La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 55 de 72

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La bóveda

Capítulo 54

 

Orr no perdía detalle mientras Tyler y Stacy permanecían inclinados sobre el geolabio y alumbraban con una linterna las páginas copiadas del códice que les había dado. Mientras Tyler hablaba, Stacy tomaba notas en las páginas con un lápiz. Él se había negado a trabajar con ella hasta que Gaul le hizo probar la Taser.

Aquellas tres páginas habían sido el as que Orr se había guardado en la manga. Sabía que sin ellas, ninguno de los dos podrían encontrar la cámara de Midas. No en aquel laberinto que tenían delante.

El suelo de la cisterna, la cámara donde habría tenido que estar el agua del pozo, estaba unos cuarenta y cinco metros por debajo de la iglesia, y el techo, perforado por la boca del pozo, se elevaba tres plantas por encima de sus cabezas. El suelo de la cisterna estaba tres metros más abajo que el de los túneles, para poder alojar el agua. Ahora que los acueductos estaban cerrados, la cisterna estaba seca. Unos escalones llevaban a cada uno de los túneles.

Orr acarició la toba gris claro de las paredes de la cámara. La ceniza volcánica del Vesubio, que entraba en erupción regularmente desde que había seres humanos en Nápoles, era tan maleable en estado sólido que los primeros colonos griegos habían extraído toneladas para utilizarla como material de construcción. Pronto se dieron cuenta de que los túneles resultantes podían utilizarse como acueductos para transportar agua a los habitantes de la ciudad. La red de túneles fue creciendo cuando los romanos, que arrebataron la ciudad a los griegos en el siglo III, extrajeron la toba para hacer el mejor cemento de Europa, levantando estructuras que seguían en pie más de dos mil años después.

Respirar aquel aire húmedo y oír el eco sordo de sus propias voces le hizo recordar vivamente su visita a Nápoles, durante la que había jugado con Gia Cavano en los túneles, a pesar de las advertencias de sus padres. A algunos niños les daba miedo la oscuridad y los túneles cerrados, pero Orr podría haber pasado todo el día explorándolos, maravillándose de la hazaña que los antiguos habitantes habían realizado al excavarlos.

Aquellas gentes habían sido tan tenaces e industriosas como las ardillas. Cuatro túneles salían de la cisterna. Si no las hubiera buscado, no habría visto las letras griegas grabadas en la roca, a la derecha de cada uno de los túneles. Alfa, lambda, sigma y my. De alguna manera, el geolabio les conduciría en la dirección correcta.

—¿Hacia dónde vamos?

Tyler no levantó la vista.

—Estamos tratando de averiguarlo.

—Trabajen más rápido. Si veo que se entretienen, alguno acabará con un agujero en la barriga del tamaño de un plato.

Stacy palideció. No era su intención engañarlo.

—Trabajamos lo mejor que podemos —dijo Tyler.

—Acaba de darnos los medios —dijo Stacy—. Puede que tardemos.

—Puede que no tengamos mucho tiempo —replicó Orr.

—¿Por qué no? —preguntó Tyler.

—Porque es muy posible que Gia Cavano ya esté en camino.

—¡Maldito hijo de puta! —exclamó Stacy—. ¿Le ha dicho dónde estamos?

—Necesitaba que quitara de en medio a su amigo Grant Westfield. O Gia lo ha matado o, mejor aún, lo ha convencido de que la conduzca hasta nosotros. Si no nos sigue, estupendo. Y si nos sigue, tengo una sorpresa esperándola.

—¿Qué sorpresa? —preguntó Tyler.

—Una muy fea. Vuelvan al trabajo, vamos.

Tyler se quedó mirándolo. Fue sólo un momento, pero Orr olvidó que tenía el control y aquella mirada le produjo alguna inquietud. Tyler volvió a concentrarse en el geolabio. Orr no pudo menos de sorprenderse del alivio que experimentó. Acarició los detonadores del cinturón y se sintió mejor.

Los dos siguieron trabajando con el geolabio y las instrucciones del documento. Por lo que Orr colegía, tenía que ver con principios matemáticos que entendía a duras penas. Tyler empuñó el lápiz e hizo unos cálculos. Stacy parecía confusa por las consultas que éste le hacía, pero aun así le proporcionaba las traducciones en cuanto le preguntaba.

