veinte años más tarde, allí estaba él, sirviendo de mensajero, espía o lo que se terciase para los monjes soldado.

Había jurado lealtad a la Orden y acatar sus mandatos. Dicho pensamiento le recordó la razón de su presencia en el Monsacro, uno de los primeros enclaves templarios en tierras hispanas, un lugar secreto para los profanos e, incluso, ignorado por freires de otras encomiendas.

—¿Continúa ella aquí? —preguntó.

—Sí, ¿por qué?

—Tengo orden de llevarte ante el comendador Garlande e imagino que no querrás dejarla sola.

—¿Y por qué tendría que ir? Soy un hombre libre.

—No sé el motivo por el que te reclama el comendador, pero recuerda que soy un soldado, que todos los que viven aquí son soldados, y podemos obligarte. Además —añadió cambiando el tono amenazante por otro más amistoso—, ¿de qué viviríais? ¿Os ha faltado algo desde que os dejé en la cabaña de la Foz?

No, no les había faltado de nada. Había trabajado de cantero y carpintero para los freires y ellos les habían proporcionado los medios para subsistir en un territorio desconocido donde no había huertos ni trabajo para un artesano.

—Esperamos un hijo —le informó con la vaga esperanza de que, al menos, les permitiese quedarse hasta que la criatura hubiese nacido.

—Enhorabuena.

—El viaje es largo y no es apropiado para una mujer embarazada.

—Pues déjala aquí. Los freires le encontrarán una familia que la cuide hasta tu regreso.

—¡No me separaré de ella! —exclamó indignado, y Ugo se echó a reír.

—¡Vaya! ¡Pues sí que te ha dado fuerte!

—Y veré nacer a mi hijo, y lo cuidaré —prosiguió embalado—, al contrario que tú, que engendras vástagos y luego los abandonas. ¿O te crees que no me fijé en el parecido contigo de uno de los retoños de la viuda de Villasana? ¡Y a saber cuántos más andan correteando por ahí! ¡Buen freire estás tú hecho!

Calló de pronto. No era propio de él perder los estribos, ni asunto suyo las vidas de los demás, pero se le había hurtado el nacimiento de su primera hija y verla crecer, del mismo modo que se le arrebataba al jabalí su camada para criarla en cautividad y alancearla después para diversión de nobles y ricohombres. Lo había visto en Estella, durante la visita del rey Teobaldo, y todavía recordaba los espantosos chillidos de los animales al sentir las

lanzas en sus cuerpos. Había perdido una hija, pero no estaba dispuesto a abandonar a Alazaïs y perder asimismo a su hijo nonato.

—Procuraremos que el viaje sea lo menos penoso posible.

Ugo no mostraba estar enojado; muy al contrario, su tono de voz era amable y había desaparecido la ironía de su rostro. Sentía cariño por el montañés y, en el fondo, envidiaba su arte y que su alma solitaria hubiese encontrado una compañera. Además su aseveración era cierta. El hijo de Justina, la posadera de Villasana, era también suyo, y lo echaba en falta. Por eso procuraba encontrarse en el valle cuando se aproximaban las nieves y la región quedaba aislada, para poder ver crecer a su hijo aunque sólo fuese durante unas semanas de vez en cuando.

Faltaban cuatro meses para el alumbramiento, esperado para comienzos de julio, mes de la siega del cereal que alimentaría durante todo el año a un incontable número de familias, ahuyentando así el hambre y la enfermedad, y Alazaïs se negó a viajar recostada en la carreta conducida por Eder.

Sentada a su vera en el pescante contemplaba el paisaje y espiaba su perfil.

Le había insinuado que quizás sería mejor para ella quedarse en la Foz y esperar su regreso, pero había acallado sus palabras con un beso. Adonde él fuera, iría ella. No permitiría que nadie volviera a herirlo.

La noche del incendio acudió a la obra en compañía del señor Gaífer y de otros criados, si bien se despegó enseguida de ellos y se aproximó todo lo que pudo a los cobertizos en llamas. No tardó en distinguirlo entre los artesanos que contemplaban el incendio y se mantuvo lo más cerca que le fue posible de él. No había peligro de que la descubriera; Lucien había mantenido su palabra y no le había revelado su presencia en la ciudad aunque, de todos modos, él no tenía ojos sino para el fuego. Vio partir al señor Gaífer y a los criados, pero no se movió de su sitio y esperó junto a otros muchos a que las llamas se extinguieran. No veía desde su posición el resultado del siniestro, pero sí la desolación en el rostro de su amado.

