El jardín de la Oca

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 7 de 27

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El jardín de la Oca

El agote

El viajero, un hombre de mediana edad, más viejo que joven, delgado, la cabeza rapada y la barba blanquecina, se desvió del camino que llevaba de Pamplona a San Juan de Pied de Port y tomó la ruta de Baztan. No le fue difícil encontrar la población de Arizkun, a pocas millas de Elizondo, la mayor de las quince parroquias que conformaban el valle y, al llegar, preguntó por el barrio de los agotes. El interrogado lo miró de arriba abajo con suspicacia, señaló hacia la otra parte del río y, después, escupió al suelo antes de darse media vuelta y meterse en su casa. El viajero no pareció sorprendido por la reacción del hombre; incluso esbozó una mueca, similar a una sonrisa no exenta de ironía, Se dirigió hacia el puentecillo de madera que permitía el paso sobre el río, se apeó de la mula y asió el bocal para atravesarlo. A continuación, se encaminó a través del espeso bosque de hayas y castaños que ocultaban la luz de un día soleado pero frío y se detuvo al salir de él y percibir las humildes viviendas que colgaban en la colina. Bozate, donde vivían unas personas menospreciadas y tildadas de leprosas por inciertas razones, aparecía iluminado por la luz del atardecer. No se veía un alma y daba la impresión de estar deshabitado, pero la hierba bien cortada, las pequeñísimas huertas repletas de repollos y un cerdo rollizo que encontró en su camino desmentían rápidamente la primera impresión. Se aproximó a la primera de las cuatro casas, la más grande dentro de su pequeñez, y comprobó que la puerta estaba abierta; golpeó con el puño y esperó, pero nadie acudió a la llamada. Estaba cansado, hambriento y sediento, así que se dejó caer sobre el banco de piedra adosado al muro, se echó sobre sus ojos el ala del sombrero de peregrino y los cerró. Los abrió al escuchar unas voces y se puso en pie.

Por la pendiente que ascendía desde el camino junto al río, llegaban varias personas. Aguzó la vista en un intento por reconocer a una entre ellas, pero tenía el sol de frente y, aunque no lo hubiese tenido, sería tarea vana volver el tiempo hacia atrás. Aspiró una bocanada de aire y esperó.

Las voces, las risas, cesaron al descubrirlo; sus dueños se aproximaron a él en silencio y se detuvieron a varios pasos de distancia, contemplándolo sin animosidad, pero con recelo al mismo tiempo. Los examinó uno a uno y no pudo disimular su contrariedad al constatar que el hombre que buscaba no estaba entre ellos.

—¿Podemos ayudarte en algo? —le preguntó el mayor de todos en francés—. El camino peregrino se encuentra en la otra orilla…

—No busco el camino peregrino. Busco a Eder Bozat.

El recelo mostrado en un primer instante se tornó en miedo al traducir el viejo sus palabras y todos comenzaron a hablar al unísono. No entendía lo que decían, pero no le costó mucho imaginar que estaban discutiendo qué hacer.

—¿Por qué lo buscas? ¿Vienes de parte del cura o de alguno de esos campesinos que se creen señores?

Notó un deje de amargura en las palabras del hombre y recordó lo que Eder le había contado sobre sus gentes, los agotes. Rechazados, odiados, acusados de herejes y leprosos, vivían apartados sin jamás mezclarse con quienes no eran como ellos.

—Soy un amigo. Conocí a Eder durante su estancia en Pamplona.

La reacción en esta ocasión fue muy diferente: el hombre lo miró con estupor y entornó los ojos en un intento por reconocerlo, otro más joven frunció el ceño, las dos mujeres comenzaron a cuchichear entre ellas y la media docena de adolescentes y niños que estaban a su lado lo contemplaron con curiosidad.

