La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 17 de 72

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La bóveda

Capítulo 16

 

Orr tomó otro sorbo de café y reprimió un bostezo mientras acercaba la furgoneta a la plaza libre del aparcamiento próximo a la zona portuaria de Baltimore. Con Crenshaw roncando a su lado durante el viaje de cinco horas desde Seattle hasta el aeropuerto internacional Baltimore-Washington, sólo había dormido unos minutos. Ahora, a las dos y cuarto de la madrugada, Crenshaw estaba totalmente despierto en el asiento de al lado y él estaba listo para volver al almacén. Pero la excursión era crucial para la operación, y había que hacerla aquella misma noche.

Había un camión esperándolos. Un hombre negro y fornido con mono azul estaba apoyado en la parte trasera, sudando a pesar de la fresca brisa que llegaba del mar. Durante tres años, Greg Forcet había hecho contrabando de objetos para Orr a través de una agencia local de transportes marítimos, pero la delicada naturaleza de aquella operación significaba que no podrían volver a trabajar juntos.

Orr aparcó la furgoneta y miró a su alrededor. Tras comprobar que estaban solos, bajó, y Crenshaw hizo lo mismo. Cuando se acercaron a él, Forcet se quedó mirando a Crenshaw.

—¿Quién es? —preguntó.

—Un amigo —dijo Orr.

—Nunca habías traído amigos.

—Es legal.

Crenshaw asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

—Si tú lo dices —murmuró Forcet.

—¿Está preparado el paquete?

Forcet se enjugó la frente.

—Tal como dijiste. Ha sido un trabajo difícil. Me costó un par de horas desmontarlo. Te va a costar otros dos de los grandes.

—Son tuyos. ¿Algún problema?

—No, pero me alegro de que me advirtieras de la necesidad de usar guantes resistentes al calor. Las cápsulas estaban muy calientes.

—Es por la reacción química de que te hablé. Esa clase de baterías pueden sobrecalentarse si no tienes cuidado. Por eso te dije que las metieras en el contenedor aislado térmicamente que te proporcioné. ¿Está sellado?

—Firmado, sellado y entregado.

—Pues echémosle un vistazo —decretó Orr.

Forcet levantó la puerta trasera del camión para dejar al descubierto su trabajo nocturno. Allí estaba la caja de metal negro que Orr había llamado contenedor aislado térmicamente. Se fijó con satisfacción en que la tapa estaba cerrada. Detrás de la caja había un objeto cilíndrico de color verde lima que Forcet había separado para llegar a la cápsula. El cilindro medía algo más de un metro y tenía caracteres cirílicos en la base. Estaba diseñado con proyecciones en el exterior que hacían de alerones refrigerantes. El suelo estaba alfombrado de apliques de metal, accesorios y herramientas. Los lados del cajón que contenía el objeto estaban apoyados en la pared del camión.

Crenshaw cogió un instrumento electrónico y agitó lo que parecía un micrófono frente a la puerta abierta.

—¿Qué es eso? —preguntó Forcet.

—Pues… una especie de termómetro —respondió Crenshaw—. Tenemos que comprobar que no está demasiado caliente.

—¿Y? ¿Lo he hecho bien?

A Forcet nunca le había gustado que se cuestionara la calidad de su trabajo.

Tras unos cuantos pasos, el termómetro pitó y Crenshaw asintió con la cabeza.

—Estamos por debajo del límite de seguridad.

—Necesitaremos ayuda para cargar todo esto —señaló Orr.

—Eh, te lo haré gratis —dijo Forcet.

Entre los tres llevaron el contenedor a la furgoneta.

—¿De qué está hecho este chisme? ¿De plomo? —inquirió Forcet, agotado por el esfuerzo.

Orr se echó a reír, no porque fuera una pregunta graciosa, sino porque Forcet estaba en lo cierto. Las paredes de la caja, de siete centímetros de grosor, eran de plomo.

A continuación transportaron el cilindro con alerones.

Una vez guardado en la furgoneta, Forcet se secó la frente de nuevo.

—Sí que está caliente —comentó—. ¿Qué coño es? ¿Alguna clase de máquina?

No solía hacer preguntas, pero aquélla era la primera vez que veía el contenido de uno de los cajones que llevaba a Orr. No le haría daño que se lo dijera.

—Es un generador termoeléctrico de radioisótopos —le aclaró Orr.

—Vaya trabalenguas. ¿Para qué sirve?

—Para proveer de electricidad a faros alejados de todo. Totalmente automatizado. Puede funcionar durante veinte años sin mantenimiento. —Orr dio unos golpecitos al generador cilíndrico. Tenía pegado un trozo de papel amarillo y roto, el único resto del símbolo de la radiactividad que debería haber estado allí—. Es de una península del Ártico. He tardado meses en encontrarlo.

Aunque no tantos como había esperado. La menguante banquisa de la costa septentrional de Rusia facilitaba en verano el acceso a aquellos recuerdos de la Unión Soviética.

—Parece antiguo.

—Tendrá unos treinta años.

Forcet se echó a reír.

—No sé qué vas a hacer con la batería de un generador de hace treinta años, ni quiero saberlo —repuso, con una mano en el estómago—. Necesitaré un Pepto-Bismol cuando llegue a casa.

Se volvió para subir al camión. Orr sacó una pistola de la chaqueta y le disparó dos tiros en la espalda. Crenshaw saltó hacia atrás y lanzó un grito de sorpresa. Forcet cayó al suelo hecho un guiñapo. Escupió sangre durante unos momentos y luego dejó de respirar.

—¡Joder! —gritó Crenshaw—. ¡Podías haberme avisado!

—No seas estúpido —replicó Orr—. Si te hubiera avisado a ti, le habría avisado a él.

Orr guardó la pistola, sacó del bolsillo un frasco con crack y lo puso en el mono de Forcet. Daría la impresión de que había salido mal una pequeña operación de narcotráfico.

—Nunca había visto que le dispararan a nadie —comentó Crenshaw, apartándose del cadáver.

—Pues ya lo has visto. Enhorabuena.

Los únicos objetos pesados que quedaban eran las piezas de uranio empobrecido que Forcet había arrancado del generador, pero Orr y Crenshaw las transportaron sin problemas. A los diez minutos, habían trasladado todos los objetos del camión a la furgoneta y no quedaba nada que los relacionara con Forcet.

Antes de subir al vehículo, Crenshaw volvió a utilizar el contador Geiger.

—¿Qué marca? —preguntó Orr. No le apetecía mucho subirse a un vehículo lleno de material radiactivo.

—Unos dos milirrades por hora —informó Crenshaw—. En todo el camino hasta el almacén será menos de lo que recibes cuando te haces una radiografía.

Subieron. Orr miró el contenedor de plomo. Las bolas de estroncio 90 debían de estar a una temperatura de doscientos grados centígrados.

—¿Cuánto crees que marcaría si abriéramos la tapa?

—Alrededor de dos mil rades por hora.

—Perfecto.

Mientras ponía la furgoneta en marcha, Orr miró el cuerpo de Forcet tirado al lado del camión, pero no sintió remordimientos. El envenenamiento por radiación era una manera de morir muy desagradable. Los primeros síntomas eran sudor y náuseas. A continuación habría vómitos, diarrea, pérdida de cabello y hemorragias incontroladas.

Según su manera de pensar, Orr le había hecho un favor a aquel contrabandista. Después de haber pasado más de dos horas cerca de las cápsulas al descubierto, Forcet habría muerto en menos de una semana.