El jardín de la Oca
El camino peregrino
Al salir de Burgos, Eder, don Ezequiel y Hadi tomaron la dirección de León. Avanzaban lentamente. El tiempo era desapacible y las rachas de aire dificultaban la marcha; iban a pie y las piernas de los dos mayores ya no les sostenían con igual vigor que antaño. Hicieron cálculos y concluyeron que si los peregrinos acostumbrados a caminar recorrían seis leguas o más en cada jornada, ellos podrían hacer al menos cuatro y estarían en León en unos ocho días o, quizás, diez. Era mucho tiempo, pero tampoco tenían otra salida; no podrían vivir tranquilos mientras Lepetit anduviese suelto. Con un poco de fortuna, el malhadado personaje continuaría en la ciudad castellana, ignorando que había sido reconocido, y el comendador templario podría dar con él y apresarlo. Pero a la edad y al clima se unía otro inconveniente: no eran peregrinos y, aún peor, tampoco eran cristianos. En las grandes ciudades existían hospitales administrados por los concejos, pero en el campo y los pueblos, todos los refugios, albergues y hospederías dependían de las órdenes religiosas. Se acogía al caminante, se le daba cama y comida, aunque también se le obligaba a rezar y a oír misa. Eder podía, más o menos, pasar desapercibido, pero sus compañeros llevaban las huellas de su origen plasmadas en sus rostros. La nariz algo curvada del judío y la tez cetrina del musulmán, así como sus respectivos miembros circuncisos no dejaban lugar a dudas y sabían que en algunas hospederías también se despiojaba y despulgaba a los caminantes y se les obligaba a tomar un baño. Sabido era que en los hospitales no sólo se aceptaban cristianos; en principio, también se acogía a creyentes de otras religiones, incluidos los ateos, puesto que todos eran criaturas de Dios, pero decidieron evitar en lo posible la caridad
de frailes, monjes y monjas. No obstante, y aunque existían otras rutas para llegar a León, seguirían por el llamado «camino francés» por ser el más seguro. Tenían algunos dineros y buscarían mesones y casas particulares para pernoctar.
El tercer día de viaje, una tormenta con todo su fragor de rayos y truenos los pilló en un descampado sin posibilidad de guarecerse. Tuvieron la impresión de que la furia del Cielo se había desencadenado sobre ellos, pero continuaron avanzando con la esperanza de encontrar dónde cobijarse.
Era noche cerrada cuando llegaron al monasterio de los antonianos, a poca distancia de Castrojeriz. Sus ropas estaban mojadas y tenían frío. Encima del portillo por donde los monjes pasaban la comida a los peregrinos había un candil encendido, pero el lugar estaba silencioso como una tumba. Se sentaron en un escalón y se apretujaron unos contra otros para darse calor.
Todavía no había amanecido cuando don Ezequiel comenzó a toser de tal forma que despertó a sus adormilados acompañantes; respiraba con dificultad y se ahogaba por momentos. Eder recordó lo mal que se había sentido él en Villasana de Mena al ser presa de las fiebres y golpeó con fuerza en el portillo hasta que éste se abrió y, en la penumbra, asomó el rostro barbado de un monje. A pesar de su insistencia, no les abrió la puerta del cenobio y repitió varias veces, como si de una letanía se tratase, que fueran a Castrojeriz, que allí los atenderían debidamente.
—¿Qué clase de hombre eres que te niegas a ayudar a un enfermo? —le gritó el montañés.
Y luego manifestó su deseo de que Inguma, el señor de la noche, el poderoso, el que arrebataba el aliento a los seres humanos se lo llevase a las profundidades, pero esto último se lo dijo en la lengua de los vascos y el monje no lo entendió. Sin embargo, debió intuir que se trataba de una maldición; cerró el portillo y asomó por la puerta su cuerpo enjuto vestido de negro, con una cruz tau de color azul cosida en el hábito, la capucha cubriéndole la mitad del rostro y un candil en la mano. Echó un vistazo a don Ezequiel y les hizo una seña para que lo siguieran hasta un edificio contiguo, al cuerpo principal del monasterio. Era una sala para enfermos en la que había dos hileras de camastros, ocupados todos menos uno, en la que
se respiraba un olor nauseabundo. Sin decir ni media palabra, el monje les señaló el catre vacío y la camisola larga de estameña burda del color de la tierra que había encima, y salió. Eder y Hadi se apresuraron a desvestir al médico, le colocaron la camisola y lo acostaron. El religioso no tardó en regresar con un cuenco lleno de una especie de sopa que él mismo se encargó de hacer beber al enfermo, después le colocó en el pecho una cataplasma y le subió la manta hasta la barbilla. Antes de marcharse, indicó a los otros dos que debían salir de allí. No pusieron reparos. Algunos de los enfermos que ocupaban los camastros gritaban sin parar, otros tenían convulsiones, otros, en fin, permanecían con los ojos abiertos clavados en el techo, y la mayoría mostraba en la piel unas manchas negruzcas. Pasaron el resto de la noche a la intemperie, sentados junto al muro del hospital. En algún momento, alguien dejó caer sobre ellos una frazada y se arrebujaron bajo ella de forma instintiva. Se despertaron al mismo tiempo, cuando el sol asomaba por el este. No quedaba rastro de la tormenta, ni una nube, y el cielo aparecía de un azul claro, casi blanco. Entraron veloces en el edificio; don Ezequiel dormía y su respiración era sosegada.
—¿Qué diablos contendría el potingue? —se preguntó Hadi en voz alta.
