La bóveda
Capítulo 24
Tras deshacerse en disculpas, Lumley volvió a su despacho, dejando solo a Grant. Mientras andaba por el pasillo lleno de esculturas y vasos griegos, el exluchador envió un mensaje a Tyler para decirle que alguien se había olido lo del códice y advertirle que tuviera cuidado. Su amigo respondió al momento.
Demasiado tarde. Ya nos hemos enterado. Nos veremos en Heathrow.
No era muy alentador, pero de momento tenía que ocuparse de su propia situación. No le cabía duda de que podía vencer en una pelea al hombre que había visto, pero un altercado atraería a la policía y eso complicaría las cosas. Si era necesario, demostraría su dominio del krav maga, un estilo de lucha perfeccionado por los comandos israelíes, pero recordó un viejo chiste sobre el mérito de las artes marciales. Cuando dijeron a un anciano que el kárate era la forma más antigua de autodefensa, el hombre respondió: «No hay forma más antigua que echar a correr».
Correr no era algo que Grant hiciera a menudo, porque la rapidez no era su fuerte. Su fuerte era la fuerza. Se colgó la mochila de los hombros para tener los brazos libres y miró su plano del museo. Había una sala más allá de la galería de los Mármoles de Elgin. Sólo había dos salidas. Podía retroceder para salir por el Gran Patio o podía seguir adelante, en dirección a la tienda de regalos y recuerdos.
No le gustaba retroceder. Adelante. Cuando saliera, iría al metro y se perdería entre la multitud de usuarios.
El hombre iba diez metros detrás de él. Grant vio su reflejo en las vitrinas de cristal.
Con las mejillas cubiertas de granos reventados y las cejas peludas y negras, aquel tipo no iba a ganar un concurso de dobles de Brad Pitt. Pero lo que no tenía de atractivo lo compensaba con el tamaño. Era al menos diez centímetros más alto que él y abultaba como un oso. El único lugar en que pasaría inadvertido sería los vestuarios de un equipo de fútbol americano.
El tipo se comportaba como si no hubiera nadie que se atreviera a meterse con él, lo que significaba que se las arreglaba mejor con la intimidación y la fuerza bruta que con cualquier otra habilidad, así que a Grant no le preocupaba la posibilidad de un enfrentamiento. Lo único que tenía que hacer era despistarlo antes de que recibiese refuerzos.
Al cruzar la siguiente puerta de arco, Grant dobló a la izquierda, recorrió dos galerías y pasó por delante de la tienda de regalos de la entrada principal. Fuera había un camino despejado que cruzaba el patio y llegaba a la verja. La estación de metro más cercana estaba a tres manzanas.
Pero al llegar a la verja vio que no llegaría tan lejos. En el momento exacto en que salía, dos hombres bajaron de un BMW y le impidieron el paso. Parecían parientes del grandullón que lo perseguía, pero más feos. Uno lucía un bigote delgado y tan perfectamente recortado que debía de emplear una hora en arreglárselo, y el otro tenía un pico de viuda tan agudo que podía considerarse un arma.
Grant se volvió y vio que el tipo que lo seguía había ganado terreno y estaba ahora a tres metros de distancia.
El del bigote llamó Sal al grandullón y dijo algo en italiano.
—Sí —respondió Sal—. Señor Westfield, usted venir con nosotros.
Grant miró a los tres tipos, que lo habían rodeado ya.
—¿Y si no me apetece?
Sal se abrió el abrigo y le enseñó una pistola enfundada para darle a entender que no podría alejarse ni diez metros sin convertirse en diana.
—No sé si sabéis que es ilegal llevar esas cosas en Londres —dijo Grant—. Podríais tener problemas si los bobbies os pillan con ellas.
—Usted tiene problemas.
—Os ha enviado Gia Cavano, ¿verdad?
Sal parpadeó al oír el nombre.
—Entre en el coche.
—¿De veras queréis organizar un escándalo aquí?
Sal, confundido, entornó los ojos. Cabía la posibilidad de que no le hubiera entendido.
—Entre en el coche.
Los tres hombres se acercaron. Grant se quedó quieto, con los músculos tensos.
—¿Queréis que suba al coche?
—Ya.
Estaban a menos de dos metros de él.
—No tengo más remedio que deciros que os vayáis a tomar por culo —dijo Grant. Suscitó exactamente la respuesta que esperaba. Sal hizo un gesto a los otros dos, que se dispusieron a sujetar al exluchador por los brazos.
Fueran quienes fuesen, eran matones de barrio que no se habían entrenado, como él, para el combate cuerpo a cuerpo. En caso contrario no habrían atacado de un modo tan abierto.
Grant levantó el brazo y golpeó al hombre del bigote en la nuca con una fuerza brutal. Antes de que el tipo del pico de viuda pudiera reaccionar, echó el codo hacia atrás y le dio en la sien. Ambos hombres cayeron al suelo, uno encima del otro.
Durante el tiempo que tardó en dejar fuera de combate a los dos hombres, Sal sacó la pistola, pero cometió el error de estar demasiado cerca. Grant le dio con el canto de la mano en la muñeca y la pistola cayó en la acera. Luego le propinó un rodillazo en la entrepierna. Simple, pero efectivo. Sal cayó de rodillas y se dobló con las manos en la horcajadura y gritando de dolor.
Como muchas otras peleas que había tenido Grant, aquélla había durado menos de cinco segundos. Sacudiendo la cabeza por la facilidad con que se había deshecho de los tres hombres, rebuscó en sus chaquetas y les quitó las pistolas. Sacó los cargadores y arrancó los cierres de las tres armas antes de tirarlas al suelo. No había razón para facilitarles la cacería, así que se acercó al coche, que todavía estaba en marcha, se quitó la mochila y subió. Recorrería tres manzanas con el BMW, hasta la estación de metro, y lo dejaría allí.
Mientras pisaba el embrague y movía el cambio de marchas, sonrió a los hombres tirados en el suelo.
—Esto es un aviso, Sal —gritó por la ventanilla—. La próxima vez, trae más hombres.
Luego pisó el acelerador y dejó a Sal aún de rodillas, gritándole maldiciones. Grant no sabía lo que decía, aunque en italiano parecía tener mucho estilo.