El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 11 de 16 · parte 2/3

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El Verdugo De Dios

Dorreaga (Torres del Río) 155

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Una milla después, el freire encontró al comendador en el camino, perdido el sentido, y al caballo algo más adelante relinchando de dolor y con las patas rotas. Tras comprobar que su superior estaba vivo, desenvainó la espada y, con lágrimas en los ojos, degolló al animal de un tajo certero. Luego alzó al hombre sobre su montura, lo sostuvo con su brazo izquierdo mientras cogía las riendas con el derecho y regresaba en dirección a Estella.

D

urante varias semanas, Bertrand se debatió entre la vida y la muerte, atendido por los monjes de Rocamador y por los médicos de los cuatro hospitales de la villa, quienes acudieron al monasterio en cuanto se supo que el maestre de la orden del Temple en Navarra se hallaba gravemente herido. También recibió numerosas visitas aunque, en su estado de inconsciencia, ni siquiera se enteró de que el rey en persona había acudido a interesarse por su salud antes de partir una vez más para

Champaña y dejar su reino en manos de su senescal. Un mediodía abrió por fin los ojos y tardó en darse cuenta de dónde estaba.

Tenía la boca seca y la cabeza le dolía; no podía mover el cuello y su mano topó con un grueso vendaje al tocarse la frente.

—Nos habéis dado un buen susto.

Antoine Brulé estaba sentado en una silla, al lado del lecho, y sonreía, aunque su mirada no estaba exenta de preocupación.

—¿Qué me ha pasado?

—Según nos relató vuestro compañero, el caballo resbaló y vos os golpeasteis al caer.

—¿Cuándo ocurrió?

—Va ya para tres semanas.

¡Tres semanas! ¿Dónde había estado durante todo aquel tiempo? No recordaba nada, salvo que galopaba en la noche sobre un suelo helado.

—¿Está bien mi buen Ferraguti? —preguntó con la mente puesta en su caballo.

Le había puesto el nombre del gigante, descendiente del linaje de Goliat y enviado por el emir de Babilonia, que se había enfrentado a Rolando en la villa de Nájera y que había sido vencido por éste al clavarle la espada en el ombligo, su único punto vulnerable. Era una historia que a él le gustaba especialmente, aunque estaba seguro de que sólo se trataba de una más de las leyendas que se contaban a lo largo del Camino. Como caballero templario, no tenía posesión alguna, pero de alguna forma consideraba suyo al hermoso animal que le había sido adjudicado algunos años atrás; no sólo era su medio de transporte y su posible salvación en caso de peligro, sino que también era su amigo y parte de sí mismo.

—¿Está bien Ferraguti? —insistió al no obtener respuesta.

—Lamento comunicaros que se rompió las patas en la caída.

—¿Y...?

—Vuestro hermano hubo de degollarlo.

Apretó las mandíbulas y se obligó a pensar en otra cosa.

Tendría tiempo de lamentar la pérdida de tan bravo animal y su responsabilidad en ella, ya que nada habría ocurrido si él hubiese sido más prudente.

—¿Y vos cómo estáis? —preguntó Bertrand para ahuyentar su pena y su remordimiento.

—Igual que la última vez que nos encontramos o quizá peor.

El concejo me exige que desaloje; dice que la casa es para uso de los funcionarios reales y, puesto que yo ya no lo soy, debo dejar sitio para otros.

—¿Y vuestra esposa?

—Igual también. Sigue en sus trece e insiste en permanecer en Navarra, pero ya os dicho que el concejo exige que abandonemos la casa.

—Regresad a Pamplona o, en todo caso, a Gares, donde sabéis que tenéis nuestra casa a vuestra disposición.

—No por ahora. No podría resistir las miradas ni los comentarios. A estas horas todo el mundo debe saber que el rey me ha echado de su servicio. Sería muy humillante.

Deseaba estar solo y meditar en el hecho extraordinario que lo había mantenido perdido en la nada durante tantos días para traerlo de nuevo al mundo de los vivos. Si se esforzaba, tal vez podría recordar dónde había estado durante ese tiempo. Las cosas no ocurrían por azar; siempre había un motivo, un designio de la

Providencia, y él necesitaba pensar. En lugar de hacerlo, estaba allí escuchando las lamentaciones de Brulé, más preocupado por lo que dirían las gentes que por hacer algo útil en la vida.

—El hombre que os preocupaba está preso en San Esteban y no saldrá vivo de allí. Vuestra esposa no tiene motivos para inquietarse: nadie volverá a molestarla.

—No es sólo ese hombre, también están las costumbres, los modos de vida... Aunque nacida en Champaña, Alix se siente navarra de la cabeza a los pies; dice que ésta es su tierra y que no desea vivir en ninguna otra.