Poco después se hallaban en una cocina minúscula, todos de pie, apretujados, menos el recién llegado quien, sentado sobre una banqueta a una mesa pequeña, comía con avidez el contenido de un cuenco de madera que, por segunda vez, había sido colmado hasta el borde con un espeso potaje de verduras. Anochecía y el habitáculo estaba oscuro. Antes de que

la oscuridad fuera completa, el hombre dijo algo a los muchachos y, casi inmediatamente, la luz de varias velas y de un candil iluminó el cuchitril.

De nuevo, el huésped los examinó uno por uno. Intentó encontrar algún parecido con el aprendiz de constructor, a quien había protegido y llegado a apreciar, pero ninguno le resultó familiar. Si acaso el de más edad… pero tampoco. El joven le había dicho en una ocasión que su padre era un hombre fuerte de espaldas y de facciones nobles, si bien duras, como marcadas con una hachuela en su cara, y con una hermosa pelambrera. El hombrecillo con poco pelo que tenía ante sí era de complexión pequeña y frágil, y su aspecto no era el de un montañés. El otro hombre, sin embargo, tenía un aire que le recordaba a Eder. Quería preguntar por su amigo, su nombre le quemaba la lengua, pero no deseaba provocar una reacción contraria en sus anfitriones y acabó de comer el potaje; también comió una manzana que una de las mujeres puso delante de él después de haberle sacado brillo con el delantal.

—¿Cómo es que hablas tan bien el francés? ¿Eres acaso de allende las montañas? —preguntó al hombrecillo con ánimo de ganarse su confianza.

—Lo soy o, mejor dicho, lo fui. Hace mucho tiempo que no he vuelto a la tierra de mis padres, ni creo que vaya a hacerlo porque ya no queda allí nadie a quien visitar.

—Yo soy champenois.

—Y yo occitano.

—¿Y cómo llegaste a estos parajes?

—Es una historia larga de contar, y ya es tarde.

El hombre hizo una seña y los demás desaparecieron escaleras abajo antes de que el viajero hubiera tenido la oportunidad de desearles las buenas noches.

—Puedes dormir aquí —le informó después—. Hay dos cuartos.

—No quiero molestarte en tu propia casa. Me da igual dormir a la intemperie; estoy acostumbrado.

—Ésta no es mi casa.

—¿Pues de quién es?

—De Eder.

—¿Y él… no…?

—No está.

—¿Y cuándo volverá?

El hombre alzó los hombros, cogió uno de los candiles y desapareció por la escalera, al igual que habían hecho los demás miembros del extraño grupo, dejándolo completamente solo.

Tardó un rato en levantarse de la banqueta. Tenía los músculos de las piernas doloridos debido a la cabalgada y, por un momento, pensó en colocar los brazos sobre la mesa, apoyar la cabeza y cerrar los ojos, pero también sentía una gran curiosidad. Echó un vistazo a su alrededor. Un monje no habría encontrado lugar más desprovisto que aquél para renunciar a las pompas y vanidades del mundo. El hogar apagado y la vieja olla con restos de comida enmohecidos mostraban muy a las claras que hacía bastantes días que nadie había puesto allí los pies, o que, al menos, nadie había cocinado. Buscó un objeto, algo, que le resultase familiar, pero, aparte de la mesa, la banqueta y algunos útiles de cocina, el lugar ni siquiera parecía estar habitado. Cogió una vela y se adentró en uno de los dos cuartos separados por una cortina tejida en lana basta. Sólo apreció un jergón en el suelo, con una manta encima, y un arcón tallado junto al muro sin ventanas. A pesar de la exigua luz de la vela, pudo comprobar que la talla —espirales, soles y estrellas— era buena y bastante reciente por la blancura de la madera, y ello alegró su ánimo cansado. Penetró luego en el otro, de parecidas dimensiones, unos diez pasos de ancho por otros tantos de largo. Había una cama en lugar de un jergón en el suelo, y también un arcón cerca de un ventanuco, pero —retuvo el aliento— encima de este último, se veía una figura de madera que representaba a una mujer sosteniendo en brazos a una criatura. Estuvo a punto de caer de rodillas y la emoción atenazó su garganta. Acercó la vela a la figura y creyó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Aquélla no era una representación de la Virgen María; reconocía el rostro de la mujer, así como el de la criatura, una niña, y permaneció ensimismado en su contemplación hasta que sintió la cera quemándole el dorso de la mano. Apagó la vela y se

dejó caer sobre el lecho, sin desvestirse y sin apenas fuerza para cubrirse con la manta doblada a sus pies.

Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el rayo de luz que penetraba por el ventanuco e iluminaba la figura colocada encima del arcón. No se movió, los ojos fijos en ella, los pensamientos en un pasado repleto de imágenes que el tiempo no había logrado borrar. Una sombra se interpuso entre él y sus recuerdos.

—¿Quién eres? ¿Y por qué me buscas?

Se incorporó con dificultad y aún le costó más levantarse. Los años no pasaban en balde, fue todo lo que se le ocurrió pensar antes de encararse a la razón de su largo viaje, y se tomó un tiempo para responder a ambas preguntas. Había cambiado. El muchacho delgaducho como un junco y de ojos soñadores, de cabellos claros y piel igualmente clara, había cogido músculo y se había dejado crecer la barba y los cabellos. Parecía mayor. La mirada de perro apaleado que lo había conmovido tan sólo un par de años antes se había tornado en otra, semejante a la del lobo herido que lucha por su vida.

—Soy Bertrand de Garlande —dijo por fin.

La sorpresa se reflejó en los ojos del hombre, pero la ilusión fue breve y, nuevamente, se adueñó de ellos la desconfianza. Se pasó la mano por el abundante cabello que le caía sobre los hombros y salió del cuartucho seguido por el inesperado visitante, retiró un pucherillo del fuego de la chimenea y sirvió la leche caliente en dos cuencos de madera que esperaban sobre la mesa, junto a una hogaza y medio queso de oveja. Señaló la banqueta a Bertrand y él se sentó sobre los leños apilados al lado de la chimenea apagada. Transcurrió un rato mientras el comendador acariciaba el cuenco sin quitarle la vista de encima.

—¿Y esas ropas? —preguntó por fin Eder Bozat en referencia a la vestimenta peregrina del visitante.

—Para evitar problemas. Nuestro uniforme es demasiado llamativo.

—¿Y por qué me buscáis?

—Por varias razones que te explicaré si aceptas venir conmigo.

—Decid sólo una.

—Tu hija. ¿No quieres verla de nuevo?

El montañés parpadeó varias veces, como si no entendiera lo que acababa de escuchar, como si no recordara a la hija que le había sido arrebatada precisamente por aquel mismo hombre que ahora, después de dos inviernos, reaparecía en su vida para hablarle de ella.

—Yo no tengo ninguna hija —acertó a decir, mientras bebía de su cuenco de leche en un intento por no mostrar su zozobra.

—Sabes que sí.

—Como si no la tuviera.

—Pero la tienes.

Sintió un dolor en el pecho, el mismo que sentía siempre que pensaba en la niña y en la mujer que amaba. Procuraba no hacerlo porque sufría con su recuerdo, y ya no tenía remedio. Su único consuelo era acariciar la talla que las representaba, por esa razón no la había destruido, aunque hubiese querido hacerlo en más de una ocasión para conjurar su pena.

—Os las llevasteis —dijo por fin.

—Envié a por la niña —respondió Bertrand sin inmutarse al escuchar el reproche—. Ella la acompañó por propia voluntad; nadie la obligó a hacerlo.

—Yo habría impedido que se fuera.

—Tú no estabas aquí y tu familia no sabía si volverías.

