El jardín de la Oca
La búsqueda
Durante los siguientes meses, los dos hombres se afanaron en buscar respuestas al enigma que los ocupaba. El bugre abandonó el monasterio y fue a vivir a casa del médico para escándalo de los judíos que no entendían su presencia en la judería, hasta tal punto que el bedín de la aljama en persona acudió a la calle de La Estrella para hablar con don Ezequiel y hacerle patente el malestar que su actitud provocaba entre sus vecinos.
—Es mi paciente —respondió el médico.
—Pero eso no te obliga a cobijarlo.
—Es mi deseo hacerlo.
—Es un cristiano.
—¿Y qué? Curo a cristianos todos los días y tú comercias con ellos.
—Pero no los hospedo, ni ofendo a mis vecinos con su presencia.
—Que cada cual se meta en sus asuntos y deje en paz los de los demás.
El bedín se marchó jurando que la cosa no quedaría así y que apelaría al Consejo para obligarlo a echar de la aljama al gentil, y el médico dudó por primera vez desde que varias semanas antes había acogido en su casa al hombre que tanto lo intrigaba. Quizás su decisión había sido demasiado precipitada. Su invitado era una persona inquietante y en más de una ocasión se había llevado un susto al verlo aparecer de pronto en la cocina o en su sala de estudio. Sin embargo, no tenía queja. Limpiaba su habitación y permanecía encerrado en ella cuando él se ausentaba, de manera que ni siquiera la mujer que se ocupaba de la casa y les preparaba las comidas había tenido oportunidad de toparse con él. Además, era parco en el comer y sólo bebía agua, pero las horas que ambos pasaban juntos intentando
descifrar el significado del jardín de la oca, estudiando todas las posibilidades, consultando libros y mapas y hablando de teología compensaban con creces la animosidad de sus vecinos. De todos ellos, sólo uno compartía su secreto.
Yucé Tob acudía a su casa siempre que podía, y siempre de noche para evitar las habladurías. El antiguo maestro se aburría desde que había sido sustituido por uno más joven debido a la edad y aquellos encuentros a escondidas lo rejuvenecían, además de despertar su curiosidad. Él, como su amigo, disfrutaba adentrándose en materias de cualquier naturaleza, incluso en una tan poco ortodoxa como la de las supersticiones sin fundamento alguno. En dichas ocasiones los tres hombres permanecían hasta altas horas de la madrugada con los postigos de las ventanas cerrados a cal y canto, al igual que conspiradores, enfrascados en discusiones y elucubrando hipótesis de todo género, desde las más simples hasta las más fantasiosas.
Robert Lepetit, por su parte, despreciaba a los judíos, pero no consideraba tales a los dos eruditos. Había transcurrido mucho tiempo desde sus años de estudiante en el Studium de Nôtre Dame de París, cuando todo el mundo le auguraba el más brillante de los futuros y él estaba convencido de que así sería; mucho desde la última vez que había mantenido una conversación acorde con su inteligencia y preparación.
Aquellos dos viejos no parecían judíos, no al menos del tipo de judíos que él tenía en mente e, incluso, les había tomado cierto aprecio. La rigurosidad de su anfitrión, su paciencia para comprobar, clasificar y calificar cada hallazgo contrastaban con la imaginativa improvisación, no exenta de lógica, del maestro, y ambos se complementaban a la perfección. Había solicitado al médico que lo acogiese en su casa porque lo necesitaba para desentrañar el secreto, si es que lo había, de un juego aparentemente pueril y también por otra razón más importante: era arriesgado permanecer durante demasiado tiempo en el monasterio benedictino. Antes o después alguien podría reconocerlo y ¿qué mejor escondrijo que un barrio judío, separado del cristiano por una muralla? A nadie se le ocurriría buscarlo en semejante sitio. Además, no tenía dineros para establecerse en otro.