Bertrand suspiró. ¿Por qué eran tan difíciles algunas personas?

Si Brulé decidía finalmente regresar a Francia, ella se quedaría sola, sin medios para vivir, sin su hija. Hizo un intento más.

—Iré a nuestra granja de Dorreaga en cuanto me reponga un poco. Aquél es un buen lugar, de clima seco y limpio, rodeado de campos y vides. Vos y vuestra familia podríais acompañarme y quedaros el tiempo necesario para aclarar vuestras ideas y decidir el futuro.

—No sé... Lo consultaré con Alix.

—También está allí alguien a quien conocéis: Eder, el aprendiz de vuestro suegro.

Aún tuvo que soportar otras visitas, entre ellas las de los médicos, tan sorprendidos como él mismo al constatar su aparente recuperación. La cabeza era un lugar delicado, afirmaron, y nunca se sabía cómo iba a responder después de un golpe. De todos modos, estuvieron de acuerdo en ordenarle reposo; por ninguna razón debía moverse y, mucho menos, emprender un viaje aunque sólo fueran unas millas. Aceptó la orden a regañadientes. Aparte del dolor que le trepanaba el cerebro, se sentía con fuerzas suficientes para levantarse, pero decidió esperar unos días.

Dispuso su partida un par de semanas más tarde, cuando las primeras hojillas verdes comenzaban a asomar en las puntas de las ramas, anuncio de la primavera que llegaba. Durante la convalecencia no había dejado de trabajar; sus ayudantes recorrieron todos los días el trayecto entre Estella y Gares para mantenerlo al corriente sobre la marcha de casas, hospitales, granjas y propiedades del Temple en Navarra; dictó disposiciones, revisó los libros de cuentas y respondió a los mensajes enviados desde otras provincias, incluida una del propio rey Teobaldo interesándose por su salud. Todo estaba en orden y podía acabar de recuperarse en Dorreaga. Sentía un afecto especial por la granja, tal vez porque le recordaba a sus años de infancia transcurridos en el campo entre animales y campesinos. Aquellos tiempos estaban ya lejanos, había entregado su vida a Dios y renunciado a todo por él, pero la memoria era libre y, después del percance que a poco le cuesta la vida, había vuelto a recordar lo que creía olvidado: pequeños detalles sin importancia, momentos, promesas, fiestas familiares, retazos de conversaciones... y, por primera vez en muchos años, añoró la casa de sus padres.

Su nuevo caballo era sólido, de patas anchas y buena grupa, pero se sintió extraño al subirse a él. Se había amoldado a Ferragut y tuvo la impresión de que sus piernas no lograban abarcar el cuerpo del animal. También se le ocurrió la posibilidad de que sus hermanos habían dispuesto proporcionarle aquella montura para evitar que volviera a cometer la locura de hacerla galopar sobre el hielo, y sonrió; alzó la mano para despedirse de los monjes de Rocamador y, al mismo tiempo, como señal para iniciar la marcha, y avanzó escoltado por media docena de freires.

Antoine Brulé, Alix, la niña, Alazaïs, Juana y dos sirvientes más formaban parte de la caravana y se trasladaban en dos carromatos, uno de los cuales iba repleto de enseres. Los miembros del concejo habían autorizado la permanencia de los Brulé en la casa hasta el momento de la partida, tal como les había solicitado el comendador en cuanto su amigo le comunicó la disposición de su mujer a pasar una temporada en Dorreaga. Tal

vez allí, le confesó, alejados de los círculos de poder, de las personas conocidas, del ambiente de comadreo de las poblaciones urbanas, cambiarían las cosas, su relación con Alix volvería a ser al menos tan armoniosa como lo había sido y podrían hacer proyectos para su regreso a Champaña.

Alix no podía aguantar el nerviosismo; en unas horas vería de nuevo a Eder. En la granja tendrían tiempo para hablar, mucho tiempo, ¡y tenían tanto que decirse! Su primera reacción ante la propuesta de Antoine de pasar una temporada en pleno campo había sido negarse, pero cambió de opinión al saber que Eder también estaría allí. No podía quitárselo de la cabeza, ansiaba ser suya, verse entre sus brazos, besarlo, sentirse de nuevo mujer. Su deseo se había convertido en una obsesión que había ido en aumento desde su último encuentro. A veces tenía la certeza de su amor, otras temía que él la rechazase, pero luego se tranquilizaba.