Eder calló. Se vio a sí mismo huyendo de noche como un furtivo para ocultarse en el bosque de su niñez, al otro lado del puerto, intentando escapar de sí mismo, aturdido, desesperado. Tardó semanas en recuperar el dominio de sus sentimientos, y regresó renacido con el fruto de su gestación, la talla, entre las manos. Pero era ya demasiado tarde. La mujer a quien amaba, a la que por fin se había dado cuenta de que amaba, no lo había esperado. Estaba cansado, herido en lo más profundo de su ser; se sintió como un anciano que ha recorrido un largo trayecto y que, al final de su existencia, tiene las manos y el corazón vacíos. Así habían transcurrido más de dos inviernos, sin alicientes, sin deseos, encerrado en sí mismo. Y

ahora, como un espíritu llegado de ultratumba, aparecía el hombre a quien

debía aquella vida que le era indiferente desde que habían desaparecido de ella las dos personas que más necesitaba.

—Quiero que vengas conmigo —le oyó decir—. He recorrido un largo camino para llegar hasta ti.

—¿Para qué me queréis?

—¿Continúas trabajando?

—Construyo.

—¿Construyes? —el asombro del francés era real.

—Soy leñador y carpintero. Mi maestro, Geoffroi Bisol, ¿lo recordáis?, me enseñó lo que sé y yo lo pongo en práctica.

El hombre miró a través de la ventana, más bien una abertura, que se abría a un campo teñido de verde, brillante por los rayos del sol. ¿Cómo no recordar a su amigo Geoffroi, descendiente de uno de los fundadores de la Orden del Temple y magnífico constructor? Lo había conocido en Champagne, cuando trabajaba para el conde y luego rey de Navarra, Teobaldo. Lo había visto edificar castillos e iglesias, admirado y respetado hasta aquel fatídico día, iba para once años, en que su mujer había sido quemada junto a otras ciento ochenta y dos personas acusadas de herejía. Él estaba por entonces en la encomienda de Gares y no se enteró del asunto hasta un par de meses después. Le informaron de que el maestro había desaparecido junto a su pequeña hija. No supo nada de él hasta años después, cuando lo encontró en la población de Estella, malherido tras la terrible paliza que el monje renegado Robert Lepetit —Dios lo tuviese en el infierno— le infligió para conseguir el documento que lo incriminaba en el asesinato de un eclesiástico en Reims. Y allí también había conocido al hombre que tenía delante. Desvió la mirada de la ventana y la fijó en Eder.

—Te preguntaba si continúas tallando.

—No.

Fue un «no» rotundo, pero él insistió.

—¿Por culpa de tu hombro?

De forma instintiva, Eder se frotó el hombro derecho con la mano izquierda. Cada vez que lo hacía, cada vez que sentía un dolorcillo en su miembro inmovilizado, le venía una imagen que desearía borrar de su

memoria y que, no obstante, no podía. La de una figura tallada en la desesperación a la que había dado el rostro de las mujeres que habían significado algo en su vida y que había desaparecido entre las llamas. La vio arder, consumida por el fuego; el mismo fuego que el pueblo del bosque encendía para incinerar los cadáveres de sus seres queridos, el mismo que los «otros» encendían para acabar con la vida de personas inocentes. No había vuelto a recuperar la movilidad desde el incendio de Dorreaga, aunque sentía dolores cuando el tiempo amenazaba lluvia, pero no tenía problemas a partir del codo.

—No —respondió.

—¿Por qué entonces?

—Hace falta una razón para tallar, y yo no la tengo.

—He visto la figura que está encima del arcón…

—Fue la última.

—¿Y las arcas?

—Las hizo mi padre.

—El hombre que me recibió no se parecía a la descripción que me hiciste de él…

—Ése es Raymond Gauti. Mi padre está en Xuhitoa.

—¿Xuhi…?

—En Baigorri, nuestro antiguo hogar.

Bertrand sorbió la leche que quedaba en su cuenco, aspiró una bocanada de aire y fijó la mirada en el exuberante paisaje que divisaba a través del ventanuco. Le llegó con claridad el sonido de las aguas del río y, durante un breve momento, imaginó una vejez tranquila en aquel paraje hermoso y misterioso, lejos del mundo que conocía y cuyos moradores, los despreciados agotes, creían en la Naturaleza, en la Diosa Madre de los antiguos —había olvidado su nombre—, tan similar en muchos aspectos a la Virgen de su devoción. Después, volvió a mirar a Eder. Resultaba difícil mantener una conversación con él. Si ya antes lo recordaba como a una persona parca en palabras, estaba claro que en el tiempo transcurrido se había convertido en un ser aún más lacónico. La herida continuaba abierta y el joven se había encerrado dentro de su concha. La única forma de llegar a

él era la verdad; se lo debía. El montañés pagano que creía en una diosa para quien la mayor ofensa era la mentira no entendería, ni perdonaría, que no fuese sincero con él.

