La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 1 de 72

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La bóveda

Prólogo

Dieciocho meses antes

 

Jordan Orr acariciaba el detonador con el pulgar. A sus pies yacían dos vigilantes muertos. Lanzó una última mirada a sus dos cómplices, que asintieron con la cabeza para indicar que estaban listos. Apretó el botón y un Mercedes aparcado a cuatro kilómetros de distancia, en un aparcamiento cercano a Piccadilly Circus, explotó.

No sabía si habría víctimas ni le importaba, aunque a las tres de la madrugada no esperaba que hubiera ninguna. Lo importante era que las autoridades sospechasen que se trataba de un ataque terrorista. El tiempo de respuesta de la policía londinense a cualquier otra llamada se duplicaría, lo que dejaría tiempo de sobra a Orr y a sus esbirros para vaciar la cámara acorazada principal de la casa de subastas.

Orr se bajó la parte delantera del pasamontañas. Russo y Manzini hicieron lo mismo. Inutilizar las cámaras de vigilancia les habría llevado un tiempo que no tenían. La alarma se activaría en el momento en que abrieran la puerta.

La puerta de la cámara estaba asegurada por una cerradura doble accionada por un lector de tarjetas electrónicas y por un código de acceso. En aquel momento tenía en la mano la tarjeta, por gentileza de uno de los guardias muertos. Insertó la tarjeta y el sistema pidió inmediatamente el código de acceso. Orr examinó la pantalla táctil. El inteligente diseño cambiaba de lugar los números de la pantalla cada vez que se utilizaba, imposibilitando así que nadie supiera el código mirando simplemente el movimiento de los dedos. Pero el director había sido imprudente la víspera, cuando Orr visitó el lugar haciéndose pasar por un posible cliente. No se molestó en ocultar la pantalla a su mirada y él grabó el código con una cámara en forma de bolígrafo que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

Un descuido típico, pensó Orr. Los responsables de los sistemas de seguridad siempre olvidan el elemento humano.

Tecleó el código y sonó un chasquido que indicaba que la puerta estaba abierta. La empujó para abrirla del todo y no oyó ningún sonido estridente, aunque sabía que el sello magnético roto habría puesto en marcha la alarma silenciosa en las oficinas de la compañía de seguridad. A aquella hora de la madrugada, nadie debería estar en la cámara acorazada.

Ante el intento fallido de ponerse en contacto con los vigilantes, la compañía de seguridad llamaría a la policía, que tenía que ocuparse de un problema prioritario. Un atentado terrorista tenía preferencia sobre cualquier otra cosa. A Orr le encantaba.

Entró el primero. Había visto el interior en persona, pero Russo y Manzini sólo habían visto el vídeo.

En la bóveda acorazada, de cuatro metros y medio por cuatro y medio, se exponían en vitrinas los objetos que serían tasados al día siguiente. Joyas, libros raros, esculturas, monedas de oro y antigüedades (valiosos objetos ocultos en el desván de una mansión inglesa durante cien años) estaban iluminados para procurar el mejor efecto. Se esperaba que el valor del lote entero superase los treinta millones de libras esterlinas en la subasta.

Había un objeto que era el más preciado de los expuestos. En la vitrina del centro había una delicada mano de oro puro. Orr se maravilló ante la resplandeciente belleza del metal.

Manzini, un hombre bajo y calvo de poderosos brazos, se sacó un martillo del cinturón.

—Hagámonos ricos —dijo, golpeando la caja con el martillo. El grueso cristal se hizo añicos y Manzini alargó el brazo y cogió la mano dorada, envolviéndola con plástico de burbujas antes de guardarla en la bolsa. Luego se dirigió a la vitrina de las joyas.

Russo, tan flaco que podría haberse sujetado los pantalones con una goma, utilizó las dos manos para golpear con su martillo. Rompió la parte trasera de la vitrina que guardaba un dibujo de Picasso y retiró éste con cuidado para que los cristales rotos no lo rasgaran.

Mientras Manzini y Russo reunían el resto de las joyas y enrollaban la obra gráfica, Orr se dirigió al extremo de la bóveda. De un solo golpe liberó tres antiguos manuscritos y los guardó cuidadosamente en la bolsa de deporte. La colección de monedas raras de oro estaba al lado.

En tres minutos habían guardado todos los objetos de la bóveda en las bolsas.

—Ya está —dijo Orr. Abrió el teléfono móvil y marcó un número. Respondieron al primer timbrazo.

—¿Sí?

—Estamos en camino —anunció, y colgó.

Pasaron por encima de los vigilantes cosidos a balazos y corrieron a la entrada del edificio. Una vez fuera, Orr distinguió el sonido de sirenas a lo lejos, pero iban en otra dirección. Un taxi robado los estaba esperando. Felder, el conductor, llevaba gorra, gafas y un bigote falso.

Arrojaron las bolsas dentro del coche y subieron.

—¿Bingo? —preguntó Felder.

—Como en el vídeo —informó Russo—. Mercancía por valor de treinta millones de libras.

—En el mercado negro obtendremos una tercera parte —dijo Manzini—. El comprador de Orr sólo pagará diez millones.

—En todo caso, es mucho más dinero del que has visto en tu vida —adujo Felder.

—Conduce —ordenó Orr, intransigente ante aquellas tonterías. Todavía no habían terminado.

El taxi se puso en marcha. Como Londres era la ciudad del mundo que tenía el mayor número de cámaras de vigilancia, no se quitaron los pasamontañas. Tras un robo como aquél, Scotland Yard examinaría todos los vídeos posibles en busca de una pista que condujera a los ladrones.

