El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 14 de 27

Páginas del PDF

El jardín de la Oca

Los buenos hombres

Robert Lepetit había meditado con detenimiento las ideas que se le iban ocurriendo y llegó a la misma decisión tomada tiempo atrás, mientras recorría el Camino de Santiago tras huir de la cárcel conventual de París en la que había sido recluido por insultar al papa Gregorio, después de ser acusado de crueldad y de haber sobrepasado los límites de su autoridad por enviar al quemadero a herejes y a quienes no lo eran. Había relegado a un rincón de su mente el proyecto de crear su propia orden religiosa al no tener los medios necesarios, pero acaso ahora… Le habló al canónigo de su proyecto: fundar una nueva comunidad temerosa de Dios, dispuesta a dar la vida si fuera preciso con tal de erradicar la herejía, una milicia de Cristo diferente a los templarios, hospitalarios, santiaguistas y demás órdenes de monjes soldado, cuya conducta, en su opinión, dejaba mucho que desear desde que habían comenzado a acumular riquezas, tierras y castillos. Tampoco serían como los frailes de las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, a quienes Roma había concedido, también en su opinión, excesivas prerrogativas. Controlaban los tribunales de la Santa Inquisición y sabido era que el poder corrompe, y ellos tenían mucho. Ni serían como las demás órdenes religiosas, benedictinos, antonianos o agustinos que, encerrados en sus monasterios, vivían aislados y desconocían los peligros que corría la verdadera religión.

—Todos ellos —explicó a un atento canónigo— viven ajenos a la realidad, no se mezclan con el pueblo, son fácilmente reconocibles, lo cual alerta a los sectarios, e ignoran la amenaza que se cierne sobre las gentes crédulas, demasiado ignorantes para distinguir entre el Bien y el Mal. Es necesario fundar una comunidad de hombres y de mujeres, sujetos a unas

reglas, pero libres para llevar unas vidas aparentemente normales sin levantar sospechas, aunque también habría sacerdotes entre ellos. Sólo así podremos conocer con exactitud el peligro real y combatirlo.

—¿Mujeres? —preguntó don Marcelo incómodo.

—Sí, porque las mujeres tienen acceso a círculos más cerrados que los hombres y porque son las más vulnerables. Recordad que entre los herejes cátaros también hay mujeres, «perfectas» las llaman.

—Así es.

—Engatusan a los hombres y los atraen por medio de promesas de goces carnales. Las mujeres de nuestra orden serían castas y aleccionadas como Dios manda; serían religiosas sin hábito. No olvidéis que a Jesucristo.

Nuestro Señor, también le acompañó un grupo de mujeres que estuvieron con Él hasta el final.

—Cierto, cierto… —tuvo que admitir el eclesiástico.

—De todos modos, perded cuidado. No las habrá hasta que la comunidad no esté bien organizada.

—¿Y por dónde empezaríais?

—Por supuesto, la primera se crearía aquí mismo, en la ciudad de León, ya que, como bien afirmáis, es la población del reino más contaminada por la herejía…

—Contad con mi apoyo.

—Desgraciadamente, dudo que pueda llevarse a cabo.

—Y eso ¿por qué?

—Ay, mi buen don Marcelo —exclamó Robert lanzando un suspiro—, no dispongo de medios; no tengo una casa, ni un humilde lugar de reunión.

Es cierto que el santo de Asís no precisó de un techo para crear la orden franciscana, pero la nuestra no ha de ser motivo de habladurías como lo fue la suya en sus inicios. La fundación debe ser secreta si deseamos cosechar el éxito esperado. Dejémoslo estar, como un bello sueño que nunca se hará realidad.

No volvió sobre el tema en los días siguientes y se hizo el distraído cada vez que el canónigo se interesó por él. Por su parte, le instaba a hablar sobre los herejes, sobre el tal Díaz y su preocupación por que ocurriera allí algo

similar a lo que había provocado en tierras de la Occitania francesa una cruenta cruzada, finalizada menos de diez años atrás. La herejía había sido aniquilada, pero las fértiles regiones del Mediodía todavía no se habían recuperado de la ruina provocada por la guerra. Don Marcelo adoraba su tierra y conocía su historia. Cuando no hablaba de religión y de herejes lo hacía del reino de León, el más antiguo de la Península después del de Asturias —recalcaba—; engrandecía los hechos de armas y lamentaba, de forma velada, la pérdida de su antiguo esplendor en beneficio de la Corona de Castilla. La idea de que los señores castellanos, al igual que habían hecho los de la Île de France en los territorios del conde de Toulouse, pudieran atacar el viejo reino y apropiarse de tierras y pueblos con la disculpa de acabar con la herejía le ponía enfermo, y cuantas más vueltas le daba al proyecto de su huésped, más acertado lo encontraba.

