La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 22 de 72

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La bóveda

Capítulo 21

 

Si Tyler hubiera creído que tenían otra alternativa, Stacy y él haría tiempo que se habrían ido de la finca de Gia Cavano en lugar de estar sentados en el estudio de su mansión. La sala con paneles de madera que quedaba al fondo de la casa tenía unas vistas espectaculares de las cuadras y los centenares de hectáreas de tierra de pastos que había detrás. Las llamas de la chimenea de ladrillo alejaban cualquier posible frío que entrara por las ventanas.

Un «ayuda de cámara» bronceado y musculoso, con tanta gomina en el pelo que habría rivalizado con un vertido de fuel, los había acompañado hasta allí mientras Gia Cavano se disculpaba para llevar el caballo a las cuadras y cambiarse de ropa. A continuación, el individuo había cerrado la puerta del estudio, aunque Tyler estaba seguro de que se había quedado de guardia. También era posible que los estuvieran escuchando.

—¿Crees que Orr sabía que su vieja amiga Gia Cavano tenía la tablilla? —susurró Stacy. Se inclinó tanto hacia Tyler que le rozó la oreja con los labios. Él notó que se le ponía la carne de gallina con aquel ligero contacto.

—No, pero deberíamos haberlo imaginado —respondió él, también con susurros —. Industrias VXN.

—Pues claro. Vixen. Orr la llamó la Zorra. Debe de ser su apodo.

Vixen significaba zorra en inglés y Cavano había reducido la palabra a VXN. Sencillamente, no se les había ocurrido que su peor enemiga tuviera en su poder una de las claves más importantes que necesitaban.

—¿Crees que sabe por qué estamos aquí? —preguntó Stacy.

—Si no lo sabe, le echaremos un vistazo a la tablilla y luego nos iremos.

—¿Y si lo sabe?

Tyler enarcó una ceja.

—Entonces tenemos un problema.

No sólo le disgustaba la coincidencia de haber tropezado con la única persona sobre la que Orr les había advertido; su primera impresión de Cavano le recordaba al gato de Alicia en el país de las maravillas, la sonrisa y el ronroneo que ocultaban la maldad que había bajo la superficie.

La puerta se abrió a sus espaldas y ambos se pusieron en pie mientras entraba Cavano, vestida con un elegante traje pantalón gris que se ceñía a su curvilínea figura. El cabello suelto le caía hasta los hombros, enmarcando unos pómulos esculpidos y ojos de color caoba.

La italiana se deslizó detrás de su escritorio sin apartar la mirada de Tyler.

—Les pido disculpas por haberlos hecho esperar —dijo—, pero necesitaba asearme y cambiarme.

Se sentó y les indicó por señas de que se sentaran ellos también.

—Le doy las gracias por concedernos parte de su tiempo —dijo Tyler.

—Creo que esto está relacionado con una antigua tablilla que compré hace un año. ¿Puedo saber por qué están interesados en ella?

Antes de que Tyler respondiera, Stacy se aclaró la garganta.

—Soy presentadora de un programa de televisión que se titula En busca del pasado y estamos interesados en mostrarla por la pequeña pantalla en un futuro episodio.

No estuvo mal. Utilizar su papel de personaje televisivo podría funcionar. Aunque Tyler no comprendiera el ansia de celebridad, sabía que mucha gente haría cualquier cosa por conseguir sus quince minutos de gloria.

—¿Y usted es el productor? —preguntó Cavano a Tyler.

—Soy asesor del programa —respondió éste.

—¿Y por qué le interesa la tablilla, señorita Benedict?

—Creemos que podría representar un hito importante de la cultura griega en la época de la Segunda Guerra Púnica, lo cual sería de gran interés para los espectadores.

—Ya veo. ¿Es usted arqueóloga?

—Estudié clásicas y me especialicé en cultura griega. Hice el doctorado en Duke.

—Impresionante. ¿Y quiere filmar mi tablilla?

—Hoy no. Sólo queremos ver si es la pieza que suponemos.

—No creo que eso sea un problema. De hecho, está en esta misma sala.

Cavano abrió un cajón y apretó un botón. Se separaron dos paneles de la pared, dejando al descubierto dos manuscritos iluminados, una espada corta de bronce y una tablilla de cera del tamaño de dos novelas de tapa dura.