Descubrió el pecho de su amigo y olió la cataplasma, aunque fue incapaz de discernir todos los componentes de la misma.
—Desde luego, es un emplasto de harina de linaza, pero tiene algo más… puede que sea hierba del muro… o tal vez cardo azul… y lo cierto es que ha resultado muy eficaz.
El monje apareció poco después con otro cuenco. Despertó al médico tocándole el hombro y le hizo beber hasta la última gota de la sopa, retiró la cataplasma y colocó su oído sobre su pecho.
—Ya podéis proseguir el viaje —se limitó a decir.
—Toda esta gente ¿está leprosa? —le preguntó el herbolario sin ocultar cierto temor.
—Sufren el mal llamado «fuego de San Antón» —respondió el monje.
Abandonó la sala sin mayores explicaciones.
Los dos amigos levantaron al médico y lo vistieron. Sus ropas estaban todavía húmedas, pero no tenían otras y no les quedó más remedio que
ponérselas. El hombre parecía como ido y se dejó hacer sin dejar de sonreír.
—Seguro que el brebaje contenía savia seca de adormidera —afirmó el herbolario—, atonta al más espabilado.
Salieron del hospital y volvieron a atravesar por debajo del arco que cubría el camino. Al pasar por delante de una hornacina, vieron unos pedazos de pan y los cogieron. Eder intentó descubrir al monje tras el portillo, pero, al igual que la víspera, el lugar parecía abandonado. Tardaron en llegar a Castrojeriz porque el médico apenas podía mantenerse en pie y sus compañeros debían sujetarlo cada uno por un brazo. Entraron en la villa por una calle flanqueada por edificios cuyo final no se atisbaba. Hadi chasqueó la lengua.
—Mal sitio éste para un buen musulmán —farfulló.
—¿Por qué lo dices? —le preguntó Eder.
—Otrora ésta fue tierra de creyentes, ellos construyeron aquel castillo que ves en lo alto de aquella colina. Cuando los cristianos la conquistaron, expulsaron a los musulmanes, y no podría asegurarlo, pero no creo que viva ninguno por aquí. De lo contrario, podríamos pedir asilo…
—¿Y a los judíos? Seguro que hay judíos.
—Seguro que los hay. Oí decir que hace mucho esta población estaba habitada casi exclusivamente por hebreos, pero asesinaron a muchos y a los demás los expulsaron.
—Entonces, no habrá ninguno…
—Los judíos siempre vuelven —balbuceó el enfermo, y aunque sus amigos no fueron capaces de discernir si lo decía en tono de resignación o de obstinación.
Preguntaron a la primera persona que encontraron, una mujer que llevaba un gran cesto de ropa encima de la cabeza, si había judíos en la villa y ella les indicó una casa de aspecto ruinoso. El hombre que les abrió la puerta los miró con suspicacia, pero el herbolario no le dio tiempo a preguntar y le explicó la situación en la que se encontraba su amigo don Ezequiel Falaquera, reputado médico hebreo de Nájera —subrayó con énfasis—. Era vital que se le pudiera atender visto su estado y su edad. El hombre no dijo nada, pero salió a la calle y los acompañó a otra casa, ésta
más grande y con mejor aspecto. Habló en un susurro con la mujer que los recibió y luego se marchó. La mujer también los observó con recelo, dudando entre permitirles o no la entrada. Finalmente, dijo algo en hebreo a lo que don Ezequiel respondió con voz queda y les permitió la entrada. Al rato, Eder y Hadi estaban de nuevo en plena calle, sin saber adónde dirigirse. El dueño de la casa, médico también, les había indicado que podía hacerse cargo del enfermo durante unos días, pero que ellos dos no eran judíos y que la población contaba con suficientes albergues para alojarse.
Todavía era invierno y la ruta no estaba demasiado transitada, encontrarían un cobijo sin dificultad.
—Buscaremos una habitación en cualquier parte —aseguró Hadi—. No voy a ir por ahí mendigando un hueco y aguantando miradas desconfiadas.
Tengo algunos dineros. ¿Y tú?
—Algunos tengo…
Eder extrajo de su cintura la bolsa de las monedas y la agitó. No era mucho y todavía quedaba un largo viaje por delante, pero estaba de acuerdo con el herbolario. No pasaba nada por dormir ocasionalmente en una cama confortable y comer algo caliente; sus ropas continuaban húmedas y la sensación era muy desagradable. También pensó en proseguir el viaje solo.
Resultaba un lastre ir acompañado por un par de viejos; al paso que llevaban, tardarían mucho en llegar al Ponteferrato y, cuanto más tarde, más posibilidades tendría Lepetit de escabullirse, tal y como había hecho desde que lo conocía. Aparecía donde uno menos lo esperaba, dejaba desgracia y muerte tras de él y se libraba del castigo merecido. Don Ezequiel le había hablado de sus manos quemadas y de cómo lo había conocido en Nájera, poco tiempo después del incendio que destruyó la capilla de los freires en Dorreaga… y su hermosa imagen embarazada. No era improbable que el asesino fuera asimismo un incendiario. No lo había visto en la granja templaria, aunque, de haber estado allí, tampoco se habría dado cuenta.