Estaba convencida de su dominio. Lo estaba cuando ambos vivían en Baigorri y él hacía siempre lo que ella quería; lo estuvo en Pamplona antes de casarse y también después, y continuaba estándolo la última vez que se vieron en la casa del concejo. Había cosas que una mujer intuía sin necesidad de palabras. Observó el perfil de su marido. El gallo orgulloso se había convertido en un hombre de aspecto añoso y derrotado, bueno para nada y mucho menos para contentar a una esposa joven. En algún momento había pensado en pedir la separación, pero eso no solucionaría el problema porque no podría divorciarse y rehacer su vida. La Iglesia no lo permitía. También existía la posibilidad del repudio por parte de él, pero era un asunto peliagudo porque únicamente se aceptaba por causas graves como una enfermedad incurable o la constatación de adulterio. Había que descontar la primera solución y la segunda era peligrosa. Una mujer adúltera podía ser asesinada por su marido, ser enviada a la cárcel, condenada a ser azotada en público o incluso ejecutada, y ella no tenía intención de arriesgarse hasta tal punto. La voz del comendador señalando la torre de la iglesia de Dorreaga aceleró su pulso y, en un gesto involuntario, sacudió el polvo de su vestido y de su capa.

Caballeros y carros entraron en la granja al mismo tiempo que un grupo de peregrinos, pero aquéllos desviaron su camino hacia el monasterio, mientras los caminantes se dirigían al hospital. El recibimiento fue tal como Bertrand esperaba y temía. Freires, novicios, artesanos y campesinos se agolparon a la puerta para recibirlo en medio de palabras de bienvenida, abrazos y expresiones de afecto. Él también se sentía conmovido; era bueno sentir el aprecio de sus hermanos, habitualmente poco expresivos en sus demostraciones de estima. Se dejó llevar casi en volandas hasta el refectorio-cocina y aceptó, sin fuerzas para rechazarlo, un cuenco de caldo caliente recién hecho que el cocinero puso en sus manos; respondió a las preguntas e hizo él algunas; echó un vistazo alrededor de él para comprobar que todo estaba igual a como lo había dejado y sólo entonces la vio. Sobre una mesa tocinera, apoyada en uno de los muros, estaba la imagen más hermosa que jamás había contemplado: una Virgen embarazada envuelta en un manto verde de oro y plata.

—Ha sido obra del artesano que llegó con vos —oyó decir a uno de los freires.

—La hemos dejado aquí hasta que decidáis qué hacer con ella

—dijo otro.

—No podíamos ponerla en la iglesia ni tampoco en nuestra capilla porque no está bendecida—añadió un tercero.

Se aproximó con paso vacilante. La cabalgada había sido larga y él llevaba demasiado tiempo sin montar. No podía apartar los ojos de la imagen y tenía la impresión de haberla visto antes, pero

¿dónde?

—¿Y Eder? —preguntó al comprobar que su protegido no estaba entre los demás.

—En la leñera —terció Lope antes que nadie—. Apenas sale de ella, incluso duerme allí. Desde vuestra marcha no ha dejado de

trabajar y hay que obligarle a descansar. Si lo deseáis, voy a avisarle.

—No, déjale. Las personas que han venido con nosotros...

—Ya nos hemos ocupado —le informó el freire hospitalario

—. Los hemos alojado en la casa de los peregrinos nobles.

Bertrand se retiró hasta la hora de la oración de vísperas mientras los demás volvían a sus trabajos, se tumbó en la cama y cerró los ojos, pero no tenía sueño a pesar del cansancio. Estaba conmocionado e intentaba con todas sus fuerzas recordar dónde había visto la imagen, pero por muchos esfuerzos que hacía, no lograba averiguarlo. Y sin embargo... le era tan familiar como la de Nuestra Señora des Orzs o como la de Rocamador, ante las cuales había pasado horas enteras rezando. Sus pensamientos se dirigieron al artífice de la obra. No había errado; el artesanoera una persona valiosa y necesaria para crear una nueva imaginería que acercara la Madre de Dios al pueblo. En ello pensaba mientras azuzaba a Ferragut y de pronto se hizo la más completa oscuridad. Oyó la campana llamando a vísperas, pero no se movió y nadie fue en su búsqueda. El recuerdo se hacía más nítido.

Durante los días que había permanecido inconsciente, la oscuridad era completa y él no oía ni sentía nada, pero a veces veía un destello, una luz, el rostro de una mujer sonriente, el sol, la luna...

Abrió los ojos, se levantó como impulsado por un resorte y cogió la lamparilla de aceite que había encendido al entrar en la habitación. Era ya noche cerrada y no había nadie a la vista, salió al exterior y se dirigió a la leñera.

Eder se hallaba dentro; curvado sobre una pieza, golpeaba la gubia con el mazo, ajeno por completo a otra cosa que no fuera su trabajo. .

—Buenas noches, amigo mío.

El joven se detuvo al escuchar su voz, se giró y escudriñó en la oscuridad. Bertrand se aproximó sonriente y él respondió a su

sonrisa.