—Han pasado dos años y medio, van para tres, tres inviernos como tú los cuentas, desde que envié a mis hermanos freires a esta tierra en busca de tu hija —comenzó diciendo—. Su madre encontró lo que buscaba: el matrimonio con un ricohombre, que le dio su nombre. Quería olvidar que la suya había muerto en la hoguera; que, además de ser hija del maestro Bisol, también lo era de una hereje cátara. Quería dejar atrás su pasado, y el fruto de una relación que…

—La rebajaba.

Eder tenía los ojos clavados en él y el color gris claro de su mirada se había tornado oscuro, como el del cielo que amenaza tormenta.

—Te amaba a su manera…

—Sólo hay una manera de amar.

La suya había sido leal. Le entregó su cuerpo y su espíritu; no hubo engaño; nada ocultó y nada pidió, excepto ser correspondido. La amó desde el instante mismo en que la conoció, creció junto a ella bajo el ala protectora del maestro, reflejándose en su mirada y esperando el día en que ambos serían uno. Y lo fueron, dos veces. Robaron tiempo a la noche, a escondidas como fugitivos, y él fue inmensamente feliz, pero ella no era el ser excepcional que él creía. Le rompió el corazón y, lo que era más grave, su fe en los demás.

—El caso es que no pasó mucho antes de que se arrepintiese y reclamase a su hija —prosiguió el francés—. Por eso envié en busca de la niña. Ignoraba que también era tu hija, te lo juro. Lo supe hace poco, cuando estaba a punto de emprender el viaje para venir a buscarte; Alazaïs me lo dijo.

Bajó los ojos para que el templario no percibiese su desasosiego. Creía que ya lo había superado, pero la simple mención del nombre de la mujer cuyo amor no había sabido reconocer a tiempo lo golpeó con tanta fuerza que le hizo daño.

—¿Para qué habéis venido? —preguntó con voz ronca.

—Quiero que talles una Virgen, como la que esculpiste para nuestra casa de Dorreaga, como aquella hermosa Virgen de la Esperanza que ardió en el incendio.

—No.

—Y la quiero negra —insistió el hombre sin considerar su negativa.

Muy a su pesar, Eder levantó la vista interesado.

—¿Por qué?

—Porque eres el mejor artesano que conozco. Nadie como tú sabe dar vida a la madera y a la piedra; logras que tengan voz.

—Pregunto por qué la queréis negra.

—¿Ya no la recuerdas? La viste en Gares, en el Puente de la Reina, y también en Estella. El negro es el color de la Tierra, el de la sabiduría perdida de un tiempo en que el ser humano creía en la vida. María es la Madre que tú y los tuyos veneráis.

—Nuestra diosa es Amari, la que es madre.

—Es la misma, da igual cómo se la llame.

No había olvidado la figura de la hermosa Virgen embarazada tallada por el hombre que tenía delante y cuya visión lo había perturbado hasta el punto de poner en peligro su fe. ¿Y si el vientre divino que había dado a luz al Salvador era también el Principio de todas las cosas, la Creación misma?

¿Y si Dios era mujer? Procuraba pensar en otra cosa cuando le asaltaba dicho pensamiento. Era herejía y él era un hijo fiel de la Iglesia.

—Ya no estoy en Navarra —le informó para no pensar en un asunto que lo desasosegaba y, al constatar que su declaración no producía ninguna reacción, continuó—. Dejé de ser maestre, ahora soy comendador de la encomienda de León. Poseemos varias casas allí y la mayor fortaleza de la Orden en tierras hispanas. Me ocupo de supervisar los trabajos de construcción y he venido en busca de una partida de canteros que han aprendido el oficio en nuestra encomienda de Sangüesa; son los mejores.