—Querido Robert —le dijo una mañana en que, como de costumbre, se habían reunido para continuar trabajando sobre el memorando que pensaba entregar al obispo—, he estado cavilando mucho y detenidamente sobre esa idea vuestra de crear una orden para combatir la herejía desde adentro.

—Ya os dije que sólo era un sueño…

—Al contrario que vos, yo sí creo que los sueños, a veces, se hacen realidad. Lleváis varias semanas bajo mi techo y os he observado con atención. Sois un hombre serio, firme creyente y, en mi opinión, el único capaz de llevar a cabo un propósito loable, como es el de acabar con los herejes que amenazan con emponzoñar las almas de nuestros vecinos, algo que no podemos permitir.

El bugre mantuvo el aliento y no dejó traslucir su satisfacción. El pichón había caído en la trampa.

—Así que he decidido colaborar con vos de la única manera que me es posible, dada mi edad y mi invalidez: voy a legaros una de mis propiedades, casa y huertos, y una renta anual para que podáis realizar vuestro proyecto sin ahogos. He hecho llamar al escribano y os ruego que os halléis presente cuando lleguen él y mi administrador porque pienso cambiar parte de mi testamento.

—No sé… me abrumáis… creía que habíais decidido legar vuestros bienes a las obras de la nueva catedral.

—No os preocupéis; habrá para todos.

Y así fue. A pesar de la manifiesta disconformidad del administrador Mansilla, don Marcelo ordenó al escribano la redacción de un legado y su correspondiente codicilo testamentario por los que maese Robert de Reims, maestro de retórica, recibía la casa de laboreo situada extramuros, a poca distancia del monasterio de San Marcos, con sus muebles y huertos, y una suma anual de diez mil maravedíes en oro, una verdadera fortuna. Ninguno de los dos dijo nada a los otros sobre el proyecto de la fundación, pero el anciano guiñó un ojo a su huésped al ir a firmar el documento, gesto que no pasó desapercibido al administrador.

El hombre no entendía en absoluto el cambio producido en su cliente, a quien creía conocer bien, no en vano llevaba treinta años trabajando para él.

Desconfiaba del oscuro desconocido que se había presentado de pronto en la vida del canónigo y parecía haberse hecho con su voluntad, y estaba dispuesto a averiguar algo sobre él antes de notificar al obispo sobre el asunto del testamento. Al prelado no le agradaría saber que un extraño iba a apropiarse de un buen pellizco del patrimonio destinado a las obras de la catedral. A partir de la firma del documento, procuró ser más amable con maese Robert, pero, sobre todo, con su criado, el tal Ferrán. Los sirvientes conocían los secretos de sus señores y éste no sería diferente. Todo era cuestión de encontrar la ocasión oportuna. Ésta se presentó sin que él la buscara. Unos días más tarde, el beneficiado del legado le pidió la llave de la casa. Debía inspeccionar la propiedad antes de su traslado, algo que no ocurriría de inmediato —aseguró— puesto que don Marcelo lo necesitaba, pero quería conocer el lugar por si fuera necesario hacer algún tipo de arreglos. Mansilla no entregó la llave aduciendo que debía estar presente en el momento del traspaso de poderes; además —añadió— así tendría oportunidad de mostrarle las lindes e informarle sobre las cargas de la propiedad que, por otra parte, estaba arrendada a una familia de campesinos a quien habría que dar un plazo para que la abandonara. Sus palabras sonaron convincentes y quedaron para la tarde siguiente.