Le fascinaba el asunto que se traía entre manos, tan lejano del razonamiento teológico y asimismo tan próximo, puesto que ambos buscaban la Verdad aunque por caminos muy dispares e, incluso, antagónicos. Le resultaba arduo el tema de los números ya que nunca se había interesado por las matemáticas y no acababa de entender el silogismo pitagórico y, menos aún, cómo podía interpretarse el mensaje del Antiguo Testamento por medio de ellos, pero algo iba sacando en claro de aquella complejidad. Yucé Tob había conseguido una tabla en la que aparecían el valor y significado de los números, según la cual el más perfecto y sagrado era el diez, la Tetraktys de Pitágoras, porque era la suma de los cuatro primeros números enteros y porque uno más cero era uno: la Creación, el origen y el fin de todas las cosas. Y su asombro no tuvo límites cuando los dos judíos averiguaron que el nombre griego de Jesús era el 2368, cifra que, sumando sus números, daba diecinueve, es decir nueve más uno, o lo que era igual diez y, de nuevo, uno. No podía tratarse de simple casualidad, aunque quizás…
—¿Y el seiscientos sesenta y seis?
Preguntó, de pronto, dejando estupefactos a los dos hombres. No esperó su respuesta y continuó:
—«El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.»
No era la primera vez que citaba el Libro de la Revelación de San Juan.
Lo había hecho en numerosas ocasiones, durante su cruzada contra los cátaros del norte de Francia, y, asimismo, durante el recorrido por el camino peregrino hasta Navarra, cuando predicaba y lograba mediante sus prédicas que los fieles los alojasen y alimentasen a él y a sus doce pordioseros, además de llenar su bolsa.
—El seis es el número de Dios, pues es el valor de la letra «vav», el nexo entre el futuro y el pasado —rebatió el maestro—. Fueron seis los días de la Creación, seis son las letras en hebreo con las que comienzan las Sagradas Escrituras, seis los milenios desde la Creación, seis las direcciones del mundo: arriba, abajo, norte, sur, este y oeste, seis las alas de los
serafines, seis las puntas del maguén, la estrella de David, y seis los codos de las Tablas de la Ley.
—Es el número de Satanás sin lugar a dudas —ratificó el bugre.
—Disculparéis si no estoy de acuerdo con vos —insistió Yucé Tob.
Lo miró con ira, pero no respondió. No podía esperarse otra cosa de un hebreo.
—Hubo un tiempo en que me interesó el Libro de los cristianos —
prosiguió el maestro refiriéndose al Nuevo Testamento y haciendo caso omiso a la mirada del huésped de su amigo—. Lo leí con mucha atención y, por cierto, encontré muchas citas y referencias a nuestra Torá, algo comprensible dado que vuestro Mesías y sus seguidores también eran judíos.
—¿Tratáis acaso de ofenderme?
—Lejos de mí tal propósito. Quería únicamente señalaros que, por supuesto, también leí el Libro de la Revelación, pero lo leí en su idioma original, el griego, y encontré en la cita que acabáis de enunciar algo que entonces llamó mi atención. Lo había olvidado, pero vos me lo habéis recordado.
—¿Adónde queréis ir a parar?
El antiguo inquisidor, que no habría vacilado en enviar a la hoguera a un judío sacrílego, sintió curiosidad.
—La palabra «bestia», no significa en griego cruel o feroz, como en latín, sino sobrenatural, magnífico o extraordinario.
—¿Vais a decirme ahora que los Santos Padres que tradujeron la obra la falsearon? ¿O que San Juan llamó ser «extraordinario» a Satanás?
—Una traducción es sólo una traducción y una misma palabra puede significar algo diferente en dos lenguas distintas. Quizás el autor no se estaba refiriendo a ha-shatán, el espía errante de Dios en la Tierra según nuestras creencias.
—¿A quién si no iba a referirse?
—No lo sé, pero no recuerdo que lo equiparase al demonio. Y otra cosa: el número de la bestia en la versión griega que yo leí no era seiscientos
sesenta y seis, sino seiscientos dieciséis, cuya suma resultaría trece, y uno más tres igual a cuatro.
—¿Y?
