La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 58 de 72

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La bóveda

Capítulo 57

 

Tyler tenía la sensación de que llevaban varios días en los túneles, aunque su reloj le dijera que apenas había transcurrido una hora. A mitad de camino había resonado entre los muros un estruendo parecido a un trueno. Tenía que ser la bomba trampa a la que Orr se había referido al hablar de una fea sorpresa para Cavano. Orr incluso sonrió satisfecho al oír la explosión. Tyler esperaba que Grant hubiera entendido el mensaje que le había escrito en el papel arrancado de la traducción del códice.

Sólo algunos pasadizos eran tan estrechos como el primero, así que a menudo caminaban los cuatro juntos. En una ocasión, Tyler vio a Orr haciendo una muesca en la pared de un túnel que acababan de recorrer, posiblemente para encontrar el camino de vuelta. Seguramente confiaba en que Cavano no estuviera en condiciones de seguirlos, pero él prefirió creer que Grant había sobrevivido a la explosión y acabaría siguiendo las marcas.

Arquímedes había fabricado el geolabio para que fuera manejado por alguien que entendiera su razonamiento matemático. Después de haber resuelto la fórmula del códice, el uso del instrumento era relativamente sencillo, pero eso no se lo iba a decir a Orr.

Casi todos los cruces tenían cuatro túneles, pero también había de tres y de cinco. Para saber por dónde ir, había que girar el botón superior en el sentido de las agujas del reloj para que el disco superior moviera el mismo número de signos zodiacales que túneles hubiese en el cruce. Luego había que girar el botón inferior el mismo número de veces, pero en dirección contraria a las agujas del reloj. Hecho esto, Tyler daba la vuelta al geolabio y el disco posterior mostraba el túnel correcto, mientras que la aguja que marcaba las seis en punto señalaba el túnel por el que habían llegado. Después del décimo cruce, aún no había visto que el disco señalara las seis. Ya que el geolabio no indicaba el camino de vuelta, esperaba haber interpretado correctamente las instrucciones de Arquímedes.

En dos ocasiones dieron con cisternas parcialmente llenas. Tyler supuso que a veces los túneles se llenaban con agua de lluvia durante los aguaceros. Cabía la posibilidad de que los acueductos sólo hubieran llevado agua de vez en cuando, lo que habría hecho el camino más fácil para el espía de Arquímedes.

Mientras andaban, no perdía de vista a Stacy. Iba retraída, callada. Varias veces le había parecido que estaba a punto de decirle algo, pero luego desistía y miraba a otro lado. Vergüenza, angustia, miedo… Tyler no sabía la razón, aunque no había nada por lo que la muchacha debiera pedir disculpas. De hecho, era él el que tenía que disculparse ante ella. Después de repasar todos los sucesos de aquel día, recordó uno que lo convenció de la inocencia de Stacy. Permitiría que Orr continuara con su farsa mientras pudiese, pero en el momento oportuno tendría que pasar a la ofensiva y, cuando lo hiciera, necesitaría la ayuda de la joven.

Al doblar una esquina, vieron que el pasadizo terminaba en el centro de un túnel en pendiente que corría hacia la izquierda y hacia la derecha. El grupo había subido y bajado muchas veces desde que se había internado en los túneles, pero en general había permanecido al mismo nivel. El túnel ascendente terminaba de manera abrupta en una pared de ladrillo.

—¿Qué coño? —exclamó Gaul.

—¿Qué antigüedad crees que tienen estos ladrillos? —preguntó Tyler a Stacy.

—Al menos dos mil años.

—Quizá no querían que nadie encontrara la tumba de Midas —sugirió Orr.

—Entonces, ¿por qué no han sellado el camino que acabamos de recorrer? — señaló Tyler.

—No lo sé. Usted es el ingeniero. Dígamelo.

—Puede que no tenga nada que ver con Midas —aventuró Stacy—. La tablilla decía que el espía del rey de Siracusa buscaba una entrada en la fortaleza romana. Quizás este camino conduzca a la fortaleza, y los romanos trataran de impedir el paso.

—No importa —dijo Orr—. Parece que hemos ido más allá de la madriguera del conejo.

El túnel descendente se prolongaba alrededor de sesenta metros y por él llegaron a una cámara de seis metros de largo por tres de ancho. En el extremo opuesto había un estanque de agua que ocupaba todo el largo del recinto y medía un metro de anchura. El estanque estaba atravesado por una especie de puente de piedra que terminaba en la pared. Tyler miró en todas direcciones, pero no había más túneles.

Era un callejón sin salida.

—¿Es una broma? —inquirió Orr.