El legado lo constituían una casa de labranza de amplias dimensiones y un terreno bastante extenso dedicado a la producción de trigo y cebada. Se hallaba, en efecto, a poca distancia del monasterio de San Marcos, pero lo suficientemente lejos para que los freires santiaguistas no pudieran controlar los movimientos de sus ocupantes, cuya visión, además, obstaculizaba una fila de castaños, plantados en la linde entre ambas propiedades. El arrendatario se quedó sin habla cuando el administrador le informó de que tenía que abandonar lo que había sido su hogar de toda la vida y su mujer e hijas se echaron a llorar desconsoladas sin que el bugre se dejara conmover un ápice. Finalmente llegaron a un acuerdo: Mansilla les buscaría otro alojamiento y aquel año podrían cosechar el trigo y la cebada ya sembrados. Si el nuevo propietario quedaba contento con su trabajo, volverían a hablar después de la recolección y les sería permitido continuar laboreando en sus terrenos. El bugre se marchó tras inspeccionar la casa y dejó a Ferrán para que el administrador acabara de mostrarle sus dominios y le informara sobre las menudencias.

—Éste es un excelente río truchero —afirmó el administrador mientras ambos paseaban por las orillas del Bernesga y preguntó sin aparentar demasiado interés—: ¿Lleváis mucho tiempo con maese Robert?

—No —respondió el sirviente al tiempo que intentaba descubrir alguna trucha en el agua—. Nos conocimos hace un par de meses en Burgos y me ofreció trabajo.

—¿Y cómo así?

—Mi señor es caballero eminente que precisa de servicio; enseña en la escuela de la catedral, pero necesitaba descansar y el maestro Enrique lo invitó a venir con él a León. Son buenos amigos.

—¿Y cuándo regresaréis a Burgos?

—No creo que regresemos vista la nueva situación de mi señor —

Ferrán extendió los brazos señalando la propiedad.

Mansilla no quiso continuar con el interrogatorio para no levantar sospechas, pero ahora tenía dónde indagar. De vuelta a la ciudad, sacó el manojo de llaves y le entregó la de la finca. A continuación marchó presuroso a su casa con intención de escribir y enviar una carta a un viejo

amigo, el bibliotecario de la escuela catedralicia de Burgos. Él se encargaría de darle razón sobre el hombre que había encandilado al canónigo. No se atrevería a preguntar al constructor; ya lo haría el propio obispo.

Ferrán, por su parte, entregó la llave a su señor y le deseó las buenas noches, acuciado por el deseo de encontrarse a solas con la Dominga. Le había cogido gusto a sus encuentros nocturnos y tenían que aprovechar el tiempo mientras el otro criado, Pascual, no estuviera de vuelta. Hacían el amor junto a las brasas, encima de las colchonetas rellenas de paja seca y hierbas que extendían en el suelo cada noche. Procuraban no hacer ruido, si bien no había peligro de que los oyesen puesto que la cocina se hallaba en el sótano y sus respectivos amos ocupaban habitaciones en el primer piso.

Don Marcelo no podía bajar y maese Robert jamás se habría molestado en aparecer por allí. Por si acaso, silenciaban, no obstante, su deleite y el empeño que ponían los unía todavía más. Necesitarían una mujer en la casa de labranza para ocuparse de las comidas y de las ropas y el burgalés esperaba convencer a su patrón para que la llevaran con ellos.

—Por cierto…

La voz del patrón detuvo su avance hacia la puerta.

—¿Te ha preguntado Mansilla algo sobre mí?

—Sí, quería saber si llevaba trabajando mucho tiempo para vos.

—¿Y qué le has dicho?

—Que me habíais contratado en Burgos hace un par de meses.

—Bien. Puedes retirarte.

No se hizo repetir la orden. Dominga lo esperaba con un plato sobrado de garbanzos con bacalao encima de la mesa tocinera. Sofocada por el calor de la lumbre, había soltado el cordel de la camisa y sus voluminosos pechos pugnaban por escaparse de su encierro. Ferrán metió la mano por la abertura y los sopesó uno tras otro provocando las risas de la mujer.

Después tomó asiento, la asió por la cintura sentándola sobre sus rodillas y atacó los garbanzos.

