El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 23 de 27

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El jardín de la Oca

Compostela

Cumpliendo su palabra, Ugo acompañó a Eder en su deambular por las rúas de Compostela. Recorrieron la ciudad de cabo a rabo, entraron en iglesias y hospitales, incluso en el antiguo monasterio de San Paio, el eremita que descubrió la tumba del apóstol, un edificio abandonado por los monjes benitos y que amenazaba ruina. También pasaron por el pórtico que la víspera había impresionado al navarro, pero, en esta ocasión, el artesano no se detuvo a contemplar la gracia de sus arcos, la elegancia de sus capiteles o la fuerza de sus imágenes. Recorrió el interior del templo examinando los rostros de devotos y peregrinos, en especial los de aquéllos que se apiñaban arrodillados en torno al Altar Mayor para sentirse próximos a uno de los más venerados santos de la cristiandad. No les era permitida la visión de la arqueta de plata que guardaba sus restos y los de sus discípulos, Teodoro y Atanasio, pero les bastaba con saberlos en la cripta para besar, enfervorizados, el suelo de piedra que pisaban. Volvió a salir sin haber siquiera dedicado un pensamiento a las reliquias por las que miles de personas realizaban cada año un viaje largo y peligroso. El sueño había despejado su cabeza y en ella sólo había un propósito: encontrar a Alazaïs, aunque tuviese que remover Roma con Santiago, nunca mejor dicho.

Su amigo lo escoltaba dos pasos detrás de él, más atento a los rateros que a buscar a la mujer, objetivo que consideraba estéril. Si el bugre la retenía, a buen seguro la ocultaría fuera del alcance de miradas indiscretas y no le permitiría pasearse por las calles. Intentó, no obstante, pensar de forma coherente, ponerse en el lugar del maldito individuo a quien le gustaría tener al alcance de su espada para acabar con él como con la rata

apestosa que era. No lo conocía en persona, pero había oído hablar tanto de él que lo reconocería en cuanto lo tuviese delante. ¿Por qué motivo había secuestrado a una mujer embarazada y, para él, desconocida? Por lo que sabía acerca de su persona, era un sujeto perverso, pero muy lúcido e inteligente. Logró escabullirse de la cárcel monacal francesa en la que fue encerrado tras insultar al propio Papa acusándolo de ser el anticristo, e hizo lo mismo al ser apresado por el entonces maestre de Navarra. Era un acérrimo enemigo de herejes y paganos y había asesinado a varias personas, pero también encandilado a otras de la importancia de aquel maestro Bisol de quien Eder hablaba con veneración y el comendador con respeto, del constructor Enrique y del canónigo leonés que le había legado una casa y una buena cantidad de dineros. Era un incendiario y, ahora, también secuestrador de mujeres. Intentaba encontrar una afinidad entre todos estos hechos, pero no lo lograba por mucho que recapacitaba.

Cansados de andar de un lado para otro, a eso del mediodía desembocaron por tercera vez en una plazuela repleta de puestos de mercado y preguntaron a un joven por una casa de comidas.

—Ahí mismo tenéis una, en la rúa de la Acibechería.

Entraron en el local y encontraron dos sitios libres, uno frente al otro, en una mesa alargada a la que ya estaban sentadas varias personas que esperaban en medio de un gran barullo a que el dueño y un mozo les sirvieran una espesa sopa de pescado. Eder, absorto, tenía los ojos fijos en el plato vacío y Ugo desistió de cualquier intentona para entablar conversación con él; lo hizo, empero, con sus vecinos de asiento, un matrimonio inglés de mediana edad que había llegado a Galicia por el puerto de Crania con la intención de cumplir la promesa hecha a San Yago.

—¿Y qué promesa fue ésa, si no es mucha indiscreción? —inquirió curioso.