—El número más sagrado de la Cábala es el veintiséis, el nombre de Yahvé. Ahora bien, dos más seis son ocho, y ocho es el doble de cuatro, que es el número más significativo en la teoría de Pitágoras, después del diez.
¿No os resulta extraño?
—Casualidades.
—Cuatro son los principios elementales que conforman el Universo: fuego, tierra, aire y agua; los puntos cardinales, las fases de la Luna, los pilares de la Tierra. Y cuatro son los Evangelios cristianos —concluyó el maestro, ufano de su agudeza.
Robert Lepetit permaneció pensativo.
—¿No poseeréis un ejemplar del Nuevo Testamento por un casual…?
—preguntó finalmente dirigiéndose a don Ezequiel.
Éste sonrió negando con la cabeza al tiempo que señalaba con un gesto de la mano la media docena de volúmenes y algunos rollos que se apilaban cuidadosamente sobre un arcón adosado a la pared.
—Acaso… —el maestro vaciló y calló.
—¿Tenéis vos uno? —le urgió Robert.
—No, pero conozco a alguien que podría conseguíroslo, aunque… me temo que…
—¿Qué? ¡Hablad ya!
Tenía que hacerse con un ejemplar, tenía que volver a leer el Libro de la Revelación. Sólo se acordaba de algunas citas, las que siempre utilizaba para amedrentar a sus oyentes durante sus predicaciones, pero recordaba que en el texto aparecían números, cifras, señales para quien supiera interpretarlas.
—Mi buen amigo teme que el precio por pagar sea desmesurado —
intervino don Ezequiel—. ¿No es así, Yucé? No se trata de dineros, sino de riesgos. Es un tema peliagudo para un judío hacerse con un texto religioso cristiano. Podrían acusarlo de querer utilizarlo para hacer magia o para ultrajar vuestra fe…
—Ese hombre… el que os proporcionaría el libro…
—El hermano Bartolomé, de Santa María. A veces me presta alguno, pero siempre son vidas de santos cristianos.
—¿Tú lees esos libros? —le interrogó el médico, sorprendido.
—Leo todo lo que puedo conseguir y, desgraciadamente, aquí no hay mucho donde elegir —se disculpó el hombre antes de dirigirse al franco—.
Podría decirle que es para un cristiano enfermo…
—No le deis más vueltas. Conozco al monje y yo mismo se lo pediré.
Al día siguiente, sin poder contener su impaciencia, Robert Lepetit se presentó en el monasterio y se dirigió al scriptorium, donde encontró al viejo escriba solo y atareado en la copia de un salmo en un pergamino de un brazo de ancho por uno y medio de alto de forma que todos los monjes pudieran leerlo a cierta distancia.
—¡Hermano Robert! —exclamó al verlo, al tiempo que se levantaba del pupitre y se limpiaba las manos en el hábito—. ¡Creía que te habías marchado de Nájera hace meses!
—Y así fue —respondió con aplomo—, pero he decido detenerme unas jornadas en esta hermosa villa de regreso a Roma. No he de olvidar las buenas atenciones que recibí en este monasterio.
—Y… ¿lograste pillar a los herejes?
—En efecto. Se hallan a buen recaudo en la cárcel episcopal de Burgos a la espera de juicio.
—Me alegra saberlo. No es buena cosa que los lobos se mezclen con las ovejas. ¿Te hospedas entre nosotros?
—No he querido importunaros y he aceptado la amable hospitalidad de un mercader en paños a quien conocí en la ciudad burgalesa. No obstante, quería pedirte un favor, otro…
—Tú dirás.
—He de viajar ligero de equipaje debido a mi cometido y no deseo arriesgarme a llevar libros conmigo. Podrían perderse o ser sustraídos por maleantes desaprensivos. Va ya para un año que me ha sido imposible meditar la Palabra de Dios, alimento espiritual necesario para mantener la fortaleza ante el Mal, y me preguntaba —su voz adoptó un tono más
persuasivo— si no dispondrías de un texto del Novum Testamentum o uno del bienaventurado Juan, el discípulo amado de Nuestro Señor, que pudieras prestarme durante unos días.