Estaba demasiado afligido, demasiado concentrado en sí mismo, en el dolor causado por la mujer que había amado, o había creído amar, desde que era un niño; con la que esperaba crear una familia, un mundo sólo para ellos, lejos de las miserias, los prejuicios, el mal. Meneó la cabeza para arrojar de
su pensamiento un recuerdo que le provocaba daño y volvió a pensar en sus compañeros de viaje. Seguiría adelante sin ellos, era joven y no tenía problemas para andar, pero rechazó la idea de inmediato. No podía abandonar a su suerte a los dos hombres. El pueblo del bosque no desamparaba a sus mayores: ellos eran la sabiduría, la memoria, la experiencia y ambos habían sido generosos con él y lo habían aceptado sin hacer preguntas. Si tenían que permanecer allí durante más jornadas de las previstas, encontraría un trabajo y conseguiría algunas monedas. Siempre había alguien que necesitaba buena mano de obra.
Dieron con un alojamiento en el hogar de la mujer de un ovejero que andaba en la trashumancia y pasaba la mayor parte del año fuera de casa Tenía cuatro hijos ya crecidos, si bien no lo suficiente para aportar dineros al hogar, y las manos enrojecidas de lavar en las frías aguas del río Odra los lienzos de un par de hospitales de la localidad. Llegaron a un acuerdo y quedaron en pagar la mitad del precio por el hospedaje, derecho a cocina incluido, a cambio de arreglar el tejado que hacía aguas por varias partes, tal y como podía apreciarse tras la tormenta de la víspera. A pesar de las buenas intenciones de Hadi, que insistió en echarle una mano, el hombre demostró ser un perfecto inútil con la sierra y el martillo; tampoco tenía el cuerpo para subir y bajar cargado de maderos y tejas. Le indicó que fuera a informarse sobre el estado de salud de don Ezequiel y que, de paso, se enterara de todo lo que pudiera ser de interés para cuando reemprendieran el camino, y se encargó él solo del trabajo.
—¿Puede saberse qué haces encaramado a un tejado como si fueses una cigüeña? ¿Piensas construirte un nido?
Llevaba trabajando desde primeras horas de la mañana y acababan de sonar las doce en todos los campanarios de las iglesias de la localidad. Miró hacia abajo y no ocultó su sorpresa. Plantado en medio de la calle, y con los brazos en jarras, Ugo lo observaba con una de aquellas sonrisas que nunca se sabía si iban en serio o de chanza. Bajó precipitadamente y a punto estuvo de dar con su cuerpo en el suelo embarrado.
—¿Qué haces aquí? ¿Vas o vienes? —le preguntó.
—Todavía voy. ¿Y tú? Creía que ya habrías llegado a tu destino…
El navarro olvidó la pequeña decepción sentida al llegar a Burgos y ser abandonado por él sin explicación alguna. Verlo de nuevo le produjo una alegría inmensa, no en vano era el primer amigo, podría llamarse así, que había tenido desde hacía demasiado tiempo. Dejó de lado su parquedad habitual, su desconfianza acostumbrada, y se lanzó a hablar de hermosas damas negras, de la virgo paritura, la Amari de su pueblo que velaba por él desde que había perdido a su madre al dar a luz a una criatura muerta; de constructores y templarios; de la visión terrorífica de un hombre a quien creía muerto y de su intención de llegar al Ponteferrato cuanto antes para notificarle su presencia al comendador Bertrand de Garlande… Habló dolorido, necesitado de expresar con palabras sus sentimientos, su soledad y sus miedos. Ugo lo escuchó con atención, en silencio, sin expresión alguna, sin que se le moviera una ceja.
—Tal y como yo lo veo —dijo cuando Eder calló, agotado por el esfuerzo de desnudar su alma—, tus dos amigos no llegarán muy lejos.
Cierto que hay peregrinos de edad que recorren el Camino y llegan a su meta, pero son gentes habituadas a las penurias y sobreviven con apenas nada. Queda todavía un largo trecho hasta el Ponteferrato y tendréis que atravesar regiones inhóspitas en las que no encontraréis refugios ni ayuda; serán una carga para ti. Harías mejor dejándolos aquí y marchándote tú solo.
—Lo sé, pero no lo haré. Don Ezequiel me acogió en su casa en Burgos y Hadi es un buen hombre; ambos me recuerdan a mi padre y a mis tíos.
Ellos no aprobarían que los abandonase.
—¿De dónde vienes, Eder Bozat? Eres un ser extraño…
—Ya te dije que soy navarro…
—Sí, lo recuerdo, pero eres un navarro algo especial…
—¿Especial? ¿Por qué lo dices?
—Te he visto tallar un fuste con la habilidad propia de un maestro del muro y ahora te encuentro arreglando un tejado cual artesano de la madera y en compañía de un judío y un musulmán; perseguido por un asesino y en busca de un comendador templario… ¿No me dirás que no eres un tipo poco ordinario?
No replicó; había dicho demasiado. No conocía bien a Ugo; al menos no lo suficiente para confiarle la parte oscura de su vida, la que hacía de él un paria, que lo estigmatizaba y aislaba en su propia tierra: un agote, un leproso de alma, que decía el cura de Arizkun, obligado a entrar en la iglesia por una puerta diferente a la de los demás vecinos, a permanecer en la parte trasera de la iglesia durante la misa, a no tener propiedades, a ser enterrado en suelo no sagrado junto a los criminales; acusado de portar la más temible de las enfermedades cuando ni él ni ninguno de los suyos mostraban síntoma alguno de ella. ¿Cómo iba a hablar de todo aquéllo?
Lejos de su añorado Baztan no era sino uno más y pensaba continuar siéndolo hasta su regreso.