A Robert Lepetit no le había pasado desapercibido el enojo del administrador mientras don Marcelo dictaba al escribano el codicilo, ni tampoco sus intentos por impedir cambios en el testamento. Además, lo

había pillado en un par de ocasiones observándolo con el ceño fruncido. Su actitud hacia él había cambiado tras la firma del documento e intentaba aparentar amabilidad, pero no se fiaba y estaba persuadido de que procuraría anular las nuevas disposiciones. Había maneras de hacerlo tales como aducir demencia senil del testador, malas artes por parte de la persona favorecida o, incluso, presiones sobre un anciano dependiente. En asuntos de dineros, cualquier ardid era válido y el principal beneficiario, el obispado, no renunciaría fácilmente a una parte substancial de la herencia.

Era cerca de la medianoche cuando se echó encima la capa, cubrió su cabeza y parte del rostro con el capuz, asió un candil, bajó a la cocina y despertó a Ferrán empujándolo con un pie. El hombre se despertó sobresaltado y a poco sufre un espasmo al ver ante él la propia imagen de la Muerte agitando la luz de los muertos, tal como la había visto representada en un libro iluminado que el arcediano de la catedral de Burgos tenía en su escritorio, sobre un atril, siempre abierto por la misma página.

—Acompáñame y no olvides tu cuchillo —escuchó que le ordenaba.

Obedeció aterrorizado.

Dominga se despertó entonces, los ojos se le desorbitaron al ver el espíritu de ultratumba que interrumpía su sueño y se desmayó.

La vivienda de Mansilla, que vivía solo, era una casa con bajo y una planta situada en la calle de los Bordadores. Ferrán la conocía porque él mismo se había encargado de avisarle, así como al escribano, por el asunto del legado. El sirviente, algo repuesto del susto, asía el candil y conducía al bugre en la oscuridad preguntándose qué diablos querría éste del administrador a aquellas horas. No podían golpear a la puerta pues el ruido alertaría a mayorales y alguaciles que recorrían la ciudad por las noches velando por la seguridad de los vecinos.

—Ábrela.

La orden en voz queda impresionó al sirviente más que si hubiese sido dada a gritos. Sacó el cuchillo y manipuló la cerradura, pero era de buena calidad, de dos cierres, y resultaba imposible abrirla sin hacer ruido. Dejó a su patrón y se dirigió a la parte trasera del edificio, saltó la valla que rodeaba un huerto minúsculo y probó con la puerta trasera, mucho más

endeble y cerrada únicamente con un pestillo. En pocos minutos estaba dentro de la casa y caminaba de puntillas por un pasillo angosto hasta dar con la puerta principal y abrirla.

—Quédate aquí vigilando —escuchó en un susurro al tiempo que un garfio le arrebataba el candil de la mano.

Salieron al rato y recorrieron el camino de vuelta a casa del canónigo sin decir palabra. Ferrán desvistió a su señor, también en silencio, y lo dejó acostado. Luego bajó a la cocina. Dominga había recuperado el sentido y se hallaba sentada encima del colchón con la mirada fija en los rescoldos de la chimenea, todavía aturdida. Estaba convencida de que el Diablo en persona se había llevado a su hombre. Él se desnudó, se acostó a su lado y se acurrucó entre los brazos y los pechos acogedores que lo recibieron; ambos estaban ansiosos por olvidar el susto.

Robert no se durmió enseguida. Había entrado en el dormitorio del administrador; el hombre dormía confiado, con respiración acompasada y una media sonrisa en los labios. Cogió un cojín y lo apretó con fuerza contra su rostro; lo mantuvo firmemente hasta que el cuerpo de Mansilla dejó de luchar contra su destino. A continuación, recompuso los lienzos del lecho, colocó las manos del ya difunto sobre su vientre, le atusó el cabello y asió el manojo de llaves que reposaba sobre un arcón, junto a sus ropas.

Buscó el escritorio y lo encontró al final del pasillo. Todo estaba en perfecto orden como correspondía al meticuloso personaje. Encima de la mesa de trabajo había una misiva lacrada; la cogió y rompió el lacre. Sonrió, ufano de su intuición. En ella, el administrador solicitaba informes sobre su persona, calificándolo de «individuo extraño y sospechoso».

Al día siguiente, el canónigo se sorprendió al no recibir la acostumbrada visita matinal de su administrador e hizo partícipe de su preocupación a su huésped. En su presencia, Robert llamó a Ferrán y le ordenó que fuera rápidamente a casa de Mansilla y averiguase si el licenciado se hallaba enfermo o había sufrido algún tipo de percance. El sirviente regresó y les informó que, por muchos golpes que había dado en la puerta, no había obtenido respuesta. La escena se repitió en las dos jornadas que siguieron.