—Mi esposa y yo llevamos casados casi veinte años —le informó el hombre en un latín académico— y en todo este tiempo ni una sola vez habíamos conseguido tener un hijo. Al saber, por boca de unos parientes, acerca de los milagros atribuidos al santo apóstol, quien, dicen, cura a las gentes de todas clase de enfermedades para gloria y alabanza de Nuestro

Señor Jesucristo, acudimos a la iglesia de Saint James en Londres e hicimos la promesa de venir a darle las gracias si nos concedía la dicha de ser padres.

Al decir esto, el hombre acarició sonriente el vientre abombado de su mujer, quien le devolvió la sonrisa.

—¿Y no era peligroso para ella emprender un viaje tan largo en su estado? Podría haber perdido a la criatura…

—No. Nuestro hijo es un ser bendecido y nada malo puede ocurrirle.

Permaneceremos en Compostela hasta que nazca, le pondremos el nombre de James y será bautizado en el mismo templo que custodia las reliquias santas.

—¿Y si es una niña?

Se mordió los labios para no echarse a reír al observar el pasmo en la cara del hombre. Nunca dejaba de maravillarle la credulidad de la gente.

Aquella pareja había arriesgado la vida en un viaje por mar para cumplir una promesa que el santo no demandaba y estaba convencida de que la criatura sería un varón. ¿Flaquearía su fe en caso contrario? Observó la preocupación en sus rostros y en sus voces mientras hablaban en su idioma sobre la posibilidad —supuso— de que su hijo fuese hembra. Finalmente, el hombre se volvió hacia él.

—Será un varón —afirmó con seriedad— y, cuando tenga la edad adecuada, lo entregaremos a la Iglesia para que predique la Palabra de Dios y la llegada de la Nueva Jerusalén anunciada en el Libro de la Revelación.

Soy maestro de latín —aclaró para justificar sus conocimientos bíblicos.

Ugo no respondió. Intentaba recordar lo dicho por los amigos de Eder, el judío y el musulmán, respecto al deseo de Lepetit por conocer los secretos del jardín de la oca, creyéndolo un tablero de adivinación del futuro. Y también su interés en leer el Nuevo Testamento, en particular el Libro de San Juan. A él también le fascinaba el texto juanista que profetizaba la última batalla entre el Bien y el Mal y, de manera especial, el capítulo que trataba de la lucha entre el dragón y la mujer embarazada. No había nada más poderoso que una mujer en estado de buena esperanza, ni más hermoso. Hasta el propio Dios había necesitado de un vientre femenino

para hacerse hombre. El fervor por la Madre de Jesús que los templarios habían propagado por toda Europa estribaba precisamente en su maternidad, y la prueba de que habían logrado su propósito eran las catedrales, iglesias, ermitas y monasterios a Ella consagrados que abarrotaban el orbe cristiano.

—Yo no lo he leído —había afirmado el médico refiriéndose al Libro de la Revelación, la noche que pernoctaron en Villasirga y que, como de costumbre, hablaron sobre el individuo cuya sola presencia los había obligado a huir de Burgos—, pero mi buen Yucé Tob sí lo leyó y el sujeto quiso saber si poseía un ejemplar. Creo que luego fue a pedir uno al monasterio, si bien no estoy seguro porque yo nunca se lo vi.

No recordaba más y lamentó que los dos hombres hubiesen regresado a su tierra. Les habrían sido de utilidad porque no podía dejar de pensar que el secuestro de la joven estaba relacionado con el tablero del jardín de la oca y con el libro de las profecías y no con el hecho de que fuera la mujer de Eder, según creía éste. Lo observó durante un rato coger la sopa con la cuchara y dejarla caer sin intención de llevársela a la boca. Quería preguntarle si él recordaba lo dicho por los dos viejos, pero una taberna no era el sitio idóneo y le apremió a acabar de comer. El artesano lo miró a su vez, dejó la cuchara dentro del cuenco casi lleno y se levantó de la mesa.