—La vida da muchas sorpresas —manifestó al cabo de un largo silencio. Luego se percató de que su amigo no había hablado para nada sobre sí mismo—. ¿Y tú? ¿Qué haces en este sitio?
—Sigo recorriendo el camino peregrino, pero me entretuve en Burgos.
Ya sabes que lo he realizado varias veces y no tengo prisa. Aquí tengo unos conocidos y paso unas jornadas en su compañía…
—¿Conocidos con sayas? —ironizó el artesano.
—Algo parecido… Bueno, tú sigue con lo tuyo, que yo voy a ver si puedo solucionar un asunto. Sé dónde estás y ya te buscaré.
Desapareció tan de súbito como había aparecido y Eder volvió al tejado de su casera. Hadi le informó de que don Ezequiel se reponía bien y que, según Ismael ben Elí, el médico que lo atendía, en pocos días se recuperaría. También había preguntado acerca de la distancia que aún les quedaba por recorrer hasta alcanzar la ciudad de León.
—Una eternidad —suspiró el hombre—. Si tuviésemos dineros suficientes para hacemos con un carro y un burro…
No los tenían. A pesar de las ordenanzas reales que especificaban los precios de las hospederías, alimentos de primera necesidad, servicios de barbería y otros, los comerciantes y tenderos del Camino de las Estrellas, al que se referían como a la «ruta mercadera», se aprovechaban de los peregrinos, sobre todo si se trataba de gentes acomodadas, y gravaban sus productos más del doble. Era un abuso, pero nada podía hacerse en su
contra, y quien deseaba un mínimo de bienestar, tenía que pagarlo. A los otros, a los caminantes pobres, les bastaban los hospitales y sus piernas. No estaba a su alcance adquirir un carro y un animal de tiro, por lo que decidieron planificar su viaje con mucho cuidado para evitar las etapas demasiado largas. Don Ezequiel, aunque recuperado, no resistiría un esfuerzo desmedido. En ello estaban cuando Ugo llamó a Eder a gritos y éste salió a la calle seguido por el herbolario.
—¡Ya está solucionado!
—¿Qué?
—Vuestro problema.
—¡No sé de qué diantres me estás hablando!
—¡Y tampoco tienes ojos en la cara para ver! —señaló un carro tirado por una mula de ojos tristes.
—¿De dónde lo has sacado?
—Me lo han prestado, y no quieras saber más.
—¿Quién es ése hombre? —preguntó Hadi.
—Un amigo —respondió Eder con una sonrisa—, un buen amigo.
Tres días más tarde, el tejado reparado, las cuentas con la casera liquidadas y don Ezequiel repuesto, los cuatro hombres emprendieron el viaje. Para no cansar a la mula, los dos más jóvenes realizaron parte del trayecto a pie mientras los más viejos se ocupaban de las riendas. Ninguno de los dos había conducido jamás un carro y disfrutaron como niños haciendo carreras o jugando a la pelota; incluso discutían por los turnos para coger las riendas. No iban más deprisa que cualquiera de los caminantes que encontraban, pero recorrieron la distancia prevista con comodidad. En Frómista se alojaron en una casa judía; en Carrión, en la de una familia musulmana; en Sahagún, en el convento de los benedictinos, aunque se escaquearon de la misa saliendo por la puerta contraria al acudir los peregrinos a la iglesia; en el Burgo Ranero se hospedaron en un mesón cuyo dueño les cobró lo justo al observar la mirada amenazante de Ugo al decirles lo que le debían. Finalmente, llegaron a León. Entraron por la Puerta Moneda y se detuvieron en la plaza del Grano, una pequeña plaza, empedrada con grandes cantos de piedra, situada detrás de una pequeña
iglesia, la de Nuestra Señora del Mercado, una de las más antiguas de la ciudad. Los comerciantes de cereales y de aperos de labranza comenzaban a recoger sus puestos y géneros. La primera intención de don Ezequiel fue dirigirse al barrio judío y preguntar por su hijo, pero Eder se lo desaconsejó.
—¿Por qué? —preguntó molesto—. Es mi hijo y no lo he visto en años.
—Robert Lepetit podría dar con vos.
—Está en Burgos…
—Bueno, eso suponemos, pero no estamos seguros.
—¡Es ridículo!
—No será la primera vez que ese pájaro del mal agüero aparece de la manera más inesperada —insistió el montañés—. Yo lo conocí en Baigorri, al otro lado de los montes Pirineos, y lo encontré después en Pamplona, y en el Puente de la Reina, y en Dorreaga, llamada también Torres del Río, y vos en tierras de Rioja y, de nuevo, en Burgos. Supe sobre él como inquisidor y lo conocí como predicador; a vos os dijo que era enseñante; a los monjes de Nájera, peregrino, y acudió a Hadi para que le leyera ese tablero de adivinación del que lleváis hablando desde que os conozco y en el que nuestro hombre aseguró era herejía creer. Es un asesino, un embustero y, posiblemente, un incendiario. No podemos arriesgarnos hasta haber dado aviso al comendador. Tened un poco de paciencia; las cosas se solucionarán y pronto veréis a vuestras nietas.
El médico aceptó de mala gana, pero reconociendo lo acertado del consejo. No sólo estaba en juego su integridad, también lo estaba la de su familia, y no costaba nada esperar un poco más. Ugo dirigió el carro hacia una casa de dos plantas de factura sobria, en una de las esquinas de la plaza, pero cuyo interior, como pronto comprobaron, estaba en perfecto estado, limpio y provisto de mobiliario y ropa. Aparentemente, no vivía nadie en ella.
