La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 64 de 72

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La bóveda

Capítulo 63

 

Durante unos momentos Tyler no supo qué había sucedido. A sus oídos llegó un estruendo que parecía proceder de todas partes.

Cuando recordó su nombre, se puso en pie. Dos linternas funcionaban aún. Miró alrededor y vio a Stacy tendida boca abajo. No se movía.

Ella lo había salvado. Si hubiera estado de pie al explotar la bomba, habría quedado pulverizado contra la pared del fondo.

La volvió suavemente. Le manaba sangre de un costado, por encima de la cintura. Una herida de metralla. Le levantó la camisa y vio un corte de ocho centímetros de longitud. Rasgó un faldón de su camisa y lo apretó contra la herida. Era imposible saber qué profundidad tenía.

Stacy entreabrió los ojos.

—Me duele —murmuró con voz más irritada que otra cosa.

—Lo sé. Pero te pondrás bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eres una mujer dura de pelar. Ahora quédate quieta y sujeta esto. Voy a ver si Grant está bien.

Cogió una linterna y se acercó al borde. Iluminó la parte de abajo y vio a su amigo caído detrás del pedestal.

—¡Grant! ¡Levántate!

Oyó un gemido por toda respuesta.

—¿Es que no puede uno descansar un ratito?

Tyler empezaba a oír mejor. Pensaba que el zumbido de los oídos era efecto de la explosión, pero el volumen iba en aumento. Miró abajo y vio una grieta en la pared por la que salía agua. El estanque empezó a desbordarse y el agua se extendía por el suelo en dirección a Grant.

—¡Grant! —gritó—. ¡Sube tu culo al pedestal ahora mismo!

La grieta se abrió un poco más y el agua comenzó a caer en el pozo.

Grant se había puesto en pie y vio el agua corriendo hacia él. Se subió al pedestal y no paró hasta estar encima de la cabeza de la estatua. El agua se estrellaba contra un lado, pero él estaba en una posición suficientemente elevada y no corría peligro. Sin embargo, sólo era cuestión de tiempo que el pozo se inundara y acabase sufriendo la misma horrible muerte que Sal.

Él y todos los demás.

Un grito procedente del otro lado de la cámara atrajo su atención.

—¡Tyler! Pensaba que estarías muerto.

Era Orr. Había vuelto después de desatarse los cordones de las muñecas. Tyler no sabía si había vuelto para ver si estaban todos muertos o para fanfarronear.

—Esto no ha terminado, Orr —sentenció.

—A mí me parece que sí. Claro que podrías salir nadando, pero sería algo doloroso.

El agua ya había subido un metro y no se detenía.

—Antes de librarte a tu suerte, para que pases aquí otros dos mil años —añadió Orr—, creo que te gustaría saber que tu padre está muerto. Y Carol Benedict también.

—¡Hijo de puta!

—Sí, ya estaban muertos cuando os vi esta tarde, y ahora podéis meditarlo durante el resto de vuestra corta y desgraciada vida mientras yo me voy a disfrutar del botín. —Se señaló el ojo—. Y en cuanto a esto, una pequeña intervención de cirugía plástica podrá solucionarlo. ¡Ciao!

Esbozó una sonrisa de satisfacción, se despidió con la mano y desapareció, convencido de que Tyler pronto sería un lejano recuerdo.