El Verdugo De Dios
Dorreaga (Torres del Río) 155
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—¿Qué gritaba? —preguntó Garisoain.
—Creo que ha visto al propio Satanás en persona —respondió el Bugre sin pizca de ironía.
—¡Antes o después muchos de nosotros lo veremos! ¿Os quedaréis aquí lo que queda de la noche, hermano?
—Me temo que otras almas desdichadas esperan mi consuelo.
Mañana temprano he de estar de vuelta en nuestro convento de Estella.
—¿Y no teméis ser asaltado por el camino?
—¿Quién iba a querer asaltar a un pobre fraile que nada posee?
—Id con Dios, entonces.
—Con El quedéis vos también.
Con andar pausado y sin demostrar la ansiedad que sentía por dentro, se encaminó hacia el portón de salida, descendió la colina y atravesó la única calle del pequeño poblado erigido a la sombra de la fortaleza y habitado por siervos de la gleba obligados a trabajar para la Corona. Siguió caminando del mismo modo hasta toparse con el camino de peregrinos, pero en lugar de dirigirse hacia el norte, hacia Estella, tomó dirección sur. Sólo entonces un suspiro, un gemido profundo, se escapó de su pecho y apresuró el paso. Amanecía y la tierra parecía envuelta en fuego, la hierba estaba húmeda y una urraca pasó volando por encima de su cabeza. Antes de llegar a Los Arcos se unió a un grupo de peregrinos madrugadores que, según le informaron, esperaban pernoctar aquel día en la granja que los monjes templarios poseían en Dorreaga y, cuya excelente acogida y mejor comida eran bien conocidas.
—También yo he oído cosas buenas de ese lugar —se limitó a decir Robert Lepetit, y no volvió a hablar durante todo el trayecto sino para dar las gracias por el pan y el agua que los caminantes compartieron con él.
Al llegar a la granja, hizo fila como los demás y esperó a que se le asignara un lugar para dormir. También guardó turno para comer y poder así saciar el hambre que no le había abandonado desde su apresamiento por Bertrand de Garlande. Al fijarse en su hábito de franciscano, el hospitalero le indicó que en el edificio principal disponían de una dependencia para los hombres de Iglesia, pero él rehusó el favor alegando que no deseaba ser en modo alguno diferente a las demás almas benditas que hacían el
Camino como prueba de sacrificio. El monje no insistió y él se quedó tranquilo. No quería correr el riesgo de toparse con el comendador en caso de que se hallase en la granja en aquellos momentos.
Durante su encierro, había dado muchas vueltas al hecho de que el freire le hubiese hecho prisionero sin mediar ataque o palabra alguna por su parte. Asimismo, la forma como había sido tratado desde el primer momento por Garisoain y su condena sin juicio ni testigos sólo podían significar que las cosas se habían complicado para él. Ahora no sólo el leproso agote, sino otros conocían su pasado, incluido el propio rey, que había firmado la orden de ejecución. El juez había leído los cargos que se le imputaban, desde la muerte del arcediano hasta el ataque a Bisol, pasando por su excomunión y expulsión de las órdenes religiosas.
Tenía que salir del reino de Navarra cuanto antes, pero no lo haría hasta haber dado su merecido a la persona por cuya culpa había estado a punto de ser ahorcado. Él, sin duda, era quien había puesto al corriente al comendador. No podía hacer nada contra éste, porque estaba seguro de que lo reconocería incluso disfrazado de fraile franciscano y, además, siempre iba armado y acompañado por uno o dos freires, también armados, pero el aprendiz del constructor, el pagano inmundo, el cachorro de Satanás, pagaría el error de haberse cruzado en su camino y, más aún, de haberle impedido llevar a cabo su misión.
A la mañana siguiente era domingo y acudió a la iglesia.
Desde su posición, en la parte trasera del templo, mezclado con los demás peregrinos, intentaba descubrir a Bertrand de Garlande entre los caballeros vestidos con túnicas y capas blancas que seguían la misa desde la zona más cercana al altar, a la derecha.
Veía sus perfiles, pero le parecieron todos iguales: los mismos cráneos rasurados y las mismas barbas pobladas. Pasó revista a los novicios que ocupaban el lado izquierdo. Tampoco entre ellos distinguió el rostro que esperaba ver. Habían transcurrido casi tres meses desde su encarcelamiento, recapacitó, tiempo suficiente para que el comendador hubiera marchado a cualquiera de las
otras propiedades que su orden mantenía en Navarra y en las tierras del río Oja, y era posible que el pagano se hubiera ido con él. Echó un vistazo alrededor de él. No había muchos peregrinos; los que habían llegado con él y algunos más.