Volvía a ser el hombre vulnerable que había regresado con ella a Bozate para marcharse poco después. Lo siguió a cierta distancia al observar que abandonaba la fábrica y continuó tras él hasta perderlo de vista al llegar a

las montañas. No tuvo reparos en llamar a la puerta de más de una choza y mendigar un pedazo de pan con tal de mantener las fuerzas. Incluso aceptó unas abarcas viejas y demasiado grandes para sustituir a sus zapatillas, destrozadas por la caminata. Y siguió adelante con los pies heridos y las piernas doloridas. Podría haber muerto extenuada o haber sido pasto de las alimañas, pero el Dios de sus padres la protegió —así lo creyó— y de la nada apareció el soldado que ahora cabalgaba delante de la carreta y se giraba a menudo para comprobar que estaban bien. Era un hombre extraño a quien, en un principio, tomó por un salteador. Sin casi detener la montura la asió por la cintura y la aupó a la grupa. No intercambiaron palabra alguna hasta hallarse en la cabaña de una familia de pastores con un cuenco de sopa en las manos. Por ella supo el soldado que Eder había tomado el sendero de la montaña. Por él supo ella que Eder era su amigo y lo buscaba.

Como un perro que olfatea una pista y acaba encontrando la presa, el caballero logró localizarlo en la cabaña del vaqueiro, los llevó a la braña y desapareció de sus vidas. Hasta ahora.

No siguieron la ruta de León, sino veredas de vegetación espesa que los obligaban a apearse del carro y a andar durante largos trechos repletos de matorrales, atravesando bosques de encinas y alcornoques, sauces y avellanos, y durmieron en los claros después de haber encendido una fogata y haciendo los hombres turnos de guardia para prevenir el ataque de lobos y jabalíes, muy abundantes en la zona. Y por fin avistaron la Badabia, el más hermoso de los valles, reposo de reyes, situado entre los ríos Luna y Sil; de lomas insinuantes y praderas verdes de hierba; de lavandas azules, amapolas amarillas, cardos y lirios; de manadas de caballos de morros largos y patas recias cuyas pezuñas a la carrera hacían retumbar el suelo; de enormes rebaños de ovejas llegados para pasar los meses del estío al abrigo de las montañas, refugio de los antiguos habitantes de las tierras astures ante el ataque depredador de los invasores romanos. Y continuaron hacia el sur, siguiendo el descenso del río dios de los antepasados, el río de oro de los romanos, y entraron en el Bierzo, tierra de minas a cielo abierto,

pequeñas poblaciones, valles de vegetación espesa, montes sagrados, iglesias y ermitas.

La puebla fortificada, antigua ciudadela romana, se divisaba a varias leguas de distancia. Erigida sobre una colina, en su centro destacaba el castillo consolidado y ampliado por los templarios, cuya enseña ondeaba en lo alto de la torre del homenaje. Ascendieron por la pendiente, pasaron a cierta distancia por delante del foso y de la rampa que daba acceso a la alcazaba y continuaron por la calle del Hospital adelante hasta detenerse ante una posada de dos pisos, construida con bloques de piedra en lugar de lascas superpuestas como la mayoría de las demás casas. Ugo llamó a la puerta y al poco asomaron un hombre y una mujer, ambos de mediana edad, que intercambiaron con él unas palabras en gallego. A continuación, se hicieron a un lado para dejar entrar a la pareja, momento que aprovechó el medio templario para despedirse de ellos e indicarles que regresaría al día siguiente para llevarlos a presencia del comendador Garlande. La mujer los acompañó a una habitación en la que había una chimenea apagada, un enorme lecho con un colchón aparentemente mullido, un arcón y un par de sillones fraileros. La visión de la cama despertó en Eder dos sensaciones encontradas. Se percató de lo muy cansado que se sentía debido al viaje y, al mismo tiempo, deseó que los dejaran solos para hacer el amor con Alazaïs, a la que no había podido acercarse como hombre durante las últimas jornadas. Debieron, sin embargo, aceptar la cena y la compañía de sus anfitriones y de otros cuatro huéspedes que hablaban mucho y a gran velocidad, y a quienes únicamente entendían una tercera parte de lo que decían. No hacía excesivo frío, pero alguien había encendido la chimenea cuando, por fin, pudieron retirarse y el inconfundible olor a madera de haya quemada llenaba la habitación. Se miraron y sonrieron. No tardaron en hallarse bajo los lienzos y un grueso cobertor relleno de lana, dispuestos a amarse con la intensidad de la primera vez, allá en la braña, pero no llegaron a hacerlo; dos besos, un par de caricias, y se quedaron profundamente dormidos.