Bartolomé frunció el ceño, intentando pensar, y paseó su mirada por los anaqueles repletos de códices, carpetas, cartularios, rollos y hojas sueltas, que cubrían dos de los muros del escritorio.
—No sé… ¡Ah, sí!
Se dirigió hacia uno de ellos, revolvió durante un rato y volvió con un cuadernillo, cuyas hojas dobladas habían sido cosidas con cáñamo de forma un tanto tosca y que ni siquiera estaba encuadernado.
—Fue una prueba que hice yo mismo con papel que trajo un hermano desde Valencia, pero, aunque es más liviano, prefiero el pergamino fino —
explicó mientras sacudía el cuadernillo para quitarle el polvo—. El cálamo se desliza mejor y, además, puede teñirse. Ya ves que no ha sido iluminado, aunque la caligrafía no desmerece de la del códice más exquisito —añadió sin falsa modestia.
—¿Se trata del Nuevo Testamento? No parece muy grueso…
—Es el Libro de la Revelación, del apóstol San Juan, llamado asimismo Apocalipsis. No ignoras que, aun cuando está aceptado como texto canónico, no suele incluirse en un mismo volumen con los cuatro Evangelios para evitar que caiga en manos de quienes no sabrían interpretar su contenido.
A Robert Lepetit se le había secado la boca de golpe. Allí, a dos pasos, tenía el objeto de su deseo. Quería coger el cuaderno y salir de allí a toda prisa, pero escuchó con actitud cortés las explicaciones del monje.
—Es comprensible —prosiguió éste— que, con la bendición del difunto papa Gregorio, Dios lo tenga en su Gloria, los santos padres en el Concilio de Toulouse prohibiesen a los laicos poseer copias del Antiguo y del Nuevo Testamento. La Revelación no debe estar al alcance del pueblo: podría hacer mal uso del conocimiento.
—Ciertamente, hermano, ciertamente…
¿Por qué no callaba de una maldita vez y le entregaba el libro? No tenía tiempo para perder con un simple copista. Conocía de sobra las
disposiciones del Concilio, en especial aquélla que ordenaba buscar cuidadosamente a los herejes en sus escondites, ya fueran chozas o bosques, o aun en escondites subterráneos, y eliminarlos. La había obedecido, había hostigado a los herejes y los había eliminado para ser él mismo perseguido y condenado por obedecer.
—Aunque, pensándolo bien, acaso prefieras leer la vida ejemplar de nuestro San Millán…
—El texto del apóstol servirá para mi meditación.
—Ven a ver esta hermosura…
El monje depositó el cuadernillo sobre el pupitre más cercano y se aproximó al siguiente en el que reposaba una página bellamente iluminada en rojo, azul y oro, cuya figura principal era la del apóstol Santiago.
—Es el Codex Sancti Iacobi, escrito hace unos cien años por un monje francés que recorrió el camino peregrino y dejó constancia de su viaje.
Aparecen mencionadas varias localidades de nuestro entorno y el abad desea ofrecérselo al obispo. Gaëtan, por fin, puede desplegar sus habilidades artísticas.
—¿Me equivoco o la magnífica caligrafía que aprecio es obra tuya, hermano Bartolomé?
El bugre, que había cogido el cuadernillo del pupitre y lo mantenía asido contra su pecho, observó divertido el efecto de su halago. El viejo monje se había hinchado como una gallina a punto de poner un huevo.
—En cuanto a la obra de San Juan…
—Puedes disponer de ella el tiempo que precises.
—Unos días tan sólo. Te la devolveré antes de mi partida.
—Te ruego que la ocultes bajo la capa. Nuestro abad no permite que los libros salgan del monasterio, y menos cuando se trata de textos, digamos, polémicos como lo es éste.