Tyler lo miró sorprendido.

—No, el geolabio nos ha traído aquí.

¿Habría interpretado mal las instrucciones?

—Si es así, Tyler, voy a apretar el botón. Será mejor que se le ocurra algo para convencerme de que no ha estado engañándome todo este tiempo.

Tyler fue muy consciente del cinturón explosivo que se le clavaba en el estómago mientras avanzaba hasta el extremo para inspeccionar la pared.

Una ranura casi invisible la cruzaba a un metro ochenta de altura. La superficie era de la misma toba volcánica que habían visto en todos los túneles, pero en algunos sitios la piedra gris dejaba al descubierto el material blanco que había debajo, como si la toba fuera simplemente una capa delgada. Tyler rascó el material blanco con una uña, pero no se descamaba como la toba. De hecho, era como si se hubiera limado la uña, casi como si…

Giró el geolabio. El disco señalaba Acuario, que en latín significaba aguador. Tenía que ser una pista.

—¿Qué sucede? —preguntó Stacy.

Tyler se arrodilló y enfocó el agua con la linterna, cuya luz llegaba hasta metro y medio de profundidad, dejando el fondo a oscuras.

Sonrió al comprender el ingenio de los ingenieros de la Antigüedad.

—Eureka —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Stacy.

—Toca esto —dijo, señalando la piedra blanca que había debajo de la toba volcánica.

Ella la rozó con los dedos.

—¿Qué está pasando? —preguntó Orr.

—Se parece a lo que utilizo para hacerme la pedicura —sugirió Stacy—. ¿Piedra pómez?

—Exacto —repuso Tyler—. ¿Sabes que el noventa por ciento de la piedra pómez es aire?

—¿Y eso que importa? —preguntó Orr.

—Es la única piedra que flota. La expulsan algunos volcanes, como el Vesubio. Flota tan bien que algunos científicos creen que ciertas plantas y animales emigraron atravesando el Pacífico sobre placas de piedra pómez expulsadas por los volcanes de Indonesia.

—¿Adónde quiere ir a parar?

—Esta pared está hecha de piedra pómez hasta la ranura. La capa de toba volcánica es simplemente para disimularla. La pared está flotando.

Orr parecía confundido. Miró al agua.

—¿Eso es posible?

—Unieron los ladrillos de piedra pómez. Cuando el estanque se llena, las guías laterales mantienen en su sitio los extremos de la pared mientras se eleva, hasta quedar firmemente pegada al techo.

—Y nadie sabría nunca que se trataba de una puerta —dijo Stacy con una voz que reflejaba su asombro—. Tiene sentido que Midas se asegurara de que su tumba quedaba bien protegida. Los ladrones de tumbas eran una pesadilla en la Antigüedad, sobre todo porque muchos reyes querían ser enterrados con todos sus tesoros.

—Como los faraones.

—Un momento —objetó Orr—. Cuando Gia y yo encontramos la cámara, hace veinte años, no había ninguna puerta.

—Es probable que este estanque se llene gracias a un manantial. Si aquel año hubo sequía, el nivel del estanque pudo haber descendido lo bastante para bajar la barrera.

—Ahora lo recuerdo —dijo Orr con expresión abstraída—. Llegamos a una cuesta y cruzamos un puente. Había olvidado ese detalle. Tiene que ser éste.

—¿Podemos pasarlo a nado por debajo? —preguntó Gaul.

—Lo dudo —dijo Tyler—. La pared flotante no serviría para nada si se pudiera.

—¿Cómo la abrimos entonces?

—Tiene que haber una palanca o algo parecido que vacíe el estanque —aventuró Tyler—. Cuando se quede sin agua, la pared bajará y podremos pasar.

Recorrió la cámara, pero no vio ni rastro de botones, interruptores o palancas.

Entonces se le ocurrió dónde podía estar.

—Está en el agua. Debe de ser algo así como el tapón de una bañera. Lo quitamos y el agua se irá. Quíteme el cinturón y lo haré yo.

Si se metía en el agua con un cinturón lleno de componentes electrónicos, podía causar un cortocircuito que hiciera estallar la bomba.

—No —dijo Orr—. No me fío de usted. ¿Y si hay un camino por el que pueda escapar?

—Es la única manera de cruzar al otro lado —insistió Tyler, mirando a Orr y a Gaul— y, si no lo hago yo, supongo que tendrá que hacerlo uno de ustedes.

—No —ordenó Orr—. Gaul, quítale el cinturón a Stacy y dale una linterna.

La joven lo fulminó con la mirada al oír que iba a ser ella quien buceara en la líquida lobreguez.