Verdaderamente alarmado, don Marcelo pidió a su huésped que diera aviso

a la autoridad, cosa que éste se apresuró a hacer. El mayoral del barrio mandó echar la puerta de la vivienda abajo y comprobó que el hombre había fallecido, posiblemente de un ataque de ansiedad, como declaró en plan docto don Isaías Falaquera, médico personal del obispo, que fue llamado a toda prisa para certificar la defunción. El anciano canónigo no soportó la súbita desaparición de su administrador y casi amigo único durante años y se sumió en una profunda depresión que lo mantuvo en el lecho varias semanas. Un anochecer se quedó dormido para no despertar y fue enterrado en San Isidoro, del cual había sido benefactor a lo largo de su longeva vida. El secretario del obispo no tardó en reclamar la vivienda y el resto de las propiedades legadas para las obras de la nueva catedral. Robert Lepetit, Ferrán y la sirvienta Dominga se trasladaron a la casa de labranza.

La arqueta con las doblas de oro y piezas de plata formaron parte del equipaje. Había llegado el momento esperado.

La primavera mostraba sus colores más vivos y hacía olvidar un invierno especialmente duro en el que pozas y ríos habían permanecido helados la mayor parte del tiempo y los leoneses habían pasado frío.

Todavía era necesario abrigarse, utilizar bufandas y cubrirse las manos con guantes, y los pies con medias o tiras de paño, pero el clima atemperado, los ríos plenos, los árboles reverdecidos, la expectativa de una hermosa cosecha y, sobre todo, el alargamiento de las horas de sol alegraban los ánimos y hacían pródigas las sonrisas. Grandes extensiones de terreno que, poco antes, mostraban el aspecto del suelo yermo, aparecían vestidas de un verde más suave y aterciopelado que el mejor de los tejidos. Aquél sería un buen año para los campesinos y, si lo era para ellos, también lo sería para ganaderos, artesanos y señores.

Ferrán había logrado introducirse en el grupo que se reunía en casa de Diego Díaz. Aleccionado por su patrón, le bastó con insinuar que había sido perseguido por los dominicos en su lugar de origen debido a las ideas religiosas de su familia, poco ortodoxas según los frailes inquisidores y contrarias a la Iglesia de Roma. El interés del tejedor fue patente y, en sus siguientes encuentros, intentó sonsacarle la razón exacta de la persecución de la que había sido objeto. Se hizo de rogar; no debía dar la impresión de

confiarse de buenas a primeras, pero, finalmente, le confesó que el problema radicaba en que sus abuelos por parte materna procedían del sur de Francia, de una población llamada Albi. Su familia había huido de su país treinta años atrás, cuando la primera cruzada contra los albigenses, y se había establecido en Aragón. Huérfano de padres a causa de la pandemia de hambre que azotó la comarca siendo él todavía un niño de corta edad, fue criado por ellos y adoctrinado en sus creencias.

—No creáis que se trata de una doctrina perversa —simuló disculparse

—. Es tan cristiana como la doctrina romana, si no más, porque se basa en las Sagradas Escrituras, sólo que rechaza el lujo y las riquezas del obispo de Roma y de sus sacerdotes.

No conocía más al respecto y esperaba que el tejedor no le hiciese preguntas comprometidas. Le había costado aprenderse la lección de memoria con gran enojo por parte de su señor, quien lo llamó estúpido en un par de ocasiones mientras lo aleccionaba. Había momentos en los que pensaba en regresar a Burgos y volver a su antiguo oficio. Ignoraba lo que maese Robert se traía entre manos, pero intuía que era algo peligroso. Sin embargo, no podía negar que el trabajo era fácil y estaba bien remunerado; nunca le faltaban los dineros y, a pesar de haberlos encontrado a Dominga y a él desnudos y yaciendo juntos, su señor no había hecho mención del asunto ni había puesto inconvenientes a que la llevaran con ellos a la casa de labranza. Claro que también estaba el otro asunto, el del administrador Mansilla. Maese Robert había ido a hablar con él y tres días después había aparecido muerto. Resultaba muy sospechoso, aunque, en honor a la verdad, él no oyó ningún ruido ni discusión alguna mientras esperaba que le diera a entender que entre los dos hombres había habido algo más que palabras, y así lo declararía si alguien se interesaba por la cuestión. Y luego, aquel tema de la secta o lo que fuese… No se sentía a gusto mintiendo al tejedor; era un buen tipo que le había abierto la puerta de su casa y había compartido con él más de una comida. Le había dicho que era huérfano cuando, en realidad, sus padres gozaban de buena salud, allá en su pequeño pueblo de Matalindo, en Burgos: eran católicos devotos y jamás habían oído hablar de herejes ni sectas, al igual que él.