—Pertenece a una familia que vive en el campo —adujo al observar la extrañeza en el rostro de su amigo.
—¿Y cómo así que tú tienes la llave? —le preguntó éste.
—Porque… digamos que dicha familia y yo estamos relacionados y me permite alojarme aquí cuando estoy de paso por León. Habrá que comprar
algo para comer —añadió cambiando de tema y asiendo un cesto—.
Quedaos aquí; yo me encargo.
—Te acompaño.
Regresaron una hora más tarde con unas chuletillas de lechazo, un repollo, media libra de arroz, una hogaza elaborada a partes iguales con harina de trigo y de centeno, y unas cuantas manzanas. Ugo era una caja de sorpresas y él mismo preparó una suculenta cena: coció el repollo y el arroz y asó las chuletillas en una parrilla sobre los leños encendidos de la chimenea, pero, antes, cogió una jarra, salió corriendo y volvió con el recipiente lleno hasta el tope de vino del Bierzo.
—De un expendedor de vinos de la plaza —explicó.
Cada uno de los cuatro dispuso de una habitación para dormir; había media docena en la casa, si bien parecían celdas de un monasterio. Una cama más bien dura, una palangana con su respectivo cántaro para el agua y un reclinatorio era todo su mobiliario, pero los lienzos de las camas y los destinados al aseo estaban limpios y planchados. Estaban cansados y se retiraron temprano.
En el silencio de la noche, embotado por la fatiga del viaje, desnudo entre las sábanas que olían a sol y a aire, a Eder le vino de pronto a la mente una figura femenina percibida entre los hortelanos y vendedores que comenzaban a recoger sus puestos en la plaza del Mercado. Fue un instante, breve como el rastro dejado por Amari al surcar el cielo en el mes más cálido del estío. Estaba agotado y se quedó dormido. Se despertó con la misma visión. Antes de abrir los ojos supo de quién se trataba y los mantuvo cerrados para impedir que la ilusión se desvaneciera, porque tenía que tratarse de una ilusión; era imposible que ella estuviera en León, quizás en la casa vecina. No podía ser la misma niña asustada a quien había salvado la vida; ni la joven que lo seguía en Baigorri como un perrillo faldero; ni la muchacha que regresó con él a Bozate tras ser herido en el cuerpo y en lo más profundo de su espíritu; la que lo amaba con generosidad, en silencio, y a quien él se había dado cuenta de que también amaba cuando ya no estaba a su lado. Abrió por fin los ojos, pero la visión continuaba allí, sin desvanecerse, sólo que ya no era una sombra fugaz
avistada por casualidad, sino un rostro de mirada sincera enmarcado por una mata de cabellos de color oscuro que daría lo que fuera por acariciar.
—Se me ha ocurrido que, puesto que conozco bien el paraje y estoy acostumbrado a ir de un lado para otro, podría coger la mula, llegarme hasta el Ponteferrato, avisar al caballero del que habláis y traerlo a León. Entre ir y volver tardaría lo mismo que vosotros sólo en la ida.
Ugo contempló a sus compañeros, satisfecho de la sorpresa que sus palabras habían provocado en ellos. Don Ezequiel y Hadi intercambiaron una mirada. La idea les parecía excelente, más teniendo en cuenta que su entusiasmo viajero había disminuido a medida que lo hacían sus fuerzas.
Era preciso reconocer que ya no estaban para trotes y que el médico todavía no había recuperado del todo la salud. Estaban a gusto en aquella casa y, todo había que decirlo, eran un estorbo a la hora de viajar. Por su parte, Eder miró a su amigo un tanto desconcertado. Era él quien debía ir a avisar al comendador, quien debía informarle de que Robert Lepetit continuaba vivo y haciendo de las suyas.
—¿Y por qué no voy yo?
—Ya te lo he dicho, porque yo conozco el paraje y los atajos que evitan cruzar ciudades y villas.
—¿Y cómo sé que no vas a quedarte por ahí, enredado entre unas piernas de mujer?
—¿Quieres que te suelte un puñetazo en los morros? —Ugo parecía verdaderamente enfadado—. ¿Te he fallado alguna vez desde que nos conocimos? ¿No te llevé a salvo hasta Burgos? ¿No te he traído hasta aquí?
Se mordió los labios avergonzado. Su amigo estaba en lo cierto y él estaba siendo injusto.
—¿Y por qué no podemos ir los dos juntos? —aventuró.
El hombre se echó a reír y le dio una palmada en la espalda.
—Porque la mula, aunque robusta, no lo es lo suficiente para cargar con dos durante cincuenta leguas. Además —añadió poniéndose serio—, nuestros amigos aquí presentes no deben quedarse solos.
—Oye, joven —terció el herbolario ofendido—, no hemos nacido ayer y ya somos mayores para saber cuidarnos.
Visto y no visto, Ugo lo había inmovilizado asiéndolo por un brazo y le había colocado en la garganta la hoja de un cuchillo de comer.
—Nadie sabe cuidarse cuando se enfrenta a un asesino que igualmente puede venir acompañado —afirmó soltando a su presa—. Bueno, no se hable más. Ahora mismo me pongo en camino. Estaré de vuelta dentro de seis días como mucho. ¡Portaos bien!
Corrió escaleras abajo seguido por Eder y entre los dos aparejaron la mula, que rumiaba tranquila en la cuadra.
—Procurad salir lo menos posible —aconsejó al montañés—; esta casa es un lugar muy seguro. Nadie, ni vuestro asesino siquiera, se atrevería a entrar en ella.