Eran personas sencillas que recorrían el Camino a la espera de poder contemplar hechos maravillosos, besar reliquias milagreras y, sobre todo, encontrar soluciones para sus problemas y obtener la indulgencia plenaria que les perdonaría todos sus pecados, pero
¿cuántos de entre ellos eran verdaderos cristianos?, se preguntó.
Examinó con atención sus rostros vulgares, curtidos por el aire de la larga andadura, y sintió un estremecimiento. Le recordaron a otros, a los de aquellos que por decenas había enviado a la hoguera: artesanos, campesinos, gentes de pueblo e ignorantes, que eligieron la muerte y le vencieron, puesto que ni la tortura ni la amenaza del fuego les hicieron renunciar a su fe herética.
La ceremonia había finalizado y los peregrinos abrieron paso para dejar salir primero a los monjes-soldados y a los novicios.
Robert los vio salir en fila, de dos en dos, y sintió envidia de una milicia tan bien adiestrada, poderosa y rica. Él hubiera sido un excelente maestre templario, pero hasta ahora no se le había ocurrido tal posibilidad. Sabía que la orden disponía de encomiendas, monasterios y granjas a lo largo del Camino. Tal vez podría solicitar su ingreso en alguno de ellos, en las tierras de León o de Galicia... Claro que él no sabía utilizar un arma; pero sabía leer y escribir en latín y francés, y de algo le valdría.
Continuaba haciendo planes cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por una visión que lo dejó perplejo. Detrás de los novicios caminaban dos mujeres, una joven y otra vieja. Las reconoció al instante. ¿Qué diablos hacían allí la hija de Bisol y la vieja ama del constructor? En un ademán instintivo, se echó la capucha hasta los ojos en el momento en que ellas pasaban por su lado. Después las siguió al exterior y observó que se dirigían a un edificio contiguo al hospital. Dejó transcurrir un par de horas y, con el breviario abierto en las manos y aparentemente centrado en él, se paseó por delante de la casa hasta tener la certeza de que, en
efecto, las dos mujeres se alojaban en ella. Vio también al señor Brulé, muy delgado y con mal aspecto, sentado en una silla tomando el sol, y a otra joven desconocida jugando sobre la hierba con una criatura de corta edad.
—Dios esté contigo, hermano.
La voz del comendador a su espalda estuvo a punto de hacerle perder la sangre fría, pero se rehizo con igual prontitud.
—Y contigo—respondió con suavidad.
Lo vio aproximarse a Brulé, sentarse a su lado después de palmearle en un hombro y hablar con él, aunque no daba la impresión de que el antiguo consejero se percatase de su visita.
No sabiendo qué hacer y temiendo resultar sospechoso si continuaba dando vueltas por el lugar, continuó andando hasta toparse con el edificio principal. Las puertas estaban abiertas de par en par y en cada una de ellas podía verse la cruz griega de los templarios pintada de rojo. Un freire apareció en el umbral, se lo quedó mirando y después se dirigió a él en latín.
—¿Puedo ayudaros, hermano?
—Buscaba una capilla donde recogerme... —improvisó Robert sobre la marcha.
—¿Os alojáis en las dependencias de los hombres de Iglesia?
—Sí...
—La capilla se halla justo a la derecha de la escalera.
Diciendo esto, el freire se apartó para dejarlo entrar y luego salió de la casa. El Bugre dio unos pasos en el interior algo perdido, pero el lugar no era muy diferente a otros conventos o monasterios ya vistos con anterioridad, con una entrada amplia, varias puertas y una escalera al fondo. No se apreciaba
movimiento alguno, se encaminó resuelto hasta la última puerta a la derecha, la franqueó y luego la cerró. Tampoco allí había nadie.
Se trataba de una capilla pequeña en la cual los freires cumplían las horas canónicas al igual que lo hacían los miembros de otras órdenes monacales. El lugar estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz que penetraba a través de dos aberturas recubiertas con papel encerado y la emitida por la llama de una vela colocada encima de un sencillo altar de piedra, sin ornamentación alguna. Una cruz templaría de hierro de grandes dimensiones presidía la humildad del entorno y, a su derecha, había una imagen; se aproximó a ella y abrió los ojos escandalizado. Ni siquiera a los herejes, que no creían en la Encarnación del Verbo, se les habría ocurrido jamás representar preñada a la Madre de Dios. Era un sacrilegio de tales proporciones que la ira del Señor se abatiría sobre la pandilla de idólatras que habitaba aquella granja y había osado colocar junto al altar la representación de una mujer mancillada por la lujuria.
