La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 62 de 72

Páginas del PDF

La bóveda

Capítulo 61

 

A Cavano le era indiferente si Tyler y Stacy estaban ayudando a Orr por deseo propio o contra su voluntad. Conocía lo bastante bien a Orr para creer que había tomado como rehenes a sus parientes, pero eso no la inclinaba a compartir su tesoro con nadie. Si los dejaba marchar, las autoridades italianas se echarían sobre ella antes de que hubiera podido sacar la décima parte del oro.

Abrió fuego con la metralleta, pero Tyler y Stacy se parapetaron detrás del ataúd de oro mientras las balas se estrellaban contra la pared del fondo. Ningún disparo iba destinado a Orr, que se había tirado al suelo. Cavano lo quería vivo. Una bala en la cabeza sería demasiado bueno para él.

Tyler no devolvió los disparos, a pesar de que la italiana le había visto empuñar una pistola. Estaba claro que no quería herir a su amigo. Sal se puso detrás de Grant, utilizándolo como escudo.

La impresionante cámara dorada era tal como la recordaba, salvo por el cadáver caído en el pozo con la cabeza convertida en un amasijo sanguinolento. Cavano estaba ya empapada por la humedad que se condensaba en su piel.

Se fijó en la sangre que cubría el rostro de Orr y gritó:

—Veo que ha hecho el trabajo duro por mí, doctor Locke.

—¿Estás bien, Tyler? —preguntó Grant.

—No estoy mal —gritó éste desde detrás del ataúd—. ¿Y tú?

—Tu advertencia funcionó, pero tres hombres de Cavano agotaron sus siete vidas.

—Y por matar a mis hombres —dijo Cavano—, Jordan se ha hecho merecedor de la muerte más dolorosa que pueda imaginar.

—Escuche, Gia —propuso Tyler—. Creo que hay una cosa en la que estamos de acuerdo: todos queremos muerto a Orr. Pero en estos momentos lo necesito vivo.

—Sí, Grant me ha explicado el motivo por el que han sido una pesadilla para mí estos últimos días. Me alegra verte de nuevo, Jordan. Espero que sufras.

—No puedes matarme, Gia —replicó Orr—. El oro no vale tanto como crees.

—Con que valga unos miles de millones de dólares me conformo.

—No vale tanto. Sólo unos millones.

—¡Cierra el pico, Orr! —gritó Tyler.

Delante de aquella cantidad de oro Cavano se echó a reír y Sal rió con ella.

—Lo digo en serio —prosiguió Orr—. Araña la pared que tienes al lado. Verás que sólo hay una ligera capa dorada.

La mujer miró a Sal, que se encogió de hombros. ¿Tan exagerada era su evaluación del tesoro? Rascó la pared con el cañón de la pistola y se quedó horrorizada al ver detrás un poro gris de toba volcánica.

—La estatua es de oro macizo —adujo la mujer—. Eso lo sé.

—La estatua sí, pero el pedestal no —dijo Orr—. La chica debe de pesar unos cientos de kilos. Como mucho conseguirías veinte millones de euros. Sé que tus empresas tienen una deuda mucho mayor.

Tenía razón. La compra del edificio del Ministerio de Sanidad se había llevado todos los fondos de su organización. Sin una buena inyección de líquido, estaría a merced de los otros clanes de la Camorra, que se echarían sobre ella y le arrebatarían su naciente imperio.

—¿Qué te parece si repartimos mil millones de dólares entre tú y yo?

—¿De qué hablas? —preguntó Cavano, frunciendo el entrecejo.

—He planeado subastar el Toque de Midas.

—Gracias por la oferta, pero puedo encontrar mi propio comprador.

—No en el grupo que he reunido. Soy el único en quien confían.

—¿Y por qué iba a confiar en ti? —inquirió Cavano.

—No tienes que hacerlo. Puedes venir conmigo a la subasta. Dividiremos el pago en dos cuentas. Si te estoy mintiendo, puedes matarme entonces. Pero si no te engaño, tú seguirás tu camino y yo el mío. Olvídate de la venganza y los dos seremos riquísimos.

Cavano retrocedió y habló con Sal en italiano.

—¿Qué opinas?

—En lo de la pared tiene razón —susurró él.

Ella asintió con la cabeza. Ya pensaría más adelante cómo llevar a cabo su venganza, pero de momento no podía permitirse matar a Orr. Estaba a punto de acceder a su propuesta cuando Tyler gritó:

—¡Su plan tiene un inconveniente, Gia! Estoy detrás del ataúd. Puedo tirar el cadáver de Midas en el estanque en tres segundos, y entonces nadie tendrá nada. Al caer al agua, el cuerpo se convertirá en oro en pocas horas, y los microbios responsables del Toque de Midas desaparecerán para siempre.

—Haga eso y Grant morirá.

—De todas formas moriremos, así que será mejor que me incluya en el trato de Orr.

Cavano reflexionó. No tenía ganas de incluir a nadie más en el trato, pero tampoco podía perder el Toque de Midas.

—Muy bien —respondió—, pero antes quiero ver una prueba de que funciona.

—¿Trato hecho?

—Lo juro por la tumba de mi marido.

—Muy bien —accedió Tyler después de treinta segundos de silencio—. Baje al pozo. Yo vigilaré a Orr, y Stacy le enseñará la prueba. Intente algo y mataré a Orr y tiraré el cuerpo de Midas al estanque. Y entonces nadie conseguirá nada, ¿entendido?

Perfecto, pensó Cavano.

—Entendido. Vamos a bajar. Si Stacy intenta alguna jugarreta, será la primera en morir. Luego le tocará a Grant y después a usted.

Volvió a susurrar al oído de Sal:

—Cuando esté segura de que lo tenemos, mata a Grant y luego a Tyler. Yo me ocuparé de Stacy.

El hombre asintió.

Cavano había mentido al jurar sobre la tumba de su marido, pero era una buena católica. Desde su punto de vista, todo podía arreglarse con cinco minutos en el confesionario.