El jardín de la Oca
El tablero de adivinación
En unos meses, Robert Lepetit o, mejor dicho, el maese Robert de Reims se labró fama de erudito y de ser una persona muy austera; poseía su propia vivienda en el barrio cristiano y pagaba a una mujer que se encargaba de la limpieza, las ropas y la comida. Era un hombre respetado a quien se acudía en busca de docencia, tutoría o simple asesoría; no obstante, mantenía la distancia en sus relaciones y, a pesar de la insistencia del canciller de la escuela catedralicia, no aceptó formar parte del grupo de estudiosos del reino que acudiría a un encuentro con el mismísimo recién coronado rey Alfonso, décimo de su nombre. Su padre, el extinto don Fernando, había fallecido de un súbito ataque de hidropesía meses atrás en Sevilla cuando se disponía a atacar el reino de Marruecos. El nuevo rey se hallaba ahora en Toledo y deseaba reunir a su alrededor a todos los hombres sabios de su reino. Siendo él mismo un erudito, llamaba a consulta a todo aquél que pudiese aportarle algún conocimiento particular, visión o interpretación legal, científica, moral o religiosa sobre todo tipo de temas. Su corte itinerante recorría las ciudades y burgos castellanos, su scriptorium iba con él y raro era el día que no dictase o escribiese reflexiones filosóficas, poemas o anotaciones científicas. Por supuesto, al bugre le habría gustado asistir al encuentro para tener la oportunidad de consultar a los nigromantes, astrólogos y hermeneutas que, sabía, rodeaban al monarca a quien muchos comenzaban a denominar «el sabio», pero alguien podría reconocerle y era un riesgo que no pensaba correr. Adujo que sus conocimientos escolásticos eran humildes, indignos de emular los de los grandes maestros. Y, por si acaso no fuera suficiente, alegó problemas de salud que requerían reposo y un régimen muy severo. Su natural palidez y
sus ojos hundidos daban veracidad a su declaración y el canciller no insistió.
Ocupaba el tiempo que no dedicaba a la docencia en practicar la caligrafía. Con mucho esfuerzo y no menos paciencia, había logrado por fin mantener el cálamo entre los dedos pulgar e índice de su mano derecha. Al principio, las letras resultaban garabatos y los folios acababan llenos de salpicaduras de tinta, pero, poco a poco, fue mejorando y se dio por satisfecho aun reconociendo que nunca recobraría su habilidad anterior.
Asimismo, dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar el Libro de la Revelación, a consultar las anotaciones de los dos judíos de Nájera y el mapa en el que éstos habían señalado los lugares más destacados del camino peregrino. También permanecía absorto durante horas en la contemplación del jardín de la oca, intentando descubrir el arcano que ocultaba, el enigma que estaba convencido contenía. Pero, así como tenía muy claro el mensaje encerrado en el libro de San Juan, el tablero continuaba siendo un misterio para él. No conocía a nadie que supiese interpretar los números y no se atrevía a acudir a la morería donde, según se había informado, vivían gentes que leían en las manos, interpretaban los posos de las hierbas de las tisanas o reconocían todo tipo de agüeros en el vuelo de las aves, fabricaban talismanes, elaboraban filtros mágicos y muchas otras cosas que los cristianos ignoraban. Su presencia en el barrio musulmán no pasaría desapercibida y no era cuestión de pagar a un recadero, pues todo el mundo sabía que los recaderos eran unos chismosos.
Además, tampoco se trataba de ir preguntando puerta por puerta. Alguien habría que pudiera informarle, pero tuvo que reconocer que, excepto el maestro Enrique, que se hallaba en León desde hacía unas semanas, no tenía suficiente confianza con nadie más. Luego recordó a la sirvienta que atendía la casa, una campesina con un marido enfermo y un montón de hijos.
—¿Conoces el nombre de algún moro que sepa de hierbas? —le preguntó en cuanto la mujer apareció.
Ante su mirada extrañada, más por el hecho de que se dirigiese a ella que por la pregunta en concreto, el bugre se sintió obligado a dar una
explicación.