Alargó los brazos con la intención de volcar la imagen y hacer que se rompiera en la caída, pero le detuvo el ruido de la puerta al abrirse y permaneció inmóvil, incapaz de moverse del sitio.
—¿Admiráis la imagen de Nuestra Señora? —oyó preguntar detrás de él.
No se volvió y asintió sin hablar con un ademán de cabeza.
—Aún no está consagrada, pero es tan hermosa que nos daba pena tenerla en la cocina entre humos y guisos. Cuando esté consagrada, la colocaremos en el centro, entre la cruz y el altar, que es el lugar que le corresponde.
El hombre estaba ahora a su lado y Robert se giró un poco para observarlo. Era un novicio barbilampiño de cráneo rapado, grande y fuerte, y con la mirada risueña de un niño.
—Deduzco por tus palabras que ha sido realizada recientemente —dijo sin mostrar su indignación.
—Así es. La ha tallado un artesano que llegó no hace mucho con nuestro comendador y se aloj a entré nosotros.
Tardó unos momentos en asimilar la información.
—¿Y cuándo tendrá lugar la ceremonia de consagración?
—El próximo sábado, antes del ángelus.
—Ese paga..., ese artesano..., ¿tiene nombre? Conocí a uno...
—Se llama Eder Bozat. Es un montañés.
El Bugre hizo una inclinación de medio cuerpo y se dirigió sin prisas a la puerta de salida. No encontró a nadie en su camino y, una vez fuera, aceleró un poco el paso para hallarse cuanto antes en el hospital, pero, al llegar a éste, continuó caminando hasta adentrarse en un bosquecíllo de nogales cercano. Necesitaba meditar y, para ello, era preciso estar solo. Al entrar en el nogueral, buscó un lugar donde sentarse y halló un árbol talado y aún sin desbastar. Era imposible tener tanta suerte, pensó incrédulo, la fortuna se aliaba con él una vez más. Después de todo, iba a poder cumplir su venganza, pero debía andarse con cuidado, prever cada movimiento, asegurar el éxito. No tendría otra oportunidad mejor para pillarlos a todos juntos. No había visto al agote desde su llegada, pero seguro que asistiría a la ceremonia de consagración. ¿Cómo había dicho el novicio que se llamaba? Eder Bozat... Nunca había conocido su nombre, pero era bueno saberlo, darle uno a una cara, así, al menos, se sabía con quién se trataba. Bozat... La mujer de Baigorri se llamaba Elaia Bozat y, pensándolo bien, ambos se asemejaban. Aquél debía ser hijo o pariente de ésta, rama del mismo tronco de seres inmundos, de entrañas roídas por la lepra, que había esculpido a su diosa pagana preñada del mismísimo Lucifer. El maestre templario que lo había encarcelado, que había logrado que el rey lo condenara a muerte, que había prohijado un huevo de serpiente y colocado una imagen sacrilega en el lugar de la Santísima Virgen María, tampoco se salvaría. Ni la hija de la hereje, cuyo nombre
desconocía, portadora de la sangre corrompida de su madre, manzana pútrida que era necesario eliminar para evitar la propagación del Mal; el consejero Brulé, la vieja criada, los freires y novicios de un lugar en el cual se acogían los detritus más abyectos de la humanidad... Todos ellos sufrirían las consecuencias de sus actos al igual que los herejes, castigados por el fuego debido a sus muchos y horrendos pecados. Él era el verdugo de Dios y era su obligación cumplir la justicia divina.
Logró convencer al hermano hospitalero para que hiciera la vista gorda y le permitiera quedarse hasta el sábado siguiente, aduciendo su gran devoción y la emoción que había causado en él la imagen colocada en la capilla.
—Si las reglas no me permiten permanecer más tiempo dentro del recinto —añadió recuperando el tono devoto capaz de ablandar a cualquiera—, esperaré a las puertas de la granja, a la intemperie, porque no deseo continuar el peregrinaje sin antes haber orado ante Nuestra Señora de la Buena Esperanza.
El hospitalero le permitió quedarse, conmovido por su piedad y más aún porque acababa de solucionar un grave problema. A pocos días de la consagración, no sabían qué nombre poner a la imagen. El peregrino franciscano había dado con la solución. En cuanto pudo liberarse, el monje escapó corriendo hacia el edificio principal para comunicar a los demás su gran hallazgo. ¿Qué mejor nombre que Nuestra Señora de la Buena Esperanza para una Virgen embarazada? Todos celebraron la propuesta y la aceptaron.
El capellán también estuvo de acuerdo y Bertrand sonrió satisfecho. A Eder le gustaría aquel nombre.