—¿Sabes que la noche está hecha para descansar?

—Cuando se está cansado... Además, ya tengo donde echarme cuando tengo sueño —al decir esto, Eder señaló un colchón y una manta tirados en el suelo—. Me alegra veros en buena salud. Lope me dijo que habíais sufrido un percance.

—Así fue, pero ya pasó. ¿Qué haces?

Bertrand se sentó junto a él y observó con curiosidad la talla de un caballo con alas en movimiento. Sintió una punzadura en el pecho al recordar a Ferragut.

—La Madre toma aspectos diferentes y éste es uno de ellos —

le aclaró el joven al observar su interés.

—¿El de un caballo alado?

—Sí. Amari se transforma para ir de una de sus moradas a otra, en águila, rayo, hoz de fuego..., pero yo la prefiero cuando aparece como caballo blanco y la he tallado muchas veces de esta forma.

—Déjame ver...

El freire se sentó a su lado y alargó la mano en silencio. La figura estaba casi acabada; no le faltaba ningún detalle y mostraba las proporciones de un hermoso ejemplar árabe, de aquellos únicamente al alcance de los reyes: cuello estilizado, cuerpo compacto, dorso, corto y extremidades anteriores largas, delgadas y resistentes. Dudaba de que el joven tallista hubiera tenido oportunidad de contemplar uno al natural —él mismo sólo había visto unos pocos en toda su vida— y, sin embargo, lo había reproducido a la perfección. Le vino a la mente la imagen de Pegaso, el caballo alado de Perseo nacido según una vieja tradición griega en la tierra, fecundado por la sangre de la

Gorgona; también decían los griegos antiguos que Helios, el dios del sol, viajaba todos los días de levante a poniente en su carro de oro tirado por cuatro caballos alados; y los germanos en sus leyendas hablaban de hermosas mujeres cabalgando sobre los lomos de corceles con alas. Desde sus inicios, los seres humanos habían creído en hechos prodigiosos y no era extraño que así lo hicieran unas gentes que habían permanecido aisladas en las montañas. La del tallista era una creencia sencilla, pensó. Tan natural como debió de haber sido el cristianismo en sus inicios, con la palabra de Jesús como única guía.

—Robert Lepetit está a buen recaudo en la fortaleza de Deio

—le informó—, y no saldrá con vida de ella.

—¿Y mi figura?

—La tengo yo. La imagen que está en la cocina...

—Quería fundir en una todas las Madres que me habéis mostrado. A fin de cuentas, todas son la misma.

—¿Qué piensas hacer con ella?

—Es para vos.

—¿Porqué?

—Para agradecer vuestra ayuda y para que vos también poseáis una, pero... —Eder sonrió con picardía antes de continuar

— me gustaría que me devolvieseis la mía.

Al regresar a la casa, Bertrand pasó por la cocina, se sentó en una banqueta y estuvo contemplando la imagen hasta que los freires volvieron de la iglesia. No cabía la menor duda; era la misma que había visto durante el tiempo transcurrido entre tinieblas.

L

a vio acercarse y creyó estar ante una visión. El día había amanecido fresco pero soleado y él necesitaba la luz natural para pulir la figura del caballo, darle los últimos retoques y observar con atención cada detalle. Se dirigía hacia él, vestida con un brial azul, como el color de sus ojos, los cabellos cubiertos con una toca redonda, a modo decorona, sobre un velo de tejido transparente, y un amplio chai de lana sobre sus hombros que flotaba al ritmo de sus pasos. La aparición detuvo su mano en el aire y su corazón latió con fuerza. ¡Qué hermosa era! Se levantó y el caballo cayó al suelo, olvidado. La vista le estaba jugando una mala pasada después de tantos días encerrado en la leñera. Había escuchado en alguna parte que algunas personas sufrían alucinaciones tras permanecer recluidas durante mucho tiempo y veían cosas que sólo estaban en su imaginación; sus obsesiones tomaban cuerpo y eran capaces de asegurar que eran reales. La suya estaba a dos pasos de él, alargó sus manos, él las cogió y se las llevó a los labios.

—¿Hace cuánto que no te lavas? ¡Hueles a pestes!

La exclamación de Alix rompió el encanto. La joven retiró sus manos e hizo un mohín de disgusto que afeó su bonito rostro.

—No lo sé...

—¡Por Dios, Eder! ¡No puedes ir por ahí oliendo como un porquero!

—¿De dónde sales?

—Llegamos ayer con el comendador.

—No..., no me dijo nada...

—Temería que te presentases ante nosotros con semejante aspecto.

—¿Nosotros?