Stacy saltó literalmente de la silla y se acercó con reverencia al expositor, seguida por Tyler. Cavano se acercó también, poniendo la mano sobre el brazo de él. La sutileza no era su fuerte.

—A mí me parece exquisita —comentó—. ¿Sabría leerla?

—Sí —respondió Stacy sin vacilar.

Se concentró en la tablilla, que constaba de dos partes unidas por goznes. Los rectángulos de cera beis estaban protegidos en los bordes por madera desnuda. Las palabras griegas eran perfectamente legibles, como si hubieran sido escritas la semana anterior y no dos mil años antes. A pesar de su precaria situación, Tyler estaba muerto de curiosidad. Si las sospechas de Stacy eran correctas, estaba mirando un texto escrito por Arquímedes en persona.

—Dice: «Quien desee la verdad descubrirá el gran tesoro. No miréis fuera de vosotros, sino dentro. Los cielos, las estrellas, la luna, el sol y los planetas serán vuestros por siempre. El Partenón posee la clave».

Cavano aplaudió.

—Excelente. Así es exactamente como lo tradujo mi experto, aunque tardó mucho más tiempo que usted. ¿Sabe a qué se refiere?

Stacy miró a Tyler y negó con la cabeza.

—Es muy críptico. Es exactamente la clase de objetos que nos gusta sacar en el programa.

Cavano se echó a reír y volvió a su silla.

—Por favor, doctora Benedict. No hace falta seguir con esta farsa. Si se sientan, les explicaré algo que creo que les resultará muy interesante.

En el rostro de Stacy se reflejó una señal de alarma. Tyler tenía la misma sensación. Aquello no presagiaba nada bueno. Pero no les quedaba más remedio que seguirle el juego a su anfitriona. Tendrían que escuchar lo que Cavano quisiera decirles. Los dos volvieron a sentarse.

—Ustedes han visto un documento que fue robado antes de que yo lo pudiera comprar —dijo la italiana—. Un manuscrito que habla de un mapa que conduce al tesoro del rey Midas.

—¿Qué le hace pensar eso? —preguntó Tyler.

—La doctora Benedict llamó para preguntar por un rompecabezas ideado por Arquímedes. Ésa es la única razón de que quisieran ver mi tablilla.

—Ha sacado conclusiones muy deprisa.

—En absoluto —arguyó Cavano, respirando hondo—. Cuando tenía nueve años, estaba explorando con otro niño el sótano de una vivienda vacía de Nápoles cuando tropezamos con una cámara oculta que conducía a una red de túneles. Oímos hablar a dos hombres, nos acercamos y vimos que guardaban bolsas de polvo blanco en unos cajones. Inmediatamente nos dimos cuenta de que utilizaban aquella cámara para esconder drogas de contrabando donde la policía no pudiera encontrarlas. —Los ojos de Cavano brillaban al recordar aquella noche—. Los hombres debieron de oírnos susurrar, porque se detuvieron y echaron a correr detrás de nosotros, uno empuñando una palanca y el otro disparándonos con una pistola. Nos habían cortado la retirada, así que nos persiguieron por los túneles, gritando que su jefe nos mataría si escapábamos y contábamos a sus enemigos dónde estaban. En aquella loca carrera nos perdimos, aunque sin poder esquivar a aquellos hombres. Corrimos durante un rato larguísimo, kilómetros enteros, hasta que vimos que el haz de nuestras linternas se reflejaba en algo. Al principio pensamos que era la luz del día y seguimos adelante.

Hasta aquel momento Tyler no se había dado cuenta de que estaba sentado en el borde de la silla. La historia de Cavano era mucho más detallada que la de Orr.

—Llegamos a una cámara construida totalmente de oro. Creerán que estoy exagerando, pero todas las superficies estaban cubiertas por una película de metal dorado. En el centro de la cámara había un pedestal de oro y sobre él una estatua de tamaño natural de una mujer perfecta en todos los detalles, menos en que le faltaba la mano izquierda. En un extremo había un estanque de agua hirviendo que llenaba la sala de vapor. Al otro lado, sobre una especie de tribuna, había un ataúd de oro, el sarcófago del rey Midas.