Iban a salir del local cuando se detuvo de golpe y asió con tal fuerza el brazo de su amigo que el navarro abandonó su aire ausente y siguió su mirada clavada en un hombre que esperaba a que una moza llenase de leche una vasija que él sujetaba con ambas manos.

Al rato entraban los tres en la pequeña vivienda de ruela de Xerusalén, que desembocaba en la rúa de la Acibechería. La emoción de don Ezequiel y de Hadi al ver de nuevo a «su muchacho» no les permitió decir dos frases seguidas y tuvo que transcurrir un rato antes de que empezasen a hablar con cierta coherencia. Eder, por su parte, sentía lo mismo. En medio de su desdicha, el reencuentro con sus amigos alegraba su corazón y sonrió por primera vez en muchos días.

—¿Y qué hacéis en Compostela? —les preguntó tras las efusiones—.

Os creía lejos de aquí.

—Queríamos ver el fin del mundo y nunca seremos más jóvenes que ahora —afirmó el médico.

—¿Y lo habéis visto?

—Todavía no, pero un día de estos nos animaremos y veremos si es cierto eso que dicen de que la mar Tenebrosa engulle a quienes posan sus ojos en ella. Puede que allí habite al-bilis, el diablo, en forma de dragón de siete cabezas que, dicen, se aparece a los pobres pecadores… —bromeó Hadi.

La mención del dragón sobresaltó a Ugo. « Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos». Fue a preguntar sobre el asunto que le rondaba por la cabeza, pero don Ezequiel se le adelantó.

—¿Y tú, hijo, qué haces aquí? —inquirió—. ¿Qué hacéis los dos aquí?

A medida que les relataban las razones de su presencia en la ciudad peregrina, los dos mayores intercambiaron miradas asombradas, primero, y risueñas después. Les quitaban una gran inquietud de encima. Habían intentado trazar un plan la noche anterior, tras asegurarse de que su protegida dormía profundamente, pues no deseaban preocuparla en exceso.

Decidieron enviar un mensaje al comendador Garlande informándole acerca de la presencia de Robert Lepetit en Compostela aprovechando el viaje de algún mercader que hiciera la ruta. Mientras, permanecerían sin salir de la vivienda o, en todo caso, saldrían de manera alternativa en busca de vituallas y de algunas otras necesidades. No les resultaría complicado; la joven no mostraba ningún deseo de aventurarse fuera de las seguras paredes de la humilde casa del sastre. Pero, ahora, ya no tenían que preocuparse y alargaron a propósito la sorpresa.

—¿Así que encontraste a la compañera por la que tanto suspirabas? —

inquirió Hadi dirigiéndose a Eder.

—Así fue…, para perderla cuando nuestra felicidad era completa.

—Y vas a ser padre —afirmó el médico, sintiéndose él mismo abuelo.

—Si él no lo impide… —la mirada del artesano se volvió oscura como el fondo de un pozo.

—¿Y por qué iba a impedirlo?

—Porque él es el Mal, destruye todo lo bueno y mata a las personas a quienes otros queremos, pero juro que…

—Eder, ¿te importaría hacernos un favor a Ezequiel y a mí? —lo interrumpió Hadi.

—Si está en mi mano…

—Hay algo que nos gustaría enseñarte, pero es demasiado pesado para traerlo nosotros mismos. Está en ese cuarto de ahí… —dijo señalando uno de los dormitorios.

El joven se dirigió a la puerta y la abrió quedándose inmóvil; giró la cabeza al cabo de unos instantes y miró con lágrimas en los ojos a sus amigos, igualmente emocionados, entró y cerró la puerta tras de sí.

—¿Que hay ahí dentro? —preguntó Ugo.

—La prueba de que el Mal no siempre gana —respondió Hadi—. ¿Y

qué tal si echamos un traguito de este magnífico arrak? —añadió asiendo una garrafilla—. Presiento que tendremos que esperar un rato largo a que nuestro muchacho vuelva a salir.

—¿Un magnífico… qué? —preguntó el templario meritorio.

