La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 18 de 72

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La bóveda

Capítulo 17

 

Cuando Stacy y Tyler llegaron a la conclusión de que su siguiente paso era volar a Inglaterra, ella supuso que se dirigirían al aeropuerto internacional de Seattle-Tacoma y que tendrían que soportar ocho horas de viaje en una línea aérea comercial hasta Heathrow. Por el contrario, apenas hora y media después de que Tyler explicara a Miles por qué necesitaban un avión, ya estaban despegando de Seattle. Era el primer vuelo que hacía en un reactor particular e iba en un espacioso asiento de cuero y acompañada sólo por otros dos pasajeros, Tyler y Grant.

A pesar de la experiencia cercana a la muerte que había vivido en el ferry, o quizá debido a ella, Stacy se deleitó con aquel lujo. Podía acostumbrarse a él.

—¿Siempre viajas así? —preguntó a Tyler cuando los motores se pusieron en marcha y el avión se movió hacia la pista de despegue.

—No —respondió—. Normalmente voy en la cabina.

—¿También eres piloto? No recuerdo ese detalle cuando preparé la entrevista que te hice.

Él se encogió de hombros como si no tuviera importancia.

—No me pareció relevante.

—¿Bromeas? ¿Un atractivo ingeniero que también es piloto? A mis espectadores les habría encantado.

Grant se inclinó hacia Stacy.

—Puede que tenga un doctorado en ingeniería mecánica y sea capaz de desactivar bombas y pilotar aviones, pero no dejes que eso te confunda. Es un fan secreto de Star Trek.

—¿Y tú? —replicó Stacy—. Supongo que además de ser exluchador, ingeniero electrónico licenciado en la Universidad de Washington y miembro de los SEAL del ejército…

—Eh, eh, oh. No tengo por qué tolerar esos insultos. Los SEAL son de la Marina. Yo fui artificiero y luego Ranger.

—Discúlpame. Además de todo eso, supongo que también pilotas aviones.

—¿Yo? Cielos, no.

—Gracias a Dios. Pensaba que estaba en una reunión de Superhombres Anónimos.

—Sólo conseguí el permiso para pilotar helicópteros.

Stacy elevó los ojos al techo.

—Creo que la próxima vez te invitaremos a ti al programa.

El avión levantó el vuelo hasta alcanzar la altura de crucero. Tyler se aclaró la garganta.

—Me gustaría sumarme al resumen de Grant hablándote de su adicción a los programas de ligues concertados…

—¡Eh! —protestó su amigo.

—… Pero será mejor que nos dediquemos a idear un plan para cuando lleguemos a Londres y luego demos una cabezada.

Los tres se desabrocharon el cinturón de seguridad y se sentaron alrededor de una mesa. Abrieron un ordenador portátil para ver el archivo con la traducción del códice de Arquímedes.

—¿A qué hora aterrizaremos? —preguntó Stacy.

—A eso de las dos de la tarde, hora local —dijo Tyler—. Creo que tenemos tiempo suficiente para decidir alguna cosa.

—Sabía que eras un adicto al trabajo.

—Sólo trato de ser eficiente. De hecho, creo que deberíamos separarnos cuando lleguemos.

—Vaya —se quejó Grant—. ¿Podemos retroceder un poco? Yo llegué tarde. Exactamente, ¿por qué vamos a Inglaterra?

—¿Quieres la respuesta larga o la corta? —repuso Stacy.

—Tenemos unas cuantas horas antes de que pueda dormir, así que elijo la larga.

—¿Has oído hablar del Mecanismo de Anticitera? —preguntó Stacy.

—Tyler lo mencionó cuando estaba fabricando el geolabio.

A través de la conexión con Internet del avión, Stacy le enseñó una foto de tres piezas de bronce corroído, la mayor del tamaño de un pomelo. En cada una de las piezas podía verse un intrincado mecanismo.

—Es como si alguien se hubiera dejado el reloj bajo la lluvia durante mil años — sugirió Grant.

—Durante dos mil años —replicó Tyler. Cuando lo habían hablado antes, le había dicho a Stacy que había investigado el Mecanismo de Anticitera al darse cuenta de que era muy parecido al geolabio que le habían mandado construir.

—Encontraron esas piezas en un naufragio, cerca de la isla de Anticitera, en 1900 —dijo Stacy—. Durante años nadie les hizo mucho caso, hasta que un arqueólogo se dio cuenta de que no hubo nada tan sofisticado hasta mil quinientos años después. Algunas personas dicen que es el primer ordenador analógico del mundo. Sería como encontrar un IBM escondido en la mazmorra de un castillo medieval.