—¿Ya sabes a quién tienes que buscar?
—A un comendador templario llamado Bertrand de Garlande.
—¿Y cómo lo encontrarás cuando llegues? Pregunta por una encomienda o por una granja templaria.
Ugo soltó una carcajada.
—Querido amigo, no te preocupes: ¡el Ponteferrato entero es templario!
Y, por cierto, os hará falta algo de dinero para comprar comida.
Diciendo esto lanzó al aire una bolsita con monedas que el otro asió al vuelo, azuzó a la mula y se mezcló con el gentío que se apiñaba en la plaza para la subasta de granos y semillas. Eder lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista, entró y atrancó la puerta de la cuadra. No estaba muy seguro de haber obrado correctamente, no tendría que haberse dejado convencer, no le gustaba sentirse protegido. Toda su vida había habido alguien para protegerlo: el padre, los tíos, el maestro Bisol, el comendador Garlande, Ugo… ¿Cuándo le llegaría a él el turno de proteger a los demás?
Al subir y entrar en la cocina, encontró a don Ezequiel y al herbolario inmersos en el estudio de sus documentos y anotaciones. Los habían desplegado encima de la mesa y se hallaban inclinados sobre ellos, sin hablar, con los ojos puestos en el mapa de las encomiendas y en el jardín de la oca, al igual que los había visto hacer en la tienda de hierbas. Sonrió.
Ciertamente, eran dos hombres singulares.
Se entretuvo durante un rato curioseando por la casa, si bien no había mucho donde fisgar. Encontró un arcón en la última habitación en la que entró y lo abrió. Estaba repleto de prendas de vestir para hombre: calzas, calzones, sobretodos, tabardos, ropones, camisas… de lino, paño o piel, suaves al tacto, todo lo contrario que su propio atuendo, que podía mantenerse tieso sobre el suelo debido a la suciedad.
—¿Sabéis qué es una casa de baños? —preguntó, entrando en la cocina, a los dos hombres que continuaban en lo suyo.
—¿Qué va a ser? Un establecimiento para lavarse y quitarse la mugre de encima —respondió Hadi sin levantar la cabeza.
—¿Y hay que pagar?
—¡Claro que hay que pagar! ¿Dónde has visto tú que se dé un servicio sin nada a cambio?
—¿Mucho?
—Depende…
—No me vendría mal asearme un poco… y a vosotros tampoco.
Algo más tarde, los tres se hallaban en un local de baños situado en una calleja a escasa distancia de la plaza de los Granos. Eder se arrepintió de inmediato de su mala ocurrencia al verse obligado a desnudarse en una sala en la que una muchachita se encargaba de recoger y guardar las ropas de los clientes. Estuvo a punto de salir de allí corriendo, pero no lo hizo al observar que sus compañeros no mostraban vergüenza alguna al quedarse en cueros. Pasaron a una sala de techo abovedado, paredes de ladrillo y suelo de mármol en donde había otros hombres que, sentados en unos bancos, sudaban la gota gorda por efecto de los vapores que emanaban a través de los agujeros practicados en muros y suelo y se refrescaban echándose encima cazos de agua fría de un cubo que les ofrecía un hombre cubierto con un taparrabos. Se sentó junto a don Ezequiel y Hadi, pero fue incapaz de mantener una conversación normal. Ellos, sin embargo, parecían a sus anchas e iniciaron una discusión, a la que se unieron algunos de los presentes, sobre el origen de los baños en la época de los romanos y las diferencias entre los establecimientos árabes y los judíos. Él permaneció callado; jamás en su vida había sentido tal bochorno. Tras un tiempo que se
le hizo interminable, pasaron a la siguiente sala en la que dos mujeres con los pechos al descubierto y los labios y pezones pintados de rojo y dos jóvenes imberbes completamente desnudos les entregaron trozos de jabón para enjabonarse, ofreciéndose también para ayudarlos en la operación.
Escandalizado, cogió su pedazo, se alejó todo lo que pudo de ellos y, volviéndose de cara a la pared, se lavó de pies a cabeza. Pasó a la tercera sala sin esperar a los otros, se quitó el jabón colocándose debajo de un caño de agua fría y se sumergió a continuación en la pileta alicatada de agua extrañamente limpia que había en su centro. No se dejó masajear, ni arreglar el cabello y la barba, y se vistió tan rápido como pudo. Abonó por los tres con una moneda de plata de las que le había dado Ugo, cuyo valor desconocía, y que la encargada del local cogió sin pestañear, lo que le hizo pensar que había pagado más de lo debido. Tuvo que esperar casi una hora a que el médico y el herbolario emergieran por la puerta, frescos como lechugas recién cortadas, el cabello rapado, las barbas afeitadas y unas túnicas nuevas adquiridas en el propio local. Estaban irreconocibles y parecían mucho más jóvenes.
—Con este aspecto me será más fácil moverme por la ciudad —le explicó don Ezequiel—. Lepetit no me reconocería ni aunque me tuviera a dos pasos.
—Ni a mí. Además, para él todos los moros somos iguales —añadió Hadi—. A ti tampoco te vendría mal una buena rapada.
—A mí me conoce rapado.
—Lo de venir a los baños ha sido una idea excelente. En Burgos iba todas las semanas y ya empezaba a echarlo de menos. ¿Qué te ha parecido la experiencia? Aseguraría que no existe nada igual allí de donde vienes.