A los diez minutos, Tyler se puso en pie con el geolabio.

—¿Ya lo ha descifrado? —preguntó Orr con ansiedad.

—Sí.

Si en la mente del ingeniero quedaba alguna duda, no lo notó.

—¿Cómo funciona?

Tyler negó con la cabeza.

—Es muy difícil de explicar.

—Tonterías.

—Tiene razón. Es que no quiero decírselo. Por razones obvias —adujo, señalándose el cinturón con el explosivo.

Orr sonrió.

—Es usted inteligente. Pero yo iré poniendo señales en los túneles por los que pasemos. Si pretende hacerme perder el tiempo llevándome por el camino que no es o veo que volvemos hacia atrás, no habrá ninguna razón para que no vuelen los dos por los aires, ¿entendido?

—Entendido.

—Bien, ¿por dónde vamos?

Orr vio que Tyler giraba el botón superior del geolabio. Cuando el disco se detuvo, volvió la cabeza hasta que vio el túnel marcado con la letra sigma. La entrada no medía más de un metro de anchura.

—Por ahí —dijo, cogiendo el lápiz y el papel.

—¿Está seguro? —preguntó Orr en tono amenazador.

—Es lo que dice Arquímedes.

Orr no vio peligro alguno en dejar que Tyler y Stacy vieran adónde iban, así que les dio una linterna a cada uno. Las luces proyectaban sombras inquietantes en medio de aquella oscuridad. El pasadizo tenía forma redonda y sólo permitía el paso de una persona. Gaul entró primero, luego Stacy y detrás Tyler. Cuando éste se hubo adelantado un trecho, Orr los siguió.

A los pocos metros, sacó un chicle, lo deslió, se guardó la goma de mascar en el bolsillo, arrugó el envoltorio y lo dejó en el suelo. La bolita de papel de estaño reflejó la luz de su linterna produciendo un destello apagado. Cavano encontraría el envoltorio y sabría qué camino tomar.

A los doce metros salieron a otra cisterna tan grande como la anterior, de la que partían otros tres túneles. Esta vez no había letras griegas que los orientasen.

—¿Qué ha pasado con las señales? —preguntó Orr.

—Ya no habrá más —anunció Tyler—. De ahora en adelante será el geolabio el que nos diga qué camino seguir.

Señaló el túnel de la derecha.

Orr entendía ahora por qué el geolabio era su guía. El espía del rey de Siracusa debió de trazar el plano mientras caminaba, quizá trazándose marcas en el brazo con carbón para recordar la dirección de cada giro. No había querido señalizar las paredes con indicaciones que pudieran conducir a los romanos al tesoro. Pero cuando el espía encontró la salida, supo que tendría que indicar qué túnel era el punto de partida y garabateó una letra al lado de cada túnel, inmediatamente por debajo del nivel del agua de la cisterna.

Orr utilizó el cuchillo para trazar en la pared una pequeña equis en la boca del túnel por el que acababan de entrar, para saber cuál era la salida una vez que se librara de Tyler y Stacy. Luego los envió por el siguiente túnel mientras él se quedaba atrás.

Se arrodilló y abrió la mochila. Sacó una mochila más pequeña, preparada especialmente por Crenshaw. Parecería un simple objeto que se hubieran dejado olvidado durante la exploración. En realidad contenía bombas de fósforo con un peso total de cinco kilos. La cremallera estaba abierta a medias.

No le cabía la menor duda de que Cavano recorrería aquel camino con sus hombres. No perdería la ocasión de ver de nuevo la cámara de Midas. Seguiría el rastro de los envoltorios de chicle, y cuando el grupo llegara a aquella cisterna, sentiría curiosidad por ver lo que había perdido Orr. Cuando uno de sus hombres abriera la cremallera o levantara la mochila, explotarían las bombas, llenando de fósforo incandescente el estrecho espacio y causando una muerte horrible a todos los que estuvieran con ella.

Orr preparó la trampa y se puso en pie, cargándose la otra mochila a la espalda. Frunció el entrecejo al subir los peldaños que conducían al túnel. El único fallo del plan era que no vería a Cavano abriendo el paquetito sorpresa.