—Sí, claro. Mi marido también está aquí, pero no te preocupes

—añadió al observar en él un mohín de desánimo—. Se pasa el día contemplando las moscas. Tendremos todo el tiempo del mundo para nosotros, pero no volveré a dirigirte la palabra si antes no te aseas un poco.

—¡No tendrás que repetírmelo!

Salió corriendo hacia la casa, entró como una exhalación en la cocina y llamó a gritos a Lope ante las miradas desaprobadoras del freire cocinero y de otros dos que se hallaban allí en aquellos momentos. La regla prohibía hablar a gritos; de hecho, prohibía hablar si no era estrictamente necesario, y aunque en la granja existía algo de relajación, únicamente se levantaba la voz para avisar de una catástrofe o cuando se avecinaba la tormenta. Por fin dio con Lope y le pidió un hábito nuevo y jabón. El novicio levantó las cejas. Hora era ya de que el tallista se decidiese a tomar un baño. Si algo diferenciaba a la orden de otros monjes era la pulcritud, pero el protegido del maestre no era de los suyos y tampoco podían exigirle que se comportara como ellos. Eder salió de nuevo a toda prisa cuando tuvo en sus manos lo solicitado.

—¡Tampoco te vendría mal un buen corte de pelo! —le gritó Lope antes de enfrentarse a las miradas, esta vez airadas, de los freires.

Las heladas aguas del Linares cortaban la piel, pero Eder no lo notó cuando entró en ellas desnudo, como tampoco lo notaba cuando, en Baigorri, se metía en el río a pescar truchas. Muy al contrario, estaba sofocado y sentía hervirle la sangre mientras se frotaba el cuerpo con las hojas de esparto que envolvían el jabón rasposo, elaborado con sebo de cabra y ceniza. Rojo por el frío y el frote, regresó a la casa, donde Lope lo esperaba con unas

enormes tijeras de esquilar. La sonrisa de Alix al verlo de nuevo le confirmó que su apariencia había dado un gran vuelco. El novicio había hecho un buen trabajo y no lo había trasquilado como una oveja, a pesar de que varias veces aseveró la conveniencia de cortarle el pelo al cero como él y los demás monjes lo llevaban. La barba, afirmó, era un signo varonil, pero el cabello largo era propio de mujeres. No se dejó convencer y logró que Lope se limitara a cortarle el pelo por debajo de las orejas y a arreglarle la barba.

—¡Ahora sí te reconozco! —exclamó Alix cuando él fue a verla al albergue de los peregrinos nobles y la encontró sentada sobre un banco de piedra adosado al muro.

Deseaba abrazarla y besar aquellos labios con los que soñaba cada noche antes de dormirse y que ahora tenía al alcance sólo para él. Otra voz conocida frenó su primer impulso.

—Hola, Eder.

—¡Alazaïs!

La muchacha acababa de aparecer por la puerta y lo contemplaba arrebolada y feliz. Sostenía en sus brazos a una pequeña de ojos grandes que le miraba sin parpadear y que le recordaba a alguien aunque no podía decir a quién.

—¿Tienes una hija? —fue lo único que se le ocurrió preguntar, tan asombrado estaba al encontrársela de forma inesperada.

—Es mía —intervino Alix con sequedad, y añadió mirando a uno y a la otra—: Había olvidado que vosotros dos ya os conocíais... Alazaïs, lleva a la niña dentro. Aquí fuera hace demasiado frío para ella. Y tú, querido amigo, siéntate a mi lado.

Tenemos mucho de que hablar.

La sonrisa se borró del rostro de Alazaïs, apretó los labios, hizo un amago de reverencia y volvió a entrar en la casa. Su

contrariedad no pasó desapercibida para Eder, pero la mano extendida de su amada invitándole a sentarse a su lado, el anhelo de sentirla junto a él después de tanto tiempo, su olor a flores o a hierbas, no sabía muy bien, le hizo olvidar por completo a la joven occitana; cogió la mano de Alix y la mantuvo entre las suyas.

Aquella noche Alix acudió a la leñera. No hubo movimientos inexpertos como la primera vez, ni fue a hurtadillas en un pasillo oscuro. En esta ocasión, se tomaron su tiempo para acariciarse, descubrirse, unirse, sobre el delgado colchón de paja tirado en el suelo, rodeados de troncos, testigos impasibles de una pasión retenida que se desbordaba como los cauces de los ríos en la época del deshielo y estallaba al igual que la naturaleza lo hacía en bosques y campos al llegar la primavera.

—Nos marcharemos de aquí —afirmó Eder con la respiración entrecortada—. Reharemos nuestras vidas en cualquier lugar.

Estaremos solos, tú y yo.

—¿De qué hablas? —Alix no podía pensar en nada. Se sentía plena y satisfecha.