Su joven amigo se había marchado a la vecina sierra de Cabrega en compañía de uno de los pastores que cuidaban allí los rebaños de la granja. Su excusa había sido el deseo de encontrar un tronco de árbol de un tamaño determinado para una talla que pensaba realizar, pero sobre la cual no podía decirle nada porque todavía no estaba seguro. También dijo algo sobre la necesidad de pasar unas jornadas en el monte, pues echaba en falta su tierra,
pero Bertrand no quedó muy convencido con la explicación. Lo había visto la víspera sentado junto a Alix, recién lavado, cabello cortado y hábito limpio; observó cómo se cogían de las manos y se miraban. Entendió entonces las reticencias de la esposa de Brulé para viajar a Champaña. Aunque en modo alguno podía aprobar un comportamiento adúltero, no por eso dejaba de comprender la situación. La juventud se atraía, como el polen de las flores atraía a las abejas; era algo natural. El consejero era bastante mayor que su mujer y poco atractivo. De todos modos, tampoco había escapado a su observación el proceder de ésta. La señora Brulé únicamente se acercaba al enfermo cuando él iba a visitarlo; lo amara o no, su deber era atenderlo, al igual que lo sería el de él si la enferma fuera ella. Asimismo, no demostraba ningún cariño por su hija y la dejaba todo el tiempo en manos de la niñera, y no era ése el comportamiento esperado en una madre.
Se alegró de que Eder decidiera ausentarse. Era un joven cabal, con los pies en la tierra, y aquella relación sólo podría traerle problemas. Antes de que salieran para la sierra, cogió al pastor en un aparte y le pidió que él y sus compañeros intentaran retener al joven y lo mantuvieran ocupado. Cuanto más tiempo pasara lejos de ella, mejor. Aun así, tendría que llamarlo para la consagración. A pesar de que para él la hermosa imagen no significara lo mismo que para ellos, daba lo mismo. Como bien había dicho en una ocasión, la Madre era la misma, llevara el nombre que llevara, tuviera la forma o el color que tuviera y, además, quién sabía, tal vez así el joven abriese sus ojos y su corazón y acabase creyendo en el misterio cristiano.
Sacó la pequeña figura guardada en su bolsa de viaje. Tenía que devolvérsela a su dueño, pero quería contemplarla a su gusto una vez más. Fue una suerte que toparan con el Bugre renegado y asesino antes de que la hubiese destruido o se hubiese desembarazado de ella. La examinó con detenimiento, intentando descubrir alguna mella o desperfecto, pero estaba intacta y seguía produciéndole una sensación igual a la sentida la primera vez que la vio: emoción ante la belleza de la maternidad y congoja ante su
significado. Quitó la pieza que cubría la base. El documento oculto en su interior debía permanecer custodiado, no podía caer en malas manos y a Eder no le hacía ninguna falta. Introdujo el dedo con intención de sacarlo de su escondite, pero la oquedad estaba vacía y tuvo un sobresalto. Únicamente Robert Lepetit podría haberlo encontrado. Se tranquilizó al recordar que el mal hombre había sido ejecutado. La próxima vez que pasase por la fortaleza preguntaría al tenente qué había sido del pergamino y lo recuperaría en caso de que él lo tuviera en su poder.
E
l sábado amaneció radiante, el cielo de un azul profundo como en pleno verano aun cuando acababa de comenzar la primavera, la temperatura cálida para lo temprano de la estación y la hierba del mismo verde brillante que el color de la capa de la imagen. Freires y novicios estaban en pie antes de la hora acostumbrada. Deseaban que la ceremonia resultase espléndida. Su iglesia era la única templaría en Navarra que no estaba dedicada a la Madre de Dios y la consagración de Nuestra Señora de la Buena Esperanza en el oratorio vendría así a paliar una carencia a veces sentida por los moradores de Dorreaga, quienes echaban en falta la protección de la Madre divina. Barrieron la capilla hasta en los rincones más oscuros, la llenaron de flores, de ramos de olivo y laurel, y de velas nuevas, y colocaron un mantel encima del altar. Una hora antes del ángelus, el capellán de la orden celebró una misa durante la cual procedió a ungir con aceite bendito la frente, las manos y los pies de la imagen, así como se hacía en los tiempos bíblicos de los reyes de Israel. La ceremonia debería haber sido celebrada por el obispo, pero don Pedro Ximénez de Gazolaz se hallaba residiendo en Alcañiz, exiliado decían algunos, hasta que su asunto con el rey se hubiera clarificado y, de todos modos, el comendador no se molestó en requerir su presencia.