—En mi tierra los hombres se lavan en el río y no muestran sus desnudeces, ni las mujeres sus pechos.
Los dos hombres se echaron a reír y no dejaron de hacer comentarios jocosos hasta llegar a la casa. Comieron los restos de la cena nada más entrar y los dos mayores retomaron sus pesquisas donde las habían dejado.
A media tarde, Eder no aguantó más y decidió salir a dar una vuelta. Tenía que admitir que el baño le había sentado muy bien; se notaba más liviano y
optimista, y deseaba caminar un rato, sin prisas, sin compañía. Tras pensárselo un rato, decidió tomar prestadas algunas de las prendas del arcón. Nadie iba a enterarse y procuraría no mancharlas. Eligió unos calzones, una camisa y un ropón de paño grueso, de color ocre oscuro, similar al de don Ezequiel; trocó sus abarcas por unos zapatos de piel que parecían hechos a la medida de sus pies y con los dedos de las manos, abiertos y mojados a modo de peines, se atusó los cabellos echándoselos hacia atrás.
—¡Salgo un rato! —gritó desde la puerta.
Abandonó la casa sin esperar respuesta. No quería que lo viesen vestido como un ricohombre, pues no le cabía la menor duda de que su aspecto era tal, a pesar de que los faldones del ropón se le trababan en las piernas. No tardó en acostumbrarse a balancearse con el ritmo necesario para que ello no ocurriese y dedujo que no debía de hacerlo demasiado mal al observar que algunas personas se apartaban de su camino en señal de respeto.
Después de encontrarse en un mismo punto un par de veces, deambuló por las calles hasta que aprendió a orientarse. Le gustaba aquella ciudad que, efectivamente, no estaba junto al mar como había asegurado su hermano.
En su callejear, fue a parar a la catedral en construcción y, de inmediato, pensó en los carpinteros. Ximen Ximenat le había asegurado que también allí trabajaba gente «de la nuestra» y por un momento pensó en averiguarlo, pero no lo hizo. Ya tendría tiempo en caso de que se alargase su estancia en la ciudad. Se conformó con dar toda la vuelta a la fábrica y finalmente se detuvo delante de la fachada occidental, la que daba a una plaza repleta de cobertizos en los que carpinteros, canteros de sillería, y tallistas trabajaban de sol a sol. Anduvo durante un rato entre ellos, atisbando hacia su interior y esperando a que alguien lo echase de allí, pero nadie se interpuso en su camino. Es más, al igual que había ocurrido con anterioridad, los operarios se detenían para dejarlo pasar creyendo que se trataba de una persona de alcurnia. Era absurdo que la gente se fiase de las apariencias —pensó—; que sólo bastara con vestir prendas de calidad para que a uno lo tomaran por quien no era. Se detuvo ante un banco de un cantero tallista que trabajaba sobre un bloque. Cerca del hombre, en el suelo, reposaban varios
bloques ya tallados y sintió un hormigueo en sus manos. Le habría gustado ser él el maestro que hacía surgir de la piedra orlas, seres alados, artesanos, músicos… que resistirían el paso del tiempo. Nunca había pensado en ello, quizás porque, como decía la tía Elaia, la muerte no existía, era únicamente una etapa en la que el espíritu cambiaba de forma, y aseguraba que los seres humanos renacían de las entrañas de la Diosa. Él creía en sus palabras y creyó que su madre volvería. Creció esperando verla emerger del bosque, tal y como la recordaba: joven y sonriente, con el cabello peinado en dos largas trenzas que caían sobre su túnica campesina, y las manos acariciando el vientre que custodiaba una nueva vida. Pero ella sólo había vuelto en su memoria, y se evaporaría definitivamente cuando ya no quedara nadie para recordarla, al igual que él mismo cuando le llegara la hora. Sin embargo, las figuras talladas en la piedra permanecían después de haber desaparecido su creador: eran el testimonio de su existencia, la huella de su paso por el mundo. No importaba que no quedase mención de su nombre ni de su origen; su obra seguía allí y el renacía cada vez que alguien ponía los ojos en ella.
—¿Os place?
Se sobresaltó al escuchar una voz a su lado. No se había percatado de que el cantero había dejado de martillear y lo contemplaba con una sonrisa complacida a la espera de que él le respondiese afirmativamente.
—Os envidio —dijo.
—Es un oficio duro, no creáis. Es necesario ser muy diestro y en este tipo de trabajos no cabe el error. Cada golpe, cada entalladura ha de ser exacta puesto que, de lo contrario, habrá que desechar el bloque y comenzar en uno nuevo.
—¿Para qué son? —preguntó señalando los bloques en el suelo.
—Son parte de una de las arquivoltas de la moldura de la puerta central de las tres que irán en la fachada occidental, justo allí —el hombre señaló al frente—. Ved.
Extendió un plano encima del bloque medio trabajado y le mostró el dibujo.
—Tres puertas; a cada lado tres esculturas de apóstoles; las arquivoltas con figuras que representan el Juicio Final: San Miguel que pesa las almas; a la derecha las buenas, a la izquierda las condenadas por ser el lado izquierdo el del corazón, el de las pasiones causantes de los males humanos.
En el tímpano, Nuestro Señor, el Juez Universal, con sus ángeles, la Virgen y San Juan, el discípulo más amado. Y en el hastial, como colofón, un rosetón que permitirá el paso de la luz crepuscular hasta la cabecera.
—Una verdadera belleza… —Eder estaba impresionado.
—¡Cuando esté acabado! —rió el artesano—. ¿Sois mercader?