Hizo lo que le pedía y se despidió con una profunda inclinación de cabeza. Quería salir corriendo de allí, pero adoptó un paso tranquilo, acorde con el santo lugar e, incluso, entró en la iglesia y se detuvo para examinar las tumbas de reyes e infantes de Navarra que yacían hasta el día de la resurrección de los muertos en sus sarcófagos de piedra labrada. No se
molestó en visitar la cueva que albergaba una imagen de la Virgen, encontrada dos siglos atrás junto a una campana, una lámpara y un ramo de azucenas frescas —decían— por el rey navarro García, llamado «el de Nájera», fundador del cenobio. El hecho había sido tenido por milagroso, pero él no creía en milagros; al menos no de ese tipo. Seguramente se trataba de una estratagema del rey para alentar la devoción de los vasallos hacia su persona —ya se había hecho en otras ocasiones— o la cueva sería en otros tiempos refugio de algún eremita visionario. No deseaba ver una figura que, a buen seguro, le recordaría a otra tallada por un leproso de alma, un agote despreciable, a quien Dios, o el Diablo, había concedido el don supremo de transformar un pedazo de madera en una obra de sublime belleza, tan carnal que parecía viva, y que él se había encargado de destruir.
La había visto arder a través de la ventana de la capilla de los freires.
Quería olvidar un recuerdo que perturbaba su espíritu, pero no podía, como tampoco podía deshacerse de la visión de los hombres y mujeres envueltos en llamas que él había enviado al infierno, al igual que la blasfema representación de la madre de Cristo.
Salió del monasterio con el manuscrito bien sujeto bajo la capa de color negro proporcionada por los hospitalarios que le cubría el cuerpo hasta los pies. No veía el momento de hallarse a solas para leerlo y releerlo hasta encontrar la clave que, estaba convencido, le permitiría descubrir su futuro y, sobre todo, la misión para la que había nacido. Con un ademán, se cubrió la cabeza con el capuz de la capa y avanzó sin prestar atención a los viandantes, algunos de los cuales se santiguaron al verlo, convencidos de que era un servidor de la propia Muerte, si no la Muerte en persona. Suscitó parecida conmoción entre los judíos que se cruzaron en su camino al enfilar por la calle de la Estrella, en la judería, pero no se percató de ello, tan absorto estaba en sus pensamientos. Por su parte, la fámula de don Ezequiel percibió el vuelo de la capa y salió a la calle repitiendo sin cesar: « Baruch Hashem Adonai!», «¡Bendito sea el Nombre del Señor!», y jurando para sus adentros que no volvería a entrar en la casa mientras aquel cristiano de mal agüero no se hubiese marchado de ella.
Todavía no habían sonado las campanas del mediodía y don Ezequiel se hallaba ausente. El cuarto que ocupaba no era grande, suficiente para albergar una cama, un arcón, una pequeña mesa de trabajo y un taburete. Se despojó de la capa y la tiró sobre el lecho, se sentó y, a continuación, abriendo el cuadernillo por la primera página, comenzó a leer « Revelación de Jesucristo, que Dios, para manifestar a sus siervos las cosas que pronto deben suceder, anunció y explicó por medio de su ángel a su siervo Juan.»
Aquel día y los siguientes no salió de la habitación sino para hacer sus necesidades y para comer con frugalidad algunas frutas y verduras en completo silencio. El médico respetaba su mutismo, pero no le perdía el ojo, intrigado por su nueva actitud, muy parecida a la manifestada en su primer encuentro, aunque exenta de la agresividad de aquélla. El hombre parecía transformado, como si estuviese atravesando una experiencia mística. Daba la impresión de que había perdido todo interés por indagar acerca del documento que había suscitado su relación. De hecho —
recapacitó— tampoco había dado ninguna explicación respecto al cambio del mismo y él no le había preguntado dónde se hallaba el original, el que había visto en la celda. Por si acaso, Yucé y él habían hecho una copia, mala, porque la Naturaleza no les había concedido el don del dibujo, pero en la que aparecían todas las casillas con su numeración y descripción de las imágenes. Aun sin la presencia del incómodo huésped, ambos continuaban reuniéndose al anochecer. El jardín de la oca se había convertido para ellos en un pasatiempo, una adivinanza con la que entretener sus veladas. A veces, se limitaban a jugar: tiraban los dados y movían sus fichas, dos peones del ajedrez. Improvisaban por pura lógica las reglas del juego a medida que caían en las casillas: el puente, la posada, los dados, el laberinto, el pozo, la cárcel, la Muerte… y las ocas. Eran sesenta y cuatro —incluida la última, la más grande, el centro del jardín—, y sus números sumaban diez. Otras veces, permanecían ensimismados en la contemplación de la lámina, intentando arrancarle su misterio, sumando números, planteando hipótesis que inmediatamente desechaban por inverosímiles.