—El médico me ha recetado unas hierbas que, al parecer, sólo los moros conocen.
—Hay unos cuantos en la morería, su merced, pero Hadi al-Suri es el mejor de todos —respondió la sirvienta halagada por ser de utilidad al maestro catedralicio a quien servía y que únicamente le dirigía la palabra si no le quedaba más remedio—. Cuando mi Martinico enfermó de paperas fue el único capaz de bajarle las fiebres, y cuando la pequeña Isabelita anduvo con la diarrea…
—¿Dónde vive? —la atajó, asqueado.
A su parecer, los pobres se ayuntaban como las bestias y nada bueno podía salir de ello. No era sorprendente que las calles estuviesen repletas de mendigos y de gente oscura y repugnante.
—En el pasaje del Brezo, su merced, entrada por la calle Tenebregosa…
Pensó en enviarla en busca del tal Hadi al-Suri, pero decidió ir él en persona. No sería prudente que viesen entrar a un musulmán en su casa.
Esperó impaciente a que oscureciese para echarse encima la capa con el capuz, limosna de los Hospitalarios de Navarrete de la cual no se había desprendido porque era una prenda de poca calidad y podía servirle para mezclarse con el vulgo, y salió. La calle Tenebregosa, a la altura de la judería y de la morería, estaba poco transitada a aquellas horas pues sus moradores acostumbraban a recogerse pronto y tardó en encontrar a alguien que pudiera informarle sobre el establecimiento del herbolario. El hombre, un vendedor de cestos que había comenzado a recoger la mercancía, le señaló el lugar sin abrir la boca, sobrecogido por su inquietante apariencia.
—¿A quién diablos se le ocurriría ponerle semejante nombre a un callizo de mala muerte? —masculló al adentrarse en el pasaje del Brezo.
Sólo se veía una luz encendida, la de un candil de aceite que colgaba encima de una puerta sin nombre e iluminaba un hermoso brezo plantado en una maceta.
—¿Eres el herbolario? —preguntó, sin responder al saludo del hombre que le abrió la puerta.
—Así es. ¿En qué puedo servirte?
El bugre torció el gesto al oírse tutear, pero no dijo nada. Los moros tuteaban a todo el mundo.
—He de hacerte una consulta.
Entró en el local sin esperar a ser invitado y sonrió. Aquél era, sin duda, el sitio que buscaba, la covacha de un nigromante infiel, un hijo de Satanás, conocedor de las propiedades de las plantas para sanar o matar, de las raíces para provocar sueños y visiones, de las semillas y granos para adivinar el porvenir.
—¿Sabes lo que es esto? —le preguntó a bocajarro mostrándole el jardín de la oca.
—Un tablero de adivinación.
—¿Sabes interpretarlo?
—Así es.
El bugre se quedó mudo. El médico judío estaba, por tanto, en lo cierto y él tenía a su alcance la solución que con tanto ahínco había buscado.
—Enséñame —ordenó.
—El conocimiento no se adquiere ni se transmite en un instante —
replicó el herbolario con calma.
—Te pagaré bien.
—Sólo las aves pueden volar, pero antes han de aprender.
—Soy maestro.
—Pero no adquiriste tus conocimientos en una noche.
Estaba claro que el maldito moro no tenía ninguna intención de revelarle el secreto del tablero y él no podía obligarlo, aunque sí amenazarlo. Una tos queda proveniente de detrás de una cortina le advirtió de que allí había alguien más y optó por cambiar de táctica.
—Si se trata de un método de adivinación y tú puedes interpretarlo, no tendrás inconveniente en leerlo para mí.
—Tendrá que ser otro día; hoy estoy ocupado.
—¿Cuándo? —preguntó a punto de perder la paciencia.
—Vuelve dentro de siete días, a la misma hora.
—Lo haré.
—Y no olvides traer cincuenta maravedíes.
—¿Acaso piensas que nado en la abundancia?
—El conocimiento tiene su precio —replicó el musulmán con tranquilidad.