Eder Bozat bajó de la sierra tras recibir un mensaje de Bertrand solicitando su regreso. Habría preferido continuar allí, pero no podía desoír la llamada de la persona que, de alguna manera, había ocupado en su vida el lugar de su padre y el de su maestro. Sin embargo, había meditado mucho durante las semanas transcurridas en soledad, con los pastores de la granja y las ovejas como única compañía. Añoraba a su familia, los montes, los valles, los bosques; sentir la lluvia y oler la niebla, oír el cuerno y ser otra vez parte de la naturaleza. Él era el árbol que crecía frondoso, el río que bajaba de las cimas, el aire que traía ecos del pasado, el águila que volaba libre sin depender de nadie. A pesar de sus sentimientos contradictorios durante la última visita a su tierra, era un extraño lejos de ella, un hombre sin raíces, un huérfano. Había vuelto porque deseaba ver de nuevo a Alix, aunque fuera de lejos. Durante una noche, la leñera se transformó en el lugar más maravilloso y él en la persona más dichosa del mundo, pero sólo fue un espejismo y los espejismos desaparecían en cuanto se abrían bien los ojos. Bajó, por tanto, decidido a partir definitivamente hacia el norte después de conocer la razón de la llamada de su amigo. Al llegar, le sorprendió el ajetreo inusual que se respiraba en la granja; se dirigió directamente al edificio principal con la intención de hablar con Bertrand, pero fue a Lope a quien encontró en su camino.
—¡Has llegado, por fin! —exclamó el novicio dándole un espaldarazo que a poco lo tira al suelo—. ¡Ya podemos empezar!
Antes de tener tiempo de reaccionar, se vio arrastrado hacia la capilla, lugar en el que entraba por vez, primera, y colocado junto a los novicios, detrás de los freires. No tuvo oportunidad de comprobar si la mujer de sus penas se hallaba presente, ni pudo distinguir al comendador entre los portadores de capas blancas situados delante de ellos. Todos se arrodillaron al comenzar la ceremonia y él tuvo que hacer lo mismo en contra de su deseo.
«Un hombre libre jamás se arrodilla ante nadie», solía decir su padre.
Entonces pudo verla, en el centro, rodeada de velas que iluminaban su rostro sonriente y ya no vio ni oyó nada más. No escuchó las palabras dirigidas a ensalzar las virtudes de la Virgen, ni tampoco las oraciones y rogativas; no prestó atención cuando el sacerdote ungió la imagen y celebró la misa. Sus ojos estaban fijos en la figura que él mismo había tallado, sorprendiéndose al reconocer en ella el recuerdo de su madre embarazada antes de partir hacia la morada de Amari; el de la tía Elaia la última vez que la vio, despidiéndole con la mano, la sonrisa en los labios; el de Alix, gozosa y confusa tras su primer beso; y también el de Alazaïs, la niña asustada que se asía con todas sus fuerzas de una rama para no caer en el vacío. Tan absorto estaba que Lope tuvo que darle un pequeño empujón para que se alzara en el momento de despedir al oficiante, una vez finalizada la ceremonia.
El estruendo de las puertas al cerrarse, seguido por el golpe seco de la tranca cayendo sobre sus soportes, lo sacaron de su embeleso. No supo lo que ocurría hasta que escuchó gritos aterrorizados y observó que la capilla se llenaba de humo. Una alcancía repleta de alquitrán ardiente entró por una ventana rompiendo el papel encerado y, poco después, una segunda lo hacía por la otra. El fuego se propagó rápidamente por el maderamen del techo y no tardó en hacerlo también por los estandartes templarios que recubrían los muros de adobe soportados por vigas de madera. Los gritos arreciaron y la gente se apretujó junto a la salida; los freires intentaban llamar a la calma y forzar la puerta, pero los asistentes los empujaban sin permitirles la maniobra y varios de ellos cayeron aplastados bajo sus pies. El humo y el calor eran insoportables; toses y gemidos se mezclaban con el crepitar del fuego, y los maderos del techo comenzaron a desplomarse sobre ellos.
Eder sólo tenía ojos para su imagen, alcanzada por una de las ollas y envuelta en llamas. Su sonrisa fue lo último que vio antes de que un pedazo de techo le cayera encima.
Despertó tumbado sobre la tierra; podía sentirla, dura y acogedora a la vez. Cogió un puñado y lo apretó con fuerza para asegurarse de que estaba vivo. A su alrededor escuchaba voces y lloros e intentaba recordar sin conseguirlo. No podía moverse y tampoco podía abrir los ojos a pesar de sus esfuerzos.