—El secreto está en las ocas —comentó una noche don Ezequiel.
—¿No habíamos quedado en que estaba en los números? —le respondió su amigo.
—En los números y en las ocas. Dime, tú que tanto has leído, por qué alguien iba a molestarse en dibujar unas ocas con una alternancia de cinco y cuatro casillas.
—Porque el juego lleva su nombre…
—Pero ¿por qué ocas y no perros, o ciervos, o caballos…? Los ansarones no aparecen en el calendario astrológico y no recuerdo que tampoco lo hagan en ningún libro religioso, ni judío ni cristiano. Son animales gritones que dejan sus excrementos al andar y cuyo destino es acabar en la mesa de los ricos.
—Tengo entendido que algunos paganos las consideraban aves sagradas porque andan, nadan y vuelan, es decir, dominan tres de los cuatro elementos de la naturaleza: la tierra, el agua y el aire. Y eran, además, tenidas por aves protectoras porque, con sus graznidos, avisan de los peligros —afirmó Yucé, añadiendo un tanto vacilante—: ¿Crees que estamos obrando correctamente al tratar de averiguar el significado de una creencia, adivinación o lo que sea, pagana?
—Tal vez me equivoqué al decir que este… dibujo podría ser un tablero de adivinación…
—¿Por qué?
El médico no contestó y permaneció durante un rato con los ojos puestos en el dibujo.
—Hemos tirado los dados —dijo al fin—, hecho el recorrido varias veces, calculado el valor de los números y lo hemos cotejado con la tabla pitagórica, ¿y qué?
—¿Qué?
—No ha surgido nada llamativo. Las interpretaciones pueden ser de todo tipo, según nos interese.
—Quizás si hacemos al revés, si a los números les damos el valor de una letra, encontremos un mensaje secreto que…
—¿Y por qué iba a haber un mensaje? —lo interrumpió don Ezequiel
—. ¿El mismo mensaje repetido en todos los jardines de la oca? Creo que
tenemos que seguir otra pista… ¿Y si se trata de un plano o algo por el estilo?
—¿El plano de un tesoro? —preguntó Yucé con la mirada expectante de un muchachuelo ante una aventura.
—Lo ignoro, pero ¿no te llaman la atención nombres como montes de Oca, Nanclares de Oca, y otros muchos parecidos? El propio nombre del río que atraviesa estas tierras, el Oja, podría ser Oca…
—Una de mis hermanas y su familia viven en Briviesca, en Burgos, que está a la vera de un río Oca y próxima al valle de Oca y a una población llamada Villafranca de Oca.
—¡Demasiados ánsares para no significar nada! Es un plano, estoy convencido, y todos los planos llevan a alguna parte.
—Aunque sea lo que tú dices, tendríamos que saber quién lo dibujó y porqué…
—Hace muchos años, cuando lo vi por primera vez, oí decir que lo habían traído los templarios de oriente.
—¿Los templarios? —había tanta extrañeza como incredulidad en el tono del maestro.
—No lo sé; repito lo que oí a uno de los nuestros que hacía la ruta hacia León y se detuvo en nuestra casa un par de noches. Tenía uno y se lo mostró a mi padre. Al preguntarle yo sobre su significado, me respondió que se trataba de un juego estúpido que le había regalado un freire, pero lo guardó inmediatamente y no había vuelto a ver otro igual hasta ahora.
