La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 9 de 72

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La bóveda

Capítulo 8

 

Sherman Locke reía tan fuerte que los ocho componentes de la mesa se volvieron a mirarlo. Sin hacerles caso, cortó otro trozo de filete, aún riendo y sacudiendo la cabeza ante la oferta de Miles Benson.

El Capital Club se había reservado para que los oficiales de alto rango del ejército, los oradores principales y los patrocinadores de la Cumbre sobre Armamento No Convencional se reunieran durante el almuerzo. Gordian Engineering era un importante patrocinador, así que era lógico que Miles, el presidente de la compañía, aprovechara la ocasión para ocupar la mejor mesa del restaurante. Sherman había accedido a comer con él para hablar de negocios, pero aquella propuesta era ridícula.

Sherman dio un sorbo a su té helado y dijo:

—Está bromeando, ¿no es cierto?

—Escúcheme, general —repuso Miles.

—Tyler nunca lo aprobaría.

—Él no toma las decisiones en Gordian. Las tomo yo.

—Vamos, Miles. ¿Qué le hace pensar que duraríamos dos semanas en la misma compañía?

—Ni siquiera trabajarían en la misma ciudad. Nos encantaría tener a alguien de su categoría en la capital como enlace para nuestros contratos militares.

—No a todo el mundo le gustaría.

Con cinco años de servicio como general de dos estrellas en la Fuerza Aérea, Sherman no tenía más remedio que retirarse. Había un límite para el número total de generales, así que o ascendía o se iba, y no tenía ninguna posibilidad de conseguir tres estrellas, así que por primera vez en treinta y cinco años, el general de división Locke estaba buscando trabajo.

—¿Ya le ha hecho alguna oferta la Agencia de Reducción de Amenazas para la Defensa? —preguntó Miles.

El último cargo de Sherman había sido de subdirector del Centro de Mando Estratégico para Combatir Armas de Destrucción Masiva.

En coordinación con la dependencia civil adjunta, la Agencia de Reducción de Amenazas para la Defensa, su responsabilidad había consistido en desarrollar estrategias y tácticas para luchar contra las armas de destrucción masiva.

—Todavía no —respondió Sherman, masticando el último bocado de carne.

—Sea la que sea, la doblaré.

—Estoy considerando varias ofertas en estos momentos. ¿Cómo sabe que puede contratarme?

—Mi general, sea cual sea su precio, lo vale. Ha estado implicado en algunos de los mayores programas de desarrollo de armas de los últimos diez años. Conoce a todo el mundo y todo el mundo lo escucha. Gordian es la compañía privada de ingeniería más grande del mundo. Podemos colaborar en prácticamente cualquier proyecto en que el ejército tenga que recurrir a contratistas civiles. Eso a mí me suena a toneladas de sinergia.

—¿Sabe Tyler lo que me está proponiendo?

—Se subiría por las paredes si supiera que estoy hablando con usted. —Miles lo miró a los ojos al decir esto. Directamente. Sin apartar la mirada. A Sherman le gustaba aquello. No habría esperado menos de un exoficial del ejército.

Sherman y su hijo tenían una relación algo tirante. Aunque últimamente habían empezado a remediarlo, trabajar en la misma compañía podía ser contraproducente, sobre todo en una compañía que Tyler había fundado con otros. Sin duda vería la contratación de su padre como una intrusión en su espacio. Por otra parte, pasar más tiempo juntos podía ayudarlos a limar asperezas, algo que Sherman tenía más ganas de hacer conforme envejecía.

—Muy bien —dijo—. Sólo por curiosidad, ¿en qué consistiría el trabajo?

—Tendría que hacer de enlace con los jefes y generales del Pentágono sobre asignaciones que pudieran convertirse en negocios para Gordian. Parte de su misión sería revisar futuros programas y análisis de desarrollo armamentístico para decidir si la experiencia de Gordian sería la adecuada. Por supuesto, tendría un equipo de colaboradores a su disposición y podría ser socio de pleno derecho tras dos años en la compañía.

—¿Así que sería un vendedor?

—No. Tenemos gente para eso, pero necesito alguien que conozca cómo se evalúan y distribuyen las propuestas del Pentágono.

Sherman se recostó en la silla y observó el techo. Había tenido el mando de aviones de combate, de toda la Primera Flota Aérea, y de un departamento de miles de personas cuyo trabajo consistía en proteger a la nación de las armas más espantosas que pudieran imaginarse. No le gustaba la idea de convertirse en una especie de auxiliar administrativo con corona de laurel.