—¡Eder! ¡Eder! —le gritaba una angustiada voz de mujer.
—Voy, madre...
—¡Eder! ¡Abre los ojos!
Sintió que le zarandeaban y le mojaban la cara. Tenía ganas de dormir un sueño profundo. Despertaría en Xuhitoa, en la humilde cabaña en la cual había nacido y habían transcurrido los años más felices de su vida. Tenía que tallar el tronco que esperaba en el gallinero, aquel que el padre le había dado después de decirle que perdía el tiempo. No escuchó más voces ni llantos. Cuando de nuevo abrió los ojos, no reconoció el lugar donde se encontraba.
Permaneció un rato largo contemplando el techo encalado, antes de girar la cabeza hacia su derecha. Estaba en una sala en la cual se alineaba un gran número de camas, todas ocupadas. Intentó moverse, pero sus músculos no respondieron; tenía mucha sed y se pasó la lengua por los labios. Notó que alguien le pasaba el brazo por detrás de la espalda y le ayudaba a incorporarse al tiempo que le ofrecía un cuenco con agua. Un dolor agudo en el hombro izquierdo le hizo soltar un gemido, pero avanzó los labios hacia el cuenco.
—Bebe despacio—oyó que le decían.
Bebió a sorbetones. No podía detenerse; el líquido resbaló por su barbilla y mojó su camisa. Se dejó caer sobre la almohada con un suspiro de alivio y se giró. Alazaïs lo miraba emocionada.
—¿Cuánto tiempo llevo así? —le preguntó sin sorprenderse por encontrarla a su lado.
—Dos semanas hará mañana.
—¿Qué ha ocurrido?
—Te encontraron debajo de los escombros. Tenías un pedazo de hierro clavado en el hombro, habías perdido mucha sangre y...
—la voz de la joven se quebró—. Creíamos que no te salvarías.
—El fuego...
—No pienses en ello y descansa. Ahora sé que te pondrás bien.
Durante muchos días más permaneció aletargado por el láudano suministrado por el hermano físico para evitar que se moviera. Siempre hallaba a Alazaïs a su lado cuando abría los ojos, dispuesta a darle de comer y de beber; lo lavaba y le cambiaba la camisa, empapada por el sudor provocado por la fiebre, colocaba paños húmedos sobre su frente y cogía su mano hasta que volvía a dormirse. Despacio primero y más rápido con el paso de los días, sentía que las fuerzas volvían a él hasta que pudo levantarse un mediodía y dar unos pasos vacilantes antes de notar que las piernas se le doblaban como palillos soportando un gran peso. Lope y otro de los novicios llegaron en su ayuda, lo sacaron al exterior y lo sentaron en un pedazo de tronco a modo de asiento situado bajo un olivo que, según el decir de los freires, llevaba allí plantado desde la época de los romanos.
—¡Ya era hora! —exclamó Lope con su alegría habitual y tratando de enmascarar su afecto—. ¡Creíamos que pensabas pasarte el resto de tu vida tumbado como un vago!
El sol brillaba en lo alto y el calor apretaba fuerte. Eder aspiró el olor a mieses recién cortadas tan diferente al de los ungüentos, pócimas y sangre coagulada que llevaba respirando desde que había vuelto a la vida.
—¿Qué ocurrió, Lope?
La actitud risueña del novicio se tornó en otra dolorida. Sólo entonces se dio cuenta de que su amigo tenía una herida sin cicatrizar que le cruzaba el cuello.
—Alguien nos encerró y... prendió fuego a la capilla... —
Lope, de costumbre hablador, parecía tener dificultades para explicarse—. Hubo muchos muertos y heridos..., varios freires y novicios entre ellos, también peregrinos...
—¿Y el comendador?
—Sólo sufrió algunos rasguños y golpes. Está en Gares, pero volverá uno de estos días y se llevará una buena alegría cuando te vea recuperado.
—¿Quién fue?
—No lo sabemos. Algunos dicen que vieron a un hombre corriendo por el camino de Logroño, pero muchos corrieron espantados aquel día. El comendador y otros freires salieron la misma noche en busca del culpable, aunque no lograron dar con él.
En contra de la opinión del galeno que le instaba a volver al lecho, Eder permaneció sentado bajo el olivo durante horas, pensando en su abuelo y reconociéndose en él. Al llegarle la hora, el anciano pidió que lo llevaran al bosque para morir rodeado de árboles. Ellos le darían el valor necesario para hacer el viaje, dijo, y se quedó plácidamente dormido una tarde de otoño, sentado con la espalda apoyada en un roble y cubierto por una manta de hojas de colores. Cuando le llegara el turno, él también pediría que lo llevaran al bosque para sentir la tierra bajo su cuerpo y la presencia protectora de Amari.