De paso, se me ocurrió venir a verte para pedirte que trabajes para nosotros.

También necesitamos buenos artesanos.

—Ya tengo trabajo aquí.

—¿No cambiarás de opinión?

—No.

El freire se atusó la barba. ¿Qué más podía decirle? Le había asaltado el deseo de verlo. Lo echaba en falta, como a un hijo a quien no se ha visto durante demasiado tiempo y esperaba que él sintiese lo mismo, aunque no parecía que fuese así. Definitivamente, se estaba haciendo viejo.

—De todos modos, si cambias de opinión, ven al Ponteferrato. Se encuentra a dos jornadas de marcha desde la ciudad de León hacia el oeste, siguiendo la ruta de las estrellas que conduce al poniente. Cualquiera te dará razón. Ahora tengo que marcharme.

Se levantó y Eder hizo otro tanto. Hubiese deseado darle un fuerte abrazo, al igual que había hecho en Dorreaga, pero el joven desvalido, herido en el cuerpo y en el alma, a quien había despedido, era sólo una sombra del hombre que ahora tenía delante. Salieron de la casa en silencio y se acercaron al río para recoger la mula que pastaba en las cercanías.

—¡No lo olvides! —gritó antes de espolear al animal—. ¡Te espero en el Ponteferrato!

El montañés lo vio partir y permaneció inmóvil con la vista fija en el caminejo que se perdía en el bosque, presa de sentimientos contradictorios.

—¿Quién era?

No lo había oído llegar y se giró. Raymond Gauti, quien en ausencia de su padre era el guía de la pequeña tribu de parias que habitaban las tierras del señor de Ursua, se hallaba a su lado y seguía la dirección de su mirada.

—Bertrand de Garlande era el maestre templario de Navarra. Él fue quien envió a los freires a por la niña.

—¡Me robaron a mi hija y a mi nieta!

—Sabes que la niña no era tu nieta y que Alazaïs se fue con él por propia voluntad… y por mi culpa —añadió tras una breve pausa.

—¿Le has preguntado que tal están mi hija y mi nieta? —reiteró el hombre como si no hubiese escuchado sus palabras.

—Están bien —le mintió.

—Quiero que vuelvan, quiero verlas a las dos antes de que me llegue el turno de dar cuentas a mi Creador.

Eder lo miró con cariño y le pasó el brazo por encima del hombro.

—Las verás. Yo mismo te las traeré.

Al día siguiente, se presentó en la casa de Juanes Lopiz de Garaia, el mayor propietario de ganado del valle, y le exigió el pago adeudado por la construcción de su nuevo establo.

—Te pagaré cuando venda las reses —le respondió éste en el tono desabrido que acostumbraba para dirigirse a los pobladores del barrio de Bozate.

—Me pagarás ahora. Necesito los dineros.

—Pues tendrás que esperar a que yo decida pagarte.

—No esperaré, y tú cumplirás el trato que hiciste conmigo.

—¿Cómo te atreves a reclamarme nada?

Había tenido que aceptar la presencia de unos paganos leprosos porque el de Ursua había amenazado con quemarle la casa si persistía en sus ataques contra el pequeño grupo, y no era hombre que amenazase en vano.

Incluso había claudicado y contratado al arrogante que tenía delante para que le construyera el establo antes de la llegada del invierno. Era el mejor constructor de la zona, de eso no había la menor duda, pero no permitiría que le viniese con exigencias. Él era un hidalgo, un baztanés cuya familia se remontaba a los tiempos del rey Sancho, y aquel muerto de hambre, sólo un miserable agote llegado del otro lado del puerto para servir como criado en la casa-torre, un mezquino que se ganaba la vida trabajando con las manos.

—Reclamo lo que me pertenece —insistió Eder.

—¡Lárgate de aquí o te echo yo a patadas!