—No lo sé —anunció finalmente.

—Prométame al menos que lo pensará. Ya sé que el dinero no es lo que más le importa, pero los repartos de beneficios anuales han sido espectaculares últimamente.

—Vaya, así es como Tyler se permite la casa de la colina.

—Se ha ganado cada penique —dijo Miles—. Se encarga de las tareas más duras sin inmutarse. Yo lo conocí cuando daba clases en el MIT. Fue alumno mío. Tyler tenía una combinación de cerebro, creatividad y arrestos que era muy rara. Única, diría yo.

—Ha olvidado mencionar que es un cabezota y que siempre cree tener razón.

—Normalmente la tiene.

—Y nunca escucha a su padre.

—¿Cuántos hijos lo hacen? Oiga, sé que tiene sus defectos, es un grano en el culo cuando le pido que se ocupe de algún trámite burocrático, pero debería estar orgulloso de él.

—Lo estoy. Pero es que a veces es más terco que una mula.

Sherman notó que le tocaban el hombro. Se volvió y vio a un camarero.

—Disculpe, señor —dijo—. Un caballero ha solicitado verlo. Dice que es urgente.

Le señaló a un oficial que estaba en la puerta del restaurante.

—¿Me disculpa, Miles?

—Por supuesto.

Sherman se puso en pie y se dirigió adonde estaba el oficial.

—¿Sí, capitán? —inquirió. El marbete decía «Wilson». Sherman no lo conocía.

—Mi general, siento interrumpir su almuerzo, pero me han pedido que lo conduzca a una reunión que tiene lugar en la Agencia de Reducción de Amenazas para la Defensa. Ha surgido un asunto y quieren consultarle.

—¿Ahora?

—Dijeron que era muy urgente.

—¿De qué se trata?

—No lo sé, mi general. Sólo me han dicho que viniera a buscarlo.

—Podían haber llamado. ¿Quién ha organizado la reunión?

—El general Horgan solicitó su presencia.

—Me pregunto en qué andará metido Bob.

La frase era retórica, pero aun así Wilson se encogió de hombros.

—No lo sé, mi general.

—Muy bien. En un minuto estaré con usted, capitán.

Sherman volvió a la mesa para recoger su maletín.

—Parece que me necesitan en otra parte —informó a Miles.

—Podríamos seguir hablando de negocios más tarde, mientras tomamos una copa.

—Si puedo volver, no hay problema. Tiene mi número. Llámeme cuando esté en el bar.

Se estrecharon la mano y Sherman se dirigió a la puerta con el maletín.

—Muy bien, capitán, le acompaño.

Entraron en el ascensor. Un camarero del hotel se unió a ellos.

—Planta del aparcamiento, por favor —dijo el capitán, y el empleado del hotel apretó el botón.

Mientras bajaban, Sherman se quedó mirando una de las condecoraciones del capitán. Las cintas de la camisa de un militar indicaban las condecoraciones y menciones que había recibido. Sherman no supo por qué una de las cintas le parecía fuera de lugar hasta que recordó lo que significaba.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron al aparcamiento subterráneo. El capitán Wilson sujetó las puertas, pero Sherman no se movió.

—Muy bien, ¿quién es usted? —preguntó. El empleado del hotel se alisó la chaqueta mientras los miraba.

—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó el capitán con aire inocente—. Tiene que venir conmigo.

—No pienso ir a ninguna parte con un idiota que no sabe que es cuarenta años demasiado joven para poder llevar eso —puntualizó, señalando la cinta amarilla, roja y verde del pecho del supuesto capitán. El hombre, confuso, bajó la vista.

—No entiendo a qué se refiere, señor.

—Es la cinta de una medalla por servicios en Vietnam, genio —dijo Sherman—. ¿Ha cogido prestado el uniforme de papi?

Wilson sonrió.

—Vaya, me ha pillado, mi general. Y yo lo he pillado a usted.

Fue entonces cuando Sherman se dio cuenta de su error. Había supuesto que estaba a salvo con el empleado del hotel como testigo. Pero Wilson le hizo una señal y el hombre arremetió contra él. Antes de que pudiera esquivar el golpe, le clavaron dos puntas de metal en un costado. Sherman cayó al suelo retorciéndose de dolor cuando cincuenta mil voltios le atravesaron el pecho.