—Iremos a Baztán o a Baigorri o, si tú lo prefieres, buscaré trabajo en Pamplona o en cualquier otro sitio. Se construye sin cesar y yo soy un buen carpintero. Techo y comida no nos han de faltar.

La joven se apoyó en un codo.

—¿Hablas en serio?

—No quiero que volvamos a separarnos. Te amo.

—Deja las cosas como están y sigamos así. Podemos amarnos sin trabas siempre que queramos.

—¿A escondidas? ¿Pretendes que nos amemos a escondidas como si fuéramos unos criminales?

—¿Y tú quieres hacer de mí una mujer deshonrada? No olvides que ya estoy casada.

—¿A quién le importa? El matrimonio no existe entre los míos. Hombres y mujeres se unen por deseo propio.

—Yo no soy una agote.

Eder se levantó y la contempló desde su altura. Alix admiró su cuerpo esbelto y proporcionado, de piel tersa y músculos flexibles.

A su lado y en su mejor momento, Antoine había sido tan sólo un saco de grasa; ahora lo era de huesos. Sintió de nuevo un fuerte deseo por él, se tumbó, alargó los brazos y cerró los ojos. Volvió a abrirlos al sentir una ráfaga de aire frío que le provocó un temblor.

Su amante había desaparecido y la batiente de la puerta, empujada por el viento, golpeaba contra la jamba a rítmicos intervalos.

No lo vio durante los días siguientes aunque, con la disculpa de dar un paseo, se acercó mañana y tarde a la leñera, e incluso lo hizo también un par de noches. Sus objetos, útiles, maderas a medio tallar, continuaban en el mismo sitio. No entendía lo que ocurría ni su extraño comportamiento. Deseaba hacer el amor con él, lo necesitaba para sentirse viva. Antoine había empeorado y ya ni siquiera se levantaba del lecho; permanecía como ido y ella había dejado su cuidado a Juana. No amaba a su marido, tampoco lo apreciaba como al principio de su matrimonio, y no se veía con fuerzas para atenderlo, asearlo o darle de comer. Aparecía por la habitación todas las tardes, antes de la puesta del sol, que era el momento en que el comendador acudía a visitar a su amigo.

Delante de éste, le hablaba con cariño y limpiaba la baba que resbalaba por su barbilla, pero en cuanto el freire se despedía, ella hacía otro tanto. Con un poco de suerte, pensaba, Antoine no llegaría al verano y ella se vería libre y con una pequeña fortuna para instalarse en Pamplona. Luego sus pensamientos volvían a Eder. ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había marchado sin despedirse?

No se atrevía a preguntar a los monjes sobre su paradero y el ansia y el despecho le roían por dentro. Le había demostrado su amor, se había entregado a él, puesto su honor en peligro... Hizo memoria

sobre la noche pasada con él y sintió que su cuerpo se estremecía de deseo; intentó recordar cada una de las palabras que se habían dicho, la propuesta de él para huir juntos, su negativa... Eder no se daba cuenta de que, ni aun viuda ella, podrían unirse ante la gente; era absurdo pensar en dicha posibilidad. Tragándose el orgullo y los celos, decidió finalmente hablar con Alazaïs. Tal vez ella conocía su paradero.

—¿Sabes dónde está Eder? —le preguntó a bocajarro al entrar en la habitación que ella y Juana compartían con otra sirvienta y con la niña.

—¿Por qué habría de saberlo? —respondió Alazaïs.

—Porque sois amigos.

—No le he visto desde el día en que se sentó en el banco junto a vos —la afirmación sonaba a reproche.

—Tú no eres agote, ¿verdad?

—No.

—¿Y navarra?

—Ahora sí, pero no cuando lo conocí.

—¿Dónde fue eso?

Necesitaba saber todo lo concerniente al hombre que le quitaba el sueño y no le daba vergüenza rebajarse a pedirle información a una criada. Alazaïs, por su parte, deseaba hablar de él con alguien, aunque ese alguien fuese su rival. Le contó, por tanto, todo lo que ella quería escuchar. La forma como se habían conocido, cómo él le había salvado la vida y ella y los suyos habían llegado a las tierras del norte de Navarra en compañía de Eder y en la de sus parientes; cómo sus padres y ella los habían

buscado luego hasta dar con ellos en Baztán, y que ella se había ofrecido a acompañarle en su viaje de regreso a Pamplona.

—¿Fuisteis hombre y mujer? —la pregunta quemaba los labios de Alix y escapó sin casi poder evitarlo.

—No.

—¿Y por qué os separasteis?

—Me contó que sus familiares y él habían construido máquinas de guerra para vencer a los buenos creyentes y yo le insulté.