Díaz no le hizo preguntas comprometidas y lo invitó a su próxima reunión, a la que siguieron otras. Las personas reunidas en el taller del tejedor eran poco más de una veintena; hablaban del Bien y del Mal, del Dios del espíritu y del demonio de la carne; rechazaban la ostentación de la Iglesia de Roma, su poder sobre lo humano y lo divino, su apego a las cosas del mundo, sus procesiones y la adoración a las imágenes —ídolos los llamaban—, y a la cruz, instrumento de martirio, pero jamás de redención.

Eran gentes pacíficas que abominaban del asesinato, incluida la pena de muerte aunque el reo fuera un criminal, y no comían carne ni pescado por la misma razón, porque significaba acabar con la vida de un ser vivo. No obstante, estaban dispuestas a sacrificarse y dejarse matar antes que renegar de sus creencias. A Ferrán esta parte del discurso le resultaba bastante extrema. Ni por todo el oro del mundo estaría él dispuesto a hacer otro tanto. Las creencias no eran sino ideas y no hacía falta ir pregonándolas por ahí, ni morir por ellas. Lo que pensaba o en lo que creía era asunto de él y nadie más tenía por qué estar enterado. Al mismo tiempo que acudía a las reuniones de los sectarios y daba cuenta puntual a su patrón de todo lo que en ellas se decía y se hablaba, procuraba tomar buena nota del comportamiento de cada uno de los presentes. En general, eran inofensivos, pobres artesanos sin grandes posibilidades de mejorar su situación que se consolaban con la esperanza en un futuro mejor, pero había tres o cuatro hombres entre ellos que despotricaban en contra de las instituciones civiles y religiosas y que no perdían ocasión de dejar constancia de sus opiniones.

No parecían tener una predisposición especial hacia el martirio como sus compañeros y hablaban de defenderse si fuera preciso. Ellos eran quienes más interesaban a su señor.

Y llegó el día en que Robert Lepetit decidió entrar en acción. Encargó a Ferrán entregar en la sede episcopal una declaración del difunto don Marcelo, cuya firma había falsificado con gran pericia y mayor esfuerzo tras varios intentos, en la que se informaba sobre la existencia de la secta, el lugar y las horas de reunión de la misma, los nombres de sus componentes y sus intenciones de asesinar al obispo. Luego, debía ir en busca de cada uno de los disidentes del grupo, advertirles que habían sido denunciados y que

el obispo iba a enviar al sayón de la ciudad para prenderlos. Era inútil avisar a sus correligionarios puesto que sus nombres eran conocidos y la única oportunidad de salvarse ellos era un refugio seguro que él estaba en disposición de ofrecerles. El sirviente hizo lo que se le ordenó, lamentando que Diego Díaz no se encontrase entre los posibles rescatados, pero así era la vida: se jugaba y se ganaba o se perdía, dependiendo de la suerte de cada cual. Seis de los avisados aceptaron su oferta y quedaron en encontrarse en el puente de San Marcos a la caída de la noche. Él, por su parte, esperó en el tabernucho situado enfrente del taller del tejedor a que llegaran los demás sectarios y entraran. Poco después hacían su aparición el sayón y sus hombres e irrumpían en el local. Iba a marcharse cuando vio pasar por delante de la puerta a una joven que había asistido a algunas de las reuniones y que, de manera inequívoca, se dirigía directa a la trampa.

Ignoraba su nombre y no le había mencionado su existencia a maese Robert. La asió por un brazo con brusquedad y la introdujo en la taberna.