Durante un buen rato ambos hombres se mantuvieron callados, intentando pensar. Se decían muchas cosas sobre los Pobres Caballeros del Templo de Salomón, los freires soldado, que de pobres sólo tenían el nombre pues era conocida su inmensa fortuna en tierras y posesiones, además de en dinero amonedado que prestaban a nobles y a clérigos. Eran también grandes banqueros, como los genoveses y los florentinos, y los acaudalados viajaban con el dinero justo pues llevaban encima pagarés, cuyas cantidades les eran entregadas en las encomiendas, granjas y fortalezas de la Orden. Así evitaban ser completamente desvalijados por los salteadores durante los trayectos. Y, por supuesto, lo mismo se aplicaba a
los peregrinos ricos que acudían a Compostela. Su popularidad era extraordinaria, pero tenían enemigos poderosos que habían hecho correr todo tipo de leyendas sobre ellos con ánimo de desprestigiarlos. Se hablaba de enormes tesoros ocultos en cuevas secretas, de ceremonias misteriosas, rituales blasfemos y pactos con el diablo. Nada de esto extrañaba a los dos amigos, conocedores de las mismas acusaciones dirigidas a los hijos de Israel y que, por la misma razón, dudaban de que hubiese algo de cierto en ellas.
En cuanto al asunto que los ocupaba, siempre había judíos en las rutas comerciales entre Oriente y Occidente, y por toda Europa. No sólo transportaban mercancías solicitadas por clientes ávidos de hacerse con tejidos de seda, especias, incienso u objetos de orfebrería; también los había mensajeros y espías de los reyes, incluso del Papa de Roma y de los príncipes de la Iglesia. No estaban seguros del todo, pero sospechaban que, asimismo, se encargaban de algunas transacciones monetarias de los templarios y no resultaría extraño que algunos trabajasen para ellos; no en vano siempre existía una judería cerca de cada encomienda templaria. Era mucho más fácil para un simple mercader judío pasar desapercibido que para un caballero de la poderosa Orden, vestido de soldado, con su capa blanca y la cruz roja sobre el hombro.
—Quizás… aquel comerciante le estaba mostrando a mi padre un plano, o un mapa del lugar adonde debía acudir para entregar lo que fuera que llevase… Sería necesario hacerse con una lista de las encomiendas más destacadas en los reinos de España y cotejarla con el jardín. Cada oca podría representar una de ellas…
—¡Eso es prácticamente imposible! ¿Dónde vamos a conseguir semejante información? —exclamó Yucé—. Además, puedo asegurarte que son más de trece sólo en el reino de Aragón.
—El viajero recorría el Camino desde el norte de Francia hasta Galicia; de eso me acuerdo porque se alojaba en nuestra casa al pasar por Nájera y nos relataba costumbres e historias de aquel reino.
—Pues tampoco es posible hacer una lista de las encomiendas francesas, porque han de ser todavía mucho más numerosas que las
aragonesas —replicó, pragmático, el maestro—. A fin de cuentas, la Orden nació en Francia y sus principales comendadores y administradores también son franceses.
—¿Y si nos limitamos al Camino que conocemos? ¿Al que atraviesa el reino de Navarra?
—¿A partir de dónde? Porque Navarra ocupa las dos vertientes de los Pirineos.
—De Valcarlos. Ciñámonos a la Península… —añadió don Ezequiel—.
Y, por si acaso, también deberíamos hacer otra relación con las que se encuentran en el Camino de Aragón, a partir de Somport.
Una noche, días después de esta conversación, Robert Lepetit apareció en el cuarto de trabajo, justo en el momento en que Yucé mostraba a su amigo la información que había conseguido por medio de un tal Abraham, un comerciante de especias que hacía la ruta todos los años. Según su costumbre, el bugre llegó sin hacer ruido, como una sombra más de la noche, y permaneció durante un buen rato observando a los dos hombres que, inclinados sobre un mapa, comprobaban los lugares señalizados en la lista. Les oyó hablar durante un buen rato, los ojos entornados, la memoria pronta. Aquellos dos viejos daban palos de ciego, pero quizás no andaban del todo errados. Se retiró tan sigilosamente como había llegado y, ya en su habitación, se centró en el estudio del texto juanista que se había abierto ante él, al igual que el mar Rojo ante Moisés.