Alazaïs llegó poco después, llevando con ella a la pequeña Maddi, quien de nuevo le recordó a alguien que conocía. Era curioso, pensó al verlas, daban la impresión de ser madre e hija.
No había visto a Alix ni una sola vez con su hija en los brazos y este pensamiento le trajo otro.
—¿Está bien Alix?—preguntó
La joven no respondió. Se sentó en el suelo y comenzó a jugar con la niña.
—Alazaïs...
No quería hacerle daño; lo amaba pero él no podía corresponderle. Lope le informó de que gracias a ella la catástrofe no había sido mayor. Disculpó su no asistencia a la ceremonia al tener que ocuparse de la niña, pero corrió hacia la capilla en cuanto vio el humo. Fue la primera en llegar y ella sola quitó la tranca que impedía la salida. Su amigo también le dijo que la joven había pasado horas a la cabecera de su cama, velando su sueño inquieto, no permitiendo que nadie se ocupara de él, cambiando los vendajes, aplicando el ungüento suministrado por el médico, aseándolo, dándole de comer. No estaba seguro, pero podría jurar que incluso había sentido alguna vez el suave roce de sus labios en la mejilla. No obstante, necesitaba saber. A pesar de sus propósitos durante la estancia en la sierra, continuaba amando a Alix; deseaba volver a verla y estaba dispuesto a vivir a su lado, a su sombra, como un criado, con tal de tenerla cuando ella quisiera. Su amor era más fuerte que su orgullo; su ansia de ella, más fuerte que su dignidad.
—Se ha marchado —la oyó decir en un susurro de voz.
—¿Se ha marchado?
—El señor Brulé murió justo después del incendio y la señora partió hacia Pamplona con el comendador.
—¿Y cuándo volverá?
—No volverá.
—¿Gomo que no?
—No volverá, lo sé. Olvídala.
—¿Y su hija? ¿No me dirás que también ha abandonado a su hija?
—Nunca la ha querido. Me dio una bolsa llena de monedas, me dijo que la cuidara como si fuera mía y que no le hablara de ella.
—¡Estás mintiendo!
—Pregúntaselo al comendador cuando regrese. Él lo sabe.
Eder dirigió la mirada hacia el cielo. Durante un breve momento se había preparado para aceptar la noticia de la muerte de Alix, pero no su huida. Lo había abandonado al borde de la muerte, sin preocuparse de lo que pudiera ocurrirle, y se había ido dejando a su hija detrás como si nunca hubiera existido. Sintió que le ahogaba una fuerte presión en el pecho, quería gritar, morir. Se levantó vacilante y Alazaïs se apresuró a ayudarlo, pero él la rechazó y echó a andar solo hacia el hospital. Una suave brisa de poniente aliviaba el calor que sentía en las sienes. Comenzaba a anochecer y la tierra aparecía envuelta en un halo dorado, pero él sólo veía un cielo oscuro, repleto de negros nubarrones amenazadores. Aguantó hasta llegar al lecho, se tumbó, cubrió su cara con la manta y lloró en silencio.
Durante las dos semanas siguientes, su estado mejoró de forma asombrosa. El deseo de curarse y marcharse de allí cuanto antes le impulsaban a aceptar sin rechistar las indicaciones del médico, comía todo lo que Lope le ponía delante y daba largos paseos para fortalecer sus piernas. A pesar de los ejercicios, no consiguió, sin embargo, recuperar la movilidad del hombro y únicamente podía mover el brazo desde el codo, lo cual, añadido a una cicatriz en la frente y otra en la mejilla derecha debidas a las astillas del techo que se habían clavado en su cara, y la traición de Alix que
ensombrecía su mirada cada vez que pensaba en ella, había transformado al joven amable en un hombre de gesto amargo, silencioso y avejentado.
—Dentro de unos días volveré a Baztán —le comunicó a Alazaïs en una de las raras ocasiones en las que le dirigía la palabra—. Puedes venir conmigo si quieres. Tus padres se alegrarán de tenerte de nuevo con ellos.
—¿Y la niña?
—Llévala si es tu gusto. No es asunto mío —replicó con dureza antes de hundirse de nuevo en el silencio.
Bertrand regresó a Dorreaga la víspera del día previsto para la partida. La granja volvía poco a poco a la normalidad. La parte del edificio afectada por el incendio estaba siendo reconstruida y los escombros, hierros retorcidos y maderos carbonizados, retirados de la vista. Los habitantes de los alrededores acudían a prestar ayuda y también llegaron más freires y novicios para sustituir a los fallecidos.