Juntos observaron cómo el sayón se llevaba presos a los reunidos, entre gritos, golpes y la consabida expectación del vecindario. Ferrán tenía fuertemente asida a la joven y notó que temblaba aterrorizada. No sabía qué lo había llevado a salvarla; quizás un sentimiento de decencia, de la poca que le quedaba.

—No te preocupes —le susurró al oído—; no saben que existes.

La joven se soltó de su abrazo de oso y salió corriendo sin mirarle a la cara.

Como sombras furtivas, los seis huidos y su guía llegaron a la casa al tiempo que desaparecían las últimas luces del día. Ferrán los condujo al pajar en el que todavía quedaban media docena de haces de cebada que los arrendatarios no habían tenido tiempo de utilizar ni habían podido llevarse con ellos. No era un mal sitio, aparte del polvo y los granos de semillas desperdigados por el suelo, estaba bien construido y era seguro ante la lluvia o el viento. Les dijo que podían deshacer los haces y utilizar la paja para improvisar unos lechos y salió. Regresó un rato más tarde acompañado de Dominga; traían mantas, una gran perola de lentejas y un cesto en el que

había una hogaza, una jarra de agua, unos cubiletes y unas cucharas de madera.

—Mañana conoceréis a nuestro señor —les informó— y veremos de procuraros mayores comodidades mientras permanezcáis aquí.

—¿Y nuestros amigos? —preguntó uno de ellos.

—Han sido todos hechos presos y llevados a la cárcel episcopal para ser interrogados, pero no temáis —los tranquilizó—; nadie sabe que estáis aquí.

—Deberíamos habernos quedado a su lado —afirmó un hombre de mediana edad en un tono apesadumbrado de voz.

—Y ahora estaríais con ellos en la cárcel.

Robert Lepetit, seguido por Ferrán, entró en el pajar a media mañana del día siguiente. Su figura, alta, enjuta, vestida de negro de pies a cabeza, causó en los acogidos una impresión difícil de definir. Habían pasado una mala noche entre los remordimientos por haber abandonado a sus familias y a sus correligionarios, y el miedo que tenían metido en el cuerpo. En un día, uno solo, habían perdido lo poco o lo mucho que tenían, sus vidas habían sufrido un cambio drástico y ninguno de ellos sabía lo que les depararía el futuro. El bugre los examinó uno por uno, provocando en ellos un mayor desasosiego si cabía. Después, les indicó con un gesto que se sentaran en el suelo y comenzó a hablar.

—Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían siete copas y me habló diciendo: «Ven, te enseñaré el castigo de la gran prostituta que se sienta sobre muchas aguas; con ella fornican los reyes de la tierra y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución». Y me condujo en espíritu al desierto. Y vi a una mujer sentada sobre una bestia de color escarlata, cubierta con nombres de blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, enjoyada con oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de las abominaciones e impurezas de su fornicación, y en su frente un nombre escrito que es un misterio: «La gran Babilonia, la madre de las fornicaciones y las abominaciones de la tierra». Y vi a la mujer que se embriagaba con la sangre de los mártires de Jesús. Después de verla, quedé asombrado y muy sorprendido. Así es como me ha sido dada a

conocer la verdad, en una visión —concluyó, sin por supuesto añadir que dicha visión era del apóstol San Juan y que llevaba escrita desde hacía más de mil años en el Libro de la Revelación.

Sus oyentes, incluido Ferrán, estaban boquiabiertos; no se movían ni parpadeaban.

—La prostituta, la gran Babilonia, es la Iglesia de Roma que fornica con los poderosos y los reyes y se embriaga con la sangre de los mártires de Cristo, los buenos cristianos; los persigue, envía a sus ejércitos contra ellos y los quema en las hogueras acusándolos de ser herejes. Es preciso que preparemos la Parusía, la segunda y gloriosa llegada del Mesías, que no tardará en ocurrir, de acuerdo con las profecías, y para eso, hermanos, cuento con vosotros.

Un rayo de sol se filtraba por la puerta del pajar e iluminaba directamente a Robert que había alzado los ojos y los brazos hacia el techo y parecía transfigurado. Todos, Ferrán incluido, se pusieron de rodillas y juntaron las manos, convencidos de que estaban presenciando un milagro.

OceanofPDF.com