—Orujo gallego.

Eder no se atrevió a despertar a Alazaïs que sesteaba cubierta por una manta de rayas. Se arrodilló al lado de la cama y la contempló extasiado.

Dormía confiada, su cabello oscuro desparramado sobre la almohada, y parecía en buena salud. Tuvo que hacer un esfuerzo para no despertarla: quería acariciarla, besarla, asegurarse de que no se trataba de una alucinación, de que de nuevo estaban juntos. Se desvistió, se tumbó a su lado con mucho cuidado, y esperó. Como si sintiese su presencia, la joven no tardó en despertar. Permanecieron mirándose durante largo rato, sin moverse, sin hablar. Después, él retiró la manta y la desnudó sin prisas y sin dejar de mirarse en sus ojos; acarició el vientre repleto de vida y se adentró en ella con suavidad al tiempo que besaba sus labios, su cuello, sus pechos hinchados, sediento de amor, de ser uno con ella y con el fruto de su amor.

Atrás quedaron el sufrimiento de la ausencia, el discípulo del diablo que los había separado, los días de zozobra, la angustia y el temor.

—¿Cuáles fueron exactamente sus palabras? —preguntó Bertrand de Garlande a una Alazaïs radiante de alegría.

Ugo acudió en busca del comendador en cuanto hubo bebido un trago de orujo con don Ezequiel y Hadi, y lo encontró leyendo un mensaje enviado por el maestre Guillén de Cardona. Por el ceño fruncido de Bertrand y la manera como dejó el pliego encima de la mesa, supuso que no eran buenas noticias. Su tío era un hombre muy rígido, poco dado a actuaciones extravagantes en el seno de la Orden. Echó una ojeada al escrito cuando el comendador dejó la sala durante unos minutos. El maestre, en efecto, reprochaba a éste su decisión de abandonar la encomienda del Bierzo, de ausentarse por unas razones poco claras, y lo conminaba a regresar de inmediato. Sobre él, su sobrino, ni una palabra, ni siquiera interesándose por su salud.

—Que yo era la elegida para dar a luz al segundo Mesías, el Salvador del mundo —respondió la joven, incapaz de desviar su mirada de la de Eder.

—¿Y qué más?

—Dijo que no me había secuestrado, sino que él era la mano de la Providencia y que la Santa Milicia velaría para que nada malo nos ocurriera a mi hijo ya mí…

—¿Algo más?

—No, que yo recuerde. Me trataron como a una dama y me proporcionaron ropas elegantes y atenciones.

—Haz memoria… es importante.

—El Libro de la Revelación… —intervino Ugo que hasta entonces había permanecido callado, guardando para él sus sospechas.

—¿Qué pasa con él? —le interrogó su superior, molesto por haber sido interrumpido.

—En él está descrita la mujer embarazada que dará a luz al Mesías y que…

—Se refiere a la Virgen María o, en todo caso, a la Iglesia de Roma, según los exegetas bíblicos —le cortó en seco Bertrand.

—Pero puede que nuestro hombre tenga su propia interpretación —

insistió Ugo sin amilanarse al escuchar el tono imperativo del templario—.

Puede que de verdad crea que la segunda llegada del Mesías esté próxima…

—¡Es absurdo! Nadie sabe cuándo ocurrirá y, si fuera cierto lo que aseguras, ¿por qué Alazaïs y no cualquier otra mujer encinta?

—Eso deberéis preguntárselo a él cuando lo encontremos.

—¡Es absurdo! —repitió el comendador—. El Libro dice bien claro que la Nueva Jerusalén descenderá del Cielo y los Santos Lugares se encuentran a miles de leguas de aquí.

— Yerushalayim en hebreo antiguo significa la casa de la paz —terció don Ezequiel.

—En árabe la llamamos Al-Quds, es decir, lo que es sagrado —dijo Hadi a su vez.