Salió del local sin despedirse. El hijo de Satanás tendría sus cincuenta maravedíes y otros cincuenta si fuera preciso, pero, en cuanto supiese lo que quería, lo denunciaría por adivino, o lo haría callar para siempre.
Hadi esperó a que el visitante desapareciera de su vista para apagar la luz del candil, cerró la puerta con el pasador y entró en la trastienda.
—Era un loco que quería que le leyera el futuro…
—Era el asesino, el hombre del que te he hablado en repetidas ocasiones…
Don Ezequiel estaba pálido y todavía turbado por la aparición de su Azazel particular. Había sido tal su impresión al verlo a la puerta de la catedral en construcción que no había podido pegar ojo aquella noche. Su primer propósito fue abandonar Burgos en cuanto amaneciese. Era peligroso para su salud permanecer allí; podía toparse con el asesino de Yucé cualquier día, en cualquier parte, y sufrir el mismo destino que su añorado amigo. Pero ¿adónde podría ir? Era invierno, estaba a gusto con los carpinteros, no le faltaba de nada y sería harto difícil encontrar otro refugio seguro. Luego pensó en denunciarlo, pero recordó que, al igual que les ocurría a los Ximenat en su tierra, eran necesarios seis testimonios judíos para contrarrestar el de un cristiano. Él no tenía más que su palabra y el homicida negaría su participación en la muerte de un maestro hebreo. No le quedaba otra solución que esconderse como una liebre asustada, pero antes era necesario conocer los pasos del cazador. Acudió a las obras a la mañana siguiente, y a la otra, y a la otra… El frío ayudó. Ocultaba su rostro en una bufanda ancha que la mujer de Ximen había tejido para él y sólo dejaba los ojos al descubierto, de manera que pasaría inadvertido en el improbable caso de que se cruzase en la calle con su enemigo. Desesperaba cuando volvió a verlo y sintió un estremecimiento. Pasó por delante de él, tan cerca que casi pudo tocarlo, y lo siguió hasta una vivienda del barrio cristiano.
Esperó un rato, vigilando desde una esquina, pero el individuo no volvió a salir. Regresó al día siguiente, más o menos a la misma hora, y lo vio de
nuevo. Así durante varias jornadas hasta que estuvo seguro de que aquélla era, sin duda, la morada de su pesadilla. Al menos le llevaba esa ventaja.
—No temas —lo había tranquilizado el herbolario al explicarle el asunto—, los cristianos raramente aparecen por la morería y, de todos modos, a judíos y musulmanes nos miran sin vernos…
—Éste no —le aseguró—; éste es de los que no olvida y, además, recuerda que vivió varios meses en mi casa, y no hace tanto tiempo de ello.
No había vuelto a pasear por los alrededores de la catedral desde entonces, limitándose al barrio de San Pedro y al callejón del Brezo. No obstante, y por si acaso, procuraba embozarse el rostro siempre que acudía al establecimiento de su amigo. Casi había llegado a olvidar que el pájaro negro y él vivían en la misma ciudad, pero, de pronto, reaparecían su desazón y sus miedos.
—¿Y cómo quería que le leyeses el porvenir? —inquirió curioso—.
¿Por medio de las hojas de té?
—No. Ha traído una «piel de la serpiente».
—¿Qué es eso?
—También se conoce con el nombre de jardín de la oca; es un tablero de adivinación.
—¡Después de todo yo tenía razón! —exclamó el médico exultante.
No había hablado a su amigo de aquella parte de la historia y, al observar que lo miraba sorprendido, pasó a relatarle lo referente al jardín desde que lo había visto en la celda del monasterio de Nájera.
—¿Y por qué le has llamado tú piel de la serpiente? —le preguntó cuando hubo acabado con las explicaciones.
—Porque es así como se llamaba en el antiguo Egipto. Se trataba del dibujo de una serpiente enroscada en forma de espiral y el cuerpo dividido en casillas numeradas. La serpiente, no lo ignoras, no tiene buena fama en las tres religiones del Libro y probablemente fue el motivo de que se eliminase, pero la finalidad es la misma.