Orr confiaba en que no la encontraran nunca.

Tal como habían ensayado previamente, el taxi llegó al muelle del río Támesis al cabo de cinco minutos. Dejaron el vehículo en el aparcamiento del embarcadero y se dirigieron al yate que había alquilado Felder. Orr sabía que podrían relacionar la embarcación con Felder, pero para cuando lo hicieran ya no importaría.

En cuanto subieron a bordo, Felder, un británico que había navegado por aquellas aguas durante diez años en un remolcador, encendió el motor y aceleró. No pararían hasta llegar al estrecho de Dover. El plan era llegar a Kent y utilizar un coche de alquiler para llevar a cabo la escapada final en un ferry de SeaFrance hasta Calais.

Mientras Felder pilotaba, el resto vació el contenido de las bolsas en la cabina de proa para hacer recuento del botín. Russo y Manzini parloteaban en italiano. Lo único que Orr, que era norteamericano, pudo entender fue la palabra «Napoli», Nápoles. Sin hacerles caso, se dedicó a examinar a fondo los tres manuscritos. Encontró el que buscaba y lo apartó. Los otros dos no tenían ningún valor para él, así que los volvió a meter en la bolsa.

Cuando terminaron de clasificar el botín, la embarcación estaba ya en el canal de la Mancha. Era la hora.

Orr se puso de espaldas a Russo y Manzini y desenfundó la SIG Sauer con silenciador que había utilizado para matar a los vigilantes.

—Oye, Orr —dijo Russo—, ¿cuándo vamos a reunirnos con tu contacto? Quiero mi dinero cuanto antes, ¿capisci?

—No hay problema —respondió éste, volviéndose de golpe. Primero disparó a Russo y luego a Manzini, que cayó sobre su compañero, sujetando todavía el collar que había estado acariciando.

El viento y el motor hacían tanto ruido que Felder no oyó los disparos. Orr se dirigió a la cubierta de mando.

El británico se volvió y le sonrió.

—¿Te importaría ponerte unos minutos al timón? —preguntó—. Me muero por ver mi parte.

—Por supuesto —dijo Orr. Sujetó el timón con una mano y, cuando Felder le dio la espalda, disparó dos veces. El hombre cayó dando tumbos a la cubierta inferior.

Orr miró el GPS y giró el timón hasta poner rumbo a Leysdown-on-Sea, una pequeña población costera donde había dejado aparcado otro coche. El vehículo que Felder había alquilado se quedaría donde estaba hasta que se lo llevara la grúa, pero eso no le preocupaba, ya que no había nada que lo pudiera relacionar con él.

Cuando el yate estuvo a tres millas de la población, se detuvo. El agua sería lo bastante profunda en aquella zona.

Ya en la cabina, ató los tres cadáveres a la estructura interior, luego puso dos pequeñas cargas explosivas por debajo de la línea de flotación y preparó un bote salvavidas y remos. Cuando explotaran las bombas, lo bastante potentes para romper el casco, el yate se hundiría en pocos minutos.

Guardó la mano de oro, las joyas, las monedas y el manuscrito en una bolsa impermeable y lo demás lo metió en armarios que cerró herméticamente. No quedaría ni rastro del yate cuando estuviera en el fondo del canal. Algunos objetos, como el Picasso, eran valiosos, pero demasiado reconocibles para venderse. No podía exponerse a que por culpa de ellos dieran con él. Podía desmontar las joyas para venderlas como piedras preciosas y metal con muy poco riesgo. Esperaba conseguir dos millones de libras con ellos, lo suficiente para pagar sus deudas y financiar su plan final.

Pero conservaría la mano de oro y el manuscrito. Aunque los cómplices de Orr no lo sabían, el documento era el objeto más valioso que habían sacado de la bóveda. De hecho, podía decirse que era el objeto más valioso sobre la faz de la Tierra. El propietario no debía de saber lo que contenía; de haberlo sabido nunca lo hubiera subastado.

Orr sí sabía su contenido. Lo había comprobado mientras Russo y Manzini se arrojaban sobre el oro y las joyas. El renglón más importante, que encabezaba una sección al final del documento, parecería al profano una simple cadena de caracteres griegos, pero era lo que confirmaba la importancia del documento:

 

El manuscrito era un códice medieval copiado de un rollo escrito doscientos años antes del nacimiento de Cristo. Contenía un viejo tratado del científico e ingeniero más grande de la Antigüedad, el hombre que tuvo a raya a los romanos durante dos años gracias únicamente a su ingenio, un griego de Siracusa llamado Arquímedes.

El códice estaba escrito sin espacios ni minúsculas. Su traducción resultaba tan tediosa que se desconocía el contenido completo del manuscrito. Pero esa única línea convenció a Orr de que contenía el secreto de la localización de un tesoro que valía incontables millones.

Subió al bote y, por segunda vez aquella noche, apretó el botón de un detonador. La explosión de las cargas abrió dos boquetes en el casco del yate. Remó para alejarse, aunque se mantuvo lo bastante cerca para asegurarse de la desaparición del yate; luego se dirigió a tierra firme. Mientras observaba cómo se hundía el yate en el plácido mar, la traducción del texto de Arquímedes resplandecía ante sus ojos con tanta claridad como si estuviera escrita sobre la superficie del agua.

Quien posea este mapa poseerá las riquezas de Midas.