—Dice Lope que te vas —dijo Bertrand a Eder a modo de saludo en su primer encuentro tras la desgracia.
—Así es.
—Confiaba en que te quedarías algún tiempo más entre nosotros.
—Quiero volver con mi gente.
—Lo entiendo, pero ¿y tus proyectos para convertirte en un gran constructor?
—No hay sitio para mí fuera de mis montañas.
—Quería pedirte que tallaras otra Virgen para nosotros.
—Tendréis que pedírselo a otro. Yo no volveré a tallar.
—¿Y qué harás?
—Ayudar a mi padre y ocuparme del ganado del señor de Ursúa.
—Eres un artesano.
—Soy un agote y, por ende, tullido.
El comendador levantó las cejas, sorprendido por la acidez en el tono de su voz. Era la primera vez que lo escuchaba llamarse a sí mismo por aquel nombre, un insulto en realidad, que las gentes de su casta jamás utilizaban para denominarse a sí mismas. Su amigo estaba herido, eso saltaba a la vista, pero no eran las heridas visibles las que lo atormentaban, sino una más profunda y, por lo tanto, mucho más difícil de sanar. Quizá recuperase la paz entre los suyos y algún día volviera a ser el hombre que él había conocido, amable y soñador; quizá la Madre en la que creía y vivía en las montañas fuera capaz de calmar su dolor y devolverle la serenidad.
El día de la partida todos los habitantes de la granja salieron a despedirlos. Bertrand había ordenado que se aparejara un carro tirado por una mula para hacerles el viaje menos penoso. No se sorprendió al saber que Alazaïs lo acompañaría pues, aunque superficialmente, conocía algo de su procedencia y sospechaba su origen cátaro, ya que nunca la había visto en la iglesia. Había observado cómo miraba a Eder y confiaba que fuera capaz de hacerle olvidar su amor imposible. También se iba con ellos la criada Juana, que no quería separarse de la niña. En un principio, a Bertrand se le pasó por la cabeza la idea de negarse a permitir la marcha de la pequeña. Su madre podría volver a reclamarla y, a fin de cuentas, era la hija de su buen amigo Brulé, pero después lo pensó mejor. Alix no mostraba ningún interés por ella; lo habían hablado a su regreso a Pamplona.
—Deseo comenzar una vida nueva—le informó ella.
—¿Y tu hija?
—No soy una buena madre y estará mejor en vuestra compañía.
—Los freires no podemos encargarnos de cuidar a una criatura.
—Pero sí de encontrarle una buena familia que la quiera y la eduque.
—Ése es el deber de una madre.
—Os ruego que me entendáis —le pidió ella con voz suplicante—. No me siento con fuerzas. Permitid que se quede en la granja o en los alrededores. Un día, tal vez, vuelva a buscarla, pero hasta entonces será mejor para ella tener el amor que yo no puedo darle.
A la joven viuda sólo le interesaba la fortuna de su marido, borrar el pasado de su memoria y rehacer su vida como si nada de lo ocurrido hubiese tenido lugar. Intentó razonar con ella, hacerle ver sus obligaciones, pero no lo consiguió. Estaba aún bajo la impresión de la calamidad que había costado la vida de su marido y había estado a punto de hacer lo mismo con la de ella. Por otra parte, la granja no era lugar para criar a una niña y tendría que entregarla a alguna familia de los alrededores. Tal vez era mejor para ella que se fuera con las dos mujeres que la habían cuidado desde su nacimiento. Por otra parte, en caso de que su madre recobrase la cordura, él sabría dónde encontrarla.
—Confío en volver a verte algún día —le dijo el comendador a Eder en el momento de la despedida.
—Siempre recordaré vuestra amabilidad y vuestros consejos.
Notó que el joven perdía un poco de su agresividad y le tendió la bolsa de los útiles de tallar.
—Llévatela, quién sabe si algún día cambiarás de opinión...
Por un instante, creyó que se negaría a aceptarla al advertir que su mirada gris se oscurecía, pero sonrió cuando Eder alargó la mano y la cogió.
—La guardaré como recuerdo.
—Los recuerdos pueden olvidarse.
—Sólo se olvida lo que uno quiere.
Los vio alejarse por el camino de Los Arcos y no se movió hasta que desaparecieron de la vista. A pesar de sus votos de castidad, algunas veces había deseado yacer con una mujer, sembrar su simiente y tener un retoño, pero hacía tiempo que lo había olvidado. Ahora, sin embargo, se sentía como un padre que acabara de perder a su único hijo.
☙
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