El artesano mantuvo su mirada y, después, se dirigió al establo; cogió un hacha clavada en una pila de troncos y, antes de que Juanes pudiese reaccionar, descargó un fuerte golpe contra uno de los pilares que sostenían la tejavana. La madera crujió, el ganado se agitó nervioso y su propietario se echó las manos a la cabeza.

—¿Qué haces, desgraciado?

—Mientras no pagues, mi trabajo me pertenece y hago con él lo que me place.

—¡Te denunciaré al Concejo!

—Hazlo, pero sin establo.

Alzó de nuevo el hacha, pero se detuvo cuando el hidalgo prometió pagarle, y no soltó la herramienta hasta que Juanes hizo efectiva la deuda.

Durante los siguientes días, recorrió el valle reclamando los pagos que se le debían: tejados, casas, cobertizos, molinos. La noticia corrió rauda: el agote se había vuelto loco y estaba dispuesto a destruir lo edificado, o a quemarlo. Se escucharon voces que reclamaban su apresamiento, pero tampoco eran tantos los deudores y el resto no quería verse envuelto en la disputa. El artesano había realizado los trabajos y era de ley que se le abonase lo debido. Por otra parte, conocedor del hecho, el señor de Ursua hizo saber que si le ocurría cualquier percance a un servidor de su casa, él mismo se encargaría de saldar las cuentas con sus agresores. No es que sintiese un aprecio especial por el hijo de Manex. El viejo montañés era un hueso duro de roer, sobre todo a partir del momento en que se había negado a asistir a la iglesia para no tener que sufrir insultos y humillaciones, y el hijo era igual de tozudo que él, pero estaba en juego su honor y ¡por Dios!

que nadie lo ultrajaría. Eder pudo, por tanto, cobrar y disponer la marcha.

No tenía muy claro por qué había decidido cambiar de parecer. Se decía que era la desolación del buen Raymond, su segundo padre, lo que lo empujaba a echarse al camino. Se sentía culpable de su pena, puesto que Alazaïs no se habría marchado si él hubiese estado a su lado. Pero había algo más. Echaba en falta la libertad para moverse sin trabas, sin que alguien lo mirase con recelo o lo señalase con el dedo; para no tener que dar cuenta de sus actos, tomar sus propias decisiones o mezclarse con gentes desconocidas, siendo él mismo un desconocido. Era feliz en Bozate y adoraba el entorno, siempre verde, siempre vivo; disfrutaba perdiéndose en un bosque o trepando como un gamo por la pared rocosa de una montaña, pero también añoraba las calles repletas, los edificios de piedra y las maravillas que no había tenido oportunidad de contemplar y que sabía que estaban allí fuera, esperándolo. Tenía que probar de nuevo, porque su regreso había sido forzado por las circunstancias, la decepción y la amargura. Había madurado desde entonces; ya no era el joven aprendiz de constructor que, entre expectante y asustado, había seguido a su maestro

como en una aventura. Ahora nadie volvería a hacerle daño. No obstante, quedaba algo pendiente antes de partir.

Se encaminó hacia Baigorri con las primeras luces de una mañana fresca de otoño y por enésima vez ascendió y descendió el alto de Izpegi.

No podía ausentarse sin despedirse del padre. Había envejecido en los últimos tiempos; su espalda, recta como el tronco de un árbol joven, se había encorvado; ya no cogía el hacha, ni caminaba a grandes zancadas, sus silencios eran más largos y a menudo se cobijaba en aquel rincón perdido donde había sido feliz junto a su compañera. No sabía cuándo volvería, y si lo haría, y no quería cargar con otro remordimiento más sobre su conciencia. Los encontró, a él y a sus dos hermanos, sentados a la puerta de la vieja cabaña de Xuhitoa. Ellos no lo vieron y se solazó en la contemplación de una estampa que recordaría cuando estuviese lejos de allí.