Habían permanecido mudos de asombro escuchando la conversación de los dos cristianos. No sabían a qué se referían, pero ambos tenían clara una cosa: la ciudad sagrada de Jerusalén no era únicamente patrimonio cristiano, también lo era judío y musulmán respectivamente.

—¿Y eso a qué viene? —Bertrand había fruncido el ceño.

—En mi opinión —respondió el médico con amabilidad—, la casa de la paz no es un ente físico, aunque para nosotros, los judíos, Jerusalén sea parte de nuestra historia y de nuestra fe.

—Y ese hombre puede creer que esta ciudad es la Nueva Jerusalén mencionada en vuestro Libro… —añadió Hadi.

—¡Es imposible! ¿Por qué iba a creerlo?

—Porque su mente es la de un enfermo y porque ésta es una ciudad de peregrinación, próxima al punto donde, aseguran, acaba la Tierra. ¿Qué mejor sitio que el fin del viejo mundo para la llegada del nuevo?

El comendador no respondió. Había algo de juicioso en las palabras de Ugo y de los dos hombres. En Francia, Robert Lepetit, azote de cátaros y paganos, se había arrogado el título de verdugo de Dios. Posteriormente, se creyó el propio Jesucristo revivido y se lanzó por el Camino Francés seguido por doce discípulos a quienes abandonó a su suerte, y ahora…

¿quién pretendería ser? ¿El propio arcángel Miguel, general de los ejércitos celestiales?

—¿Serías capaz de conducirnos a la casa donde te tuvieron antes de que escaparas? —preguntó dirigiéndose a Alazaïs.

Ella y Eder no prestaban atención a la conversación. Querían quedarse a solas para amarse; una vez no había sido suficiente tras su angustiosa separación. No habían saciado su necesidad el uno del otro, no habían podido decirse cuánto se deseaban y lo mucho que se habían echado en falta. Bertrand repitió la pregunta y la joven asintió al tiempo que asía con fuerza la mano de su hombre.

Pasaron por la casa de los templarios y el comendador se hizo acompañar por los cinco freires que esperaban sus órdenes. Rodeados de hombres armados cuya vestimenta militar y las capas blancas al vuelo levantaban respeto y recelo a partes iguales, los dos jóvenes y los dos mayores, se encaminaron a la Porta do Camiño y, de allí, por la vereda, a la casa de labranza. La escena que encontraron les puso los pelos de punta. La mujer y sus dos hijos, ambos desnudos, colgaban por el cuello de una viga del establo. El viejo, sentado junto a las cenizas del hogar, los miraba y sonreía con su boca vacía de dientes; le habían seccionado la yugular y también estaba desnudo.

Retornaron conmocionados a la ruela de Xerusalén. No era posible para una mujer habitar bajo el mismo techo que los freires, pero Bertrand encomendó a Ugo su custodia y proporcionó sendos cuchillos a los otros tres, a pesar de que don Ezequiel y Hadi miraron las armas con suspicacia y las dejaron encima del arcón de la salazón nada más entrar en su vivienda.

Antes, se detuvieron en la plaza del Paraíso a petición del herbolario. Había mucha animación allí: vendedores de conchas y agua bendita, traficantes de supuestas reliquias, peregrinos que deseaban comprar un recuerdo, mendigos y curiosos. Se pararon ante el puesto de un vendedor de conchas de estaño y de amuletos y Hadi adquirió una higa, tallada en azabache con todo detalle a pesar de su pequeño tamaño, y una cadenita de plata.

—No sé si estas cosas sirven de algo, pero por si acaso… —susurró al oído de Alazaïs mientras se la colgaba al cuello. La joven sonrió, a pesar de

la congoja que no la abandonaba después de haber visto los cadáveres en la casa de labranza.

Entre los curiosos que los rodeaban, un guardia episcopal, disimulado tras un arriero fortachón, no los perdía de vista. Reconoció a tres de las personas del grupo. ¿Qué hacían en Santiago, tan lejos de León?

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