A media mañana del siguiente día se encontraban en el escritorio del comendador, una habitación sobria y vacía de ornamentaciones.

—Te he hecho venir hasta aquí —comenzó diciendo dirigiéndose al navarro— porque deseo que me acompañes a Santiago de Compostela.

El artesano permaneció callado.

—En realidad —prosiguió Bertrand— quiero que vengas conmigo al Finis Terrae, Fisterra lo llaman los naturales, el Fin de la Tierra.

—¿Existe entonces ese lugar?

—Existe.

—¿Y qué voy a hacer yo allí?

—Esculpir una imagen de la Madre.

—No lo haré. Ella no quiere que nadie lo haga.

—¿De dónde has sacado tú esa idea?

—Lo sé. La ha destruido cada vez que lo he intentado.

—Fue Robert Lepetit.

—Ella se valió simplemente de él. Además, Alazaïs y yo esperamos un hijo y no pienso separarme de ella.

—No hay prisa —el freire sonrió como si se hubiese quitado un gran peso de encima—. Podemos esperar hasta que nazca el niño y a que ambos, él y la madre, estén en disposición de viajar, digamos, en la primavera del próximo año. ¿No te gustaría ver dónde se acaba la Tierra, según creen algunos? —esta vez la pregunta iba dirigida a la joven.

—Me gustaría —respondió ella con los ojos brillantes.

La examinó con atención. La niñera de la nieta del constructor Bisol había madurado y el embarazo había embellecido sus rasgos anodinos.

Recordó la figurilla avistada en la humilde vivienda de un barrio marginado, la prueba de un amor atormentado que, a la vista estaba, había llegado a buen fin. Se alegró por el montañés pagano a quien apreciaba como un amigo y quería como a un hijo; era un hombre de corazón puro y, en su opinión, la única persona capaz de representar en una sola imagen el pasado y el presente, la fe del ser humano desde la Creación, la maternidad y la vida.

—Ya os he dicho que no lo haré —insistió el artesano un tanto vacilante al observar el brillo en los ojos de su mujer—. ¿Por qué habría de hacerlo?

—No decidas nada todavía. Aguarda a estar allí y lo sabrás por ti mismo. Mientras, tendrás trabajo aquí, en el castillo, a la espera de que vuestro hijo nazca. La construcción emprendida por mis antecesores no ha llegado todavía a su fin y un maestro constructor como tú nos será de gran ayuda.

—Yo no soy un maestro constructor…

—Lo eres, aunque no lo creas.

Nada ganaba refutando la aseveración del comendador y permaneció callado, si bien estaba convencido de que él tenía razón: Amari no deseaba ser representada. Por otra parte, se sentía más tranquilo sabiendo que su mujer daría a luz en un lugar seguro. Y ya que iba a trabajar para los freires, solicitaría una vivienda, aunque fuese poca cosa; no quería que su hijo naciese en una posada. Sobre el otro asunto, había tiempo suficiente para decidirse y podían ocurrir muchas cosas hasta la llegada de la siguiente primavera.

Salieron del castillo y siguieron, curiosos, a un numeroso grupo de peregrinos que se adentraban en una iglesia, pero les distrajo la animación que se veía en la plaza. Se dirigieron directamente hacia un cercado repleto de corderos blancos y Alazaïs rogó al pastor que la dejara acariciar a los animales. El hombre no supo negarse y abrió la portezuela del cercado para que ella pudiera entrar. Eder la contempló embelesado. Nunca la había visto de aquella manera. Ataviada como una dama, con un sencillo sayo de color dorado prestado por la posadera para ir al castillo, los cabellos recogidos bajo el tocado de lino adornado con una tira de fruslerías brillantes, el vientre abombado, repleto de vida, y la felicidad plasmada en su rostro, ni una reina podría ser tan hermosa.

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