Eran tres supervivientes, tres hombres que habían vivido lo suficiente para recordar los buenos y los malos momentos, y esperaban con serenidad el final de su existencia en la seguridad de que siempre habían obrado con rectitud. Hablaban y se reían. Hacía tiempo que no había visto reír al padre; también él rió, sorprendido. Pasó en su compañía varias jornadas durante las cuales olvidó sus intenciones y sus promesas, recuperó los olores y sonidos de su infancia y, sobre todo, la confianza en sí mismo. Y entendió por qué los «otros» los trataban con desprecio.

—No lo saben —afirmó el tío Aner— pero, en el fondo, nos envidian.

—¿Por qué iban a envidiarnos? —preguntó él atónito—. Ellos lo tienen todo y nosotros, nada.

—Por eso mismo, hijo, por eso mismo —intervino el tío Beñat—.

Cuanto más tienen, más envidia sienten hacia quienes no necesitan nada para ser felices. Dime, ¿sabes lo que es la felicidad?

Se alzó de hombros. No estaba seguro de haber sido completamente feliz en alguna ocasión. Quizás lo fue las dos únicas veces que descubrió la maravillosa sensación de entregarse, de dejarse arrastrar por el amor y el deseo hasta casi perder el conocimiento, pero duró tan poco…

—No confundas la felicidad interior con los instantes felices que nos depara la vida de tanto en cuanto —su padre lo observaba sonriente—.

Únicamente existe una manera de ser feliz: conocerte a ti mismo, conocer a los demás y no temer a la muerte. Nosotros nos conocemos, sabemos quiénes somos, que venimos de la Tierra y a ella volvemos, por eso no tememos a la muerte. Y conocemos a los demás, a los que nos son cercanos y a los «otros», aunque lo esencial es saber discernir a las personas honradas de las que no lo son. Sus creencias y su color o procedencia no tienen importancia, son sólo la corteza del árbol, la vaina de la legumbre.

Lo verdaderamente primordial se encuentra en el interior de cada uno.

Lo miró desconcertado. ¿Por qué nunca le había oído hablar de aquella manera? ¿Por qué había esperado toda una vida para comunicarse con él?

Pocas veces le había escuchado decir más de dos frases seguidas, a menudo para dar órdenes, y de pronto se mostraba como un hombre lleno de sabiduría, ahora, cuando estaban a punto de separarse quizás para siempre.

—Nunca te había oído expresarte de esa manera —le reprochó.

—Eras demasiado joven o, quizás, no sabías escuchar —respondió Manex.

—Estabas ocupado en conquistar el mundo —terció el tío Aner con ironía.

—Tenías que aprender por ti mismo —añadió el tío Beñat.

Le habría gustado permanecer en Xuhitoa, donde el rumor de las hojas de los árboles agitadas por el viento despertaba en él la memoria de la infancia y las caricias de la madre; donde únicamente la voz de las aves y los ruidos del bosque rompían el silencio y el hombre era parte de la Naturaleza, como ésta lo era de él. Pero no podía huir otra vez. Haría lo que tenía que hacer y, de paso, colmaría su curiosidad y regresaría en paz a su tierra para esperar el final con la misma tranquilidad de aquellos tres hombres a quienes admiraba, y quería.

Volvió a Bozate, entregó a los suyos la mayor parte del dinero obtenido por las obras —una buena cantidad que les permitiría hacer frente a cualquier eventualidad— y regaló la talla a los Gauti. Él no la necesitaba, les dijo, y a ellos les alegraría tenerla hasta que su hija y… su nieta estuviesen de vuelta. Sabía que le sería imposible cumplir su promesa.

Ninguna mujer esperaría tanto e, incluso en el improbable caso de que ella

no se hubiese unido a otro hombre, quedaba por ver si todavía seguía queriéndolo. En cuanto a la niña… su madre jamás permitiría que se fuese con él. El comendador había asegurado que había matrimoniado con un ricohombre y se vería obligada a explicarle ciertas cuestiones que seguramente ignoraba. Estaba convencido de que negaría cualquier relación entre ella y un despreciable agote. De todos modos, su decisión estaba tomada.

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