—¿Qué hace ese ordenador? —preguntó Grant.

—Hace años que se discute, pero la mayoría de los científicos cree que se utilizaba para predicciones astronómicas de algún tipo. Movimientos planetarios, solsticios y equinoccios, quizás incluso para calcular eclipses solares. Los ciclos para sembrar y el culto religioso dependían del conocimiento del calendario y los sucesos importantes, y este chisme podría haber sido utilizado para calcularlos.

Buscó otra foto, esta vez de un brillante mecanismo de bronce metido en una caja de cristal. La parte delantera tenía dos discos graduados, como esferas de reloj, y un botón a un lado. Los lados eran transparentes, así que se podía ver el mecanismo interior. En algunos grados de los discos se veían grabadas unas letras griegas.

—Es una réplica conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas — informó Tyler—. Construida a partir de lo que pudieron deducir de radiografías hechas a las piezas recuperadas.

—Se parece al geolabio que hiciste —apuntó Grant.

—Los dos son muy parecidos, pero las marcas de la parte delantera del mío están completas, y tiene dos botones en lugar de uno.

—Entonces éste códice es como un manual de instrucciones para construir un Mecanismo de Anticitera —sugirió Stacy.

—O algo por el estilo —dijo Tyler—. Pero lo más emocionante es que el códice es la prueba de que Arquímedes debió de ser el que lo diseñó.

Grant hizo una mueca.

—¿Te refieres al tipo que gritó «Eureka» cuando creó el Rayo de la Muerte?

Por la sonrisita de Grant, Stacy supo que sabía muy bien que estaba mezclando dos anécdotas archiconocidas sobre el célebre inventor, ingeniero y matemático.

—Caliente, caliente —canturreó.

Según la leyenda, Arquímedes estaba en la bañera pensando en cómo resolver un problema para el rey de Siracusa, su mecenas en la isla de Sicilia. Al rey le habían dado una corona supuestamente de oro, pero quería comprobarlo sin destruirla. Cuando Arquímedes cayó en la cuenta de que el agua desplazada por el material serviría para conocer su densidad, corrió desnudo a la calle gritando «¡Eureka!», que en griego antiguo significaba «¡Lo encontré!».

El rey también había pedido a Arquímedes que le construyese armas de guerra para repeler el asedio romano del año 214 a. C., durante la Segunda Guerra Púnica. Los historiadores de la época hablaron de un rayo de la muerte que inventó el famoso sabio griego y que concentraba la luz del sol con tanta intensidad que los barcos enemigos fondeados en la bahía de Siracusa se incendiaban. Su hazaña no pudo ser imitada, a pesar de los muchos intentos que se hicieron, incluidos los de ciertos alumnos del MIT (donde había estudiado Tyler) y los de los Buscadores de mitos de televisión, así que se ha dado por sentado que las afirmaciones de los historiadores eran exageradas.

A pesar de todo, la reputación de Arquímedes como inventor y científico era tan grande que la gente se creía estas exageraciones.

—El códice no sólo describe cómo diseñar el geolabio —explicó Tyler lleno de entusiasmo—, sino que es posible que sea la única copia conocida de un tratado que se tiene por perdido y que se titulaba Sobre la construcción de esferas. Tiene dibujos de docenas de mecanismos, no sólo del geolabio.

Stacy habría deseado estar tan emocionada como él, pero estaba más preocupada por saber cómo podían utilizar el geolabio para liberar a su hermana.

—Un asunto muy interesante —apostilló Grant—, pero ¿qué tiene que ver con el viejo rey Midas?

Tyler miró a Stacy y por toda respuesta se encogió de hombros.

—Creemos que el geolabio llevará hasta un mapa…, un mapa que nos enseñará dónde está enterrado el tesoro del rey Midas.

La mujer señaló la pantalla del ordenador.

—Esa línea dice: «Quien posea este mapa poseerá las riquezas de Midas».

—¡Un tesoro! —exclamó Grant, frotándose las manos—. Ahora te escucho. ¿Cómo funciona?

Stacy se echó hacia atrás y enlazó las manos detrás de la cabeza.

—No lo sabemos. Faltan dos páginas de instrucciones.

—¿Recuerdas cuando estuvimos construyendo aquel artilugio recreativo sueco hecho con módulos que compraste? —apuntó Tyler—. ¿Aquél al que le faltaba la página de instrucciones? Es el mismo problema.

—Menos mal que somos ingenieros, de lo contrario habríamos tardado más de media hora en darnos cuenta de que lo habíamos puesto al revés.