—¿Y tú sabes interpretarlo?
—Sí. Lo aprendí de mi abuela, quien, a su vez, lo había aprendido de la suya. Aunque ellas sí creían en su eficacia, yo tengo mis dudas. El porvenir
está en manos de Allah, clemente y misericordioso, pero los seres humanos se empeñan en descubrir su futuro, creyendo que podrán modificarlo o influir en él.
—Y tú no crees que eso sea posible…
—No. Puede que haya algún medio de conocer acontecimientos que todavía están por llegar, pero no existe potestad en la Tierra capaz de cambiar lo que ya está escrito.
—Sin embargo, tú mismo has dicho que tu madre y tu abuela creían en la eficiencia del tablero…
—Las mujeres creen en cosas diferentes que los hombres…
—Pero… el asesino también parece creer en ellas…
—Ese hombre quiere creer, que no es lo mismo. Quiere que le digan que sus proyectos, cualesquiera que sean, llegarán a buen fin; que el hado está de su parte; que sus crímenes están justificados.
—¿Y qué le dirás cuando vuelva?
—Lo que desea oír —Hadi soltó una risita divertida—. Un buen agorero siempre dice lo que el cliente espera.
—Eso es engañar…
—No hay engaño cuando el engañado quiere serlo.
—De todos modos, tú sabrás la verdad.
—La sabré, no te quepa la menor duda. Hace ya mucho tiempo que no he leído el futuro en una piel de serpiente, pero es una de las cosas que, aprendida, no se olvida jamás. El destino guía la mano del consultante. Los humores internos, la sangre, la fuerza o la falta de ella, los sentimientos, la bondad o la maldad… todo incide cuando una persona lanza la taba, al igual que cuando toma un camino determinado en lugar de tomar otro.
—Mi pobre amigo Yucé y yo creíamos que el jardín de la oca podría asimismo ser un plano.
—¿Un plano de qué?
—De las encomiendas templarias.
—¿Y por qué iba a serlo? Están ahí, a la vista de todos; no es necesario plano alguno para encontrarlas.
—Sí… pero podría tratarse de uno que señalase enclaves singulares cuya razón de ser se me escapa.
El herbolario permaneció durante unos minutos en silencio.
Sus antepasados procedían de las tierras bañadas por el río Éufrates.
Había ocurrido mucho tiempo atrás, pero su familia no lo había olvidado.
Los cristianos llamaban «moros» a los musulmanes, a los no bautizados, pero no todos eran iguales, así como tampoco lo eran todos los europeos aunque adorasen a un mismo Dios. El Islam lo conformaban decenas de pueblos, razas, lenguas y costumbres diferentes. Ellos, los al-Suri al-Halab, descendían de la tribu que había dado nombre a la población ahora denominada Alepo, la perla de Siria, la ciudad más antigua del mundo. Su abuela siempre decía que un día pasado fuera de Alepo era un día que no contaba en la vida, pero ni ella ni la madre de su madre habían estado nunca en el país que tanto añoraban sin conocerlo. Él no lo añoraba. Había nacido en Burgos y en Burgos moriría, aquélla era su tierra, aquél su país; era castellano de los pies a la cabeza y, exceptuando sus creencias religiosas, en nada se diferenciaba de cualquiera de sus vecinos. Sin embargo, no podía negar que había heredado unos conocimientos peculiares, transmitidos de padres a hijos, que los cristianos no poseían, como aquél de leer el futuro.
El tablero, la piel de la serpiente, era conocido en el Creciente fértil antes de que los francos llegaran allí y lo rebautizaran. Su abuela, siempre su abuela, aseguraba que habían sido los freires quienes lo habían traído a Europa, pero que nunca habían sabido interpretarlo correctamente porque carecían de la sabiduría necesaria para ello. Él no estaba muy seguro de que hiciese falta un saber especial; bastaba con conocer el significado de los números, del uno al nueve, y aplicarlo a cada persona según su carácter, sus propósitos o sus creencias. En su opinión, en la lectura del tablero había más de entendimiento de la naturaleza humana que de adivinación. Las palabras de su amigo no hacían más que reafirmar su parecer; ¿dónde mejor para ocultar un plano, o un mensaje, que en una lámina que circulaba libremente por el Camino? No era frecuente ver un jardín de la oca, pero tampoco se trataba de algo insólito. Tendría un significado para aquéllos
que estuvieran en el secreto; para el resto, sería un simple juego o un dudoso medio de predicción.