Al día siguiente, después de que su anfitrión hubo salido de la casa para dirigirse a visitar a los enfermos, entró en su dormitorio en busca de una bolsa de viaje en la que, junto al Libro de la Revelación, introdujo varias camisas, unas calzas y un sayo negro de terciopelo que don Ezequiel utilizaba en las grandes ocasiones. Le estaba un poco estrecho y corto de mangas, pero era una prenda bien confeccionada y con tela de sobra para poder ser ensanchada. Asimismo, registró la vivienda. El médico era un hombre austero y no encontró nada de valor, aparte de una jarrita, un plato y una menorá, un candelabro de siete brazos, los tres de plata, además de algunas monedas dentro de una caja de madera tallada con caracteres hebreos que se hallaba encima de la mesa del escritorio. Estaba enrollando
su copia del jardín de la oca cuando, de súbito, apareció Yucé Tob con unos papeles en la mano. El hombre lo miró, miró la bolsa abierta de la cual emergía uno de los brazos de la menorá y no le costó averiguar lo que estaba haciendo.
—¡Estáis robando! —exclamó atónito e indignado.
Se aproximó a él con intención de detenerlo. No pudo decir más; recibió un golpe en la sien con un pedazo de mármol, cuadrado y pulido, que hacía las veces de pisapapeles. Rápidamente, el bugre metió en la bolsa la copia del jardín, la lista con los nombres de las encomiendas templarias del Camino y el mapa que la víspera habían estado consultando los dos judíos y que todavía se hallaba desplegado encima de la mesa. Instantes después se encaminaba hacia el barrio de la Herrería, adquiría una mula en una caballeriza, cruzaba el puente y tomaba el camino de Santo Domingo.
Al regresar a su vivienda, a eso del mediodía, don Ezequiel halló a su viejo amigo tendido en el suelo, sin pulso, los ojos abiertos todavía sorprendidos. Una simple ojeada a su alrededor le permitió descubrir el robo de las monedas, de los objetos de plata, y también de los documentos.
Con el corazón en un puño, subió a la habitación de su huésped y la encontró vacía. Tampoco tardó en descubrir el arcón de las ropas abierto y la falta de sus mejores camisas y del sayo. Regresó al escritorio, se arrodilló junto al cadáver y pidió perdón a Dios por haber sido él la causa involuntaria de la muerte violenta de un hombre bueno. Después, fue a avisar al bedín. Los máximos dirigentes de la aljama decidieron no dar cuenta del hecho a las autoridades cristianas ya que uno de los suyos podría salir mal parado de la investigación por haber cobijado en su casa a un criminal. Oficialmente, se declaró que el maestro había fallecido debido a un mal golpe provocado por una caída, pero se notificó al médico que tendría que responder ante el Consejo.
Toda la comunidad judía en pleno, así como muchos cristianos y algunos musulmanes acudieron al funeral por el alma de Yucé Tob. Había sido un hombre querido por su jovialidad, sencillez y buen carácter y a nadie extrañó que entre las personas más conmocionadas por su pérdida estuviese el hermano Bartolomé. A menudo se les había visto sentados a la
puerta del monasterio, enfrascados en largas conversaciones que siempre versaban sobre un mismo tema: los libros y la sabiduría en ellos contenida.
Don Ezequiel Falaquera, por su parte, no volvió a abrir la boca tras alertar sobre el suceso; cubrió de ceniza su cabello, desgarró su túnica en señal de duelo, rezó el qaddish en silencio y, al día siguiente, acompañó a su amigo al cementerio judío. Aquella misma noche, vestido como de costumbre y con la bolsa del instrumental y de las medicinas colgada del hombro, atravesó la puerta de la judería. Nadie receló al verlo salir pues a menudo acudía a atender a algún enfermo a horas intempestivas. Tranquilo, con andar pausado, cruzó el barrio cristiano, atravesó el puente, se alejó de la villa y se perdió en la oscuridad.
OceanofPDF.com