—¿Cómo es posible que sepa eso? —preguntó Stacy.

—Por lo que ocurrió a continuación —dijo Cavano—. Nos refugiamos detrás del pedestal, donde era seguro que nos encontrarían, pero no teníamos otra salida. Estábamos atrapados. Pero cuando los hombres entraron, se olvidaron completamente de nosotros.

—Puedo entender el motivo —dijo Tyler.

—Se quedaron mirando llenos de asombro y momentos después se pusieron a discutir sobre lo que harían con aquel hallazgo. Ninguno pensaba contárselo al jefe, pero no se ponían de acuerdo sobre cómo sacar el oro sin ser descubiertos. Pensaron que el sarcófago estaría lleno de lingotes de oro o de monedas, pero cuando el de la pistola se dirigió allí, el de la palanca le dio un golpe en la cabeza y cayó muerto al instante. Luego se metió la pistola en el cinto y abrió el ataúd lo suficiente para poder meter la mano dentro. De pronto, la sacó con un grito, como si le hubieran mordido, y lo cerró de nuevo.

—¿Qué pasó? —preguntó Stacy.

—No lo sé. Llevaba la mano en alto, como si estuviera en llamas. Intentó restregársela en los pantalones, pero cada vez gritaba más fuerte. Se llevó la mano a la garganta. Empezó a dar tumbos de un lado a otro con grandes muestras de dolor, hasta que resbaló y cayó al estanque de agua.

Los ojos de Cavano brillaban emocionados al contar la historia. No había en ella el menor asomo de miedo.

—Entonces pasó algo maravilloso —añadió—. Cuando salimos del escondite para mirar al hombre que había caído al agua, vimos que su mano se estaba convirtiendo en oro. Empezó por las yemas de los dedos y avanzó lentamente hacia la palma. A los cinco minutos, se había transformado casi toda la mano. Fue una víctima del Toque de Midas. No hay otra explicación posible.

Tyler reprimió un gesto de impaciencia. La historia era demasiado fantástica, el sueño febril de unos niños asustados.

—¿Y por qué no volvieron a buscarlo?

—Créanme, llevo intentándolo desde entonces. Hablamos con nuestros padres de la cámara de oro, sin contarles lo de los dos hombres muertos, pero estaban tan enfadados por que hubiéramos pasado la noche fuera que pensaron que nos habíamos inventado la historia para librarnos del castigo. Al poco tiempo derribaron el edificio de viviendas y en su lugar construyeron una delegación del Ministerio de Sanidad. Cuando lo terminaron, fui en una ocasión al sótano, pero los cimientos de hormigón habían tapado la entrada de los túneles.

—Es una historia sorprendente —dijo Tyler—. Y no me creo ni una palabra.

—Pues a mí me parece que sí me cree —dijo Cavano—, de lo contrario no se habría tomado la molestia de investigar. ¿Cuánto le está pagando?

—¿Quién? —preguntó Stacy con excesiva rapidez.

—La persona que me robó el códice.

—¿Se lo robó a usted?

—El códice y la mano de oro, la mano que le faltaba a la estatua de la bóveda de Midas, iban a ser subastados, y yo había planeado hacerme con ellos antes de que alguien se diera cuenta del secreto que encerraban. Fueron robados de la casa de subastas junto con otros objetos valiosos, y no ha aparecido ni uno solo de los objetos sustraídos. Pensé que el ladrón había muerto… Hasta ahora.

—¿Por qué cree que nosotros sabemos algo de eso? —preguntó Tyler.

—Porque esta tarde he recibido una llamada avisándome de una consulta relativa a un documento griego antiguo, uno que habla sobre el Partenón, y el portador del manuscrito dijo que trabajaba con Stacy Benedict.

Tyler sintió que el estómago se le caía a los pies. Estaba hablando de Grant.

—Lo único que explica que hayan visto el manuscrito es que trabajan para el que lo robó —dijo Cavano—. Verán, el niño que iba conmigo aquella noche en Nápoles es el mismo que robó el códice de Arquímedes. No sólo era mi amigo, también era mi primo de Norteamérica. Se llama Jordan Orr y tengo intención de matarlo.