—No… Hago lo mismo que vos, pero de manera más modesta.
—¿Sois tallista? No parecéis francés…
—No lo soy. Soy navarro, pero tuve al mejor de los maestros.
—¿Quién?
—El maestro Bisol —un gesto apenado ensombreció su rostro.
—¿Geoffrey Bisol de Reims?
—Sí…
El hombre entornó los párpados y lo examinó con atención.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis con él?
—Pues… unos ocho inviernos…
—¿Inviernos?
Eder sonrió. Tenía que quitarse la costumbre; los «otros» no entendían que el pueblo del bosque contase los años por inviernos, después de las celebraciones en honor al regreso del sol, cuando los días comenzaban a alargarse y podían estar seguros de que la noche no se adueñaría de la Tierra como, decían, había ya ocurrido en una ocasión.
—Ocho años, desde que era un niño hasta que… hasta que murió.
—¿Eres Eder? ¿Eder Bozat?
Asintió con la cabeza, sorprendido. ¿Quién diantres era aquel tipo que parecía conocerlo? No lo había visto en su vida, o tal vez sí…
—¿No te acuerdas de mí? ¡Soy Lucien! ¡Lucien Maurice, el oficial del maestro Bisol! Llegamos juntos a Baigorri y yo me quedé en San Esteban cuando él y tú pasasteis a Baztan.
Los recuerdos se agolparon en su memoria. Había sido Lucien quien le había enseñado a desbastar la piedra, a tallar los bloques para la construcción; quien lo había obligado a trabajar durante horas hasta dominar la gubia, el mazo, el formón; quien le explicaba una y mil veces cómo tenía que hacerlo, sin impacientarse. Había envejecido y estaba más gordo, pero seguía manteniendo la mirada viva y, por lo que podía comprobar, también la agilidad de sus manos. Lo abrazó emocionado, sin decir palabra, él tan poco dado a las efusiones; lo retuvo entre sus brazos intentando recuperar por un momento la evocación de un tiempo en que había sido feliz.
—¿Y qué diablos haces aquí? —le preguntó el cantero cuando por fin se separaron.
—Es una historia larga…
—Ahora tengo algunas cosas que hacer, pero te esperaré en el Saint Guillaume a la caída del sol. ¿Lo conoces? Está en la plaza del Mercado. Es un tugurio de mala muerte, pero sirven buen vino.
Eder regresó a la casa de la plaza del Grano. Don Ezequiel y Hadi continuaban tal y como él los había dejado: ensimismados en su trabajo, y ni se fijaron en su atuendo. Buscó en el arcón de las ropas algo menos vistoso que el ropón y lo cambió por un tabardo de paño negro, más acorde con su condición de artesano. En el camino de vuelta había adquirido fruta, queso, pan y un pedazo de costilla que dejó encima de una alacena al tiempo que advertía a sus compañeros que cenaran y que no lo esperaran despiertos. Ellos menearon las cabezas, soltaron un gruñido y siguieron a lo suyo.
Lucien lo aguardaba en un rincón de la taberna, un local mal iluminado y mal ventilado, pero con gran afluencia de parroquianos que hablaban en francés a voz en grito. Bebieron un pote de vino y salieron de allí porque no lograban entenderse. El cantero lo llevó a su vivienda, un altillo con una única dependencia, pero relativamente acogedor, situado a dos pasos de la taberna. Vivía solo; su mujer, Agnes, continuaba en San Esteban y él pasaba con ella los meses de invierno porque las obras se detenían va que el frío impedía que el mortero fraguara. Aunque los canteros tallistas podían
continuar trabajando, el ritmo decrecía y él procuraba tener su parte avanzada para así tomarse un descanso.
—Mi vida no tiene nada de excitante —le confesó—. Conocía al maestro Enrique; él y Bisol trabajaron juntos en Reims durante algún tiempo, así que cuando supe que estaba en Burgos fui a esa ciudad y luego me vine a ésta con él. En Baigorri, ya sabes, no se construyen catedrales, y no quería morirme sin haber trabajado en una de nuevo. Y ahora, cuéntame tú: ¿qué has hecho durante estos años? ¿Qué fue lo que le ocurrió al maestro? Corren rumores, pero nadie lo sabe exactamente. ¿Qué haces aquí?
Era noche cerrada cuando Eder abandonó el altillo. Las horas transcurridas en torno a un excelente queso de cabra y unas lonchas de buena cecina, pan y vino habían sido las mejores en mucho tiempo. Lucien Maurice formaba parte de sus recuerdos, los más dichosos. Hablaron, rieron y, también, se emocionaron al aludir al amigo común a quien ambos echaban en falta.
—Ven mañana a la fábrica —le dijo el cantero al despedirse—. No has de permanecer inactivo mientras estés en León y quiero comprobar por mí mismo que no has olvidado nada de lo que el maestro y yo te enseñamos. Si es así, creo que puede haber un trabajo para ti…
—Pero el gremio…
—No te preocupes. Los tallistas excepcionales no están obligados a seguir las reglas.
—No soy un tallista excepcional…
—Eso lo decidiremos el maestro Enrique y yo, que soy su colaborador más cercano, su oficial, y quien ocupa su puesto cuando él no está, ¿no te lo había dicho?
Regresó con una sensación de bienestar en el cuerpo y la mente en paz.
La vivienda estaba silenciosa y oscura; se deslizó hasta su cuarto sin hacer ruido y se quedó dormido con la sonrisa en los labios.
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