—En este caso, la parte perdida explica cómo poner en marcha el instrumento — informó Stacy—. El primer paso era conseguir que los tres discos señalaran el mediodía, como para ajustar una escala. Resolver el Stomachion nos enseñó a hacerlo, pero ahora no sabemos cómo continuar. El códice habla de tres claves para descifrar el geolabio, y que forman una especie de salvaguarda para que el poseedor del códice no pueda encontrar el mapa sin las otras dos claves.

—Como una contraseña y un escáner de huellas digitales en el mismo sistema de seguridad —sugirió Tyler.

—Entonces, la primera clave ¿es el manual de instrucciones para construir y ajustar el geolabio, que creemos debe de ser una versión del misterioso Mecanismo de Anticitera? —preguntó Grant.

Stacy asintió con la cabeza.

—Ahora que hemos construido el instrumento y podemos deducir cómo ajustado, necesitamos las otras dos claves para que funcione.

—¿Y cuáles son esas dos claves? —inquirió Grant.

Stacy resaltó otra sección.

—Esta parte habla de un mensaje escondido. Esta palabra es steganós, que quiere decir «escondido», y esta otra es grapheín, que significa «escribir».

—Esteganografía.

—Literalmente, «arte de escribir de manera encubierta». El mensaje tiene que estar oculto y creo que sé dónde.

—La tablilla de cera que fue separada del códice antes de la subasta —repuso Tyler—. Ésa es la segunda clave.

—Deja que haga una suposición —terció Grant—. El comprador de la tablilla vive en Inglaterra.

—Exacto. La tablilla la compró una sociedad llamada Industrias VXN, que resulta que tiene una finca en Kent en régimen de usufructo.

—¿Crees que el comprador os dejará echarle un vistazo?

—Eso esperamos. Stacy y yo iremos allí para solicitarlo en persona.

—¿Mientras yo busco pistas en todos los bares posibles?

A Stacy le gustaban aquellos dos tipos. Incluso en una situación tan espantosa como aquélla tenían humor para levantar el ánimo.

—Qué más quisieras —dijo para aportar su granito de arena. Pasó a otra parte del códice—. Aquí es donde se menciona la tercera clave.

—¿Y eso qué significa para mí?

—Que vas a ir al Museo Británico —sentenció Tyler.

—¿A un museo? —exclamó Grant, con una cara que parecía que le hubieran pedido que se metiera en un contenedor de basura—. ¿Para qué?

—Orr dijo que la tumba de Midas está en el subsuelo de Nápoles —respondió Stacy—. El códice dice que la tercera clave saldrá a la luz en «la sala de la antepasada de Neápolis». Neápolis es el nombre griego de Nápoles.

—¿El Museo Británico es el mejor sitio para aprender cosas sobre Nápoles? — preguntó Grant.

—No necesariamente, pero hay expertos en los Mármoles de Elgin.

—¿Y?

—Los Mármoles de Elgin son las esculturas y los relieves de mármol sacados del Partenón a principios del siglo diecinueve por lord Elgin. Actualmente hay una exposición sobre ellos en el museo.

—No te sigo.

—Creo que Arquímedes fue muy inteligente —señaló Stacy—. El primer nombre de Nápoles fue Parténope, lo que convierte a Parténope en la antepasada de Nápoles. Así que cuando Arquímedes dice «la sala de la antepasada de Neápolis», podría haberse referido a la sala de Parténope. Parténope significa «ciudad virgen», así que podemos reducirla a «sala de la ciudad virgen» o más sencillamente a «sala de la virgen».

—Creo que ya lo capto —dijo Grant—. La tercera clave se revelará en «la sala de la virgen». —Lo meditó unos momentos y sacudió la cabeza—. Nada. Sigo sin entenderlo.

—«Sala de la virgen», en griego, se dice Partenón.

Grant se echó a reír con incredulidad.

—¿El templo que hay en la cima de la Acrópolis, en Atenas?

Stacy señaló el manuscrito.

—En resumen dice: «Lleva el geolabio al Partenón. La sede de Herakles y los pies de Afrodita señalarán el camino».

—¿Y eso qué significa?

Stacy se encogió de hombros, frustrada y avergonzada a un tiempo por no poder responder a la pregunta, sobre todo estando en juego la vida de su hermana.

—Mi especialidad era la literatura clásica, no la arquitectura. Por eso necesitamos un experto. No sé cómo ni por qué, pero la tercera clave para encontrar el mapa de Arquímedes está en el Partenón.