La mención a los cátaros golpeó con fuerza la memoria de Alix. Sólo una vez había hablado con alguien sobre el asunto y después había decidido olvidarlo, borrarlo de su pensamiento.

Luego recordó que Eder se hallaba presente la noche en que su padre le contó cómo había muerto su madre y él podía, a su vez, habérselo contado a la sirvienta.

—¿Por qué le insultaste?

—En Montségur fueron quemados vivos dos centenares de seres humanos inocentes que no habían hecho daño a nadie.

Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, decidieron morir antes que renegar a su fe.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo también vengo de aquella tierra y soy una de ellos.

Alix permaneció callada, intentó pensar con orden, pero sus pensamientos se amontonaban, mezclándose en su mente, provocándole una gran confusión. Se había casado con Brulé para estar a salvo, había aceptado matrimoniar con un hombre insulso y más viejo, y ahora resultaba que llevaba meses cobijando bajo su

techo a una hereje, a la cual le debía la vida de la hija de Antoine e incluso la suya propia. Notó que el temor ascendía por sus piernas y se alojaba en su estómago. En Navarra los cátaros no eran perseguidos como en otros lugares, tal vez porque eran pocos y estaban dispersos, pero el rey Teobaldo era francés, primo del rey de Francia, y un cristiano ferviente, según decían, y podía tener un arrebato. La mejor seguridad para ella era la ignorancia sobre sus orígenes de quienes la rodeaban y ya había demasiadas personas que lo conocían: Antóine, Eder, Bertrand de Garlande, el predicador... Podía fiarse de los tres primeros, pero no descansaría hasta saber que el asesino de su madre estaba muerto y bien muerto. Alazaïs también era un peligro. Le había confesado que era una creyente y lo mismo podría hacer en cualquier otro momento a otra persona y dar lugar a una investigación. Era preciso prescindir de su servicio y buscar otra niñera para la pequeña... Si Antoine la dejara viuda... Si Eder volviera...

—¿Por qué dices que lo insultaste? —volvió a interesarse antes de salir afuera para tomar el aire e intentar recuperar la calma.

—Le llamé agote.

T

ranscurridos los meses más fríos durante los cuales se aminoraba la actividad y se dejaban a la espera las decisiones importantes, un juez real se desplazó a San Esteban de Deio para examinar la causa de Robert Lepetit y pronunciar el veredicto ya señalado por el rey. El hombre era un asesino, un peligro para la Corona y para la Iglesia, que ya lo había condenado años atrás, y debía ser ahorcado dentro de la propia fortaleza, al igual que su cómplice.

El Bugre se negó a declarar aduciendo que únicamente Dios podía juzgarlo, a lo que el juez respondió que en unas horas tendría ocasión de comprobarlo. Lepetit escuchó impasible la sentencia, que se cumpliría sin dilación en la madrugada del día siguiente, y pidió un fraile para confesarse. Aubert, sin embargo, se desmoronó durante el interrogatorio, declaró todo lo que se le pidió y aún más, acusó a su jefe de hacerse pasar por Jesucristo, de la muerte de una mujer en Ultrapuertos y del ataque sufrido por el maestro constructor Bisol, rogó clemencia y alegó el miedo descomunal que tenía al predicador para justificar el haberlo acompañado en este último caso. No le valió de nada, el juez lo sentenció también a morir en la horca y el hombre se echó a llorar.

Llegada la noche, el carcelero comunicó a Robert que el fraile solicitado había llegado y lo condujo a un cuartucho pequeño sin ventanas donde lo esperaba para escuchar su confesión. Su resignación y disposición a bien morir desaparecieron al encontrarse con un franciscano de su altura y enjuta complexión, vestido de color pardo oscuro, con una capucha que velaba su rostro y sólo dejaba ver una barbilla barbada. Era una suerte que su propia barba hubiese crecido durante los meses de encierro. No lo meditó. Se aproximó con aire contrito al fraile que había abierto su libro de oraciones y comenzado a recitar una oración, y se abrazó a él entre sollozos y lamentaciones. Ambos se arrodillaron y, en esta posición, el Bugre se lanzó sobre él, lo tumbó, le metió parte de su propio hábito en la boca y le tapó ésta y también la nariz con una mano mientras sujetaba el cuerpo con la otra. El fraile se debatió durante mucho rato, pero él apretó con todas sus fuerzas impidiéndole respirar hasta que, al final, el hombre dejó de moverse. Rápidamente Robert trocó sus ropas por las del franciscano, ocultando el famoso documento bajo la pechera, vistió al muerto con su túnica y la sobrevesta, y le ató el gorro bajo la barbilla para que no se le apreciara el cráneo rapado en corona. A continuación se puso a golpear la puerta.

—¡Ayuda! ¡Ayuda!—gritó desaforado.