Al día siguiente, don Ezequiel se presentó llevando consigo el cartapacio de cuero con los mapas, las anotaciones y la copia del jardín, y su amigo le hizo una pequeña demostración sobre las supuestas virtudes adivinatorias del mismo. Colocó sobre la primera casilla una jamsa, una
«mano de Fátima» de azabache, talismán poderoso contra el mal de ojo y, a continuación, extrajo con mucho ceremonial de un arcón pequeño una cajita de madera forrada de tela bordada y, de ella, uno de los siete huesos del tarso derecho de Judas Tadeo, un santón para los musulmanes, y también hermano de Santiago el Menor y de Īsā, el Jesús de los cristianos —aseguró con seriedad—, y se lo tendió al médico.
—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó éste atónito examinando el huesecillo que tenía un punto pintado en una de las caras, dos en otra y tres en la última.
—Primero preguntar aquello que en verdad deseas saber. Sólo los limpios de corazón pueden iniciar el trayecto por el Camino de los Guardianes del Paraíso.
—No sé…
—Algo habrá que quieras saber… —le animó el herbolario.
—Pues… cuál es mi futuro…
—Lanza tres veces el hueso.
Don Ezequiel lanzó el hueso, la suma de las tres tiradas dio cinco y Hadi colocó la mano de Fátima en la casilla correspondiente.
—El cinco, un número masculino —dijo—, simboliza la libertad, el movimiento, los viajes, y también… la primera oca del jardín.
—¿Y?
—Una sola tirada no aclara nada, amigo mío; es preciso continuar para tener una visión general de lo que, en principio, te espera. Sí puedo decirte que buscas algo, pero que has de ser precavido, vigilante. Has de meditar con cuidado los pasos que vayas a dar, pues la precipitación sería causa de tu infortunio y, tal vez, de tu muerte, Allah, clemente y misericordioso, no lo quiera.
El médico movió los hombros en un ademán por quitarse de encima una sensación molesta. Definitivamente, no le gustaban los enigmas. Pudiera ser que, en efecto, existiese la probabilidad de leer el porvenir, pero él no tenía deseo alguno de conocer el suyo. Lo que tuviera que ocurrir, ocurriría, y más valía ignorarlo de antemano. Rechazó con un gesto la invitación de Hadi para tirar nuevamente el hueso y extrajo del cartapacio los demás documentos. Estaba convencido —le manifestó— de que, aparte de lo de la adivinación, el jardín de la oca ocultaba otros secretos. La investigación recomenzó y el herbolario ocupó el sitio del maestro asesinado, aunque ninguno de los dos tenía la más mínima idea de lo que buscaban.
Eran muchas las encomiendas y los castillos templarios en los reinos del norte peninsular. Los había por todas partes: en Cataluña, en Aragón, en el reino de Navarra y, por supuesto, en el de Castilla. Ambos estuvieron de acuerdo, al igual que antes lo habían estado don Ezequiel y su difunto amigo, en centrarse en el tramo que se extendía desde los montes Pirineos hasta Compostela. Si bien la ruta de las estrellas era visible desde cualquier punto habitado por el ser humano, también era cierto que únicamente a lo largo de dicho recorrido la Vía Láctea tomaba el nombre de Camino de Santiago, pues, según una tradición francesa, San Yago en persona se había aparecido al gran Carlomagno y le había indicado el itinerario para llegar hasta su tumba siguiendo la estela celeste. Si el jardín guardaba un secreto, sin duda se encontraba en el camino peregrino por tierras hispanas.
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