El carcelero acudió presto y abrió la puerta del cuartucho.

—Ha comenzado a retorcerse como un poseso —le explicó Robert señalando el cuerpo tendido en el suelo—. He intentado reanimarle, pero en este antro no hay ni un pote de agua. ¿No sabéis lo que es la caridad? ¿Cómo podéis maltratar de esta manera a unos seres creados por Dios aunque sean criminales? Él os pedirá cuentas cuando llegué el día del Juicio Final.

El carcelero, abrumado por las palabras encolerizadas de quien él creía un franciscano, se arrodilló sobre el cuerpo, comprobó que, en efecto, el hombre estaba muerto sin remedio y salió corriendo en busca del tenente dejando la puerta abierta. Robert estuvo tentado de salir él también, pero debía conservar la calma, se dijo, y no apresurarse ni dar motivo de sospecha; se caló la capucha todo lo que pudo y esperó. Martín de Garisoain llegó poco después, seguido por el carcelero y un par de hombres más.

Tenía el aspecto de una persona recién despertada, con la camisa sin atar, por encima de los calzones, y el cabello revuelto.

—¡Maldita sea! Este hombre tenía que ser ejecutado al amanecer.

—Dios se os ha adelantado —afirmó el falso fraile procurando hablar despacio y con un tono más grave que de costumbre.

No había peligro de que su voz fuera reconocida puesto que, por orden del tenente, no se le había permitido hablar dos palabras seguidas desde su llegada a la fortaleza. Algo más había dicho ante el juez, pero éste ya no estaba en la fortaleza. De todos modos, cualquier precaución era poca.

—Pues si tenía que ser ahorcado, ¡lo será aunque ya esté muerto!

—La caridad incluso hacia nuestros enemigos...

—Mirad, hermano, eso está bien en vuestro oficio —le interrumpió el soldado—, pero en el mío es diferente. Las órdenes han de cumplirse para evitar problemas y no será la primera vez que se ahorca a alguien ya fallecido.

—Triste visión la de un cadáver conducido al cadalso a la luz del día...

Robert acompañó sus palabras inclinando la cabeza y, para que el efecto fuera completo, sacó el breviario del franciscano que había guardado bajo la pechera junto al documento, lo abrió y comenzó a recitar en tono lúgubre las primeras palabras del responso de difuntos

— Ne recorderis peccata mea, Domine. Dum veneris indicare sculum perignem...

—Bueno, da lo mismo una hora que otra —afirmó Garisoain impresionado por el rezo y el cuerpo del muerto a medias iluminado por los candiles de aceite que sujetaban sus hombres—.

¡Pedro! —ordenó a uno de ellos—, despierta a la guardia que vamos a cumplir las órdenes ahora mismo. Ah, y no os olvidéis del compinche; traedlo también. ¡A ver si podemos irnos a dormir de una maldita vez!

Poco rato después, el cuerpo del desafortunado franciscano colgaba de una horca levantada en un extremo del patio de armas para poder llevar a cabo varias ejecuciones al mismo tiempo. El invento consistía en dos postes de dos cuerpos de alto, anclados en tierra, y otro más largo trabando los anteriores; la soga se pasaba por encima de este último y los verdugos jalaban de ella hasta elevar al condenado y asfixiarlo. Aubert fue llevado a rastras hasta el lugar, no podía sostenerse en pie y gritaba y lloraba desesperado ante las miradas impasibles de los soldados, acostumbrados a presenciar ejecuciones, aunque no a horas tan intempestivas y a la luz de las antorchas.

—¿Puedo alentarlo a bien morir? —solicitó el Bugre cuando Aubert ya tenía la soga al cuello.

—Hacedlo, pero no os demoréis —aceptó el tenente de mala gana—. No es bueno para la moral de mis hombres ver el miedo de otros ante la muerte.

Robert se aproximó a su antiguo camarada, echó un poco la capucha hacia atrás para dejar su rostro a la vista, le alzó la barbilla y le obligó a mirarle.

—Te lo dije muchas veces —le susurró—. La horca es el fin que espera a los traidores. Tú, como Judas, has traicionado a tu señor, y éste es tu castigo.

Los ojos de Aubert parecían ir a salirse de sus cuencas. Giró la cabeza para mirar al hombre colgado a su lado y de nuevo al fraile que tenía delante. ¡El hijo del diablo se había duplicado!

—¡Es él! ¡Es él! —gritó aterrorizado, a punto de ahogarse.

Lepetit lo bendijo y se separó unos pasos, el tenente dio la señal y dos soldados tiraron de la cuerda hasta levantar al antiguo ladrón a cinco pies del suelo, lo suficiente para que el desgraciado patalease durante unos momentos y se orinase encima antes de quedar inmóvil.

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